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PERSUASIÓN

Jane Austen ***

Título original: Persuasion

Texto: Jane Austen

Ilustración de la cubierta: Shutterstock (interior, rawpixel, y exterior, A-UD)

Traducción española: Marc Figueras (La Letra, S.L.)

Realización editorial: La Letra, S.L.

Impresión y encuadernación: Liberdúplex (Barcelona)

Collana «Vola la pagina junior» © Gribaudo - Giangiacomo Feltrinelli Editore, S.r.l. info@editorialgribaudo.com www.editorialgribaudo.com @editorialgribaudo

Primera edición: octubre de 2025

ISBN: 978-84-129782-9-2

D. L.: B. 13194-2025

Todos los derechos reservados, en España y en el extranjero, para todos los países. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, memorizada o transmitida con cualquier medio y en cualquier forma (fotomecánica, fotocopia, electrónica, química, sobre disco u otros, incluidos cine, radio y televisión) sin la autorización escrita del Editor. En cada caso de reproducción abusiva se procederá de oficio según la ley. Toda referencia a personas, cosas o empresas tiene como única finalidad la de ayudar al lector en la memorización.

CAPÍTULO I

Sir Walter Elliot, de Kellynch Hall, en el condado de Somerset, era un hombre que, para entretenerse, jamás leía otro libro que no fuera los Anales de los baronets; en él encontraba ocupación para las horas muertas y consuelo en los momentos desventurados; con él su espíritu se llenaba de admiración y respeto al darse cuenta de lo poco que quedaba de los antiguos privilegios; con él, cualquier sensación indeseable que le provocasen los asuntos domésticos se transformaba de manera natural en compasión y desdén al hojear la lista casi interminable de títulos concedidos durante el último siglo; y allí, aunque todas las demás páginas le resultaran indiferentes, siempre podía leer su propia historia, de la que nunca se cansaba. Esta era la página por la que siempre abría su volumen favorito:

ELLIOT, DE KELLYNCH HALL

Walter Elliot, nacido el primero de marzo de 1760, casado el 15 de julio de 1784 con Elizabeth, hija de James Stevenson, caballero de South Park, en el condado de Gloucester. De esta dama (fallecida en 1800) tuvo como descendencia a Elizabeth, nacida el primero de junio de 1785; a Anne, nacida el 9 de agosto de 1787; a un varón, nacido muerto, el 5 de noviembre de 1789; y a Mary, nacida el 20 de noviembre de 1791.

Así había salido el párrafo original de manos del impresor; pero sir Walter lo había mejorado añadiendo, para su información y la de su familia, estas palabras después de la fecha de nacimiento de Mary:

«El 16 de diciembre de 1810 contrajo matrimonio con Charles, hijo y heredero de Charles Musgrove, caballero de Uppercross, en el condado de Somerset», y agregó con gran exactitud el día del mes en el que había perdido a su esposa.

A continuación se relataba la historia y el ascenso de la antigua y respetable familia, en los términos habituales; cómo se habían establecido inicialmente en Cheshire; cómo se los había tenido en gran aprecio en Dugdale, donde ejercieron de gobernadores y representaron al distrito en tres parlamentos sucesivos; cómo habían demostrado lealtad y alcanzado el título de baronet durante el primer año del reinado de Carlos II; todas las Marys y Elizabeths con las que habían contraído matrimonio, una lista que se extendía por dos hermosas páginas en doceavo, hasta concluir con el escudo de armas y el lema: «Sede principal, Kellynch Hall, condado de Somerset», y al final un añadido con, de nuevo, la caligrafía de sir Walter: «Presunto heredero, William Walter Elliot, caballero, bisnieto del segundo sir Walter».

Todo el carácter de sir Walter Elliot se resumía en vanidad; vanidad respecto a la persona y vanidad respecto a la posición. Había sido notablemente atractivo en su juventud; y, a sus cincuenta y cuatro años, seguía siendo un hombre muy apuesto. Pocas mujeres valoraban más su apariencia que él mismo, y no habría ningún ayuda de cámara de ningún señor a quien hubieran ascendido a lord que pudiera estar más satisfecho con el lugar que ocupaba en la sociedad. Consideraba que la bendición de la belleza solo era inferior a la bendición de ostentar el título de baronet y, en consecuencia, dado que él reunía estos dones, se tenía a sí mismo un gran respeto y una profunda devoción.

Su atractivo y su rango merecían su aprecio, pues a ellos debía una esposa de carácter muy superior a cualquier cosa que pudiera merecer por sí mismo. Lady Elliot había sido una mujer excelente, sensata y dulce, a cuya prudencia y conducta nada se le podía reprochar, si se le perdonaba el enamoramiento juvenil que la había convertido precisamente en lady Elliot. Ella siempre había complacido, suavizado u ocultado los defectos de su esposo y había incrementado su respetabilidad durante diecisiete años; y aun­

que no era la persona más feliz del mundo, había encontrado en sus deberes, sus amigos y sus hijas lo suficiente como para amar la vida y no abandonarla con indiferencia cuando le llegó la hora. Tres hijas, las dos mayores de dieciséis y catorce años, constituían un legado terrible para que una madre lo dejara atrás, una carga aterradora, más bien, para confiarla a la autoridad y guía de un padre vanidoso y bobo. Sin embargo, lady Elliot tenía una amiga muy íntima, una mujer sensata y digna, que de tanto que la apreciaba se había instalado cerca de ella, en el pueblo de Kellynch. Lady Elliot confiaba en la amabilidad y los consejos de esta amiga para robustecer y preservar los buenos principios y la instrucción que tanto se había esforzado por dar a sus hijas.

Esta amiga y sir Walter no se casaron, a pesar de lo que se hubiera podido esperar de su relación. Habían transcurrido trece años desde la muerte de lady Elliot y aún eran vecinos cercanos y amigos bien avenidos; uno continuaba viudo; la otra, viuda.

Que lady Russell, de edad y carácter constantes, y en una situación de lo más acomodada, no pensara en un segundo matrimonio no necesita disculpas ante el público, que suele mostrarse más contrariado cuando una mujer se casa de nuevo que cuando no lo hace; pero que sir Walter siguiera soltero sí que requiere una explicación. Que se sepa, pues, que sir Walter, como buen padre que era (tras haber sufrido una o dos decepciones privadas en circunstancias muy poco razonables), se enorgullecía de permanecer soltero por el bien de sus queridas hijas. Por una de ellas, la mayor, habría renunciado a cualquier cosa, aunque no había tenido muchas oportunidades de demostrarlo. Elizabeth había heredado, a los dieciséis años, todos los derechos y virtudes de su madre; y como era muy hermosa y muy parecida a él, su influencia siempre había sido considerable, y ambos se habían llevado la mar de bien. Sir Walter no veía a sus otras dos hijas con la misma benevolencia. Mary había adquirido cierta importancia postiza al convertirse en la señora de Charles Musgrove, pero Anne, con una elegancia de espíritu y una dulzura de carácter que la habrían colocado en un lugar destacado ante cualquier persona de buen

juicio, no era nadie ni para su padre ni para su hermana: su palabra carecía de valor; sus intereses siempre quedaban en segundo plano; ella era solo Anne.

Lady Russell, en cambio, la consideraba su ahijada más querida, su favorita, su amiga apreciadísima. Las amaba a todas, pero solo en Anne parecía ver cómo revivía la difunta madre.

Hasta hacía pocos años, Anne Elliot había sido una muchacha muy bonita, pero su belleza se había marchitado pronto; y como su padre había encontrado bien poco que admirar en ella, incluso en su mejor momento (tan diferentes eran sus delicados rasgos y sus dulces ojos oscuros de los suyos), ahora que estaba demacrada y delgada aún veía menos cosas que despertaran su estima. Nunca había albergado muchas esperanzas, y ahora ya no tenía ninguna, de leer el nombre de Anne en ninguna otra página de su libro favorito. Cualquier ilusión de una alianza matrimonial adecuada recaía en Elizabeth, pues Mary se había conformado con unirse a una antigua familia rural, respetable y de considerable fortuna y, por lo tanto, había sido ella quien había otorgado todo el honor sin recibir ninguno a cambio. Elizabeth, tarde o temprano, se casaría como correspondía.

A veces ocurre que una mujer es más hermosa a los veintinueve años que una década antes, y se puede decir que, si no ha tenido mala salud ni ha sufrido angustias de algún tipo, es una época de la vida en la que casi no se pierde el encanto. Así ocurría con Elizabeth, que seguía siendo la misma encantadora señorita Elliot que había empezado a ser trece años atrás, y por tanto a sir Walter se le podría disculpar que olvidara su edad o, como mínimo, no se le debería considerar medio bobo por creerse a sí mismo y a Elizabeth tan radiantes como siempre, mientras a su alrededor todos tenían un aspecto cada vez peor, pues podía ver claramente cuánto envejecía el resto de su familia y conocidos. Hacía tiempo que le angustiaba ver a Anne demacrada, a Mary tan basta, todos los rostros del vecindario cada vez más deteriorados y en aumento las patas de gallo en los ojos de lady Russell.

Elizabeth no estaba tan satisfecha con ella misma como su padre. Había ejercido como señora de Kellynch Hall durante trece

años, presidiendo y dirigiendo su casa con un dominio de sí misma y una determinación que no se correspondían con su edad. Durante todo este tiempo había estado haciendo los honores, dictando las reglas domésticas, ocupando el puesto preferente en el coche de cuatro caballos y entrando justo detrás de lady Russell en todos los salones y comedores de la comarca. Las heladas de trece inviernos la habían visto presidir hasta el último baile digno de mención que le ofrecía tan escaso vecindario, y florecieron trece primaveras mientras viajaba a Londres con su padre para disfrutar unas pocas semanas al año de los placeres del gran mundo. El recuerdo de todo esto y la conciencia de tener veintinueve años le provocaban un cierto pesar y no pocas aprensiones; estaba satisfecha de seguir siendo tan hermosa como siempre, pero presentía la llegada de una edad peligrosa, y le habría gustado poder tener la certeza de que algún joven de familia noble le pediría la mano en cuestión de uno o dos años. De este modo podría retomar el libro de los libros con tanto placer como lo había hecho en su juventud, porque lo cierto es que ahora no le apetecía en absoluto; que el libro le mostrara siempre la fecha de su nacimiento y que no viera otro matrimonio que el de su hermana menor lo convertía en un tormento, y más de una vez, cuando su padre lo dejaba abierto sobre la mesa cerca de ella, lo cerraba con la mirada desviada y lo apartaba.

Además, había sufrido una decepción que aquel volumen, y especialmente la historia de su propia familia, no dejaban de recordarle. El presunto heredero, el caballero William Walter Elliot, cuyos derechos habían sido tan generosamente reconocidos por su padre, la había despechado.

Ella, siendo muy joven, en cuanto supo que en caso de no tener ningún hermano él sería el futuro baronet, tuvo la intención de casarse con él, y su padre siempre había querido que así fuera. No lo conocieron de niño; pero poco después de la muerte de lady Elliot, sir Walter quiso iniciar una relación, y aunque sus proposiciones iniciales no fueron recibidas con calidez, perseveró, teniendo en cuenta el modesto retraimiento de la juventud. Al final, en una de sus excursiones de primavera a Londres, cuando Eliza­

beth estaba en el primer esplendor de la juventud, el señor Elliot se vio obligado a recibirla.

Era muy joven por aquel entonces, recién iniciado en los estudios de derecho, y Elizabeth lo encontró sumamente agradable, de modo que quedaron confirmados todos los planes que ella había imaginado. Lo invitaron a Kellynch Hall, hablaron de él y lo esperaron durante todo el año, pero no llegó a presentarse. La primavera siguiente lo volvieron a ver en la ciudad, lo encontraron igualmente agradable, lo animaron, lo invitaron y lo esperaron de nuevo, y de nuevo no acudió. Y la siguiente noticia fue que se había casado. En lugar de dejar que su fortuna siguiera el destino trazado para el heredero de la casa Elliot, había comprado su independencia uniéndose a una mujer rica de baja alcurnia.

Sir Walter quedó muy ofendido. Como cabeza de familia, sentía que se le tenía que haber consultado, sobre todo después de que le hubiera mostrado su apoyo de un modo tan público: «Seguro que los han visto juntos —observó—, una vez en Tattersall y dos en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes». Expresó su desaprobación, pero al parecer no se le dio mucha importancia. El señor Elliot no intentó disculparse y se mostró tan poco interesado en mantener el contacto con la familia como indigno de ello lo consideró sir Walter: toda relación entre ellos quedó interrumpida.

Después de varios años, esta incómoda historia del señor Elliot seguía provocando indignación en Elizabeth, pues lo apreciaba por él mismo, pero aún más por el hecho de ser el heredero de su padre, y porque, a causa del fuerte orgullo familiar, sir Walter consideraba al señor Elliot como el único candidato ideal para su hija mayor. No había baronet, de la A a la Z, a quien sus sentimientos hubieran reconocido con tanta buena disposición como a un igual. Sin embargo, su conducta había sido tan miserable que a pesar de que en el presente, verano de 1814, Elizabeth lucía cintas negras por el duelo de la esposa de él, ni siquiera podía admitir que valiese la pena volver a pensar en aquel hombre. Si no hubiera sido nada más que aquel matrimonio, que no había tenido descendencia y que podría llegar a considerarse poco más que un

contratiempo, las cosas no habrían revestido más importancia; pero lo cierto es que habían sabido, gracias a la intervención de buenos amigos, que el señor Elliot hablaba de todos ellos con suma falta de respeto, criticando y menoscabando la misma sangre a la que pertenecía y los honores que un día serían suyos. Y eso era imperdonable.

Tales eran los sentimientos y sensaciones de Elizabeth Elliot; tales las preocupaciones que la angustiaban y que alteraban la rutina y la elegancia, la prosperidad y la vacuidad de su vida; tales las emociones que daban interés a su larga y tranquila vida en un ambiente rural y que llenaban los instantes en que no había prácticas útiles fuera de casa ni tareas ni habilidades domésticas de las que ocuparse.

Pero ahora comenzaban a sumarse a aquellas, otra ocupación y desasosiego. Su padre estaba cada vez más angustiado por la falta de dinero. Ella sabía que para apartar de su mente las abultadas facturas de sus proveedores y las sombrías insinuaciones del señor Shepherd, su agente, sir Walter tenía en mente hipotecar las propiedades del señorío. La finca de Kellynch era buena, pero no lo suficiente para proporcionar a sir Walter el nivel de vida que consideraba que debía tener su propietario. Mientras vivía lady Elliot hubo método, moderación y economía, lo que mantuvo los gastos por debajo de los ingresos; pero con su muerte se había extinguido toda sensatez, y desde entonces los gastos eran en todo momento superiores a los ingresos. A sir Walter le resultaba imposible gastar menos; no hacía nada más que aquello que consideraba que estaba obligado a hacer; pero, a pesar de su intachable conducta, no solo se estaba endeudando cada vez más, sino que se hablaba de ello con tanta frecuencia que era inútil intentar ocultárselo por más tiempo, ni siquiera parcialmente, a su hija. Le había dado algunas pistas la pasada primavera en Londres, cuando incluso llegó a preguntarle: «¿Podemos recortar gastos? ¿Se te ocurre que haya algún dispendio que podamos reducir?». Y hay que admitir que Elizabeth, tras un primer arrebato de alarma femenina, se puso a cavilar seriamente qué se podía hacer, y finalmente propuso estas dos medidas de ahorro: eliminar algunas

obras de caridad innecesarias y abstenerse de renovar los muebles del salón; a todo esto añadió después la feliz idea de no llevar ningún regalo a Anne, como era la costumbre anual. Pero estas medidas, por buenas que fueran en sí mismas, resultaban insuficientes para el auténtico alcance del problema, cuya magnitud real sir Walter se vio obligado a confesarle poco después. Elizabeth no tenía nada que proponer de mayor eficacia; se sentía impotente y desdichada, al igual que su padre, y ninguno de los dos era capaz de idear ningún medio para reducir sus gastos sin comprometer su dignidad ni renunciar a sus comodidades de una manera adecuada a su posición.

Sir Walter solo podía deshacerse de una pequeña parte de sus posesiones; pero aunque todas ellas hubiesen sido vendibles, no habría supuesto ninguna diferencia. Había aceptado hipotecar lo que pudiera, pero jamás se dignaría vender. No; jamás mancharía su nombre hasta ese punto. La propiedad de Kellynch debía transmitirse íntegramente, tal como la había recibido.

Pidió a sus dos amigos de confianza —el señor Shepherd, que vivía en la vecina ciudad comercial, y lady Russell— que lo asesoraran, y tanto el padre como la hija parecían esperar que uno u otro tendrían alguna propuesta para superar sus dificultades y reducir sus gastos sin que ello implicara renunciar a ningún capricho del buen gusto ni al orgullo.

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