
Not till the sun excludes you, do I exclude you, Not till the waters refuse to glisten for you, and the leaves to rustle for you, do my words refuse to glisten and rustle for you1.
Walt Whitman
1 «Mientras el sol no te excluya, yo no te excluiré; / mientras el agua no se niegue a brillar para ti, y / las hojas a susurrar para ti, mis palabras no se negarán / a brillar ni a susurrar para ti.» (trad. Eduardo Moga).
Cruzaban el puente de Shinbashi cuando sonó la campana de la estación, ligeramente amortiguada por la neblina de aquella mañana de septiembre. Era el segundo de los dos avisos que indicaban la salida del tren. Yoko no se inmutó al oírla, pero el mozo del rikisha 2 empezó a correr. Doblaron la esquina de la posada Tsuruya y pasaron el pilón donde los hombres solían congregarse con sus caballos. Ante la verja casi cerrada de la estación, un joven discutía con el portero sin perder de vista la calle por donde ella debía aparecer.
—Perdón por el retraso… No ha salido aún, ¿verdad? —dijo Yoko mientras subía los escalones.
Levantando apenas su vulgar sombrero de paja como saludo, el joven le entregó un billete de segunda clase.
«¿Por qué no los has comprado de primera? Cámbialos…», iba a decir Yoko, cuando un grito enfurecido de otro empleado de la compañía la detuvo y, con pasitos cortos y ligeros, cruzó la única cancela que aún estaba abierta.
El revisor esperaba con la mano izquierda tendida, observando con gesto arisco a los dos recién llegados. Pero en el
2 Carro de tracción humana para transporte de personas.
mismo instante en que mostraban sus billetes, el conductor del rikisha, con su oloroso chaquetón añil y la manta que ofrecía a sus clientes colgada al hombro, llegó corriendo desde la entrada con un paquetito envuelto en un pañuelo de seda verde.
Waka okusama!3 ¡Olvidaba usted esto!
—¡Corran o saldrá sin ustedes! —gritó a la vez el revisor, harto ya de tanta espera.
Yoko había acelerado el paso, pero que el primero la tratara como a una mujer casada y que el segundo la urgiera con tanto descaro eran impertinencias que no estaba dispuesta a tolerar. Frenó en seco y, con absoluta calma, se volvió al del rikisha.
—Gracias. Cuando llegues a casa, diles que regresaré tarde, que las niñas no me esperen y que vayan sin mí a la fiesta del colegio. Ah, sí…, y otra cosa: si llama el dueño de la omiya 4 , que le digan que esta vez me acercaré yo misma a la tienda.
Entretanto, su interlocutor miraba angustiado alternativamente a Yoko y al revisor, como si fuera él mismo quien estuviera a punto de perder el tren. Cuando el empleado de la compañía, con el gesto desencajado, decidió cerrar el control, Yoko se deslizó, billete en mano, sonriendo con la ironía de quien ofrece un ramo de flores envenenadas, y dijo:
—¡Siento muchísimo haberlo hecho esperar!
Al revisor no le quedó entonces más remedio que perforar los billetes con resignación.
Quienes se encontraban en el andén —mozos de equipajes y familiares que habían ido a despedir a los viajeros—
3 Tratamiento de respeto que se dedica a la joven esposa.
4 Tienda o almacén. En este caso, de artículos occidentales.
observaban con perplejidad a los dos recién llegados. Aquellas miradas de reproche eran, en realidad, un baño de placer para Yoko, que avanzaba sin prisas, charlando alegremente para llamar aún más la atención, con lo que daba a entender que algo muy especial la unía a su acompañante.
—¿Imaginas lo que hay en el paquete? —preguntó primero, relatando después cuánto le fascinaba Yokohama, insistiendo en que no había ciudad como aquella, o pidiéndole al joven que se ocupara de su billete, mientras lo rozaba, con sus dedos largos y delgados como de pianista, el dorso de la mano.
Los pasajeros, pegados a las ventanillas, se giraban a su paso con tal de no perder detalle. A Yoko le divertía que el muchacho, inocente y casi femenino, se sintiera atraído por ella. El jefe de tren esperaba con la mano derecha en el bolsillo junto a la puerta del vagón de segunda más cercano, golpeando impaciente en el andén con la punta del zapato. En el mismo instante en que Yoko subió al tren, hizo reventar su silbato con un pitido ensordecedor y Koto, como se llamaba el joven, tuvo que dar un salto para no quedarse en tierra. Inmediatamente, otro silbido respondió desde la locomotora, retumbando en las calles circundantes.
Solo cuando Koto hubo deslizado la puerta de cristal que daba acceso al vagón, Yoko inició su marcha triunfal por el pasillo, escudriñando los asientos a uno y otro lado. Pero se detuvo a mitad de camino, al descubrir a un tipo delgado, de mediana edad, sumergido en su periódico. Vaciló un instante y retomó la marcha. Y sonriendo como una actriz que entrara en escena, se sentó con Koto en el último asiento libre que encontró. Una vez allí, miró con ojos risueños a su compañero de viaje y, con la graciosa curva del meñique, se acarició el mechón de pelo que le colgaba detrás de la oreja. Entonces,
el pasajero que estaba sentado enfrente —un grueso comerciante de labios carnosos y mirada lasciva— se apresuró a correr la cortina, sin duda para protegerla del hiriente resplandor de la mañana.
Entre la humilde apariencia de Koto, vestido con kimono y sandalias de estudiante, y el sofisticado porte de ella, había tanta distancia que habría llamado la atención incluso a una colegiala. Decenas de miradas procedentes de todos los rincones llovían sobre la pareja, una situación que al parecer satisfacía mucho a Yoko, cada vez más cariñosa con su acompañante.
Nada más salir de un pequeño túnel, pasado Shinagawa, se dio cuenta de que alguien la miraba fijamente. Volvió la cabeza. Era Kibe Kokyo, el mismo que antes se había atrincherado en el periódico. Él fue el primero en verla acceder al vagón y también el primero en desviar la mirada. Cuando el interés hacia la nueva pareja había decaído, aprovechó para observarla minuciosamente. Pero Yoko ni aun así perdió la compostura. Al contrario, como si no hubiera notado nada, se giró con los ojos bien abiertos, midió una sonrisa coqueta y amagó un saludo con la cabeza. No concluyó, sin embargo, al percibir que su amabilidad iba a estrellarse contra el muro de indiferencia de aquel hombre que mantenía fruncido el ceño y afilada la mirada. Se sintió entonces invadida por una rabia secreta. No obstante, aguantó la expresión en los labios, miró distraídamente a su alrededor y volvió a posar sus ojos en Koto que, en ese momento, se entretenía con el paisaje, ignorante de todo.
—¿En qué piensas? —dijo ella con ostentosa alegría y la pretensión de hacerse notar.
Koto se volvió. El misterio que había en el fondo de su mirada la desarmó. ¿Habría sido el muchacho capaz de
descubrir, bajo su perfecta sonrisa, el amargo secreto que su compañera escondía?
—En nada, la verdad. Observaba esos arbustos junto a las vías. ¿No te parecen hermosos a contraluz…, de un rojo intenso, casi púrpura? Está claro que anuncian el otoño.
—Sí, preciosos —asintió Yoko, sin darle mayor importancia, al tiempo que hurtaba otra mirada a Kibe, tan descarado y huraño como antes. Yoko no insistió más, miró al frente y apretó las mandíbulas concentrando furia y tristeza en una sola mueca. Antes o después, se vengaría de su indiferencia.
2
Yoko fue el primer amor de Kibe. Se conocieron hacia el final de la guerra sino-japonesa 5 , cuando cualquier personaje o acontecimiento relacionado con el conflicto despertaba curiosidad. Él tenía solo veinticinco años y ya había sido enviado al continente como corresponsal de guerra de uno de los diarios más importantes del país. Su capacidad de observación y el entusiasmo de sus artículos le habían granjeado cierta fama como «genio del periodismo». Por entonces, la madre de Yoko, que ejercía como vicepresidenta de la Liga de Mujeres Cristianas y era amiga personal del editor para el que trabajaba Kibe, celebró una fiesta en su casa. Allí fue donde el joven de piel transparente y voz cálida la vio por primera vez. Yoko, con diecinueve años por aquel entonces, ya había tenido numerosos pretendientes; dominaba el arte de la seducción y disfrutaba al máximo de su juventud, como una estratega que utilizara todos los medios a su alcance para conseguir sus objetivos. Había llegado a instaurar una nueva moda entre
5 De agosto de 1894 a abril de 1895.
