

EN LA ESPESURA DEL BOSQUE
Declaración De un leñaDor interrogaDo por el magistraDo
Sí, así es. Fui yo quien encontró el cadáver. Esta mañana, como de costumbre, me dirigía al otro lado del monte para cortar leña de cedro cuando de repente me topé con el cadáver en mitad del bosque, a la sombra de la ladera. ¿El lugar exacto? Estaría a cuatro o cinco chō 1 de distancia desde la posta del camino en Yamashina. Era un lugar apartado, una espesura de bambú con algunos cedros delgados.
El cadáver, tendido boca arriba, vestía un suikan azul celeste y todavía llevaba puesto un bonete con arrugas 2 al estilo de la capital. Aunque tenía una sola herida de espada en el pecho, la hojarasca de bambú a su alrededor se veía
1 Unos quinientos metros. Un chō equivale a 109,09 metros (360 shaku o 60 ken).
2 En japonés sabieboshi . Los bonetes ( eboshi ) eran en un principio de seda, por lo que poseían arrugas naturales hasta que pasaron a fabricarse con capas endurecidas de papel de mayumi (Euonymus hamiltonia− nus), un árbol pariente del arbusto conocido en español, curiosamente, como bonetero o bonete de cura. Las arrugas se simulaban entonces con la técnica del grabado de madera. Cuanta más edad o más elevado era el rango, más ancho era el estampado de las arrugas o sabi
teñida de color granate. No, ya no sangraba. Creo que la herida estaba seca. De hecho, había un tábano en ella, tan adherido a la carne que ni siquiera se inmutó por el ruido de mis pasos. ¿Que si había alguna katana o algo parecido? No, nada. Solo vi una soga al pie de un cedro, junto al cadáver. Aparte de eso... Sí, sí, también había un peine. Esos fueron los únicos objetos que vi cerca del cadáver. Pero los hierbajos y la hojarasca de los bambúes alrededor del cuerpo estaban aplastados y revueltos, por lo que estoy seguro de que el hombre se defendió con uñas y dientes antes de ser asesinado. ¿Cómo? ¿Si vi algún caballo? No es ese un lugar al que pueda llegar ningún caballo. De hecho, el camino por donde pasan los caballos está bastante lejos de la espesura de bambú.
Declaración De un monje itinerante interrogaDo por el magistraDo
Ciertamente, fue ayer cuando me encontré con el difunto. Ayer... debió de ser a eso del mediodía. Nos cruzamos a mitad del camino que va de Sekiyama a Yamashina. El hombre caminaba en dirección a Sekiyama e iba acompañado de una dama montada a caballo. La mujer llevaba un velo colgando del sombrero, así que no pude verle el rostro. Sí, alcancé a distinguir el color lila de su vestido. El caballo era un palomino... Creo que llevaba las crines rasuradas. ¿La altura del caballo? Mediría cuatro ki3 , aunque no estoy seguro,
3 Ki es otra lectura para el sinograma de sun (3,03 cm). La medida estándar del caballo era un shaku (30,3 cm), que quedan sobreentendidos. En definitiva, el caballo medía 4 shaku y 4 sun (unos 133 cm en total).
puesto que soy lego en la materia. El hombre... No, además de llevar la katana ceñida, cargaba con arco y flechas. Recuerdo perfectamente la aljaba de laca negra con unas veinte flechas de guerra en el interior.
Quién iba a pensar que aquel hombre terminaría de ese modo. La existencia humana es en verdad más efímera que el rocío y más fugaz que el relámpago4 . ¡Ay! No encuentro palabras para expresar la lástima que siento por el pobre desdichado.
Declaración De un oficial interrogaDo por el magistraDo
¿El hombre que arresté? Sí, exacto, se trata de Tajomaru, un bandido de renombre. Lo arresté en el puente de piedra camino de Awadaguchi. Se había caído del caballo y estaba en tierra retorciéndose de dolor. ¿La hora? A primeras horas de la noche. Recuerdo que la última vez que intenté atraparlo vestía igual: el mismo suikan azul oscuro, con la misma katana ceñida en el obi . Pero esta vez también llevaba un arco y una aljaba con flechas. ¿Qué me decís? ¿Que eran del difunto? Entonces no me cabe ninguna duda de que el asesino es Tajomaru. Un arco de cuero, una aljaba de laca negra, diecisiete flechas de batalla con plumas de halcón... Eso es todo lo que llevaba. Sí, también un caballo palomino, tal y como vos describís, con las crines rasuradas. No creo que fuera casualidad que Tajomaru se hubiera caído del caballo. Algo malo habría hecho y llevaría prisa. El
4 Palabras del Kongōhannyakyō, el Sutra del Diamante.
caballo, con las riendas sueltas, apareció un poco más allá del puente de piedra, pastando al borde del camino.
De todos los bandidos que deambulan por Kioto, Tajomaru es famoso por sus gustos licenciosos. Las mujeres lo pierden. A él se le atribuyen los asesinatos de una mujer devota y su joven sirvienta, cuyos cuerpos fueron hallados el pasado otoño en un bosquecillo detrás de la estatua de Binzuru5 en el templo de Toribe. Si fue Tajomaru quien acabó con la vida de aquel hombre, no quiero ni pensar qué habrá hecho con la mujer que montaba el caballo.
Disculpad si me entrometo en la investigación, pero creo que sería conveniente averiguar la suerte que corrió la dama.
Declaración De una anciana interrogaDa por el magistraDo Efectivamente, señoría. El cadáver pertenecía al hombre que se casó con mi hija. Pero no era de la capital. Era un samurái que oficiaba en el gobierno provincial de Wakasa. Su nombre era Kanazawa no Takehiro. Tenía veintiséis años. No, no creo. Era un hombre de buen corazón, así que no creo que nadie le guardara rencor.
¿Mi hija? Mi hija se llama Masago y tiene diecinueve años. Es una mujer de carácter fuerte, que no se deja amedrentar por ningún hombre, pero no, aparte de Takehiro mi hija no ha conocido otro varón. Sus facciones son ovaladas,
5 Pindola Bharadvaja, el más importante de los dieciséis discípulos principales de Buda. Se retiró a la montaña durante la muerte de Buda (nehan o nirvana), a la que no asistió. Se lo venera para recuperarse de las enfermedades.
de piel ligeramente tostada, con un lunar cerca del rabillo del ojo izquierdo.
Takehiro partió ayer hacia Wakasa en compañía de mi hija. ¡Ay, qué desgracia! ¿Cómo puede haber ocurrido algo así? ¿Qué habrá sido de ella? La muerte de mi yerno ya no tiene remedio, pero estoy muy preocupada por mi hija. Os lo suplico, Su Señoría, aunque tengáis que remover toda la maleza, escuchad a esta pobre anciana e indagad el paradero de mi hija. ¡Cuánto odio a ese ladronzuelo de Tajomaru o como se llame! No tenía bastante con matar a mi yerno que también a mi hija... [Se echa a llorar y se interrum− pen sus palabras.] confesión De tajomaru
Sí, yo maté a ese hombre. Pero a la mujer no, no la maté. Y tampoco sé dónde está. Por mucho que se me torture, no puedo confesar algo que desconozco. Además, a estas alturas ya no tengo nada que esconder.
Me topé con aquella pareja pasado el mediodía de ayer. Justo en ese momento sopló una ráfaga de viento que levantó el velo de seda de la mujer, así que pude verle el rostro. Fue apenas un instante, y quizás fuera precisamente por eso, pero me pareció tan hermosa como la imagen de un bodhisattva. En ese pequeño intervalo de tiempo tomé la decisión de raptar a la mujer, aunque tuviera para ello que matar al marido.
¿Qué? No, matar a un hombre no es tan difícil como se piensan ustedes. De todos modos, si quería apoderarme de la mujer, no tenía más remedio que acabar con la vida del marido. Eso sí, cuando yo tengo que matar a alguien, lo
hago con la katana que llevo siempre conmigo ceñida al obi, no como vosotros, que en vez de usar la katana, asesináis con el poder, con el dinero o incluso con palabras zalameras que esconden veneno. Sí, claro... De ese modo no se vierte sangre y la víctima permanece con vida, vivita y coleando... ¡Pero la habéis matado igual! ¿Quién es, entonces, el que comete los crímenes más graves? ¿Vosotros o yo? [ Sonríe con sorna.]
Por supuesto, lo ideal hubiera sido raptar a la mujer sin tener que matar a su marido. De hecho, cuando decidí raptarla, no tenía intención alguna de asesinar al hombre. Aunque de todas formas, no era buena idea intentarlo en plena ruta de Yamashina y a plena luz del día. Así que me las ingenié para llevar a la pareja hacia el interior del monte.
La verdad es que no fue muy difícil. Caminé un rato con ellos y les expliqué que había hallado un túmulo antiguo repleto de espejos y espadas muy valiosas. Para que nadie más lo encontrara, había trasladado aquel tesoro hasta una espesura en el bosque, en la ladera del monte y los había enterrado. Si estaban interesados, podía venderles la mercancía por un precio razonable... Eso es lo que les conté. Al hombre le picó enseguida la curiosidad. Entonces... Pero ¿qué os parece? ¿No es acaso la codicia algo terrible? Al cabo de una hora, más o menos, la pareja caminaba conmigo guiando a su caballo por una senda del monte.
Al llegar cerca de la espesura de bambúes, les indiqué el lugar donde se suponía que estaba enterrado el tesoro y les dije que se acercaran a ver. El hombre, cegado por la codicia, no sospechó lo más mínimo. En cambio, la mujer, sin bajarse siquiera del caballo, prefirió esperar allí. No es de extrañar su decisión, teniendo en cuenta la frondosidad de la maleza. La verdad es que eso también lo había previsto,
