PRIMERA PARTE
ELLTA
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esde la terraza anexa a la zona de embarque, Flash paladeaba los persistentes vapores de combustión de los superpropergoles. El fresco de la noche parecía avivar sus sentidos. Apoyado en la balaustrada metálica, disfrutaba contemplando la incesante actividad a los pies de los cargueros, los potentes focos repasando el estado de sus fuselajes, las torres de lanzamiento ribeteadas con parpadeantes puntos de luz. El tamaño de los gigantescos cilindros, descansando como leviatanes sobre sus chatos alerones de popa, impresionaba pese —o quizás debido a— la distancia que los separaba del área de pasajeros. En torno a los cohetes que no iban a partir de inmediato se comenzaban a levantar altos deflectores eólicos: un fuerte temporal se pronosticaba para los días siguientes y, cosa extraña, el servicio de satélites del tiempo
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no había podido hacer nada para rebajar la amenaza. Desperdigados por el resto de la superficie de lanzamiento, hangares desmontables del tamaño de edificios cubrían otros tantos navíos en fase de mantenimiento. El ajetreo de los vehículos de tierra dibujaba con sus faros un constante baile de luces en toda la zona de despegue. Un reflejo plateado llamó la atención de Flash. Ahí estaba: la joya del espacio-puerto, parcialmente oculta por el hangar más cercano. La goleta clase Constellatio tenía la mitad de la altura de los cargueros y una quinta parte de su volumen. Aun así, su reluciente y esbelta figura ahusada, remarcada por los tres curvilíneos alerones, era más llamativa que la de cualquier otra astronave que hubiera en pista. Las goletas empleaban combustible químico de forma exclusiva, como los cargueros, pero, a diferencia de estos no se limitaban a realizar ascensos y descensos orbitales; se trataba de auténticas naves espaciales, diseñadas para la potencia y velocidad que no proporcionaban los habituales, económicos y eficientes motores atómicos. En la reciente crisis de las colonias de Venus, Flash había tenido que pilotar una de ellas, cargada con equipamiento y suministros de emergencia. Además de exquisitas bellezas mecánicas, constituían el ideal de cualquier piloto o navegante: ir de aquí hasta allá en el menor tiempo posible, con los mayores impulsos y el máximo tiempo de aceleración; gastando una locura en combustible, sin realizar lentas y complicadas
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maniobras orbitales, y pudiendo aterrizar y despegar en la mayoría de las superficies planetarias. Un sueño tan caro que su uso solo se justificaba en ocasiones excepcionales. Esta iba a partir muy pronto: no la estaban preparando para el temporal y mucho menos parecía que fueran a cubrirla con un hangar. Se preguntó si pertenecería a la Federación o sería uno de los contados yates corporativos. No recordaba haber visto ninguna referencia en la programación de vuelos para esa noche. En ese momento se abrieron las puertas de la terminal y salió un grupo de pasajeros en espera provisto de gafas ahumadas. Sin duda tenían la intención de contemplar el siguiente despegue sin cristaleras de por medio. Flash aprovechó la irrupción para abandonar la terraza; una cosa era apreciar el aroma del combustible quemado y otra llevárselo pegado en la ropa y el pelo. Al entrar se cruzó con un individuo que se lo quedó mirando; se detuvo, dio media vuelta y lo siguió. —¿Gordon? ¿Flash Gordon? Flash se giró. Solo iba a repasar el tablero de vuelos para intentar averiguar algo sobre la goleta. —¿Sí? —Ajá, lo sabía. —El hombre se cambió las gafas de mano y ofreció su diestra a Flash—. Clozet, del Global. —Hablaba panglés con muy poco acento. —Lo siento, pero estoy un poco cansado —dijo mientras se estrechaban las manos—. Creo que no es buen momento para una entrevista.
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—Solo un par de preguntas. —Sacó una minigrabadora del bolsillo de su gabán—. Para rellenar un hueco en el boletín de mañana, ¿sabe? No me van a aceptar más notas sobre el mal tiempo. Flash suspiró. Aún quedaban dos horas para embarcar. Ya había cenado, y su comunicación con Dale no se establecería antes de cuarenta y cinco minutos. —En fin, de acuerdo. ¿Nos sentamos? El periodista lo siguió hasta el grupo de sillas más cercano. Extrajo el carrete de su grabadora y colocó uno nuevo, sin estrenar. —No todos los días se topa uno con el funcionario más conocido del Órgano Ejecutivo. —De verdad: solo soy un piloto más. La Sociedad de Naciones… —… tiene mucha suerte de contar con una figura como la suya; mejora la imagen de las instituciones — acabó la frase por él—. Pero no quiero tratar de política. Ni siquiera de su intervención en la catástrofe de las estrato-colonias de Venus. Eso está más que cubierto. —Pues usted dirá. —Flash cruzó los brazos, divertido. Tenía curiosidad por saber por dónde salía aquel tipo. —Bien. Hay rumores de que van a formalizar su relación... —Flash enarcó una ceja—. La señorita Arden y usted. —¡Ah! —exclamó el astronauta, sin perder la sonrisa—. Pero de eso yo no estoy interesado en hablar. —Entonces, ¿lo confirma?
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Flash se incorporó. —Lo siento —dijo, pese a todo de buen humor—, no creo que ese asunto sea del interés de los lectores del Global. —¡Ja! Eso es que no los conoce. —Que tenga un buen viaje. —Yo me quedo aquí. Solo estoy esperando la llegada del Dom Furnace. ¿Puedo decir al menos que ha pasado por el espacio-puerto? —Flash asintió mientras se alejaba—. ¿Camino del Primer Orbital? El astronauta se dirigió sonriendo hacia el tablero de lanzamientos. Había un hueco significativo justo después de su vuelo. Ninguna indicación extra. Ahí tenía una nota interesante el tal Clozet, si fuera buen periodista. No había hablado con Dale más que unos minutos. Tan solo confirmaron su inclusión en el vuelo de las 2 UTC y que ella estaría en la terminal de atraque para recibirlo. Se hallaban muy atareados allá arriba. Y es que, en efecto, lo estaban aguardando en la estación espacial de servicios de órbita baja de la Sociedad de Naciones: el Primer Orbital. A la espera se encontraba el Dr. Zarkov, además de Dale; Dale, la que fue en su día alumna del reputado físico y ahora su principal subordinada. Lo peculiar era que se trataba de una petición oficial. Lo habían requerido para una misión del Órgano Ejecutivo, y además en pleno descanso de su último servicio. Dale no había podido aportarle ningún dato. «No
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hasta que nos veamos», fueron sus palabras. Celeridad y secretismo. Algo grande sucedía. La goleta sin identificativo de vuelo también daba qué pensar. Afortunadamente, no eran muchos los pasajeros en aquel tránsito. La disposición de los asientos en forma de coronas escalonadas le hacía sentir más una mercancía que un viajero: manías de piloto. Al menos las filas vacías compensaban ese molesto efecto. Por otra parte, el viaje duraba poco. El vuelo estaba muy ajustado a la posición de la estación. Los cargueros ascendían con una cómoda aceleración constante de dos gravedades —Flash sabía que la complejidad de los motores de empuje variable se justificaba más por la fragilidad de la carga que por la comodidad del pasaje—, y para alcanzar la velocidad de órbita baja el vehículo precisaba menos de diez minutos. Las maniobras orbitales y el atraque sumarían en total seis horas a lo sumo, que pasarían en ingravidez salvo por los impulsos puntuales. El despegue y el ascenso transcurrieron con normalidad: ruido, vibración y opresión de la cavidad torácica. Ya en órbita, los auxiliares de vuelo acompañaron a algunos de los pasajeros a la zona de ventanales. Flash prefirió dormitar un poco y leer alguna revista. La llegada al Primer Orbital lo pilló dormido. No lo despertó la megafonía, sino la sacudida de los motores de proa y el contacto de los mecanismos de agarre; encuentro de metal contra metal, propagándose
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por toda la estructura del carguero. Cinco horas veinte minutos. Buen trabajo del equipo de navegación. La gran estación espacial era un toroide giratorio de seiscientos metros de diámetro, circundando una esfera de la mitad de ese tamaño. Sus dos puertos estaban constituidos por sendos discos que apresaban el corazón de la estación como un sándwich redondo. Las naves visitantes —por lo general cargueros y transbordadores— se acoplaban al eje de rotación, para luego ser aparcadas en sentido radial sobre el disco de atraque. De esa manera no ocupaban permanentemente el punto de acople, lo que permitía el estacionamiento de hasta ocho naves del tamaño de un carguero. Además, el giro de la estación —algo menos de dos revoluciones por minuto— creaba en los vehículos aparcados una pequeña gravedad artificial que, pese a Coriolis, hacía mucho más cómodo el desembarco de mercancías y de pasajeros no habituados a la ingravidez. Flash tenía experiencia de sobra para manejarse en cualquier escenario, y fue el primero en atravesar la esclusa del carguero. Dale lo esperaba en el recibidor, un espacio de suelo recto con sillas ancladas donde se tramitaba el ingreso en la estación. La mujer se levantó de su asiento y se abrazó al piloto rubio. Sus ojos verdes resplandecían. Llevaba la oscura media melena sujeta por una sencilla coleta, y parecía aún más joven de lo que era. —Tan solo dos semanas y ya nos volvemos a ver, señor Gordon. Cualquiera diría que va usted en serio.
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—Un periodista allá abajo me ha contado algo parecido. ¿Serán ciertos los rumores? ¿Tú qué opinas? —Opino que eres tonto. Sin darle tiempo a replicar, lo cogió de la mano y lo llevó fuera del recibidor, ante la aprobación del oficial de turno; ya estaba todo gestionado. Parapetados tras la puerta corredera estrecharon el abrazo y se besaron con fuerza, separándose antes de que los pudiera sorprender nadie. —¿Y qué le has dicho? —preguntó la mujer. —¿A quién? —Al periodista. —Le he dicho que no era asunto suyo. —¡Una gran exclusiva! —rio Dale—. Ven, ya arreglaremos lo de tu estancia luego. Zarkov no tiene mucho tiempo. —¿Alguna pista? La mujer lo condujo a un elevador. Una vez dentro se dio la vuelta y lo miró fijamente a los ojos. —Tú y yo vamos a hacer un largo viaje juntos. —Eso solo puede significar una cosa —sonrió, satisfecho—: artefactos. —No corras, genio. Espera a escucharlo de él. Atravesaron todo el hemisferio de la estación hasta alcanzar su ecuador. Las oficinas, aulas, auditorios, la mayor parte de los laboratorios y en general todas las dependencias oficiales se hallaban en el anillo, donde el radio de giro y la velocidad angular proporcionaban exactamente una gravedad. Accedieron al cur-
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vo cilindro a través de uno de los cuatro brazos que lo unían a la esfera. Dale tenía el cuerpo habituado a desplazarse en ese entorno giratorio y en general se movía en línea recta. Flash, con su organismo todavía apegado a la Tierra, tenía que ir corrigiendo sus pasos constantemente, y empezaba a acusar con las prisas un inicio de mareo. Por fin llegaron a una sala de juntas cuya gran mesa estaba ocupada por pilas de papeles, carpetas y máquinas de cálculo electromecánicas. Zarkov estaba al teléfono, un comunicador interno en forma de cepillo. A su lado dos ayudantes se afanaban con el papeleo. —¡Flash! —exclamó el físico, al tiempo que terminaba la conversación devolviendo el comunicador a su hueco—. Bienvenido. Se levantó y rodeó la mesa para encontrarse con los recién llegados. El Dr. Zarkov era un hombre robusto, aunque más bajo que el piloto. A pesar de sus casi sesenta años, el pelo que aún le quedaba era tan negro como el de Dale. Solo unas pocas canas clareaban su corta barba. Sacudió la mano de Flash, apretando su antebrazo con afecto. —Vamos a mi despacho. —Se giró a sus dos ayudantes—. Tony, Marco, podéis empezar con el flete. El despacho de Zarkov era una pequeña habitación adosada a la sala de juntas. De dimensiones reducidas, las paredes estaban ocultas por archivadores y estanterías repletas de libros y cintas de audio y vídeo. No había lugar para ornamentos de ningún tipo. Solo
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una plasti-pizarra cubierta de diagramas lograba allí hacerse un hueco. La mesa ocupaba casi la mitad del espacio libre. Sendos reproductores estaban situados en una de sus esquinas, y en la opuesta disponía de una compleja centralita con la que incluso podía hacer llamadas al exterior de la estación sin tener que pasar por los operadores de la oficina de comunicaciones. —Sentaos, por favor —dijo, mientras tomaba asiento al otro lado del tablero plástico—. Ante todo, Flash, siento las prisas. Seguro que ni has podido descansar del viaje. —No te preocupes. He podido dormir un par de horas. —Por cierto, vimos el reportaje de Pace sobre Venus. Muy dramático, ¿no? Flash hizo una mueca. —Bueno, hubo momentos… intensos. Andy introdujo mucho melodrama, es su estilo, pero en esencia fue lo que pasó. Resultó no ser un mal tipo. —Toda una sorpresa —dijo Dale, enarcando las cejas. Ya lo habían hablado durante el último permiso que había compartido con Flash. Zarkov deslizó hacia Flash un grueso portapapeles al que había adherido un tubito plástico. —Bueno. Un poco precipitado, pero aquí tienes lo que puedes considerar tu nueva misión. Si te decides a aceptarla, claro. —Los tres sonrieron—. En el dosier está todo, para que lo repases luego con calma. Los detalles técnicos, en el microfilm.
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El piloto leyó la portada: «Anomalía interferencial en LH0-KUIPER-02A». —Kuiper-02A —dijo—. Es uno de los ocho radiofaros transneptunianos. Emite pulsos en radiofrecuencia y en visible, bastante lejos de la eclíptica. No iremos a cambiarle alguna válvula, ¿verdad? Dale y Zarkov se miraron. El científico se inclinó sobre la mesa, apoyó los antebrazos en el tablero y entrelazó las manos. —Hace dos meses, Flash: un carguero en tránsito entre Calisto y Titán. El equipo de navegación hizo una comprobación rutinaria de posición, buscando un radiofaro de Kuiper visible para ellos. Este. —Señaló el informe—. Leyeron dos pulsos que no se correspondían en potencia, aunque sí en el código identificativo. Los pulsos siguientes fueron todos correctos; tampoco los pulsos informaron de averías que pudieran haber causado esas anomalías en la emisión. El navegante confirmó la ruta y siguieron su camino, pero transmitieron la alarma según el protocolo: una anomalía en la señal por causas desconocidas. Las opciones eran o bien un problema técnico en el radiofaro, en principio descartado, o bien un objeto no registrado cruzándose por delante del pulso. —Vaya casualidad. —Sí —admitió Zarkov—. Pero hay más. Almuerzo muy a menudo con el director de Vigilancia Exterior. Él me transmitió sus sospechas. Necesitaba un análisis más profundo de los datos: la situación precisa del carguero y el radiofaro, la potencia y el lapso entre los
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pulsos erróneos. Tuvimos que emplear tiempo de ordenador central, saltándonos todas las peticiones oficiales. Lo presentamos como una emergencia de Vigilancia Exterior. Un posible cuerpo en posible rumbo de colisión con los planetas interiores. —¿Y lo era? Zarkov sonrió. —No del todo. Las primeras aproximaciones ya mostraban un perihelio solo un poco por debajo de la órbita de Marte. —¿Sin posibilidad de impacto? —Ni la más mínima. En el perihelio del objeto Marte se hallará al otro lado del Sol. No, era llamativo por otros motivos. Necesitábamos conocer con precisión los detalles de su trayectoria. —¿En qué sentido era llamativo? —El rumbo. La velocidad. Demasiada para un cometa de la nube de Oort. —Un cuerpo interestelar, entonces. Un cometa expulsado de otra estrella y cruzándose en nuestro camino. —No estaría mal. Sería el primer encuentro registrado. Pero el rango teórico de velocidades para un objeto así se estima en algo menos de treinta kilómetros por segundo, y según esas dos primeras lecturas se estaba desplazando a casi cuatro veces esa cifra. — Flash resopló, asombrado—. Sin contar con que deberíamos encontrárnoslo en la dirección de la constelación de Hércules, y no es el caso.
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Flash se giró hacia Dale. —¿Un artefacto? —Una trayectoria hiperbólica de una excentricidad insólita, casi una línea recta. Fuera del plano de la eclíptica y camino del sistema solar interior. Muy a mi pesar, lo cierto es que hay pocas posibilidades de que eso fuera lanzado desde la Tierra. Zarkov retomó la palabra: —Vigilancia Exterior consiguió que el observatorio de Calisto rastreara la trayectoria resuelta por el ordenador central. —¿Y lo encontró? —Desde luego. Y observó un albedo extremadamente alto. El reflejo de ese objeto no se corresponde con ningún cuerpo natural; no le hemos sabido asignar ningún tipo espectral conocido. Flash notó cómo se le erizaba el vello de la nuca y los antebrazos. —¿Me estáis hablando de un Primer Contacto? —No —Zarkov sonrió, manteniendo el ceño fruncido—. O sí. No descartamos nada. Dale apretó la mano de Flash, mientras Zarkov se echaba atrás sobre el asiento. —Como has dicho, lo más probable es que se trate de un nuevo tipo espectral de cometa; un cuerpo interestelar originado en condiciones diferentes a las de nuestro sistema solar, con la trayectoria alterada por alguna influencia gravitatoria desconocida. Y ya te digo que no desechamos ninguna posibilidad. —
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Miró a Dale—. Podría ser una sonda realmente vieja, un artefacto de espacio profundo afectado por el mismo tipo de perturbación. No lo sé. En cualquier caso, hay que investigarlo cuanto antes. Alcanzará el perihelio dentro de tres semanas, a más de cien kilómetros por segundo. No estará mucho entre nosotros. —Entiendo —asintió Flash. —De hecho, ese es el problema. No ha habido tiempo material de organizar una misión estándar. El objeto viaja demasiado rápido como para fletar un crucero. Necesitaríamos un cohete atómico de varias etapas para alcanzar su velocidad, y eso sin tener en cuenta el regreso. Un montaje como ese… ufff, es una pesadilla logística. Caro, lento, demasiado llamativo. Y según el protocolo no podremos hacer un anuncio oficial hasta descartar o confirmar el Primer Contacto. La goleta no sale precisamente barata, pero al menos es una solución rápida y sin duda más discreta. —Es fascinante. Pero ¿por qué Dale y yo? ¿Y cómo lo has justificado? Los burócratas del Consejo Ejecutivo habrán puesto mil pegas. —He tenido que hacer muchas llamadas y pedir algunos favores. Pero es una misión delicada, con tres criterios de actuación —fue extendiendo los dedos a medida que nombraba cada uno de ellos—. Uno, astronómico; dos, arqueológico; y tres, de Primer Contacto. ¡De Primer Contacto! Es la tercera vez en la historia que se activa un protocolo de Primer
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Contacto. Y aunque vuelva a tratarse de una falsa alarma, lo que encontremos hará que la misión se modifique según un patrón u otro. Necesitamos al mejor comandante, el de más experiencia, el más adaptable: tú, Flash. Por otra parte, si después de todo nos topamos con un artefacto arcaico, desde luego no va a ser un descubrimiento cualquiera. Iría yo, debería ir yo, pero ya estamos arrancando con el Omniac aquí en órbita. —Te ocupas de demasiados frentes. —Ya. En cualquier caso, tiene que acompañarte el mejor especialista en arqueotecnología posible —Zarkov guiñó un ojo a Dale—. El resto del cuerpo técnico y científico lo hemos podido reclutar aquí arriba, por suerte. Caras familiares, ya lo verás. Eso sí, el oficial de Primer Contacto me lo han impuesto. No lo conozco. —¿Está en el informe? —Sí. —Mmm... Preguntaré. Zarkov lanzó una mirada de complicidad a Dale. Luego se dirigió al piloto: —En resumen, Flash: un objeto de origen y composición desconocidos está atravesando el sistema solar en una visita sin retorno, siguiendo una trayectoria extrema, aunque alcanzable. No sé si resulta obvio, pero… —¿Pero? Hans Zarkov, el máximo cargo de la División Científica del Órgano Ejecutivo de la Federación de
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la Sociedad de Naciones, prorrumpió en una sonora carcajada. —¡Que lo podéis considerar mi regalo de bodas, por supuesto!
2 La piscina cero-g del Primer Orbital, ubicada en el extremo austral del eje de rotación, robaba terreno al puerto y asomaba al espacio a través de un hemisferio acristalado. No era comparable en tamaño a la de los lujosos satélites de recreo, pero su uso restringido al funcionariado de la estación la convertía en un rincón relajante y discreto; sobre todo a esas horas de la jornada. Flash y Dale se encontraban solos en el pequeño vestuario. Tampoco había otros albornoces sujetos a los velcros que delataran la presencia de algún usuario en la piscina. —Lo sabía —sonreía Flash, retomando por fin la conversación del desayuno mientras se desvestían—. Era demasiada casualidad. —Ophiuchus… —Dale pronunció con delectación cada sílaba—. Es realmente preciosa. Venían del salón-restaurante, donde un monitor catódico mostraba permanentemente la imagen dividida de los dos puertos de la estación, el austral a la
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izquierda y el boreal a la derecha. Al entrar habían notado cierta expectación por parte de los escasos usuarios del comedor. Dale y Flash, sin perder de vista la pantalla, habían retirado una bandeja de desayuno cada uno y, en los pocos minutos que los llevó devorarla, vieron el final de la maniobra de atraque de una goleta clase Constellatio. La llegada de un navío de esas características constituía de por sí un vistoso espectáculo, pero es que, además, se trataba de la misma que observara Flash en el espacio-puerto de Guayana. Pese a su excitación, habían decidido no comentar nada en aquella área pública: mejor no arriesgar el secreto de la misión en una conversación casual. Así evitaban, además, encuentros fortuitos con la prensa en esos preciosos momentos de relax previos al viaje. Ya fuera del vestidor, sujeta a un apoyo de la pared curva, Dale introdujo un pie en la masa líquida. La corriente creaba una cantarina estela en torno a su tobillo. —Está estupenda. —Tú primera. La burbuja de natación, una solución iónica en agua, estaba contenida por un campo eléctrico rotatorio que a su vez la hacía girar. Un nadador sumergido en ella era expulsado por simple fuerza centrífuga hacia el exterior. Se simulaba así una aceptable flotabilidad, compensada a su vez por la tensión superficial de la capa proteica que la envolvía, insoluble y transparente.
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Flash y Dale se desenvolvían a la perfección en las condiciones de aquella enorme gota ingrávida. Tras un corto buceo emergieron al otro extremo de la burbuja, bajo la cúpula acristalada permanentemente orientada a la Tierra. Nadaron de espaldas para no dejarse llevar por el giro, manteniendo ante sus ojos las espectaculares vistas. Tenían toda la piscina para ellos. Era media mañana según el horario consensuado de la estación, pero allá abajo la noche oriental pasaba frente a sus ojos, mostrando brillantes rosarios de luces sobre el terreno oscuro: ciudades, áreas industriales, estrato-vías y finas líneas de monorraíl. Los cuerpos de los nadadores sobresalían sin esfuerzo de la superficie líquida, lo suficiente como para permitir una conversación cómoda mientras braceaban. —Podía haberla subido yo mismo —bufó Flash. Dale se las arregló para sacar la mano del agua y amonestar al astronauta con el índice. —¡Bastante ha sido para Hans reunirnos en la misma misión! —le regañó—. Casi se asfixia con tanta burocracia. Flash atrapó la mano y antes de soltarla besó la punta de sus dedos. —Lo sé, lo sé —se excusó—. Es solo que me hubiera gustado disfrutar del despegue. Alcanzar velocidad orbital desde la superficie es… otra cosa con esas máquinas. Al menos en un campo gravitatorio como el de la Tierra. Dale sonrió.
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—Creo que te entiendo. ¿Te acuerdas del tirón de Júpiter, cuando lo de Ganímedes? —Bueno, eso ya fue demasiado —respondió Flash, frunciendo el ceño—. Tuvimos suerte. Mucha suerte. ¡Un motor atómico luchando contra semejante pozo de gravedad! —Casi te matas para enfriar las bodegas. —Casi morimos todos. —Pero no lo hicimos. Ahí me di cuenta de que eras algo más que un astronauta estirado. —¡Estirado! —Bueno…, eras demasiado serio. Siempre tan correcto. —Tenía una gran responsabilidad. —Y fuiste más que responsable. Algo temerario, también. A veces pienso que disfrutaste —rio—. ¡Qué digo! Estoy segura. Flash negó con la cabeza sin mucho entusiasmo. —Cuando veamos a Kent podemos preguntarle. Seguro que sabrá ser más objetivo. Tengo ganas de volver a trabajar con él. —¿Kent viene con nosotros? Tenía sus dudas. —Está en el informe de la misión, en el estadillo de la tripulación: técnicos, oficiales científicos, piloto y navegantes. ¿No lo has leído? —La verdad es que solo me he centrado en lo que me toca… las disposiciones de material y tiempo de misión, las obligaciones del resto de tripulación en caso de auténtico encuentro con artefactos. He teni-
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do que preparar en muy poco tiempo demasiadas cosas. —No acabo de entender esa parte. Solo se trataría un vestigio más. ¿Por qué le dais tanta importancia? A Dale le chispearon los ojos. —Piloto Gordon —dijo, interrumpiendo su natación y obligando a Flash a detenerse—, no está usted muy al día en arqueotecnología, pese a tener un contacto privilegiado con una de las máximas autoridades en la materia. —Bueno, yo… —Estamos muy, muy cerca. —La mujer aferró con fuerza las muñecas del astronauta. La bóveda acristalada pareció deslizarse sobre sus cabezas, llevados por la lenta rotación de la burbuja—. Solo hace falta un descubrimiento lo bastante grande, y sobre todo bien conservado. Algo que nos dé las últimas pautas. —Como una sonda gigante —asintió Flash, dejándose sacudir—; una estación en el espacio profundo. —Eso es. Necesitamos más electrónica arcaica. Componentes no deteriorados, en mucha cantidad, integrados en sistemas completos. Por eso es tan importante que yo vaya. Aunque un encuentro con un artefacto sea lo menos probable, no deja de ser posible. —Dale hablaba con pasión—. Hoy sabemos que fue la física lo que cambió. Y lo hizo de manera repentina, a nivel fundamental: variaciones en las constantes cuánticas. Una especie de cataclismo cosmológico. —Ufff, demasiado para un viejo piloto.
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—Kent me entenderá. Es físico, además de matemático. —Es navegante, lo que para mí está por encima de cualquier otra consideración. —¡Astronautas! —bufó Dale, soltándole las manos. Volvieron a nadar para recuperar la posición bajo la cúpula—. ¿Cómo le habrá ido con aquella mujer… Marla? —No lo sé. Hace mucho que no coincidimos. Le va a apenar que no nos acompañe Zarkov. Ese sí sería un gran reencuentro. —Imposible con sus responsabilidades en el Ejecutivo. No lo imagino volviendo a hacer trabajo de campo. Y, aunque pudiera, el Omniac está en la fase final. —¡El Omniac! Ojalá resulte. Qué idea. El mayor computador de la historia, en el espacio. —Es que el concepto es maravilloso, ¿verdad? ¡Tan sencillo! Válvulas de vacío funcionando en el vacío natural. Más pequeñas, más sencillas, más robustas. La miniaturización de la electrónica. ¡Una auténtica revolución! —¿Puedes imaginártelo? —asintió soñadoramente Flash, dejando vagar la vista por el paisaje nocturno del planeta—. Dentro de poco el noventa por ciento de las trayectorias se computarán en esta estación. Cálculos más rápidos, precisos y fiables. Menos presión para los navegantes, más seguridad para la navegación. Cuando se construyan sus gemelos en Marte y Calisto, con la red de radiofaros completa, el sistema
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solar será como una extensión de las estrato-vías de la vieja Tierra. Dale hizo un puchero. —El fin de la aventura. ¿No te entristece? ¿Ni un poco? —En absoluto. Compensa por un millón de motivos. Hay sitio de sobra para la exploración; y si no, tenemos las estrellas. Algún día sabremos llegar. Seguro. —Hablando de eso, poeta, ¿no tenías que repasar el plan de ruta? —Prefiero esperar a que lleguen mis navegantes. Y el comité de la misión no se reúne hasta las catorce. Tenemos tiempo de sobra para zanganear. Aunque hay algo… Dale detectó un cambio en la entonación de Flash. Le echó un vistazo de reojo. —¿Sí? —Ayer hice unas llamadas mientras finalizabas tu jornada —dijo—. No sé de nadie que conozca a ese Bork. Y eso que todas sus referencias son buenas. —¿Bork? —Es el oficial de Primer Contacto. Viene con un séquito de dos agentes. No sé por qué están en la expedición, la verdad. —¿Por protocolo? Es un asunto serio, querido. Flash escupió un poco de líquido salino. —El protocolo, cómo no —gruñó—. ¿Lo conoces? Si se dan las condiciones para aplicarlo esa gente pue-
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de tomar el gobierno de la nave. ¿Y sabes cuáles son esas condiciones? —No… —¡Exacto! Nadie las conoce. Se deja en la práctica al criterio del oficial de Primer Contacto. Y no me gusta que ningún militar tenga potestad sobre mi mando. Dale se encogió de hombros, sin dejar de desplazarse. —Míralo así: es un funcionario. Como tú y como yo. —Ya. Un funcionario armado. El caso es que, cuantas más vueltas le doy, más seguro estoy de que solo vamos a encontrar una bola de hielo. —Y no sería poco —frunció el ceño Dale—; de hecho, sería un descubrimiento trascendental. Si, como parece, se trata de un cuerpo de más allá de la nube de Oort, nos dará información sobre la composición y la génesis de un sistema estelar distinto al nuestro. Similitudes y diferencias. Por fin una comparativa real con otras regiones del Universo. —¡Claro! ¿Qué pintan entonces esos individuos? Dale dejó de nadar, dando tiempo a que Flash se detuviera. —Lo mismo que yo. Si ellos no tienen que venir, entonces la especialista en arqueotecnología tampoco. ¿No te parece? —Sí —dijo, impulsándose hacia ella—. Esa es la parte inconsistente de mi queja. —De todas formas, agradezco que no me lo contaras anoche. Le habría quitado encanto a la velada.
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—Anoche tenía otras cosas en la cabeza. —¡Seguro! Me las enseñaste todas. Flash intentó salpicarla. Las gotas se esparcieron en torno a Dale antes de reintegrarse en la masa principal trazando giros poco familiares. El piloto introdujo entonces agua en su boca y la lanzó a presión sobre el rostro de la mujer. —Eso está mejor —rio, escapando de los manotazos de Dale—. Por sonrojar a un venerable veterano del espacio. El encuentro con Kent, Bork y el resto de la tripulación lo realizaron en la misma reunión del comité. Hubo efusivos abrazos entre los conocidos, presentaciones de los nuevos rostros, y una larga sesión donde se clarificaron las funciones y los objetivos de cada grupo. Bork resultó ser un individuo circunspecto de mirada penetrante y pelo hirsuto. Provenía de la rama militarizada de la policía federal, y mostró credenciales de una completa formación técnica y científica. A regañadientes, Flash tuvo que reconocer lo bien que encajaba en la misión. Al menos en teoría. Sus dos agentes eran individuos con experiencia en el espacio y preparados para todo tipo de contingencia; herramientas humanas, soldados de primera categoría. Versados en técnicas sanitarias sustituirían con solvencia la figura del oficial médico. El segundo navegante era Loprieno, que ya había formado equipo con Kent. Anderson, geólogo planetario, y una brigada de cuatro técnicos
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especialistas en los sistemas de la goleta, completaban la tripulación. Tras la reunión, piloto, navegantes y técnicos embarcaron directamente en la Ophiuchus para acabar de prepararla. La carga de combustible y el añadido de los tres depósitos suplementarios —afilados cilindros fijados al extremo de cada alerón— se harían en los astilleros de Lagrange-IV. El resto del equipo los seguiría en transporte corriente, una lanzadera interorbital de propulsión iónica. En apenas dos días se encontrarían de nuevo los dos grupos, por fin listos para partir. La dificultad residía en la endemoniada velocidad del objeto. Con más tiempo y menos secretismo se habría podido organizar una expedición convencional: un navío nuclear múltiple, acelerando con meses de antelación y preparando asistencia de combustible —hielo de agua o amoniaco— para frenado y regreso. La misión habría sido más larga pero también más segura. Flash y el equipo de navegantes se iban a ver obligados a realizar cálculos extremadamente precisos si querían apurar las capacidades de la goleta y sus reservas de superpropergoles. Por fortuna la trayectoria del objeto había facilitado el lanzamiento desde Lagrange-IV. —¿Ves? —Kent realizaba para Dale rápidos trazos en una de las pizarras de la sala de navegación—. Acelerando en ese preciso instante, en el sentido del desplazamiento orbital, hemos logrado que la máxi-
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ma aproximación al objeto vaya a ser aquí. —Señaló una localización engañosamente próxima a la línea que representaba la órbita de Marte—. Dos semanas de travesía. Es el mejor compromiso entre tiempo de viaje y economía de combustible. En las inmediaciones de ese punto deberemos gastar menos propergoles para igualar el resto de componentes que si fuéramos a interceptarlo por ejemplo aquí, a una semana de viaje. Este ángulo nos ha hecho disponer de casi el setenta por ciento de la velocidad orbital de la Tierra como ayuda. Un delta-v de veinte kilómetros por segundo que nos hemos ahorrado. Flash intervino: —Eso quiere decir que, si ajustamos el consumo en la fase de contacto y desechamos los tres depósitos auxiliares, tendremos suficiente combustible para la deceleración y el regreso. Aunque no volveremos muy rápido. Será un largo viaje de vuelta. —Exacto. Y tras esta lección de navegación y mecánica orbital me voy a dormir, chicos —se despidió Kent—. Hace años que acabó mi turno. Necesito unas horas de roncar ingrávido. Era el cuarto día tras la aceleración. Aún quedaban dos semanas para interceptar el objeto, que se haría cerca de su perihelio, en la relativa cercanía de la órbita de Marte. Salvando las eventuales correcciones de rumbo, los motores no se volverían a poner en funcionamiento hasta las maniobras de aproximación y, posteriormente, la vuelta. Así que, aunque el
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impulso de partida había sido intenso y prolongado, el viaje era demasiado largo como para pasarlo todo en ingravidez. Dale y Anderson, con el cuerpo todavía dolorido por la etapa de aceleración, aprovechaban los momentos de ocio del grupo de navegantes para saciar su curiosidad técnica y disfrutar de la sensación de peso. La Ophiuchus era un vehículo de emergencias y carecía de habitáculo de recreo. Los pasajeros no disponían de zonas exclusivas como en los yates corporativos o la flota diplomática. El espacio que se ahorraba se destinaba a la carga o al combustible. La sala de navegación —con su anexo de retrete y lavatorio— era la única sección de la goleta que disponía de rotación para generar una mínima gravedad. Aunque, dado el corto radio de giro, lo mejor era permanecer sentado para evitar mareos, la comodidad del peso, por leve que fuese, resultaba imprescindible en el trabajo de escritorio. Cálculos, gráficas y esquemas abarrotaban los cuadernos de navegación. Además de la consola de observación, una completa biblioteca de tablas y manuales matemáticos ocupaba la mayor parte del espacio circular. El resto era una ordenada composición de equipamiento variado: mesas, tablillas borrables, calculadoras electromecánicas, plasti-pizarras y lectores de microfilm. —¿Sois conscientes —dijo Loprieno, levantando la vista del ocular de telebusca— de que somos los seres humanos más veloces de la historia?
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Loprieno era el navegante de guardia en esos momentos. Siempre debía haber alguien realizando regulares comprobaciones de curso. —No es exacto —replicó Flash—. Somos los seres humanos más veloces… en la actualidad. ¿Ya nadie recuerda la expedición a Plutón? En la partida casi triplicamos este centenar de kilómetros por segundo que os tiene tan orgullosos. —¡Ah! —saltó Anderson, el geólogo—. Pero aquello fue un disparate. Un día nos tienes que contar cómo te dejaste convencer por ese chiflado. —No fue un disparate; fue un dispendio. Y cualquiera hubiera participado en un viaje así, sobre todo a la edad que yo tenía. Además, para el Ejecutivo constituyó una oportunidad única. No se hubiera encontrado dinero público con que probar toda esa tecnología de espacio profundo sin la participación de los audiovisuales. —Meneó la cabeza con nostalgia—. Fue toda una aventura. Flash ocupaba su tiempo entre la cabina de pilotaje y la sala de navegación. Piloto, navegantes y técnicos siempre tenían comprobaciones que hacer o cálculos que repasar. Soporte vital, comunicaciones, anotaciones astronómicas… entre corrección y corrección de rumbo la rutina de viaje para la tripulación podía ser relajada, pero no se detenía jamás. Los pasajeros, sin embargo, solo podían dedicar su tiempo a ejercitarse, leer y conversar. Los militares, por el contrario, seguían una disciplina férrea marcada por Bork. Aparte
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de hacer ejercicio y descansar a intervalos inmutables, no se relacionaban demasiado con el resto. Seguían unos horarios propios que no tenían que ver ni con los ciclos de trabajo y sueño de los tripulantes ni con la jornada de veinticuatro horas que habían adoptado los dos científicos. Si se lo permitían sus actividades autoimpuestas, Bork sí escuchaba con atención los debates que se establecían entre el personal de la misión, pero rara vez intervenía en ellos. —Tengo entendido —prosiguió Anderson— que pretendían encontrar el último reducto de los arcaicos. Humanos viviendo en Plutón. Nos iban a desvelar los secretos del Hundimiento. —Qué bobada —dijo Flash—. Lo que querían era filmar la más grande de todas las exploraciones espaciales. La frontera final, el límite del sistema solar. Esas cosas. Pero el bulo contribuyó a aumentar la popularidad del proyecto. —Desde el punto de vista de la arqueotecnología, esa patraña ni siquiera tiene sentido —explicó Dale—. ¡Si casi no hemos encontrado presencia suya en el espacio cercano! —Pues entonces tu misión aquí es lo que no tiene mucho sentido. —Anderson levantó las manos a modo de disculpa—. Sin ánimo de ofender. Dale chasqueó la lengua. —Touchée. Pero la esperanza es lo último que se pierde, Lou, y el sistema solar muy grande; quizás es solo que no hemos sabido buscar. Imagina que deja-
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mos pasar la posibilidad de explorar concienzudamente una estación espacial arcaica. La comunidad de historiadores y arqueotecnólogos se suicidaría en masa, yo a la cabeza. La presencia del objeto es tan notable que vale la pena asomarse a mirar también desde la perspectiva de mi especialidad. De repente Bork habló. Ninguno se había percatado de su presencia en la sección. —Me pregunto en qué estado se halla en estos momentos su especialidad, señorita Arden. ¿Algún avance reciente? La profundidad de esa voz de barítono contrastaba con lo hueco de su modulación. Dale miró hacia arriba, al extremo opuesto de la habitación circular. Bork parecía colgar sobre ellos como un vampiro en las sombras. —Bueno —respondió Dale, disimulando el sobresalto—, lo cierto es que sí. Se han encontrado facsímiles que revelan procesos físicos incompatibles con nuestro entorno natural. Por si fuera poco, concuerda el que sean ejemplares únicos, sin copias de trabajo, y que no estén datados en el Bajo Período. Así que por fin… —Disculpe —interrumpió el oficial de Primer Contacto—, me temo que mi preparación no se halla al nivel de su exposición. ¿Bajo Período dice? Dale contuvo un suspiro. —Sí, señor Bork. —Miró de reojo a Flash, alzando las cejas unos milímetros—, Bajo Período Electrónico. Déjeme que lo sitúe: hace más de trescientos años,
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después de dos sucesivas guerras globales, la civilización humana vivió una etapa de indiscutible esplendor tecnológico. Al menos en eso coinciden antropólogos e historiadores. ¿De acuerdo? Bork asintió, sin aparentar molestarse por el tono deliberadamente didáctico de Dale. —Los avances científicos fueron continuos —prosiguió—. En esa época, desde el final de la última gran guerra hasta la fractura tecnológica, los conocimientos eran parejos a los que se tienen ahora; toda nuestra tecnología se basa en el saber recuperado de aquellos años. Eso lo sabe también, ¿verdad? —Por supuesto. —Pues bien, ese es el Bajo Período Electrónico: la última fase de la civilización arcaica, o sea previa al Hundimiento, cuya tecnología nos resulta inteligible. —Ajá. —Por supuesto nuestros ancestros siguieron avanzando. La siguiente es una etapa corta, poco más de cien años, que dura hasta el mismo Hundimiento. Ese es el Alto Período Electrónico. El caso es que, durante esa etapa, a medida que la tecnología evoluciona, los registros se vuelven cada vez más escasos, hasta desaparecer por completo. Para los historiadores eso siempre fue un misterio: la fractura. Ahora estamos seguros de que lo que cambió fue la forma de preservar la información. —Yo he oído toda clase de conjeturas —dijo Anderson—. De hecho, mi exmujer es antitec. Aunque creo que solo por fastidiarme.
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—Lo cierto —insistió Dale— es que resulta muy improbable una guerra definitiva librada con armamento avanzado; tampoco una catástrofe global debida a un accidente tecnológico. Por una parte nunca ha habido restos de destrucción, ni crónicas, ni tan siquiera leyendas, solo un gran interrogante; por otra, ¿qué nos hubiera costado empezar de nuevo a partir de los conocimientos del Bajo Período Electrónico? ¿Por qué no hemos seguido los pasos de los arcaicos? ¿Por qué no hemos revivido su mismo desarrollo? —Hizo una pausa dramática, buscando la mirada de Bork—. No. Ocurrió algo más profundo, un cambio, un accidente cosmológico. El Hundimiento consistió posiblemente en una alteración de las constantes físicas fundamentales. Y esa nueva idea está fundamentada en el descubrimiento de los últimos facsímiles McGraw-Hill. —Facsímiles. —Copias, copias de libros. —El inexpresivo rostro de Bork resignó a Dale a explicarse—. De los albores de la recuperación, ya sabe. Durante el establecimiento de los nuevos núcleos sociales, cuando se buscaban las antiguas fuentes de conocimiento: libros que hubieran pervivido a lo largo del Alto Período Electrónico y sobrevivido al Hundimiento. Buscados en lo que suponemos podían ser colecciones privadas, antiguos museos o almacenes abandonados. Eran tan valiosos… Se copiaron, para su uso y su preservación. Lo que tenemos de esa dura época de renacimiento son sobre todo facsímiles. Cuando se empezó a levan-
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tar la nueva cultura, todo lo que hubo justo antes del Hundimiento ya se había perdido. —Los facsímiles McGraw-Hill. —A eso iba. Textos científicos del final del Bajo Periodo Electrónico. En ellos se trata lo que creemos que es el fundamento tecnológico del Alto Período: la física de semiconductores. —¿Qué? —Semiconductores. No se extrañe. Es un concepto que no entendemos. Más preciso: es un concepto que no es aplicable en nuestro mundo. Propiedades eléctricas de materiales que en realidad no se comportan como dicen esos libros. —Un error. —No tiene mucho sentido, sobre todo porque es congruente con los restos materiales de la tecnología arcaica. Como entenderá, cuando hablamos con tanto interés de tecnología arcaica nos estamos refiriendo casi en exclusiva a los restos del Alto Período Electrónico. —Congruente, dice. —Sí. Esos textos explican que es… que era posible crear componentes electrónicos complejos constituidos por porciones minúsculas de material. ¿Lo ve? Circuitos miniaturizados, de morfología desconocida para nosotros, imposibles de interpretar. Por eso no somos capaces de comprender el funcionamiento o la utilidad de los restos más sencillos. Por eso no existen registros convencionales: el papel no tenía lugar en el
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avanzado mundo del Alto Período Electrónico. ¡Congruente! —Pero hay otras congruencias —intervino Flash—, ¿no es así? Dale sonrió. —Una hipótesis que mencioné a nuestro comandante. Pero las evidencias no son tan claras como en el caso de la microelectrónica. —No les sigo. —Es rebuscado. Si de veras hubo un cambio en la naturaleza misma, en las componentes físicas fundamentales, es más que razonable pensar que haya habido otras repercusiones en nuestro entorno, otras sutiles diferencias entre el mundo de antes del Hundimiento y el de después. ¿Por qué una civilización tan tecnológicamente avanzada, a la altura de la nuestra, como mínimo, parece no haber tenido casi presencia en el espacio? Quizás porque no disponían de nuestra facilidad para acceder a órbita baja. ¿No es así, Flash? —Tú me convenciste. Velocidad de eyección. Impulso específico. Esos datos están recogidos en sus viejos manuales de astronáutica: si sus mejores combustibles no tenían la capacidad de los nuestros, no creo que fuera por falta de investigación; es más plausible considerar que en ese aspecto su física tampoco era exactamente la misma. —Congruencia —remató Bork—. Ya veo. Flash alzó el rostro hacia el oficial de Primer Contacto.
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—Entonces, señor Bork, ¿desconocía usted estos asuntos? —Por supuesto que no —contestó con su voz impasible—. Es solo que no estoy familiarizado con la terminología de la señorita. El viaje continuó plácido y rutinario. Para los telescopios de astronavegación de la Ophiuchus el objeto seguía siendo un punto brillante y sin forma. Desde la Tierra no había más novedades que los crecientes e inexplicables fallos del servicio de control climático. El tiempo que Dale y Anderson no ocupaban charlando en la sala de navegación o revisando sus respectivos procedimientos lo pasaban ante los lectores de microfilm de la biblioteca de a bordo. Los hombres de Bork realizaban sin descanso inacabables series de ejercicios isométricos. También mantenían sus mentes ocupadas entrenando en formación táctica con lo que parecían juegos de estrategia. Dale con gusto habría participado en esas campañas. Lamentablemente, Bork era intransigente en todo lo que se refería a mezclar sus actividades con los civiles. Por su parte, Flash y ella coincidían pocas veces en sus turnos de descanso, aunque aprovechaban ese tiempo con elegante discreción. Su objetivo aún carecía de dimensiones, cuando Flash decidió realizar la maniobra que los situaría en rumbos paralelos. Anular la componente indeseada de la velocidad relativa de la Ophiuchus con respecto al objeto suponía un tremendo gasto de combustible,
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casi la mitad del empleado en la aceleración de la partida. Al final de la maniobra debían quedarse a veinticinco mil kilómetros del destino. Se había dado ese margen esperando que fuera suficiente para empezar con las primeras observaciones en profundidad, y al mismo tiempo, asegurar la nave ante cualquier amenaza, por improbable que fuera. Para satisfacción de tripulación y pasajeros, esta vez pudieron disfrutar del proceso: casi una hora en un entorno de una gravedad. Lejos de la Tierra, no había razones de eficiencia por las que mantener los motores encendidos a la máxima aceleración soportable. Al acabar la maniobra, verificada posición y velocidad y realizados los ajustes finales, la expectación era máxima. Sin embargo, la imagen del objeto distaba aún de aportar información relevante. Anderson había examinado las primeras videofotos. —Parece que es simétrico. Ovalado o rectangular, oblongo. Desde luego no es esférico. Esas variaciones periódicas en la luminosidad indican que está en rotación. ¿Veis? Un giro lento. Y el espectrómetro no añade nada nuevo. Bork estaba especialmente atento, casi tenso, pero no decía nada. Flash suponía que estaba esperando la menor oportunidad para asumir el mando. Aparte de eso todo parecía bastante seguro. Se aproximarían a una velocidad de ciento cincuenta metros por segundo. Les llevaría casi dos días situarse junto al objeto, y así podrían hacer un análisis pausado de este.
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Nadie se atrevía a respetar su turno de sueño excepto los hombres de Bork, muy a pesar suyo. El resto, incluido el oficial de Primer Contacto, estaba pendiente de las imágenes que a paso de tortuga iban tornándose mayores en la pantalla acoplada al telescopio de investigación, y que se repetía en los monitores de uso común. Solo al final del primer día de aproximación, a once mil kilómetros de distancia, pudieron observarse algunos rasgos y determinar el tamaño del objeto con precisión. —Es una flor. No me digáis que no. Eso son pétalos. Y ese brillo un pistilo, y en el otro extremo un fragmento de tallo. —Es como ver figuras en las nubes, Kent. Solo hay zonas claras y zonas más oscuras —contestaba Anderson—. Lo único seguro es que son tres kilómetros de cosa brillante, girando en torno a un eje que se desvía muy pocos grados de su trayectoria. Bork merodeaba por detrás de ellos, de pantalla en pantalla, silencioso, mientras la distancia al objeto se reducía a razón de quinientos kilómetros cada hora. Flash estaba pendiente de cualquier cambio en la imagen. Ninguna señal que revelara actividad además del giro; nada en la completa amplitud del espectro electromagnético. Ocho horas más tarde se mostraron definitivamente las características del objeto. Hubieron de recorrer mil kilómetros más hasta convencerse de que lo que estaban viendo a través de los monitores era real. En-
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tonces, como si fuera la voz oficial del grupo, Anderson, geólogo planetario, se encargó de expresarlo para todos en una sola frase. —De una cosa estamos seguros: eso no es trabajo mío.