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© 2021, Kendare Blake © Quill Tree Books/Harper Collins, 2021 Título original: All These Bodies © 2023, Editorial del Nuevo Extremo S.L. Rosellón, 186, 5º- 4ª, 08008-Barcelona, España Tel (34) 930 000 865 e-mail: info@dnxlibros.com www.dnxlibros.es Traducción: Martín Felipe Castagnet Diseño de portada: Wolfcode Primera edición: septiembre del 2023 ISBN: 978-84-19467-23-2 Depósito legal: B-13598-2023 Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Impreso en España - Printed in Spain


ASESINATOS CONOCIDOS AL MOMENTO DE LA DETENCIÓN DE MARIE CATHERINE HALE 18 de septiembre de 1958

M I N N E S OTA

18 de septiembre de 1958 La familia Carlson; sobrevive una niña Black Deer Falls, MN

WISCONSIN H St Paul 29 de agosto de 1958 Stacy Lee Brandberg y Richard Covey Madison, WI

8 de agosto de 1958 (descubiertos el 16) Walter y Evangeline Taylor Sioux City, IA 13 de agosto de 1958 Merill “Monty” LeTourneau y un pasajero sin identificar Autopista 30, al este de Dunlap, IA

I O WA 6 de agosto de 1958 Angela Hawk y Beverly Nordahl Norfolk, NE

H Lincoln

3 de agosto de 1958 Peter Knupp Loup City, NE

NEBRASKA

H

Madison 24 de agosto de 1958 Cheryl Warrens Mason City, IA

18 de agosto de 1958 Jeff Booker y Stephen Hill Estación de servicio de Mobile Clarion, IA

H Des Moines


CAPÍTULO UNO 1 de mayo de 1959

EN EL VERANO de 1958, los asesinatos que luego serían conocidos como “los Asesinatos Desangrados” o “los Crímenes de Drácula” arrasaron el Medio Oeste de Estados Unidos, empezando por Nebraska, luego pasaron por Iowa y Wisconsin, antes de dar la vuelta y regresar a mi pueblo natal: Black Deer Falls, Minnesota. Antes de que acabaran los asesinatos, diecisiete personas de diferentes edades y trasfondos perdieron la vida. Todos los cuerpos fueron descubiertos con heridas similares: las gargantas o las muñecas cortadas. Algunos tenían heridas profundas en la parte interior de los muslos. Todas las escenas del crimen estaban sospechosamente limpias y todas las víctimas habían muerto por pérdida de sangre. Desangradas. Para finales de agosto, los asesinatos habían avanzado hacia el este, cada vez más cerca de la frontera con Minnesota. Seguíamos su huella a través de los diarios y marcábamos cada nueva víctima en el mapa. Cuando dos estudiantes 7


universitarios fueron asesinados en una casa abandonada a las afueras de Madison, Wisconsin, suspiramos de alivio. Fue terrible lo que les pasó a esos chicos. Richard Covey y Stacy Lee Bradberg, así se llamaban. Eran estudiantes de maestría y estaban comprometidos. Sentíamos lo que les había ocurrido. Que todo esto hubiera ocurrido. Pero al menos había sido allá lejos, en Madison. Los asesinatos habían pasado de largo, Minnesota había sido perdonada y quien quiera que los hubiera cometido (y como fuera que lo hubiera hecho) probablemente estaba camino a Canadá. Black Deer Falls está tan solo a doscientos kilómetros de la frontera canadiense, pero en la otra dirección. Los asesinos no tenían razón alguna para volver sobre sus pasos y cruzar la frontera estatal. Pensábamos que estábamos a salvo. Y entonces, en la noche del 18 de septiembre, la ola de asesinatos que había asolado el país durante todo el mes de agosto llegó a su fin aquí, después de tomar las vidas de Bob y Sarah Carlson, y de su hijo Steven. La única sospechosa de los asesinatos fue aprehendida esa noche: una joven de quince años llamada Marie Catherine Hale. La encontraron de pie, entre los cuerpos de los Carlson, que, como todos los demás, habían sido vaciados de sangre. Pero, a diferencia de los demás asesinatos, esta vez sabíamos adónde se había ido la sangre: Marie Hale estaba cubierta de pies a cabeza. Era la historia del siglo. La historia de una vida entera. Debería de haber ocurrido en Chicago o en Nueva York y los asesinatos deberían de haber estado a cargo de esos policías y periodistas que ya conocíamos de las películas: tipos que cruzaban las calles entre autos en movimiento, con el sombrero encasquetado y el cuello de la gabardina 8


levantado. Con una pistola corta y plateada en la manga y un cigarrillo que casi le quemaba los nudillos. Debería de haber ocurrido allí, y ellos deberían de haber estado a cargo. No en la Minnesota rural, donde nunca pasaba nada, salvo más de lo mismo, y no debería haber estado a cargo de mi padre y de nuestro defensor público a punto de retirarse. Ni tampoco, por increíble que parezca, a mi cargo. Michel Jensen, un don nadie de diecisiete años, del medio de la nada, que quería ser periodista, pero que hasta entonces no había hecho más que repartir periódicos. Sin calificaciones. Sin experiencia. Elijan los adjetivos que mejor describan a un chico con su mundo dado vuelta. Pero a veces la historia elige a su autor, y no al revés. O así lo dice mi mentor, Matt McBride (el editor de nuestro diario local, Black Deer Falls Star) y en este caso eso es especialmente cierto. Marie Catherine Hale me eligió a mí para que contara su historia y para que la escuchara, cuando podría haber tenido a cualquiera, y lo digo en serio: Edward R. Murrow habría tomado un vuelo a Minnesota enseguida. Esta es esa historia. Su historia, en las páginas que siguen. Cuando la encontramos aquella noche, entre todos esos cuerpos, no sabía quién era. Pensé que era una víctima. Luego pensé que era un monstruo. Pensé que era inocente. Pensé que era culpable. Pero cuando terminaron con ella, lo que me contó cambió mi forma de pensar, no solo sobre ella, sino sobre la verdad. Decir la verdad y al diablo el resto. Siempre pensé que sería fácil. ¿Pero qué haces cuando la verdad a la que te enfrentas resulta ser algo imposible?

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CAPÍTULO DOS La noche de los asesinatos

LA NOCHE EN la que mataron a los Carlson, yo estaba en casa de mi mejor amigo Percy. Era una noche cálida de septiembre y habíamos salido a su granero en ruinas para que Percy pudiera fumar sin que Jeannie, su madrastra, lo mirara mal. —Entonces, ¿qué quieres hacer? —preguntó Percy y luego respondió a su propia pregunta mientras sacudía las cenizas lejos del viejo heno, para asegurarse de no provocar un incendio—: Claro que no hay mucho que hacer. —Nunca hay mucho que hacer. Di una vuelta por el granero y rebusqué en uno de los montones de trastos de su padre. —Es mejor que hacer los deberes. —Supongo —dije, mientras levantaba lo que parecía una lata muy vieja y medio vacía de aceite de motor—.¿Dónde consigue tu padre estas cosas? —Donde puede —respondió Percy. 10


La mayor parte del granero estaba llena de trastos que Mo, el padre de Percy, había encontrado en subastas, en la ruta o en manos de los vecinos. Todos en el pueblo sabían que, si tenías basura, se la llevabas a Mo Valentine antes que al vertedero. La casa de los Valentine era una granja, como todo lo que había a las afueras del pueblo. Sin embargo, no lo era realmente. Hacía mucho tiempo que no lo era, aunque tenían un campo alquilado que cultivaba otra persona. El resto se había vendido o convertido en un pantano o se había abandonado para que volviera a ser bosque, ideal para la caza de ciervos y ardillas. —Juro que tiene algún tipo de enfermedad —dijo Percy—. Algo que le hace ver valor donde no lo hay. —¿Como la enfermedad del oro de los tontos? —Sí, exactamente. Mi viejo tiene la enfermedad del oro de los tontos. ¿Te la acabas de inventar? Me encogí de hombros. Quizá no me la había inventado, sonaba a algo que podía existir de verdad. Asomé la cabeza por la puerta y miré hacia la casa. Jeannie seguía levantada, podía verla sentada en la sala, hojeando una revista. Habría querido volver a entrar. Jeannie era simpática e incluso guapa, pero Percy todavía no se sentía en confianza con ella. Era la tercera esposa de Mo (lo que significaba que había tenido dos esposas más que todos los demás en el pueblo) y el corazón de Percy era duro cuando se trataba de madres, después de que la suya huyera y de que la segunda esposa se divorciara de Mo y se mudara al otro lado del pueblo para fingir que los Valentine nunca habían existido. —¿Ya invitaste a alguien al baile? —preguntó Percy—. Oí a Joy Davis decir que no le importaría ir con el hijo de cierto sheriff. 11


—¿Cómo te has enterado? ¿O se lo has preguntado de mi parte? Mi amigo solo sonrió. —Gracias, Percy —le dije—. Pero puedo conseguir mis propias citas. —No lo parece, últimamente. Y ahora que Carol está saliendo con John Murphy… —¿Y eso qué importa? —John Murphy es de último año. Es el capitán del equipo de fútbol americano. Ahora que sale con tu exnovia deberías... —¿Por qué tengo que hacer algo? —pregunté—. De todas formas, tampoco es que pueda conseguir a alguien mejor que Carol. Carol Lillegraf y yo salimos durante casi tres meses, la primavera pasada. Era la chica soñada: pelo largo y rubio, labios rojos, alta y de piernas largas, pero salir conmigo fue un movimiento calculado. Salir con el respetable hijo del sheriff era una buena forma de que su padre reverendo se acostumbrara a la idea de que saliera con chicos. No me sorprendió que cortara conmigo justo antes del verano. —Ahora es animadora —dije—. ¿Con quién se supone que debo salir para competir? ¿La jefa de animadoras? Percy salió del montón de trastos con la cara roja. Rebecca Knox acababa de ser nombrada jefa de animadoras y Percy estaba enamorado de ella desde cuarto. —Mejor te llevo a casa —dijo—, antes de que digas algo sobre la futura señora Valentine que lamentarás más tarde. Me reí entre dientes. Pero mientras su hijo apagaba el cigarrillo, Mo apareció en la puerta del granero con sus dos perras, de labrador y color negro. 12


—Chicos, a la camioneta—dijo, y me miró—. Tu madre acaba de llamar y ha dicho que tu padre y los demás necesitan ayuda en la granja de los Carlson. —¿Mi padre? —le pregunté mientras lo seguíamos en la oscuridad. Subimos a su camioneta y silbó para que las perras saltaran a la parte trasera. —¿Qué está pasando? —preguntó Percy—. ¿Por qué nos llevamos a Petunia y Lulú Belle? —Dijo que lleváramos a las perras. Dijo que ha pedido a todos lo mismo. Percy y yo nos miramos. Hacía tres semanas que se había producido el último de los Asesinatos Desangrados, tiempo suficiente para que la gente empezara a relajarse, para que se suavizaran los toques de queda, para que los hombres dejaran de hacer guardia en el porche de las casas con un arma y una botella de ginebra. Se habían terminado, o eso creíamos. Pero Mo estaba asustado. Salió de su granja tan rápido que las perras chocaron contra la caja de la camioneta y Percy tuvo que recordarle que condujera con cuidado. Fue un viaje de diez minutos desde la casa de los Valentine hasta la de los Carlson, en el condado 23, y cuando llegamos nos dimos cuenta de que la cosa iba mal. Dos coches patrulla estaban estacionados en la entrada con las luces encendidas y la vieja camioneta de mi padre estaba detrás de ellos. Otros tipos habían llegado antes que nosotros y habían estacionado a ambos lados del camino de tierra. Todos los que tenían perros también los habían traído; vi a Paul Buell y a su padre apresurándose por el camino de entrada con su simpático mestizo manchado. —Mierda —maldijo Mo—. Debería haber traído correas. Percy, encuentra algo para usar. 13


—¿Para usar de qué? —preguntó, pero nos bajamos y buscamos. Todo lo que encontramos fue un viejo hilo de pescar medio podrido en la caja de la camioneta. Así que lo doblamos varias veces y lo pasamos por los cuellos de las perras. Luego las hicimos bajar y seguimos a Mo en dirección a las luces. Podía distinguir la forma de su escopeta, apuntando al cielo. —¿Te habías dado cuenta de que traía el arma? —le pregunté a Percy. —Debe haber estado debajo de nuestros pies —dijo Percy—. ¿Qué demonios está pasando? Llegamos a la casa. Todas las luces estaban encendidas. La viuda de guerra, Fern Thompson, vivía en la pequeña casita al lado, tan cercana a la de los Carlson que podría haber formado parte de la misma propiedad. Éramos casi una docena de personas reunidas en el camino de entrada entre las dos casas. Además de Percy y yo, Paul Buell era el único chico. El resto eran otros padres y yo los conocía a todos. Parecía que mi madre los había llamado usando la lista de la iglesia. Todos llevaban escopetas. —¿Qué está pasando? —Percy preguntó de nuevo. Miré a Paul y me encogí de hombros, él también repitió el mismo gesto. No sabía qué podía pasar para que mi padre nos hiciera venir hasta aquí, pero debía de necesitarnos con urgencia o habría pedido ayuda a la patrulla estatal. El camino de entrada era un caos: los perros ladraban y los hombres gritaban por encima del ruido. Petunia y Lulú Belle estaban entusiasmadas por ver otros perros, yo tenía una mano en el collar de Lulú Belle y temía que el hilo sisal podrido se rompiera. Alguien cruzó el camino de entrada, en dirección a la casa de la viuda Thompson, y la labradora se abalanzó sobre 14


él. Era Bert, uno de los ayudantes de mi padre, que llevaba un gato a rayas en brazos. —¡Bert! —lo llamé—. ¿Qué estás haciendo? Me ignoró y siguió adelante, la viuda Thompson lo recibió en la puerta. Bert le puso el gato en los brazos. El policía estaba blanco como una sábana y parecía inestable, como si en cualquier momento sus ciento treinta kilos fueran a derrumbarse enfrente de la viuda. —¡Rick! —gritó uno de los hombres al ver a mi padre—. Rick, ¿qué ha pasado? Miré hacia atrás, hacia la casa de los Carlson. Mi padre acababa de salir y venía hacia nosotros. Examiné su rostro, pero fue inútil. Aquella noche parecía un policía. El único rastro de mi padre fue un parpadeo cuando me vio, como si estuviera sorprendido y algo apenado. —Gracias por venir —dijo—. Tenemos una situación muy mala allí dentro. —¿Qué quieres decir? —preguntó el señor Buell—. ¿Están bien Bob y Sarah? ¿Los niños? —Los han asesinado —dijo mi padre. Hubo un largo silencio. Algunos perros ladraron. Sobre todo, uno que estaba cerca de la casa, un sabueso negro con manchas marrones que pertenecía a los Carlson; al cabo de un minuto, Bert se acercó, lo alzó y lo hizo callar. Los que estábamos reunidos en la entrada empezamos a hacer preguntas de nuevo y miré a Paul Buell. Estaba llorando. Mi madre no debería haberlo llamado: era demasiado amigo de Steve Carlson. Pero ella no lo sabía. —Escuchad, esto es lo que necesito —dijo mi padre en voz alta—. Equipos de dos y tres personas. Armados, sin excepciones. Perros, si los tenéis. Ya he llamado a la patrulla estatal y hay controles en marcha, pero si el asesino ha 15


huido a pie, no llegarán los hombres a tiempo. Somos la mejor oportunidad de atraparlo. Nos separó en equipos y nosotros fuimos el último: Percy, Mo Valentine y yo. Mi padre miró a Mo con más detenimiento para asegurarse de que no había bebido demasiado. —Quiero que salgáis en todas direcciones. Cuando lleguéis a casa de un vecino, llamad a la puerta, pero solo para que se sepa que estáis ahí. No necesitamos a todo el condado dando tumbos en la oscuridad. Comprobad el arroyo y el oeste hacia la línea de árboles. —Luego señaló al señor Dawson y al señor Hawkins, que había estado en el ejército—. Vosotros dos revisad las dependencias. —¿A quién buscamos? —preguntó el señor Dawson. —Parece un Desangrado —dijo mi padre sombríamente. Solté el collar de Lulú Belle y Percy la sujetó mientras el resto de los grupos de búsqueda se abalanzaba sobre mi padre. Era imposible imaginar que lo que decía mi padre fuera cierto. Que la familia Carlson, Bob y Sarah, Steve, a quien yo conocía, yacía muerta. Y no solo muertos, sino asesinados por el homicida más famoso del país. Me quedé mirando las ventanas, paralizado. Como futuro periodista, ese verano había seguido los Asesinatos Desangrados por los periódicos más de cerca que cualquier otro. Pero los artículos no me satisfacían. Siempre los mismos hechos, los nombres de las víctimas, la falta de conclusiones. A veces utilizaban la misma palabra tres veces en un párrafo o la misma frase en dos artículos diferentes, como si los periodistas estuvieran tan aterrorizados como nosotros frente a sus máquinas de escribir. 16


Las cortinas de la sala de los Carlson estaban corridas y desde donde estábamos en el camino de entrada yo no podía ver casi nada. Mis pies se deslizaron a la derecha. Me acerqué a la casa hasta que pude mirar a través del espacio entre la tela y las cortinas. Al principio no distinguí nada más que parte del techo y algunas fotografías colgadas en las paredes. Y entonces vi a alguien de pie en medio de la habitación. Estaba de espaldas a mí y parecía mojada. Como si hubiera estado nadando vestida en un mar de color rojo. Me acerqué un poco más y vi a Charlie, el otro ayudante de mi padre. Caminaba de un lado a otro de la habitación con un bebé en brazos. Lo acunaba y le besaba la coronilla, y tenía una mano extendida en señal de alto hacia la chica cubierta de sangre. Pero salvo por esa mano, Charlie la ignoraba, como si no estuviera. —La bebé —dije. Todos en la entrada me miraron a mí y luego hacia las ventanas—. ¿La bebé está bien? —La bebé está bien —dijo mi padre, y retuvo a algunos de los hombres que intentaban pasar por delante de él—. No vais a entrar. No va a entrar nadie que no tenga una estrella en el pecho. ¿Quién es?, quería preguntar yo. ¿Quién es esa chica? Pero mi padre apretó la mandíbula. Yo no debía estar junto a la ventana. Y se suponía que debía callarme. Miré de nuevo y la chica me observaba fijamente. Es imposible describir lo que vi en su cara, aunque nunca olvidaré su aspecto. Estaba empapada en sangre. Totalmente empapada. Tenía el pelo viscoso y la sangre parecía húmeda en algunas partes: en el cuello y donde le caía del pelo para resbalar por las mejillas. Esa fue la primera vez que vi a Marie Catherine Hale. En realidad, 17


no hablamos esa primera noche. Pero sigo considerándolo nuestro primer encuentro. A veces basta con una mirada, y la mirada que fijó en mí no era la de alguien que tacha en silencio las caras nuevas de los desconocidos. Me vio como si ya me conociera. Casi podía oírla decir mi nombre: “Michael. Hola, Michael”, con su voz grave y sorprendente. Mirando hacia atrás, ahora, a veces creo que realmente ya me conocía. Mi padre nos ordenó iniciar la búsqueda y yo volví a concentrarme. Percy y Mo me llamaron y los equipos se pusieron en marcha en las direcciones designadas. Miré hacia mi padre, pero no me vio. Llamó a Bert, que seguía cuidando al perro de los Carlson, y entraron juntos en la casa. —¿Lo puedes creer? —preguntó Percy cuando Mo corrió de vuelta a la camioneta por una linterna—. Steve. Toda la familia. No puedo creerlo. —No toda la familia —dije—. La bebé está bien. —Y gracias a Dios por eso. Ni siquiera los Desangrados podrían matar a un bebé. —Percy, ve a ayudar a Mo con la linterna. Te veré en la camioneta. Me miró un momento, sujetando a las dos perras. Luego se las llevó a rastras, refunfuñando que no sabía para qué iban a servir un par de perros cazadores de patos. Me quedé en la entrada un rato más. Lo suficiente para ver cómo acompañaban a Marie hasta el coche patrulla de Bert. Él le había puesto su chaqueta sobre los hombros y más tarde me dijo que había puesto una manta para cubrir el asiento trasero, pero la sangre se filtró de todas formas. Recuerdo que me pregunté dónde se habría hecho daño la chica. Estaba roja de la cabeza a los pies, pero yo sabía que 18


no toda la sangre podía ser suya. Pensé que tal vez se había cortado en la cabeza, donde la sangre parecía más espesa. Pero me equivoqué. Cuando la limpiaron en la comisaría de Policía, no le encontraron ni un rasguño. Ni una sola gota de esa sangre era suya.

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CAPÍTULO TRES Una chica empapada en sangre

MO NOS LLEVÓ a Percy y a mí al otro lado de la carretera desde la casa de los Carlson, hacia el sur, en dirección al pueblo. Era la dirección menos probable en la que habría ido el asesino y supe que mi padre nos había enviado en esa dirección a propósito por mí, o tal vez por el aliento a cerveza de Mo. Petunia y Lulú Belle trotaban alegremente a nuestro lado entre la maleza y la hierba muerta del otoño, pero yo no dejaba de mirar hacia la casa. Había trabajado en la cárcel desde niño, barriendo suelos y lavando ventanas, sobre todo, pero había sido hijo del sheriff la mayor parte de mi vida. Podría haber ayudado, si me hubieran dejado. Pero cuando las luces de los autos y de la casa de los Carlson desaparecieron y los sonidos de los otros hombres y perros se desvanecieron, empecé a prestar más atención. Caí en la cuenta de que estábamos buscando a un asesino. Realmente esperaba encontrarlo, y no a cualquier asesino, sino al más famoso del país, que degollaba a sus víctimas y no dejaba rastro de sangre. Salvo que esta vez había 20


demasiada sangre en la chica que apareció en la sala de los Carlson. Tal vez era ese el secreto que guardaban, y encontraríamos al asesino agazapado junto al arroyo, cubierto de sangre él también. —Estás haciendo demasiado ruido —me dijo Percy. Fui más despacio. Percy y Mo eran cazadores, con mucha práctica. Incluso las labradoras sabían pisar con más suavidad que yo. —Debí de haberme quedado atrás —dije. —Me alegro de que no lo hayas hecho. Me siento a punto de morir del susto. —Percy —susurró Mo—. Silencio. Pero podía oírlo en su voz. Y podía verlo en la forma en que la escopeta temblaba en su mano: Mo tampoco quería estar ahí. Al sur de la casa de los Carlson no había nada, solo el arroyo que daba un giro y un montón de árboles en dirección al pueblo, un lugar ideal para que alguien se escondiera. Habíamos sido más valientes juntos en la entrada de los autos, cuando estábamos enfadados porque nuestros vecinos yacían muertos en su casa. Ahora íbamos despacio y cada vez más despacio, esperando los ladridos y gritos que significarían que alguien más lo había encontrado primero. Llegamos a la línea de árboles, lo bastante cerca como para oír el gorgoteo del agua del arroyo. Y entonces las perras se negaron a seguir. Percy tiró de la correa improvisada de Petunia. Yo le di una palmadita a Lulú Belle. —Vamos, chica —ordenó Mo, pero la perra solo gimoteó y clavó las patas en el suelo—. ¡Petunia! ¡Lulú! ¡Venga! Es solo agua. Son perras cazadoras de patos, estúpidas... —Las agarró de las greñas e intentó tirar de ellas. Las 21


labradoras se quejaron y ladraron. Al final, una de ellas le mordió la mano. —¿Qué les pasa? —preguntó Percy. Agarré el collar de Lulú Belle de nuevo y enterré mis dedos en su pelaje. —Tal vez deberíamos escucharlas. Mo maldijo y se irguió en la oscuridad. El haz de luz de su linterna se proyectaba de un lado a otro y yo contenía la respiración mirándolo, temiendo que en cualquier momento mostrara un rostro entre los árboles. —Supongo que iré yo —dijo Mo—. Vosotros quedaos con las perras. No había dado más de un par de pasos cuando algo se levantó y se movió, algo grande que partió ramitas a su paso y corrió por el sotobosque. Las perras se volvieron locas ladrando. Ni Percy ni yo pudimos aguantar. Creo que el hilo se rompió por la mitad, pero puede que Lulú me lo arrancara de las manos. —¡Petunia! ¡Lulú! —gritó Percy mientras corrían. —¡Maldita sea! —gritó Mo. Nos quedamos helados. Las perras no corrían hacia el sonido. Huían de él. Mo nos empujó detrás de él y apuntó su arma hacia el arroyo. —Volved a la casa de los Carlson —dijo—. Encontrad a las chicas y metedlas en la camioneta. Iré justo detrás de vosotros. Encontramos a las labradoras en la carretera, dando vueltas en círculos, nerviosas y gimoteando. Las alzamos y las cargamos, y Mo se unió a nosotros poco después, respirando con dificultad por haber corrido. Luego nos quedamos junto a la camioneta y dejamos que nuestros corazones se calmaran. En la seguridad de la luz de la casa, iluminada por 22


los destellos rojos y azules de los coches patrulla, fue fácil recuperar la calma. —Percy —dijo Mo—, lleva a Michael a su casa, luego vuelve con las perras y quédate con Jeannie. —¿Y tú? —Percy preguntó. —Iré a la casa y me uniré a otro grupo de búsqueda. Vosotros no deberíais estar aquí de todos modos. —Al menos llévate a una de las perras. —¿Para que tenga que volver a perseguirla? No sirven de nada sin las correas adecuadas. —Pero papá... —Vete a casa y te veré por la mañana. Percy y yo condujimos hasta mi casa con las labradoras negras entre nosotros en el asiento corrido. Cuando llegamos, le dije: —¿Estás bien? ¿Quieres quedarte a dormir? Se lo pensó, acariciando a las perras. —Será mejor que me vaya a casa. No creo que Mo quiera que Jeannie esté sola. —De acuerdo. Miré hacia mi casa. Todas las luces de abajo estaban encendidas y parecía segura. Sabía que mi madre probablemente iría a la cárcel, a unas manzanas de allí, y que yo tendría que quedarme en casa y cuidar de mi hermana pequeña, Dawn, aunque ya estaría durmiendo. Antes de bajar de la camioneta, le di a Lulú Belle un buen mimo. Incluso entonces, cuando ninguno de nosotros quería admitirlo, no pude evitar pensar que aquellas perras que ahora movían tanto la cola nos habían salvado de algo. Entré y encontré a mi madre con el abrigo ya puesto, lista para ir a la cárcel, tal como me había imaginado. 23


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Nuevo extremo 112485 Todos esos cuerpos

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—¿Te vas a quedar en la cárcel esta noche? —le pregunté. —Imagino que sí —dijo—. Van a ingresar a la chica para que se quede ahí. —¿Ingresarla? ¿Por qué? —No lo sé, Michael. Cuida de tu hermana. Y luego se fue. En la cárcel ayudó al médico a limpiar a Marie. La limpiaron de pies a cabeza, la examinaron y no encontraron ninguna herida. Luego mi madre la metió en una bañera, y más tarde me contó que, incluso después de haberla limpiado, el agua de la bañera se puso roja como sopa de remolacha. Mi madre no pasó la noche allí. La celda de las mujeres estaba apartada, conectada con el resto de la cárcel en el extremo oeste de la planta alta, encima de la oficina del sheriff. Se construyó en la cocina de nuestra antigua casa familiar, en los tiempos en los que el sheriff vivía en el lugar, y estaba separada de las celdas de los hombres por unas cuantas capas de ladrillo y yeso, y unos buenos doce metros. Ya no vivíamos allí; mi padre, el sheriff Richard Jensen, nos construyó una casa nueva en el pueblo. No tan lejos de la cárcel, para poder ir andando al trabajo en un día soleado, pero lo bastante lejos como para que mi hermana pequeña no oyera el lenguaje inapropiado de los juerguistas que pasaban la resaca en las celdas de abajo. En las raras ocasiones en las que la celda de mujeres tenía una ocupante (la señora Wilson, después de que la detuvieran por conducir alcoholizada, por ejemplo), mi madre se quedaba la noche en la cárcel. No le gustaba dejarlas solas en aquel lugar con corrientes de aire, rodeado de barrotes y muros, aunque la mayoría de las reclusas solo pasaban allí una noche. Marie Catherine Hale permanecería


Nuevo extremo 112485 Todos esos cuerpos

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ciento cuarenta y cuatro noches, siempre sola, menos en tres ocasiones. Cuando mi madre se fue, subí a mi habitación. Intenté terminar los deberes. Leí un poco. Sobre todo, me tumbé boca arriba y pensé en los Carlson y en los Asesinatos Desangrados. Al momento de la detención de Marie pensábamos que los asesinatos habían comenzado a principios de agosto, que Peter Knupp en Loup City, Nebraska, había sido el primero. A partir de ahí, los asesinatos parecieron intensificarse: un par de estudiantes de enfermería degolladas, el 6 de agosto, un camionero y un pasajero que hacía dedo, el 13, una pareja de ancianos en Iowa, el 16. Y así sucesivamente, con nuevas víctimas encontradas cada pocos días, hasta que después de los estudiantes de Madison todo se detuvo. Pasó una semana. Luego otra. Las luces seguían encendidas hasta altas horas de la noche y las puertas que nunca antes habían estado cerradas tenían nuevos cerrojos, pero así serían las cosas ahora. Doce personas habían muerto. Doce personas desangradas en sus propias casas o en sus coches, o en sus trabajos, como el pobre trabajador de la estación de servicio Jeff Booker, asesinado en su puesto. Los periódicos aumentaron su tirada aturdiéndonos con detalles: se había encontrado muy poca sangre en las escenas del crimen y nadie sabía cómo ni por qué. Las heridas estaban muy limpias. Demasiado limpias. Nadie había sido apuñalado. Les habían cortado la garganta o las muñecas, y a veces profundamente en el muslo. “¿Podría haber sido obra de un cuchillo de cocina corriente?”, se preguntaban los periódicos. Tal vez. Pero hasta ahora, ningún cuchillo había desaparecido de las casas de las víctimas. 25


No sé cuánto tiempo pasé tumbado pensando. Pero aún estaba despierto cuando mis padres llegaron a casa un rato después y los oí hablar en voz baja en el piso de abajo. —La bebé —dijo mi madre—. ¿Qué va a pasar con ella? Pensé en aquella criatura, una niña de dos años llamada Patricia. Había estado dentro de la casa, en la misma habitación donde todo ocurrió. —La vecina dijo que Sarah tenía una hermana —dijo mi padre—. Imagino que irá con ella. Mi madre es una mujer alta y dura. Igual que mi padre en aspereza y altura, o eso le gustaba bromear a él. Pero cuando él le dijo eso, ella empezó a llorar. Los podía imaginar en la cocina: los brazos de él alrededor de la espalda de ella, meciéndola suavemente hacia delante y hacia atrás, con la barbilla apoyada en la parte superior de su cabeza. Mamá ya había llorado antes, cuando habían ocurrido cosas terribles. Cuando la camioneta de la familia Ernst volcó durante la tormenta de nieve de 1954 y murieron todos los que iban dentro, incluido Todd, su hijo de cinco años, había llorado durante días. Pero esa noche su llanto sonaba diferente. Lo que le ocurrió a la familia Ernst fue una tragedia. Lo que les había pasado a los Carlson era enloquecedor. Era aterrador. Era inexplicable. Subieron unos minutos después y mi padre vino por el pasillo al ver que mi luz seguía encendida. —Michael, ¿estás despierto? —Sí, señor. Asomó la cabeza. —¿Estás bien? ¿Dawn está bien? —Sí, señor. Mi padre miró hacia atrás y luego entró. Cerró la puerta para que mi madre y mi hermana no lo oyeran. 26


Antes de hablar, se sentó a los pies de mi cama como no había hecho desde que empecé la secundaria. —Siento lo del hijo de los Carlson. Lo de tu amigo Steven. —Yo también —dije y empecé a llorar. Mi padre me puso una mano en la espalda. Me sorprendió llorar. Aunque era terrible, no habíamos conocido tan bien a los Carlson, y mi padre se equivocaba cuando decía que Steve y yo éramos amigos. Yo lo conocía y cada tanto bromeábamos un poco en el colegio. Él jugaba al fútbol. Yo prefería el béisbol e incluso durante la temporada de béisbol me interesaban más los libros. Pero en los meses siguientes a los asesinatos llegaría a saber más de Steve y de los Carlson de lo que jamás hubiera imaginado. Todo el pueblo lo haría, de modo que, al final de la investigación, todos pensábamos en ellos casi como en nuestra propia familia y los lloramos de un modo que nunca lo habríamos hecho si simplemente hubieran muerto en algún accidente. Mi padre dio un gran suspiro y se levantó de la cama. —Ahora deberías dormir un poco —dijo—. Todo está bien esta noche y mañana no será un día fácil. Volvió a ponerse la gorra de policía. —¿Vas a volver a salir? —Alguien tiene que quedarse en la cárcel, y necesitamos hombres en la granja de los Carlson. El estado viene a echarnos una mano con patrullas extra y controles de carreteras. Nadie dormirá en su cama esta noche. —Papá —le dije mientras se daba la vuelta para irse—. ¿Y la chica? No había dejado de pensar en ella, en su cara y sus ojos. Su cuerpo empapado de sangre. 27


—Marie Hale. Su nombre es Marie Catherine Hale. —¿Quién es ella? ¿Cómo se las arregló para escapar? Se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. —No creo que se haya escapado.

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