Giuseppe Scaraffia
LA OTRA MITAD DE PARÍS trad u c c i ó n de f ra n c is c o c ampillo g ar c ía
EDIT ORIAL PERIFÉRI CA
primera edi c i ó n : mayo de 2023
tít u lo ori g i n al : L’altra metà di Parigi. La rive droite dise ñ o de c ole c c i ó n : Julián Rodríguez
La presente publicación se ha traducido con la ayuda del Centro per il libro e la lettura del Ministero della Cultura italiano.
© 2019 Giunti Editore S.p.A. | Bompiani, Firenze-Milano www.giunti.it | www.bompiani.it © de la traducción, Francisco Campillo García, 2023 © de esta edición, Editorial Periférica, 2023. Cáceres info@editorialperiferica.com www.editorialperiferica.com is b n : 978-84-18838-77-4 dep ó sito le g al : c c -95-2023 impresi ó n : Kadmos impreso e n espa ñ a – pri n ted i n spai n
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
A Maria y Sergio, que me descubrieron Francia
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Neuilly-sur-Seine . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 405 Clichy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 413 Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 423 Índice onomástico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 443
i n trod u c c i ó n
Entre 1919 y 1939, los veinte años comprendidos entre ambas guerras mundiales, la rive droite, en tantos sentidos olvidada, fue sin duda el escenario principal de la vida artística, literaria y mundana de París. Desde siempre nos hemos acostumbrado a identificar París con la rive gauche, pero no está de más saber que, durante mucho tiempo, su centro indiscutible fue la margen derecha del Sena. Allí se encontraban el Palais-Royal, la Opéra y la Bibliothèque nationale; los grandes bulevares, con sus lujosos cafés; los Champs-Élysées, con sus lugares de encuentro, teatros y cinematógrafos; la rue du Faubourg Saint-Honoré, con sus lujosos hoteles y sus tiendas a la última; los barrios de la alta burguesía, donde se desarrollaba la vida social; las periferias y Montmartre, donde aún vivían los artistas que no se habían mudado a Montparnasse. Por la noche una multitud de locales nocturnos y teatros acogían a artistas y escritores; por la mañana los cafés y los prostíbulos ofrecían placer a sus visitantes. Por supuesto, únicamente los buenos entendidos, como Simenon, sabían apreciar un barrio como el Marais, que parecía olvidado por el presente. Lo mismo sucedía con Île Saint-Louis, siempre inmersa en una quietud soñolienta. Y eso por no hablar de los arrabales, donde las cenizas de las chimeneas y el estrépito de los talleres envenenaban el aire; pero allí la vida resultaba barata para los artistas más pobres, como Marina Tsvietáieva y Henry Miller. 11
Desde luego, todos aquellos personajes, ya fueran franceses o extranjeros, estaban de acuerdo en algo: París. Sólo se podía vivir en París. Para André Breton, la capital era «la única ciudad de Francia en la que [tenía] la impresión de que en cualquier momento [podía] suceder algo que [mereciera] la pena». Para Gerald Murphy, «cada día era diferente; en su atmósfera flotaba una tensión y una excitación casi palpables». Para Elsa Triolet, «el aire de París [era] una droga: [dolía] cuando no lo [tenías]». Para Evelyn Waugh, «en Montecarlo [era] imposible sentirse extranjero; París [era] cosmopolita, [era] todo lo contrario: esa ciudad [hacía] de cualquiera un extranjero». Para Sacha Guitry, «ser parisino no [significaba] que [habías] nacido allí, sino que allí [habías] renacido». Tras sobrevivir a un tour por Francia en bicicleta, Henry Miller sentenció: «Tengo que vivir en París. Descubrir una nueva calle o un nuevo café me interesa mucho más que visitar un viejo castillo o una iglesia en cualquier pueblucho perdido». André Gide, siempre tan atento a su imagen pública, había cruzado el Sena ya en 1926 abandonando así la lujosa zona residencial donde vivía. Tendría que llegar la segunda mitad de los años treinta para que el interés de intelectuales y artistas se desplazara hacia la orilla izquierda. Antes de convertirse en espacio natural de los intelectuales comprometidos, la rive gauche de París había vivido una larga historia. El barrio latino era el reino de la extrema derecha política, mientras que Saint-Germain continuó siendo el bastión de la nobleza. Si Paul Morand consentía en vivir en el v ii e arrondissement era porque su mujer, la princesa Soutzo, había elegido la zona más aristocrática de la ciudad para construir su palacio. Únicamente unos pocos excéntricos, a menudo extranjeros, como la escritora Gertrude Stein o Natalie Clifford Barney, reina del París sáfico, elegían la rive droite. Algunos literatos, es el caso de Hemingway y Pound, la habían escogido porque era barata. Ernest Hemingway tenía muy claro 12
que atravesar el río significaba no sólo ir a ver a los amigos, sino también «hacer todas esas cosas divertidas que no podías pagarte o que podían meterte en líos». La única manera que el escritor tenía de no caer en ninguna tentación era lucir un aspecto desaliñado y así sentirse incómodo, rechazado, en medio de tanta elegancia. Cierto es que no todos los intelectuales de la rive droite eran pobres y que algunos incluso habían acabado por asumir muchas de las costumbres de los ricos que allí habitaban. Pero la margen derecha del Sena incluía también algunos barrios pobres en los que vivía más de un révolté, como André Breton o Céline, y había más de una callejuela hoy en desuso en la que los surrealistas habían encontrado un primer lugar donde reunirse y romper de una vez por todas con la bohemia afectada, la bohemia de salón de Montmartre y de Montparnasse. Aun así, muchos seguían identificando la rive droite con sus zonas más burguesas. «Siempre existió el prejuicio de que, si no vivías en la rive gauche, no eras de fiar… ni tampoco un auténtico escritor», recordaba Emmanuel Berl. Un día le comunicó a Roger Martin du Gard que había encontrado un apartamento en Palais-Royal: «Me agarró las manos y me dijo horripilado: “¿Es que no has sido capaz de encontrar nada en este lado?”». Era evidente, concluyó: «El viento de l’esprit no cruzaba el pont du Carrousel». «¡Quién me iba a decir que acabaría viviendo aquí, en el x v i e arrondissement, junto al Bois!», suspiraba François Mauriac, quien, desconfiando de su reputación, había tardado mucho en decidir marcharse al otro lado del Sena: la rive droite tenía fama de frívola. Jacques Prévert, sin tantos prejuicios, aconsejaba tener siempre «un pie en la orilla derecha, otro en la izquierda y un tercero en el culo de un idiota». Este libro abarca un período en apariencia reducido, sólo veinte años, pero realmente significativo. El trágico juego de la Primera Guerra Mundial se había cobrado un millón trescientos 13
sesenta y cuatro mil muertos, setecientos cuarenta mil mutilados y tres millones de heridos. La sensación de que había comenzado una nueva era no había conseguido relajar las rencillas políticas y sociales, aunque en París la voluntad de olvidar la contienda era generalizada. Las editoriales que apostaron por libros sobre la guerra fracasaron. Nadie quería oír las historias de los supervivientes, quienes a su regreso se encontraron con que los esperaban mujeres ahora sorprendentemente emancipadas. Al plomo de la Gran Guerra no sólo había sucumbido una inmensa muchedumbre de soldados –dos muertos y cuatro inválidos de cada diez franceses–, sino también el sometimiento ancestral del género femenino. Las miserias del conflicto habían obligado a los modistos a no gastar en cada traje más de cuatro metros y medio de tela. La consecuencia inevitable, el desvelamiento de los tobillos inútilmente condenado por el clero, solamente fue el comienzo de la revolución. La moda del pelo corto, el peinado a lo Juana de Arco, inundaba las calles. Y hubo una auténtica oleada de divorcios. Habían sido cuatro años de sufrimiento, así que la costumbre hizo más o menos llevadera la epidemia letal de gripe española, que llegó a causar más muertos que las trincheras. La cantidad de cadáveres era tan elevada que parecía servir de justificación para el desenfreno. Y todos se mezclaban: las orquestinas de los cafés cantantes estaban formadas por negros americanos, y las encargadas de los lavabos eran nobles rusas exiliadas. «Mientras aquellos hombres tan importantes discutían –recuerda Élisabeth de Gramont– nosotras bailábamos.» Tras haber sustituido en la vida civil a los hombres destinados al frente, ahora las mujeres ya no tenían miedo a conducir automóviles ni a fumar en público. Todo hacía pensar que la modernidad había impuesto acortar no sólo faldas y cabellos, sino también los tiempos de la seducción. Los monumentales peinados de la belle époque dejaban paso a cómodos sombreros campana de fieltro o a suaves turbantes. «Las 14
mujeres –recuerda Berl– querían ser felices a toda costa. Eran muy pudorosas, pero su pudor no tenía que ver con el cuerpo. Eran unas sentimentales sin remedio.» La vida se les figuraba breve y había que disfrutarla deprisa. Las vanguardias rompían los lazos del arte con el pasado. Ninguna provocación era suficiente. La guerra que habría debido «poner fin a toda guerra» se había convertido en el Rubicón de un nuevo arte. El viejo, que no había sido capaz de impedirla, quedó fuertemente estigmatizado. Tristan Tzara había tenido éxito exportando a París el dadaísmo: «Estoy en contra de los sistemas: el único sistema deseable es no tener sistema», «Orden=desorden; yo=no-yo; afirmación=negación», rezaba su Manifiesto. Los surrealistas bullían impacientes. Su revista, Littérature, dirigida por André Breton y Louis Aragon, había desafiado a los escritores con una pregunta: «¿Por qué escribís?». Bien es verdad que su primer número, que con el tiempo se haría célebre, no encontró el eco que esperaban. Daba igual, Breton y Aragon sentenciaron con amargura: «¡El éxito, bah!, ¡hay que volverse repulsivo!». Solamente los más pesimistas se dieron cuenta de que lo que parecía ser un magnífico amanecer era en realidad un extraordinario ocaso al que la larga noche de la invasión nazi acabaría poniendo fin. «Nos precipitábamos hacia 1939 –escribió Morand– igual que en 1900 hacia 1914: dejándonos caer en el abismo como quien se abandona al placer.»
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1 9 , r u e de b ea u j olais Colette 1927. Eran solamente las seis de la tarde, pero las luces de la casa ya estaban encendidas. Las ventanas dejaban entrar poca luz. Colette recibió a Walter Benjamin de pie ante el secreter donde solía depositar la correspondencia. Benjamin, de treinta y cinco años, se había sentado en un diván multicolor con el perro a su lado mientras escuchaba las respuestas que ella daba a sus preguntas. Colette, de cincuenta y cuatro, conversaba vertiginosamente con voz clara y decidida. Mientras hablaba sobre la condición femenina, confesó que «la edad de los trastornos del humor propios de la mujer y de los desórdenes físicos y psíquicos» ya hacía mella en su persona. Después siguió explicando que muchas mujeres podían desempeñar tareas de hombres, aunque no era menos cierto que durante algunos días del mes se comportaban de manera «sobreexcitada, imprevisible». Eso sí, añadió, las mujeres eran incapaces de asumir responsabilidades públicas. Luego se dispuso a criticar su compostura. Dijeran lo que dijeran, las mujeres jamás se comportaban como los hombres: llamaban más la atención. Usaban una larga boquilla para fumar y cruzaban las piernas de un modo diferente. ¿Y qué decir de tanta dieta y tanto ejercicio? Pronto acabarían tan planas como tablas. «Les han inculcado el gusto por todo lo masculino y, sobre todo, el deseo de poder […]. Una vez desatadas sus pasiones, la mujer no conoce límites […], ésa es su grandeza. Pero la sociedad ha transmutado dicha grandeza en un instrumento de autoaniquilación.» Al llegar el momento de la despedida, Benjamin, fijándose en aquellos cuartuchos, le preguntó: «¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí, madame?». «Cinco meses. Bueno, ya lo sabe, ¿verdad?, esto es el antiguo Palais-Royal. Las habitaciones 19
son tan pequeñas que para hacerme un estudio he tenido que tirar un tabique. Antes estaban destinadas a las mujeres del palacio. Sólo sirven para hacer el amor.» Cuando llegó por primera vez a aquel apartamento, un tanto lúgubre, Colette tenía un nuevo marido, el tercero y el más entregado a ella, Maurice Goudeket, dieciséis años menor. Irónicamente había bautizado como el túnel a ese largo entresuelo al que se entraba por la rue de Beaujolais y que, tras un largo recorrido, acababa por asomarse a los pórticos del Palais. Primero estuvo de prueba, dos años, pero en 1937 regresaría para siempre. «¡Pero si está casi en la acera!», se le escapó al crítico André Billy. Ella hizo oídos sordos. «¡Lleve cuidado con no dar un salto de alegría: se rompería el cráneo!», le aconsejó un gracioso, sorprendido al ver unos techos tan bajos. Pero el alquiler también era bajo y, además, a Colette le bastaba con ponerse de puntillas para colgar los cuadros o las cortinas. «¡La madera se vence!», se quejó alarmada. «¡No, madame, no es que se venza, es que se hunde!», precisó el entarimador. «¿Y hasta dónde va a hundirse?» «Hasta donde Dios quiera que se hunda, madame.» ¿Quién se lo iba a decir? Colette estaba a sus anchas en aquella morada suspendida sobre el bullicioso passage du Per ron. La primera mañana tras la mudanza, con los ojos aún cerrados, oyendo el arrullo de las palomas, el rastrillo del jardinero y el susurrar del viento entre las hojas, tuvo la ilusión de que se encontraba en pleno campo. Sí, había poca luz, pero desde la medialuna de las ventanas se veía el desfile inmóvil de las columnas de la plaza porticada. Por la noche, atenuada por el fulgor de las farolas, Colette oía el maullido de los gatos que afilaban sus uñas contra la corteza de los árboles. Le parecía como si todos los murmullos de la noche entraran por un extremo de su túnel para salir, tras haber acariciado su cama, por el otro. 20
Había aprendido a reconocer la sucesión de los ruidos en el tiempo, desde los chillidos de los niños hasta las voces de quienes jugaban al fútbol. El pequeño bulldog y la gata habían tardado poco en hacerse a aquella casa, y el felino disfrutaba lanzándose de vez en cuando a recorrer frenéticamente las habitaciones. En muy pocos días, un sentimiento de paz se había apoderado de aquellas estancias angostas. Colette trabajaba a gusto a la luz, encendida en pleno día, del abat-jour verde. Allí recibió la visita de un aspirante a escritor, Robert Brasillach, a quien desilusionó lo vulgar de su aspecto. Aún menos gracia tenía al moverse. Pero, cuando se sentaba, era fácil olvidar lo demás y volvía a asomar la agudeza y el ingenio punzante de su personaje Claudine. A Brasillach le impresionó el timbre grave, ligeramente masculino, de su voz y su acento provinciano y plebeyo, «capaz de vulgaridades y groserías». El padre Mugnier, más indulgente, veía en ella a una mocosa incapaz de tolerar la menor disciplina, dispuesta a afirmar que la pureza era una tentación como cualquier otra. Más que de literatura, a Colette le gustaba hablar de cocina explicando los detalles de sus recetas. Mientras conversaba, parecía como si estuviera viendo los colores y saboreando la textura de los platos. Sostenía que entre la medianoche y el alba se oían las setas brotar; había oído abrirse un lirio azul. Sólo dos bronquitis sucesivas y una congestión pulmonar de la gata la obligaron a abandonar la casa. Fue en 1930. 1937. Cuando volvió, la parte inferior de su cuerpo se estaba deformando sin remedio a consecuencia de un accidente. Pero su rostro asimétrico resultaba aún agradable. Eso sí, su tono de su voz se había vuelto más autoritario, en especial si se dirigía a sus animales. Aquello ocurrió como por casualidad. En una entrevista había declarado que le gustaría vivir en el pisito que estaba 21
justo encima del túnel donde había residido, en Palais-Royal. Al poco recibió una carta del entonces inquilino del apartamento, en la que le decía que estaba a punto de mudarse y que se lo ofrecía. En él viviría hasta el final de su vida. Era como volver a casa. «¡Todos me han reconocido!», contaba feliz a sus amigos. Dos de las tres habitaciones daban al jardín. Ella escribía en la más grande, encima de un sofá cama, apoyada en un montón de cojines blancos ante la mirada absorta de la gata. «Si me ves en batín es que estoy trabajando», le había advertido a su marido. No le gustaba trabajar vestida porque la ropa le rozaba los codos y se sentía incómoda. Había sustituido el papel blanco, que la cegaba, por una resma de color azul claro. Encima de la mesita junto al sofá convivían en desorden el teléfono, la radio, el maquillaje y un espejo en el que examinaba su aspecto antes de recibir a quien fuera. Dos siamesas de porcelana vigilaban el escritorio Luis XV en el que había escrito durante veinticinco años. Si aún estaba escribiendo cuando llegaba una visita, rogaba al invitado que mientras ella acababa él saliera al balcón a desmigajar galletas para las tórtolas. No había nada de la vida de Palais-Royal que escapara a su mirada «de fauno meditabundo», y las prostitutas que paseaban bajo los soportales le contaban su vida. Una de ellas le pidió en cierta ocasión que le diera uno de sus libros. «¿Cuál?» «El más triste.»
2 1 5 , r u e de b ea u j olais Jean Cocteau, André Malraux, Stefan Zweig Stefan Zweig había descubierto aquel «pequeño hotel, un poco rudimentario» en 1912. El hotel de Beaujolais, a la izquierda del Grand Véfour, era el único del Palais-Royal. No lo abandonaría hasta 1932, cuando se trasladó al hotel Louvois, más 22
cercano aún a la Bibliothèque nationale, donde investigaba para escribir algunas biografías. A pesar de sus defectos, aquel modesto hotel tenía «la inmensa ventaja de asomarse a los jardines del Palais-Royal, y no a la calle, horriblemente bulliciosa». Por la tarde, cuando la oscuridad escondía el jardín, sólo se veían las estatuas brillando a la luz de la luna. Zweig disfrutaba «oyendo el ligero rumor de la ciudad, confuso pero rítmico, como el nervioso romper de las olas contra una orilla lejana». Ahora se sentía distinto, ya no buscaba, como hacía antes de la guerra, relacionarse con sus amigos franceses: prefería los largos paseos en soledad. «Le tengo miedo al París que tanto amo por culpa de mis amigos», le confió a Romain Rolland en 1926. Ya no era ni mucho menos aquel hombre que había pasado, precisamente en aquel hotel, noches inolvidables con la exuberante Marcelle. Una tarde ligó con una chica simpatiquísima a la que había conocido en el metro, pero no quiso subirla a su habitación. «Nada que valga la pena. Ya no deseo ese tipo de vivencias: sólo quiero ver cosas nuevas. Por otra parte, aquí me encuentro demasiado solo como para evitar sucumbir a los atractivos de semejantes aventuras, aunque en el fondo me dejan indiferente. […] Sí, me dan la dirección, pero no la apunto.» Una noche encontró a un desconocido en pijama y batín que había conseguido colarse en su habitación. Poco después, el dueño del Beaujolais vio salir al tipo con una maleta y decidió seguirlo hasta otro hotel cercano. Entonces llamó a la policía, y Zweig se vio de pronto enredado en una serie de interrogatorios y papeleos. La cosa no era para tanto: por mucho que el tipo hubiera entrado a robar, lo único que había de valor era una lettre de crédit por una suma ya muy disminuida debido a los gastos de su estancia en la capital. Además, viendo al culpable temblar «como quien tiene frío», el escritor no pudo evitar sentir compasión; es más: llegó a albergar por él «una especie de simpatía». Decidió no continuar con la denuncia, lo que desencadenó la furia del propietario, 23
quien, con el rostro rojo de ira, comenzó a gritar que había que exterminar a todos aquellos sucios parásitos. Al mismo tiempo, Zweig había cogido su maleta y estaba a punto de volver a su habitación cuando el ladrón se abalanzó hacia él con aire humilde: «¡Oh, no!, ¡yo le subiré la maleta, señor!». Zweig, alto y delgado, cedió a la petición del ratero sin saber que desde aquel mismo instante el dueño del establecimiento, resentido, le haría la estancia insoportable: le saboteaba la correspondencia, dejó de arreglarle la habitación y también de saludarlo. «Al final, lo único que pude hacer fue marcharme […] avergonzado, como si hubiera sido yo el delincuente.» 1934. Josette Clotis llegó al hotel de Beaujolais antes de lo previsto. Había oído hablar bien de aquel pequeño establecimiento con vistas al jardín del Palais-Royal, pero de entrada le pareció un lugar algo melancólico y descuidado. Su cama se encontraba en un escondrijo tras una pared del cuarto, y el baño, en una especie de armario. Pero no se arredró: colocó las rosas que había traído en un jarrón y roció su perfume, Blue Grass, para mitigar aquel olor a cerrado. Apenas reconoció los pasos de André Malraux, se sintió revivir. Era la primera vez que lo veía tras meses de silencio. Le abrió la puerta sin atreverse siquiera a sonreír. Él se quitó el abrigo y lo dejó encima de una mesita coja estilo Luis Felipe. Ella estaba feliz, pero notó que el desencanto se había apoderado de la estancia con su llegada. Sin ni siquiera abrazarla, André se sentó en una butaca desvencijada y comenzó a contarle una serie de historias divertidas. Ella lo escuchaba callada mientras se preguntaba si eran de verdad: los dos, ese par de desconocidos, parecían no tener nada que decirse. Tras un largo silencio, él le propuso que se volvieran a ver. Antes de que él entrara, Josette había oído el crujido de las hojas de un periódico y pensó: «Él está aquí y lo único que puedo hacer es vivir el presente». Malraux se lanzó a contar 24
una retahíla de anécdotas mientras sorbía el té que ella le había ofrecido, y después se fueron a la cama. Tras hacer el amor, cuando él le preguntó si le apetecía bajar a alguno de los restaurantes del Palais-Royal a comer unos langostinos, ella le respondió con una voz átona que jamás había salido de su boca: «¿Es que tienes ganas de salir?» «No, lo digo por ti.» «¡Ah, no! No tengo ganas de nada.» Al rato, André se marchó despidiéndose con un gesto de la mano, y ella pidió unos sándwiches con mostaza. Se sumió en la inquietud: ¿se había equivocado en algo? Una semana después, Josette se había desnudado por completo mientras él estaba en el baño. Cuando André salió, ella estaba intentando velar la luz de las lámparas. «¡Cierra los ojos!» «¿Por qué? La Venus de Siracusa ha de dejarse admirar», le respondió el escritor cerrando, eso sí, los ojos. Por bellísima que fuera, con él jamás se sentía tranquila; cuando, tras yacer, él se adormilaba en su regazo, siempre temía despertarlo al mover el brazo, que se le había entumecido. A veces se quedaba absorta mirando una mosca que rondaba el estucado del techo, preguntándose si Malraux solamente la citaba para acostarse con ella. Un día, pensaba, se mataría, y antes de morir le diría: «Nunca has comprendido cuánto te he amado». 1939. Jean Cocteau, a sus cincuenta años, había llegado hacía poco, después de dejar el Ritz, demasiado ostentoso para él. Aquel otoño estaba preñado de amenazas. En ese pequeño hotel se alojaba una pareja de amigos, dos artistas muy mundanos, el pintor y escenógrafo Christian Bérard, a quien llamaban Bébé, de treinta y siete años, y el libretista de los Ballets Rusos, Boris Kochno, de treinta y cinco. Pasados unos días, su habitación ya estaba llena de todos esos objetos que acompañaban a Cocteau, desde montones de periódicos hasta esculturas de alambre que proyectaban 25
sus extrañas sombras sobre el cartel que anunciaba una de sus obras, Los monstruos sagrados, y sobre un gran dibujo del artista. Un baúl Innovation con su neceser para el opio hacía de mesita de noche junto a la gran cama. En los momentos de pausa de su incesante actividad, iba a visitar a Colette, que vivía allí cerca. Pero estaba inquieto. Aunque la habitación daba a una de sus vistas favoritas, el jardín del Palais-Royal, lejos de su nuevo amor se sentía perdido: hacía poco que habían llamado a filas al guapísimo actor Jean Marais, de veintiséis años. Menos mal que Coco Chanel contribuía sin reparos a que el recluta gozara en la milicia del mejor trato posible sobornando con regalos a los compañeros de cuartel y a sus familias. Con todo, la ausencia de Marais le pesaba muchísimo. «Pobre poeta perdido sin su Jeannot; eres un tontorrón como no hay otro…»
3 6, r u e c am b o n Thé Colombin 1923-1926. A Raymond Roussel le gustaba esperar a sus invitados en la elegantísima esquina del Thé Colombin. Destacaba entre los demás clientes por su vestuario, tan elegante como pasado de moda, un suntuoso abrigo de piel y un bastón de empuñadura dorada entre las manos, enguantadas de ante negro. Quién diría que sólo hacía una comida al día; precisamente acababa de terminarla: dieciséis platos servidos entre el mediodía y las cinco. Extremadamente educado, hablaba sin levantar jamás la voz, sin gesticular y sin dejar de acariciarse el bigotito negro. Sorbía thé de Chine evitando cuidadosamente hablar de sus obras, quizá un tanto excéntricas. Si su interlocutor insistía, tras responderle cortésmente, de inmediato se excusaba y se alejaba con paso sigiloso. 26
Para la joven Marguerite Yourcenar, una chica de pelo aún más corto de lo que imponía la moda, ir a aquel salón de té que hacía esquina con la rue du Mont-Thabor era ya una costumbre. En aquel local, predilecto de las lesbianas por aquel entonces y hoy ya desaparecido, no era raro que encontrara presas muy atractivas. La petaca de coñac, escondida bajo su sobria vestimenta, era toda una declaración de intenciones. Marguerite no quería renunciar a ninguna de las alegrías de la vida. Desgraciadamente, el escritor homosexual André Fraigneau, quien le había ayudado a publicar en Grasset creyendo erróneamente que se trataba de un hombre, se mostraba indiferente a la pasión que por él sentía la muchacha. Fraigneau explicaba cruelmente la bisexualidad de la escritora como una doble frustración. En su opinión, Marguerite amaba a las mujeres porque no podía ser un hombre que amaba a los hombres ni la amante de hombres que, a su vez, amaban a otros hombres.
4 36, r u e c am b o n El bar del Ritz En aquellos años, muchos creían que Francia quería decir París y que París era lo mismo que el bar del Ritz. En realidad, había dos bares. En el primero sólo podían entrar los hombres. En el segundo, un saloncito situado antes del auténtico bar y que era conocido como Petit Bar, también podían hacerlo las mujeres. «El Ritz es divino. Una chica puede sentarse en un magnífico bar y beber deliciosos cócteles de champán contemplando a todas las grandes figuras francesas en París», recordaba con placer Anita Loos, quien precisamente allí había escrito algunas páginas de su best seller, Los caballeros las prefieren rubias. Allí una tropa de elegantes gigolós cortejaba y divertía a las herederas estadounidenses; los supuestos galanes hacían por 27
ser vistos entre la espesa cortina de humo. «El Ritz es un sitio tranquilo; mujeres inmensamente ricas, cuyas fortunas privarían del hambre a generaciones, saborean plácidamente su té como elegantes fantasmas», observaba Marcel Proust. A Drieu La Rochelle le gustaba dar sorbos a un Martini entre la multitud cosmopolita. Era precisamente el mismo cóctel que su amigo, el dandi surrealista Jacques Rigaut, solía tomar con aire distraído. Por allí asomaba, completamente fuera de lugar por su ropa raída, un Henry Miller sin dinero para que le prepararan un sándwich. 1919. En el bar del Ritz, André Malraux conoció al legendario Lawrence de Arabia, por quien sentía devoción. Lawrence encarnaba a la perfección la figura del aventurero siempre del lado de los más débiles que a Malraux tanto le habría gustado ser. Mientras hablaban de motores, André lo observaba con avidez. «Era delicado y extraordinariamente elegante, de una elegancia moderna, no de su tiempo. Un jersey de cuello alto, mangas remangadas, un aire indiferente, distante.» 1928. Cuando quería que sus amigos lo perdonaran por cualquiera de las tonterías que hacía en estado de embriaguez, Fitzgerald los invitaba al bar del Ritz. Había sido él quien había introducido a Hemingway, que aún no se lo podía permitir, en el sabor de sus martinis. El experto barman y los camareros le tenían cariño, tanto por su naturaleza seductora como por las generosas propinas que dejaba, aunque también allí su alcoholismo le jugaba malas pasadas. Cierto día el maître le dijo: «Señor Fitzgerald, he tenido que darle cien francos a aquel hombre para que se compre un sombrero nuevo». «¿De quién me habla?» «De ese al que usted se lo ha pisoteado.» «¿De verdad le he pisoteado el sombrero a alguien?» Entonces le contaron que todo había sucedido la noche anterior al cruzarse con un desconocido en la 28
puerta. «Debo advertirle que, si vuelve a suceder, ya no podrá volver aquí más.» «Tiene usted toda la razón.» Siempre generoso, estaba entusiasmado con enseñarle aquel local a su joven acompañante, Morley Callaghan, algo azorado por su humilde vestimenta. Cuando el taxi se detuvo en la rue Cambon, Francis Scott Fitzgerald le dejó al chófer una cuantiosa propina. Todos los camareros parecían conocerlo. En la penumbra del bar sólo había un norteamericano obeso y semidormido. Mientras su amigo probaba por primera vez el whisky, el escritor, satisfecho, se movía dando tumbos por la sala con el vaso en una mano, y en la otra, algo parecido a un fino bastón que se había hecho con un trozo de alambre. Lo había encontrado en la calle, como aquel pequeño bombín que, ante la mirada indiferente del barman, le hacía creerse que imitaba bien a Charlot. 1930. Cuando Fitzgerald lo telefoneó, Thomas Wolfe decidió interrumpir su férreo horario de trabajo para verlo. Tras una cena en la lujosa casa de Scott, en la rue Pergolèse, en la que los licores, desde el whisky hasta el coñac, se servían abundantemente, los dos escritores se dirigieron al bar del Ritz. Debían de hacer una extraña pareja: Fitzgerald rubio y elegantísimo, y Wolfe de dos metros de alto, vestido con una pulcritud que contrastaba con el caótico amasijo de su cabello negro. Scott le había confiado a su joven colega sus problemas con la novela en la que estaba trabajando y otros más graves causados por la neurosis de Zelda. Wolfe se sentía exultante por haber conocido a aquel mito viviente de la literatura, tan generoso y amable. Luego se pusieron a discutir sobre Estados Unidos. «Le dije –recuerda Wolfe– que éramos gente que siempre tiene nostalgia de su hogar y que pertenece a la tierra y al territorio del que viene tanto e incluso más que a cualquier país que pueda visitar. Él dijo que no era cierto, que no éramos una nación, que no sentía nada por su lugar de origen.» 29