Skip to main content

24433c

Page 1

ANTONIA MURGO

MISS DICIEMBRE y el CLAN DE LUNA


Título original: Miss Dicembre e il Clan di Luna © 2022 Giunti Editore S.p.A. / Bompiani, Firenze-Milano www.giunti.it / www.bompiani.it Esta obra ha sido traducida con la ayuda del Centro per il libro e la lettura del Ministerio de Cultura italiano.

© De la traducción: Blanca Gago © De esta edición: Nórdica Libros, S. L. C/ Doctor Blanco Soler, 26 28044 Madrid Tlf: (+34) 917 055 057 info@nordicalibros.com Primera edición: octubre de 2023 ISBN: 978-84-19735-46-1 IBIC: YF THEMA: YF Depósito Legal: M-28702-2023 Impreso en España / Printed in Spain Gracel Asociados Alcobendas (Madrid)

Editor de la colección: Jesús Félix Sacristán Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


ANTONIA MURGO

MISS DICIEMBRE y el CLAN DE LUNA Con lustraciones de la utora Traducción de Blanca Gago

Nørdicainfantil


Para Antonio. ¡Bu! ¿Te lo esperabas?


En la chimenea

Diciembre abrió la boca y se frotó los ojos. Había un niño en la chimenea de la casa. Había visto niños en las cunas y los cochecitos, dentro de los buzones y en las cestas de la lavandería, en los cañones y las jaulas de los tigres, pero nunca en una chimenea. La cabeza le sobresalía como un ovillo de humo por la garganta de piedra y el pelo de cuervo le ondeaba al viento, o quizá era un mirlo que le había anidado entre las orejas. Sin duda, aquel niño estaba mirándola. No había nadie más en el camino de entrada, nadie más allá de las puertas que marcaban los límites de la mansión. 11


La casa era un edificio de dos pisos de ladrillo rojo coronado por una torrecilla y franqueado por una hilera de árboles amarillos. Había hojas secas en el jardín y enredaderas en las ventanas, como si el invierno aún no hubiera llegado. Diciembre sacó el recorte de periódico donde venía impreso el anuncio de trabajo y comparó la dirección con el número de la puerta: ambos coincidían. —¿Ha venido por la entrevista? —preguntó el ama de llaves que le abrió la puerta—. La he visto desde la ventana. Diciembre asintió y se acercó a ella con cautela. —Hay un niño en la chimenea —susurró preocupada. —¿Y dónde quiere que esté? —replicó la mujer, sacudiéndose la ceniza del delantal—. Sígame, mister Moonro está esperándola. Diciembre vaciló. Lanzó una última mirada al tejado, por encima de las tejas y los ladrillos de la chimenea. El niño ya no estaba. Siguió con docilidad al ama de llaves por la casa, y atravesaron el amplio vestíbulo de la entrada, alrededor del cual serpenteaba la galería del segundo piso. Las paredes y la barandilla eran de un 12


marrón cálido, como la piel de una castaña. Una escalinata de madera de cerezo bordeaba la pared del lado este y al otro extremo, detrás de unas columnas con incrustaciones, se vislumbraba un magnífico comedor. El ama de llaves siguió hasta detenerse ante una puerta de dos batientes con unos rombos de cristal pintados como panales de abeja. Al abrirlas, se adentraron en una biblioteca que también contaba con un saloncito de lo más acogedor. Había una chimenea encendida, una mesita y un sofá con forma de medialuna que seguía la curva de la pared. —Puede dejar aquí sus cosas —dijo señalando un perchero entre los estantes. A continuación le dio otra sacudida al delantal y se alejó trotando. Diciembre se quedó sola en la estancia. Dejó la maleta cosida con retazos de tapices en el suelo, colgó la capa con capucha y el sombrero amarillo y rojo con forma de merengue en el perchero y tomó asiento en el sofá de medialuna. Observó las cortinas corridas ante las ventanas, con dibujos de pinzones y petirrojos posados en unas ramas. Con la mirada recorrió la lámpara de pie, el globo terráqueo dorado, el taburete decorado con borlas… Casi no reparó en el hombre que se había sentado frente a ella. 13


—¿Mister Moonro? —preguntó desconcertada. ¿De dónde había salido? El hombre asintió, pero no se dignó a mirarla. Llevaba un elegante traje azul noche y una barba gris y poblada que le subía hasta las sienes, como los penachos de humo que salen del hornillo de una pipa. Con el dedo índice, largo y huesudo, hojeaba unos folios plegados en acordeón. —Sin duda, su currículum es el más largo que he recibido nunca, miss Diciembre —dijo mister Moonro. —Muchas gracias. —Me temo que no es un cumplido. Diciembre apretó los labios y recorrió las piernas con las manos hasta tocarse los dedos de los pies. De ese modo, esperaba encogerse aunque fuera un poquito. —Veo que ha tenido innumerables trabajos en los últimos dos años, la mayoría durante un tiempo, digámoslo así, limitado —prosiguió el hombre, y se detuvo a reflexionar acariciándose la barba de humo. Fue como si de las mejillas le salieran ovillos de lana que luego absorbían las brasas de la chimenea. —Bueno, hubo algunos imprevistos… En fin, impedimentos —murmuró ella, tratando de 14


concentrarse. Mister Moonro levantó la mano para pedir silencio. —Vendedora de billetes de tranvía de las tres a las cinco de la tarde. Del mismo día. —Es que el rollo de los billetes se atascó y salió rodando, y entonces… —Limpiabotas. Dos días —volvió a interrumpirla mister Moonro. —No me dijeron que había que cepillar antes de sacar brillo, si lo hubiera… —Florista. Tres días. —Eso sí que fue una injusticia, las flores aún tenían casi todos los pétalos… —Ni siquiera sabía que existían algunos de sus trabajos: vendedora de fresas, decoradora de encajes en una tienda de mariposas, afinadora de cajas de música, encuadernadora de libretos de ópera, falsificadora de mapas de carreteras… Este último me intriga mucho. ¿De qué se trata? Diciembre se inclinó hacia delante y le hizo un gesto para que se acercara. —Bora Boulevard en realidad no existe —susurró. Mister Moonro hizo una mueca y siguió rebuscando en la trayectoria profesional de Diciembre. 15


—Según leo aquí, se crio en un circo. Tiene quince años y hace dos que llegó a la ciudad para buscar trabajo. Diciembre asintió. —Seré sincero, miss: no tiene referencias ni competencias y, además, es muy pero que muy joven. ¿Sabe al menos cuál es la regla número uno de una niñera? Diciembre reflexionó un momento. ¿Tal vez saber cocinar? No, para eso estaban las cocineras o las amas de llaves. ¿Contar cuentos? Podían hacerlo los padres o los hermanos mayores de los niños, si tenían la suerte de tenerlos. ¿Enseñar el abecedario? Los profesores, claro, no había pensado en los profesores… —Pues yo… —En fin, después de todo, no creo que sea la persona que estoy buscando. De todas maneras, muchas gracias por haber venido —dijo mister Moonro. Al levantarse, quitó el dedo índice de la hoja y procedió a señalarle la puerta. Luego le dio la espalda y fue a sentarse a un escritorio de caoba al fondo de la sala, dispuesto a volver a sus asuntos. Diciembre se levantó decepcionada, con la falda arrugada por el lado en que había estrujado la 16


tela. Indignada, se dirigió a la puerta para recoger la maleta y la capa colgada del perchero. Sin embargo, del sombrero rojo y amarillo con forma de merengue no se veía ni rastro. Se quedó horrorizada al descubrirlo en el anaquel más alto de la biblioteca. ¿Cómo había acabado ahí? La escalera de madera no llegaba siquiera a la mitad de la estantería y, por si fuera poco, se había quedado atrapada entre el reposapiés, la lámpara y el globo terráqueo dorado. —¿Aún sigue ahí? —preguntó mister Moonro mientras garabateaba algo sobre una pila de documentos. —Mi sombrero —dijo Diciembre señalando el anaquel más alto. —Adelante —se limitó a responder mister Moonro. Si hubiera sido el sombrero rojo de las setas de cera, o incluso el amarillo de los girasoles, los habría dejado allí para que se marchitaran entre los libros, pero ese era su sombrero preferido. Diciembre se recogió la falda con las manos, tomó impulso y saltó. Apoyó el pie derecho en el reposapiés acolchado, se agachó hacia un lado y volvió a saltar. Aterrizó con el pie izquierdo en la escalera y se sostuvo con el derecho sobre la lámpara. 17


De un último salto alcanzó el globo, se puso de puntillas y dio una vuelta sobre la esfera dorada hasta rozar el borde del sombrero con la punta de los dedos. Lo agarró y saltó al vacío. La falda se le hinchó como una nube alrededor de las caderas y Diciembre aterrizó con suavidad a los pies de la estantería. —Que tenga buen día —exclamó satisfecha, calzándose el sombrero en la cabeza. —Está contratada. —¿Cómo dice? Mister Moonro se puso en pie de un brinco, se dio la vuelta y se acercó a Diciembre, que estaba justo al otro extremo de la estancia. —¿Aún le interesa el trabajo? —preguntó escudriñándola con unos grandes ojos grises. Quizá lo habían impresionado los buenos modales, el tono claro y decidido con que le había deseado un buen día. O quizá había sido su buen gusto: después de todo, el sombrero rojo y amarillo con forma de merengue era una pieza única en su género. Diciembre asintió sin llegar a creérselo del todo. —Muy bien, miss Malhoney le enseñará su nueva habitación. ¡Nidia! —llamó mister Moonro con unos golpes en la puerta. La misma mujer de 18


antes apareció en el umbral sacudiéndose el delantal manchado de ceniza. —Mister Moonro, hace un rato, antes de entrar… He visto a un niño en la chimenea —dijo Diciembre antes de seguir al ama de llaves por el pasillo. Entonces el hombre esbozó una ancha sonrisa, una medialuna resplandeciente entre las nubes grises de la perilla. —Me alegro de que ya se hayan conocido.

19


En la estufa

Al salir de la biblioteca, la temperatura bajó de golpe. Diciembre podía oír cómo las corrientes de aire se le enroscaban en los tobillos. Se arropó con la capa. Siguió al ama de llaves con pasos rígidos y torpes hasta su nueva habitación, bordeando la barandilla del segundo piso. Una enorme lámpara de araña de cristal negro colgaba del techo del vestíbulo, dominando toda la casa con las plumas y los zarcillos de hiedra oscura que se envolvían como festones entre los brazos retorcidos. Una bandada de cuervos esculpidos 20


la miraba a través de los cabos de las velas. Tenían unos picos naranjas como zanahorias silvestres y unos centelleantes ojos escarlata. —¿A qué se dedica exactamente mister Moonro? —preguntó a miss Malhoney, que seguía zarandeando el delantal y esparciendo hollín por todas partes. —Infunde miedos. Diciembre ahogó una carcajada. —Bueno, sí, pero ¿qué negocios…? —Ya hemos llegado. El ama de llaves frenó en seco, abrió la puerta y se pegó a la pared para dejarla pasar. —Ya verá como se encuentra a gusto durante el tiempo que esté aquí… Diciembre sintió una punzada en el estómago: era verdad, nunca se quedaba mucho tiempo en el mismo sitio. Una vez que miss Malhoney se alejó sacudiéndose el delantal manchado, Diciembre se adentró en la estancia y la puerta se cerró tras ella. Por todas partes había ventanas de arco, paredes decoradas y elegantes lámparas de pared. A la derecha había una cama con dosel, un armario, un sillón, una mesita y un tocador con espejo; enfrente tenía un escritorio y una pequeña 21


estantería y por último, a la izquierda, una gran estufa de loza metálica con los pies de madera. Nunca había tenido una habitación tan grande. En realidad, nunca había tenido una habitación para ella sola. En los últimos años se había alojado en una pensión modesta, y había dormido en un colchón demasiado fino como para tener sueños profundos. En el circo dormía en la caravana, una caja de hojalata cubierta de carteles de espectáculos muy parecida a una lata de conservas. Dentro de la caravana no había estufa ni chimenea, ni siquiera velas, pero todos le repetían lo afortunada que era. «Así no te encontrará el Hombre del Saco», decían, y luego le contaban la historia del hombre hecho de sombras que, por las noches, se arrastraba por las chimeneas encendidas. Su voz ronca sonaba como los crujidos de las llamas, el rostro arrugado se le fundía con los surcos de la leña quemada y los ojos rojos centelleaban como chispas entre las brasas ardientes. Y cuando te dabas cuenta de que había extendido las garras por toda la habitación, ya era demasiado tarde. Algunas noches, Diciembre se sobresaltaba con el sonido de la pequeña estufa de la pensión, que se tragaba el último trozo de madera con un sollozo. Apartó ese pensamiento de la mente. Quién 22


sabe por qué se había acordado de eso ahora. Ahora que tenía una habitación tan bonita y una cama cómoda, seguro que tenía sueños tranquilos. No resistió el impulso y se lanzó corriendo sobre el colchón para acurrucarse entre las suaves sábanas de algodón. Luego se deslizó fuera de la cama para examinar las flores secas enmarcadas en las paredes como una colegiala de visita en el museo. En la repisa del tocador reposaban alineados frascos y botellas de toda clase: lociones, perfumes, cajas con lazos llenas de aceites, polvos y cremas para la cara, y peines y broches para el cabello. El armario rebosaba de vestidos, faldas y delantales. En el estante superior había una fila de sombreros de tela y más abajo, al fondo, un baúl de madera con un grabado. Diciembre agarró el baúl con los brazos y lo sacó del armario. En uno de los lados había una placa donde se leía: «Nombre: Miss; Apellido: Diciembre». Sofocó una risita mientras abría la tapa corriendo el cerrojo con un chasquido. Se preguntó cómo mister Moonro habría logrado grabar aquella placa tan rápido. Quizá había preparado una para cada candidata y, en cuanto decidió contratarla, avisó a miss Malhoney para que la clavara en el baúl. No alcanzaba a imaginar qué 23


podría haber en el interior. Durante su exploración del dormitorio había encontrado ropa, sombreros, cosméticos y todo lo que una chica podía desear. Pese a todo, se quedó un poco decepcionada al descubrir que el baúl contenía cuatro utensilios para la chimenea: unas tenazas, una pala para recoger las cenizas, una escobilla con el pelo alborotado y un fuelle de madera con una flor tallada en el centro. Al observarlo mejor, se dio cuenta de que no era una flor, sino el contorno de una mano abierta impresa sobre la tabla lisa. Diciembre deslizó el fuelle de una mano a otra y pasó los dedos por la madera fría hasta rozar las cavidades. «Qué extraño regalo», pensó siguiendo los contornos ondulados, los pliegues de tela remachados y la boquilla en forma de cono. Puso el fuelle del revés y apretó los pliegues. Un soplo de aire frío le inundó la cara, provocándole un estornudo. Se frotó los brazos. Ya era hora de probar la bella estufa decorada que ocupaba la parte izquierda de la habitación. Al principio la confundió con una cómoda, pero luego se fijó en el revestimiento de cerámica, la puertecilla y el tubo que ascendía como una pequeña torre hacia el techo. Un gran árbol desnudo estaba pintado en la pared, salpicado 24


de hojas secas de bordes dentados, como pequeñas llamas. A Diciembre le pareció muy apropiado. Devolvió los utensilios a su sitio y arrojó a la estufa un par de troncos, una bola de papel y una cerilla del montón que había encontrado en el fondo de una cesta. El ambiente se caldeó al instante, y el crepitar del fuego remplazó al movimiento rítmico de los dientes y los pies que había tenido lugar hasta entonces. Cuando estaba a punto de apoltronarse en el sillón junto a la cama, oyó unos golpecitos en la puerta. —De parte de mister Moonro —dijo miss Malhoney entregándole una bandeja llena de dulces. Diciembre la aceptó encantada y la depositó en la mesita de la entrada, pero cuando se volvió para dar las gracias a miss Malhoney, esta ya había desaparecido. Cerró la puerta con un suspiro. Se concedió un momento para admirar la bandeja rebosante: había tartas y pastitas de mantequilla con frutas del bosque, magdalenas de uvas confitadas y chocolate, un esponjoso pastel de zanahoria y una mullida rosquilla decorada con gajos de manzana y glaseado de caramelo. Cuando apenas había alargado la mano para tomar un 25


pedazo de tarta con mermelada de cereza, llamaron de nuevo a la puerta. —Miss Malhoney, ¿ha olvidado algo…? Sin embargo, cuando salió no vio a nadie. «Qué extraño», pensó. Cerró la puerta y volvió a la tarta. Debía de haberse equivocado. Cuando aún no le había dado tiempo a dar el primer mordisco, los oyó de nuevo: tres golpes inconfundibles. Entreabrió la puerta y miró por la rendija. Nadie a la vista. Alargó el cuello hasta traspasar el umbral y giró la cabeza a izquierda y derecha: también el pasillo estaba desierto. —¿Miss Malhoney? —llamó. Su voz resonó y se dispersó más allá de la barandilla, como una bolsita de canicas cayendo por un pozo. No obtuvo respuesta. Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. No vio más que una parte de la callejuela y un bosquecillo de árboles amarillos. El sol se ponía entre los barrotes arqueados de las verjas, por detrás del muro de piedra roja. No le quedaba más opción que volver a la puerta. Se detuvo a medio camino, en el centro de la habitación, para componer la leña de la estufa, que trepidaba y echaba chispas a las paredes. 26


Del interior salía un gorgoteo oxidado, una pelea con golpes secos y crujidos metálicos. Tum, tum, tum. Le habría gustado ignorarlos y abalanzarse sobre la tarta, pero muy pronto el estruendo se convirtió en una rasgadura feroz e insistente. Tum, ris, ras, tum. Diciembre se puso en cuclillas sobre los talones. El calor le encendió las mejillas y le ofuscó la vista. Se tapó la frente con una esquina de la manga y tendió la otra mano, lista para agarrar la manilla. No llegó a tiempo. La puertecilla de la estufa se abrió con un ruido sordo, la manilla saltó dando una voltereta y un niño salió despedido y aterrizó en el suelo espolvoreado de cenizas. La camisa, muy arrugada, le colgaba por fuera de los pantalones, y tenía el cuello, los puños y las mangas chamuscados. Debía de tener once años como mucho, y lucía un pelo espeso y oscuro, tan espeso que unas volutas de humo le flotaban sobre la cabeza, y tan oscuro que podía haberse tostado hacía un instante. —¡Maldita sea! —exclamó sacudiéndose con las palmas de las manos por todas partes. Tiró del borde de la camisa y se miró desconsolado el puño 27


ennegrecido—. Estos dobladillos no son nada resistentes. Murkus me va a oír, y Flinky también. —Pero tú… ¿quién…, cómo…? —empezó Diciembre señalando al niño y la estufa, y luego la estufa y al niño. Antes de que acertara a formular una pregunta, este se puso en pie de un salto y empezó a dar brincos por la habitación. —A ver…, ¿dónde lo guardas? —preguntó mirando alrededor con insistencia. Diciembre frunció el ceño y se asomó a la puertecilla de la estufa. El fuego estaba encendido—. Bueno, no me lo digas, ya lo busco yo —dijo el niño, y se acomodó en el taburete del tocador para rebuscar entre los frascos de cristal—. Aquí no está —dijo agarrando uno del montón para hacerlo girar entre los dedos. El líquido empezó a echar humo y soltar burbujas, y se derramó por el cuello del frasco hasta dejar la mesita empapada tras la explosión espumosa. —Pero ¿qué haces? —exclamó Diciembre, corriendo hacia él. —Aquí tampoco —prosiguió él, inclinándose hacia un lado y sumergiendo la cabeza en el cajón de la ropa blanca. Agarró un par de calcetines limpísimos y volvió a dejarlos en su sitio con las puntas manchadas. A continuación, se dirigió hacia el escritorio. 28


—Aquí no —dijo pasando revista a los bolígrafos humeantes—. Tampoco —dijo entre las reglas fundidas—. Nada y nada —dijo entre los cuadernos ennegrecidos y las páginas quemadas—. Y aquí ya no digamos… —Por fin alcanzó las estanterías y emprendió un saqueo de los estantes. ¿Cómo era posible? Aquel niño encendía y quemaba todo lo que tocaba. —¿Se puede saber quién eres? —espetó Diciembre tratando de recoger los libros resquebrajados, y se fijó en las pequeñas huellas de los huesudos dedos clavados en los lomos. El niño se detuvo, arrojó el último libro al suelo y la fulminó con la mirada. Tenía unos grandes ojos de un color gris azulado, más gris que azulado. —Ay, qué maleducado. Soy Corvin, Corvin Moonro. Alargó el brazo para estrecharle la mano. Diciembre le miró las yemas rojas de los dedos: brillaban como velas de un pastel de cumpleaños. Luego miró la botella vacía sobre el tocador, los calcetines quemados, los lomos ennegrecidos de los libros esparcidos por el suelo… y dio un paso atrás. —Bueno, entonces no eres tan estúpida como pareces —apuntó Corvin retirando la mano y soplándose los dedos ardientes. 29


—Tú… ¡tú eres el niño de la chimenea! —exclamó Diciembre aturdida—. Yo soy… —Ya sé quién eres —interrumpió Corvin simulando un bostezo—. La del nombre raro. Serás mi niñera por un rato. Diciembre volvió a tener esa extraña sensación en el estómago, como una punzada. —Lo raro ha sido verte salir de aquí —dijo arrodillándose frente a la estufa—. Y mira que yo sé mucho de cosas raras. Me crie en un circo, ¿sabes? —¿Qué haces? —gruñó Corvin. —Estoy buscando el cajón —replicó Diciembre con la oreja pegada a la pared—. O la puerta, la trampilla, el doble fondo…, el truco que has usado para salir de ahí. —Se tumbó en el suelo, alargó el brazo y tanteó bajo la estufa, palpando las grietas de las tablas del suelo—. En el circo teníamos un mago, el Gran Ju, diminutivo de Julio. Yo fui su ayudante en un par de espectáculos y tenía que meterme en un compartimento secreto y quedarme ahí escondida hasta que él distrajera a los espectadores y me dejara salir. ¡Ah! —exclamó de golpe mientras se sentaba—. ¿No habrás usado algún tipo de distracción? Confieso que me distraje cuando llamaron a la puerta, pero nunca habría imaginado que miss Malhoney fuera tu cómplice… 30


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
24433c by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu