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Miquel Esteve Amor sin mundo Novela sobre Hannah Arendt y Martin Heidegger

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Índice

Primera parte

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Segunda parte

133

Tercera parte

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Epílogo histórico

357

Cronologías

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Agradecimientos

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A la memoria de mi abuelo Antoni, que, si estuviera vivo, habría sido el primero en leer esta novela.

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«Eres libre en el momento en que no buscas fuera de ti mismo a alguien que resuelva tus problemas». Immanuel Kant «Las artes se convierten en instrumentos de información manipulados y manipuladores». Martin Heidegger «Nunca he querido a ningún pueblo ni colectivo, ni al pueblo alemán, ni al francés, ni al norteamericano, ni a la clase obrera, ni nada similar. En efecto, únicamente quiero a mis amigos, y la única clase de amor que conozco y en la que creo es el amor a las personas». Hannah Arendt «Ser primitivo significa estar por impulso e instinto interior allí donde comienzan las cosas; ser primitivo es estar movido por fuerzas interiores». Martin Heidegger «El huracán que sopla a través del pensamiento de Heidegger, comparable al que desde hace milenios nos sacude desde las obras de Platón, no procede del siglo, proviene de las antigüedades más lejanas, y lo que deja trae el estigma de la consumación, recae en el tiempo primigenio». Hannah Arendt

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PRIMERA PARTE «Y si Dios lo concede, te amaré mejor después de la muerte» 1925-1950

«Perdería mi derecho a la vida si perdiera mi amor por ti, pero perdería este amor y su realidad si eludiera la tarea a la cual me obliga. Y si Dios lo concede, te amaré mejor después de la muerte». Hannah Arendt, carta a Martin Heidegger del 22 de abril de 1928, desde Heidelberg

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Basilea, Suiza, casa de los Jaspers, invierno de 1949-1950 Un reencuentro es como un primer encuentro con experiencia. Solo se puede reencontrar con sustancia lo que creías haber perdido para siempre jamás. Los reencuentros estaban marcando la vida de Hannah Arendt. El nazismo la había obligado a emigrar a Nueva York, como a muchos de sus amigos y colegas. Finalizada la amenaza y restablecida la paz, una paz lábil que se acrecentaba ante el Sturm und Drang que había vivido el mundo con la Segunda Guerra Mundial, comenzaban los reencuentros. Hannah hacía diecisiete años que no veía a su amigo y antiguo profesor Karl Jaspers, desde aquellos tiempos de estudiante de doctorado en Heidelberg. De camino a casa del matrimonio Jaspers, tenía el frío de diciembre, el frío altivo y roedor de Basilea, pegado al cuerpo. Se subió el cuello del abrigo de lana, apuró el cigarrillo que había encendido pocos minutos antes, lanzó la colilla al suelo y la apagó con la punta del zapato de medio tacón que su esposo, Heinrich, alababa a menudo lo esbeltas que le hacían las piernas. Algunas luces de la inminente Navidad engalanaban ya la avenida estrecha donde residían los Jaspers. Basilea no lucía estigmas de guerra, como las ciudades alemanas. Suiza no había intervenido en el conflicto. Neutralidad. Era la caja fuerte de

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Europa. ¿Quién es el loco que hace volar el oro y las divisas? La estupidez de una guerra se achanta ante la supuesta sensatez material. Oscar Wilde lo había escrito hacía medio siglo: «Cuando era joven, pensaba que el dinero era lo más importante; ahora que soy viejo, lo corroboro». Hannah tocó el timbre con el corazón a punto de encendérsele. Aquella cita de Wilde que su amigo Gershom Scholem, judío como ella, le había soltado más de una vez se le retiró de la mente. Fue Jaspers quien abrió la puerta, retrocedió con un paso corto y abrió los brazos tanto como pudo, dispuesto a rodear a su querida exalumna. El abrazo fue tan largo como íntimo, a pesar de la presencia de Gertrud, su esposa, que esperaba en el recibidor. No cabía el recelo. Los separaban diecisiete años. Hannah percibió el calor benigno de la amistad en aquel apretón. Reencontrarse con Jaspers era como recuperar otra pieza de un rompecabezas roto y esparcido por una mano maliciosa: la del nazismo y la guerra. —Si no fuera porque me enviaste aquella foto del recorte de periódico no te habría reconocido, Hannah; aunque mantienes la misma vivacidad en los ojos —afirmó Jaspers, apartándose a un lado para hacer las presentaciones—. Esta es aquella exalumna que está comenzando a conquistar el mundo con su pensamiento, querida Gertrud. Las dos mujeres se besaron en las mejillas con un apretón menos efusivo y temperamental que el anterior. —Debes de estar helada, ¿no? —le preguntó Gertrud, ofreciéndose para tomar el abrigo de lana azul y señalándole el comedor contiguo, pequeño pero acogedor. —Estoy acostumbrada al frío. Nueva York en estas fechas

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es un glaciar —le respondió Hannah, alargándole el abrigo y estirándose la falda. Se sentaron en unas cómodas butacas de tapizado azul marino. Jaspers no le quitaba el ojo de encima. Hannah se dio cuenta de que, con la edad, a su profesor se le había cerrado más el ojo izquierdo, pero mantenía aquella cabellera indómita, ya blanca, peinada hacia atrás, exhibiendo una frente amplia. La señora Jaspers se encaminó a la cocina para preparar unos tés calientes, y los pensadores se quedaron solos. —Poco antes de recibir tu carta, pensaba que no te volvería a ver —le confesó Jaspers, en un tono muy alejado de la melancolía. Si algo compartían, además del amor por la filosofía, era una propensión marginal a la nostalgia. —Ninguno de los que tuvimos que huir de Alemania las teníamos todas con nosotros, Karl. No debería haber sucedido nunca, pero pasó, y no podemos borrarlo. Faulkner, un novelista norteamericano que te recomiendo, asevera que «el pasado nunca muere». —Hemos tenido que dejar el país en el que estudiamos, que amamos y al cual estamos ligados por el amamantamiento moral. ¡Y somos tantos! ¡Tantos! —Sí, es muy cierto. Algunos, exiliados en Francia; otros, con billete directo hacia Palestina; otros, a Nueva York; muchos, ejecutados o prisioneros en campos de la muerte; y algunos, como Walter Benjamin, incapaces de soportarlo, decidieron suicidarse. Jaspers cruzó las piernas hacia la derecha y carraspeó antes de intervenir. —Y otros apoyaron a los lobos en esa maldita cacería. Los ojos de Hannah se iluminaron. A los dos les había sobrevenido el mismo pensamiento. Habían compartido una amistad intensa con uno de estos legitimadores de nazis. Jaspers aún lo

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admiraba por su profundidad de pensamiento. Los sentimientos de Hannah iban del rencor a la admiración. —¿Como Martin? —le preguntó Hannah, con un dejo de turbación. —Efectivamente, Hannah; como Martin Heidegger.

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Marburgo, Alemania, invierno de 1924-1925 Hannah había heredado el carácter de su madre y pocas veces se inquietaba ante lo inesperado. Su padre, Paul, había muerto muy joven, de sífilis, y ella, que aún era una niña, se las había ingeniado para seguir adelante, sin titubeos. La ausencia de hombres en la familia, por fallecimientos prematuros, forjó una atmósfera matriarcal que Hannah preservó hasta el último momento de su vida. En aquel invierno, a pesar de sus dieciocho años, era ya una mujer muy madura. Se detuvo ante la sólida puerta de roble del despacho de Martin Heidegger e inspiró hondo antes de golpearla con los nudillos de la mano derecha. En la izquierda llevaba un paraguas aún mojado. Las lluvias llevaban asolando el valle del Lahn toda la semana. Tuvo tiempo de repasar su atuendo, de estirarse el vestido verde bajo el anorak amarillo y de peinarse, aunque iba tocada con un sombrero de fieltro del mismo color, antes de que el profesor diera el consentimiento para que pasara. El frío y la humedad cohabitaban con los alumnos y los profesores en el antiguo edificio. Los días grises y turbios, más habituales que los claros a finales del invierno, otorgaban un cariz siniestro al interior. Hannah empujó la puerta, ajena a su suerte. Martin la esperaba sentado detrás de la mesa de despacho abarrotada de

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libros, papeles y un diario bávaro con fecha 10 de febrero de 1925. El profesor le ofreció asiento: una antigua silla de respaldo alto que crujió con el escaso peso de la estudiante y provocó una efímera sonrisa en los dos. La tenue luz de la lámpara de mesa se esparcía por un despacho con aroma a papel viejo. De todos los atributos de seducción de Hannah, su mirada era —sin ningún género de dudas— el más notorio. Una mirada que su compañero de estudios Benno von Weise calificaba de «sugestiva». Una mirada que el profesor Heidegger calibró durante unos segundos y saboreó en silencio. —Bienvenida, señorita Arendt. A pesar de que asiste a mis clases, es la primera vez, creo recordar, que hablamos a solas, ¿verdad? —comenzó él, incidiendo chapuceramente en el «creo recordar». Hannah se había sentado con los talones pegados y mantenía el paraguas húmedo sobre las piernas, protegidas por el anorak amarillo. —Quizá sería mejor que dejara el paraguas en el paragüero, al lado de la puerta —le sugirió el profesor, alargando el brazo hacia un cilindro de latón donde reposaban dos paraguas negros. La joven se levantó con agilidad e hizo caso al profesor. Heidegger tomó el resplandor del paraguas amarillo como una metáfora de la luz que emergía de aquella joven. —Gracias por recibirme, profesor —le agradeció Hannah, mientras se sentaba de nuevo y se sacudía la humedad del anorak con delicadeza. —De nada, señorita Arendt, tenía curiosidad por conocer más de cerca a una alumna cuya manera de interpretar el pensamiento no pasa desapercibida. Me habría gustado tener este encuentro el semestre anterior, pero ya puede intuir que las

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clases me tienen sumamente ocupado. Teniendo esto en cuenta: ¿qué le parece lo de comenzar las lecciones a las siete de la mañana? Me gustaría que respondiese con sinceridad. Todo tiene que ser claro y honesto entre nosotros. De hecho, la sinceridad para con uno mismo y con los demás se debería suponer en un buen filósofo. Hannah y el resto de sus compañeros se habían sorprendido mucho al descubrir que el profesor Heidegger comenzaba las clases a las siete de la mañana. Pocos sospechaban que este hábito de madrugar le venía de la admiración por los campesinos y la gente sencilla de su pueblo natal, Messkirch, trabajadores abnegados que partían hacia sus cultivos y tierras de labor al alba. También su padre, sacristán de la iglesia y tonelero, se levantaba al rayar el día para atender sus ocupaciones. Martin Heidegger había revolucionado la enseñanza en la Universidad de Marburgo. No solo por madrugar, sino también por su manera de pensar y acercarse a los conceptos, su profunda semántica y su perfumada retórica. Hannah no se intimidó por la pregunta. La tenía cautivada la mirada incisiva y penetrante de aquel hombre de piel morena que casi podría ser su padre. Una mirada que revelaba la tenacidad indagadora en los conceptos y la forma de cuestionarse las cosas. —La verdad es, profesor, que al principio se me hizo duro, como a la mayoría de mis compañeros, pero hay que reconocer que es a esa hora, después del descanso nocturno, cuando la mente está más fresca y receptiva. Heidegger sonrió y se echó hacia atrás. Un gesto de relajación y satisfacción por la naturalidad de la respuesta. Fue entonces cuando se dio cuenta del contraste entre el verde del vestido que acababa en las rodillas juveniles de la chica y el amarillo del anorak.

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—Le confesaré que esta costumbre de comenzar las clases a las siete me ha proporcionado, por lo que oigo, manifiestos recelos por parte de mis colegas. Hannah sonrió en silencio. Sabía que el profesor Hartmann, un aristócrata docente del Báltico, decía pestes de Heidegger y de sus horarios. Hartmann impartía las clases a última hora de la tarde, hasta medianoche, y no dispensaba demasiadas simpatías por aquel profesor con aires de campesino de la Selva Negra que le estaba quitando protagonismo y afluencia a sus aulas. —El motivo oficioso de mi invitación a este despacho, señorita Arendt, es que me han sorprendido los trabajos que ha entregado estos dos semestres, pues reflejan una manera distinta de leer y comprender la filosofía —le explicó, estirando sobre la mesa los brazos cubiertos por la lana oscura de la americana y dejando entrever unas manos grandes y pálidas engalanadas por los puños de una camisa blanca. Un destello de complacencia inundó el rostro de Hannah, que articuló un tímido: —¡Gracias, profesor! De boca del «mago de Messkirch», como lo llamaban sus alumnos, aquellas palabras eran un gran elogio. —Pero el motivo real por el que la he citado es que estoy confeccionando, para el seminario del profesor Bultmann, una interpretación sobre el concepto del «pecado original» de Lutero y el capítulo tercero del Génesis, y me agradaría conocer su opinión al respecto, ya que también asiste a sus clases. Hannah se quedó inmóvil. Su mente se había detenido en el sustantivo y adjetivo «pecado original». Juraría haber visto un resplandor báquico en los ojos del profesor. Quizá hubiera sido imaginación suya. Tal vez aquella atmósfera de proximidad, admiración, deslumbramiento, amabilidad y placer intelectual

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le distorsionaban la realidad. Y justo cuando estaba a punto de aceptar la propuesta del profesor, cuando iba a decirle que consideraba un honor que le ofreciese aquel cometido, un rayo rompió el cielo de Marburgo. Un relámpago colosal que sacudió a los dos protagonistas de aquella estampa. —Parece, señorita Arendt, que el cielo bendice nuestro encuentro. Una interpretación impostada de la caída de un rayo la que hizo el profesor, que se levantó y se dirigió con ceremonia hacia su alumna. —¿Me hará el honor de leer el escrito para el seminario de Bultmann? —le volvió a preguntar, esta vez en un tono más próximo. —¡Será un honor, profesor! No sé si estaré a la altura de la tarea. Entonces Heidegger se arrodilló ante ella. Hannah se quedó boquiabierta por la sorpresa. Él estiró los brazos en una actitud casi de súplica. —Todo debe ser puro entre nosotros, señorita Arendt. Hannah le cogió las manos. Estaban calientes. El profesor Heidegger bajó la cabeza como en una reverencia. Hannah sintió que el corazón se le salía por la garganta cuando el profesor alzó la mirada y le declaró: —No quisiera incomodarla, solo pretendo mostrarle que mi fervor hacia su esplendorosa juventud y talento es noble y humilde.

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Basilea, Suiza, casa de los Jaspers, invierno de 1949-1950 —Ya te expliqué por carta, en septiembre, que vuelvo a tener noticias de Heidegger —dejó caer Jaspers, en un tono circunspecto. Hannah se removió en el asiento. Parecía incómoda. Aquel nombre formaba parte de un pasado que había sido doloroso y la hacía sentir fragmentada. Jaspers cogió la pipa del descanso y, apagada, se la colgó de los labios. Quizá fuera un gesto aparentemente negligible, pero necesario para reunir el valor que hacía falta para hablar del viejo amigo en común. —Le escribí dos cartas, una el año pasado, que no tuvo respuesta, y otra este febrero. Al fin me respondió en junio. —Ya te dije cuando me lo contaste que, como no soy consecuente, me alegraba de esta reconciliación. De hecho, recuperaros a ambos después de tanto tiempo de incerteza me proporcionó un cierto alivio y alegría. Pero ahora que estoy tan cerca de Friburgo, que he pisado tierras alemanas, que he recordado la ignominia nazi, me pregunto por qué has vuelto a mantener correspondencia con Martin —le expuso Hannah, excitada e indignada a la vez—. ¿Por qué le has tendido, Karl, un puente? La última pregunta estaba impregnada de irritación, y Jaspers frunció el ceño. En otro tiempo los tres habían sido grandes

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amigos y colegas. Jaspers podía entender que Hannah, judía y condenada al exilio, superviviente de milagro del campo de Gurs, odiara todo aquello que oliera a nacionalsocialismo. Pero también vislumbraba la esperanza de que el amor a la filosofía y al pensamiento pudieran propiciar un nuevo diálogo con aquel que otrora los había sacudido con su filosofía. —Igual que cuando advoqué por él en el informe de la Comisión de Depuración de la Universidad de Friburgo, he actuado así porque Martin es un filósofo inigualable. —Y un nazi, Karl, ¡un filósofo que apoyó a Hitler y condenó a sus colegas porque eran judíos o no pensaban como él! ¿Quieres una lista? ¿Te enumero a todos los alumnos y colegas judíos a los que traicionó? Gertrud apareció en aquel momento con una bandeja de madera y dos tazas humeantes. La aparición de la anfitriona la invitó a la calma. Ella les ofreció las tazas y con una voz modulada les anunció que los dejaba solos. —Entiendo que tenéis que hablar de vuestras cosas. Yo estaré en la cocina porque estoy preparando un pastel Vully. Cada uno a lo suyo. Me disculpáis, ¿no? Hannah hizo un amago de levantarse y pedirle que se uniera a ellos, que hablarían de otras cosas, pero Jaspers se le adelantó. —Gracias, amor mío. Te agradezco la confianza de dejarnos solos para hablar de cosas del pasado que seguramente te aburrirían. Además, ¡estoy impaciente por probar ese Vully! Gertrud les dedicó una sonrisa y se retiró. Jaspers le guiñó el ojo a Hannah y esta se sintió reconfortada por la complicidad del matrimonio. —He tenido mucha suerte en esta vida al poder compartirla con Gertrud. Es tan perspicaz e inteligente que a veces creo

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que podría haber aspirado a algo más que a educar a los niños. Pero, por encima de todo, admiro su ternura. Jaspers había vuelto a dejar la pipa sobre el descanso y removía suavemente el té. Hannah hacía lo mismo, inquieta. —Yo también he tenido suerte al conocer a Heinrich. Si hay un hombre que me ha hecho sentir medianamente completa en una relación, ese es Heinrich Blücher. A veces pienso que no lo merezco. Es joven, inteligente, conciliador, comprensivo… —Me satisface oírlo, Hannah. He valorado mucho la presencia de Gertrud en este exilio. No ha sido fácil renunciar a Alemania. No es plato de buen gusto sentirte un extranjero en tu tierra y todo porque ella, mi mujer, es judía, ¡y yo el esposo alemán de una mujer impura! ¡Qué panda de gamberros! —Por eso mismo, Karl, me sorprende que aún quieras mantener contacto con Martin Heidegger. Por eso mismo —continuó Hannah, subiendo el tono de voz— me indigna que alguien como tú, admirado y venerado en Alemania por tu actitud firme en contra del nazismo y tu nivel intelectual, se rebaje a intentar justificar a un hombre tan mezquino en un informe de depuración o en respuesta pública a mi nota acerca del ensayo sobre el existencialismo en la que lo acusaba de hacerle la cama a su mentor, el doctor Husserl. Un silencio se paseó entre los dos. Un silencio cómplice y, a la vez, enervante. —¿Te indignarás aún más si te cuento que a principios de este año escribí al rector de la Universidad de Friburgo, Gerd Tellenbach, para sugerirle que lo contratase? Los ojos de Hannah escalaron hacia arriba, y un suspiro de incredulidad y de desesperación precedió a su réplica: —He de confesar que sí. En su día, Heidegger me hizo entender el pensamiento como el acto que iba más allá de lo que

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es volitivo y, como a todos los demás, me envenenó con su semántica prístina. La Carta sobre el humanismo, que publicó hace muy poco, me pareció un daguerrotipo de los seminarios de Marburgo, y algunas afirmaciones, tan ambiguas como maniqueas. Jaspers hizo un gesto de desacuerdo con la cabeza. —No puedo darte la razón, Hannah. Creo que opinas desde el rencor político y personal. Y lo entiendo, pero también afirmo, sin exculparlo, que en esa carta hay indicios de un nuevo Heidegger, al que no acabo de comprender pero intuyo más maduro. Pienso, honestamente, y aventuro que tú también lo crees, que Martin es el pensador más brillante que tiene hoy Alemania. Hannah dejó sobre la mesita la taza para poder gesticular con libertad. Estaba nerviosa. —¿Os molesta, a ti o a tu esposa, si enciendo un cigarrillo? —Me temo que si Gertrud te ve fumar tabaco americano se sumará. —No sabía que fumaba. —De vez en cuando, y le gusta bastante el americano: L&M, Lucky, Winston… Encendió un Lucky con dos caladas intensas y se acercó un cenicero limpio. —Heidegger es un mentiroso, Karl, siempre lo ha sido; como filósofo, como compañero, como hombre, como esposo, como alemán y como amigo. Es un mitómano de sí mismo. Creo que puedo hablar con más autoridad que tú al respecto. —Con toda la humildad y el respeto, sabes muy bien que Martin y yo mantuvimos una relación muy estrecha, académica y personalmente, Hannah. Desde que nos conocimos en casa de Edmund Husserl, sus visitas a Heidelberg fueron generosas, y nuestra correspondencia, muy abundante.

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Hannah tenía las piernas cruzadas y se aguantaba la cabeza con la mano izquierda, el codo reposado sobre el brazo de la butaca. En la otra mano sostenía el cigarrillo. Dudó un rato antes de hacer aquella confesión a un colega a quien consideraba realmente un amigo. Sopesó si valía la pena tocar un pasado que se había quedado anclado en un estanque de aguas lóbregas y pudorosas. Su nueva vida en Nueva York y todo el tiempo transcurrido, la presencia confortable de Heinrich y su actividad intelectual le habían hecho olvidar lo que Faulkner decía que no moría nunca: el pasado. Pero su vuelta a Europa, la larga visita Alemania y el reencuentro con Jaspers, el tercer miembro de aquel trío de amigos, la espolearon a hacerlo. —Sé muy bien que manteníais una vívida amistad, pero lo que no sabes, Karl, es que Martin y yo fuimos amantes. Jaspers hizo un gesto de sorpresa con los brazos abiertos. —¡Qué emocionante, Hannah! ¿Os veíais en secreto? ¿Una relación pasional? Hannah asintió mientras fumaba. —No me lo habría imaginado nunca, aunque reconozco que siempre vi algo demoníaco en él, no sé describirlo mejor, como un punto de voluptuosidad en algunas conversaciones. —Sí, Karl, sí. Por ese motivo me fui de Marburgo y vine a Heidelberg a que me dirigieras la tesis doctoral, para escapar de aquella relación tóxica. —¡Vaya! ¡Ahora me has desilusionado! ¡Y yo que pensaba que me habías pedido que te orientara porque me admirabas! En fin, ahora entiendo la recomendación de Heidegger para que te aceptara. A todo esto, su mujer ¿lo sabía? —No, no tenía ni idea. El único que lo sabía era Hans Jonas, un compañero de curso. Solo él y yo. El profesor y la alumna. El mentiroso y la imbécil.

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