EL
HUERTO MEDICINAL
SUMARIO A modo de introducción, 8 Calendario práctico del horticultor, 22 Hierbas curativas, frutas y hortalizas de la A a la Z, 50 Abreviaturas y siglas, 214 Equivalencias de pesos y medidas, 215 Índices: Onomástico, 216 Afecciones y dolencias, 220 Remedios y secretos capuchinos, 230 Fuentes manuscritas y bibliografía, 234
A MODO DE INTRODUCCIÓN
en los volúmenes de su Terapéutica Antigua. Del conjunto de recetas inéditas he escogido algunas, bastante significativas, que una vez revisada la transcripción, ahora presento en esta nueva recopilación junto con la edición de otros remedios populares, propios de la tradición rural y conventual, completados con el añadido de numerosas prácticas agrarias de la praxis franciscanocapuchina que he seleccionado y transcrito de antiguos manuscritos y de ediciones de recetarios antiguos muy poco conocidas.
Situados hacia finales del siglo xix durante el proceso de la restauración de la vida religiosa, y una vez finalizados los largos años de exclaustración, entre algunos frailes surgió la iniciativa de revitalizar y divulgar antiguas tradiciones hortícolas y terapéuticas, propias de los menores capuchinos, a través de ediciones populares de formularios y recetarios, como, por ejemplo, aquel que a lo largo de los años 1883 y 1884 preparó (aunque no llegó a ser estampado) el exclaustrado capuchino fray Tomás Sala Figuerola,1 así como también aquella extensa colección de remedios populares que, en tiempos más recientes, empezó a editar en el año 1950 fray Hilario de Arenys de Mar.2
Por lo que se refiere a las hierbas medicinales, me he limitado a escoger las más utilizadas por los antiguos herbolarios y enfermeros conventuales y que todavía hoy pueden ser aplicadas como terapia natural en nuestras afecciones de carácter leve. Debe ponerse en relieve que los medicamentos preparados por los frailes y monjes gozaban, además de su valor terapéutico, de un supuesto valor añadido que le venía por su origen monástico, ya que estaban elaborados en un entorno conventual dinamizado por la oración y el trabajo, de manera que en los estamentos populares
De este capuchino tan entusiasta de las tradiciones medicinales, fray Hilario, se han conservado bastantes recetas que él mismo había recopilado y que pensaba publicar, ordenadas alfabéticamente, 9
A MODO DE INTRODUCCIÓN
en los volúmenes de su Terapéutica Antigua. Del conjunto de recetas inéditas he escogido algunas, bastante significativas, que una vez revisada la transcripción, ahora presento en esta nueva recopilación junto con la edición de otros remedios populares, propios de la tradición rural y conventual, completados con el añadido de numerosas prácticas agrarias de la praxis franciscanocapuchina que he seleccionado y transcrito de antiguos manuscritos y de ediciones de recetarios antiguos muy poco conocidas.
Situados hacia finales del siglo xix durante el proceso de la restauración de la vida religiosa, y una vez finalizados los largos años de exclaustración, entre algunos frailes surgió la iniciativa de revitalizar y divulgar antiguas tradiciones hortícolas y terapéuticas, propias de los menores capuchinos, a través de ediciones populares de formularios y recetarios, como, por ejemplo, aquel que a lo largo de los años 1883 y 1884 preparó (aunque no llegó a ser estampado) el exclaustrado capuchino fray Tomás Sala Figuerola,1 así como también aquella extensa colección de remedios populares que, en tiempos más recientes, empezó a editar en el año 1950 fray Hilario de Arenys de Mar.2
Por lo que se refiere a las hierbas medicinales, me he limitado a escoger las más utilizadas por los antiguos herbolarios y enfermeros conventuales y que todavía hoy pueden ser aplicadas como terapia natural en nuestras afecciones de carácter leve. Debe ponerse en relieve que los medicamentos preparados por los frailes y monjes gozaban, además de su valor terapéutico, de un supuesto valor añadido que le venía por su origen monástico, ya que estaban elaborados en un entorno conventual dinamizado por la oración y el trabajo, de manera que en los estamentos populares
De este capuchino tan entusiasta de las tradiciones medicinales, fray Hilario, se han conservado bastantes recetas que él mismo había recopilado y que pensaba publicar, ordenadas alfabéticamente, 9
«En torno a los edificios de los conventos, o anexos a ellos, solía haber una huerta donde era habitual por los religiosos capuchinos el cultivo de plantas medicinales».
medicinales, y que fray Basili de Rubí nos describió de este modo: «Nuestros religiosos eran muy amantes de la naturaleza. Cultivaban con dedicación sus huertos, que rodeaban de flores y de plantas medicinales. Amaban la botánica y en Barcelona adquirió fama el jardín apodado «de Jericó». Con las flores embellecían los altares y con las plantas medicinales tenían múltiples fórmulas y recetas para curar cualquier enfermedad, lo que servía de consuelo para las familias necesitadas» (Un segle de vida caputxina, Barcelona, 1978, p. 364).
se los consideraba unos medicamentos particularmente agraciados con una especial protección de Dios, Creador de todas las cosas. Las farmacias monásticas y conventuales contaron, cada vez más en el transcurso del tiempo, con religiosos especializados y, durante los siglos xviii y xix, incluso con farmacéuticos graduados en los colegios profesionales y en las facultades universitarias, como fue el caso de los capuchinos fray Salvador de Barcelona († 1773), fray Gabriel de Vulpellac († 1788) y fray Tomás de Sant Miquel ses Perxes († 1793). En torno a los edificios de los conventos, o anexos a ellos, solía haber una huerta donde era habitual por los religiosos capuchinos el cultivo de plantas
Con la voluntad de proseguir con el estudio y la divulgación de esta tradición franciscanocapuchina, después de editar en lengua catalana Els caputxins i les herbes remeieres (Barcelona, 2011, con cinco ediciones) y Hortalisses i flors remeieres (Barcelona, 2014, con dos ediciones), y una vez publicada en lengua castellana una primera recopilación de remedios y «secretos» de horticultura y de terapéutica capuchinas en los libros Pócimas de capuchino (Barcelona, 2013) y La huerta de San Francisco (Barcelona, 2016), obras estampadas por Editorial 10
en algunos casos, han producido unos efectos adversos que han generado una desconfianza y un regreso a terapias menos agresivas de origen natural. De hecho, la Botánica, desde muy antiguo, con las plantas «oficinales» de los apotecarios, con las «hierbas santas» de Santa Hildegarda († 1179) y con las plantas para curar, o «tesoro de los pobres», divulgadas por los religiosos de los conventos y monasterios de Europa, ha sido una de las fuentes más importantes que ha tenido la Farmacia para descubrir substancias con actividad farmacológica por sí mismas, o por transformaciones de síntesis, que han constituido el éxito de la terapéutica moderna. Pero un producto natural, por razones de afinidad biológica, es mucho más asimilable por el cuerpo humano que un producto potencialmente extraño como suele ser el procedente de la síntesis química. Las hierbas medicinales aquí descritas son, prioritariamente, aquellas plantas para curar que los frailes capuchinos cultivaban, recogían y aconsejaban a los enfermos y a las que calificaban como un auténtico «tesoro» para los estamentos más pobres y, sobre todo,
Mediterrània y que han gozado de una gran aceptación y de un notable eco mediático, la presente recopilación sobre temas de horticultura y terapéutica capuchinas, titulada El huerto medicinal, la veo muy oportuna, ya que responde, adecuadamente, al actual interés por las plantas medicinales y por el cultivo ecológico en las huertas urbanas. En efecto, hoy existe un gran atractivo por los cultivos de carácter ecológico y un enorme interés por la acción medicinal de las plantas. A propósito de este interés, el doctor Miquel dels Sants Ylla-Català, miembro de la Real Academia de Farmacia de Cataluña, en el prólogo a mi libro Pócimas de capuchino quiso destacar los diferentes motivos que justificaban esta atención actual sobre el valor y uso de las plantas medicinales, y que el sabio académico situó, precisamente, en el uso indiscriminado (y algunas veces poco racional) de medicamentos de origen de síntesis química, así como en la posible interacción o incompatibilidad entre productos farmacológicamente muy activos que, 11
«En torno a los edificios de los conventos, o anexos a ellos, solía haber una huerta donde era habitual por los religiosos capuchinos el cultivo de plantas medicinales».
medicinales, y que fray Basili de Rubí nos describió de este modo: «Nuestros religiosos eran muy amantes de la naturaleza. Cultivaban con dedicación sus huertos, que rodeaban de flores y de plantas medicinales. Amaban la botánica y en Barcelona adquirió fama el jardín apodado «de Jericó». Con las flores embellecían los altares y con las plantas medicinales tenían múltiples fórmulas y recetas para curar cualquier enfermedad, lo que servía de consuelo para las familias necesitadas» (Un segle de vida caputxina, Barcelona, 1978, p. 364).
se los consideraba unos medicamentos particularmente agraciados con una especial protección de Dios, Creador de todas las cosas. Las farmacias monásticas y conventuales contaron, cada vez más en el transcurso del tiempo, con religiosos especializados y, durante los siglos xviii y xix, incluso con farmacéuticos graduados en los colegios profesionales y en las facultades universitarias, como fue el caso de los capuchinos fray Salvador de Barcelona († 1773), fray Gabriel de Vulpellac († 1788) y fray Tomás de Sant Miquel ses Perxes († 1793). En torno a los edificios de los conventos, o anexos a ellos, solía haber una huerta donde era habitual por los religiosos capuchinos el cultivo de plantas
Con la voluntad de proseguir con el estudio y la divulgación de esta tradición franciscanocapuchina, después de editar en lengua catalana Els caputxins i les herbes remeieres (Barcelona, 2011, con cinco ediciones) y Hortalisses i flors remeieres (Barcelona, 2014, con dos ediciones), y una vez publicada en lengua castellana una primera recopilación de remedios y «secretos» de horticultura y de terapéutica capuchinas en los libros Pócimas de capuchino (Barcelona, 2013) y La huerta de San Francisco (Barcelona, 2016), obras estampadas por Editorial 10
en algunos casos, han producido unos efectos adversos que han generado una desconfianza y un regreso a terapias menos agresivas de origen natural. De hecho, la Botánica, desde muy antiguo, con las plantas «oficinales» de los apotecarios, con las «hierbas santas» de Santa Hildegarda († 1179) y con las plantas para curar, o «tesoro de los pobres», divulgadas por los religiosos de los conventos y monasterios de Europa, ha sido una de las fuentes más importantes que ha tenido la Farmacia para descubrir substancias con actividad farmacológica por sí mismas, o por transformaciones de síntesis, que han constituido el éxito de la terapéutica moderna. Pero un producto natural, por razones de afinidad biológica, es mucho más asimilable por el cuerpo humano que un producto potencialmente extraño como suele ser el procedente de la síntesis química. Las hierbas medicinales aquí descritas son, prioritariamente, aquellas plantas para curar que los frailes capuchinos cultivaban, recogían y aconsejaban a los enfermos y a las que calificaban como un auténtico «tesoro» para los estamentos más pobres y, sobre todo,
Mediterrània y que han gozado de una gran aceptación y de un notable eco mediático, la presente recopilación sobre temas de horticultura y terapéutica capuchinas, titulada El huerto medicinal, la veo muy oportuna, ya que responde, adecuadamente, al actual interés por las plantas medicinales y por el cultivo ecológico en las huertas urbanas. En efecto, hoy existe un gran atractivo por los cultivos de carácter ecológico y un enorme interés por la acción medicinal de las plantas. A propósito de este interés, el doctor Miquel dels Sants Ylla-Català, miembro de la Real Academia de Farmacia de Cataluña, en el prólogo a mi libro Pócimas de capuchino quiso destacar los diferentes motivos que justificaban esta atención actual sobre el valor y uso de las plantas medicinales, y que el sabio académico situó, precisamente, en el uso indiscriminado (y algunas veces poco racional) de medicamentos de origen de síntesis química, así como en la posible interacción o incompatibilidad entre productos farmacológicamente muy activos que, 11