«Céline Curiol culmina su sexta novela, Las leyes de la ascensión, con gran maestría. Demuestra una portentosa destreza al entrelazar lo íntimo y lo colectivo al tiempo que privilegia lo poético». Bertrand Leclair, Le Monde des livres «Estaban las vidas minúsculas de Pierre Michon, ahora tenemos las vidas-partículas de Céline Curiol, elementos de un todo enorme. Apabullante, Las leyes de la ascensión es una espléndida partitura, una crónica que se asemeja mucho a una caja negra de nuestro tiempo. Estamos ante algo más que una extensa novela: una gran novela». Anthony Dufraisse, Le Matricule des anges «Ingeniera de formación, al igual que Boris Vian, Céline Curiol ha vivido los abismos de la depresión como lo hizo Robert Musil. La comparación no termina ahí. Esta virtuosa narradora tiene la misma preocupación por la exactitud que el gran maestro austriaco, el mismo deseo de definir una verdad del mundo, en el que la escritura quiere abrirse paso entre la imaginación y el curso de la historia». Fabrice Gaignault, Lire magazine littéraire «Una novela virtuosa anclada en la realidad que transita entre lo íntimo y lo social, los sentimientos y la actualidad, las dudas y las decisiones». Éliane Girard, Prima «Las leyes de la ascensión es una novela que despierta al lector, que se ve sacudido por una pulsión de vida pero también se revuelve contra un mundo sin aliento que necesita pasar a la acción. Una novela ambiciosa, bella y emocionante». Christine Ferniot, Télérama «Una experiencia de lectura y de vida muy hermosa. Un tour de force literario y un festín de inteligencia». Anne Kiesel, Ouest France
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Queremos compartir con vosotros algunos de los fragmentos de Las leyes de la ascensión que más nos han cautivado. Se trata de una obra tan potente, con unos personajes tan vivos y cercanos, y que abarca tantos temas y preocupaciones que son también los nuestros, que ha sido extremadamente difícil elegir. Sólo podemos recomendaros que leáis el libro completo, pero ésta nos parecía la mejor manera de invitaros a hacerlo.
orna
Cuando Orna viaja en tren o en avión lo hace con un asiento reservado, bandeja, butaca reclinable, luz orientable; el confort de esos viajes se asemeja al de su vida, donde obtiene lo que desea gracias al uso de series de códigos. Códigos bancarios, códigos de vestimenta, códigos socioprofesionales. Pertenece a un sistema, y ese sistema promete garantizar su supervivencia siempre y cuando se pliegue a sus normas. Desde pequeña se ha obligado a ello; ha hecho tests, exámenes, entrevistas, siempre con la certeza de que, cumpliendo con las condiciones preestablecidas, obedeciendo las órdenes tácitas, presentando la apariencia deseada, triunfaría. El refugiado, por su parte, ha «probado suerte»; se ha lanzado sin saber dónde caería, sin confiar más que en su aguante y la solidaridad de algunos congéneres. Una decisión bastante optimista o desesperada, la de encomendarse al azar. Nadie del entorno de Orna sería capaz. Se valoran las garantías y los procedimientos, se anticipa, se busca 1
seguridad, se bloquean las variables. La errancia es fracaso, independientemente de la ambición o la fuerza de quien se rinda a ella. * Esto es lo que se dice cuando hace balance de su vida sentimental. Cinco años de matrimonio, divorcio, y siete años más de vida en común con Oscar seguidos de una nueva separación. Soltera con cuarenta y cuatro años. Y ¿qué ha sacado de esas relaciones rotas? ¿Eligió realmente que terminaran? Recuerdos felices, sin duda, un amplio abanico de vivencias. Pero, sobre todo, piensa mientras se cepilla los dientes, una dolorosa impresión de desmembramiento, de pérdida irreparable. Una impresión de fracaso también. Y la certeza, seguramente protectora pero quizá destructiva, de que, en lo tocante a relaciones sentimentales, nada dura. Tener que hacer abstracción tanto de los hombres que amó como de unos perfectos desconocidos la entristece. Con ellos debe disimular fragmentos enteros de su pasado. No están muertos; han salido de su vida pero, dado que no mantienen ningún tipo de contacto, es como si lo estuvieran. * ¿Y el periodismo? El periodismo había sido un compromiso político, desde luego, su manera de contribuir a una representación del mundo más justa, de levantar una muralla contra los prejuicios, durante mucho tiempo, mientras había creído que informar de las maniobras de los Estados hacía responsables a sus dirigentes. Hablas como si el periodismo fuese inútil… Si tiene una utilidad, ella ya no sabe cuál es, o al menos no tiene pruebas de que sin instituciones periodísticas el mundo iría peor. La información es poder, eso no lo puedes negar. Todo dependía del contenido y el modo de divulgación de esa «información» y, sobre todo, de cómo se utilizara. ¿Te 2
has encontrado alguna vez a alguien que viendo un telediario exclame: ¡eureka, tengo que hacer algo!? Así, poco a poco, el periodismo había dejado de ser su lucha para convertirse en su sustento. Y, de todas maneras, lo que ella practica a diario no es más que una forma mutante de su profesión. * Cuando llegó a la Redacción, hace siete años, nunca antes había trabajado con tanta gente joven. En aquel entonces los periodistas más veteranos huían de las redacciones digitales, consideradas como la cantera de los menos cualificados, el campo de pruebas de los recién titulados, el purgatorio de los incompetentes y los infractores. Las webs de noticias tenían fama de carecer tanto de exigencia como de coherencia, desbocadas por la permanente posibilidad de rectificar la producción sobre la marcha, cebando al internauta con un frenesí de publicaciones poco rigurosas. Sin embargo, Orna había aceptado el puesto de jefa adjunta en una Redacción digital encajonada entre las vías de un cercanías de extrarradio y unos bloques de oficinas anodinos para poner fin a una etapa de desempleo que ya no soportaba más. No sabía nada de internet, ignoraba lo que era un tag, un tiempo de descarga, un hipervínculo, un código html. Confiaron en ella porque había trabajado para medios de renombre y se había declarado decidida a afrontar un «nuevo reto profesional», fingiendo interés por aquel «sector con futuro».
sélène
Cuando hablaba de medio ambiente, Sélène habría querido que sus alumnos entendieran que no se trataba de una entidad ajena a 3
ellos, sino de aquello que los englobaba, los impregnaba, los moldeaba: las moléculas que absorbían no eran menos esenciales que las que los componían. A menudo, al oírla, los chavales fruncían los labios o el entrecejo: pretendían aprender principios y fórmulas económicas. Pero, para Sélène, una asignatura sobre gestión ambiental no podía limitarse a hacer cálculos. Les recordaba que no vivían en un decorado sino en un medio, que poseían un cuerpo tan frágil y sensible como un ecosistema. El clima gobernaba el planeta sometiendo al Hombre, y no al revés. Así las cosas, sólo sorprendía a medias que en la facultad le hubieran puesto el apodo de Flower Power. Sí, la humanidad se ha embarcado en un lento e irremediable saqueo de su entorno natural. Sélène ignora qué es lo que falla en la especie para que la emprenda contra quien la ha alimentado durante milenios, pero observa que unos pocos mantienen su supremacía a costa de la salud del resto de seres vivos. En sus peores pesadillas ve un planeta desértico, cubierto de bloques de un material indestructible donde hombres y mujeres permanecen tumbados, alimentados y oxigenados mediante sistemas de tubos, con los ojos inmensos tras gafas 3d y los pulgares activándose sobre pantallas táctiles. * A Sélène le parece sospechoso el veredicto tajante de su hermana. También puedo no decirle nada. Decir, no decir… Lo que Sélène adivina es una buena avalancha de problemas a la vista. Quizá haya perdido mucho al decidir no tener hijos, tal y como le recuerdan cada cierto tiempo los mohines de desilusión cuando tiene la desdicha de contestar con un lacónico «no he querido» que la convierte automáticamente en criatura medio mujer medio monstruo de alma e instinto maternal descarriados. Al menos se ha evitado ciertas disyuntivas y en especial la responsabilidad de proporcionar a otra criatura todo aquello que su desarrollo exige. Incluido un padre. 4
* Nada más apagar el cigarrillo le entran ganas de fumarse otro. Le pasa muy raras veces, en general resiste, pero allí no, como si fumar pudiera hacerle olvidar las preocupaciones. Desde hace años, el trabajo es su escapatoria, la ayuda a espantar las inquietudes. Sólo los fanáticos del trabajo triunfan, y sólo el triunfo permite demostrar quiénes somos es el razonamiento que la guía desde hace mucho tiempo. Si no trabajara, su vida se desbarataría como una muñeca de trapo, le parecería deforme e inconsistente. El trabajo es su columna vertebral. Aun así, Sélène sospecha que hay algo nefasto en esa relación obsesiva que la vuelve hermética a la simple ensoñación, a la contemplación, a la ociosidad, actividades de las que seguramente podría sacar fuerzas. ¿No será más bien esta obsesión un rechazo a actuar por otros intereses que no sean los suyos? Porque si hay una idea a la que no es capaz de renunciar es a la de que sólo podemos salvarnos a nosotros mismos. * El árbol es inmenso, un haya de unos quince metros que cruje y oscila, y cuyos millares de hojas delicadas tiemblan bajo las acometidas del viento. El árbol descuella como un gigante en medio de bosquecillos y troncos modestos, faro vegetal cuyo lento crecimiento lo ha elevado a una altura impresionante. En la copa, las ramas flotan como lo harían en un líquido translúcido, se agitan como las manos frondosas de una criatura emotiva que se sacudiera ante cualquier contrariedad. Con paso lento se acerca como se acercaría a una criatura alerta, esperando verlo moverse o tal vez huir. O no, se acerca a él como al emisario de una tribu de usos y costumbres incomprensibles, de lengua intraducible que requeriría varias vidas sólo para 5
distinguir las sílabas. Se acerca en son de paz, pero permanece alerta, al acecho de una señal, de un mensaje en el que basar la tregua prometida. En apariencia dócil, el emisario parece aceptar su presencia: quizá sólo necesite acostumbrarse a la agitación de la insignificante humana que es Sélène, a sus continuos estremecimientos, a su deseo extraño, su apremiante curiosidad, su manera de explorar lo insólito, su avidez desmesurada…
hope
Fue una etapa prometedora, se dice mientras busca la llave en el caos del bolso, convencida como estaba de haber escapado a un destino de pacotilla que sólo habría consistido en reproducir fórmulas para alcanzar el confort social mediante la minimización de riesgos. Hope quería hacer experimentos inéditos, seguir sus caprichos al pie de la letra sin preocuparse de las repercusiones dentro de diez, quince o veinte años. Lo imprevisto era una droga potente que distraía de la arbitrariedad angustiosa de la muerte, pues la existencia, pensaba ella en aquel entonces, carecía de geometría, de puntos fijos de los que servirse para trazar un camino recto. Así pues, a los pocos meses de poner fin a sus estudios, Hope cerró los ojos y plantó el dedo índice en un punto del mapa de Francia, elevando a la categoría de desafío un gesto aleatorio. Se iría a vivir al lugar señalado. * ¿Aceptarías que dejara de pagarte el alquiler? La pregunta ha brotado como una fanfarronada. Veronica emite una risita ahogada, un cloqueo en el que pretende disolver lo inconcebible, a pesar de 6
la seriedad que Hope lucha por conservar. ¿Qué mosca te ha picado? Me han despedido. Veronica ha levantado su copa otra vez, traga con la mirada perdida. Que te han despedido… ¿y eso por qué? Insubordinación. Hope todavía no había pensado en el término, pero es el más adecuado. Veronica se muestra alentadora: Hope recibirá indemnización y un subsidio, no pueden privarla de recursos así por las buenas, eso le dará un tiempo para encontrar otra cosa, que no cunda el pánico. Estoy harta de que me exploten. ¡Bienvenida al planeta Tierra, cariño! Hope se bebe de un trago lo que queda en su copa. No tengo fuerzas para buscar más, ni siquiera sé lo que estoy buscando… Agacha la cabeza, no se atreve a mirar a Veronica, pues ahora que ha confesado su debilidad, sus palos de ciego, le parece que éstos se expanden hasta invadir la totalidad de sus pensamientos. No voy a poder. Veronica suspira, se levanta de un salto, da unos pasos por la sala antes de dirigirse al buró, y abre un cajón del que saca una cajetilla de Vogue y un mechero. Hope ve enrojecerse la punta del cilindro, el humo blanco salir de esa boca antes de disiparse en esbeltos remolinos. No te estoy pidiendo que me dejes vivir a tu costa, podría ayudarte de la forma que prefieras, servirte de guía en las cosas que te repelen, leerte, por ejemplo. Veronica exhala, tose, sus bocanadas de humo dan paso a una sonrisa crispada. ¡Yo no soy una convaleciente a la que hay que distraer! Hope no lo conseguirá por esa vía, Veronica ya se ha parapetado detrás del orden que impone a las cosas. ¿De verdad crees que el dinero es lo único que dos personas pueden intercambiar? Hope intenta hablar con delicadeza, mientras que Veronica menea la cabeza como para espantar esa pregunta parásita que ella le obliga a plantearse. No, pero lo demás es… Su mano hace un molinete en el aire. Lo demás no se mide. Ni siquiera ellas, tan insignificantes en la escala del mundo, recluidas en una casa en el culo de Orleans, escaparán. Se estamparán una y otra vez contra la vieja manía del cálculo, la matemática implacable 7
que levanta ciudades y carreteras así como a seres humanos unos contra otros. La medida de la realidad. Hope no se atreve a servirse otro oporto aunque le encantaría extinguir así la indignación y la angustia. El triángulo de cielo que vislumbra a través de la cortina es de un color sobrecogedor, rosa violáceo, una loa al final del día. * Ha necesitado quince minutos, parando cada dos por tres, para llegar a la librería. Con frecuencia, el aburrimiento o la curiosidad guiaban hasta allí sus pasos. También allí se refugia cuando le parece que la realidad se escurre del marco de la esperanza y se ve sustituida por la angustia. El interior de la librería es una cámara de descompresión, un cascarón protector acondicionado con buen gusto, todo lo contrario que el Almacén, donde los libros languidecen en metros y metros cuadrados, desnaturalizados merced a su aislamiento industrial, reducidos a la categoría de mercancía. A menudo, como hoy, no busca nada concreto; deja que sus ojos recorran la alineación de promesas de las estanterías, ávida de sorpresas, de revelaciones. La historia y los personajes le dan un poco igual, ella busca novelas en las que zambullirse sin reservas, como en un baño de amnesia. Las frases cojas y las fórmulas muertas la defraudan. Nunca lee las contracubiertas, prefiere ir directa al grano. Pero el libro que ha cogido de la mesa de novedades no le dice nada, aunque haya obtenido un premio, como indica la faja roja. El texto es rápido, irregular; las palabras caen como piedras en vez de explotar como fuegos artificiales. Lo deja donde estaba. De pie tras el mostrador, el librero concentra la mirada en el ordenador. Hope lo conoce, no sabe si le cae bien. Cuando se atrevió a preguntarle si necesitaba ayuda, varias semanas antes de que la contrataran en el Almacén, él la miró de arriba abajo como si la pregunta estuviera fuera de lugar. ¿Ve usted mucha clientela? Ella echó un vistazo a su alrededor, no había nadie. 8
* «Aceptar la realidad tal como es». Es a lo que quiso incitarla el psiquiatra del hospital. La fórmula, sin embargo, reavivaba en ella el demonio de la relatividad. Había que «mirar de frente la realidad», pero Hope no era omnisciente y nadie podía sustraerse a su propio punto de vista. El psiquiatra decía referirse a los elementos objetivos que caracterizaban su situación: empleo, propiedad, cónyuge, hijos, ¡el famoso cuarteto del éxito del que ella, mira tú por dónde, no disponía! A menos que aludiera a su patología, a la aparición de la mala. En ese caso, ¿no debía aceptar también esa aparición? El psiquiatra negaba con la cabeza. No, le hablo de su entorno real. Hope veía un peligro en el hecho de «aceptar la realidad»: la inercia. A la que ella había estado a punto de ceder a fuerza de ver pasar las cosas («pasar» tanto en el sentido de «acaecer» como el de «discurrir») y repetirse que no podían ser de otra manera. Ahora le parece mejor comprender: toda (r)evolución nace en el desfase entre la percepción de una realidad (que distingue entre elementos permanentes y modificables, entre lo que es posible y lo que no, lo que establece la ley, la costumbre, la moral, y lo que se mantiene como preferencias o elecciones) y una visión ideal que viene a sacudir ese sistema de reparto. Cuando el desfase entre percepción e ideal se vuelve demasiado grande, el visionario se enfrenta a la exclusión o a la lucha. Con el fin de no ser considerada «irracional» o «delirante», su visión debe, por tanto, suscitar un mínimo número de adhesiones; es decir, que una parte de la comunidad ha de reconocer que su propia percepción de la realidad es menos real de lo que estimaba, y la visión del visionario más realista de lo que juzgaba. A partir de ahí, es posible ejercer una presión colectiva para modificar los paradigmas dominantes.
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m odé
Le gustan los días calurosos porque nos vuelven audaces, cuando el cuerpo, aunque embotado, parece perderse en el aire, presto a abandonar sus contracciones y reticencias, y sigue alegremente los pasos de la fatalidad, algo más habitual entre los pueblos del Sur que entre los del Norte. Nunca ha terminado de acostumbrarse a la domesticación de las temperaturas. Caldear y climatizar le parecen artificios lamentables que reducen tiriteras y sudores, muestras de una vida orgánica. Cuando las estaciones dejan de vivirse a flor de piel, el cuerpo, ante la pérdida de sensaciones, se vuelve tan insensible como un alimento envasado al vacío. Los días de sol radiante sería menester salir al aire libre casi sin ropa, dejar que los aromas y la luz se adueñen de nuevo de uno. Es lo que a él le gustaría hacer, indiferente a su propia apariencia. El dominio de la temperatura del hábitat se consideraba el punto de partida de la civilización moderna. El mundo blanco veía en ello un enorme progreso, una protección contra la hostilidad y los caprichos del clima, el nacimiento de un confort que no había cesado de perfeccionarse con los avances técnicos. Hallar cobijo constituía uno de los primeros imperativos de la existencia occidental, el derecho a la vivienda se reconocía como fundamental para el ser humano. Sólo al amparo de las fluctuaciones externas se juzgaban posibles el descanso y la regeneración. Así, la morada se había convertido en un segundo envoltorio que rodeaba, forraba el del cuerpo, cuya química compleja garantizaba a su vez la constancia de la termodinámica interna. El dominio de las temperaturas del hábitat había conducido a la ampliación del perímetro identitario. Sentirse como en casa consistía no ya en habitar un cuerpo, en desarrollar una sensorialidad óptima, sino en encajar en una estructura subalterna, estática, a la que el ser se anclaba por mediación de los objetos. 10
* Piensa entonces en las amenazas que la ciudad produce en sus tiernas entrañas, en sus barrios infaustos, en seres errantes al acecho de un extraviado al que maltratar más que a ellos, y su sueño de adormecimiento bucólico, de cámping urbano, se hace añicos, atravesado por el dardo del peligro. Le falta la presencia de una naturaleza más voraz, más imponente, más fecunda, una naturaleza tan amplia y virgen como una madre para su criatura que, desbordando por todas partes, devuelve al ser humano sus justas proporciones, lo pone en su sitio. Pero aquí hay macetas con geranios, árboles nudosos que se podan en primavera a golpe de motosierra dejándoles sólo los muñones, césped segado a ras en sectores milimetrados, solares donde la mala hierba se agota creciendo entre colillas, latas y botellas vacías, jardineras de falso hormigón que enseguida se transforman en papeleras. Es posible que esté idealizando lo que dejó atrás hace muchas décadas, no el paraíso sino un país natal cuya pérdida avivaba sus encantos. Se había marchado con entusiasmo, pero el tiempo y la distancia han suavizado el recuerdo, lo han fundido en una atmósfera visual, auditiva, táctil, tan vaga como acogedora, que le ofrece, cuando se zambulle en ella, la certeza de estar en su sitio. * Los parisinos le hacen f rente, pero para él los paraguas siguen siendo unos accesorios incongruentes. ¡En esta tierra hay que observar la lluvia para verla! Esto lo perturbó al principio, cuando tenía que fijarse en la superficie de los charcos para comprobar si llovía. En Senegal, dudarlo siquiera habría sido un atentado contra la realidad. En París, sin embargo, debía usar los cristales como testigos, escrutar la formación de puntitos en el suelo o en 11
cualquier superficie opaca. De esta lluvia sólo se capta la filtración, no la fuerza; una caída a base de pinceladitas precipitadas, rayas, un restallido visual. Describirla así lo ayuda a rebelarse contra su tristeza, aunque no hasta el punto de alegrarse de este cumpleaños. La mujer que lo trajo al mundo está muerta. Sólo en su compañía le habría apetecido celebrarlo. O con una mujer amada, tal vez. * No obstante, se esfuerza por conservar intactas, como tesoros en una cajita, algunas de sus primeras impresiones, el aturdimiento de las primeras horas, días y semanas, cuando cada detalle acaparaba su atención, cuando no era más que dos pares de ojos y orejas sobre dos piernas impacientes, absorbiendo sin tregua los matices y los contrastes, las armonías y las cacofonías, las estructuras y las arquitecturas, rebosante de asombro o perplejidad ante aquella secuencia de relieves que se sucedían como un enigma. Recuerda la estupefacción de ver perros con correa, semáforos en cada cruce, peatones dócilmente relegados a las aceras, la limpieza y la regularidad del hormigón, los densos ramilletes de bloques de viviendas, las sucesiones regulares de fachadas combinadas a la perfección, la exigüidad incongruente de ciertas callejuelas, la abundancia de productos en el supermercado, la diversidad de los comercios, las dimensiones de los monumentos, las calles desiertas a partir de las nueve, las puertas cerradas con llave día y noche, las mujeres en minifalda fumando en las terrazas de los cafés. Por aquel entonces nunca había bajado a coger un metro, no conocía el sabor del chucrut ni el del camembert, no imaginaba que un retraso pudiera ser insultante para nadie, daba los buenos días a la gente que esperaba el autobús. Nunca había sido tan negro. 12
* Es una modulación de la luz, un aroma inimitable, una vacilación de lo que hasta entonces parecía fijo, como si los átomos de lo indescriptible se pusieran de nuevo a vibrar. Durante años sólo sospechó que lo percibía, sin llegar a reconocérselo, porque desde la niñez hasta la adolescencia no lo había conocido. Había otros cambios, más insignificantes quizá, más sutiles por su frecuencia o más brutales por su desmesura cuando una etapa de un ciclo terminaba, cuando las presiones atmosféricas cambiaban de dirección. Pero nunca en un día determinado, porque la primavera no existía en el lugar donde él nació. Había estaciones secas o lluviosas, tapizadas de aridez o de grandes diluvios, pero nada digno de ese nombre que más tarde Modé descubriría cuánta gratitud había inspirado a los poetas. Un día, un único día al año se obra la transición sin que ésta tenga nada que ver con las directivas del calendario. En un puñado de horas se asientan los hitos sensoriales de una renovación. Algo se aligera de un modo subrepticio y súbito. Uno respira y transita el mismo tramo de calle, barre con la mirada los mismos plataneros y fachadas, pero de pronto vivir resulta menos tortuoso y más legítimo. Modé ha adquirido la capacidad de reconocer ese día a fuerza de estar atento a su llegada, por su textura, por su perfume, y convierte en cuestión de honor el lograrlo sin equivocarse cada año. Nunca le ha contado nada de esto a nadie por miedo a que no le dieran la importancia que merece. Pero esta mañana, mientras ventila el piso, la primavera por poco no lo sorprende. Al principio se cree víctima de sus expectativas. Luego, acodado en la ventana, se oye murmurar con un entusiasmo significativo: ya está aquí.
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pavel
Antes, Pavel adoraba su trabajo; aún le gusta, pero de un tiempo a esta parte la impresión de dejarse llevar por la rutina se ha impuesto al placer. Mismo trayecto, mismo despacho, mismos horarios, mismos problemas, mismas palabras, mismos remedios. Sabe bien que la impresión es relativa y que depende de él introducir algunas variantes en su día a día. Aun así, cada vez que lo hace, el efecto dura poco y Pavel readopta invariablemente lo que entiende como la organización óptima que ha desarrollado con los años. La impotencia que experimenta después acentúa esa sensación de repetición. Lo ha entendido, y analizado, pero no encuentra la manera de salir de ese círculo vicioso, como si el ejercicio de su voluntad requiriera un estímulo que le falta. Si fuese su propio analista, ¿hacia qué se decantaría? La pregunta es irresoluble, ya que el desarrollo del trabajo analítico se origina en la atribución de pensamientos a Otro. Le gustaría, no obstante, acceder a ese triple punto de vista, el del hombre que experimenta, el hombre que se observa, el hombre que escucha al hombre experimentado observarse. * Ingrid había hablado, en un intento por dar sentido a su propia confusión, por poner nombre a esas carencias que la presencia de Pavel parecía no hacer más que exacerbar. Falta de atención, falta de afecto, falta de entusiasmo. Él había escuchado, había comprendido, pero no había tenido ni palabras ni gestos para desviar el curso de aquello que tal vez en el fondo deseaba. Por resentimiento. O por pereza, se dice ahora, esa predisposición natural a menudo subestimada en las relaciones humanas por considerarse deshonrosa en las sociedades occidentales, donde la educación se afanaba en sofocar su propagación desde muy temprana edad, como si 14
de una tendencia bárbara se tratara. ¿Acaso no era la pereza lo que los blancos habían invocado para despreciar a los nativos en tiempos de su colonización y esclavitud? Así pues, era preferible que un hombre se reconociera egoísta, inconstante, irresponsable, ¡cualquier cosa antes que perezoso! * Sin embargo, nadie es capaz de sobrevivir sin imaginación, pues la percepción de la realidad es el resultado de una colaboración entre el aparato sensorial y las predisposiciones imaginativas del individuo. Por tanto, deben de quedarle reservas, aunque en un estado vegetativo, reducido al mínimo, rememoraciones inevitables del pasado, previsión de las tareas cotidianas, anticipación de los errores y los bloqueos. La representación de empresas nuevas, incluso de fantasías extraordinarias, requeriría un esfuerzo incrementado que Pavel ya no encuentra ni los medios ni los motivos para proveer. ¿Es posible que esté de vuelta de todo? ¿Es posible que haya alcanzado el punto en que el conocimiento pesa más que la curiosidad, en que la imaginación anida en los vericuetos del confort, presta a no inventar más que un desarrollo previsible? Ya nada podrá sorprenderlo… Esta idea desoladora de la que quisiera zafarse refuerza su influjo. Se ha convertido en desdichado prisionero de las barreras que se desvivió por levantar.
m ehdi
A mí no m llames chusma cuando t levantas tdos los dias y tienes mujer y lambo. Nosotros lo q qeremos es Futuro. Si t radicalizas n cnsigues nada. Xo mientras reces tus salat Dios tiene piedad. La 15
gent slo sabe insultar el islam, no se dan cuenta, flipo. Hay mazo d gent q no entiende q los moros stan hartos d q les toquen los cojons. Y Charlie Bobo staba cantado q iba a pasar. Francia n ha movido un dedo en Siria. Stán pagando el pato los inocentes. Y aqui a la peña s la suda. Si yo fuera president acabaría cn las injusticias. S acabó, el q haga el capullo directo al trullo. * Cuando veo a los blanquitos sentados en sus terrazas… se creen todos muy listos. Xo slo saben hablar. Sin fe ni ley. Slo quieren dominar. Lo q quieren es q sigamos nuestra religion cmo ellos quieran. Infiel eres e infiel la palmaras! Los blancos claramente guerreros no son. Apple y Cocacola sn su patria… Si llegan los yihadistas no sabran luchar xq son unos cagaos. Los valores d Francia yo los respeto. Xo ellos no, ellos sn racistas y rechazan a los moros. * Cnd era niño mi vieja m decía q era cmo las mulas. Q cuanto + las caneas + se tuercen. A lo mejor naci asi, cn la insumision en las venas. Paso d meterme en líos xo yo q se. N quiero qmar me en un curro d mierda. Aqui vagueamos nos peleamos nos creemos muy listos. Soñamos cn unas nike nuevas xo damos puta risa! Siempre la misma ruina y si no t impones stás jodido. Sin violencia no hay supervivencia.
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© Patrice Normand / Leextra / Actes Sud
Céline Curiol (Lyon, 1975), ingeniera de formación, vivió en Nueva York durante más de diez años, donde fue corresponsal de Radio France, BBC y Libération, y donde también trabajó para la ONU. Y allí comenzó a escribir. Su primera novela, Voces en el laberinto, fue traducida a más de quince lenguas y elogiada por el escritor estadounidense Paul Auster, que dirigió a sus editores una carta recomendándoles que la tradujeran. Desde entonces, ha publicado novelas, como L’Ardeur des pierres (2012) o Les Vieux ne pleurent jamais (2016), y textos de no ficción, como Un quinze août à Paris. Histoire d’une dépression (2014), en el que narra su experiencia personal, explora los mecanismos de la depresión, al tiempo que detalla las opiniones de artistas y científicos sobre la enfermedad. En la actualidad, además de dedicarse a la literatura, enseña escritura creativa y comunicación en varias universidades francesas.
t r a ducción de regina lópez m u ñ oz 978-84-19158-01-7 | 976 páginas| 28,50 e u ros e n l ibrerías el 14 de marzo de 2 02 2 periférica & err ata natur a e
Belleville, barrio parisino emblemático del eclecticismo urbano. Seis personajes. Cuatro días repartidos en las cuatro estaciones de 2015, año de los atentados terroristas de París. Una periodista, un psiquiatra, un jubilado, una profesora, una desempleada y un estudiante de bachillerato: sus historias entrelazadas siguiendo los caprichos del azar exploran los detonantes, los momentos precisos y los cambios íntimos que pueden hacer bascular sus vidas en una ciudad generosa en ocasiones, a menudo hostil, y siempre en efervescencia. Puro presente, esta deslumbrante novela coral es sutil, elegante y a veces melancólica, y nos acerca a unas existencias llenas de aspiraciones, debilidades, anhelos, excesos, sueños e incertidumbres ante el futuro… De un modo u otro, todos los protagonistas se rebelan, y lo hacen movidos por una gran empatía, una gran humanidad: no en vano, este libro está dedicado al amor; no al amor de pareja —o no sólo—, sino al amor en su sentido más amplio: al mundo, al prójimo, a una ciudad, a la tierra, a uno mismo. «Sabemos pocas cosas, pero que debemos atenernos a lo difícil es una certeza que no ha de abandonarnos». Cuando Sélène Bey, uno de los personajes de esta novela, lee esta cita de Rilke, supone para ella una revelación que inscribe en la categoría de las verdades indiscutibles. Sin duda lo es también para Céline Curiol, quien en esta portentosa obra ha tenido la audacia de cartografiar nuestro mundo, nuestras vivencias, toda nuestra humanidad demasiado humana. En un tiempo en el que nadie escucha y nadie tiene tiempo, Curiol demuestra su apabullante virtuosismo para captar cada uno de los matices de las vidas más dispares. Escrita en estado de gracia, Las leyes de la ascensión es un retrato magistral de la búsqueda mediante la cual todos, aun perdidos y resistiendo a los embates de un sistema malogrado, tratamos de alzarnos más vivos y esperanzados que nunca. Una auténtica proeza, la más brillante instantánea de la Francia contemporánea y, por extensión, de la Europa convulsa de nuestro tiempo. C Ó D I G O I B I C : FA ISBN 978-84-19158-01-7
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