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La voz de su nueva amiga, que le deseaba buenas noches, seguía a la señorita Hannah Mole[1] mientras avanzaba por el sendero del jardín. Y cuando rozaba los arbustos de laurel ellos repetían –en susurros, aunque con una rara certeza– la persuasiva invitación de la señora Gibson para que regresara pronto. –¡Sí, vendré! –respondió Hannah con prisa. Cuando en el sendero desapareció la luz amarillenta, miró hacia atrás. La señora Gibson había cerrado la puerta: había retornado a los problemas que nunca habrían debido surgir en su respetable hogar. Hannah, liberada de la necesidad de entrar en acción, de expresar solidaridad y de aconsejar, pudo admirar la destreza que había demostrado en esas tareas. Pero ante todo, porque era por naturaleza agradecida y también porque tenía aprecio por sí misma, agradeció la oportuna justificación de su fe en que la vida era algo interesante. Una fe persistente –pese a que en los últimos tiempos había exigido una obstinada perseverancia– que le había proporcionado coraje cuando más lo necesitó. No ignoraba la encomiable rapidez con que había aprovechado la oportunidad que se le ofrecía. Por cierto, solo eran agraciadas con [1] En inglés, mole significa “topo”, una denominación que se aplica a los espías, en particular a los dobles agentes [todas las notas son de la traductora].
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esos milagros las personas con ojos que ven y oídos que oyen. Y quién sino Hannah Mole, al toparse con el generoso pecho de la señora Gibson, habría tenido la perspicacia de permanecer allí después de oír su disculpa y de ofrecerle a esa señora el tiempo necesario para recobrar el aliento y explicar por qué había aparecido en la calle, agitada y sin sombrero. En ese lugar se encontraba ahora Hannah, también un poco agitada por la emoción y el esfuerzo de reconciliar su buena fortuna con el pequeño engaño del que había sido objeto su empleadora. El esfuerzo daba poco resultado y renovaba su convicción de que la moral convencional no ponía obstáculos al poder que controlaba su vida. De otro modo, en lugar de haber sido premiada habría sido castigada por su mentira, la que había inducido a la señora Widdows a enviar a su acompañante a hacer compras cuando habría debido dedicarse a arreglar el segundo mejor vestido negro de su ama. Por ocultar el carrete de hilo de seda y fingir que no lo encontraba Hannah habría debido ser atropellada por un auto o, peor aún, habrían debido robarle el bolso. En la pequeña y atestada sala de estar el calor era intolerable. Un gran fuego ardía y crepitaba, el canario hacía movimientos tristes y apocados en su jaula, el corsé de la señora Widdows crujía a menudo y sus amplias rodillas casi rozaban las de Hannah porque las dos mujeres se habían sentado cerca para compartir la luz de la lámpara. Más afortunada que el canario, Hannah había hallado una manera de escapar. Demasiado sabia para sugerir que debía salir a comprar el necesario hilo, simplemente mencionó con pesar que al día siguiente la señora Widdows no podría usar su segundo 6 E. H. Young
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mejor vestido, y de inmediato su ama indignada la envió a comprarlo con la orden de regresar rápido. Casi dos horas habían pasado y el hilo estaba aún en la tienda. Un hecho que a Hannah le resultaba indiferente porque el carrete que había tomado del costurero se hallaba en el bolsillo de su abrigo y porque ella era indigente y saldría beneficiada de la aventura. Pero el paso del tiempo era un asunto serio, tanto que una hora más, o dos, no tendrían importancia. Miró la calle en una dirección, después en la dirección contraria, y mientras parecía debatirse entre el deber y el deseo ya había tomado una decisión. Iría a la zona donde había tráfico y tiendas. A la luz del farol de la calle miró el reloj anticuado que llevaba en la cartera. Las seis en punto. A pesar de que la mayoría de las tiendas estarían cerradas habría luces y movimiento. Los tranvías repletos de pasajeros avanzarían a los saltos, como extrañas bestias que se regocijaban de su fuerza. Un torrente de personas regresaría caminando a su casa desde la ciudad de Radstowe y la señorita Hannah Mole, que no tenía su propia casa, las miraría con envidia aunque con la cínica reflexión de que algunos de esos hogares serían similares a la casa de la señora Widdows –bochornosos y desagradables– o la que acababa de visitar. Sus maliciosos matices de humor hacían tolerable la tragedia. Al cabo de casi veinte años de ganarse la vida como acompañante, institutriz o servicial asistente, había perdido todas las ilusiones salvo las que ella misma creaba, que surgían a su voluntad, y estimulada por su última aventura estaba dispuesta a hallar otra en cada persona con la que se topara. Sin embargo, en Prince’s Road había poca gente, que caminaba sin hacer ruido, como si la hilera de antiguas casas de estilo Miss Mole 7
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uniforme que se veían a un lado de la calle ejercieran más influencia que los edificios construidos después, que se encontraban enfrente. Las casas antiguas le otorgaban a esa calle su carácter y allí, como en cualquier otro lugar de la parte alta de Radstowe, se conservaba la personalidad del lugar, delicadamente perdurable, indiferente a cualquier cambio material o espiritual desde que se colocaron los primeros ladrillos. Como una obra maestra del retrato, en la que una persona de una generación mira a sus descendientes y los domina a través de una cualidad inmutable de su ser que se combina con la destreza del pintor. Aun donde las antiguas casas habían desaparecido los fantasmas parecían flotar sobre esas calles y también Hannah caminaba sin hacer ruido, con cuidado, para no molestarlos. No conocía otro lugar donde los árboles proyectaran sombras tan encantadoras a la luz de los faroles y en esa noche sin viento las hojas se delineaban en el asfalto con una claridad extraordinaria, etérea. De vez en cuando se detenía a mirarlas, asombrada porque el objeto reflejado parecía siempre más bello que el original y ansiosa por descubrir algo equivalente a esa experiencia en sus procesos mentales. “No es la cosa en sí misma, sino su sombra”, murmuró para sus adentros al ver delante su propia sombra. Y asintió como si hubiera resuelto un problema. Se juzgó según la sombra que decidió proyectar para su propio placer. Su tarea en la vida consistía en lograr que otras personas aceptaran su creación. Una tarea en la que habitualmente fracasaba. ¡Sí, fracasaba! No veían a la bella, valiosa Hannah Mole. Veían la sustancia y la rechazaban. No los culpaba, es lo que ella habría debido hacer, porque cuando por única vez se concentró en la agradable sombra que se le presentaba cometió un error. 8 E. H. Young
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Para dejar atrás esa idea aceleró el paso y llegó a la amplia avenida donde los tranvías traqueteaban y se balanceaban. Allí se detuvo y miró a su alrededor. Esa parte de Radstowe se había construido en los últimos tiempos. Aunque no era la que más le gustaba, en esa noche de otoño tenía cierta belleza. El amplio espacio que formaba la convergencia de varias calles quedaba casi enmarcado por árboles –que en Radstowe crecían en todas partes, así como las torres de las iglesias parecían elevarse en cada esquina– y desde lo alto la luz eléctrica arrojaba un resplandor teatral al verde, el castaño y el amarillo de sus hojas. A la izquierda de Hannah, en medio de sus propios arbustos, se alzaba un deteriorado edificio de estilo griego, adonde las Musas solían atraer a los habitantes de Radstowe para que les rindieran un culto más bien desganado. La oscuridad de su retiro, de pronto iluminada por las luces de un auto, disimulaba sus defectos, y había misterio en su pálida fachada con columnas, y un indicio de sensible aislamiento en su distancia desde la calle. Si Hannah pasaba por ese templo durante el día, su larga nariz se fruncía con desdén ante esa falsa seriedad y esos arbustos de aspecto mustio, destinados a destacar la importancia del edificio en la vida estética de Radstowe. “¿Acaso el jardinero eligió laureles pensando en algo más que su rusticidad?”, se preguntó. De cualquier modo ahora el edificio tenía para ella un encanto artificial: si ignoraba los carteles en las rejas que lo circundaban podía verlo como otro ejemplo de la alegre facilidad con que la ciudad mezclaba lo incongruente. Se detuvo en el pavimento: una figura delgada, ajada, tan insignificante con su viejo sombrero y su viejo abrigo, tan Miss Mole 9
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extasiada en el goce de la escena que bien habría podido estar vestida con una capa que la volviera invisible. Y mientras ella observaba el tráfico y veía los tranvías en movimiento, como rápidas y coloridas imágenes proyectadas por una linterna mágica, ninguna persona que mirara a través de la capa habría sospechado de su poder para transformar lo común en rareza y, al hacerlo, mantener a raya los pensamientos angustiosos. Esa noche no lograba controlarlos porque, si bien le alegraba su aventura y las especulaciones que hacía posibles, sentía una preocupación altruista por los demás actores involucrados, lo que tenía obvias consecuencias para ella. La señora Widdows no era una dama a quien se pudieran hacer confidencias, y tampoco aceptaba disculpas, de modo que en ese momento Hannah no tenía empleo. Aunque era una experiencia conocida, suponía que en este caso incluiría una actitud despectiva, de modo que hizo un rápido cálculo de sus ahorros, se encogió de hombros y giró hacia la derecha. Una taza de café y un panecillo la fortalecerían para el encuentro con su empleadora y mientras bebía y comía podría fingir, una vez más, que su aspecto encubría su solvencia, que era una de esas mujeres ricas, excéntricas, que se complacen en parecer pobres. Sabía fingir y agradeció sinceramente a Dios que su estima le hubiera permitido resistir los efectos de la condescendencia, de la estudiada amabilidad que hiere a los espíritus orgullosos, cuya variedad más taimada había conocido por parte de los hombres –en su juventud, cuando la docilidad y el desdén eran igualmente desastrosos para su prosperidad– el hostigamiento por parte de las personas que dudaban de su propia autoridad y la falta de piedad de quienes la consideraban una máquina que se ponía 10 E. H. Young
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en funcionamiento al oír una orden y que no se detendría hasta recibir otra. A todo esto habría sobrevivido su independencia, y –lo sabía pero no podía lamentarlo– la convicción de su dignidad como ser humano, más que cualquiera de sus defectos, había sido su desgracia. Sin embargo, tenía su utilidad a la hora de exigir un panecillo y una taza de café a mujeres jóvenes respetuosas de apetitos más ricos, y se dejó llevar por esa confianza, con placer, porque si bien esa calle habría podido pertenecer a cualquier ciudad, ella sabía qué había más allá y se trató a sí misma como lo habría hecho con un niño defraudado en una promesa: no había mucho más por recorrer, el asombro estaba cerca y al llegar se premió con un largo suspiro de placer. Se detuvo en lo alto de una calle empinada donde se alineaban tiendas y postes de luz, y esas tiendas y esos postes de luz parecían correr en tropel hacia abajo, para encontrarse y perderse en la bruma azul del lugar. Árboles dorados y rojizos crecían en el espacio que ahora envolvía la niebla, en sus ramas destellaban las luces de más faroles, y aunque los colores de los árboles eran apenas perceptibles a la distancia, en la creciente oscuridad, la memoria de Hannah podía fortalecer su visión y lo que vio fue similar a un panel pintado para la catedral, donde la oscura torre se distinguía en un cielo que por contraste parecía pálido. No sabía si para otras personas la vista era tan encantadora como para ella, tampoco le importaba. Lo maravilloso consistía en que sus recuerdos de infancia no la habían engañado. Se había detenido en ese lugar, por primera vez, treinta años antes, cuando después de un día de compras bajaba con sus padres hacia la estación y las luces, la niebla, los árboles que se vislumbraban a través de un mágico Miss Mole 11
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lago azul habían sido tan feéricos como en ese momento. Se dijo que ciertas cosas eran eternas pero sonrió al recordar que su padre había atribuido el azul mágico a la humedad que surgía del río y que su madre había suspirado ante la perspectiva de un descenso agitado. Para la pequeña Hannah –se vio con su rara vestimenta y sus botas campesinas, con su padre tan nudoso como uno de sus manzanos a un lado y su madre tan sonrosada como las manzanas al otro– el paseo había sido un deleite sin mengua porque no bien llegaron al azul –y al llegar lo perdieron de vista–, doblaron una esquina y se hallaron en medio de un tumulto tan emocionante como un circo. Allí los enormes y coloridos tranvías –para Hannah nunca perdieron su encanto– se reunían en torno a un gran triángulo del pavimento. Cuando, cuidadosamente dirigido, uno de esos monstruos empezaba a deslizarse al son de una campana y por encima del techo se veían crepitar chispas, otro ocupaba su lugar y el primero se veía cada vez más pequeño mientras ganaba velocidad y se balanceaba contento con su propia fortaleza. Esos leviatanes –con las entrañas tal vez más iluminadas de lo que jamás estuvo el interior de la ballena de Jonás– le parecían interminables. Antes de que se hartara de mirar sus padres la metieron a empujones dentro de uno de ellos, y casi perdió de vista los mástiles y las chimeneas de los barcos que, según su impresión, se elevaban desde la calle. Y aunque se enteraría de que el agua de las alcantarillas se vertía en el agua que rodeaba los muelles, el saber, que tanto arruina, no había privado a la joven Hannah, ni a la madura, de un repetido asombro ante esa visión. Mucho había cambiado en la ciudad desde aquellos días. En la calle empinada los motores de los autos rugían al 12 E. H. Young
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subir y susurraban al bajar. A pesar de que había más personas en las aceras –¿de dónde venían?, se preguntó Hannah, considerando la tasa de natalidad declinante–, no le molestaba su presencia. La muchedumbre la emocionó, le recordó que cada una de esas personas tenía derecho a la vida –una exigencia tan imperiosa como la suya– y una obligación para con la vida. Una idea a la vez humillante y estimulante. Ella no era mezquina con sus placeres, no sentía que se acrecentaran por ocultarlos, y sin proponérselo tendió la mano, como si invitara a todos esos extraños a compartir la belleza que se desplegaba más abajo. Pero a su pesar, el hambre urgente la llevó hacia una casa de té, a pocos pasos de allí, en esa misma calle.
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