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Ricardo de Querol La gran fragmentación

Introducción De la fascinación a la desilusión 9 1. Qué temer de los gigantes digitales Auge y caída de la reputación de Silicon Valley 22 2. Qué temer de las redes sociales Del meme al zasca: cómo salir de la burbuja 47 3. Qué temer de la tecnovigilancia El fin de la intimidad como la entendemos ahora 71 4. Qué temer de la inteligencia artificial Este algoritmo me tiene manía 82 5. Qué temer de la robotización La máquina que aprendió a doblar ropa 100 6. Qué temer de la criptomanía El sueño ácrata que condujo al capitalismo de casino 111 7. Qué temer por la cultura La creación y el entretenimiento no son lo que eran (pero son) 135 sumario
8. Qué temer por el periodismo Elige tu dieta informativa, no todas nutren igual 160 9. Qué temer de la soledad El amor, el desamor y el miedo a la muerte en tiempos conectados 193 10. Qué temer del apocalipsis digital Si la red se apaga, hablen entre ustedes 212 11. Qué temer del transhumanismo Mejorar el cerebro no saca de pobre 221 12. Contra la tecnofobia Cómo recuperar la fe en el progreso 240 Agradecimientos 255 Notas 259

Introducción

De la fascinación a la desilusión

Quita, quita. Qué rueda ni qué rueda. Siempre hemos cargado con el peso en la espalda y así debe ser.

¿De verdad vas a cultivar alimentos? Recuerda que somos cazadores y recolectores, no nos compliques la vida.

No es buena idea que te metas con el barco en el mar. Vas a caer en el abismo.

¿Fundir metales? ¿Es que ya no te sirven las herramientas de piedra?

Este invento de la escritura va a acabar con la tradición oral. Qué empobrecimiento para las futuras generaciones.

¿De verdad hacía falta ese acueducto? ¡Si basta con portar los cubos de agua!

La imprenta no va a funcionar. Las letras quedan cuadradas y feas. Donde esté la belleza del manuscrito...

Ese aeroplano nunca va a conseguir llevarte a ningún sitio. Te vas a estrellar.

La bombilla tiene cierta utilidad, pero yo sigo prefiriendo la cálida luz de la vela.

El gramófono es una aberración. Rompe la magia de la música. Han puesto ordenadores en la empresa, pero yo voy a seguir escribiendo a máquina, como siempre he hecho.

Eso de la fotografía digital nunca dará la misma calidad que el carrete. Internet es una pérdida de tiempo. Deteriora nuestra memoria.

Seguiremos lanzando discos. Nuestros fans son muy fieles.

¿Para qué tenemos que vender online? Nuestras tiendas son excelentes.

Hay que levantar una frontera. Hay que construir un muro. Quedémonos a salvo de todo lo que nos desconcierta.

El temor a los cambios es muy humano. Tenemos un sesgo conservador. Nos acostumbramos a vivir de una manera y de repente nos cambian las reglas. Nos imaginamos sustituidos por robots. Acongoja una fase más despiadada del capitalismo, que arroje a la cuneta a los analógicos.

Nada nuevo, en realidad. El ser humano se ha adaptado una y otra vez a los avances que lo revolucionan todo. En ocasiones, las mejores mentes de una generación han sido las más resistentes al cambio. En el siglo IV a. C., cuando la escritura se abría paso en el Mediterráneo oriental, Sócrates no quiso saber nada del invento. Cuenta la escritora Irene Vallejo que el filósofo «era un formidable conversador que siempre se negó a poner por escrito sus enseñanzas. Acusaba a los libros de obstaculizar el diálogo de ideas, porque la palabra escrita no sabe contestar a las preguntas y objeciones del lector».1 Al final, los libros que no escribió él, pero citan su pensamiento, como los de Platón, lo hicieron inmortal.

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También en el siglo XXI algunos pensadores se dejan llevar por el catastrofismo ante el empuje de la tecnología. Uno de los más populares es el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han, a quien se suele comparar con una estrella del rock, y que dice: «El teléfono inteligente es el artículo de culto de la dominación digital. Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El me gusta es el amén digital». Y continúa: «El hogar inteligente con cosas interconectadas representa una prisión digital. La cama inteligente con sensores prolonga la vigilancia también durante las horas de sueño. La vigilancia se va imponiendo de modo creciente y subrepticio en la vida cotidiana como si fuera lo conveniente. Las cosas informatizadas, o sea, los infómatas, se revelan como informadores eficientes que nos controlan y dirigen constantemente».2

Vaya, la tecnología que llevamos en el bolsillo o que nos rodea es retratada como una pesadilla totalitaria, no somos más que sus esclavos. Entonces, ¿es el móvil un grillete que nos encadena? ¿Nos convertirá la inteligencia artificial en prisioneros? Se extiende esta forma de pensar, curiosamente, entre la gente que consume compulsivamente información en sus dispositivos digitales. Leemos lo que escribe ByungChul Han, o Platón, en una pantalla, o lo escuchamos en un podcast, lo comentamos en las redes sociales, enviamos el enlace a algún conocido por WhatsApp. Y con esas mismas herramientas compartimos también infinidad de tonterías, claro, vídeos de gatitos o chistes facilones. No todo va a ser filosofía.

No hace tanto, todo esto que hoy despreciamos, porque lo damos por hecho, era muy ilusionante. En un vídeo de 1988 que suma infinidad de visitas en YouTube, Isaac Asimov anunciaba con optimismo lo que estaba a punto de ocurrir: la irrupción del saber en cada hogar. «Todo el

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mundo podrá tener un maestro en forma de acceso a los conocimientos acumulados por la especie», explicó el escritor a Bill Moyers en el programa A World of Ideas. «Una vez que tengamos conexiones de ordenador en cada casa, cada una de ellas conectada a enormes bibliotecas, donde puedas hacer cualquier pregunta y obtener respuestas y referencias de algún tema que te interese desde niño, no importará lo que digan los demás». Le pregunta Moyers si eso no va a deshumanizarnos. Y responde Asimov: «Todo lo contrario. A mí me parece que gracias a estas máquinas por primera vez podremos tener una relación uno a uno entre la fuente de información y el consumidor de la información».

Lo que a finales del siglo XX era fascinación, la sensación de dar un salto al futuro, hoy es en buena parte desilusión, decepción, escepticismo. Internet se veía al principio como algo liberador, casi libertario, que emanciparía a cada ser humano, que permitiría el acceso de todos al conocimiento, que burlaría la censura de los tiranos, que saltaría todas las fronteras y los prejuicios, que nos llevaría a una democracia más profunda, incluso directa. Lo que salió, al final, es gente como Trump, Bolsonaro, Orbán o Meloni; a los jóvenes de la Primavera Árabe que se levantaron por la libertad les cayeron dictaduras nuevas; incluso han reaparecido las guerras de conquista como la de Putin en Ucrania. Si iba a venir un mundo mejor, seguimos esperándolo. Ha sido el viaje que el filósofo Daniel Innerarity llama así: «del ciberentusiasmo a la tecnopreocupación».

Todo va rápido, muy rápido. Otros avances de la humanidad tardaron siglos en cuajar; la digitalización lo ha hecho en poco más de dos décadas. En el terreno empresarial, la era digital ha traído una tendencia centrípeta: el efecto que llaman «el ganador se lo lleva todo». Este nuevo mundo está dominado por un puñado de empresas grandísimas, más que Estados enteros, con un poder descomunal sobre cada uno

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de nosotros porque les hemos regalado nuestros datos. Sin embargo, en la sociedad la tendencia fue la contraria: centrífuga. La vida conectada —también otros factores que veremos— nos ha llevado a la gran fragmentación. Se agrietaron los consensos en que se había basado el desarrollo de Occidente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la fe en el sistema democrático, en la economía de mercado y en el estado del bienestar; la tendencia a la moderación. Las nuevas formas de comunicación no solo no nos han unido, sino que nos han empujado al tribalismo, a las guerras culturales, a la posibilidad de vivir en una burbuja donde todo el mundo piensa como tú y donde se acosa al disidente. Oscuros algoritmos, de cuyo funcionamiento no se nos dice nada, crean una visión del mundo para nosotros. Tienen fácil manipularnos no ya las compañías digitales, sino multitud de grupos de presión, que saben hacer magia negra en las redes.

Existe un temor muy fundado a estar entrando en una nueva fase del capitalismo: el tecnocapitalismo depredador de nuestros datos, también descrito como capitalismo de vigilancia. Un nuevo modelo de sociedad presidido por las GAFAM: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft. Plataformas que, para colmo, han agravado el fenómeno de la precariedad laboral con la llamada economía de bolos (gig economy). La juventud sufre en particular ese oscurecimiento de sus perspectivas no ya profesionales sino vitales; no extraña tanto su desapego a un sistema que no promete más que bolos o chapuzas para ir tirando.

Las soluciones para navegar en este tiempo nuevo no están escritas: tenemos que construirlas. Claro que nuestras pesadas administraciones avanzan más lentas que las empresas más innovadoras y voraces. Pero algo está cambiando en este terreno: EE. UU. y Europa dan pasos hacia una regulación más estricta de la privacidad, de la concentración

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empresarial, del abuso de posiciones dominantes en los mercados digitales, del escándalo de los falsos autónomos explotados, de las nuevas vías para la evasión fiscal. Es un camino que ha empezado apenas a recorrerse. El debate ahora es cómo metemos en cintura a esa superélite corporativa, cómo regulamos sus servicios, cómo se impone la transparencia sobre la oscuridad de los algoritmos, cómo se protegen las libertades en el espacio público que es hoy lo digital. Otro temor bien fundado es la capacidad de manipulación política y social que pasa por estos gigantes. Redes sociales como Facebook y Twitter tienen mucho que ver con la deriva autoritaria de algunos regímenes y con la ola de populismo nacionalista que se ha extendido en los últimos años. Igual que los totalitarismos de los años treinta del siglo XX se apoyaron en gran medida en la radio y en los periódicos como difusores de ideologías de odio, hoy se mira la responsabilidad de las plataformas en la división social. Si todavía en 1994 fueron emisoras de radio las que encendieron la chispa del genocidio de Ruanda, en 2017 fueron una serie de posts en Facebook los que llevaron a la matanza y expulsión de los rohinyá, una minoría musulmana en Myanmar. Episodios como ese hacen pensar en que los discursos de odio han sido un buen negocio para las compañías que copan la conversación global. Aunque cabe ver el lado contrario. Movimientos democratizadores como la Primavera Árabe saltaban de un móvil a otro; su fracaso no desmiente su valentía. Sin las redes sociales no se entienden fenómenos como Me Too o Black Lives Matter, reacciones colectivas contra el machismo y el racismo, respectivamente. Los ciudadanos que sufren dictaduras nunca han tenido tal oportunidad de conocer lo que hay fuera, incluso cuando sus tiranos censuran lo que pueden ver, siempre quedan resquicios.

Volvamos al lado oscuro: también en las redes se coció la insurrección promovida por Donald Trump contra el

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Congreso de EE. UU. el 6 de enero de 2021 para que no avalara el triunfo electoral de Joe Biden. Solo cuando había fracasado el conato de golpe, solo cuando era muy evidente que era un perdedor, Trump perdió sus eficaces cuentas en Facebook y Twitter. Lo que serenó el clima político en EE. UU. durante un tiempo, sí, pero abre dilemas difíciles de resolver: ¿quién decide qué contenidos son aceptables o no? El oportunismo, me temo que sea la respuesta por ahora. Por otro lado, si las redes sociales han servido a la disidencia de todo tipo, la pacífica y la violenta, también expone a los activistas a riesgos sin precedentes. China es el mayor ejemplo, pero no el único, de régimen autoritario que se emplea a fondo no solo para censurar contenidos que le molestan, sino para vigilar masivamente a la población más numerosa del globo.

Hay un mensaje inquietante en este sistema orwelliano en China: el desarrollo tecnológico que no hagan las democracias lo harán los regímenes no democráticos en su provecho. Pekín no solo tiene muchos datos de cada uno de sus ciudadanos, los que se filtran de sus dispositivos o de las cámaras de reconocimiento facial; tiene además la capacidad de reunir bancos enormes de muestras de ADN que le darán una ventaja en el campo de la biotecnología sobre los Estados más cuidadosos con el derecho a la privacidad. Hay una carrera mundial por la tecnología en este nuevo mundo multipolar. Eso explica las tensiones que ha generado el desarrollo del 5G: porque las empresas chinas han tomado la delantera, y en EE. UU. y Europa angustia la dependencia de sus comunicaciones de un régimen tan ambicioso como amenazador, poco fiable en sus intenciones. No es una opción parar mientras el otro corre. El desafío para Occidente será hacer compatible la innovación y el desarrollo tecnológico con el respeto a nuestros valores, los de la democracia, la libertad y los derechos humanos.

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Los luditas ya querían destruir las máquinas de la primera Revolución Industrial; tenían motivos para ello, porque las condiciones laborales y de vida del naciente proletariado eran deplorables. Pero su lucha era, en realidad, contra el patrón que los explotaba, o contra el Estado que no vigilaba esos abusos. El miedo a que la robotización nos arrebate empleos para siempre es comprensible; lo cierto es que, mirando la historia, ninguna innovación anterior dejó a la humanidad de brazos cruzados. Los momentos de disrupción destruyen y crean negocios. Algunos oficios desaparecerán, como tantos han desaparecido antes, y aparecerán muchos otros que responderán a necesidades nuevas. La sociedad deberá encontrar redes de protección, mecanismos correctores, para los que no logran encajar en un entorno cambiante. Y formar a su población para poder seguir el ritmo de los cambios.

Hemos despertado de la ingenuidad y nos inclinamos demasiado hacia el pesimismo. Esto ocurre sobre todo porque hemos vivido en poco tiempo tres crisis económicas de gran magnitud: la Gran Recesión iniciada en 2008; el Gran Confinamiento de 2020, y la crisis energética y de precios derivada de la invasión rusa de Ucrania en 2022. ¿No decían que la nueva economía no tendría ciclos, que el avance tecnológico aseguraría una mejora constante gracias a la mejora de la productividad? Exactamente eso aseguraban a finales de los años noventa algunos de los evangelistas de la fe digital, que tuvo su primer traspié cuando el Nasdaq, el índice bursátil del sector tecnológico en Nueva York, empezó a hundirse, sin razón aparente, a partir de marzo del año 2000. En año y medio perdió un 78 % de su valor, unos cinco billones de dólares. Simplemente, pinchó una burbuja porque las valoraciones estaban infladas, porque se tenía que invertir en proyectos de internet tuvieran visos de viabilidad o no. Era lo nuevo y nadie quería quedarse fuera.

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El individualismo feroz

Fue iluso aquel optimismo; también es exagerado el pesimismo actual. Lo que está en crisis es la idea misma de progreso; la promesa de que, si te preparas bien, vivirás mejor que tus padres. El concepto de progreso, está bien recordarlo, no ha existido siempre: un campesino de la Edad Media no aspiraba más que a vivir igual que su padre, su abuelo y su bisabuelo. Fue el avance científico, tecnológico, económico y de las comunicaciones el que llevó a la humanidad a pensar en una mejora constante. Asombra pensar que hace apenas veinticinco años el ciudadano medio conoció internet; el móvil inteligente y las tabletas no llegaron hasta bien entrado el siglo XXI. Vivimos en un tiempo acelerado que deja a algunos atrás, la ciudadanía analógica, y que a veces cuesta digerir hasta a los más conectados.

Ese sombrío estado de ánimo global que se detecta hoy está muy marcado por la circunstancia económica del nuevo siglo, pero no solo. Muchos pensadores se han acercado a lo que parece una pandemia de desafección, con el sistema democrático, con el capitalismo, con las instituciones que nos gobiernan, con los medios de comunicación. Saskia Sassen, socióloga de la Universidad de Columbia, considera que «los anclajes de una persona o de un sector social, la clase media o la clase trabajadora, han sido destruidos. Muy pocas cosas son como antes, cuando se tenía un plan de vida. No hay salvavidas claros».3 Es la sociedad líquida definida por otro sociólogo, Zygmund Bauman, quien hacía este pronóstico en 2015: «Ha sido un despertar muy amargo el de 2008, cuando se acabó el crédito fácil. La catástrofe que vino, el colapso social, fue para la clase media, que fue arrastrada rápidamente a lo que llamamos precariado. La categoría de los que viven en una precariedad continuada: no saber si su empresa se va a fusionar o la va a comprar otra y se van a ir al paro,

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no saber si lo que ha costado tanto esfuerzo les pertenece... El conflicto, el antagonismo, ya no es entre clases, sino el de cada persona con la sociedad. No es solo una falta de seguridad, también es una falta de libertad».4 No todo este desapego a una realidad inestable es, por supuesto, una reacción a la era digital. El filósofo José Luis Pardo subraya que el sentimiento de comunidad viene debilitándose desde los inicios de la modernidad: «Incluso diría que la modernidad es, entre otras cosas, eso. Es el Estado de derecho el que no atraviesa su mejor momento. No es que la gente se sienta más desprotegida, es que está más desprotegida». Y agrega: «Puede que la culpa de esto la tenga “la globalización” (otros dicen “el capitalismo”, “la eurozona” o Fumanchú), pero como nada de esto son personas físicas ni jurídicas, habrá que decir que “la gente” no hemos hecho gran cosa para evitar esa desprotección».

En gran medida, lo que se ha cuestionado desde 2008 es el individualismo feroz, acrecentado desde la revolución neoconservadora de Reagan y Thatcher en los años ochenta. Esa ideología se convirtió en la ortodoxia dominante durante algunas décadas, pero hoy está debilitada, porque las respuestas a las últimas crisis se han inclinado más hacia Keynes. Lo que se apunta como injusto es la desigualdad de oportunidades, la precariedad, la discriminación (contra las mujeres, contra los migrantes, contra las diferencias sexuales, contra las diferencias a secas). Enfrente de eso hay una reacción conservadora o nacionalista, a la defensiva ante los cambios sociales; algunas de esas guerras culturales se libran, al menos, desde los años sesenta.

Sí es cierto que esa tendencia al individualismo se ha acrecentado por el desarrollo de lo digital. Víctor Lapuente, catedrático de Ciencia Política en Gotemburgo, hace un alegato contra la «borrachera de narcisismo» que nos rodea. «Vivimos en el imperio del interés personal, en una auténtica egocracia»,

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sostiene.5 Lo que nos unía, llámese la religión o la patria, no ha hallado reemplazo, lo que ha debilitado el compromiso con la comunidad. En su lugar, tenemos nuestros espacios en Facebook, Instagram, Twitter o TikTok; esa es nuestra marca personal, y también una muestra de la nueva cultura del exhibicionismo, una obsesión por aparentar, por interpretar un papel ante los demás. Ya no vamos al encuentro del que es diferente, sino que nos rodeamos de lo semejante. Un pensador que incide en cómo la digitalización alentó el individualismo es el francés Éric Sadin, autor de un libro de título explícito: La era del individuo tirano. 6 No es casualidad, sostiene, que para nombrar los productos más populares de nuestro tiempo se utilice tanto como prefijo la «i» que significa ‘yo’ en inglés. Es así, en especial, en los productos de Apple: iPod, iMac, iPhone, iPad… O, en otros casos, se impone el «You» que significa ‘tú’: YouTube, YouPorn… El gran motor de esa experiencia fue el smartphone: «El teléfono —un objeto antes compartido con otros— se volvió personal. Respondía idealmente a nuestra voluntad de independencia», explica Sadin. Lo que luego se llamó Web 2.0, la idea de una red más colaborativa y descentralizada, transmitía ese mensaje de empoderar a cada ciudadano, convertido en productor además de consumidor. Con el tiempo, lamenta el pensador, los smartphones se han convertido en «máquinas altamente sofisticadas, solo destinadas a halagar al individuo contemporáneo».

Una de las consecuencias del narcisismo imperante es que lleva a la insatisfacción. Nos aferramos a la ilusión de controlar nuestro destino. La pandemia de covid iniciada en 2020, la guerra en Ucrania y multitud de fenómenos naturales extremos nos recordaron que somos frágiles, como ya tenían asumido en regiones del mundo con más experiencia en desastres. Apenas salíamos de la pesadilla de la pandemia, gracias a las vacunas, cuando se detectaron inquietantes

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cuellos de botella en las cadenas globales de suministro. Y no nos habíamos quitado las mascarillas cuando la guerra desatada por Vladímir Putin nos recordó que también un conflicto a gran escala es posible, que ni siquiera una catástrofe nuclear es impensable.

Explicaba bien Yuval Noah Harari en Sapiens7 que los primeros humanos eran «un animal insignificante», poco más que simios asustados que no resistirían el combate con una fiera. Solo cooperando, en manada, intercambiando información y uniéndose en torno a los mitos que creaba su fecunda imaginación se hicieron fuertes. El individualismo es hijo de la modernidad y de la libertad, pero somos una especie social, puede decirse gregaria. A veces la naturaleza nos devuelve a nuestro sitio. Para que volvamos a ser capaces de abrazar la incertidumbre.

Frente a esa visión de un mundo individualista y despiadado, que tiene sus argumentos, convendría no olvidarse de las redes de todo tipo que se han tejido en la red. Redes ciudadanas, de aficionados que comparten gustos, de activistas que trabajan por un mundo mejor, de científicos desarrollando proyectos desde distintos puntos del globo. Si el hombre siempre estuvo marcado por la curiosidad, hoy hay infinitas vías para saciarla. Llevamos en el bolsillo acceso a más conocimiento del que reunió, con mucho esfuerzo, la Biblioteca de Alejandría en la antigüedad. Ha sido una oportunidad histórica de ser mejores, pero ¿somos mejores?

Algunas mentes lúcidas explican por qué la humanidad tiende a la ansiedad. La pandemia, desde luego, no ha hecho más que ahondar en ese desánimo. Sin embargo, también ha servido para demostrar a todo el planeta el poder de la ciencia, la tecnología y el conocimiento. Esa lección no va a olvidarse.

En la ficción televisiva se llevan las distopías, de Black Mirror a Westworld, de El cuento de la criada a El juego del

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calamar. Relatos que apuntan a un mundo despiadado, deshumanizado, desolador, cuando no totalitario. Coinciden en el debate público idealizaciones del pasado (alentadas por mitos nacionalistas) y proyecciones de un futuro muy sombrío. Hemos dejado de valorar lo logrado en las últimas décadas, porque ya lo damos por descontado, y miramos con desconfianza los avances que están por llegar, pese a que ya asoman en el horizonte. ¿Volveremos a creer en el progreso? En las siguientes páginas vamos a diseccionar qué hace la revolución tecnológica por nosotros. No todo es de color de rosa en el futuro, que ya está aquí. Tampoco está escrito que vaya a ser negro. Lo que ya no es una opción es ignorar el cambio. La tecnología ya hace cosas que ni soñábamos ayer. Tenemos motivos para sentirnos tan suspicaces como ansiosos al tratar de entender a dónde nos llevará la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la economía colaborativa, la nanotecnología, la computación cuántica, la medicina regenerativa. Y mucho más que vendrá, pero aún no adivinamos. Vamos a enfrentarnos a dilemas éticos nunca planteados. También a oportunidades que aún no divisamos. Bien pensado, vivimos un tiempo fascinante.

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