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El último intento

Publicado por Dharma Books + Publishing

El último intento Mariel Iribe Zenil isbn: 978-607-59392-1-6

d.r. © 2022, Dharma Books Dharma Books + Publishing Arquitectos 51 Escandón, 11800 Miguel Hidalgo, cdmx. www.dharmabooks.com.mx

Diseño de portada: Raúl Aguayo Pintura: A River Landscape, Charles William Smith. Óleo sobre tela. Diseño editorial: Jorge Fernández

Impreso en México

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño tipográfico y de portada, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de la editorial.

El último intento Mariel Iribe Zenil

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Para Galia.

Remedios caseros Planes de boda

78 Cine Veracruz 68

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La tía Inés
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Una casa con jardín 42

El último intento 54 El general Un recuerdo inolvidable

62 106 El juego Un presentimiento 86 100

ÍNDICE

Aman los puercos. No puede haber más excelente prueba de que el amor no es cosa tan extraordinaria.

eduardo lizalde

La tía Inés

¿De veras quiere que le cuente? Pero que quede claro que si se lo cuento es solo porque usted me lo está pidiendo. No crea que a mí me gusta andar por la vida diciéndole mis cosas a la gente. A ver, pues, hágase para allá… Hágame campito. Recuerdo muy bien que la tía Inés siempre decía que tenía el mejor oficio del mundo: recoger las sábanas sucias en los hoteles de paso. Era, lo decía orgullosa, la primera afa nadora de la familia. Apenas los huéspedes dejaban la habi tación, la tía entraba ansiosa a recoger los vestigios de una noche de lujuria. Imagínese que para ella no había placer más grande que respirar el olor a humedad en las sábanas, donde los amantes se habían entregado al deseo. Mi tía era así, hacía lo que le venía en gana, y siempre supimos que solo muerta dejaría el oficio. Bastaba ver cómo le brillaban los oji tos cuando hablaba de las bondades del trabajo.

Dicen que el amor al arte le nació el día que don Nica nor abrió el hotel El Principal. Desde los cuartos se podían ver la cúpula y el campanario de la iglesia del Sagrado Corazón. El lugar no era elegante, pero tenía muy buena vista, y la tía hablaba mucho de que al asomarse a las ventanas se sentía una presencia religiosa. Supongo que andaba cerca algo así como el Espíritu Santo, o a lo mejor era su conciencia

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que no la dejaba en paz. En aquel tiempo, mi madre y ella, por órdenes de la abuela, tenían que ir a misa todos los días, incluyendo Semana Santa, Miércoles de Ceniza, Domingo de Ramos y Sábado de Gloria, entre otras fechas que la abuela consideraba importantes. Era una costumbre de familia que había que seguir, en el mejor de los casos, hasta que la abue la pasara a mejor vida. Pero las cosas suceden cuando uno menos se lo imagina, si lo sabré yo. Un día, al salir de misa, mi madre y la tía vieron un anuncio colgado de la herrería de uno de los balcones del hotel: “Se busca recamarera”. La tía Inés se quedó pasmada con los ojos puestos en el letrero desde el otro lado de la calle, y mi madre, avergonzada porque la gente las veía, la jaló del brazo tan fuerte que a la tía no le quedó más remedio que seguir su camino. Desde entonces nada le pudo quitar la idea de convertirse en recamarera. Di cen que tiempo después, don Nicanor, que ya la había visto parada frente a El Principal, la invitó a dar un recorrido por el lugar. La llevó a conocer los jardines, los cuartos y los aca bados que le daban el toque de buen gusto. Desde ese día la tía no regresó a la casa. ¿Se está durmiendo? Ya para qué le sigo contando. Ya hasta se me está acabando la saliva y usted ni caso que me hace. A ver, pues, pero tiene que poner aten ción. ¿En qué me quedé? Ah, sí. En que ella ya no regresó. Se quedó por allá con don Nicanor. Yo creo que la tía lo que buscaba era deshacerse de la abuela que siempre, aunque lo negaba, quiso que ella se metiera de religiosa. Pero la tía Inés buscaba todo lo contrario. Así los días pasaron. La abuela y mi madre le retiraron la palabra y la tía se entregó en cuerpo y alma a sus labores. Entre más se dedicaba a su trabajo, su satisfacción iba en aumento.

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Al principio tenía que hacer de todo para ganarse la con fianza de don Nicanor: limpiaba los cuartos, levantaba la ropa de cama, ayudaba en la cocina y atendía en la recepción a los clientes. Le gustaba hablar con la gente y era muy buena para guardar los secretos de los infieles, tanto que algunas veces también la hacía de consejera, y en eso también se distinguía. A ver, espéreme, ¿la ve? Aquí en la foto ya estaba grande, bueno no mucho, pero ya habían pasado sus mejores tiem pos. Así como la ve, la tía Inés tenía buen cuerpo. Dicen que los clientes que llegaban a El Principal siempre regresaban nada más para verla. Porque eso sí, la tía estaba loca pero se daba su lugar; le gustaba que la respetaran, luego, cuando los tenía comiendo de su mano, les sacaba hasta el último centavo. Perdone que le diga esto, de verdad, es que a veces una no puede aguantarse el coraje. ¿A poco no me parezco? Véala bien. Como que tenemos el mismo estilo elegante, ¿no? Ha de ser eso que llaman “aire de familia”. Ya voy, ya voy, no me presione; a mí me gusta contar las cosas bien, has ta el último detalle. Bueno, pues tiempo después, a la tía le entró la curiosidad y no podía dejar de pensar en las cosas que pasaban dentro de los cuartos. Entonces dejó la recepción y se puso a limpiar los pasillos. Le gustaba escuchar los gemidos. Fingía estar limpiando y se ponía detrás de la puer ta. Así se dio cuenta de que esa era su verdadera vocación. Una vez don Nicanor la encontró tocándose afuera de una de las habitaciones. Para entonces yo creo que estos dos ya tenían sus queveres, porque dicen que como el hombre era celoso, varias veces intentó encerrarla para que no volviera a escu char detrás de las puertas, pues un mal día la podían sor prender y, entonces sí, nadie volvería a poner un pie en El

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Principal. Y así empezaron las cosas, luego don Nicanor tam bién se volvió loco: la tía le contagió la calentura y en lugar de encerrarla se le unió: a los dos les dio por revolcarse afuera de las habitaciones mientras escuchaban los gemidos de los clientes. Pero pues nadie les decía nada; qué les iban a decir si don Nicanor era el dueño del hotel. Hacían tan tremendo espectáculo que se corrió la voz y la gente, en lugar de dejar de ir a El Principal, empezó a visitarlo con frecuencia. Todos llegaban haciendo como que querían un cuarto y eran felices de solo pensar en lo que pasaba del otro lado de la pared. Aquello se volvió un degenere, pero ahí no paró la cosa. Después de un tiempo eso también se convirtió en parte de la rutina: recoger las sábanas, limpiar los cuartos, escuchar a los clientes. La tía Inés estaba muriendo, lo cotidiano la mataba. Entonces su adicción llegó mucho más lejos. Pero no ponga esa cara, que la tía no era mala persona, solo era enemiga del aburrimiento. Además, usted mejor cállese. Lo peor que le podía pasar a la tía era caer en la rutina, y como era de esperarse, fue más allá. Ya no le bastaba oler las sábanas y escuchar a los huéspedes mientras hacía sus cochinadas con don Nicanor. A la tía le dio por querer ver, empezó a hacer agujeros en las puertas para ponerle emoción. Sí, y la idea de observar a la gente se les metió bien en serio. Al principio fue por accidente, y esto me lo dijo la tía. Me contó que una noche, los dos ya al borde del aburrimiento, escucharon un ruido que venía de las escaleras. El ruido les pareció familiar, y sin hacer mucho movimiento, descubrieron a una pareja en pleno acto. La tía Inés me dijo que el hombre ya era un tipo maduro y que la mujer, que estaba debajo, era casi una niña. Al instante, don Nicanor se puso como loco, se le subió

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la calentura y no tuvo la menor intención de ocultarlo. Ella, al ver el bulto en el pantalón de don Nicanor, tampoco puso resistencia y se desnudaron a unos cuantos metros de la es cenita. Ella veía al hombre y él se encendía cada vez más al ver el cuerpo, el gesto, los ojos, las nalgas de la muchacha, que se quejaba mientras le jalaban el cabello. La tía no pudo contenerse, don Nicanor la veía con una cara distinta, le decía quién sabe cuántas cochinadas al oído, y ella quiso ahogar el grito de placer apretando los dientes pero no pudo y la mujer y aquel hombre se dieron cuenta. Los vieron, y esto fue lo más extraño, porque tampoco les importó que la gente hubiera salido de sus habitaciones para ver lo que pasaba. Y así siguieron toda la noche, bueno, eso me dijo la tía, porque tampoco creo que don Nicanor aguantara mucho. Oiga, con este olor a veladoras ya me está doliendo la cabeza, de ver dad que no sé cómo aguanta estar metido aquí casi todo el día. ¿Y ahora? ¿Otra vez pone esa cara? Ni que usted fuera muy santo, no me salga con estas cosas si quiere que le siga contando… Pues bien, así fue como se les metió esta idea. Lle gó el momento en que parecía que todo era perfecto, que no necesitaban pedirle nada más a la vida: habían encontrado la verdadera felicidad. Por las mañanas ella seguía con su ritual de lavar las sábanas sucias, y por las noches el ambiente de El Principal se transformaba.

Fue tanta la buena vida que se dieron en aquella épo ca, que hasta mandaron montar un escenario en el pequeño salón del hotel. Me contó que ya se estaba haciendo famosa, que llegaban parejas de otras ciudades a ver el espectáculo, y que en cuanto podían no perdían oportunidad de mostrar sus dotes de baile. Nadie le quitó el puesto, solo contrataron a

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unas cuantas mujeres para hacer un numerito. Mi tía Inés se inventó un espectáculo. Puso a varios hombres en fila india. Primero salían bailando al compás de la música, algo así como muy sensual, y ya que se emocionaba la gente, las mujeres se frotaban contra ellos y poco a poco se iban quitando la ropa. Ellos estaban encantados, aunque al principio no querían me ter mano por miedo a que les llegara el rumor a sus mujeres; pero la resistencia y la fidelidad les duró poco, y a unas horas de haberse estrenado la danza ya se estaban revolcando con las bailarinas. A ellas les salía todo natural, ya tenían la téc nica bien ensayada, pero eso era lo de menos: con revolcarse como serpientes por la tarima hubieran tenido contento a don Nicanor, que en ese aspecto no era muy exigente. Eso los hizo felices un rato y mientras duró fue lo mejor que le pudo haber pasado a la tía. ¿Qué cómo sé todo eso? Bueno, esa es otra historia, porque como se fue de la casa ahí estaba casi prohibido hablar de ella. Cuando yo estaba chica mis padres me llevaron a vivir a Camaitlán. Pasaron cosas y la conocí en el entierro de mi abuela. Mi madre había muerto un año antes y, cuando se enteró de que me había quedado sola porque mi padre se fue a vivir con otra señora, se hizo cargo de mí sin conocerme. Me llevó a su casa y me quedé a vivir con ella. Eso sí se lo agradezco, tampoco soy una malagradecida. Pero ya le dije, ese es otro cuento.

Cuando mi tía me llevó a su casa fue por aquellos tiem pos en los que todo era felicidad. A mí me encantaba verla con sus vestidos largos hasta los tobillos; ella era una mujer sencilla, y aunque todos sabían de su vida nocturna, le tenían respeto, a lo mejor porque les convenía o quizá por miedo a los arranques violentos de don Nicanor. Por ese tiempo se le

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veía contenta, saludaba con buenos modos cuando entraba o salía de la casa. Hasta que empecé a notar que ya no esta ba satisfecha con lo que hacía, y lo supe porque me empezó a pedir cosas extrañas. Se le quitaron los buenos modos. Adiós amabilidad. En la casa también se volvió perversa. Una noche me pidió que me metiera a su cama. No pensé que lo dijera en serio, hasta que me jaló del brazo y me quitó la ropa. Cuando estaba frente a ella no podía negarme a nada y lo hice. Me senté en la cama y pronto recuperó su gesto de alegría. A mí me daba pena, digo, es natural que al principio una se sienta reprimida, pero luego fui agarrando confianza. Mi cuerpo respondía, tenía cadencia, y cuando estábamos en lo mejor, hasta dejé que se acercara. Cuando pasó eso ella me contó lo que hacían ella y don Nicanor en El Principal. ¿Y usté qué cree? Pues me emocioné. Yo quería ser como ella. Supuse que después de mi gran demostración querría llevarme a bailar a El Principal por las noches, pero nunca me lo propu so. Yo ya estaba impaciente, quería debutar a los dieciocho años para ser una estrella a los veinte, toda una diva de los escenarios. Porque si con la tía venía mucha gente, conmigo vendrían desde pueblos lejanos: Sasaltitla, Tepextitla, Te penahuac, Tecomate, Las Silletas. Ya me veía divirtiendo a toda esa gente. Además, como tenía bien clarito mi futuro, hasta había invitado a unas amigas para montar algún núme ro exótico. Claro, tuve cuidado con eso porque no las agarré más bonitas que yo, aunque tenían lo suyo. Eso sí, todas muy argüenderas y buenas para la pista, desde guapangos hasta danzón. Y estaban tan animadas que buscaron sus nombres artísticos: Lagüis, Chely, Virna, Lucy, Emma, Chule y otra de la que ya no me acuerdo del nombre real, pero que se puso

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La Morena, y a la que no quiero balconear, porque esa se fue a vivir por allá por Sinaloa. Si es nomás cuestión de suer te, porque así bonita bonita pues nomás no estaba. Pero que se agarra un güero de esos peludos y con bigotes al estilo de Pancho Villa, ya ve que dicen que así son los del norte, todos igualitos: broncos, bigotones y buenos para lo chueco. Pero esa es otra historia y no quiero meterme en detalles. Del amor, mejor ni acordarme: como mi propósito era la fama, me olvidé de Hermilo, un chaparrito con muchos bille tes que me andaba rondando desde chica. No era del pueblo, pero venía de vez en cuando en su caballo. Lo dejaba ama rrado allá en el chote de don Nelo y él se quedaba mirando todo el tiempo para mi ventana. ¿Que si me gustaba? Pues claro, sobre todo por los caballos, porque siempre llevaba uno diferente: blancos, alazanes, pintos, y por eso del dinero. La cosa es que le dije adiós. Nunca más volví a pensar en él ni me asomé jamás para verlo. Así fue. Pero volviendo a lo de la artisteada, pues yo ya tenía todo listo, aunque esperé unos meses para mi debut. Mientras tanto la tía Inés seguía inci tándome, y conforme pasaba el tiempo nuestras escenas se volvían cada vez más eróticas. Era un verdadero espectáculo. Pero yo ya no podía más, un día me le quedé viendo cuando terminé el numerito y le dije que quería ser la mejor bailarina de El Principal. Ella se quedó callada y se fue. A mí me entró una angustia y ya no pude ser la misma. Me la pasaba pen sando cómo hacerle para convencerla, le di vueltas al asunto, hasta que pensé que a lo mejor no quería compartirme con don Nicanor. Los celos son bien cabrones. Ya le dije que no me vea así, mire que tampoco hice nada del otro mundo… Dejé de hablarle a la tía, y aunque por dentro me estaba volviendo

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loca, ya nunca volvió a pasar nada. Y eso fue lo malo. La tía se fue para abajo. Qué show de putas ni que nada: a la tía Inés le hacía falta yo, la magia de mis movimientos para sentirse viva. Ella se puso en su pose de indiferente, pero no pudo aguantar mucho tiempo. Terminó pidiéndome que le bailara. Yo no acepté, me hice la enojada y le volteaba la cara cuando me pasaba cerca. La veía cada vez más desesperada, pero no, yo no podía dar mi brazo a torcer, no era cuando a ella se le antojara, yo también tenía que poner mis condiciones, y no se la puse fácil. Le dije que me pusiera de bailarina en el salón o que se olvidara de su sobrinita para siempre. No me lo va a creer, pero me salió con que me quería para ella sola y no para que me exhibiera frente a toda la gente. Pero cuál gente, yo sabía que era por don Nicanor. En el fondo me tenía envidia. Después de esto todo empeoró. Hasta llegó a ofrecerme dine ro. De golpe sacó la cartera y me aventó a la cara un fajo de bi lletes. Se quitó la ropa y a medio desvestirse se soltó llorando y se quedó tirada sobre la alfombra. Pobre tía Inés, no dejo de repetirme, pobre tía. Pero ya me había cansado. Le empecé a agarrar coraje porque no me estaba dejando triunfar. Cuando ya no pude aguantar más, me fui a El Principal, quería demos trarle que era una verdadera bailarina. No lo pensé dos veces: entré y me fui directo a una de las mesas del fondo. Don Nica nor y la tía estaban en primera fila. Y ahora sí que no me va a creer lo que pasó. Justo cuando las mujeres se desnudaron para empezar el ritual yo decidí salir del anonimato. Desde el fondo sentí cómo el ritmo de la música se me metía en el cuerpo. Me quité la blusa. Las luces, los reflectores, los ojos de la gente voltearon hacia mí. Me moví como nunca, como si hubiera estado poseída. Me hubiera visto: ¡qué elasticidad!

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¡Qué estilo! Parecía serpiente meneándome sobre las mesas. ¿Le digo cómo? Más o menos así, con estos movimientos. Si aquí me salen bien, imagínese cuando pensaba en hacerlo para toda la gente. La tía no podía creerlo, pero don Nicanor se emocionó y luego luego me agarró de la cintura. Ella ni pudo hacer nada al ver cómo su hombre se volvía loco nomás de verme. Yo me sentí como nunca, era toda una artista frente a su público. Por fin estaba en el escenario de El Principal. La tía Inés se puso tan celosa que se me fue encima. Agarró un tenedor y me lo encajó cerca del cuello. Mire, acérquese y vea la cicatriz. Por poco y me mata. Lo que ella quería era que colgara los tenis, o de perdida quería dejarme tuerta, pero no se salió con la suya. Ahí quedó todo, solo porque a ella le dio la gana de interrumpir mi presentación.

Ya no sé qué habrá pasado con ella, hace unos meses me enteré de eso que le dije cuando llegué, que cerraron El Prin cipal y que don Nicanor había huido porque lo culpaban de un asesinato. Quién sabe qué habrá pasado. De aquello a acá, pues ya llovió. Esas cosas pasan, pero a mí, Dios que es tan grande, me sigue dando fuerzas para seguir en esto del baile y la artisteada. Allá ellos que se hagan bolas con sus problemas. Oiga, con estos santos, tengo que admitirlo, me pongo un poco nerviosa. Pero qué rico huelen estas sábanas, cuánto hubiera dado la tía Inés por olerlas, por respirar su aroma aunque fuera por un rato. Pero en fin, el trabajo es el trabajo. ¿No escucha como que tocan la puerta? Ahí viene alguien. A ver, hágase para allá y páseme la ropa, padre. Ya es tardísimo. Y antes de que se me olvide, para la otra, cuando venga a des ahogarme, mejor quite estos santos y apague las veladoras, no sea pervertido.

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«Mariel Iribe Zenil escribe el devenir cotidiano sometido, en cierto modo, a sus fantasmas y sombras. Su voz propia la desmarca de lo habitual».

David Miklos

¿Qué hay detrás de la fascinación de una mujer por limpiar los cuartos de un ho tel de paso? ¿Qué fracturas se esconden en los juegos sexuales de una pareja? ¿Qué culpas se guardan en los ojos can sados de un viejo general? Los perso najes de estos diez cuentos se mueven entre el deseo, la apatía y el sufrimien to, en escenarios domésticos de una aparente monotonía cotidiana en la que se esconden secretos oscuros que crecen a lo largo de las páginas como una enfermedad silenciosa. Nos ense ñan que puede haber una razón com pleja y sombría en cada movimiento, en cada palabra y, sobre todo, en cada silencio. Se trata de la exploración de la condición humana que nos permite ver lo extraordinario en lo ordinario, y consigue que el lector, al terminar el libro, no logre arrancarse de la mente este puñado de personajes infelices.

Los patios tenían ese aire gris que habita en los espejos, el gris que se mira a través de una máscara y al final te lleva a encontrar los ojos huecos de la muerte”, dijo y sintió que el ardor se avivaba en las heridas de sus piernas.

—Mariel Iribe Zenil, El último intento

www. d h a rm a boo k s . c om.m x Cuento Colección El vuelacercas #25 13. 5 cm x 21 cm / 120 páginas ISBN: 978 607 59392 1 6

9 786075 939216

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