i Comunidad en obra 9 Comunidad desobrada 11 El espacio y la comunidad 19 Comunidades cercadas 21 Una mirada geopolítica 24 Contingencia y arquitectura 27
ii La alternativa cooperativa 31 El Hogar Obrero 38 Centro Operacional de Vivienda y Poblamiento 40 Viviendas por Ayuda Mutua 42 La Borda 48
iii Más que un espacio. La arquitectura ambiciosa 53 ¿Arquitectura fácil? 58 Una cooperativa de arquitectos 64 Coincidencias y diferencias 67
iv La victoria de la igualdad en el mundo moderno. Otra lectura de ‘La condición humana’ 71 La arquitectura estructuralista 82 Libertad de acción 84 El miedo en la ciudad 88 El panoptismo y los dispositivos arquitectónicos 90
v La ciudad: campo de fuerza 97 Diagrama de fuerzas 101 Urbanismo científico 106
vi Obra común 111
Bibliografía 121 Agradecimientos 125 Notas 127
Una constante sensación de incertidumbre caracteriza nuestro tiempo y no estamos preparados para ello. Ante el incierto futuro que se nos presenta, debido a las crisis medioambientales, las catástrofes naturales, las pandemias y otras amenazas, buscamos seguridad en nuestro entorno inmediato, en la vivienda y en la ciudad, en compañía de los nuestros.
Ahora es tiempo de preguntar. En estos días difíciles surgen interrogantes sobre nuestro futuro próximo, sobre la forma en la que construiremos nuestras casas y ciudades a partir de aho ra. Pero, en este momento, intentar responderlas es un esfuerzo inútil por la falta de distancia crítica y de la perspectiva his tórica suficientes para obtener respuestas. No debemos desaprovechar la oportunidad de cuestionar profundamente nuestro entorno físico, político y social. Las respuestas llegarán con el tiempo.
¿Estamos seguros de que la erradicación de la incertidumbre daría mayor certeza a nuestras vidas? ¿Estamos seguros de que el consenso de una moral colectiva supera los impulsos subjeti vos de cada individuo? ¿Estamos seguros de preferir las metas comunes sobre los desacuerdos permanentes? Estas preguntas tocan inevitablemente la relación entre la arquitectura y la so ciedad.1
Somos seres singulares y a la vez plurales, solo concebimos nuestra existencia con otros, no somos capaces de vivir sin al guna forma de comunidad con otras personas. Las comuni dades se crean donde conviven las personas, se presentan en múltiples formas: comunidades de vecinos, comunidades esco lares, comunidades artísticas y científicas. Por sus intereses en común, se forman asambleas de condóminos o asambleas de vecinos, comités de manzanas, de barrios, que utilizan mecanismos democráticos directos para la solución de sus conflictos y la defensa de sus comunidades. “Pero el ser singular, que no es el individuo, es el ser finito”,2 según el filósofo francés JeanLuc Nancy.3 Este ser humano solo se concibe en la comunidad con los otros de su especie, no está limitado por su individualidad, es singular solo en tanto sea plural.
La arquitectura y el urbanismo definen el espacio de las comunidades, delimitan el territorio sobre el que ejercen su poder y en el que buscan seguridad. Lo social está construido espacial mente y viceversa. El diseño puede favorecer la exclusión y el individualismo o responder a las necesidades de participación de sus miembros. El espacio público es el lugar donde la arquitectura se practica como un “uso político del suelo”,4 donde se negocian intereses y se intercambian puntos de vista. La comu nidad se localiza espacialmente, pero no necesariamente sigue el diseño original definido por los arquitectos, sino que en oca siones la fuerza comunitaria radica en contrarrestarlo. De este modo, las calles se usan como mercados, las plazas se convier ten en sitios para las protestas, los parques y portales se vuelven dormitorios, las casas se adaptan para el trabajo, los edificios antiguos cambian de uso y muchos otros espacios se ven trans formados por la acción de sus habitantes. Si los arquitectos somos conscientes de ello, también podemos contribuir al be neficio de las comunidades, diseñando espacios flexibles que,
en lugar de centrarse en el lenguaje arquitectónico, contribuyan a facilitar la acción comunitaria, “la gramática de la vida”, como defiende el arquitecto holandés Herman Hertzberger.5
Las comunidades requieren la restauración de sus obras para la recuperación de su sentido, y los diseñadores de espacios (ar quitectos y urbanistas) pueden contribuir a dicha recuperación, como agentes capaces de anticipar las situaciones espaciales que la comunidad requerirá para dotarse de sentido e ir realizándolas. De ahí la convicción de que los diseñadores dependen direc tamente de las necesidades comunitarias y que la participación de las personas en la definición de sus espacios no es superflua, sino fundamental en todo proceso de diseño. De hecho, no son las personas quienes participan en los proyectos de los diseñadores, sino todo lo contrario, la arquitectura y el urbanismo son disciplinas contingentes, los arquitectos y urbanistas son quienes deben participar en las iniciativas de la gente.
comunidad desobrada
El capitalismo global, implantado como el único sistema político dominante en el mundo desde el fin de la Unión de Repú blicas Socialista Soviéticas y la demolición del muro de Berlín, hace más de treinta años, plantea formas de comunidad alie nadas y materialistas. Esta fue una de las preocupaciones del filósofo francés Jean Luc Nancy.6 Nancy sostiene que a partir del fin del comunismo la comunidad ha sido desobrada, ya que después de la caída del régimen comunista los individuos de jaron de contribuir a obras sociales y se limitaron a interactuar entre ellos de manera egoísta; entonces la comunidad se quedó sin obra. En dos de sus libros podemos encontrar las ideas fundamentales para entender el concepto contemporáneo de
comunidad en ausencia de obras sociales. Nancy desarrolla las ideas fundamentales para entender este concepto en su libro La comunidad desobrada (1986).
La diferencia entre sociedad y comunidad radica en la función que cumplen sus miembros respecto a los objetivos para los que cada una ha sido creada. “La finitud comparece, está expuesta: tal es la esencia de la comunidad”.7 La sociedad exige que cada uno de sus miembros haga aportaciones útiles para los demás, ya que su esencia es operativa. La comunidad, en cambio, se relaciona con las circunstancias espaciales de un grupo determi nado de personas, sin necesidad de alcanzar objetivos comunes, más allá de su subsistencia, porque es concebible que algunos de sus miembros no aporten nada útil para los demás y aun así sigan perteneciendo a la comunidad, contribuyendo “al objetivo de la comunidad de los seres que producen por esencia su propia esencia, esta esencia como comunidad. Una inmanencia absoluta del hombre al hombre –un humanismo– y de la comunidad a la comunidad –un comunismo–”.8 Por ejemplo, un equipo deportivo se ajusta más al concepto de sociedad que una familia, más cercana al concepto de comunidad. Se espera que los integrantes de un equipo deportivo aporten sus habilidades individuales al conjunto para la consecución de sus objetivos: entrenarse, par ticipar en las competiciones y, de ser posible, ganarlas. Dichos integrantes pueden suspender sus aportaciones temporalmente, si sufren lesiones o si son suplentes, sin que por ello dejen de ser miembros del equipo; pero, si el tiempo de inhabilitación o su dolencia se prolongaran demasiado, tendrían que abandonar el equipo y ser sustituidos por otros deportistas más capaces. En cambio, un individuo puede ser considerado miembro de una familia o de una comunidad aunque no aporte nada concreto a ella, ya sean bienes materiales, habilidades o conocimientos. Dentro de una familia, los bebés recién nacidos, los ancianos y
quienes sufren discapacidades físicas o mentales dependen de los demás miembros de la comunidad. Su pertenencia a la fa milia no se fundamenta en lo que para Nancy “se trata esencial mente de obra, de operación o de operatividad”.9 En principio no son capaces de aportar nada útil a la comunidad, pero no de jan de pertenecer a ella. Dicha condición de dependencia no los excluye de su pertenencia a la familia, aunque aparentemente no aporten nada útil a ella. En un equipo (sociedad), el vínculo entre las personas es de carácter material, mientras que en una familia (comunidad) lo que une a las personas es un vínculo mo ral. Según Nancy, la comunidad idónea es la que está en obra; sin embargo, aunque carezca de obras, mientras los individuos convivan en un espacio determinado, habrá comunidad:
Seres singulares comparten sus límites, se reparten sobre sus límites […]. Ya no tienen las relaciones de la sociedad (ni “madre e hijo”, ni “autor y lector”, ni “hombre público y hombre privado”, ni “productor y consumidor”), sino que están en la comunidad sin obra que hacer, desobrados.10
El espacio que las comunidades ocupan no es un mero esce nario. En 1993, Nancy escribió en El sentido del mundo: “Todo espacio de sentido es espacio común (luego todo espacio es es pacio común…). No hay lugar para uno solo”.11 El trasfondo del silogismo planteado sería que “todo espacio tiene sentido”. Nancy establece el vínculo entre la comunidad y su espacio: “La política es el lugar del en común en cuanto tal, o inclu so el lugar del ser conjunto”.12 La arquitectura se vuelve así un uso político del suelo que cuenta con la comunidad como creadora de sentido para su actuación sobre el entorno y el espa cio. Los espacios arquitectónicos y urbanos son sitios para la
manifestación de las relaciones micropolíticas entre seres singulares plurales. Los diseñadores saben de antemano que los edificios y espacios abiertos no se construyen solo para ser ocu pados posteriormente por las personas, sino como respuesta a sus iniciativas y necesidades espaciales. El espacio en sí mismo no existe, solamente se crea, se delimita de manera física o simbólica, mediante un acto de diseño (un designio). El diseño es lo que da sentido al espacio, la comunidad que lo habita modifica el sentido del diseño, se apropia de él según sus necesidades. Cuando el diseño no cumple más con las características necesa rias para que la comunidad pueda continuar desarrollando sus actividades en su espacio, entonces el espacio se debe readaptar para ajustarse a los cambios sociales o de otra forma se abandona, se demuele y se sustituye por otro espacio nuevo que sí cumpla con los objetivos que prevalecen en su momento.
Los arquitectos y urbanistas deben tener en cuenta que los espacios que diseñan casi seguramente cambiarán de sentido una vez que sean ocupados por sus habitantes. El proyecto solamente esboza el potencial de uso del espacio, carece de sentido hasta que sus ocupantes se lo dan. Al final las personas serán capaces de adaptar los espacios a sus deseos y necesidades, a ve ces incluso a pesar de los diseños de los arquitectos y urbanistas.
Muchos arquitectos y urbanistas se dedican a diseñar edificios y espacios públicos construidos para obstaculizar intencio nalmente algunas prácticas comunitarias, como la libre reunión y manifestación. Otros diseñan centros de detención, campos para refugiados, pasos fronterizos, vallas y muros divisorios… Todo tipo de dispositivos excluyentes, las barreras que impiden el uso libre del espacio. Deberíamos indagar sobre sus motiva ciones, si es que son conscientes de las implicaciones sociales que tiene su trabajo y si sus razones son legítimas. De no serlo, mucho podrían contribuir a la comunidad si se negaran a cola
borar con las autoridades que promueven la construcción de dichos dispositivos. El diseño arquitectónico o urbanístico debe ser dinámico, lo más flexible posible para no ser un obstáculo para que la comunidad pueda apropiárselo.
Para Nancy, la clave de la comunidad es la vida de unos con otros. En su libro Ser singular plural (1996) afirma: “El ‘con’ es una determinación fundamental del ‘ser’. La existencia es esen cialmente coexistencia”.13 El sercon, la coexistencia a la que se refiere Nancy, sucede, se verifica necesariamente en el espacio tiempo de la arquitectura y la ciudad.
Otros autores tratan el tema de la comunidad y los espacios que esta ocupa desde distintas perspectivas. Desde el psicoa nálisis, Sigmund Freud opina que la abolición de la propiedad privada provoca un aparente cese de la agresividad derivada del deseo de conseguir bienes y oprimir a los desposeídos. Según Freud, el principio de igualdad es inalcanzable, ya que la agresividad no se anula con la propiedad común. En El malestar en la cultura (1930) escribió: “Idealmente el individuo es egoísta y la comunidad es altruista”.14
Por su parte, Roland Barthes se preguntó: “¿A qué distancia debo mantenerme de los demás para construir con ellos una sociabilidad sin alienación, una soledad sin exilio?”.15 A Barthes le interesa la idiorritmia, el engranaje de las actitudes y voluntades de los individuos en comunidad, las relaciones tácitas entre ellos. Trata el tema de la autarquía mediante un planteamiento interesante: la idiorritmia, “(un fantasma) no contradictorio, querer vivir solos y querer vivir juntos”,16 tomando el hecho de vivir juntos como un fenómeno esencialmente espacial, vivir juntos en un mismo lugar y simultáneamente separados por la intimidad. Aquí aparece nuevamente la paradoja entre la colectividad y la autonomía individual; sin embargo, ambos concep tos no son considerados opuestos.
En La era del vacío (1983), Gilles Lipovetsky describió la condición humana contemporánea en los siguientes términos: “Si tan solo pudiera sentir algo”,17 “imposibilidad de sentir, vacío emotivo, la desustancialización al extremo revela la verdad del proceso narcisista como estrategia del vacío”18 y “por doquier encontramos la soledad, el vacío, la dificultad de sentir, de ser transportado fuera de sí”.19
Lo que más resalta en las palabras de Lipovetsky es la “imposibilidad de sentir”, lo que se relaciona con el vacío o la ausencia de sentido en nuestro tiempo, tema que también preocupa a los demás autores y en particular a Nancy. Dicho vacío se experimenta con mayor intensidad en las ciudades sobrepobladas, en las que las personas no cooperan en casi nada con los demás. Los espacios públicos de las ciudades modernas reflejan el vacío y la soledad, las plazas públicas son lugares solo de tránsito que carecen de sitios donde sentarse, de árboles que den sombra a las personas y propicien su interacción. Las viviendas colectivas que por su diseño fomentan el aislamiento entre las personas, mediante la exclusividad y la carencia de espacios comunes, si bien no son las causas del aislamiento, sí son consecuencias visibles de este. La visión del vacío expuesta por Lipovetsky quizá es complementaria o consecuente con el concepto de desobra miento de Nancy. Estamos en una época en la que han proliferado los significantes vacíos (como democracia, naturaleza y libertad), palabras de tan amplia interpretación que significan todo y nada a la vez.
Giorgio Agamben, filósofo italiano, expone una “comunidad cualsea”, distinta a aquella que proponía el comunismo, una co munidad carente de obras sociales cuya única finalidad es su propia existencia. En su libro La comunidad que viene (1990)20 esboza la idea de poscomunidad mediante fragmentos literarios exquisitos, en los cuales cita a personajes novelescos como el
caminante de Robert Walser o el célebre Bartleby, el escribiente concebido por Herman Melville, personalidades anodinas, incapaces de perseguir otros fines que los de sus propias vo luntades egoístas. Ambos personajes expresan, con su actitud frente al mundo, una cierta displicencia que corresponde a la manera autárquica de comportamiento, muy característica de nuestra época. Autarquía significa autosuficiencia o dominio de sí mismo, dos virtudes humanas que, sin embargo, denotan el individualismo característico de nuestra sociedad.
El personaje de Walser es un caminante, un hombre culto y refinado, aparentemente desocupado, que camina por su pueblo observando todo lo que sucede con mirada reprobatoria, pero que a la vez transmite una gran soledad y avidez por relacionarse con sus vecinos, a los cuales prefiere criticar. El caso de Bartleby, el escribiente, descrito por Herman Melville en el cuento que lleva el mismo título, se trata de un individuo que, si bien es un empleado muy eficiente en un bufete legal como ama nuense, ejerce una renuncia activa a su trabajo. Cada vez que su jefe le pide copiar un documento, él responde amablemente “preferiría no hacerlo”, lo cual pone al abogado en una situación de conflicto, ya que es un tipo de negativa suave, a la que es in capaz de reaccionar con severidad. El resultado es que Bartleby conserva su empleo, pero sin tener que copiar documentos.
Nuestras calles y ciudades están repletas de caminantes silen ciosos que reprueban con una mueca el comportamiento de sus vecinos y de fatigados escribientes que, en cada rincón de las oficinas, con una pereza e indiferencia notables, esperan el fin de la jornada para postrarse frente a un televisor.
Estos son para Agamben los integrantes de la comunidad que está por venir. “Lo inteligible […] no es ni lo universal ni el individuo en cuanto comprendido en una serie, sino la singularidad en cuanto a singularidad cual sea”.21 Agamben pregunta:
¿Cuál puede ser la política de la singularidad cual sea de un ser cuya comunidad no está mediada por condición alguna de pertenencia, ni por la simple ausencia de condiciones, sino por la pertenencia misma?22
La poscomunidad es por lo tanto apolítica, su manifestación en la escena pública está vacía de contenido ideológico. El Estado no ha sido creado para unir a las personas, sino para prohibir sus conductas delictivas, para disolver los vínculos sociales sub versivos y, por lo tanto, el Estado reprimiría con toda su fuerza cualquier tipo de insurrección, aunque esta careciera de ideolo gía. La comunidad que viene puede prescindir de la necesidad y de la contingencia, las dos cruces del pensamiento occiden tal; es capaz de ocupar el espacio político sin otro fin que su propia afirmación. Para Agamben, la fuerza productora de comunidad es el potencial humano, la potencia; pero entre seres que han agotado su potencia no puede existir más comunidad, solo coincidencias. Si no hubiera más que un único ser, este se ría absolutamente impotente, su fuerza solo puede provenir de ser en común, “comunidad y potencia se identifican sin fisuras, porque el que a cada potencia le sea inherente un principio co munitario es función del carácter necesariamente potencial de cada comunidad”.23
Finalmente, Zygmunt Bauman describe en Vida líquida (2005)24 la condición permanente de inseguridad, la inestabili dad del terreno sobre el que supuestamente descansan nuestras perspectivas de vida en un tiempo de modernidad líquida, en la que todos los vínculos sociales y afectivos son efímeros y el tra bajo humano ha dejado de apuntar hacia la trascendencia y la permanencia de las obras sociales, entre las que se encuentran la arquitectura y la ciudad. Bauman describe cómo durante la
modernidad el temor se ha convertido en una de las fuerzas que gobiernan la vida en comunidad. La inseguridad genera temor, por lo que no es de extrañar que la guerra contra la inseguridad figure en un lugar preponderante en la lista de prioridades del urbanista. El problema, no obstante, es que cuando desaparece la inseguridad también están condenadas a desaparecer de las calles de la ciudad la espontaneidad, la flexibilidad, la capa cidad para sorprender y la promesa de aventuras, que son los principales atractivos de la vida urbana. el espacio y la comunidad
Una de las características más inquietantes de nuestra época es la mercantilización del espacio habitable. La casa se ha vuelto un producto comercial debido al sistema económico actual, que tiende a homologar el valor de uso con el valor de cambio. Las casas son indispensables para vivir, pero su conversión en activos financieros ha provocado un nivel de especulación sin preceden tes que ha acarreado la construcción de edificios de apartamentos que permanecen vacíos por sus altos precios. La construcción se ha convertido en un instrumento de acumulación de capital que desdeña su función social como creadora de espacios habitables. El único modo de desmercantilizar la vivienda es transformarla en un producto social (este tema se trata más ampliamente en el capítulo II, “La alternativa cooperativa”).
La vivienda y la ciudad forman un complejo, habitamos espacios públicos y privados que no están divididos por fronte ras rígidas. Lo que está fuera entra en nuestras casas y también nuestra privacidad habita en los espacios exteriores. La idea del hogar, una combinación subjetiva entre familia y vivienda, es un concepto muy arraigado en la cultura contemporánea, sobre
todo porque implica el concepto de refugio y de territorio individual. Esto se reflejó en la campaña publicitaria que la agencia de publicidad española SCPF lanzó en 2006 para Ikea, la firma sueca de mobiliario y decoración, titulada “Bienvenido a la república independiente de tu casa”. La campaña utilizó un estu dio sobre las costumbres domésticas, con participación directa de personas comunes y en especial niños y niñas de entre ocho y diez años. En este campo Ikea tiene amplia experiencia y, con la idea de diseño democrático, accesible para la mayoría de las personas, se ha integrado a la cultura local de los sitios donde ha penetrado, principalmente Europa y Estados Unidos. Pronto planean abrir varias tiendas en México.
El hogar es al mismo tiempo el sitio donde nos sentimos más en confianza y donde gozamos de plena libertad e independen cia. Para bien o para mal, la casa es nuestro ámbito más privado y no hay persona alguna que no se esfuerce para protegerla de cualquier injerencia externa. Desgraciadamente, la parte nega tiva de dicha privacidad es la creciente violencia intrafamiliar. La idea de hogar como lugar propio, en el que sus habitantes tienen derecho a tomar decisiones y comportarse de acuerdo con sus propias creencias, lo hace un territorio relativamente separado de la ciudad donde se localiza. La comparación que hacen los publicistas entre la casa y una república independiente apela sin duda a la parte emocional del público mediante los elementos simbólicos de ambas, una constitución y leyes particulares o reglas de convivencia entre los miembros de la familia. Los arquitectos y diseñadores suecos de entreguerras incorporaron a su trabajo conceptos sociales basados en el acceso democrático de los objetos de consumo cotidiano. En el mani fiesto Acceptera!, 25 publicado entre otros por Gunnar Asplund en 1931, se recogen sus preocupaciones por la comunidad, vis tas desde el diseño:
Título: Comunidad en obra. La construcción de los espacios sociales © Lorenzo Rocha, 2022
De esta edición: © Turner Publicaciones SL, 2022 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com
Diseño de la colección: Enric Satué
Ilustración de cubierta: Roberto Burle Marx, Ibirapuera Park, Quadricentennial Gardens, project, São Paulo, Brazil (Plan, detail five), 1953, témpera sobre tabla. Inter American Fund. © 2021 Burle Marx & Cia. Ltda. Imagen digital: © 2021 The Museum of Modern Art, Nueva York / Scala, Florencia.
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ISBN: 978 84 18895 26 5 DL: M 1537 2022 Impreso en España
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