Alan Turing
El pionero de la era de la información
B. JACK COPELAND
PRÓLOGO DE JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON
TRADUCCIÓN DE CRISTINA NÚÑEZ PEREIRA
Título: Alan Turing. El pionero de la era de la información © B. Jack Copeland, 2012
Edición original: Turing. Pioneer of the Information Age Oxford University Press, 2012
De esta edición: © Turner Publicaciones SL, 2021 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com
Primera edición: octubre de 2013 Segunda edición: enero de 2021
De la traducción: © Cristina Núñez Pereira
Esta traducción se publica por acuerdo con Oxford University Press
Diseño de la colección: Enric Satué
Ilustración de cubierta: Enric Jardí
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ISBN: 978-84-18428-34-0 M-29989-2020 Impreso en España
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
Prólogo. José Manuel Sánchez Ron 11
i Para abrir, haga clic, pulse o toque 17
ii La máquina universal de Turing 27
iii Estados Unidos, matemáticas, Hitler 41
iv Tic-tic-tac: llamada de Enigma 57
v La batalla de Turing contra los submarinos alemanes 77
vi 1942: de nuevo en Estados Unidos + el nuevo código de Hitler 103
vii Colossus, Delilah, Victory 127
viii ACE, el trabajo de un mes en un minuto 155 ix El ‘cerebro electrónico’ de Mánchester 181
x El juego de las imitaciones: inteligencia artificial, vida artificial 213
xi Gachas frías 245 xii / FIN //// 273
Apéndice. Profundizando: una sencilla máquina de Turing 287 Notas 291 Créditos fotográficos 343
Este libro está dedicado a todos los amigos de Turing y a Robin Gandy, Jack Good, Peter Hilton y Donald Michie.
Debo mi agradecimiento a Ralph Erskine, Andre Haeff, Brett Mann, Diane Proudfoot, Bernard Richards, Martin Sage, Oron Shagrir, Edward Simpson y Eric Steinhart por sus útiles comentarios a partes del manuscrito. Deseo darle las gracias especialmente a Latha Menon por su apoyo constante, sus buenos consejos y su paciencia.
PRÓLOGO
José Manuel Sánchez RonEl siglo xx fue pródigo en avances científicos que, literalmen te, cambiaron el mundo. Y aunque en última instancia la ciencia no es sino una empresa colectiva, es posible identi ficar algunos científicos que brillaron con luz propia, iluminando el trabajo de muchos otros. Albert Einstein ocupa un lugar de honor en esa exclusiva lista, con la teoría de la gravitación –la relatividad general– que completó en 1915; no puedo pensar en nadie más que hubiera sido capaz de imaginar y completar semejante maravilla científica y conceptual, cuyo rango de aplicabilidad sirve, además, para explicar la estructura a gran escala del universo. También está el Werner Heisenberg del Principio de Incertidumbre (1927), que mostró con escalofriante claridad los límites físicos que afectan a nuestra percepción de la realidad; y no aludo a la versión de me cánica cuántica –apartado de la física sin el cual no es posible com prender el actual mundo interconectado (esto es, la globalización) en el que vivimos– que compuso en 1925, porque también Erwin Schrödinger y Paul Dirac produjeron otras versiones igual de válidas casi al mismo tiempo.
Tampoco es posible olvidar otro momento cumbre de la ciencia del siglo pasado, el que tuvo lugar en 1953 cuando James Watson y Fran cis Crick remataron una empresa en la que habían participado otros (Rosalind Franklin, Linus Pauling y Maurice Wilkins a la cabeza): el descubrimiento de la estructura en doble hélice del ácido desoxirri bonucleico (ADN), la molécula de la herencia. Se podría decir que, con este hallazgo, la teoría de la evolución de las especies que Charles Darwin había presentado en su inmortal libro de 1859, El origen de las especies, y a través de la cual los humanos nunca podrían volver a verse a sí mismos como antes, encontró su más valioso apoyo.
Es difícil discutir los anteriores personajes y contribuciones. No se puede comprender el mundo actual, el del siglo xxi, sin tenerlos en cuenta. Pero hay otro personaje, el hombre al que está dedicado el presente libro, cuyas aportaciones penetran nuestra civilización en formas tan intensas como ignoradas o escondidas para muchos: Alan Turing (1912-1954).
En el número del 31 de diciembre de 1999 la revista Time designó a Albert Einstein “el personaje del siglo xx” (los otros dos finalistas fueron Franklin D. Roosevelt y Mohandas Gandhi). En el artículo que abría la revista, Walter Isaacson escribió: “En un siglo que será recor dado principalmente por su ciencia y su tecnología –en particular por nuestra habilidad para comprender y después dominar las fuerzas del átomo y del universo–, una persona sobresale como la mayor mente y supremo icono de nuestra era”. Y esa persona era Albert Einstein.
“Un siglo que será recordado principalmente por su ciencia y su tecnología”, decía Isaacson, y no puedo estar más de acuerdo con él, aunque tampoco podemos ni debemos olvidar –no tan pronto– las guerras que asolaron la centuria. Pero ¿no podría o debería Time haber considerado también a Alan Turing como un buen candidato a ese –cuestionable en el fondo, por supuesto– título de “personaje del siglo”? Habría sido un buen candidato porque, aunque Turing no gozase en vida del reconocimiento científico y social (esto es, de la popularidad) que alcanzó Albert Einstein, sus logros científicos y las implicaciones de estos han influido poderosamente en el devenir del mundo. Influido y, casi se podría decir, determinado. El libro de B. Jack Copeland, Alan Turing. El pionero de la era de la información, sir ve bien para comprender tal influencia. Centrándose especialmente en las implicaciones –en las que el propio Turing desempeñó un papel destacado– de lo que en principio pudieron parecer a muchos (a la mayoría seguramente) aportaciones a la matemática más funda mental, la que estaba siendo objeto de análisis desde finales del siglo xix por algunas de las mentes más brillantes de las primeras déca das del siglo –a la cabeza de ellos: Bertrand Russell, David Hilbert, Kurt Gödel y John von Neumann–, Copeland desentraña la com pleja madeja que terminó conduciendo a la era de las computadoras
y, subsiguientemente, a la de la información y la globalización. De hecho, en el número citado de Time se reconocía la importancia de la globalización: “Incluso más central a esa globalización”, escribía Isaacson después de referirse a Henry Ford y a los hermanos Wright, “fueron las tecnologías electrónicas las que revolucionaron la dis tribución de información, ideas y entretenimiento”; en este punto mencionaba a Turing, aunque brevemente: “En la década de 1930 Alan Turing describió por primera vez la computadora –una máqui na que podría realizar funciones lógicas basadas en las instrucciones que la alimentasen– y después procedió a ayudar construir una de las primeras que desentrañaron los códigos alemanes en la guerra. Sus conceptos fueron refinados por otros pioneros de la computa ción: John von Neumann, John Atanasoff, J. Presper Eckert y John Mauchly”.
Nuestras vidas no serían muy diferentes (aunque sí más pobres inte lectualmente) sin la teoría de la relatividad general einsteiniana, pero sí serían completamente distintas sin los dispositivos que almacenan, manipulan y transmiten información. Es cierto, evidentemente, que el –digamos– software, los hijos y nietos de la “máquina universal de Turing”, necesita del hardware, que encontró su gran pilar en el tran sistor, un hijo de la física cuántica; pero sin las ideas y técnicas mate máticas, cualquier hardware no sería más que un conjunto de piezas materiales sin ningún tipo de utilidad, de “vida” (recordemos, por ejemplo, que una de las palabras de moda desde hace tiempo es “al goritmo”, concepto que nace y reside en el ámbito de la matemática).
No es frecuente encontrarse en la historia de la ciencia con cientí ficos que se movieran con igual –o al menos parecida– habilidad en los dominios de la teoría y de la práctica. Isaac Newton (siglos xvii y xviii) fue uno; Enrico Fermi (siglo xx), otro. Alan Turing también lo fue, como bien explica Copeland en, por ejemplo, las páginas que de dica a sus trabajos durante la Segunda Guerra Mundial desarrollando –como señalaba Isaacson en Time– máquinas y técnicas para desvelar los códigos secretos alemanes. Un trabajo este, por cierto, que le ganó el respeto de Winston Churchill, quien no consideró tan bien al nada menos que físico Niels Bohr cuando este intentó convencerlo de sus
ideas acerca de la difusión de los conocimientos obtenidos por los aliados sobre bombas atómicas.
Lógica, matemáticas, criptoanálisis, filosofía, computación, ciencias cognitivas, inteligencia artificial y vida artificial (“Turing fue también el primero –se explica en este libro– en atisbar una conexión entre la vida artificial y la inteligencia artificial. Su teoría prometía no solo ex plicar el crecimiento de las neuronas del cerebro humano, sino tam bién estimular su crecimiento dentro de un ordenador”; se trata de la denominada “morfogénesis”), disciplinas cuyas historias no se podrán escribir sin incluir el nombre de Alan Turing. Maravilla, desde luego, pero al mismo tiempo estremece pensar lo que un humano puede llegar a conseguir, lo que puede almacenar en su mente biológica. Y pocas personas mejor situadas para llevar a otros ese poliédrico, multidimensional conjunto de saberes y logros que Jack Copeland, responsable, no se olvide, de The Essential Turing (Clarendon Press, 2004), que recoge e introduce los escritos fundamentales de Turing en todos esos dominios.
Somos lo que pensamos, por supuesto, pero esos pensamientos y conocimientos viven en nuestras siempre particulares personalidades. Y la personalidad de Turing fue tan compleja –también se ocupa bien de este aspecto Copeland– como los conocimientos que creó. Su tris te y prematuro (¡se podía esperar tanto de una mente tan brillante y original!) final también incluyó lecciones para el futuro: la de que no puede ser nunca objeto de persecución la inclinación sexual de una persona, siempre que esta se conduzca con respeto a los demás, a sus derechos o a sus gustos o costumbres particulares, aunque estas sean “históricas”. Se suicidase o no, como sugiere Copeland, el daño que se le infligió no se debe olvidar.
Vuelvo a lo que comenté antes. No sería descabellado considerar a Alan Turing el –o uno de los– “personajes del siglo xx”. En tal caso, se podría haber justificado su elección en los términos siguientes: Como un humilde y muy creativo hombre, que transitó a través de varias de las ciencias más básicas creadas por la humanidad, aña diendo a ellas nuevas perspectivas y sin distinguir entre ciencia por un lado y tecnología por otro, mostrando de esta manera una forma
poco frecuente de entender la Naturaleza, Alan Turing personifica el legado que el siglo xx ha dejado al siguiente.
Y como una persona que luchó con sus mejores habilidades por la libertad de su país y del mundo en un momento en el que la libertad se encontraba en serio peligro, el nombre de Alan Turing será recor dado cuando la memoria de su época no sea acaso sino una oscura sombra.
José Manuel Sánchez Ron Real Academia Española y Universidad Autónoma de Madrid