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Una vista del puerto elizabeth taylor

Título original: A View of the Harbour

© Elizabeth Taylor, 1947 © de la traducción y revisión: Carmen Francí © de esta edición, 2016: Gatopardo ediciones

Rambla de Cataluña, 131, 1º-1ª 08008 Barcelona (España) info@gatopardoediciones.es www.gatopardoediciones.es

Primera edición: enero 2016

Diseño de la colección y cubierta: Rosa Lladó

Imagen de la cubierta: Puerto de Saint Ives, Cornualles Fotografía de Philip Male, bajo licencia CC BY-SA Imagen de interior: Estanque Widmer en Penn, Buckinghamshire, Inglaterra Fotografía de Hugh Mothersole, bajo licencia CC BY-SA

ISBN: 978-84-944263-5-3 Depósito legal: B-29361-2015 Impresión: Reinbook Imprès, S.L Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Vista del estanque Widmer, en Penn, Buckinghamshire (Inglaterra), donde Elizabeth Taylor pasó la mayor parte de su vida.

capítulo i Las gaviotas no escoltaron a los barcos de pesca que salieron del puerto a la hora del té, al contrario de lo que harían a su regreso; permanecieron sentadas, meciéndose tran quilamente en las aguas, o se encaramaron a los costados de pequeñas barcas, agitadas arriba y abajo por una estela tras otra. Cuando alzaron el vuelo y extendieron las alas, su blancura destacó sobre el verde del mar; eran tan blancas como el faro.

Desde las barcas, los hombres veían el puerto como algo sucio y familiar: una hilera de casas, tiendas, un ca fé, un pub, revestidos de una capa desconchada de yeso de color albaricoque y azul celeste; más adelante, cuan do las barcas avanzaron con decisión desde la bocana del puerto hacia el mar, se alzaron otras hileras de edificios, el campanario de la iglesia sobresalió por entre los tejados, los rótulos de las tiendas se volvieron borrosos y lo sórdido se hizo pintoresco.

Sin embargo, la vista siguió siendo la misma para Ber tram, apoyado en una pared situada junto al faro. Parecía detenido entre el mar y la tierra; el agua se mecía inquieta a ambos lados del rompeolas en el que se encontraba. Miró sobre las barcas y las gaviotas en dirección al pub, que se hallaba en primera línea del puerto.

Cuando se levantaba por la mañana y se acercaba a una de las ventanas de delante de aquel pub para hacer sus

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ejercicios respiratorios, la vista estaba invertida. El faro hacía las veces de eje, y los edificios del puerto, el rompeolas y el mar giraban continuamente a su alrededor, agru pándose de nuevo, de modo que pocas veces se veía el fa ro sobre el mismo fondo. De idéntico modo, el rompeolas crecía o se veía reducido a la nada. «Ideal para un artista», pensó Bertram, sacando su álbum de dibujo y trazando una línea en mitad de una página. Dibujó cuadrados y rectángulos para representar los edificios; la gran casa de piedra en un extremo de la hilera, el pub, el café Mimosa Fish, la tienda de ropa de segunda mano, el salón recreati vo, la Misión de los Marineros, la exposición de figuras de cera, el cobertizo del bote salvavidas. Dibujó por encima más tejados y el campanario de la iglesia.

En ese momento, advirtió que en la estrecha casa, que parecía metida con cuña entre la casa grande y el pub, se abría una puerta y salía una mujer con un pañuelo negro sobre la cabeza y una jarra blanca en la mano. La mujer se dirigió, apresurada, hacia la casa contigua, la del médico, con la cabeza inclinada sobre la jarra. La había visto con frecuencia salir a la hora del té con una jarra blanca; a otras horas del día, tomaba la dirección contraria, la del pub, con una jarra rosa.

Bertram guardó la libreta de dibujo en el bolsillo y sacó la pipa. No tenía grandes dotes artísticas, a pesar de que ha bía encontrado una técnica muy buena para pintar las olas, con la blanca cresta inclinada, de un modo muy realista. Apenas había hecho un boceto de la escena cuando lo asaltó la curiosidad y lo distrajo la mujer que salía con la jarra de leche; o aquel hombre con delantal que escribía con letras blancas en la ventana del café Mimosa Fish, tras borrar el «Huevo, patatas fritas y té 1/3» que Bertram había advertido al pasar de camino hacia el faro. «Estupendos filetes fritos —murmuró Bertram—, espero que no se trate de tostadas con judías o de empanadillas escrito de modo incorrecto.» Una vez completado el rótulo, fuera éste el que fuese, el hombre entró en el café. El escenario quedó vacío de

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La exposición de figuras de cera parecía estar cerrada y tenía las ventanas cubiertas con visillos grises. La tienda de ropa usada, situada al lado, estaba recibiendo una ma no de pintura; la primera capa, de un color rosa salmón, enmarcaba los vestidos viejos que colgaban en el exterior. El salón recreativo tenía los postigos cerrados. Uno de los hombres se había alejado de las lazadas de alambre de espino y había entrado en el café; salió de nuevo a la puerta con una taza en la mano y gritó algo a sus compañeros, ahuecando la mano como una concha, junto a la boca. El sonido llegó débilmente a través del puerto.

Efectivamente, la luz se iba. Al darse la vuelta, Bertram vio las traineras diseminadas sobre el horizonte. Lo invadió una sensación de soledad. Golpeó la pipa contra el muro de piedra y emprendió el camino de regreso por el curvo malecón. «Bertram Hemingway, oficial de Marina

11 nuevo, exceptuando a los hombres que recogían de la playa rollos de alambre de espino oxidado, restos de la guerra. «Se está marchando la luz», se dijo Bertram. Mientras vivió en el mar, siempre pensó que así sería su jubilación: se alojaría en el pub de algún puerto y pinta ría aquellos aspectos del mar que, durante treinta y tantos años, creyó que lo esperaban. «Un bonito cuadro», había dicho a cada puesta de sol, cada vez que había visto salir la luna, ante cada tormenta y cada línea de la costa que brillaba como cubierta de alhajas, sin ver el paisaje en sí sino la cristalización o la esencia del mismo, el cuadro que pintaría él, completándolo en su imaginación. «Bertram Hemingway, ese exquisito pintor de temas marinos y playeros.» Pero cuando ponía las acuarelas sobre el papel, los verdes se tornaban fangosos y los pájaros negaban toda posibilidad de movimiento, prendidos e inmóviles sobre unas olas cuyas crestas nunca llegarían a romperse. «Quizá al óleo —pensó—. Siempre se plantean problemas con el medio. Con los medios, mejor dicho. Cuando entras en el café de un puerto, no esperas encontrar salmón en lata.»

Un automóvil se detuvo ante la casa de la que la mujer acababa de salir, la casa del médico. Éste bajó del coche, cerró con un portazo, se detuvo un momento para mirar hacia los barcos pesqueros (casi todo el mundo lo hacía) y después, cogiendo su maletín, se acercó a la puerta, llamó con los nudillos, esperó, y la casa se lo tragó.

Bertram caminó junto a la playa. «Sí, he hecho un par de dibujos —ensayó para decírselo al tabernero—. He hecho un boceto de la silueta..., ese grupo de casas produce un interesante efecto cubista..., pero se ha ido la luz.»

En el escaparate de la exposición de figuras de cera aparecía un rótulo anunciando, con letras oscuras, la última atracción: «El duque y la duquesa de Windsor»; había también un papel arrugado y descolorido, y algunos ex crementos de ratón.

Al pasar ante el olor a pintura, tuvo la sensación de que el aire trepidaba y aguardaba, y entonces, efectivamente, la luz del faro giró e iluminó con valentía..., luz, centelleo, pausa..., confirmando lo que el artista ya había decidido, que el día había acabado.

« Estamos friendo pecado .» Bertram leyó en voz alta lo que estaba escrito en el ventanal del café, y se detuvo, desconcertado... «¡Oh, pecado!» Se echó a reír y se encaminó hacia el pub.

El puerto, a su vez, observaba a Bertram. Lo habían vi sitado otros artistas, pero trabajaban con caballetes, rodea dos por un semicírculo de niños, y nunca habían acudido

12 retirado, el conocido...». «Otros hombres famosos empezaron tarde a realizar su obra, cuando ya tenían cierta edad —se apresuró a decirse—. Mira a...». Pero aunque hubiese podido encontrar un ejemplo, no se molestó en hacerlo, porque ahí estaba la mujer de nuevo, caminando a paso ligero en dirección contraria, colándose en su casa, esta vez con la cabeza alta y una mano blanca sobre el pañuelo negro que llevaba al cuello. Sin jarra. Era como si nunca las lleva ra de vuelta. Excepto la jarra del pub. La mujer caminaba despacio, con cuidado, como una niña.

tan pronto, mucho antes de que empezara la temporada. Ese hombre levantaba algunas sospechas. Carecía por completo de la típica parafernalia: su barba era marina, no bohemia. Lo observaban tras las cortinas de las tiendas y de las casas. La señora Wilson, desde la exposición de figuras de cera, miró al exterior por la ventana delantera del primer piso y se preguntó si sería un espía, olvidándose de que la guerra había acabado ya. Cuando vio cómo la luz trazaba un arco sobre el agua, sintió pánico y desolación ante la proximidad de una larga tarde durante la cual de bería intentar distraerse tomando tazas de té, escribiendo una carta a su hermano de Canadá o con la labor de punto que había dejado caer al suelo al inclinarse hacia el cristal para mirar a Bertram, apoyando la mejilla contra el áspero visillo, cuyo olor algodonoso y polvoriento le daba dentera.

Tory Foyle se quitó el pañuelo de felpilla negra del cabello. Poseía lo que, en otros tiempos, se consideraba la típica belleza inglesa: rostro sonrosado, cabello brillante y ojos de genuino color violeta.

—He recibido carta de Edward. —Sacó del bolsillo un pequeño papel rayado y lo alisó.

Beth sirvió el té y aguardó, con las antenas puestas.

—«Querida mamá —leyó Tory—, espero que estés bien, yo sí. Por favor envía sobres. Esto no me gusta mucho. Y sellos. Tengo mal la garganta. Hay chicos que tienen potes con miel. Me lo paso bien. Recuerdos. Tuyo sinceramente, Edward.»

—Bueno —comentó Beth—, no piensan lo que dicen, se limitan a poner lo que saben escribir. Recuerdo que Pru dence estuvo fuera una vez y nos escribió: «Estoy muy mal. No puedo decir qué es». Cuando telefoneé, descubrí que no sabía escribir la palabra diarrea. Y, además, se curó mucho antes de que llegara su carta. No tenía que haberme preocupado.

—Por lo menos, puedo enviarle un poco de miel.

—Sí. Miden el afecto por lo que trae el correo.

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La hija menor de Beth, Stevie, estaba junto a la mesa con una mano en la cadera, bebiendo con tragos largos y continuos la leche que Tory había traído para ella. Mientras bebía, los ojos se le desenfocaban. Beth y sus hijas tenían ojos grandes y bonitos, pero astigmáticos.

—Deja el vaso y parpadea.

Stevie hizo lo que le decía y, luciendo un bigote cre moso de leche, parpadeó varias veces.

—Leí en un libro que relaja los músculos —explicó Beth, subiéndose las gafas sostenidas por su pequeña nariz.

Tenía un aspecto virginal, pensó Tory, como si no hu biera recibido siquiera un beso en los labios.

—La sagrada letra impresa —comentó Tory.

—Ya puedes dejar de parpadear.

La niña respiró hondo y empezó a beber de nuevo.

—¿Dónde está Prudence?

—Está limpiando las orejas de los gatos. He tenido una idea estupenda: he pensado en invitar a Geoffrey Lloyd a pasar un fin de semana.

—No conozco a Geoffrey Lloyd.

—Creo que sí. ¿Te acuerdas de Rosamund Dobson, del colegio?

—Demasiado bien. Cuando teníamos unos doce años me dijo que cuando se tenía un hijo, el estómago reventa ba —Tory hizo un gesto, abriendo las manos— y después tenían que coserlo de nuevo.

—Bueno, pues Geoffrey es su hijo.

—Entonces espero que naciera del modo habitual. Rosamund debió de llevarse una agradable sorpresa.

—Pensé que podría hacer compañía a Prudence. Está destinado a las afueras de la ciudad, en las fuerzas aéreas.

—¿Cómo es que seguimos con unas fuerzas aéreas, si todo ha acabado ya?

Tory se levantó y se puso el chal sobre la cabeza.

—Podría empezar de nuevo, supongo.

—Sólo sucederá si hablas así —sentenció Tory, depo sitando una gran responsabilidad sobre los hombros de su

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amiga—. Invítalo primero a tomar el té para ver cómo es. Estoy segura de que no es nada del otro mundo.

—Es sólo un muchacho. Y Prudence no tiene amigos.

—Dejaré la jarra hasta mañana por la mañana.

—Gracias, querida... No sé qué haría Stevie...

—No hay de qué. Odio la leche. Si me la quedara, sólo la utilizaría para lavarme la cara. Me parece que estás ha ciendo de casamentera, Beth. Encuentra a alguien para mí —dijo volviendo la cabeza.

—Querida Tory, me gustaría poder hacerlo. No conoz co a ningún hombre. Y si conociera a alguno, no sería lo bastante bueno.

—Tengo que irme.

Pero no tenía otro motivo para marcharse a casa que el de evitar encontrarse con el marido de Beth.

Salió de aquella casa grande y desordenada, y entró en la suya, bonita y perfumada con olor a jacintos. Se sentó junto a los ventanales de su dormitorio y se peinó ante el espejo. Se deshizo el peinado y se lo volvió a hacer, pero no había nadie para ver el resultado.

A la señora Bracey le gustaban las bromas soeces, pero a sus hijas no. En la trastienda del establecimiento de ropa usada, Iris se estaba preparando para ir al trabajo y sostenía un par de medias ante el fuego. Les dio la vuelta con cuidado. Desprendían vapor. Su madre, paralítica de caderas para abajo, estaba tendida en la cama, situada junto a la pared, y se moría de risa.

—Sí —repitió secándose los ojos—. «No te tomes esas familiaridades», dijo él. «¡Tú y tus besos...!» Y mientras tanto estaba...

—Está bien, madre —intervino Maisie saliendo de la cocina—. Me parece que ya hemos oído suficientes veces esa palabra esta tarde.

—Dime, ¿qué puede ser más familiar que eso? —con tinuó la señora Bracey, riéndose todavía—. Depende de cómo lo mires, supongo. Las malditas distinciones de clase,

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incluso en... Está bien, está bien. Llegarás tarde, Iris —añadió con aspereza.

—¡A mí me lo vas a decir! —se puso las medias con cuidado.

—Ya son las seis menos cinco. Ya verás como no po drás dar un paso por culpa del reúma antes de cumplir los cuarenta —dijo su madre con tono de satisfacción.

Iris deslizó los pies en los zapatos y desapareció.

—¡Adiós! —gritó su madre, pero no obtuvo respues ta—. No tengo a nadie con quien divertirme un rato —se lamentó con un suspiro—. ¿Qué estás haciendo con esa gue rrera, Maisie?

—Iba a plancharla un poco. La señora Wilson, la de la casa de las figuras de cera, dijo que me daría cinco chelines por ella, para la duquesa de Kent.

—No es lo bastante llamativa para la familia real, pero podemos intentar arreglarla. ¿De dónde viene?

—De casa del párroco. La cocinera trajo muchas cosas.

—No te empeñes, pues; no hay modo de tratar el terciopelo. Pon la plancha debajo y el vapor subirá entre el pelo.

—Y para hacerlo me pongo cabeza abajo, ¿no?

La señora Bracey juntó las manos y suspiró con aire teatral. Estaba aburrida, frustrada, no sólo debido a su esta do físico, sino también a su mente, a su gran imaginación, terca y errática. En los viejos tiempos, durante las tardes de verano, le gustaba sentarse en el exterior de la tienda, en una silla junto a la puerta, y contemplar la marcha de las barcas o charlar con la gente que entraba o salía del Anchor; gritar insinuaciones maliciosas a los pescadores y tomar partido en las peleas de los niños. Ahora, cualquier brillo, cualquier chismorreo, había desaparecido de su vida. Cuando Iris volviera del Anchor se dejaría caer en una silla, cogería su novela por entregas y, tras quitarse los zapatos, esperaría a que Maisie trajera el chocolate.

«Pasa casi cinco horas en el mundo exterior y no me dice ni mu», pensaba su madre, esperando con nerviosismo el bocado exquisito que no llegaba nunca.

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—¿Quién había por ahí esta noche, Iris? —preguntaba al final, exasperada, pero con tono sumiso.

—¡Oh!, los de siempre —contestaba Iris volviendo una página.

«No suelta prenda. Piensa que soy una entrometida. Ya veremos qué pasa cuando le toque a ella.»

La señora Bracey esperaba con optimismo que les lle gara el turno a los demás.

«Estas chicas de ahora —pensó mientras contemplaba cómo Maisie trabajaba con calma—, ¿en qué creerán? Tienen una vida vacía.» Se sentía siempre molesta porque sus blasfemias las dejaban indiferentes. «Malditas ateas. Ni si quiera creen que el sexo es divertido. Supieron demasiado pronto todas las cosas de la vida, antes de que pudieran verle la gracia. Todo eso que llaman biología le quita encan to, hace que la vida pierda interés. ¡Oh, Señor! ¿Por qué no enviaste esta enfermedad a esa señora Wilson, por ejemplo, en lugar de enviármela a mí? Ella no quiere hacer otra cosa que estar sentada en casa, mirando por la ventana. Yo la habría visitado, habría sido muy buena con ella. “Buenos días, señora Wilson, sólo pasaba por aquí para ver si quiere alguna cosa. Le traigo un poco de caldo de ternera”, diría yo, dando la vuelta a la taza para que viera lo rica y sólida que era la gelatina. “Se lo calentaré en el fuego. Debemos com partir nuestras cargas, tal como dijo Nuestro Señor. ¿Para qué sirve la religión si todo se reduce a hablar en lugar de hacer algo? Mientras bebe esto, me sentaré un poco y charlaremos. No, no tengo prisa. Ayer noche oí una buena historia en el Anchor sobre un duque y una doncella...”.»

—¿Por qué sonríes, madre? —preguntó Maisie sacu diendo la chaqueta de terciopelo. —Cosas mías.

Fue un golpe verse tendida en su propia cama, en lugar de estar sentada junto al lecho de la señora Wilson. «Es una pena, Señor. Sin duda, yo lo merecía por muchos mo tivos, pero no más que los demás. Golpea a alguno de esos malditos ateos, digo yo, no a uno de tus fieles, que podría

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haber estado en el mundo haciendo un trabajo útil. Como sentarme en mi silla, metiendo la nariz en los asuntos de los demás o tomando una rica cerveza de barril en el bar», aña dió, pues no pretendía engañar a nadie. «Tendré mi recom pensa en el cielo. Será muy agradable ver cómo cambian las tornas después de haberme ganado mi salvación aquí abajo con tanto dolor. Valdrá la pena esperar para ver la cara de Iris mientras Nuestro Señor dice: “¿Qué cosas buenas has hecho? Pues quedarte sentada, noche tras noche, para leer las tonterías de Charlas de Mujeres, sin una palabra cortés en los labios”. Si me encontrara en mi última agonía, aca baría el ejemplar de la semana antes de ir a buscar al doctor Cazabon.» Sus manos tiraban del dobladillo de la sábana mientras sus pensamientos volaban.

—Sí —dijo Bertram—, he dibujado la silueta, sólo un bosquejo, ¿sabe?

Estaba bebiendo una cerveza rubia en la barra. Iris sorbía una Guinness y se secaba los labios con un pañuelo de encaje.

—Nunca habíamos tenido un artista durante el invierno —comentó el señor Pallister—. Aparecían uno o dos durante las vacaciones, pero eso era antes de la guerra. Bus can todo lo viejo. Siempre creo que la ciudad nueva, al otro lado del cabo, sería un bonito cuadro, con el malecón, los jardines italianos y lo demás. Pero el puerto está acabado. No entiendo cómo se las apaña la señora Wilson, la de las figuras de cera; además, perdió a su hombre en la guerra. ¿Qué sacará de eso? La gente va por curiosidad, para diver tirse. ¿Cuánto durará? Tenemos también el salón recrea tivo. Está cerrado, claro. Todos los veranos me pregunto si vendrán o no. Son gente llamativa, de Londres; no son de aquí. La señora Wilson, sí. Su hombre heredó de su padre, tal como yo hice de mi viejo. En esa época, esto era un lu gar de moda y había casetas de baño bajo el muro. Vaya, si hasta tuvimos una vez una fiesta con un concierto y todo. ¿Te acuerdas, Iris? ¿Te acuerdas del tipo que llevaba una

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chaqueta a rayas rosas y blancas y un sombrero de paja? No recuerdo cómo se llamaba.

—Vaya, si yo sólo era una niña, señor Pallister —dijo Iris, sorprendida.

Pero Bertram se dio cuenta de que sí se acordaba, de que la chaqueta rosa y blanca a rayas había sido una de esas visiones que estimulan la imaginación de los niños y que recordaba incluso el nombre del individuo.

—Pero ya se acabó todo —dijo el señor Pallister—. Hoy en día, a la gente ya no le interesa el olor a pescado. Usted es marino y eso es distinto.

—No veo qué tiene que ver el estar en la Marina con el pescado —intervino Iris—. Además, el señor Hemingway era oficial.

—Nadie puede librarse —comentó el señor Pallister. Echó un tronco al fuego y cuando lo movió con la bota, brotaron unas llamitas verdes a su alrededor. Unas cortinas de sarga roja cubrían las ventanas, y el barniz amarillo desprendía un brillo pegajoso. «No admitimos la posibilidad de la derrota», rezaba una tarjeta sucia y torcida que colgaba sobre la barra.

—Tenemos una noche tranquila —prosiguió el señor Pallister.

Lo decía casi todas las noches, excepto la de los sába dos, en las que apuntaba: «Está todo muy tranquilo para ser sábado».

—Mire, aquí hay un cuadrito —añadió, descolgando algo de una esquina oscura—. Pintura al óleo —explicó con reverencia, tendiéndoselo a Bertram—. Me gustaría que un experto me diera su opinión sobre él. Lo hizo un tal señor Walker que estuvo por aquí. Ocupaba la misma habitación que usted, y cuando se fue, me lo dio.

—«Vista del puerto» —leyó Bertram, observando con atención la parte inferior del lienzo.

Aparecía el faro, el rompeolas y el cobertizo del bote salvavidas, todo ello pintado en un tono marrón que parecía salsa de carne. Al contemplarlo con mayor detalle, Bertram

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pudo distinguir un bote de color sepia y un pájaro. Las olas, en el mar abierto, se alzaban en hileras.

—Sí —dijo Bertram devolviendo el cuadro a su lu gar—. Debo pintar un cuadrito para que le haga compañía.

«Cola y sopa al curry», pensó, y vio su propio cuadro lleno de luz. «Una pequeña joya de Bertram Hemingway.»

—¿Quién es la señora de la jarra? —preguntó.

—Se refiere a la señora Foyle —dijo Iris.

—¡Ah!, la señora Foyle, la de la puerta de al lado. Viene a buscar la cerveza a la hora de cenar. ¿La señora con el pañuelo negro?

—Sí.

Se produjo un breve silencio. Iris levantó la vista de sus uñas, de las que estaba quitándose el esmalte descas carillado.

—Tiene los ojos de un color muy bonito —añadió Iris pensando vagamente en Tory. ¡Oh, Señor! ¡Qué monótona es la vida! Imagina que se abre la puerta y, de repente, entra Laurence Olivier, tal vez rodando unos exteriores, «porque ningún otro motivo podría hacer que viniera por aquí», pensó con amargura.

El abanico de luz se detuvo bruscamente cerca de la tierra. Barrió el mar a lo lejos y rastreó el cielo. ¡Mira!, exclamó, y desapareció. Prudence se arrodilló en la oscuridad, junto a la ventana de su dormitorio, con las manos en el polvorien to alféizar. Yvette y Guilbert, sus gatos siameses, frotaron la cabeza en actitud de arrobo contra sus rodillas, dando vueltas, estremeciéndose, sin dejar de ronronear. El rostro de Prudence, bajo el gran flequillo, parecía un trozo de pa pel a la luz de la luna, que iluminaba la parte delantera de la casa de piedra y las deterioradas fachadas de yeso que daban al puerto. Abajo, distintas luces se extendían sobre los adoquines; la del farol situado sobre la puerta de la casa, la casa del médico, y la luz de la acera, de color rojo brillante bajo las ventanas cubiertas de sarga roja del Anchor. En las proximidades del rompeolas, las farolas describían círcu-

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—¡Prudence! —llamó su padre. Su voz le llegó a través de las escaleras. Era propensa a las bronquitis y no le estaba permitido asomarse a las ventanas por la noche y llenarse los pulmones de aire húmedo.

«Tengo veinte años —pensó—. ¡Y nunca me han dado un beso de amor!»

21 los de luz verdosa cercados por la oscuridad. Y siempre estaba presente un sonido que ella ya no oía, pues lo había oído desde el principio: el rumor del agua al entrechocar de modo irregular contra las rocas, alzándose embriagada y, tras ver obstaculizado su camino, rompiendo y retirándose. En el muelle había dos viejos bajo una farola, hablando acerca de un bote. La luz pintaba de plata los pliegues de sus jerséis oscuros. El viento arrastró un trozo de periódico y lo hizo revolotear hasta dejarlo empalado en un rollo de alam bre, donde se quedó agitándose. Cuando se abrió la puerta del pub, un río de color amarillo corrió entre los adoquines. Bertram permaneció en él por un instante antes de cerrar la puerta. Prudence lo contempló, echándose un poco hacia delante, con los brazos desnudos sobre la áspera piedra del alféizar. Tal vez los pensamientos de Prudence hicieron que Bertram alzara la cabeza; lo cierto es que la muchacha vio su rostro levantado en dirección a ella, pudo verle la barba y, a medida que se alejaba, un pequeño anillo pálido en la coronilla, allí donde el cabello escaseaba. Bertram se unió a los dos hombres que se hallaban bajo la farola e incorporó su voz a las suyas. Prudence supuso que les preguntaría sobre ella y que éstos se encogerían de hombros y dirían: «Es la hija mayor del médico», o algo parecido, puesto que no significaba nada para ellos, sólo era una niña que había crecido ante sus ojos. Pero Bertram —Prudence ignoraba cómo se llamaba— había alzado la vista en el momento exacto en que dejaba de ser una niña y se convertía en una mujer —Prudence sentía vértigo ante el poder que eso le daba—. No importaba que se tratara de un hombre mayor, lo que ella experimentaba por primera vez era su propio poder para confundir a los demás.

—¡Prudence! —la voz ascendió en espiral con mayor claridad. Su padre había llegado al primer piso. Prudence caminó de puntillas en dirección a la puerta, encendió la luz, salió al rellano y se asomó por la barandilla, mirando hacia el centro de la casa.

—¿Sí, padre?

Éste se detuvo con un pie en el primer escalón.

—No te quedes en tu habitación, que está fría. Es hora de cenar.

—Me estaba peinando —alzó la mano y se arregló el flequillo.

—Pues no has progresado mucho —observó él, pre guntándose por qué sus dos hijas eran tan mentirosas.

«Beth y yo —pensó, bajando de nuevo las escaleras— somos tan francos, tan sinceros… ¿De quién lo habrán he redado? ¿En dónde nos equivocamos?»

Siempre estaba preocupado por alguna cosa, y seguía dando vueltas a esa cuestión cuando entró en el comedor, donde la estufa de gas rugía de modo irregular por tener algunas varillas rotas. Habían retirado las revistas de la gran mesa para poder servir la cena pero, aunque los periódicos estuvieran en otro lugar, los fantasmas de los pacientes seguían sentados en las sillas tapizadas de cuero, aguardando su turno. Su presencia llenaba la habitación.

Beth se sentó a la mesa, también aguardando, con las manos sobre el regazo y los ojos vagamente soñadores. Él la besó en la frente y le pasó una mano por el cabello corto y rizado, tan suave y despeinado. El gesto no significaba nada para ninguno de los dos.

—¿Viene Prudence?

—Ha dicho que ahora baja.

Beth estaba pensando que tal vez los camarones en salsa disimularan los grumos.

—¿Has escrito algo?

—¡Oh!, Robert, no han dejado de pasar cosas. En dos ocasiones, en cuanto me acababa de sentar, ha sonado el

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teléfono; después Stevie ha llegado temprano de la escuela y he tenido que preparar el té, y ha venido Tory...

—¡Tory! —sacó la servilleta del aro con un gesto brus co, la cogió por una esquina y la agitó para desdoblarla—. ¿Qué quería?

—Le sobraba leche y la ha traído para Stevie...

—Pero ¿no te das cuenta de que la niña ya bebe sufi ciente leche? Tiene poca hambre porque bebe demasiado.

—Le gusta —contestó Beth sin pensar—. Tendré que escribir esta noche.

Pero la idea de encerrarse con sus libros hasta la una o las dos de la madrugada le atraía y le producía un con fortable placer.

—Pensaba que podríamos ir al cine.

—Tory quería ir.

Robert se comió el pescado sin contestar.

—¿Por qué no llevas a Tory, en lugar de ir conmigo?

—Desde luego que no.

—Me gustaría que te gustara Tory. Me parece que podríamos hacer mucho por ella, está tan sola. Nosotros nos tenemos el uno al otro.

«Tory es frívola —pensó Robert—. Tory es frívola.»

Miró el rostro pequeño y serio de su esposa.

—Maldita sea, ¿dónde está Prudence? —Se levantó de la silla y volvió a llamarla a través de las escaleras, más enfadado con su hija de lo que parecía justificable.

Prudence bajó corriendo con el flequillo agitándose en la frente, el pecho oscilándole audaz y arrogante bajo el jersey, y los gatos brincando junto a sus talones. Pero la prisa le provocó un acceso de tos. Se detuvo en el pasillo, con el rostro sofocado y enrojecido de tal modo que con trastaba con el verde de sus ojos resplandecientes, a la vez que una gruesa vena le palpitaba en la frente.

—Tranquila, Prue —dijo su padre. Pasándole un brazo sobre los hombros, la condujo hasta el comedor sin una sola recriminación por que se le estuviera enfriando la cena; y la acompañó hasta su silla.

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Bertram había visto a Prudence en la ventana; su blanco rostro le había sobresaltado y se preguntaba por qué se sen taría junto a la ventana en una habitación a oscuras. Como Prudence había adivinado, preguntó a los pescadores sobre ella. Éstos, con una sonrisa, se golpearon ligeramente la frente con los dedos pero no soltaron palabra. Mientras paseaba a lo largo del muelle, antes de que llegara la hora de irse a dormir, meditaba sobre ello: «La vida se abre paso —pensó—. Sufrimos durante toda nues tra vida y ahora, cuando la vejez es inminente… —para él, la vejez era siempre inminente, pero no llegaba nunca—, uno espera alcanzar la paz, que la curiosidad ceda paso a la contemplación, a las abstracciones fáciles, al trabajo. Yo creía que, separado de todo lo que he conocido, en un lugar extraño, podría alcanzar aquello con lo que he soñado, a lo que he aspirado desde que era joven, acosado a cada paso por el amor, el odio, el mundo; siempre implicado, comprometido, rodeado por la vida. Entonces me liberaré, pensaba. Pero ahora llevo dos días en este lugar y la marea asciende, empieza a mojarme y percibo que en esta vida no existe la paz». Había llegado al cobertizo del bote salvavidas y se detuvo para contemplar las aguas negras y agitadas. «No conoceré la paz hasta que muera.» Dado que su egoísmo era grande y su esperanza de alcanzar la inmortalidad pequeña, sentía un miedo aterrador ante la muerte, así que prefirió apartar ese pensamiento y pensar en la vida, en la mujer de la jarra, por ejemplo, y ahora en la figura que se desplazaba por la habitación iluminada con una luz verdosa, tras los visillos, encima de la exposición de figuras de cera.

Iris salió del pub y caminó con prisa en dirección a su casa, arrimada a las paredes de los edificios.

«Tengo que volver —pensó Bertram—. El viejo Pa llister estará dando cuerda al reloj, colocando un puñado de dardos en la jarra del estante y diciendo: “Ha sido una noche tranquila, pero estoy igualmente cansado”.»

Regresó caminando despacio, ahora con el viento a su espalda. El médico salió de su casa, sin sombrero y sin

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Cuando Bertram llegó al Anchor, el médico regresaba a paso rápido, con la cabeza inclinada para protegerse del viento y las manos en los bolsillos. Se detuvo en el escalón de la entrada, eligió la llave adecuada y, echando otro rá pido vistazo en dirección a las ventanas oscuras de la casa vecina, entró en la suya y desapareció.

El señor Pallister estaba de pie en el bar con los dardos en la mano.

—¿Qué tal una última cerveza? —preguntó.

—No, gracias. Me voy a la cama.

—Si no fuera usted marino, diría que el viento del mar le cansa. Los visitantes siempre lo notan. Eso y el apetito.

Era un hombre pálido, de aspecto poco saludable, que pocas veces salía al exterior.

En el preciso instante en que Bertram estaba a punto de acostarse, oyó el repiqueteo decisivo de unos tacones altos a lo largo de la acera. Se acercó y miró por detrás de la cortina. Era Tory, que volvía del cine, sola.

«Qué perpetuo ir y venir hay aquí», pensó, malhumo rado, metiéndose entre las ásperas sábanas de cruzadillo. Permaneció echado, contemplando el cielo aborregado. ¡Eh!, exclamó el faro, barriendo la habitación. El aguamanil pintado del lavabo destacó por un instante y se desvane ció. Pensó en la flota pesquera, agazapada a lo lejos, en las oscuras aguas. «Y yo, en tierra, durmiendo en una cama, como una mujer.»

—¿Quién estaba por ahí esta noche, Iris? —preguntó por fin la señora Bracey.

—Poca gente —contestó Iris, detenida ante el espejo mientras se recogía el cabello. Hablaba de manera poco inteligible, con unas cuantas horquillas entre los labios.

25 abrigo. Se dirigió hacia el coche, situado junto al bordillo, y permaneció inmóvil en la acera durante un momento, mirando hacia la casa contigua, en la que no había luz; des pués entró en el vehículo y condujo hasta la parte posterior de la casa, en dirección al garaje.

No pretendía ser descortés con su madre, pero en su imaginación, Laurence Olivier seguía abriendo la puerta del salón y entrando en el bar. En cuanto se acercaba a Iris y empezaba a hablar, se hacía cada vez más borroso, hasta desvanecerse, pues no se le ocurría qué podría decirle. En ese momento, Maisie trajo el chocolate.

La señora Wilson cerró con llave la puerta de su dormitorio con el fin de impedir la entrada a la fantasmal compañía del piso inferior. Cuando Bob vivía, no le había importa do su presencia, pero ahora era consciente de que estaban siempre ahí, agrupados, inmóviles, con ojos que lanzaban destellos cada vez que el haz de luz del faro centelleaba sobre ellos, con los brazos doblados, en un ademán poco natural, o las rodillas un poco flexionadas en un perma nente gesto informal. Un guante se desintegraba entre los dedos de un miembro de la familia real; los rostros poco conocidos de unos asesinos olvidados miraban hacia la puerta; la señora Dyer, la asesina de niños, tenía el dorso de la mano cubierto de polvo.

Se acostó con frío en uno de los lados de la cama mal aireada, como si en cualquier momento pudiera llegar Bob para tenderse a su lado, y rezó para que el sueño la llevara con mano firme hasta la mañana siguiente.

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