Una canción que dure para siempre Santiago Featherston
Para Ama, que dice que la muerte no existe.
Para Pablo Ohde, si me disculpa. Y para Juansiempre.Forn,
Natalia Ginzburg
También había en nosotros un deseo de apropiarnos de algo más allá del mundo que conocíamos, más allá de [ nosotros, más allá de nuestra capacidad de imaginar; algo en [ lo que, no obstante, pudiéramos vernos reflejados.
Y descubrimos, con profundo estupor, que hasta de nuestra ciudad gris, pesada y nada poética, se podía hacer poesía.
Mark Strand
UNA DESPEDIDA PARA MURIEL LEROI
Una noche de xenofobia, risas falsas y limoncello conocí a Muriel Leroi, pronúnciese «Leruá». Ella vestía falda esco cesa y medias de lana azul, y cada tanto se sacaba un rulo pelirrojo de la frente. En la cena estaban su padre y mi madre, que eran empleados del Ministerio de Obras Pú blicas y se habían reunido a discutir acerca de la cantidad de desagotes que deberían realizarse con el fin de evitar nuevas inundaciones en la ciudad. Y había alguien más en la cena, un asesor cordobés con un ojo más grande que el otro, cuyo nombre Muriel y yo decidimos esa noche. Pero eso pasó más adelante. Por ahora digamos que yo todavía usaba mi célebre raya al costado, bien delineada a fuerza de afirmarla ante el espejo cada vez que salía de bañarme, y que el cordobés se ganó un enemigo desde que me saludó apoyando su mano sobre mi cabeza, arruinando mi peinado, mientras su ojo más chico se burlaba de mí y el más grande le sonreía a mi madre y al resto de las madres divorciadas del mundo. Durante la cena me dediqué a esparcir pedazos de cor teza de pan sobre los cuadrados del mantel y a responder con monosílabos. Ya en la sobremesa, mi madre recordó el
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viaje14 a Córdoba que yo había hecho con mi padre cuando él decidió instalarse definitivamente allá. Y en lugar de contentarse con recordarlo, mi madre preguntó:
–¿Qué te pareció Córdoba?
una carcajada que le voló un rulo. Desco locada y torpe, mi madre cambió de tema y preguntó qué pasaría con el posible recorte de fondos que, según los rumores, el Presidente anunciaría en cuestión de días.
Probablemente su pregunta haya sido más breve, ridícula y desordenada: no importa. Lo que sí importa es que mientras el padre ofrecía una dosis de limoncello casero a mi madre y al cordobés, Muriel se levantó de la mesa y desde el pasillo que conducía al baño y a los cuartos y sin que nadie más la viera, me señaló y movió la punta del dedo índice; creo que una sola vez fue suficiente para que yo dejara la servilleta sobre la mesa y dijera:
–¿Qué fue lo que más te gustó? –volvió a decir ella.
–Disculpen, alguien me llama desde el baño.
–El cielo –murmuré–. Porque ahí seguro que no hay cordobeses.Murielsoltó
–Vení –susurró Muriel, dándose vuelta para asegurarse de que la seguía.
Yo presioné una corteza de pan, que se desintegró.
Mi madre y el padre de Muriel creyeron que se trataba de un chiste. El único que dudó fue el cordobés, que ama gó con girarse en dirección al baño para ver de quién se trataba, pero al ver la sonrisa de mi madre rápidamente hizo como que se estaba rascando la espalda; yo le estu dié los ojos en busca de algo que me permitiera disculparle nuestro mal comienzo, pero no encontré nada.
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Llegamos a un cuarto que supuse era el escritorio del padre. Había una computadora, estantes llenos de libros y, sobre una mesa, algo con forma de huevo que llamó mi atención. Le pregunté a Muriel de qué se trataba.
–Es una cosa para guardar cosas. Esperá –dijo ella, y siguió buscando lo que quería mostrarme entre los estan tes, hasta que sacó un libro de tapas rosas, pasó un par de páginas y me lo dio–. Leé. Yo leí: Llevaba mucho tiempo deseando hacer lo que había visto realizar a mi madre en ese día inolvidable donde provocó en mi padre repetidos goces. Primero la mano, volviendo tímidamente los ojos, luego la boca todavía va cilante, luego gustando cada vez más y, por último, el pla cer entero y sin vergüenza (risa contenida de Muriel). No sé qué sienten los hombres cuando se atreven a acariciar todos los objetos de sus deseos. Pero si me atrevo a deducir por lo que sentí mirando, acariciando, besando ese miem bro maravilloso de la fuerza viril, y luego chupándolo y provocando el chorro impetuoso (otra risita de Muriel) de la savia vital, la voluptuosidad del hombre es verdade ramente formidable. Cerré el libro y miré la tapa rosa. Su título era Memorias de una cantante alemana, lo había escrito una señora de nombre impronunciable y formaba parte de una colección llamada La sonrisa vertical. Pregunté una obviedad: –¿Qué es esto?
Muriel me sacó el libro de la mano.
–¿Y yo quién soy?
–Era de mi mamá. ¿En tu casa no hay libros así, escon didos? –dijo dándome la espalda, con el brazo estirado para guardar el libro. Desde atrás, los rulos que le caían sobre los hombros parecían flotar alrededor de su cabeza. Ella se esforzó por dejar el libro en el mismo lugar de don de lo había sacado, pero era demasiado alto para ella y en el esfuerzo se le cayeron varios libros de oratoria y retórica justo encima de un pie. Sin quejarse, Muriel los usó para improvisar una plataforma, pararse encima y devolver el libro de tapas rosas a su lugar. Bajó de un salto y señaló la silla que había frente a la computadora.
–Esther –dije yo–. Y tu papá, Freddy. A Muriel no le gustó: –Me hace acordar a Freddy Krueger…
–Sentate –dijo–. Yo soy muy lenta para escribir.
A tu mamá no le cambiemos el nombre. O sí. Sí –Muriel empezaba a entusiasmarse–, que se llame…
–Miembro Maravilloso –concluyó Muriel, divertida–. Me Estabagusta.
–Vos sos… Darío Lopérfido. Protesté; ese nombre me parecía una mierda.
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Pasé una mano por mi pelo y supe que más tarde tendría que pedir prestado un peine.
–No, porque él se va a llamar Freddy el Nada. Y al cor dobés le ponemos Miembro.
todo listo, pero faltaba mi nombre.
–Lo primero –dijo Muriel, apoyando una mano sobre mi hombro– es decidir cómo nos vamos a llamar. Nosotros y ellos –aclaró–. Yo soy Muriel Leroi, se escribe L-e-r-o-i.
Los adultos no parecían extrañarnos en la sobremesa. Podíamos oír cómo discutían por la ubicación de los desa gotes que habría que terminar antes de la próxima caída importante de agua. La voz del cordobés se distinguía por el uso indiscriminado de localismos, con exceso de «guasos» y «culiaos». Por lo bajo, el padre de Muriel argumentaba que antes habría que terminar la obra del arroyo Rodríguez, y mi madre, ¿qué hacía mi madre? No lo sé. Pero nosotros tuvimos tiempo de terminar nuestra historia de una sola página. Terminaba con Muriel y yo arriba de un puente, desde el que echábamos cortezas de pan a los pececitos del arroyo. Punto final. Muriel imprimió la historia, borró el documento y dijo que esa única copia la guardaría en su mesa de luz, al lado de las cartas que se enviaba con sus amigas. A mí me pareció que nuestra historia merecía un escondite más distinguido, apartado de sus amigas y de todos los aspectos de su vida que yo no conocía.
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Muriel se rio y dijo: –Chiste. Vos no tenés nombre porque vas a ser el pro tagonista que cuenta la historia.
Muriel se paró detrás de mí y empezó a dictar el comien zo: «Esther y Freddy el Nada estaban preparando la cena en su cabaña de Córdoba cuando de repente apareció Miembro Maravilloso sosteniendo toda su fuerza viril y los amenazó con destruir el escritorio y las habitaciones de su cabaña si no le enseñaban a hablar bien». Yo tecleaba a toda velocidad pese a las cosquillas que me provocaba la respiración de Muriel contra mi oreja.
Eso alcanzó para convencerme.
–Yo también me voy a anotar en el Nacional –dijo Mu riel, y cuando pensé que ya se había ido, asomó la cabeza llena de rulos y dijo–: Escribís rápido para ir a una escuela conEnnúmero.elviaje de vuelta a casa, cuando mi madre pregun tó qué habíamos estado haciendo Muriel y yo –aunque mi madre usó otro nombre para referirse a Muriel–, le dije que nada y miré pasar las luces de los faroles del alumbrado público por la ventanilla.
–¿Y por qué no en la cosa para guardar cosas?
Al Nacional se entraba por sorteo, y mi madre decía que si teníamos –desde su divorcio le gustaba usar el plural para hablar de mis asuntos– la mala suerte de no salir sor teados, ya veríamos qué hacer; supongo que por eso nunca cuestioné su decisión: siempre me gustó jugar a los plenos.
Muriel dijo que esa caja –así la llamó– era de su padre. Dobló la hoja y antes de salir corriendo a su cuarto, bajo el marco de la puerta, levantó el dedo índice como si qui siera un segundo más de mi atención:
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–¿Vos a qué colegio vas?
29 –le dije–. Pero el año que viene me voy a anotar en el Nacional.
Ella iba a una de esas privadas con nombres como Sagrado Corazón, Corazón Eucarístico, Nuestra Señora Inmaculada.–Voyala
Poco después hubo una nueva reunión en casa de Muriel. El cordobés no se cansaba de explicar cómo debían res ponder ante posibles preguntas de los periodistas, la ma nera de pararse y gesticular. Después el padre de Muriel se levantó a comprobar la cocción de una carne al horno
19 y el cordobés y mi madre salieron al jardín a fumar un cigarrillo. Muriel y yo aprovechamos para escabullirnos al escritorio. Ella me sentó frente al monitor, volvió a ubi carse a mi espalda y empezó a dictarme al oído: «Miembro Maravilloso sorprendió a Esther en el establo con toda su voluptuosidad, y enojado porque todavía no había apren dido a hablar bien, con la boca todavía vacilante, le chu pó el cuello y extrajo su savia vital. Pero Esther arrancó la fuerza viril de Miembro Maravilloso de un manotazo y huyó a su cuarto y la guardó en una cosa para guardar cosas que escondió bajo la almohada. Freddy el Nada paseaba con su caballo por la campiña y nada supo. Sin embargo, Muriel Leroi pudo ver todo lo que había pasado desde el techo y llamó a una paloma mensajera para avisarme a mí, el protagonista de la historia, que debíamos reunirnos urgentemente». Ya éramos un equipo. Sin embargo, creo que recién empezó a considerarme un par cuando le hablé del libro que había encontrado en el cajón de la mesa de luz de mi madre: se llamaba Historia del ojo. Muriel y yo teníamos la ilusión de conseguir todos los libros que nos faltaban para completar la colección de tapas rosas, más de cien, y aunque ahora me pregunto por qué no robábamos alguna tarjeta de crédito y comprába mos a mansalva por internet, la verdad es que nos divertía encontrarlos de a uno en sitios recónditos, en las casas de los padres de nuestros amigos, donde fuera. –¿Y no lo trajiste? Me levanté la remera y saqué el libro que hasta entonces había estado guardando.
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Ella sonrió con los ojos, arrugando las pecas de su nariz. Se llevó una mano a la boca y sacó el chicle. Después lo acercó a mi boca y yo lo aplasté con mi lengua contra el paladar, pero ya no tenía gusto a nada. Eso me hizo pensar en Freddy el Nada. –Tiene gusto a tu papá –le dije. Muriel se lanzó de un salto sobre mí, rodeando mi cintura con sus piernas de lana azul. Le dije que nos íba mos a caer, pero ella ordenó que la sostuviera de las pier nas, abrió mi boca con la suya para recuperar su chicle y desde su nueva altura me miró triunfal hasta que ya no pude más y me dejé caer al piso. Muriel, arrodillada sobre mí, sacándose los rulos de la cara, tiró del chicle hasta partirlo en dos.
–La mitad para cada uno –dijo con la cara todavía más colorada que los rulos que le cubrían la frente.
Después escribimos un cuento en el que por pri mera vez Muriel se detuvo en medio de un párrafo y preguntó cómo creía yo que debía continuar la historia; yo solo pude pensar en la muerte de Miembro Mara villoso o en nuestra huida hacia una nueva provincia. Según Muriel, había que unir ambas opciones: le pareció más real.
–Pequeño marrano –dijo Muriel y me sacó el libro de la mano sin dejar de mascar su chicle con la boca abierta, incorporando el vocabulario de los libros de tapas rosas en nuestro diálogo, ayudando a construir, quizá sin saberlo, nuestro propio mundo secreto. Al darme cuenta de eso me dieron ganas de tener un chicle en la boca. Le pregunté a Muriel si tenía otro.
La reunión siguiente fue en mi casa, y el cordobés llegó una hora antes de la cena y ayudó a mi madre a cocinar. Cada tanto tiraba algún chiste.
Muriel–Querida,Muriel:venacagar.habíaideadolacontinuación de la historia, pero no tuvimos tiempo de escribir; apenas terminamos de ce nar, el cordobés dijo que era tardísimo –aunque las otras veces se había hecho más tarde aún y nunca había dicho nada– y que estaba cansado. Muriel y su padre se fueron con él y mi madre se quedó fumando sola, en la cocina. No hubo reuniones durante las fiestas y el verano; la siguiente fue poco después de haber empezado las clases. Por eso no puedo hablar de los cambios cotidianos de
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–Yo soy como Vaca Muerta –decía mientras acomo daba la pizza en el horno–. Tengo mucho potencial, pero hay que hacer fracking para sacarlo. A mi madre no le causaba mucha gracia. Muriel bajó del auto a los gritos, diciendo que traía un postre que ella misma había preparado y que era solo para ella y para mí.
–Es una chocotorta –gritaba–. Los grandes no pueden probarlo.–¿Por qué no? –dijo alguno de los grandes. –Porque están gordos –contestó ella. Llevaba una bolsa verde de residuos del supermercado Carrefour colgando del brazo, dentro de la cual había un repasador que envolvía un tupper, dentro del cual estaban los Diálogos de cortesanas, otro libro de la colección de ta pas rosas. Nunca voy a olvidar cómo empezaba el diálogo preferido de
Muriel22 en ese lapso: recién pude verlos cuando ya habían ocurrido. Digo esto porque me hubiera gustado estar ahí cuando aquel cambio empezó a gestarse en ella, me hubie ra gustado mirarla a los ojos en ese momento y ver qué era lo que aparecía, detenerlo y salir corriendo a algún otro cuarto de la mano de Muriel Leroi.
Su padre había pasado el verano en La Plata, pero Muriel lo había hecho con la familia de una amiga en Villa Gesell. Por esa época yo era un dedicado coleccionista de piedras y Pujol, un compañero de la 29, me había contado que el mar de Villa Gesell a veces traía unas piedras lisas y gastadas que calzaban justo en la palma de la mano y las esparcía a lo ancho de la costa, así que le había pedido a Muriel que me trajera alguna. En cuanto a mí, el verano había consistido en juegos de computadora, algunos par tidos de fútbol 5, varios tatuajes de los que venían en el envoltorio de los chicles y un par de salidas al cine con un grupo de amigos con los que siempre terminábamos en alguno de los McDonald’s del centro armando oleoductos de Coca-Cola con pajitas de plástico. Al llegar, lo primero que advertí fue que Muriel no lle vaba puesto su uniforme del colegio. Pero claro: ella había entrado al Nacional. En lugar de su falda escocesa y sus mocasines, ahora usaba unas zapatillas que yo sabría que estaban de moda cuando ya habían pasado de moda y un jean ajustado. En la parte de arriba, una camisa celeste y el pelo tal como las piedras que a mí me gustaban, es decir, casi completamente liso; por último, en la frente tenía esa capa de sudor grasoso que destilan los adolescentes. Nada de eso me importó. Además, yo también estaba distinto:
El mío ya no anda.
23 ahí estaba la marca en la pared de mi cuarto, con los tres centímetros y medio de más para demostrarlo. La saludé y le dije al oído que tenía el final de nuestra historia. Muriel se acomodó un mechón de pelo rojo detrás de la oreja y sonrió. Eso fue todo lo que hizo. Le pregunté si había conseguido buenas piedras en Villa Gesell, y dijo que no, que no había tenido tiempo.
Pasamos al living y hubo una discusión interminable acerca del recorte de fondos que había anunciado el Pre sidente y de cómo harían para reasignar las partidas del presupuesto. Mi madre discutía desde afuera, con la venta na abierta, estirando el cuello cada tanto para alejar el humo de su cigarrillo; el cordobés no vino esa noche. Yo me pasé la cena dando patadas a Muriel por debajo de la mesa, pero ella parecía más interesada en seguir el tema de conversa ción o revisar su nuevo teléfono con la misma compulsión con la que mi madre le decía al padre de Muriel: –Olvidate, nos soltaron la mano. Siete cigarrillos y unos fideos con tuco aguado y lle no de especias que preparó el padre de Muriel después, hice un bollo con la miga de un pedazo de pan y sin que nadie me viera apunté al pelo de Muriel. La miga rebotó en su pelo lacio y cayó al mantel. Ella levantó la miga y dijo que iba al baño. Esperé a que se levantara y se perdiera por el pasillo, y la seguíComodisimuladamente.decostumbre,nadie preguntó nada. Solo mi madre habló (y me di vuelta apenas la oí), levantando su encendedor:–¿Tenésfuego?
–Queda mejor desordenado –dijo, y antes de que pu diera defender el honor de mi raya al costado, sepultó cualquier resto de aquel mundo nuestro de tapas rosas y agregó–: ¿Volvemos? Esa fue la última palabra que le oí decir a Muriel Leroi. O mejor dicho, la primera palabra que una desconocida
Muriel se sentó en el piso.
Esperé a Muriel al lado de la puerta del baño. Golpeé la puerta. La entreabrí; no había luz. ¿Habría vuelto a la mesa sin que me diera cuenta? ¿Pero cómo? Solo por cos tumbre se me ocurrió asomarme al escritorio de su padre. Encendí la luz y lo primero que recibí fue una miga de pan en medio de la cara.
Cuando terminé de leer y levanté la vista, Muriel se estaba acomodando el pelo en el reflejo del monitor de la computadora y dijo algo que nunca, estoy seguro de que nunca antes le había escuchado decir: –Es lindo. Me miró desde lo alto –yo seguía sentado– y pasó una mano por mi pelo.
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–A ver, ¿qué trajiste? Saqué la hoja doblada en cuatro del bolsillo trasero de mi pantalón y leí una historia que ocurría en el pasaje Dardo Rocha; habíamos huido a otra provincia y estába mos todos en La Plata. Muriel y yo habíamos dado muer te a Miembro Maravilloso con un lanzallamas y liberado a Freddy el Nada, a quien Miembro había convertido en objeto de sus deseos. Al final, Muriel y yo subíamos a la terraza del pasaje Dardo Rocha y mirábamos la ciudad a la luz de la luna.
25 con el pelo lacio, pantalón ajustado y camisa celeste pro nunció en lo que yo llamaría su funeral. Ella salió del cuar to y me quedé un rato ahí, con el cuento que había leído en la mano. Lo guardé en la cosa para guardar cosas del padre de Muriel y volví a la mesa. No sé si alguna vez su padre le habrá dicho algo acerca de ese cuento; quizá no lo encontró nunca; quizá aquella no fuera una cosa para guardar cosas, sino para olvidarlas. Las reuniones siguieron, pero yo perfeccioné mi técni ca de fingir enfermedades y no volví a ir. Esas noches mi madre me dejaba en lo de mi abuela; a veces mirábamos alguna película, pero siempre que apa recía algún desnudo, algún rastro de aquel mundo que Muriel y yo habíamos construido en secreto, mi abuela se apuraba a cambiar de canal y era como si alguien cerra ra rápidamente un libro delante de mis ojos. Al principio hasta podía sentir en la boca cierto gusto a chicle; después me acostumbré y mi abuela, en lugar de cambiar de canal, tapándose con una mano y entreabriendo cada tanto los dedos, empezó a decir: –Ay, nene. Las cosas que me hacés mirar. Mi madre renunció a su trabajo, algo que, me con fesó, siempre había querido hacer. Yo devolví a su cajón de la mesa de luz los libros que le había sacado, dejé de peinarme y hasta pasé varios veranos en Córdoba en la casa de mi padre. Como todo el mundo sabe, la ciudad se inundó de nuevo; yo terminé la secundaria y no supe qué hacer. Estuve de viaje y volví a La Plata con una barba de tres meses y de alguna manera –un poco más alto y sin raya al costado– olvidé a Muriel Leroi, hasta que hoy a la
mañana,26 en los pasillos de una vieja librería de usados de diagonal 77, una adolescente de falda escocesa y medias de lana azul me dijo: «Permiso, señor». Y como si alguien me dictara, después de todos estos años, el final de nuestra despedida, como si recién ahora fuera mi turno de arrojar esas palabras como flores en la tumba de algún funeral, yo le respondí: «Querida, vete a cagar». Y volví a casa cui dándome de no pisar ninguno de los dos o tres chicles de colores que desde la vereda se despedían de mí.