Mijaíl Bulgákov El Maestro Margaritay Traducción de Marta Rebón Notas de Ferran Mateo
Primera edición Agosto de 2020 Segunda edición Octubre de 2020 Tercera edición Mayo de 2022 Publicado en Barcelona por Editorial Navona SL Editorial Navona es una marca registrada de Suma Llibres SL Aribau 153, 08036 Barcelona navonaed.com Dirección editorial Ernest Folch Edición Xènia Pérez Diseño gráfico Alex Velasco y Gerard Joan Maquetación y corrección Digital Books Papel tripa Oria Ivory Tipografías Heldane, Minion Pro Caption y Studio Feixen Sans Distribución en España UDL Libros ISBN 978-84-19311-05-4 Depósito Legal B 4125-2022 Impresión Romanyà-Valls, Capellades Impreso en España Título original Мастер и Маргарита Todos los derechos reservados © de la presente edición: Editorial Navona SL, 2022 © de la traducción revisada: Marta Rebón, 2020, 2022 Navona apoya el copyright y la propiedad intelectual. El copyright estimula la creatividad intelectual, produce nuevas voces y crea una cultura dinámica. Gracias por confiar en Navona, comprar una edición legal y autorizada y respetar las leyes del copyright, evitando reproducir, escanear o distribuir parcial o totalmente cualquier parte de este libro sin el permiso de los titulares. Con este libro, apoya a los autores y ayuda a Navona a seguir publicando.
—[...] Así pues, ¿quién eres? —Una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien. Goethe Fausto1
PRIMERA PARTE
Un día tórrido de primavera, a la hora en que el sol se ponía,2 aparecieron en los Estanques del Patriarca3 dos ciudadanos. El primero de ellos —de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano— era de baja estatura, moreno, regordete, calvo, llevaba un elegante sombrero fedora en la mano,4 y su rostro, pulcramente afeitado, estaba adornado con unas gafas de un tamaño sobrenatural con montura negra de carey. El segundo —un joven espaldudo, de pelo crespo y rojizo, con una gorra de cuadros echada hacia la nuca— vestía una camisa de cowboy, pantalones blancos arrugados y zapatillas negras. El primero era nada menos que Mijaíl Aleksándrovich Ber lioz,5 editor de una voluminosa revista de artes y letras y presi dente del consejo de una de las mayores asociaciones literarias de Moscú, abreviada como Massolit,6 y el otro, su joven acom pañante era el poeta Iván Nikoláievich Poniriov, que escribía con el seudónimo de Bezdomni.7
En cuanto los escritores llegaron a la sombra de unos tilos verdeantes, su primer impulso fue apresurarse a un colorido quiosco con el letrero de «cervezas y gaseosas». Por cierto, hay que señalar la primera anomalía de esa terri ble tarde de mayo. No solo junto al quiosco, sino también a lo largo de todo el paseo paralelo a la calle Málaia Brónnaia, no se veía ni un alma. A esa hora, cuando parecía que a uno le faltaban las fuerzas para respirar, cuando el sol, después de haber abra sado Moscú, se hundía en una calina seca en algún punto detrás de Sadóvoie Koltsó,8 nadie había ido a cobijarse debajo de los tilos, nadie se sentaba en los bancos, el paseo estaba desierto.
11 1 NO HABLE NUNCA CON DESCONOCIDOS1
—Deme una Narzán9 —pidió Berlioz.
—La cerveza la traerán por la noche —contestó la mujer.
La vida de Berlioz había discurrido de tal manera que no es taba acostumbrado a fenómenos insólitos. Aún más pálido, abrió mucho los ojos y pensó, desconcertado: «¡No puede ser...!».
El refresco formó una abundante espuma amarilla, y en el aire flotó un olor a peluquería. Después de saciar su sed, a los literatos les dio al instante un ataque de hipo, pagaron y se sen taron en un banco de cara al estanque y de espaldas a la calle Brónnaia.Yaquí ocurrió la segunda anomalía, solo en relación con Berlioz. De repente paró de hipar, el corazón le latió con fuerza y por un momento cayó en algún abismo; luego volvió, pero con una aguja sin punta clavada. Además, a Berlioz le invadió un miedo infundado, pero tan intenso, que sintió el deseo de huir de inmediato de los Estanques del Patriarca sin volver la vistaBerliozatrás.
aire canicular se espesó ante él, y un ciudada no transparente de aspecto estrafalario se entretejió de ese aire. Con una gorrita de jockey en su cabecita, y una raquítica cha quetita de cuadros también aérea... El ciudadano medía unos dos metros, pero era estrecho de espaldas, de una delgadez in verosímil, y tenía una cara —ruego que tomen nota— burlona.
—No hay —respondió la quiosquera y, quién sabe por qué, se ofendió.—¿Tiene cerveza? —indagó Bezdomni con voz ronca.
—Refresco de albaricoque, pero caliente —dijo ella.
—¡Bueno, tráigalo, vamos, vamos...!
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miró con angustia a su alrededor, sin entender qué le había asustado. Palideció, se secó la frente con un pañuelo y pensó: «¿Qué tengo? Esto nunca me había pasado... Mi corazón hace de las suyas... He trabajado más de la cuenta... Quizá haya llegado el momento de mandarlo todo al infierno y de irme a Kislovodsk...».10Yentoncesel
—¿Qué hay, pues? —preguntó Berlioz.
Hasta tal punto se adueñó el terror de Berlioz que cerró los ojos. Y, cuando los abrió, vio que todo había terminado, el es pejismo se había desvanecido, el tipo de los cuadros se había esfumado, y al mismo tiempo la aguja sin punta había saltado de su—¡Uf,corazón.demonios!
—exclamó el editor—. ¿Sabes, Iván? ¡Casi me da ahora un golpe de calor! Incluso he tenido algo así como una alucinación... —Trató de sonreír, pero en sus ojos aún bai laba el miedo y le temblaban las manos. Sin embargo, poco a poco se calmó, se abanicó con el pa ñuelo y dijo bastante animado—: Bueno, así pues... —retomó el discurso interrumpido por el refresco de albaricoque. El discurso, como se supo después, versaba sobre Jesucristo. El hecho es que, para el próximo número de la revista, el editor había encargado al poeta un largo poema antirreligioso.11 Iván Nikoláievich había compuesto ese poema, y en un plazo muy bre ve, pero, por desgracia, el editor no había quedado en absoluto satisfecho. Bezdomni había representado al protagonista de su poe ma —es decir, a Jesús— con tonos muy oscuros, y, aun así, todo el poema tenía que escribirse de nuevo, según el editor. Y en ese instante Berlioz le impartía al poeta una suerte de conferencia so bre Jesús para subrayar cuál había sido su principal error.
Es difícil decir qué había traicionado a Iván Nikoláievich, si la capacidad expresiva de su talento o la completa ignorancia res pecto al tema que había abordado, pero le había salido un Jesús muy vivo, un Jesús que en realidad había existido una vez, aun que, a decir verdad, perfilado con todos sus rasgos negativos.
Pero, por desgracia, sí que era, y ese sujeto larguirucho a través del cual se podía ver se balanceaba a derecha e izquierda delante de él, sin tocar el suelo.
Y Berlioz quería demostrarle al poeta que lo más importan te no era cómo fuera Jesús, si bueno o malo, sino que Jesús, como persona, nunca había existido en la tierra, y que todas las historias sobre él se reducían a meras invenciones, a una leyenda de lo más común.
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Hay que señalar que el editor era un hombre muy leído y tenía una gran habilidad para insertar en su discurso a historia dores antiguos, como, por ejemplo, el célebre Filón de Alejan dría12 y el brillante sabio Flavio Josefo,13 que nunca menciona ron una sola palabra sobre la existencia de Jesús. Haciendo gala de una só-lida erudición, Mijaíl Aleksándrovich comunicó al poeta, por cierto, que el pasaje del libro XV, capítulo 44, de los famosos Anales de Tácito,14 el referido al suplicio de Jesús, no era sino una interpolación apócrifa de fecha posterior. El poeta, para quien todo lo que le contaba el editor era una novedad, escuchaba con atención a Mijaíl Aleksándrovich, mi rándolo fijamente con sus vivarachos ojos verdes, y solo de vez en cuando sucumbía al hipo, que le llevaba a despotricar en susurros contra el refresco de albaricoque.
14
—No hay ninguna religión oriental —decía Berlioz— en la que, por regla general, no haya una virgen inmaculada que diese a luz a un dios. Y los cristianos, sin inventar nada nuevo, crearon siguiendo el mismo modelo a su Jesús, que en realidad nunca estuvo entre los vivos. Ese es el punto principal en el que hay que hacerLahincapié...potentevoz de tenor de Berlioz se expandía por el paseo desierto y, a medida que Mijaíl Aleksándrovich se adentraba en laberintos en los que solo alguien muy instruido podía aventurar se sin temor a romperse la crisma, el poeta aprendía más y más cosas útiles y curiosas sobre el Osiris de los egipcios, dios piadoso e hijo del Cielo y de la Tierra, sobre el dios Tammuz de los feni cios, sobre Marduk e incluso sobre el menos conocido Huitzilo pochtli, dios terrible, muy venerado por los aztecas en México.15
Y, justo en el momento en el que Mijaíl Aleksándrovich le contaba al poeta cómo los aztecas modelaban con masa la figu rita de Huitzilopochtli, el primer hombre apareció en el paseo. Después, cuando francamente ya era demasiado tarde, va rias instituciones presentaron sus informes con la descripción de ese hombre. El cotejo de esos documentos no puede sino suscitar asombro. Así, en el primero de ellos constaba que el
—Tú, Iván —decía Berlioz—, has reflejado muy bien y con vena satírica, por ejemplo, el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios,
Al pasar por delante del banco en el que el editor y el poeta se habían acomodado, el extranjero los miró de reojo, se detuvo y se sentó en el banco contiguo, a dos pasos de los amigos. «Alemán...», pensó Berlioz. «Inglés... —pensó Bezdomni—. ¡Caramba! ¿Y no tendrá ca lor con los guantes puestos?».
15 hombre era de baja estatura, que tenía los dientes de oro y cojea ba de la pierna derecha. En el segundo, que era un hombre de una estatura colosal, que tenía dientes con coronas de platino y ren queaba de la pierna izquierda. El tercero informaba, de forma sucinta, que el individuo carecía de cualquier rasgo particular. Hay que admitir que ninguno de esos informes servía para nada.En primer lugar: el sujeto descrito no cojeaba, y no era ni bajo ni colosal, sino simplemente alto. En cuanto a su dentadu ra, tenía coronas de platino en el lado izquierdo y coronas de oro en el derecho. Llevaba un traje caro de color gris y zapatos importados del mismo color.16 En la cabeza, una boina de paño gris ladeada con desenfado sobre una oreja y, bajo el brazo, un bastón de empuñadura negra con forma de cabeza de caniche.17 A juzgar por su aspecto, debía de tener cuarenta y tantos años. La boca, un poco torcida. Pulcramente afeitado. Moreno. El ojo derecho, negro; el izquierdo, por alguna razón, verde. Cejas os curas, una más alta que la otra. En suma, un extranjero.18
El extranjero miró los edificios altos que bordeaban el es tanque por los cuatro lados, por lo que se hizo evidente que veía ese lugar por primera vez y le interesaba. Clavó la mirada en los pisos superiores, en cuyos cristales se reflejaba, deslumbrante y fragmentado, el sol, que se alejaba de Mijaíl Aleksándrovich para siempre; luego miró hacia abajo, don de los cristales se teñían ya de la oscuridad vespertina, afloró a sus labios una sonrisita condescendiente, entornó los ojos, apoyó las manos en la empuñadura del bastón y la barbilla sobre las manos.
—Les ruego que me disculpen —empezó a decir el recién llegado con acento extranjero, pero sin deformar las palabras— por tomarme la libertad, sin que nos hayan presentado..., pero el tema de su erudita conversación es tan interesante que... Dicho esto, se quitó educadamente la boina, y a los amigos no les quedó más remedio que levantarse y saludar con una re verencia.«No, más bien francés...», pensó Berlioz. «¿Polaco...?», caviló Bezdomni. Hay que añadir que, desde sus primeras palabras, el extran jero causó una impresión desagradable en el poeta, mientras que a Berlioz más bien le gustó o, mejor dicho, no es que le gustara, sino que..., cómo decirlo..., le resultó interesante, o algo por el —¿Meestilo.permiten que tome asiento? —preguntó el extranje ro con cortesía, y los amigos, en cierto modo sin querer, se se pararon para hacerle sitio; el extranjero se acomodó entre los dos con un movimiento ágil, y enseguida intervino en el colo quio—. Si no he oído mal, usted se ha dignado afirmar que Je sús nunca existió, ¿no? —preguntó, volviendo hacia Berlioz su ojo izquierdo, el verde.
pero16 lo esencial es que, antes incluso de Jesús, ya había nacido toda una serie de hijos de Dios, como, por ejemplo, el Adonis de los fenicios, el Atis de los frigios y el Mitra de los persas. No obs tante, en resumidas cuentas, ninguno de ellos nació ni existió, incluido Jesús,19 y es imprescindible que tú, en lugar de describir su nacimiento, o, supongamos, la llegada de los Reyes Magos, describas los absurdos rumores sobre esa llegada. De lo contra rio, por tu relato, ¡se concluye que nació de verdad...!
Entretanto, en el mismo momento en el que Bezdomni con tenía la respiración en un intento por librarse del hipo que lo atormentaba, lo que hizo que el ataque se volviera más virulen to y doloroso, Berlioz interrumpió su discurso, porque el extran jero se había levantado de repente y se dirigía hacia los escritores. Estos lo miraron con sorpresa.
—¡Oh, qué encantador! —chilló el asombroso forastero, y se puso a girar la cabeza, mirando primero a un literato, luego al otro.—En nuestro país el ateísmo no le sorprende a nadie —dijo Berlioz con amabilidad diplomática—. La mayoría de nuestra población ha dejado de creer, conscientemente y desde hace tiempo, en las fábulas sobre Dios. Al oír eso, el extranjero hizo un movimiento insólito: se puso de pie y estrechó la mano del estupefacto editor, al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras: —¡Permítame que le dé las gracias de todo corazón!
—Y usted, ¿está de acuerdo con su compañero? —quiso sa ber el desconocido, volviéndose a la derecha, hacia Bezdomni.
—¡Al cien por cien! —confirmó el poeta, a quien le gustaba emplear expresiones ampulosas y figuradas.
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—Sí, no ha oído mal —respondió, amable, Berlioz—, eso es precisamente lo que he dicho.
—¡Oh, qué interesante! —exclamó el extranjero. «Pero ¿qué demonios quiere este tipo?», pensó Bezdomni y frunció el ceño.
—¡Admirable! —exclamó el entrometido interlocutor y, tras mirar por algún motivo de forma furtiva a su alrededor, y bajar la voz, ya de por sí grave, dijo—: Disculpen mi impertinencia, pero me pareció entender que, además, ustedes tampoco creen en Dios. —Y, con los ojos llenos de pavor, añadió—: ¡Juro que no se lo diré a nadie! —Sí, no creemos en Dios —respondió Berlioz, con una leve sonrisa ante el miedo del turista extranjero—,20 pero podemos hablar de ello con total libertad. El forastero se reclinó contra el respaldo del banco y pre guntó, emitiendo incluso un chillido de curiosidad: —¡¿Son ustedes ateos?! —Sí, lo somos —respondió Berlioz con una sonrisa, mien tras Bezdomni pensaba con rabia: «Se nos ha pegado como una lapa este bichejo extranjero».
—¡Ay! —respondió Berlioz con pesar—. Ninguna de esas pruebas sirve para nada, y la humanidad hace tiempo que las relegó a los archivos. Al fin y al cabo, estará de acuerdo también conmigo en que, desde el punto de vista de la razón, no puede haber prueba alguna de la existencia de Dios.
—¡Bravo! —exclamó el extranjero—. ¡Bravo! Está repitien do punto por punto la idea formulada al respecto por el viejo alborotador Immanuel.22 Pero he aquí lo curioso: destruyó las cinco pruebas de un plumazo, y luego, como para burlarse de sí mismo, ¡elaboró una sexta propia!
18
—¿Por qué le da las gracias? —preguntó Bezdomni, tras pestañear muy seguido.
—Por esta información tan valiosa que, a mí, como viajero, me interesa enormemente —explicó el excéntrico extranjero, a la vez que levantaba el dedo de un modo elocuente. Esa valiosa información, era obvio, había causado una pro funda impresión en el viajero, porque, asustado, recorrió los edificios con la mirada, como si tuviera miedo de ver a un ateo en cada«No,ventana.noesinglés...», concluyó Berlioz, y Bezdomni, a su vez, pensó: «¿Dónde habrá aprendido a hablar con tanta soltura el ruso? ¡Eso es lo que me gustaría saber!», y volvió a fruncir el ceño.—Pero permítanme que les haga esta pregunta —dijo el in vitado extranjero, después de un momento de ansiosa reflexión—: ¿Qué hay, pues, de las pruebas de la existencia de Dios, que son, como es bien sabido, exactamente cinco?21
—La prueba de Kant23 —objetó el culto editor con una fina sonrisa— es también poco convincente. No sin razón Schiller dijo que los razonamientos kantianos sobre esta cuestión solo podían satisfacer a los esclavos, mientras que Strauss se rio sin más de esa prueba.24 Berlioz hablaba, pero al mismo tiempo no dejaba de pen sar: «Pero ¿quién es este tipo? ¿Y cómo es que habla tan bien el ruso?».
—¡Qué pena! —replicó el poeta bravucón.
—Sí, a mí también me da pena —aseguró el desconocido, cuyo ojo centelleaba, y añadió—: Pero hay una cuestión que me preocupa: si Dios no existe, díganme, ¿quién dirige la vida hu mana y, en general, todo el orden de la Tierra?
—objetó con voz suave el desconocido—, pero, para dirigir, hay que tener un plan definido para un plazo razo nablemente largo. Permítame, pues, preguntarle: ¿cómo puede el hombre dirigir, si no solo es incapaz de trazar cualquier tipo de plan, ni siquiera para un plazo ridículamente breve (bueno, digamos de unos mil años), sino que tampoco puede garantizar lo que le sucederá al día siguiente? Y, de hecho... —dijo el des conocido en ese punto, volviéndose a Berlioz—, imagínese que
—¡Así es, así es! —gritó, y su ojo verde izquierdo, vuelto hacia Berlioz, emitió un destello—: ¡Allí es donde debería estar! De hecho, una vez, mientras desayunábamos, le dije: «Franca mente, profesor, ha inventado usted algo descabellado. Tal vez sea inteligente, pero es de todo punto incomprensible. Lo que se van a burlar a su costa».
Con todo, la propuesta de enviar a Kant a las Solovkí no solo no sorprendió al extranjero, sino que incluso lo deleitó.
Berlioz, turbado.
—Pues el propio hombre —se apresuró a responder Bezdom ni, irritado, a lo que era, en el fondo, una pregunta muy poco clara.—Disculpe
19
Berlioz abrió los ojos como platos. «¿Desayunando...? ¿Con Kant? ¿Qué nos está contando?», se preguntó.
—No obstante... —siguió diciendo el extranjero, sin inmu tarse siquiera por el estupor de Berlioz, dirigiéndose al poeta—: es imposible enviarlo a las Solovkí, por la simple razón de que lleva más de cien años viviendo en lugares mucho más remotos, y no hay modo alguno de sacarlo de allí, ¡se lo aseguro!
—¡A ese Kant, por semejantes pruebas, habría que detener lo y enviarlo tres años a las Solovkí!25 —estalló de improviso Iván—¡Iván!Nikoláievich.—susurró
—Le apetece fumar, por lo que veo... —soltó el desconocido dirigiéndose de improviso a Bezdomni—. ¿Qué tabaco prefiere?
—¿Qué tabaco prefiere? —repitió el desconocido.
—Bueno, Nuestra Marca27 —dijo con mal genio Bezdomni.
—¿Cómo, es que tiene de varios tipos? —preguntó con aire sombrío el poeta, que se había quedado sin cigarrillos.
usted,20 por ejemplo, empieza a dirigir y a gobernar a los demás y a sí mismo, y que, por así decirlo, le toma el gustillo; pero, de pronto... cof... cof... tiene un sarcoma en el pulmón... —Ahí, el extranjero sonrió con dulzura, como si la idea de un sarcoma en el pulmón le complaciera—. Sí, un sarcoma —repitió esa sono ra palabra, entrecerrando los ojos como un gato—. Y ahí lo tie ne: ¡el fin de su dirección! A partir de entonces ya no le intere saría el destino de nadie más que el suyo propio. Sus parientes empezarían a engañarle. Y usted, presintiendo algo malo, co rrería a ver a médicos especialistas, luego a charlatanes o, como suele pasar, incluso a videntes, aun sabiendo que todas esas me didas, tanto la primera como la segunda y la tercera, son com pletamente absurdas. Y todo termina en tragedia: el hombre que hasta hace poco se creía con el poder de dirigir algo de re pente yace inmóvil en una caja de madera, y los que lo rodean, al entender que el individuo allí postrado ya no sirve para nada, lo incineran en un horno.26 A veces es todavía peor: no bien se le ocurre a alguien viajar a Kislovodsk —en ese instante el ex tranjero miró a Berlioz entrecerrando los ojos—, nada más fá cil, en teoría; pero ni siquiera puede hacerlo, pues, sin saber por qué, de improviso, ¡va, resbala y lo atropella un tranvía! ¿No me dirá que ese individuo se dirigió a sí mismo de ese modo? ¿No sería más correcto pensar que fue otro quien lo hizo por él? —Y el desconocido soltó una risita extraña. Berlioz había escuchado con gran atención la desagradable historia sobre el sarcoma y el tranvía, y algunos pensamientos inquietantes empezaron a atormentarlo. «No es un extranjero... No, no lo es... —pensaba—. Es un sujeto extrañísimo... Pero, por favor, ¿quién es...?».
21
El forastero sacó de inmediato una pitillera del bolsillo y se la ofreció a El—NuestraBezdomni.Marca.editoryelpoeta no se sorprendieron tanto por el hecho de que en la pitillera hubiera cigarrillos Nuestra Marca como por la pitillera en sí. Era enorme, de oro rojo, y, cuando se abrió, en la tapa destelló, con un fulgor blanquiazul, un triángulo de brillantes.28 Aquí, los literatos reaccionaron de manera diferente. Ber lioz se dijo: «No, es extranjero»; y Bezdomni: «¡Bah, al diablo con Elél...!».poeta y el dueño de la pitillera se encendieron un cigarri llo, y Berlioz, que no era fumador, rechazó la invitación. «Tengo que contradecirlo así —decidió Berlioz—: sí, el hom bre es mortal, nadie se opone a eso ni lo discute; pero la cuestión es que...».Sinembargo, antes de que pudiera pronunciar estas pala bras el extranjero se le adelantó: —Sí, el hombre es mortal, pero eso sería solo un mal menor. El problema es que a veces es súbitamente mortal, ¡ahí está el quid de la cuestión! En general, no puede decir lo que va a hacer por la «¡Quétarde.manera tan absurda de plantear la cuestión...!», pen só Berlioz y —Bueno,objetó:esoes una exageración. En cuanto a mí, sé más o menos con certeza lo que voy a hacer esta tarde. Eso siempre que, no hace falta decirlo, al pasar por la Brónnaia no me caiga un ladrillo en la cabeza...
—Sin ton ni son, un ladrillo —le interrumpió el extranjero con tono edificante— nunca caerá sobre la cabeza de nadie. En su caso concreto, se lo aseguro, no se cierne esa amenaza. Ten drá otra —¿Acasomuerte.sabe usted cuál? —preguntó Berlioz con una iro nía perfectamente natural, viéndose arrastrado a aquella con versación de veras ridícula—. ¿Y me lo va a decir? —Con mucho gusto —respondió el desconocido. Miró a
vencionistas?30—No—dijo
Berlioz22 de arriba abajo, como si le tomara las medidas para un traje, y masculló entre dientes algo así—: Uno, dos... Mercurio en la segunda casa... La luna se ha ido... Seis, una desgracia... La tarde, siete...29 —Y luego, con voz fuerte y alegre, anunció—: ¡Le cortarán la Bezdomnicabeza!clavó sus ojos desorbitados, salvajes y rabiosos en el insolente forastero, y Berlioz preguntó con una sonrisita mordaz:—¿Y quién lo hará, en concreto? ¿Los enemigos? ¿Los inter
—musitó Berlioz, irritado por la bromita molesta del desconocido—. Bueno, disculpe, pero es poco probable. —Yo también le ruego que me disculpe —contestó el ex tranjero—, pero es así. Por cierto, quería preguntarle qué va a hacer esta tarde, si no es un secreto.
—Disculpe —dijo Berlioz tras una pausa, lanzando miradas furtivas al delirante extranjero—. ¿Qué tiene que ver aquí el aceite de girasol...? ¿Y quién es esa Ánnushka?
Komsomol.31—Hmm...
—Porque... —respondió el forastero y alzó los ojos entrece rrados al cielo, surcado en silencio por unos pájaros negros que presentían el frescor de la noche—, porque Ánnushka ya ha comprado el aceite de girasol, y no solo lo ha comprado, sino que incluso ya lo ha derramado.33 Así que la reunión no se va a celebrar.Enese momento, como es del todo comprensible, se hizo un silencio bajo los tilos.
—Te voy a decir yo qué tiene que ver el aceite de girasol
—No es ningún secreto. Dentro de un rato iré a mi aparta mento, en la calle Sadóvaia, y luego, a las diez de la noche, habrá una reunión en Massolit, que yo presidiré.32 —No, no puede ser, bajo ningún concepto —objetó el ex tranjero con firmeza.
—¿Y eso por qué?
su interlocutor—, una mujer rusa miembro del
—¡Iván...! —exclamó en voz baja Mijaíl Aleksándrovich.
23
aquí —invervino Bezdomni, que a todas luces había decidido declararle la guerra al intruso—. Ciudadano, ¿alguna vez ha es tado encerrado en un psiquiátrico?
El extranjero, sin embargo, no se ofendió lo más mínimo, y estalló en una risotada de júbilo. —Oh, claro que sí, ¿cómo no? ¡Y más de una vez! —ex clamó riéndose, pero sin apartar del poeta su ojo, que no se reía—. ¿Dónde no habré estado yo? Lo único que lamento es que no tuve tiempo de preguntarle al profesor qué es la esqui zofrenia. ¡Así que deberá preguntárselo usted mismo, Iván Nikoláievich!—¿Cómo sabe mi nombre?
—Por favor, Iván Nikoláievich, ¿quién no lo conoce a us ted? —En ese instante el extranjero sacó del bolsillo un ejem plar de La gaceta literaria34 del día anterior, e Iván Nikoláievich vio su propio retrato en la primera página y, debajo de él, sus poemas. Pero esta prueba de fama y popularidad, que en la vís pera aún lo había colmado de alegría, en esta ocasión no le en tusiasmó en —Disculpeabsoluto.—dijo, y la cara se le ensombreció—, ¿podría esperar un minuto? Quisiera hablar un momento con mi cama rada.—¡Oh, con sumo gusto! —exclamó el desconocido—. Se está tan bien aquí, debajo de los tilos, y, además, por cierto, no tengo—Oye,prisa.Misha —susurró el poeta, después de llevarse aparte a Berlioz—. Este tipo no es ningún turista extranjero, sino un espía. Es un emigrado ruso35 que ha logrado infiltrarse aquí. Pídele los documentos, o se irá... —¿Tú crees? —murmuró alarmado Berlioz, mientras pen saba: «¡Sí, tiene razón...!». —Hazme caso. —La voz del poeta sonó ronca en su oído—. Se hace el idiota para sonsacarnos alguna información. ¿Has oído cómo habla ruso? —decía el poeta sin dejar de mirar de
De este modo se reanudaron las relaciones, y los tres volvie ron a sentarse en el banco.
—Oh, soy políglota en general, domino muchos idiomas —respondió el profesor.
—¿Es usted alemán? —preguntó Bezdomni.
—Habla el ruso muy bien —observó Bezdomni.
—¿Y cuál es su especialidad? —preguntó Berlioz.
soslayo24 al desconocido, vigilando que no se escabullera—. Va mos, detengámoslo, o si no se irá... El poeta tiró del brazo de Berlioz hacia el banco. El desconocido no estaba allí sentado, sino al lado, de pie, y sostenía en las manos un librito con una encuadernación gris oscura, un sobre grueso de papel de buena calidad y una tarjeta de visita.—Perdonen, en el ardor de nuestra discusión he olvidado presentarme. Aquí están mi tarjeta de visita, mi pasaporte y la invitación para venir a Moscú a ofrecer asesoramiento —decla ró el desconocido con autoridad, observando a los dos escrito res con ojos sagaces. Ambos se aturullaron. «¡Diablos, lo ha oído todo...!», pensó Berlioz y le indicó con un gesto cortés que no había necesidad de mostrar los papeles. Mientras el extranjero se los ponía en la mano al editor, el poeta alcanzó a ver en la tarjeta la palabra «profesor» impresa en caracteres extranjeros y la inicial del ape llido: una —Encantado«W».36
—Profesor, ¿es que lo han invitado aquí en calidad de con sultor? —preguntó Berlioz.
—¿Yo...? —repitió el profesor, que de pronto se quedó pen sativo—. Sí, es probable que sea alemán... —dijo.
—Soy especialista en magia negra.37 «¡Lo que faltaba...!», restalló en la cabeza de Mijaíl Aleksán drovich.
—murmuró, confundido, el editor, y el ex tranjero se guardó los documentos en el bolsillo.
—Sí, así es.
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—¿Y lo han invitado aquí por esa especialidad suya? —pre guntó después de un titubeo.
—Sí, en efecto, por eso mismo —confirmó el profesor, y aclaró—: En la Biblioteca Estatal38 se han descubierto unos ma nuscritos originales de Gerberto de Aurillac, nigromante del siglo x.39 Y me han pedido que los estudie. Soy el único especia lista del mundo en la materia.
—¡Ah! ¿Es usted historiador? —preguntó Berlioz, con gran alivio y —Historiador,respeto. sí —confirmó el erudito, y luego añadió sin que viniera a cuento—: ¡Esta tarde, en los Estanques del Patriar ca, va a ocurrir una historia curiosa! —Una vez más, tanto el editor como el poeta se asombraron mucho, pero el profesor les hizo señas a ambos para que se acercaran y, cuando se inclina ron hacia él, susurró—: Tengan en cuenta que Jesús existió.
—Verá, profesor —replicó Berlioz con una sonrisa forza da—. Respetamos su enorme sapiencia, pero nosotros tenemos otro punto de vista sobre esta cuestión.
—Pero se necesita algún tipo de prueba... —comenzó a de cir Berlioz.—Nose necesita ninguna —replicó el profesor, y se puso a hablar en voz baja, a la vez que su acento extranjero por alguna razón desaparecía—: Es todo muy sencillo: con una capa blanca de forro color sangre, y con el paso arrastrado propio de un soldado de caballería, por la mañana temprano del decimocuar to día del mes de primavera de nisán...40
—¡No hay puntos de vista que valgan! —contestó el extraño profesor—. Simplemente existió, y basta.