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JUAN DOMINGO ARGÜELLES

MÁS MALAS LENGUAS Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas

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MÁS MALAS LENGUAS Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas © 2023, Juan Domingo Argüelles Diseño de portada: Ivonne Murillo Fotografía del autor: Rosy Hernández D. R. © 2023, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Guillermo Barroso 17-5, Col. Industrial Las Armas Tlalnepantla de Baz, 54080, Estado de México info@oceano.com.mx Primera edición: 2023 ISBN: 978-607-557-771-5 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico

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ÍNDICE

Prólogo | 11 Conceptos y siglas frecuentes en este libro | 37

A | 47 B | 137 C | 175 D | 247 E | 276 F | 305 G | 319 H | 332 I | 347 J | 359 L | 361 M | 370 N | 384 O | 392

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P | 397 Q | 428 R | 431 S | 441 T | 458 U | 478 V | 481 W | 487 Y | 489 Z | 492

Obras consultadas y citadas | 493 Índice alfabético de voces, expresiones y temas | 497

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La lengua convencional, la coloquial, está hogaño del todo vacía de sustancia y consistencia antropológica. ¿Le queda acaso alguna autoridad? ¿Tiene la lengua algún carácter dialógico en sentido metafísico? Me parece que ella es puro desecho y chachareo agotado. Todo se dirige al vacío. [...] Se puede incluso afirmar que la lengua ha devenido puramente política: no alcanza jamás profundidad humana. Gottfried Benn

Vivimos hoy una crisis aguda de las lenguas. Antaño consideradas como tesoros, caen en desestima, cada cual saquea la suya, como se hace con la tierra. Nuestros ancestros campesinos, de quienes a veces encontramos cartas, se expresaban con más elegancia y claridad que la clase dominante de hoy en día. Michel Serres

No me asusta la inclusión de palabras extranjeras en el habla cotidiana ni su aceptación en las páginas del diccionario. Lo que en realidad me espanta es la destrucción continua de la armonía, de la melodía en la frase castellana. Esto es, el trastorno de la estructura sintáctica que nos lleva, a través del galimatías, a verdaderos trastornos espirituales. Sobre todo cuando nos los administran diariamente y con tal intensidad los periódicos, el radio y la televisión. ¡Cuántas calcas del inglés mal traducido se repiten oralmente y por escrito! Juan José Arreola

El de la Real Academia Española, ese asombroso diccionario del que cada nueva edición hace añorar la anterior. Paul Groussac

La mierda escrita no huele. Roland Barthes

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PRÓLOGO

Un nuevo analfabetismo: el analfabetismo profesional José G. Moreno de Alba (1940-2013) precisó la razón más importante para defender el buen uso de la lengua: su unidad. Esta “unidad”, en el sentido de “unión o conformidad”, propicia una mejor comunicación y un mayor entendimiento entre los hablantes y escribientes. Explicó el lingüista y lexicógrafo mexicano: “Una de las más evidentes ventajas de contar con una normatividad lingüística, aceptada por todos, es la unidad del idioma. Y quizá donde esto se manifiesta con mayor claridad es en la ortografía. Así se trate, en su mayoría, de reglas arbitrarias, las normas ortográficas garantizan, en este nivel, la unidad de la lengua”. Si hoy son evidentes y palpables los atentados a la lengua española es porque se reflejan, sobre todo, en las faltas de ortografía, sin que sean de menor importancia, por supuesto, la incapacidad sintáctica, la precariedad de vocabulario, el uso y el abuso de anglicismos y el desconocimiento del significado de las palabras y de su uso adecuado para expresar ideas. Estos problemas no son nuevos, pero se agravaron a partir de la segunda mitad del siglo xx, cuando las instancias institucionales encargadas de normar y proteger, justamente, la “unidad de la lengua”, fueron renunciando, poco a poco, a su función normativa, para entregarse a una muy cómoda y despreocupada labor descriptiva. Que la gente hable y escriba a su capricho no quiere decir que tenga razón. La tendrá, únicamente, cuando su capricho sea compartido por la generalidad de los hablantes y escribientes de su lengua, ya que entonces se convertirá en norma para todos. En esto consiste la evolución del idioma, impuesta siempre por la realidad del uso. Incluso el arte literario más ficticio tiene como asidero la realidad y, a veces, se da el lujo y la licencia de transformar el idioma, pero salvo algún neologismo afortunado, muy poco influye dicho arte en el uso cotidiano del idioma, a partir de sus “vanguardismos” y “novedades” (falta de puntuación, ausencia de mayúsculas, usos caprichosos de signos ortográficos, etcétera) que muy pronto se vuelven antiguallas y que, por lo demás, no aportan nada ni siquiera a la comunicación estética. En los poemas de Pablo Neruda, por ejemplo, seguirán apareciendo (quién sabe hasta cuándo) sus preguntas y sus exclamaciones sin los signos iniciales de interrogación y admiración, como calco del inglés (¡él, tan antiimperialista!). Pero ello no

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modificó ni el uso ni la norma de escribir, en español, las preguntas entre dos signos interrogativos (¿?) y las exclamaciones entre dos admirativos (¡!): “¿Quién ha mentido?” y no “Quién ha mentido?”, “¡Azul fortificado!” y no “Azul fortificado!”. Con Neruda, el idioma español ganó muchísimo, pero no por cierto con estas caprichosas ingenuidades que alcanzan extremos torpemente absurdos; por ejemplo, cuando diez o veinte versos constituyen una larga pregunta, de la que sólo es posible darnos cuenta de que lo es cuando llegamos al final del último verso que cierra con el signo de interrogación (¡jamás abierto al principio!). Lo mismo hay que decir de la “j” antojadiza que Juan Ramón Jiménez impuso en su poesía para homologarla con el uso simple de la “g” ante “e” e “i”: “antolojía” en lugar de “antología”, “elejía” en lugar de “elegía”, “lijera” en lugar de “ligera”, “májico” en lugar de “mágico”, etcétera. Nada ganaron con ello ni la poesía ni la lengua. Pero el capricho del poeta español sigue en sus libros… aunque ya no tanto, por fortuna, pues más de un editor sensato ya se ha decidido a eliminar tal aberración. Y que el “vanguardismo” lleve incluso a escribir el nombre de un poeta estadounidense (Edward Estlin Cummings) sin puntuación y con minúsculas (e e cummings) es otra licencia poética extrema que no modifica en absoluto a la lengua inglesa y que, en el caso del español, únicamente los editores poco sensatos obedecen al pie de la letra, pues para todos los demás el nombre correcto de este poeta es E. E. Cummings, tal como aparece hasta en las mejores ediciones estadounidenses e inglesas en los últimos años. Esto quiere decir que ni siquiera los grandes escritores, por muy extraordinarios que sean, pueden imponer (más allá de los límites de sus obras) sus usos particulares y sus códigos personales al idioma en general. Son los hablantes (a veces, ni siquiera los escribientes) los que modifican el idioma, y esto a lo largo de mucho tiempo, en una lenta evolución que nada tiene que ver ni con licencias literarias ni con caprichos políticos, moralismos, ideologías y presiones de sectores que alteran, sólo por un instante, y por motivos ajenos a la lengua, la lógica del idioma, de cualquier idioma, cuyo poder de resiliencia lo devuelve, más pronto que tarde, a la “normalidad”, esto es, a su cualidad o condición de normal, pero también a su forma que sirve de norma o regla, pues un idioma sin reglas, sin normas, deja, simplemente, de ser un sistema, ¡y no hay idiomas así!, pues los códigos idiomáticos impiden siempre el caos. Cuando los hablantes y escribientes evitan las normas o ni siquiera las conocen, lo que tenemos son disparates, barbarismos, errores ortográficos, fallas de ortoepía y demás malezas en el idioma. Y debemos señalarlos por el bien de la comunicación y de la lógica gramatical y lingüística, pero, especialmente, para consolidar la unidad del idioma y, con ello, el patrimonio cultural que nos sirve para entendernos claramente, evitando en todo lo posible la ambigüedad, la confusión, la incomunicación.

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Los hábitos y los vicios se afianzan a tal grado en nosotros que eliminarlos resulta muy difícil. Y en el uso del lenguaje, hábitos y vicios son aún más empecinados por su carácter cotidiano, por su frecuencia. Hoy no son muchas las personas que saben qué es una anfibología y que, por tanto, comprenden que no es lo mismo decir y escribir “Rock en tu idioma sinfónico” que “Rock sinfónico en tu idioma”. Parece lo mismo, pero no lo es. En el primer caso, lo sinfónico es el idioma, en el segundo, lo sinfónico es el rock. Pero así hablamos hoy y así escribimos, y no nos damos por enterados de que estamos expresando lo contrario de lo que queremos dar a entender. En sus mejores tiempos, cuando pensaba y escribía con independencia y libertad y, en consecuencia, con el mayor rigor crítico, antes de ser académico y director de la Academia Mexicana de la Lengua (las instituciones acaban “institucionalizando” a las personas que se dejan “institucionalizar”), José G. Moreno de Alba sentenció: “En aspectos ortográficos la Academia no debe limitarse a comprobar costumbres o hábitos, sino que debe fijar reglas claras; o, en todo caso, después de la comprobación debe decidirse por una norma, voz que aquí tiene el significado de ‘regla que obliga por igual’ a todos los que escriban en español. En otras palabras, una regla ortográfica no puede, por definición, ser potestativa, pues en tal caso pierde precisamente su carácter de regla. [...] Si una regla obligatoria tiene como resultado la unidad lingüística, una regla potestativa ocasiona precisamente lo contrario”. Años más tarde, ya “institucionalizado” en la Academia Mexicana de la Lengua, Moreno de Alba se dedicó a contradecirse para quedar bien con la Real Academia Española a la que le dio por “modernizarse” con tonterías y paparruchas. Si una academia de la lengua únicamente sirve para “registrar”, “consignar” y “describir” los usos del habla y la escritura, y no para guiar al hablante y al escribiente, entonces que cierre sus puertas y que sus integrantes se dediquen a la costura o a la repostería; al cabo que cada cual tiene la potestad, aplaudida por las academias de la lengua, de escribir como se le pegue la gana, aunque empobrezca, cada vez más, el idioma y socave la unidad lingüística. Pero ¿cuándo empezó este deterioro del idioma que hoy llega a grados patológicos, esto es, a enfermedad lingüística? Podemos estar seguros de que hasta la primera mitad del siglo xx las personas se esforzaban en hablar y escribir con corrección, no sólo para darse a entender mucho mejor, sino porque el ser competente en el idioma era indispensable desde la educación básica, y por eso había médicos que escribían bien, abogados que escribían bien, ingenieros que escribían bien, profesores que escribían bien, etcétera, pero hoy no escriben bien ni siquiera los graduados en letras y, muchas veces, ni siquiera los escritores celebrados y galardonados. La evidencia más notoria del uso incompetente del idioma no está en los individuos que no pasaron por la universidad, sino en los profesionistas, de las más diversas carreras, que

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incluso han alcanzado doctorados y posdoctorados, y no saben utilizar, con corrección, el idioma. Es a esto a lo que se puede llamar, sin exageración ninguna, el analfabetismo profesional, que alcanza extremos escandalosos en la mayor parte de los profesores de educación básica.

Un ejercicio ejemplar y concluyente Entre los primeros estudios para constatar este problema está el del lingüista español José Polo, recogido en la primera parte de su libro Ortografía y ciencia del lenguaje (1974). En 1970, el doctor Polo dirigió un curso experimental con quinientos alumnos del primer año de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, de Madrid. Una parte del curso incluyó ortografía y ejercicios de puntuación y separación silábica. Lo revelador vino cuando se les dictó, para que escribieran, 35 palabras, “escogidas con vista a posibles errores”. He aquí la lista: 1 = desahuciar, 2 = exhausto, 3 = exuberancia, 4 = ilación, 5 = hibernación, 6 = bovino, 7 = víbora, 8 = bóveda, 9 = verbena, 10 = vendaval, 11 = lavabo, 12 = breva, 13 = brebaje, 14 = toalla, 15 = exégesis, 16 = para ti, 17 = sintaxis, 18 = superfluo, 19 = Feijoo, 20 = aljibe, 21 = berenjena, 22 = objeción, 23 = ictericia, 24 = vestigio, 25 = absorber, 26 = ábside, 27 = gavilla, 28 = exhibe, 29 = prohíbe, 30 = cónyuge, 31 = tenue, 32 = ahuyentar, 33 = expectativa, 34 = zahúrda, 35 = eccema. El examen no incluyó la definición o el significado aproximado de dichas palabras, sólo la ortografía. Entre esos quinientos alumnos del primer año de Filosofía y Letras, ninguno escribió correctamente las 35 palabras, pero hubo uno (el más aventajado) que sólo cometió un error, y, después de él, siete con cuatro errores, que constituyeron la élite. “El grueso de los estudiantes osciló entre 15 y 24 palabras mal; es decir, que hubo algunos casos extremos —o ‘más extremos’— hasta con 28 y 30 errores”. Entre las formas erróneas escritas por estos estudiantes de Filosofía y Letras, Polo consigna los siguientes engendros: histericia, esausto, ivernación, verengena, berbena, breba, auyentar, hauyentar, vovino, bívora, hexégesis, exibir, iptericia, escema, esuverancia, ténue, sintáxis, espectativa, exema, algive, desauciar, excema, objección, supérfluo, exséjeci, para tí, ilacción, adsorver, exáhusto, exsuberancia, vóbeda, tohalla, eshibe, exérgesis, hictericia, intericia, conyuge. Queda claro, a partir de los resultados de este ejercicio, que muchos de los quinientos estudiantes universitarios escribían por primera vez algunas de estas palabras, no sabían ni su ortografía ni mucho menos su significado y no las habían visto escritas jamás debido a una falta alarmante de cultura lectora, ¡tratándose incluso de estudiantes de Filosofía y Letras! Pero faltaba lo peor. Escribe el doctor Polo: “En el

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curso 1970-71 hicimos el mismo experimento con alumnos a un año de distancia de acabar la especialidad de Lingüística Hispánica dentro de la Facultad de Filosofía y Letras de la mencionada universidad madrileña. Se les dictó 50 palabras de cultura general para el contexto del estudiante. Resultados: de esas 50 palabras, 30 fueron mal escritas por un alumno; 26/1, 24/1, 21/1, 20/1, 19/2, 17/4, 15/2, 14/2, 13/2, 11/1, 9/4, 8/2, 7/1, 6/5, 1/1”. La conclusión de José Polo no puede ser otra: “No estará de más advertir que en estos mismos estudiantes aparecían, en trabajos hechos fuera de clase, gran variedad de errores de puntuación, acentuación, etc., aparte, naturalmente, de los más graves, sintácticos y léxicos. También hemos contemplado tales bellezas en tesis de Licenciatura y de Doctorado; digamos que, incluso en esta clase de trabajos coronadores del paso por la Madre Nutricia, lo normal es encontrar errores ortográficos netos (no los discutibles) de puntuación y de acentuación. A la vista de los resultados —todo un señor doctor—, deberá pensarse que esas cuestiones de la ortografía más sistematizable (puntuación y acentuación) son normalmente tan complejas, que habremos de crear cursillos posdoctorales para proveer a la gente con tan sibilinas herramientas, casi ‘ciencias ocultas’. Muchos de los profesores de Lengua Española (diremos sólo de enseñanza media, por si acaso) no son conscientes de su deficiente ortografía, por más que les parezca increíble que todo lo ‘narrado’ en este capítulo pueda ser verdad (ajena). Habrá ocasión de mostrar más explícitamente esta idea, que ahora, dicha así, podría escandalizar. Como preparación remota, acabaremos este epígrafe con las siguientes palabras de Américo Castro: ‘Las Facultades de Letras son fundamentalmente ágrafas. Se puede salir de ellas con el título de doctor, escribiendo con los pies e incluso con faltas de ortografía’”. Pero este ejemplo no es privativo de España. Por lo menos desde las últimas tres décadas del siglo xx (cuando las academias y las universidades descuidaron y descarrilaron la normativa del idioma por una falsa idea de libertad “democrática” de expresión), el español, en todos los países donde es lengua nativa, sufre una involución cuyas causas son múltiples, pero, entre las principales, hay tres señaladas por la doctora Hilda Basulto: “Aumento de los medios de difusión audiovisuales, que tienden a evitar esfuerzos de análisis en la escritura; disminución (comparativamente) de la costumbre de leer por entretenimiento o vocación las buenas obras, constructivas idiomáticamente; y sustitución de lecturas de fondo por historietas y fotonovelas, que descuidan absolutamente el esfuerzo de la corrección expresiva en aras del argumento”. Tal como ironiza José Polo, estamos instalados ya (¡y desde cuándo!) en la era de “los nuevos analfabetos”, para decirlo con la atinada expresión de Pedro Salinas. Más aún, vivimos en una sociedad que no entiende, ni le interesa entender, por qué es

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importante la defensa de la lengua frente a la corrupción que la agobia. Ignorar las normas idiomáticas es socavar nuestra cultura de la comunicación, pero también la de la creación estética. Que los gobernantes demagógicos, cuando se equivocan al hablar (y se equivocan todos los días y a cada rato, además de explayarse en ello), “argumenten” que los critican porque hablan como lo hace “el pueblo” es tener en muy baja estima al pueblo... en lugar de proveerlo y proveerse de mayor cultura lingüística. Si, por ejemplo, el presidente de un país habla tan mal, y además se enorgullece por ello, ha de creerse en el mundo que toda su nación habla igual que él. En cuanto a la ortografía, particularmente, como afirmó Moreno de Alba, que es donde se manifiesta con mayor claridad la exigencia de la unidad lingüística, digamos con José Polo que vivimos en una sociedad disortográfica, sin conciencia de la función social de expresarnos correctamente; en gran medida porque hoy, y desde hace al menos medio siglo, “no existe presión social para enderezar el entuerto” ni siquiera en las universidades donde, por el contrario, el idioma se politiza, se ideologiza y se deforma por razones ajenas a la lógica. Obviamente, no se mejora, pues la corrección idiomática se menosprecia, se infravalora, en tanto que se sobrevalora la corrección política. La ideología dominante importa más que la lógica expresiva. Todo ello conduce a una pobreza intelectual cada vez más acentuada. Lo más grave es que, con las faltas de la lengua, hoy pasa lo mismo que con las faltas sociales: se agravan y se multiplican por la indiferencia y la impunidad. Mal haríamos, por supuesto, si nos importaran más las faltas que se cometen en el idioma que las faltas y los crímenes que se cometen en la sociedad. Pero es que, en el fondo, ambas cosas son parte de lo mismo, si lo vemos con la mirada crítica y certera de Fernando Lázaro Carreter: “El descrédito social que se seguía en tiempos no muy lejanos para quien cometía faltas [ortográficas], se ha trocado hoy en indiferencia. Se dice que todo el mundo las comete, y que, en realidad, ninguna gravedad encierran. Hasta dentro del sistema educativo han perdido valor”. Esto último, que apuntó Fernando Lázaro Carreter, lo confirma, fehacientemente, José Polo, en el segundo capítulo (“Por el mundo de las letras”) de Ortografía y ciencia del lenguaje. Ahí muestra, especialmente, a qué grado una gran cantidad de libros (publicados bajo sellos editoriales de gran prestigio) utilizados como manuales universitarios de diversas carreras y materias, entre ellas las de lengua española y lingüística, está llena no sólo de erratas, sino, sobre todo —y es lo más lamentable— de faltas de ortografía y errores de puntuación y de sintaxis, cometidos (desde el autor hasta el traductor, el editor, el diseñador y el corrector) por personas que egresaron de las universidades. No sin desazón, Polo comenta: “Puesto que de la universidad [los profesionistas] salen prácticamente como entran en lo que atañe a ortografía (‘eso no debe enseñarse

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en la universidad’, por un lado; y, por otro, no la tienen en cuenta, realmente, a la hora de corregir exámenes, por mucho que, de palabra, algunos digan que sí: al final, la casa sin barrer), [se] comprenderá como un hecho coherente —aunque, desde luego, no justificable— el que se vea escrito lo que se ve. Si salen así de los centros superiores de cultura y nadie les enseña después —ya con el título, ¿para qué?—, es normal que entre las diversas modalidades de ‘intelectual’ —autor, traductor, corrector de pruebas, etc.— se fabriquen monstruitos”. En 1974, José Polo estimaba que, si uno de los requisitos para ingresar a la carrera universitaria, fuese un examen de ortografía, probablemente, el 98 por ciento de los estudiantes sería rechazado. Y concluía que, ante el conformismo (y muchas veces el cinismo) de los licenciados, maestros y doctores que se preguntan para qué deben aprender a escribir bien si eso lo resuelven, a fin de cuentas, los especialistas y editores que han de enfrentarse a sus galimatías, y ante el fracaso de los pasos previos de la educación del español, debería ser la universidad la que se haga cargo de enseñarles lo que no aprendieron en la primaria, el ciclo medio y el bachillerato. De otro modo, concluye el lingüista, lo coherente sería suspender o reprobar a quienes, aunque hayan asimilado el contenido de una carrera o de un curso, no sepan expresar, con corrección ortográfica y sintáctica, eso que supuestamente asimilaron. Parece rigorista y hasta impiadoso, pero lo otro es más bien absurdo: tener profesionistas más o menos “competentes” en su campo, pero, al mismo tiempo, “incompetentes” en su idioma. Y lo peor de todo es que, estos incompetentes en su idioma, sigan en lo suyo (la ignorancia) sin tomarse siquiera la molestia de consultar un diccionario.

Menosprecio nativo y alabanza extranjera Un joven turista estadounidense grabó un video en TikTok en el que se queja del modo siguiente (obviamente, en inglés): “Recientemente fui a Ciudad de México y la gente allí no habla nada de inglés. Pensarías que, con todo el turismo, eso sería lo primero que harían. Pero no; hasta en los restaurantes todos los menús estaban en español. Tuve que usar aplicaciones para traducir todo. Me gusta México, pero tienen que mejorar eso. Considerando lo cerca que está México de Estados Unidos pensé que harían un mayor esfuerzo para hablar inglés”. Lo que puede ser sólo una torpe ingenuidad del joven turista, revela algo más grave que esto: racismo, xenofobia, discriminación y complejo de superioridad a partir de la lengua. No es la primera vez que alguien se queja del idioma en relación con México, pero incluso en Estados Unidos son muchas las personas supremacistas

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que agreden verbal y hasta físicamente a las personas (generalmente a los latinoamericanos y, entre ellos, muchos mexicanos) que no hablan inglés. Las noticias son abundantes al respecto; basta con asomarse a internet para comprobarlo. No le pasó por la cabeza a este joven estadounidense hacerse él mismo el reclamo de manera inversa: dado lo cerca que está Estados Unidos de México y dado que hay mucha población en ese país que habla español (alrededor de 60 millones de habitantes: el 18.4% de la población, sin incluir la de Puerto Rico), también él debería reprocharse no hacer más esfuerzo para hablar español, que es la segunda lengua nativa más hablada en el mundo, con 475 millones de hablantes; más de cien millones de diferencia con respecto al inglés, que es la tercera lengua nativa más hablada, con 373 millones de hablantes. Por supuesto, dominar varias lenguas o, al menos, un par o tres es bueno para cualquier persona, independientemente de su nacionalidad, pero al panorama anterior hay que agregar el menosprecio de los propios hablantes y escribientes por su lengua nativa y la alabanza muy especial, muy satisfactoria y orgullosa del idioma extranjero que es, por excelencia, el inglés. Siendo éste, por antonomasia, el idioma de internet y de los medios digitales en general, los prejuicios y el sentimiento de inferioridad han llevado a los hispanohablantes a desdeñar su propia lengua: por esto la llenan de anglicismos que no vienen al caso, de calcos innecesarios, y además se sienten exquisitos y felices de su anglofilia. Que ya una gran cantidad de personas diga y escriba “aperturar” en lugar de “abrir”, y “accesar” en lugar de “acceder”, muestra a qué grado se corrompe el español en boca de quienes lo consideran un idioma inferior al inglés. En cierta forma, esos hispanohablantes nativos que se avergüenzan de su lengua y privilegian el inglés, contribuyen a la rabiosa discriminación que, lo mismo en Estados Unidos que en más de un país europeo, no sólo es racial, sino también idiomática. El idioma español es rechazado y vilipendiado, y sus hablantes son agredidos y despreciados, como cuando, en 2018, el abogado Aaron Schlossberg, de 44 años, en un restaurante de Nueva York, agredió verbalmente a dos empleados ¡por hablar en español! Existe un video de ello. El racista manotea y grita (obviamente, en inglés): “¡Esto es Estados Unidos! ¡Yo pago su seguridad social, yo pago para que puedan estar aquí! ¡Lo menos que pueden hacer es hablar inglés! Apuesto a que no tienen documentos. Así que mi próxima llamada será a ice (la policía migratoria), para que cada uno sea echado de mi país”. A otra persona, este enfermo xenófobo le grita: “¡Eres un jodido extranjero feo, así que vete a la mierda!”. Esta xenofobia, que es a la vez aporofobia y fascismo, centra su reclamo en el idioma; pero lo peor de todo es que hemos sido nosotros, los hispanohablantes, los

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primeros en desdeñar el español y en rendirle culto al inglés que, bien sabemos, es hoy una lengua franca, utilísima, pero que, por un sentimiento de inferioridad, consideramos “superior” a nuestro idioma nativo. Una cosa es indiscutible: son pocos los que comprenden la relevancia de la lengua como un componente importantísimo del patrimonio cultural. En la mayor parte de las naciones, la identidad de la cultura tiene sus cimientos especialmente en la lengua nativa. Los franceses se sienten en particular franceses porque hablan y escriben en francés, y no tienen ningún sentimiento de inferioridad frente al inglés u otras lenguas, aunque puedan aprenderlas y aun dominarlas. Pero en México tenemos un anglicismo a tal grado patológico que la educación oficial privilegia el inglés antes que el español; en todo caso, pone gran énfasis en una escolarización bilingüe: además del español, indispensablemente el inglés. Casi ningún extranjero de visita en México, cuya lengua nativa sea el inglés (y, especialmente, de Estados Unidos), piensa, ni por un momento, que debe hablar en español para comunicarse con los mexicanos. En cambio, los mexicanos, y sobre todo los altos funcionarios (entre ellos, más de un presidente), lo primero que hacen en Estados Unidos es hablar en mal inglés en los foros internacionales. Puede dar risa el inglés tarzanesco con el que pretenden comunicarse, pero también produce una gran vergüenza ver y escuchar a esos compatriotas haciendo el más grande ridículo tartajeando un idioma que no sólo no dominan, sino que ni siquiera conocen. El resultado es que, en México, se habla y se escribe en mal español y en mal inglés, no obstante, en todo caso, al sistema educativo le preocupa que los alumnos sean “competentes” en inglés, aunque no así en español, por lo que con frecuencia somos testigos de la incompetencia que alcanzan. Así como en Estados Unidos desprecian nuestro idioma y a quienes lo hablan, en México no son pocos los que hacen lo mismo: ¡desprecian el idioma propio!, un idioma que, por lo demás, ni siquiera está legitimado como “lengua oficial” en México. ¿Y por qué ocurre esto? Porque el inglés nos parece muy nice, muy “hermoso”, muy “prestigiado”. Nos avergonzamos de nuestra lengua, a pesar de que el español es la segunda lengua nativa más importante en el mundo, hablada y escrita en más de veinte países por más de 585 millones de personas, únicamente superada por el chino, y siendo, además, la cuarta lengua en importancia a nivel mundial, por el número global de hablantes (nativos y no nativos), sólo después del inglés, el chino y el hindi. En realidad, los nativos hispanohablantes en México nos avergonzamos de nuestro idioma más aún que los que se avergüenzan de hablar un idioma indígena en México. El colmo: hoy hasta los chicanos pochos que cantan profesionalmente en español, en el género denominado “regional mexicano”, ¡exigen en México que les hablen en inglés!, porque ellos se comunican en este idioma, ¡pese a saber español!

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El anglicismo patológico es prueba de ello, y ya no sólo en el vocabulario, sino también en la sintaxis. Con dos años que hayan pasado en una estancia académica en Estados Unidos o Inglaterra, regresan los profesionistas cargados de anglicismos y, en cuanto a la sintaxis, con un angloñol o gringoñol que rebasa con mucho el pochismo. Y, a decir verdad, la Real Academia Española (rae) y sus —según dice— “academias hermanas” no ayudan mucho que digamos. Además de perezosas se han vuelto anglófilas y les ha dado por la loca idea de que su trabajo consiste, básicamente, en recoger y poner en un repertorio (que llaman diccionario) los términos que utilizan no ya sólo las mayorías que legitiman el uso de la lengua, sino también las cosas más peregrinas que dicen o escriben tres o cuatro gatos y que les parecen indispensables de documentar. Han renunciado a la tarea más ardua y se han quedado con la más facilona. En realidad, si ésta es la tarea que han elegido los académicos de la lengua, más les vale dedicarse, como dijera Montaigne, a jugar a la pelota.

La Real Academia Española (rae) y su diccionario (drae) El Diccionario de la lengua española de la rae, conocido también como drae, no es un diccionario de uso, sino uno normativo y, siendo así, no es únicamente el concentrado de palabras que usa la sociedad hispanohablante, y no es tampoco un simple diccionario descriptivo. Su función, su vocación, desde sus orígenes, es normar la lengua, por más que los académicos digan hoy que no es su obligación hacer esto, sino sólo reflejar el uso del idioma. Para únicamente “recoger” y meter en un depósi­ to, bien está el que levanta la basura y la echa en un bote, es decir, el basurero. Lo importante de una academia de la lengua como la rae (que, además, absurdamente, en su denominación oficial, no dice que sea “de la lengua”) no es simplemente recoger palabras y definirlas, sino investigarlas, limpiarlas y fijarlas, y así constituirse en una buena guía de los hablantes y escribientes del español o castellano. En defensa ciega de la Real Academia Española y, secundando o justificando a los académicos madrileños, hay quienes afirman que el diccionario que hace esta institución no “admite” ni “omite” palabras o términos en sus páginas, sino que sólo “recoge” los usos lingüísticos de la sociedad. Si así fuese no estaríamos refiriéndonos a un diccionario normativo que tiene sus orígenes en el denominado Diccionario de Autoridades (hecho por la propia rae) ni de una academia que tiene por lema “Limpia, fija y da esplendor”. Si “limpia” y “da esplendor” es porque no admite mugre, y, si “fija”, es porque prescribe y guía. Prueba de que la rae norma y no sólo “recoge” los usos lingüísticos es el hecho de querer imponer el uso del adverbio “sólo” sin tilde (exactamente con la forma del

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adjetivo “solo”, porque así se usa en España), del mismo modo que prescribe eliminar la tilde en el sustantivo “guión”, y autoriza la grafía “Catar” para el nombre de la nación árabe que, según la nomenclatura de la onu, se escribe “Qatar”. Esto último es válido, de acuerdo con la gramática y la ortografía españolas, pero entonces que la rae no nos venga con el cuento de que únicamente “recoge” (como el recolector de basura) los “usos lingüísticos”. Para esto no se necesita una academia de la lengua, repleta, además, de gente que se dedica a la escritura a la que, por lo visto, no se le toma parecer cuando se hace el diccionario, pues no pocos se muestran sorprendidos de tanta tontería que en esas páginas se aloja. Si, en diciembre de 2018, la rae anunció la inclusión, en la versión electrónica de su Diccionario, de los términos “meme”, “selfi” (adaptación del inglés selfie) y “viral” (“dicho de un mensaje o de un contenido que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de internet”), esto comprueba que no sólo recoge los usos lingüísticos de la gente, pues “selfi” es una adaptación gráfica del inglés, para que la gente ya no use más el anglicismo crudo selfie. Que los grupos conservadores, moralistas, neopuritanos y fanáticos —sean de izquierda o de derecha (que, para el caso, es lo mismo, puesto que es imposible distinguir unos de otros) y de cualquier orientación sectaria— pretendan imponer o eliminar términos del idioma, por un prurito de “fundamentalismo democrático”, tan en boga, es un asunto de chantaje al que no se deben prestar quienes hacen un diccionario que se respete como tal. Así como las agrupaciones feministas exigen la desaparición de términos y acepciones que consideran sexistas, asociaciones contra la cacería ¡exigen!, por ejemplo, que desaparezca el refrán “matar dos pájaros de un tiro” y los integrantes del movimiento antitaurino exigen la desaparición del dicho “no hay quinto malo”. ¡Qué ingenuidad y qué coco más duro! Estos términos, expresiones y acepciones únicamente desaparecerán cuando la sociedad quiera, no cuando una agrupación lo exija. La gente, la ciudadanía, a diferencia de los gobernantes (siempre acomodaticios), seguirá hablando y escribiendo como se le pegue la gana, sin que esto quiera decir que siempre tiene razón. En términos numéricos de la “democracia” (“ese abuso de la estadística”, diría Borges), un barbarismo deja de serlo cuando la sociedad lo impone por amplia mayoría y no cuando unos cuantos o unos miles lo usen a su antojo. Tiene mucho sentido que en Francia desapareciera, por ley, en 2012, en los formularios oficiales el término mademoiselle (literalmente, “señorita”) porque este uso se contraponía a madame (literalmente, “señora”) en casillas de documentos oficiales en las que las mujeres francesas debían elegir una u otra según fueran casadas (madame) o solteras (mademoiselle). Ciertas organizaciones de mujeres y no sólo feministas “consideraron que la casilla de ‘señorita’ suponía una intromisión de la privacidad de las mujeres al pedir que indicaran su estado civil”. Pero lo mismo podría

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aplicarse para los hombres: ¡qué demonios les importa a las autoridades y concretamente al gobierno si uno es casado, soltero, amancebado o lo que se le pegue la gana! ¿Por qué tendría qué informarlo? Al rato exigirán saber si usamos calzones o no. Pero de esta decisión y de la anterior que no se saquen conclusiones apresuradas para todos los idiomas. El término “señorita” en español puede dejar de utilizarse, porque además lo recomienda la onu, en los formatos oficiales, pero al menos en México seguirá usándose en el habla diaria, porque “señorita” (azafata, mesera, enfermera, profesora, mujer que atiende en un mostrador, etcétera) es un término de cortesía que se aplica a la mujer y no como dice el drae “un término de cortesía que se aplica a la mujer soltera”. ¿Cómo demonios podemos saber si es “soltera”, es decir, que no está casada (y no como dice el drae: “que no se ha casado”), por muy joven que sea, si no se lo hemos preguntado? Por ello, en México, hay mujeres maduras y no casadas a quienes si se les dice “señoras” se ofenden bastante y replican: “¡Señorita!, ¡aunque le cueste más trabajo!” o “¡señorita, aunque se tarde un poquito más!”. Por otra parte, en mayo de 2021, en Francia, las autoridades dieron también otro gran ejemplo al prohibir oficialmente en las escuelas la utilización del lenguaje inclusivo o de género, con sus duplicaciones y desdoblamientos, por considerar que esta forma de torcer y retorcer el idioma dificulta el aprendizaje del francés y es un obstáculo para la lectura y la comprensión de la escritura, especialmente en la niñez y muy en particular en aquellos alumnos que padecen problemas de lento aprendizaje. El ministro francés de Educación, al anunciar el veto a esta forma caprichosa de modificar el idioma desde el empoderamiento ideológico, estableció que “se prohíbe en los colegios el uso de la escritura inclusiva que utiliza el punto medio para revelar simultáneamente las formas femenina y masculina de una palabra usada en masculino cuando se usa en un sentido genérico”, y añadió: “nuestra lengua es un precioso tesoro que tenemos la vocación de compartir con todos nuestros alumnos, en su belleza y fluidez, sin rencillas y sin instrumentalizaciones”. ¡Bravo, por Francia!, porque hoy, y desde hace tiempo, es una de las pocas naciones que asumen su lengua como “un precioso tesoro”, esto es, como el patrimonio cultural que, desde hace siglos, exigen cuidar con esmero. En su indispensable Historia de la mierda (Histoire de la merde, en su edición original francesa, publicada en 1978), Dominique Laporte nos recuerda de dónde proviene ese esmero en el cultivo de la lengua francesa, la cual se remonta a 1549, cuando el poeta Joachim Du Bellay (amigo fraternal de Pierre de Ronsard), publicó en París La Défense et illustration de la langue françoyse, que se convirtió en un manifiesto en favor del idioma francés, con la siguiente y vigorosa argumentación: “Puedo decir de nuestra lengua que empieza ahora a florecer, sin fructificar, o mejor aún, que como una planta o vergueta que, lejos de aportar todo el fruto que podría

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producir, no ha florecido todavía. Y ello, ciertamente, no por defecto de su Naturaleza, apta también para engendrar, sino de los demás, es decir, por culpa de aquellos que, teniéndola a su cuidado, no la han trabajado lo bastante, como una planta salvaje a la que se deja envejecer y casi morir en el mismo Desierto en donde empezó a nacer, sin regarla jamás ni podarla, ni defenderla de Zarzas y Espinos que la ahogan”. Para que el alegato en favor de la lengua francesa fuese más severo y concluyente, o, como dijera nuestro poeta Ramón López Velarde, para “que el contraste nos hiera”, Du Bellay opuso al descuido del francés el cultivo esmerado del latín, con las siguientes razones inobjetables: “Si los antiguos romanos hubieran sido tan negligentes en el cultivo de su lengua cuando empezó a pulular, en tan breve tiempo, por cierto, no hubiera llegado a ser tan grande. Pero ellos, a la manera de los buenos agricultores, la han trasplantado primero de un lugar salvaje a otro doméstico y luego, con el fin de que fructificara lo antes y lo mejor posible, podaron sus ramas inútiles y le injertaron las ramas expansivas y domésticas, magistralmente sacadas de la lengua griega, las cuales se injertaron y se hicieron semejantes a su tronco hasta tal punto que en adelante no parecerán ya adoptivas, sino naturales. De ahí nacieron en la lengua latina esas flores y esos coloreados frutos de tan gran elocuencia”. En otras palabras, concluye Laporte, de la alquimia de la lengua que exige enriquecer, magnificar y sublimar, se obtiene el oro: la joya del idioma. Y, quienes hablamos y escribimos español, no debemos olvidar que la madre de nuestra lengua es el latín: esa lengua productora de “esas flores y esos coloreados frutos de tan gran elocuencia”. Lo que ocurre con el español, hoy, es que ni a los encargados de cuidar el tesoro lingüístico (las academias de la lengua, obviamente) les importa realizar su tarea. Javier Marías tuvo toda la razón cuando afirmó que la Academia, en este caso, la rae (de la que él formó parte hasta su muerte), “por un lado recoge, registra y refleja lo que los hablantes sancionan mayoritariamente; y, por otro, aconseja, sugiere, orienta e intenta poner orden para que sigan existiendo unas convenciones mínimas —un pacto entre los hablantes— que nos permitan entendernos. Eso es (más o menos) todo”. Ojalá que, mínimamente, así lo asumieran todos los académicos madrileños y la institución en su conjunto. Por supuesto, en este tema, no todos los académicos son tan claridosos como Marías y Arturo Pérez-Reverte, con quienes se puede estar incluso en desacuerdo, pero a partir de razones y no de fundamentalismos. Marías expresa, claramente, lo que muchos pensamos en relación con este tema, al enfrentar el “fundamentalismo democrático” de las sectas extremistas de izquierdas o derechas (lo mismo da): “Es absurdo, además de dictatorial, que diferentes grupos —sean feministas, regionales o étnicos— pretendan, o incluso exijan, que la rae incorpore tal o cual palabra a su gusto, suprima del Diccionario aquella otra de

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su desagrado o ‘consagre’ el uso de cualquier disparate o burrada que les sean gratos a dichos grupos. La Academia no puede borrar el vocablo ‘judiada’, por ejemplo, por mucho que su origen nos resulte antipático o condenable. Se puede intentar desterrarlo del uso actual, podemos procurar evitarlo por sus connotaciones evidentes, pero no somos nadie, ni siquiera la rae, para quitarle a nuestra lengua un término que, nos guste o no, ha existido y es historia y se encuentra en textos clásicos”. El problema es que la rae, a contracorriente de sus académicos Javier Marías y Pérez-Reverte, ha cedido más de una vez a estos chantajes, y ha eliminado términos y acepciones porque a un determinado grupo le ofenden. Al rato, los gallegos exigirán que se elimine el sustantivo femenino “gallegada” (“palabra o acción de gallegos”) y los grupos indígenas exigirán que desaparezca el sustantivo femenino “indiada” (“muchedumbre de indios”) y lo mismo pasará con los sustantivos “negrada” y “negrería” (“conjunto o reunión de negros”). ¿Ganaremos algo con ello? ¡Nada! Esos términos desaparecerán del diccionario cuando desaparezcan del uso cotidiano, y ni siquiera inmediatamente si son necesarios para la comprensión de un contexto histórico. Así de simple. Todo diccionario de la lengua que se respete tiene obligación de consignar lo real, no de escamotearlo. ¿Qué va a hacer la Real Academia Española si un día todos los “pendejos” salimos en muchedumbre a exigir que elimine de su diccionario las primeras dos acepciones del adjetivo y sustantivo “pendejo”? Por si ello fuera poco, en la Real Academia Española, como bien advirtió Borges, “de una deficiencia hacen ley”, sobre todo si la deficiencia es española. En su preámbulo a la edición de 2014, el drae dice, tibiamente, lo que debe decir con toda firmeza: “Por diversos cauces recibe la corporación consultas y sugerencias de los usuarios, y se esfuerza por que ninguna quede desatendida. Una vez más, sin embargo —pues ya lo hizo en el preámbulo de la edición anterior—, necesita referirse aquí la Academia a las frecuentes demandas que recibe para eliminar del Diccionario ciertas palabras o acepciones que, en el sentir de algunos, o reflejan realidades sociales que se consideran superadas, o resultan hirientes para determinadas sensibilidades. La corporación examina con cuidado todos los casos que se le plantean, procura aquilatar al máximo las definiciones para que no resulten gratuitamente sesgadas u ofensivas, pero no siempre puede atender a algunas propuestas de supresión, pues los sentidos implicados han estado hasta hace poco o siguen estando perfectamente vigentes en la comunidad social”. Dicho de otro modo, con la claridad y firmeza a las que no se atreve el drae: mientras haya “pendejos” (tontos, estúpidos, cobardes, pusilánimes), este adjetivo y sustantivo no se omitirá jamás del diccionario, por mucho que los “pendejos” así lo exigieran en masa universal, marchando por las calles de las grandes ciudades del mundo, y desde ahora podemos asegurar que permanecerá en sus páginas hasta la

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eternidad, pues los “pendejos” no se acabarían con únicamente omitirlos en el diccionario; lo que es más, se incrementarían con los académicos que participaran en autorizar tal omisión. Es increíble que gente inteligentísima, o que se supone que lo es, no sepa que las palabras, en el habla y en la escritura, son solamente representaciones y que, por ello, como escribió Stephen Vizinczey, “¡la obscenidad no está en las palabras, sino en los hechos!”, al igual que la verdad y la mentira, la bondad y la maldad, la ética y la inmoralidad o falta de escrúpulos. Exigir que ciertas palabras desaparezcan de los diccionarios es, por lo tanto, un indicio de estupidez, más que de inteligencia. Los diccionarios son la representación de los hechos, el reflejo de las acciones. Hay que leer El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, para comprender que lo único que posee existencia real o verdadera es la cosa en sí, o la voluntad: todo lo demás es representación. O, dicho por John Locke, en su tratado Del abuso de las palabras, “habría muchas menos disputas en el mundo si las palabras se tomasen por lo que son: solamente signos de nuestras ideas, no las cosas mismas”. Otra verdad innegable: cuando no hay guía, cuando no hay norma y cuando no hay buenas razones para fijar una forma determinada en el idioma, lo que se consigue es la desorientación y, en no pocos casos, la necedad de hablantes y escribientes. He presenciado discusiones, casi de duelo armado, porque alguien, incluso ante pruebas contundentes, se niega a aceptar que se equivocó, y retuerce la lógica, ofrece “explicaciones” y sienta cátedra de sofista con tal de “probar” que está en lo correcto. En temas del idioma, como en otros, tener razón no debería ser lo importante; más importante es ser razonable para llegar a la verdad. El problema no es sólo idiomático, sino de vanidad. La gente necia (que hace de su ignorancia una extraña erudición) suele ser arrogante y narcisista incluso en sus sinrazones. ¡Cualquier cosa antes que aceptar que se equivoca! Por ello, cuando se equivoca, no sólo es contumaz, sino también recalcitrantemente zoquete y obtusa. Aunque le demuestren fehacientemente que se equivoca, sigue neceando. La gente es capaz de inventar cualquier cosa antes que aceptar que la cagó, porque, por un prurito de vanidad, y por un ego del tamaño de su susceptibilidad, aceptar eso (y, en consecuencia, corregirse) va en contra de su narcisista idea de perfección. ¡Antes muerto que equivocado!

El Diccionario de “mexicanismos” de la Academia Mexicana de la Lengua Dado que en las siguientes páginas abordamos más de una vez términos que incluye y define muy mal, o que no incluye, el Diccionario de mexicanismos (dm) de la Academia Mexicana de la Lengua (aml), anticiparemos algo al respecto. Este diccionario

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es, en gran medida, un repertorio de disparates que la aml legitima como “mexicanismos”. Incluye, por ejemplo, el barbarismo “sumatoria” cuando en realidad se trata de una “suma” (“operación matemática de sumar” y “resultado de añadir a una cantidad otra u otras homogéneas”); se da vuelo con voces coloquiales y eufemísticas como “mayate” y “mayatex” (de las que no dice que son vulgares, malsonantes y despectivas), porque son las que recuerdan los becarios y alumnos de servicio social, pero nada dice de “pechonalidad” (juego de palabras: de “pecho” y “personalidad” y que el Urban Dictionary en línea define como “atributo que designa unos grandes senos [de silicona] para compensar una falta de personalidad”), que no registran, porque no recuerdan o no conocen los aprendices, pero que tiene en Google 175 000 resultados. Por otra parte, omite, entre otras voces, el sustantivo “tilcuate”, que sí incluye Guido Gómez de Silva en su Diccionario breve de mexicanismos, con la siguiente definición: “tilcuate (Del náhuatl tliltic ‘negro’ [literalmente = ‘como tizne, de tlilli ‘tizne’, ‘tinta’, más coatl ‘serpiente’.) f. Culebra acuática muy oscura”. No sólo esto: “tilcuate” es una voz que registran tanto el Índice de mexicanismos como el Diccionario del náhuatl en el español de México, coordinado por Carlos Montemayor, donde leemos lo siguiente: “tilcuate. Culebra no venenosa [Drymarchon corais o D. melanurus] que presenta un color dorsal gris oscuro y que puede alcanzar una longitud de casi dos metros; está usualmente asociada a cuerpos de agua. Tlil-cóatl. De tlíltic, negro, cóatl, serpiente”. Por supuesto, el mexicanismo “tilcuate” no está en las páginas del drae, porque no es de uso amplio (11 900 resultados en Google), ¡pero tendría que estar en cualquier diccionario de mexicanismos!, y la razón no es menor: además de su recto significado, Tilcuate es el apodo de uno de los personajes de la novela Pedro Páramo, llamado Damasio, a quien el cacique Pedro Páramo le encarga enrolarse en la Revolución, a cambio de un rancho y del ganado que pueda cuidar su mujer. Hay que imaginar cómo sería ese personaje si le decían el Tilcuate. Por ello, la voz “tilcuate” es indispensable en cualquier diccionario de mexicanismos, para utilidad del lector y, especialmente, del estudiante. A cambio de omitir una voz tan importante, el dm de la aml incluye voces tan relevantes, han de creer sus redactores, como “pelionero” (deformación fonética de “peleonero”), propio de la falta de ortoepía, pero, si a esas vamos, tendría que incluir también “callejiar”, peliar”, “golpiar”, “hinchao”, “miar”, “mión”, “miona”, “pasiar”, “culiar” y un sinfín de barbarismos que, además, tienen mucho más uso que “pelionero”. Por cierto, el 21 de febrero de 2019, una usuaria dudosa se dirigió a @RAEinforma en los siguientes términos: “tengo una pregunta ¿culear o culiar?”, y #RAEconsultas le respondió al siguiente día: “Aunque la grafía primigenia y más culta [sobre todo ¡más culta!] es ‘culear’, existe también la variante ‘culiar’, de carácter más popular” [¡y con casi tres millones de resultados en Google!].

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Cuando la directora del dm, Concepción Company Company —de quien no dudamos acerca de su capacidad profesional, pero sí de su vigilancia de la obra— hace elogio (es decir, autoelogio) del dm y de los colaboradores que participaron en él, uno se alarma, o sonríe, al ver los resultados: “Por otro lado, incorporamos también el habla espontánea de hablantes nativos, en diferentes situaciones comunicativas y sociales, tomando como base su competencia lingüística, memoria, agudos oídos y creatividad del equipo de colaboradores, previa constatación con las fuentes lexicográficas de contraste”. ¿Tendríamos que celebrar que la “competencia lingüística, memoria, agudos oídos y creatividad del equipo de colaboradores” del dm nos entregue locuciones coloquiales como “de a pechito” que define como “sin preocupación y sin prisa”, y da un ejemplo: “Ahórrate problemas con el jefe y mejor llévatela de a pechito”? Este significado, probablemente, es el que pusieron en práctica los colaboradores del dm ante la doctora Company Company. Se la llevaron de a pechito en el trabajo, tal como ellos entendían dicha locución adverbial. Pero dicha locución es irrelevante y casi inexistente en su uso, a diferencia de la locución verbal coloquial “ponerse de a pechito”, que el mismo dm define del siguiente modo: “Exponerse a una situación perjudicial: Te pusiste de a pechito para que te asaltaran”; mucho mejor definida en el Diccionario de variantes del español, en línea: “de a pechito. Ponerse en situación vulnerable”. Y un ejemplo: Ese ojete estaba esperando un pretexto para joderte, y tú te pusiste de a pechito. “Ponerse de a pechito” no es otra cosa que facilitar a otro la tarea de vulnerarte, dañarte, perjudicarte. Es un símil relacionado con la cacería: el ave o la presa en general da la ocasión perfecta poniéndose de frente por descuido; lo que aprovecha el cazador para dispararle en la situación ideal que deseaba. Esto es, con toda precisión, “ponerse de a pechito”. En cambio, “llevársela de a pechito”, inestimable contribución de la “competencia lingüística, memoria, agudos oídos y creatividad” del equipo de colaboradores del dm, es tan inusual que apenas tiene treinta resultados en Google. Hay también cosas que únicamente son malos chistes de algún cómico de la televisión, pero que el dm denomina sustantivo femenino popular, coloquial y festivo. Es el caso de “lonjevidad”, como sinónimo de “gordura”, y hasta pone el ejemplo: Tu lonjevidad ya no te deja caminar. Obviamente, es una derivación de “lonja” o “llanta” (“rollo adiposo que se forma generalmente alrededor de la cintura”, dm); de ahí el adjetivo coloquial “lonjudo” (“referido a alguien, que tiene muchas lonjas”, dm). ¿Pero quién demonios escribe “lonjevidad” en México? Por lo visto, los becarios y alumnos de servicio social que colaboraron en el dm se pusieron muy creativos, luego de ver programas de los comediantes de la televisión. Lo único que les faltó en esta página fue incluir, como mexicanismo, a “Lindsay Lonjas” que por lo menos en internet, en el motor de búsqueda de Google, tiene varios centenares de resultados,

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pero el término “lonjevidad”, con el sentido de “gordura”, no pasa de cinco registros, pues en todos los demás casos, por el contexto, se trata de faltas de ortografía y no de un uso festivo y coloquial deliberado. Por otra parte, considerar “mexicanismo” la contracción jergal del adverbio “entonces”, “entons” (¡sí, “entons” como “mexicanismo”!), es una barbaridad únicamente explicable por el hecho de que el equipo de redacción de ese bodrio tenga entre sus fuentes bibliográficas “serias” (¡junto a Guido Gómez de Silva, Luis Fernando Lara y Francisco J. Santamaría!) las ocurrencias y tonterías del señor Armando Hoyos, alias Eugenio Derbez. Legitimar los usos erróneos es confundir a los hablantes y escribientes del español en México. ¿Por qué no incluir, entons, el sustantivo “miarda” (distorsión de “mierda”), usado en la península de Yucatán, mayoritariamente, en lugar de “mierda”, con 126 000 resultados en el buscador de Google? Ejemplo: Olor a miarda rompemadres (frase viral de mi afamado paisano Adrián Martínez). Si tomamos en cuenta la enorme cantidad de barbarismos y necedades que incluye el dm con la categoría de “mexicanismos”, no habría razón para no poner también las grafías bárbaras “diferiencia”, “dijieron”, “fuímonos” (no por el correcto pretérito “nos fuimos”, sino por el equívoco presente “nos vamos”), “lléguemos”, “muéramos”, “trompezar” (es decir, irse de bruces y caer de trompa), “váyamos” y “váyansen” que se usan en México con especial vigor y, ya de paso, los gerundios barbáricos “quisiendo”, “supiendo”, “supongando”, “tuviendo”, etcétera; y, para no dejar, las conjugaciones “fuistes”, “hicistes”, “llegastes”, “comistes”, “cagastes” y todos los demás de la misma hechura. Y éste es el diccionario acerca del cual se vanaglorian con loas impúdicas sus hacedores: “El hecho de que dos académicas de la Comisión de Lexicografía de la Academia Mexicana de la Lengua sean hablantes nativas de español castellano a la vez que casi nativas del español mexicano facilitó en parte la tarea de investigación del contraste”. Ahora entendemos muchas cosas. A partir de esta declaración, no exenta de ingenuidad, se ponen realmente “de a pechito”. Aceptar que el verbo intransitivo y pronominal “alentar”, “alentarse” significa “perder algo o alguien velocidad” y “atontarse alguien”, no es cosa de gente que proteja el idioma como patrimonio cultural, sino de gente sin criterio. “Lentificar” y “ralentizar” son los verbos correctos para el caso. Con esta misma sinrazón legitiman “vertir”, como variante mexicana de “verter”, aunque se trate de una tontería ortográfica con la que ni siquiera son congruentes, pues tendrían que legitimar también “esparcer” como variante de “esparcir”, “expander” como variante de “expandir” y “tañir” como variante de “tañer”. Y, ya entrados en gastos, “estriñir” y “extreñir” como variantes mexicanas de “estreñir”. Lo cierto es que tanto “vertir” como “esparcer” y “expander” son barbarismos aquí y en cualquier parte donde se hable y se escriba español. Y si en un diccionario se incluye como “mexicanismo” la voz paródica

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“arbano”, equivalente a “hermano”, popularizada en las películas cómicas con Joaquín Pardavé, y se define como “persona de origen árabe o descendiente”, estamos perdidos, pues tendrían que incluir también al “baisano Jalil” y, de paso, por qué no, a “Ben Halam El Amí”. Por otra parte, ¿cuál fue el criterio, si es que existe uno, para incluir el marginal sustantivo femenino “chingamurria” (“cosa de poco valor”), que el mismo dm admite como “poco usado” (¡con apenas tres resultados en Google!) y, en cambio, excluir el también sustantivo femenino “chingamusa” (con casi quinientos resultados en Google), que Eli de Gortari, en su Silabario de palabrejas, define como “cosa de escasa importancia” o “tontería”, pero cuyo uso, con sentido irónico, pertenece al ámbito literario? Si en el dm se incluye el poco usado “chingamurria” tendría que incluirse el más utilizado “chingamusa” que, por lo demás, tiene un linaje literario. Efraín Huerta lo usa en su “Manifiesto nalgaísta”: “poetas inmensos reyes del eliotazgo/ baratarios y pancistas/ grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa”. Y Juan José Arreola refiere que Carlos Pellicer le dio a ordenar y a pasar en limpio sus manuscritos de Práctica de vuelo con la siguiente frase: “Aquí tiene la chingamusa”. El mismo Pellicer, al referirse al Parque-Museo La Venta, por él creado, dice en una carta que dirige a Alfonso Reyes: “Porque mira, Alfonsito: Cuando yo, hace cinco años, pensé en la chingamusa ésta, me dije: ¡a ver qué sale! Y, claro, lo que ha salido es una cosa tremenda, pero deliciosa. Es la obra de mi vida”. Carlos Pellicer López me informa del estribillo epigramático que le compusieron a su tío los estudiantes de la Secundaria 4: “chimichanga, más chingamusa, más voluntad de joder: Pellicer”. Y José Chávez Morado realizó una serigrafía que se intitula, ni más ni menos, La chingamusa (1990). Otro ejemplo: pierden el tiempo los hacedores del dm en las entradas “chicoleada”, “chicolear”, “chicoleo” y “chicolero”, términos que ellos mismos admiten que son poco usados y que remiten todos ellos a “hacer gestos de cariño”, pero nada dicen del sentido del verbo transitivo “chicolear”, el adjetivo “chicoleado” y el sustantivo “chicoleo” de uso habitual en la península de Yucatán para referirse a “agitar” un envase tapado que contiene un líquido, o menear el contenido líquido dentro de un recipiente, en particular en un vaso. Ejemplos: No chicolees la Coca-Cola; Deja de chicolear el chocolate. Es un regionalismo, más que un mexicanismo, como tantos que hay en el país, y como tantos que recoge el dm, sin criterio alguno, pero al menos el “chicoleo” de la península de Yucatán tiene miles de resultados en el buscador de Google, en tanto que las entradas “chicoleras” con el significado de “hacer gestos de cariño” arrojan cero resultados hasta en los ejemplos que pone el dm: El bebé sonríe cuando le hago chicoleadas; No chicolees tanto a los niños; Tu papá es muy chicolero con sus nietos, y, por si fuera poco, este “chicoleo” apenas si se diferencia en un matiz con la acción española de “chicolear”:

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decir piropos o donaires un hombre a una mujer; coloquialismo de uso también restringido que quizá algún día usaron los tatarabuelitos de los académicos de hoy. Por cierto, el dm es pródigo en mayismos, pero el problema es que sus redactores no saben definirlos, porque no investigaron lo suficiente; además: incluye una buena cantidad de términos muy poco usados y omite otros que se utilizan frecuentemente en toda la península de Yucatán, como en el caso del verbo “chicolear” y del también transitivo “anolar”, ¡que incluso recoge el drae!: “Del maya nol, “roer”. Méx. Roer, chupar”. Mal definido y con errónea etimología, pero ahí está, ¡en el drae!, en tanto que para el dm no existe. En el Diccionario introductorio español-maya, maya-español, de Javier Abelardo Gómez Navarrete, se documenta que este verbo transitivo, “anolar” significa “desgastar un dulce [o un caramelo sólido] en la boca, moviéndolo de lado a lado” y su correcta etimología es nóol. Ejemplo: Deja de anolar tantos dulces porque se te van a picar las muelas. Cuando se “anola” no se “roe”, sino que se desgasta con la saliva y con el movimiento, dentro de la boca, el dulce o el caramelo macizo. “Roerlo” equivaldría a desgastarlo con los dientes. Ni siquiera sospechan en la Academia Mexicana de la Lengua que el verbo “anolar” tiene más de 30 000 resultados en el motor de búsqueda de Google. Pero si los hacedores del dm, de la aml, no tienen ni la más remota idea de lo que es un “kodzito” (que, estrictamente, es una tortilla de maíz muy firmemente enrollada y frita, rellena de aire y bañada en una deliciosa salsa espolvoreada de queso), y son capaces de decir que se rellena de alimentos (¡como si fuera un taco o una flauta!), entonces no hay que esperar casi nada de ellos y deberían dedicarse a otra cosa, aunque no, por cierto, a hacer kodzitos. El Diccionario de mexicanismos de la aml está muy lejos de ser una guía para los hablantes y escribientes, y ahí donde no hay guía, no hay ayuda, no hay apoyo; y ahí donde se deja todo a la voluntad soberana del hablante y el escribiente, se daña la lengua, y no se le protege. Si todo es potestativo, ¿para qué queremos a las academias de la lengua? Raúl Prieto Riodelaloza lo dijo muy bien: “Más beneficios nos han dado las academias de repostería”. Cuando uno encuentra términos como “putiflais”, para referirse a una “prostituta”, tiene derecho a sospechar que el Diccionario de mexicanismos de la aml lo hicieron personas que estaban de vena humorística y que han de creer que existe una ópera que se intitula Madama Putiflais. ¿“Putiflais” es un mexicanismo y merece estar en un diccionario? ¡Si apenas tiene 200 resultados en Google y la mayor parte de ellos no se refiere a “prostituta” sino a “homosexual varón” y no sólo en México, sino hasta en España y Colombia! Y además es una palabra aguda, no llana o grave, por lo cual debe llevar tilde: “Putifláis” y no “putiflais”. Gabriel Zaid concluyó que el dm, de la Academia Mexicana de la Lengua, “es una obra de aprendices no supervisados”, pues hay en sus páginas cientos de cosas hilarantes que “no es creíble que su Comisión de Lexicografía y el pleno de la Academia

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hayan aprobado”. Zaid pone varios ejemplos, pero señalar todas las barbaridades que contienen las 648 páginas de esta chambonada parece cuento interminable. Es innegable que los becarios de lexicografía y los alumnos de servicio social se sirvieron con la cuchara grande. Hay cosas tan risibles como la siguiente: “miercocteles. M. coloq/ fest. Miércoles”. Es decir, según el dm, “miercocteles” es un sustantivo masculino, coloquial y festivo, sinónimo de “miércoles”, tercer día de la semana. ¡Pero no es así! El término, en efecto coloquial y festivo, pertenece a lo que podríamos denominar la “semana del borracho” (y borracho puede ser lo mismo el ebrio ocasional que quien se embriaga habitualmente). Mediante el juego de palabras, el “ebrio consuitinerario” (esta gracejada se les pasó a los becarios) lleva del siguiente modo la agenda de su particular semana: “gluglunes” (“lunes”), “mamartes” (“martes”), “miercolitros” y “miercocteles” (“miércoles”), “juevebes” o “juebebes” (“jueves”), “beviernes” o “bebiernes” (“viernes”), “sabadrink” o “sabadrinks” (“sábado”) y “dormingo” o “pomingo” (“domingo”). Por ello alguien dice en la oficina: Hoy es beviernes, ¡vámonos de peda! Una de las mayores ridiculeces que hace el dm al incluir “miercocteles” es la de omitir todos los demás días de la jocosa semana de los bebedores, pues únicamente para ese sustantivo festivo tiene una entrada y, por demás, ¡mal definida! Los demás sustantivos coloquiales y festivos de la “semana del borracho” ¡no están en ese lexicón que la Academia Mexicana de la Lengua anunció como el parto de los montes!, lo cual demuestra que a los aprendices y a sus jefes les hace falta más calle. Hay que ser de veras muy chambones para incluir “miercocteles” (3 100 resultados en Google) y omitir los demás días de la semana de estos localismos urbanos. ¿Por qué sólo uno? ¡Por supina ignorancia!, pues incluso entre los demás coloquialismos festivos de esta especie casi todos tienen más resultados que “miercocteles” en Google: “gluglunes”: 1 580; “mamartes”: 10 800; “miercolitros”: 11 200; “juevebes”: 94 400; “juebebes”: 66 100; “beviernes”: 38 400”; “bebiernes”: 14 500; “sabadrink”: 69 700; “sabadrinks”: 13 500; “dormingo”: 45 200; “pomingo”: 31 500. De este tipo de desatinos el dm de la aml está ahíto. No es necesario levantar una piedra, en sus páginas, para encontrar al tlaconete; a simple vista aparece la baba y, en medio de ella, el animal. No explica nada y cuando trata de explicar es peor. Un ejemplo: “¡miércoles! interj. supran. pop/coloq/euf. Expresa enfado o contrariedad: ‘¡Miércoles!, ya rayé el coche’”. Sí, pero “¡miércoles!” es eufemismo por “¡mierda!”, interjección que explica la contrariedad o el enfado, pero esto ni siquiera lo menciona el dm. Otro ejemplo en la misma página: “milete. M. Billete de mil pesos: ‘Me debes un milete’”. ¿En dónde diablos, en México, en qué parte así sea insignificante de nuestro territorio nacional, se le dice “milete” al “billete de mil pesos” que, por lo demás, ya prácticamente no tiene circulación? Será tal vez en la Academia Mexicana de la Lengua donde les pagan con “miletes” y no con “quinientones”. Si buscamos en

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Google con la siguiente frase: “milete” billete de mil pesos, aparecen ¡36 resultados!, y ¡sólo uno! se refiere al supuesto “mexicanismo” que habrá inventado un becario o un alumno de servicio social, mientras los integrantes de la Comisión de Lexicografía de la aml se echaban una siesta luego de exigir silencio de la siguiente manera: “¡Cayetano la trompeta!”. Y es que, probablemente, sólo en la aml dicen esta “expresión coloquial y festiva” que, según el dm, “se usa para exigir a alguien que guarde silencio”. Y hasta ponen un ejemplo: “¡Niño! ¡Cayetano la trompeta!, si no, te vas a tu cuarto castigado”. Es de risa loca, pues tal expresión ni siquiera aparece en la tercera edición del Índice de mexicanismos (2000) preparado por la propia Academia Mexicana de la Lengua, ¡y el resultado en el buscador de Google es uno! Mas que “mexicanismos”, lo que en gran número incluye el dm de la aml son localismos de diversas partes de México cuyas características son las faltas de ortografía y ortoepía, la ignorancia de la lengua, la falta de lógica y, especialmente, la limitación en el significado recto del idioma. Los defectos más notorios de obras lexicográficas como el Diccionario panhispánico de dudas y el Diccionario de mexicanismos de la aml son su carencia de rigor, su ausencia de criterio y su manga ancha para todo. No sirven para guiar al hablante y al escribiente. En el Panhispánico se llega al extremo de poner como modélicos a escritores que, por más premios que obtengan en España y Latinoamérica, necesitan urgentemente asistir a un taller de redacción, ortografía y lectura. En el caso del Diccionario de mexicanismos de la aml, se trata de un repertorio de disparates, barrabasadas, desbarres, ocurrencias y faltas de ortoepía y ortografía que se legitiman como mexicanismos. En realidad, es más un diccionario de pendejadas y torpezas del idioma español hablado y escrito en México que un diccionario de mexicanismos. Es de una enorme irresponsabilidad legitimar como “mexicanismos” los barbarismos, vulgarismos, palabros, desbarres, barrabasadas y demás torpezas fonéticas y gráficas que lo mismo tienen hasta cuatro o cinco grafías “registradas” en el dm de la aml, sin que los “especialistas” de ésta opten por la recomendación de una más que de otras, y ya no se diga que opten por desautorizar el uso de barbarismos evidentes. A los redactores de este diccionario les faltó conocer la realidad antes que la teoría. La teoría se conoce en las aulas, los libros y los cubículos; la realidad, en la calle: especialmente en donde el habla está viva. Frente al chambón dm, insuperable, en su rigor, investigación y criterio, sigue siendo el Diccionario del español usual en México, dirigido por Luis Fernando Lara. Éste sí es un verdadero diccionario de mexicanismos y del español que se usa en México, el cual podemos complementar con el Diccionario breve de mexicanismos, de Guido Gómez de Silva, que, pese a sus yerros, es realmente de mexicanismos y no de barbarismos.

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Purismo, no: lógica y claridad De los mejores tiempos de Moreno de Alba es esta atinada observación: “Lo que se pretende cuando se recomienda evitar un barbarismo es simplemente obtener la mayor precisión posible al hablar y al escribir. El rehusarse a decir una cosa por otra tiene que ver no con el purismo sino con la claridad y la lógica”. Y es que, así como la costumbre puede hacer la norma en cosas torcidas, que quedarán torcidas para siempre, en el entendido de que la costumbre se hace ley, del mismo modo la norma en usos certeros, correctos, sensatos y bien argumentados puede influir en los hablantes y escribientes a fin de evitar barrabasadas y disparates. El deber de fijar normas, después de una investigación exhaustiva, luego de un trabajo serio, les corresponde a las academias de la lengua que, sin embargo, hoy están muy lejos de cumplir satisfactoriamente con dicha tarea, pues lo mismo sus directivos que sus miembros escurren el bulto con el chambón argumento de privilegiar lo descriptivo y no lo normativo ni lo correctivo. ¿Para qué sirve una academia de la lengua que renuncia a su obligación de prestarles un servicio al hablante y al escribiente a fin de que eviten decir y escribir tonterías? Como bien lo señaló Moreno de Alba, la tarea normativa y, a la vez, correctiva, nada tiene que ver con “purismo”, sino con el uso adecuado y acertado de la lengua para que los hispanohablantes nos comprendamos mejor. El propósito de este nuevo y último tomo de lexicografía básica, Más malas lenguas, es ayudar a mejorar el uso del español a quienes todavía creen que el idioma es uno de los principales componentes del patrimonio cultural tangible e intangible. Hoy hay quienes hablan y escriben de “multiasesinos y multihomicidas seriales”. Hay quienes se dedican “a destapar corcholatas” y ni se enteran de la burrada que han dicho (¡porque lo que destapan es una botella, retirando la corcholata!). Y el gobierno actual de México creó y luego desapareció el inservible y, además, redundante Instituto de Salud para el Bienestar (insabi), cuando la noción del sustantivo masculino “bienestar” (“estado de la persona en el que se le hace sensible el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica”: drae) ya está implícita en el sustantivo femenino salud: “estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones” (drae). Así como la noticia no está en que un perro muerda a un hombre, sino en que un hombre muerda a un perro, la noticia no está en crear un instituto de salud “para el bienestar”, sino en uno “para el malestar”. Es comprensible: ¡son políticos y, por añadidura, pésimos! Una narradora mexicana de un partido de futbol de la Champions League dice, por la televisión, que el delantero tal pateó desde fuera del área y puso el balón en el fondo de las redes, y que el portero nada pudo hacer porque fue un golazo colocado

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como con un guante. ¿Como con un guante? ¡Dios santísimo! Pero si le pegó con el pie, no con la mano. Tenemos que imaginar a este futbolista utilizando guantes en las patas, ¡pero a esto se le llaman calcetines! ¡Vaya licencia “poética”! En esto, las cronistas de futbol no son diferentes a sus colegas los cronistas. Nada más democrático que el reparto de la ignorancia. Michel Serres ha advertido: “No hay nada en el intelecto que no haya estado primero en los sentidos: lo sensible permanece. Aunque transformado comporta lo invariable. Uno se interesa sólo en lo que permanece de lo sensual en el intelecto, en lo que subsiste, en general. El verbo vuela, lo escrito permanece”, y añade que “esto significa que el intelecto ha recogido lo que queda de los sentidos, que éste se convierte, pues, en una memoria, un almacén, un banco de datos”. Y concluye: “La lengua misma lo dice y lo enseña habiendo retenido con exactitud su relación con el mundo”. Esto demuestra que el uso correcto de la lengua no es arbitrario como muchos suponen, sino lógico, y que cuando atentamos contra la lógica del idioma, la arbitrariedad nos incomunica. Ejemplo: “No es falso, pero no es verdadero”, expresión que ni siquiera llega a sofisma; es burrada idiomática en que la lógica se ha perdido para siempre, y todo con el fin de normalizar la confusión y la mentira por disposición y obligación políticas, y hay quienes se prestan a ello por un salario, confiados, seguramente, a la inminencia del olvido. Ningún aliado es mejor que el olvido para decir y hacer pendejadas, sobre todo con la protección del poder político. Hoy, en una gran parte del mundo el poder político preferido es la caquistocracia: el gobierno ejercido por los peores, con mucho auge en América Latina. El despotismo ilustrado es una antigualla; hoy tenemos el despotismo no ilustrado: inculto, analfabeto, ignaro y pedestre. Uno de estos déspotas menos ilustrados de la galaxia es el venezolano Nicolás Maduro, sujeto que ignora incluso el significado de “sos”, la señal universal de socorro, definida en el Libro de estilo del diario español El País, como “señal internacional de gran peligro”, que el mundo adoptó en 1906 “por su simplicidad para ser radiada en código Morse”. Pues bien: este autócrata que ha sumido en la ruina a Venezuela, el bruto de los “millones y millonas”, de “los liceos y liceas”, de “los libros y libras”, de los “alertas y alertos”, el de “los cinco puntos cardinales”, el del “autosuicidio colectivo”, el de “ni un milímetro de segundo”, el de “las 35 horas del día”, en cierta ocasión se acercó a un autobús que, en un costado exterior mostraba el grafiti “SOS VENEZUELA” (súplica de ayuda internacional, grito de auxilio de los sojuzgados). ¿Y qué dijo el jumento cuando vio aquello? Rebuznó lo siguiente, arropado por los aplausos y las loas de sus lacayos: “Se les va a salir la baba a los anclas [presentadores de noticias] de cnn cuando vean esto: ‘SOS Venezuela’. Yo te diría, fascista: ¡vos no sos Venezuela, vos sos gringo!, en tu mente, en tu maldad; ¡vos no sos Venezuela, fascista!”. Esto es no

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entender nada y ostentar, orgullosamente, la ignorancia ante el mundo. Si del verbo “ser” se trata, como supone equivocadamente el tirano de Venezuela, habría que decirle: “Nicolás Maduro, sos un bruto, sos un burro”, pues, sin duda, el coco más duro es el de Maduro (aunque haya muchos que le compitan muy de cerca). Por lo demás, no nos cansaremos de decirlo: el mal llamado lenguaje inclusivo (tan del gusto de los gobernantes como el mismo Maduro) es, en realidad, excluyente, porque, desde que surgió, es un lenguaje jergal, especialmente escrito y no hablado, que utilizan ciertos sectores de las altas esferas del poder político y de los sectores académicos convencidos de la falacia de que, si cambia el lenguaje, esto hará que cambie la realidad, cuando es justamente al revés: es necesario y urgente cambiar la realidad en la que vive la mitad de la población mundial, esto es, las mujeres, y muy probablemente con ello cambiará el idioma, aunque no sea con desdoblamientos de género, redundancias y anfibologías. Como ha dicho el director de la rae, Santiago Muñoz Machado, “el desdoblamiento altera la economía del idioma y estropea una lengua hermosa”. Esto mismo concluyeron las autoridades educativas y culturales de Francia cuando prohibieron en los liceos la enseñanza del francés con el sesgo del “lenguaje inclusivo”. Si ya es difícil enseñar una lengua, con sus reglas básicas y sus leyes lógicas, imposible es conseguir en la infancia el aprendizaje de una lengua que rompe las reglas lógicas y opta por los caprichos. Por último, y volviendo a citar al director de la rae, “no nos encontramos en la calle a la gente que utilice eso que se llama lenguaje inclusivo”; no nos la topamos por ningún lado. De ahí que resulte sorprendente que quienes lo exigen a las instancias educativas (¡y a veces son los propios gobernantes zafios y necios quienes toman la iniciativa!) ignoren que la lengua es un constructo cultural vivo y, por tanto, cambiante, y que son los hablantes en general, es decir, la mayor parte de ellos, quienes, a lo largo de los siglos, han hecho que la lengua cambie; y no por cierto los grupos de presión o de choque o los gobiernos demagogos que desean instaurar un idioma a la moda, o una jerga para consentir intereses de corrección política, ¡pero de incorrección lingüística!, sin que pase por el natural y dilatado desarrollo común de sus hablantes. No saben estas personas que toda lengua evoluciona con el progreso material e inmaterial de sus hablantes y que, hasta ahora, no existe un solo ejemplo de un idioma que haya evolucionado y ni siquiera involucionado por coerción de unos cuantos o, lo que es más ridículo, por decreto. Los usos jergales del idioma no son inclusivos, sino excluyentes: como las germanías.

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Agradecimientos Con Más malas lenguas cierro la trilogía dedicada a la lexicografía básica publicada en la que es mi casa editorial desde hace ya más de dos décadas. Quiero decir con esto que no emprenderé otro volumen en esta materia tan apasionante como fatigosa. Cierro este ciclo con el gusto de haber contribuido, mínimamente, a resolver las dudas de algunos hispanohablantes que todavía confían en mejorar su expresión lingüística. A los que carecen de este interés no tengo nada que decirles porque, por principio, este libro no está destinado a ellos. Me dirijo a unos pocos miles. Parafraseando y citando a Nietzsche, éste es un libro dirigido a personas que todavía creen que reflexionar es provechoso y digno: esas personas que aún no han olvidado pensar cuando leen y que conocen el secreto de leer entre líneas; “más aún: [que] tienen una naturaleza tan pródiga, que siguen reflexionando sobre lo que han leído, tal vez mucho después de haber dejado el libro. Y todo eso, no para escribir una recensión u otro libro, sino simplemente por reflexionar”. Agradezco a Rogelio Villarreal Cueva, director general de Océano de México, y a Guadalupe Ordaz, coordinadora editorial, haber confiado en este proyecto. También a Adriana Cataño, por el limpio diseño y el apoyo en el cuidado editorial de éste y de los volúmenes anteriores, y a Miliett Alcántar y Luis Carlos Fuentes, por la minuciosa revisión de pruebas para evitar erratas, errores y horrores. Al final, pero no al último, a Rosy, por todo el tiempo que la he distraído con este trabajo que hoy concluyo. Nietzsche te guarde, lector, y que su reflexión te guíe y te contagie, en un mundo que ha perdido la brújula y que, por ello, entre otras cosas, extravía el idioma todos los días y a toda hora. Y no olvides nunca la certeza que animó a Antón Chéjov a ser el gran lector y escritor que fue, a ser el gran lector y escritor que es (porque en su obra está vivo): “cuanto mayor sea la cultura, más rica será una lengua”.

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