Teoría de las sombras paolo maurensig
Traducción de Teresa Clavel
gatopardo ediciones
Título original: Teoria delle ombre de Paolo Maurensig © 2015 by Adelphi Edizioni S.p.A., Milán Este libro ha sido contratado a través de Ute Körner Literary Agent, Barcelona www.uklitag.com © de la traducción: Teresa Clavel, 2017 © de esta edición: Gatopardo ediciones, 2017 Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª 08008 Barcelona (España) info@gatopardoediciones.es www.gatopardoediciones.es Primera edición: marzo de 2017 Diseño de la colección y cubierta: Rosa Lladó Imagen de la cubierta: Alexandre Alekhine jugando al ajedrez, 1936 © Süddeutsche Zeitung Photo / Alamy Stock Photo Imagen de interior: Hotel do Parque, Estoril, s.f. Fotografía del Estudio Mário Novais Imagen de la solapa: © Cecilia Lascialfari ISBN: 978-84-945100-7-6 Depósito legal: B-27486-2016 Impresión: Reinbook serveis gràfics S.L. Impreso en España
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Hotel do Parque, en Estoril, donde Alexandre Alekhine fue hallado muerto el 24 de marzo de 1946.
Si Alekhine hubiera sido un científico nazi antisemita, inventor de maquinarias de exterminio, y como tal hubiera gozado de la protección de los poderosos, entonces toda esa chusma intelectual habría contenido cobardemente el aliento. No siendo así, la víctima tuvo que beber el amargo cáliz hasta las heces... Incluso el supremo gesto de su partida fue vulgarmente mancillado. Y nosotros, temerosos, con un nudo en la garganta, callamos. Porque la única virtud que aúna fraternalmente a todos, blancos y negros, judíos y cristianos, es la vileza.
esteban canal
prólogo
Estoril, agosto de 2012 Me despierto una vez más a media noche, sofocado por el calor de finales de agosto, y al encontrarme acostado en la cama de este modesto hotel de Estoril me siento atenazado por la angustia. Esa pregunta que desde hace años me obsesiona no hace sino acrecentarse en la soledad y el silencio nocturnos hasta resultar ensordecedora. ¿Conseguiré encontrar por fin una respuesta? El origen de todo fue mi inveterada pasión por el ajedrez. Aunque no he participado nunca en un torneo ni ocupado ningún puesto en la clasificación oficial, me declaro abiertamente un aficionado entusiasta. Ni que decir tiene que este juego puede deparar grandes satisfacciones incluso a un ajedrecista de café. En el fondo, éste compite con adversarios de su misma talla, y la emoción que siente no es muy distinta de la que experimentan los campeones. Se suma a ello, además, el placer de la investigación, del estudio de las partidas que jugaron los grandes maestros del pasado, así como del descubrimiento de cuán atormentadas fueron sus vidas precisamente a causa de su devoción absoluta a este ídolo temible. Vidas que, en muchas ocasiones, concluyeron de un modo trágico. Nací en Venezuela y pasé la infancia en Caracas. Mi padre murió cuando yo sólo tenía cinco años. Mi madre entró entonces a trabajar como ama de llaves en la casa 13
de una familia italiana que había hecho fortuna en el sector de la restauración. La tenían en gran aprecio y estaba muy unida a ellos, por lo que, cuando decidieron regresar a Italia, nosotros también nos trasladamos allí y nos establecimos en la capital. Pero, dado que mi intención es hablar de la vida de otro, no viene al caso que me extienda sobre la mía, la cual ha transcurrido hasta el umbral de los cincuenta en una dorada medianía, y si de repente decidí escribir una novela, no lo hice por el deseo de redimirme de una existencia gris, sino impelido únicamente por una idea fija: descubrir las causas de la muerte de un hombre que tuvo lugar hace casi setenta años. Ese hombre es Aleksandr Aleksándrovich Alejin, más conocido como Alexandre Alekhine, y si puede decirse que he aprendido a jugar al ajedrez, alcanzando un nivel para mí satisfactorio, se lo debo a él. Se lo debo al estudio de sus extraordinarias partidas y a los comentarios que él mismo realizó, de forma clara y comprensible, sobre las diversas fases de su juego y las estrategias aplicadas en el transcurso de cada partida concreta. Desde hace ya muchos años, él es mi modelo, mi numen tutelar. Sin embargo, hasta una fecha muy reciente no comencé a indagar sobre su pasado, y de ahí surgió la idea de escribir una novela. No tanto sobre su vida, en realidad, como sobre los últimos días que precedieron a su muerte, todavía inexplicable. Así pues, para escribirla me he metido en la piel de un investigador decidido a reabrir el caso de un crimen que se archivó sin haber sido resuelto. He venido a Portugal y he visitado todos los círculos ajedrecistas, desde el Turf Club, en la céntrica Rua Garrett de Lisboa, hasta la última tasca llena de humo de Estoril, donde, haciéndome pasar por un periodista interesado en escribir un artículo sobre la vida de Alekhine, he establecido contacto con bastantes personas. 14
El conocimiento del portugués —que era la lengua de mi madre— me ha sido de gran ayuda para comunicarme con la gente del lugar. No obstante, por lo que he conseguido descubrir hasta ahora, al parecer sólo un hombre podría proporcionarme algún dato inédito sobre los hechos acaecidos en aquella época. Se llama Rui Nascimento. Jugador y problemista de ajedrez, músico y poeta, es un personaje muy popular en Lisboa. Desgraciadamente, se encuentra próximo al fin de sus días y está ingresado en un hospital. Un hecho nada sorprendente, puesto que ha llegado a la envidiable edad de noventa y ocho años. Aun así, decidí ir a visitarlo. Pensé que quizá tendría la oportunidad de hablar con alguno de sus familiares. Sin embargo, ni siquiera tuve valor para cruzar el umbral de su habitación. La cama estaba junto a una ventana, a través de cuya cortina, que estaba echada en aquel momento, se filtraba una luz lechosa. A su alrededor, unas mujeres vestidas de negro rezaban en actitud de recogimiento. Sólo conseguí entrever su perfil aguileño, al que las mejillas hundidas daban un aspecto más corvo: un rostro reducido ya a una máscara fúnebre. Hasta ahora, pues, nada nuevo ha venido a sumarse al resultado de mis indagaciones. Más de sesenta años han transcurrido desde entonces, y todavía hoy el misterio de su muerte sigue sin resolverse. Con la llegada de Internet, además, las hipótesis —muchas de las cuales no me atrevería a compartir— se han multiplicado hasta límites insospechados. Quedan, en cualquier caso, los hechos probados y documentados. La mañana del domingo 24 de marzo de 1946, Alexandre Alekhine, campeón del mundo de ajedrez, fue hallado sin vida en su habitación del Hotel do Parque, en Estoril. Quien dio la voz de alarma fue el asistente del servicio de habitaciones encargado de llevarle el desayuno, el cual, al entrar 15
empujando el carrito con las viandas, vio al maestro arrellanado en el sillón donde se sentaba habitualmente: con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo, parecía dormido. En vez de la bata, llevaba un abrigo, el brazo izquierdo le colgaba inerte junto al costado, y tenía entre los dedos un trozo de carne. Una emisora de radio portuguesa informó enseguida de su muerte, consecuencia, dijeron, de un ataque al corazón. Al día siguiente apareció la noticia en el Daily Mail, donde se dio la versión de que Alekhine se había quitado la vida tras haber perdido una considerable cantidad de dinero en el casino. Ese mismo domingo, el doctor Antonio Jacinto Ferreira extendió el certificado de defunción, y también estuvo presente en la autopsia que el doctor Asdrúbal de Aguiar realizó tres días más tarde. Ésta reveló que un bocado de carne le había obstruido las vías respiratorias, asfixiándolo. Se señaló, además, que el fallecido padecía gastritis crónica, duodenitis y arteriosclerosis. Curiosamente, no se hacía mención alguna del estado en que se hallaba el corazón, ni tampoco el hígado, pese a que era de dominio público que Alekhine tenía problemas con el alcohol. Luís Lupi —padrastro de Francisco Lupi, campeón de ajedrez de Portugal y amigo de Alekhine— fue uno de los primeros en acudir y tomó algunas fotos. Dos de las cuatro instantáneas, publicadas en cientos de revistas y periódicos, dieron en poco tiempo la vuelta al mundo. Esas fotografías, divulgadas con la intención de confirmar que el maestro había expirado serenamente, desencadenaron justo la reacción contraria, pues suscitaron recelos acerca de la versión oficial. Al comparar las dos instantáneas, tomadas desde ángulos distintos, podían observarse ligerísimas diferencias en la colocación de algunos objetos, y este hecho alimentó la duda de si el escenario había sido cuidadosamente preparado con la finalidad 16
de convencer, tanto a los lectores como a los apasionados del ajedrez, de que el campeón del mundo había fallecido por causas naturales (y, en consecuencia, alejar también la menor sospecha de muerte violenta). Pese a que se acusaba a Alekhine de colaboracionista, para Portugal era un honor acoger al campeón del mundo de ajedrez; su repentina desaparición ponía al gobierno, por lo tanto, en una situación muy embarazosa. La impresión general fue que las autoridades hicieron todo lo posible para minimizar lo sucedido. Dicha tarea fue encomendada a la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado), que en aquella época controlaba con mano férrea a toda la sociedad portuguesa y que, además de someter a los periódicos y las emisoras de radio a una estricta censura, archivó rápidamente el caso sin hacer más indagaciones. Aun así, algunos hablaron del asunto: el primero fue Artur Portela, periodista en clara discrepancia con el régimen de Salazar. Pese a que se le consideraba un elemento subversivo y era objeto de constante vigilancia por parte de la policía secreta, Portela era intocable, porque había adquirido fama en toda Europa gracias a sus entrevistas a grandes hombres de Estado —entre ellos, el generalísimo Franco y Winston Churchill—, las cuales lo habían hecho merecedor de la Order of Liberty, que el rey Jorge VI de Inglaterra le había otorgado recientemente. En un artículo publicado el 15 de abril en el Diário de Lisboa con el título «O segredo do Quarto 43. A morte misteriosa de Alexandre Alekhine», el periodista examinaba todas las incongruencias que aparecían en la reconstrucción de la fatídica mañana del hallazgo del cuerpo. En primer lugar, señalaba que la noticia de la muerte de Alekhine se había difundido mucho antes de que el empleado descubriera el cuerpo sin vida. Y en referencia a las fotos publicadas, se preguntaba por qué, siendo ya la primavera portuguesa 17
bastante templada, el maestro se había puesto para sentarse a la mesa, en vez de la bata, un pesado abrigo. Artur Portela fue también el primero en plantear la hipótesis del homicidio, sugiriendo la implicación de algunos agentes del Kremlin. Sin embargo, descartaba, con la debida prudencia, la complicidad de la policía secreta de Salazar. Así y todo, sus conjeturas fueron ridiculizadas y atribuidas a la fecunda imaginación de un escritor. Por otro lado, la prensa internacional, respetuosa al principio, no tardó en volverse despiadada y prefirió centrarse en la ambigua figura del campeón y en sus excesos, sacando a relucir detalles poco edificantes de su vida, como la costumbre de comer carne con las manos y de beber a diario hasta tres pintas de coñac. Según las declaraciones del gran maestro Hans Kmoch, Alekhine y su última esposa, Grace Wishard, recorrían el mundo llevando consigo, además de cierto número de gatos, un baúl lleno de botellas de licor: un auténtico arsenal de viaje. Se recogieron muchos testimonios —algunos poco creíbles— de personas que aseguraban haberlo conocido de cerca, y éstos también contribuyeron a trazar de él un retrato bastante equívoco. No se descartó tampoco la hipótesis del suicidio. Que tenía tendencia a autolesionarse lo confirmaba, por lo demás, el ajedrecista Edmond Lancel, el cual contaba que, en 1922, se había cruzado con Alekhine, precisamente el día de su cumpleaños, deambulando a las tres de la mañana por el vestíbulo desierto del Grand Hotel Corneliusbad, en Aquisgrán. Le pareció que se encontraba mal y, cuando se acercó para socorrerlo, Alekhine cayó desvanecido a sus pies, sangrando copiosamente por una herida en el vientre que (se descubrió después) se había infligido él mismo con un cuchillo de cocina. Tras ser ingresado rápidamente en el hospital, le dieron el alta al cabo de una 18
semana, y aunque le prescribieron reposo absoluto, unos días después ya estaba participando en un torneo. Los motivos de aquel acto nunca se esclarecieron; en cualquier caso, se prefirió atribuirlo a un estado de intensa fatiga. Reuben Fine, psicoanalista y candidato al título mundial de ajedrez (él fue el primero en oponerse tenazmente a la participación de Alekhine en el torneo de Londres de 1946), trazaría más tarde un desconcertante retrato psicológico del gran maestro en el que lo llamaba «el sádico del ajedrez», y llegaba a conjeturar que había padecido impotencia desde muy joven, probablemente a causa del alcoholismo. Pero los ataques se multiplicaron sobre todo en relación con sus posicionamientos políticos. Hubo quienes lo vieron como un oportunista, un hombre sin ideales dispuesto a cambiar de chaqueta en cualquier momento. Se dijo que era un espía, un doble agente, un traidor. Algunos aseguraron que estaba relacionado de algún modo con la famosa máquina criptográfica denominada Enigma, y que había trabajado como agente de la inteligencia británica para pasarse más tarde al enemigo, mientras que otros afirmaban que, después de que lo hubiera fichado una célula «fantasma» de los servicios secretos ingleses, encabezada por Ian Fleming y no reconocida oficialmente por el alto mando, perdió por completo el contacto con los que lo habían reclutado y le fue imposible aclarar su posición. Sin embargo, la peor infamia que se le atribuía, la mancha indeleble que marcó a Alekhine en los últimos años de vida, fue su amistad con el Reichsminister Hans Frank, gobernador de Polonia. Al final de la guerra le quedaban, pues, pocos amigos: para los franceses era un colaboracionista; para los soviéticos, un traidor. Los propios rusos blancos establecidos en Europa no le perdonaban que durante la revolución hubiera trabajado en el departamento que se ocupaba de expropiar los bienes de los emigrantes. 19
Enemigos, por consiguiente, no le faltaban. Pero si —como creo— a Alekhine lo asesinaron, lo que me falta a mí es un móvil verosímil. Pues, evidentemente, no se puede construir una historia basada en un delito sin desenmascarar al final al asesino. He venido aquí en busca de un epílogo verosímil para mi novela y lo más probable es que me vaya sin haber llegado a ninguna conclusión. He recurrido a los ancianos del lugar. Me he hecho la ilusión de que todos recordarían algo de Alekhine, pero a la mayoría de ellos ese nombre no les dice absolutamente nada. Sólo alguno, al oírlo pronunciar, se ha sobresaltado imperceptiblemente, como si en el mecanismo de la memoria hubiera saltado la muesca de una ruedecita: «Ah, sim, o campeão mundial de xadrez». Visitando estos lugares, además, me invade la sensación de extrañamiento que se experimenta al constatar los cambios que se han producido a lo largo de los años. Ahora, enfrentado a la fría actualidad, la impecable arquitectura mental que he construido narrando su historia se desmorona como un castillo de naipes. Al observar las postales de principios de la posguerra —impresas en blanco y negro o, como mucho, retocadas con unas pinceladas de color—, uno se da cuenta de lo distinta que era en aquellos tiempos Estoril, comparándola con el aspecto que presenta en nuestros días: la costa agreste, cubierta en gran parte de monte bajo, no es sino un lejano recuerdo; y el fascinante hotel donde Alekhine encontró la muerte tampoco existe ya, desde que en los años setenta lo demolieron para construir en su lugar una estructura moderna que tan sólo vagamente recuerda la anterior. En la actualidad, el Hotel do Parque es uno de los establecimientos hoteleros de mayor renombre, y la playa, que en aquella época era frecuentada 20
por escasos bañistas, se convierte en verano en una profusión de sombrillas multicolores, con instalaciones playeras que se suceden hasta donde alcanza la vista. De haber acortado mi estancia unos días, habría podido permitirme el lujo de alojarme en el Hotel do Parque; es más, incluso habría podido darme la satisfacción de ocupar la habitación 43, la que, en su memoria, todavía conserva en la puerta una placa con su nombre grabado, pero temía que, comparada con la realidad, la atmósfera que había imaginado en mis páginas se desvaneciese del todo. Una sola vez me decidí a entrar en el vestíbulo, pero salí casi enseguida. Nada más ver la barra del bar, de un diseño moderno más gélido que el de la de una heladería, sentí una punzada en el estómago. Todo era tan falso, tan artificioso que me echaba para atrás. Hasta el detalle de la placa me hace sonreír. No sé a quién se le ocurrió ponerla; aprecio el gesto, aunque me recuerda mucho esos ramos de flores secas depositados al pie de un árbol, en el punto donde algún desdichado se salió de la carretera y perdió la vida. Por eso me he inclinado por un hotelito cercano. Voy andando hasta el mar por la mañana, temprano, cuando todavía hay poca gente, pero al cabo de un rato la playa ya está abarrotada. Sólo hay un tramo de costa rocosa que se ha salvado del asalto en masa de los bañistas: el que conduce al faro por un estrecho sendero y que, presumo, Alekhine eligió para sus paseos solitarios. Mientras lo recorro me gusta pensar que estoy siguiendo sus pasos. De vez en cuando me detengo en algún recoveco entre las rocas para releer unas páginas del manuscrito, que llevo siempre encima, y dejo que la mente me transporte a aquella lejana primavera de 1946.
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