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María Estuardo

alexandre dumas

Traducción de Teresa Clavel

gatopardo ediciones


Título original: Marie Stuart de Alexandre Dumas © de la traducción: Teresa Clavel, 2018 © de esta edición: Gatopardo ediciones, S.L.U., 2018 Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª 08008 Barcelona (España) info@gatopardoediciones.es www.gatopardoediciones.es Primera edición: enero de 2019 Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó Imagen de la cubierta: María I de Escocia, fotograbado de 1902. Realizado a partir de un cuadro de Henry Bone, posiblemente a partir de otro de Anthonis Mor. © National Portrait Gallery, Londres Imagen de interior: Habitación de trabajo del escritor Alexandre Dumas en Le Port-Marly, Yvelines, Francia. Fotografía de Moonik. CC-BY-SA Imagen de solapa: Alexandre Dumas, padre (1865). Fotografía de Nadar ISBN: 978-84-17109-60-8 Depósito legal: B-924-2019 Impresión: Reinbook serveis gràfics S.L. Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


Habitación de trabajo de Alexandre Dumas en Le Port-Marly, Yvelines, Francia.


maría estuardo


Hay, entre los reyes, nombres predestinados al infortunio: en Francia, ese nombre es Enrique. Enrique I fue envenenado, a Enrique II lo mataron en un torneo, a Enrique III y Enrique IV los asesinaron. En cuanto a Enrique V, cuyo pasado ha sido ya tan funesto, sólo Dios sabe lo que le reserva el futuro. En Escocia, ese nombre es Estuardo. Roberto I, fundador de la Casa, murió de melancolía a los veintiocho años. Roberto II, el más afortunado de la familia, se vio obligado a pasar una parte de su vida no sólo aislado en su retiro, sino incluso sumido en la oscuridad como consecuencia de una inflamación ocular, a causa de la cual los ojos se le enrojecían más que la sangre. Roberto III sucumbió al dolor que le produjo la muerte de uno de sus hijos y el cautiverio del otro. Jacobo I fue apuñalado por Graham en la abadía de los Monjes Negros de Perth. A Jacobo II lo mató la esquirla de un cañón que saltó en pedazos durante el sitio de Roxburgo. Jacobo III fue asesinado por un desconocido en un molino donde se había refugiado durante la batalla de Sauchie. Jacobo IV cayó en medio de sus nobles, atravesado por dos flechas y una alabarda, en el campo de batalla de Flodden. Jacobo V murió de pena tras la pérdida de sus dos hijos y de remordimiento por haber mandado ejecutar a Hamilton. Jacobo VI, predestinado a aunar sobre su cabeza las coronas de Escocia e Inglaterra, hijo de un padre asesinado, llevó una vida triste y acobar11


dada entre el cadalso de su madre, María Estuardo, y el de su hijo, Carlos I. Carlos II pasó una parte de su vida en el exilio. Jacobo II murió en él. El caballero de San Jorge, después de haber sido proclamado rey de Escocia con el nombre de Jacobo VIII, y de Inglaterra e Irlanda con el de Jacobo III, tuvo que huir sin ni siquiera haber podido dar a sus armas el brillo de una derrota. Carlos Eduardo, su hijo, tras la escaramuza de Derby y la batalla de Culloden, perseguido de montaña en montaña, de roca en roca, nadando de una orilla a otra, fue rescatado medio desnudo por una nave francesa y acabó muriendo en Florencia sin que las cortes de Europa se hubieran dignado reconocerlo como soberano. Por último, su hermano Enrique Benedicto, el último heredero de los Estuardo, después de haber vivido de una pensión de tres mil libras esterlinas que le había concedido el rey Jorge III, expiró en el olvido más absoluto, y legando a la casa de Hannover todas las joyas de la corona, que Jacobo II se había llevado al marcharse al continente en 1688: tardío pero pleno reconocimiento de la legitimidad de la familia que había sucedido a la suya. En medio de este linaje maldito, María Estuardo fue la predilecta del infortunio. Por eso Brantôme dijo de ella: «Esta ilustre reina de Escocia ofrece dos amplísimos temas a los que deseen escribir sobre ella: por un lado, el de su vida, y por el otro, el de su muerte». Y es que Brantôme la había conocido en una de las circunstancias más dolorosas de su existencia, es decir, en el momento en que dejó Francia para trasladarse a Escocia. El 9 de agosto de 1561, después de haber perdido a su madre y a su esposo el mismo año, María Estuardo, reina viuda de Francia y reina de Escocia con diecinueve años, escoltada por sus tíos los cardenales de Guisa y de Lorena, por el duque y la duquesa de Guisa, por el duque de Aumale y el señor de Nemours, llegó a Calais, donde la aguarda12


ban para conducirla a Escocia dos galeras, una bajo el mando del señor de Mévillon y la otra bajo el del capitán Albize. Pasó seis días en esta ciudad. Finalmente, tras haberse despedido con inmensa tristeza de su familia, el 15 del mismo mes, acompañada de los señores de Aumale, de Elboeuf y de Damville, así como de otros muchos nobles entre los que se hallaban Brantôme y Chatelard, embarcó en la galera del señor de Mévillon, quien recibió de inmediato la orden de hacerse a la mar, cosa que llevó a cabo con ayuda de los remos, ya que el viento no soplaba con suficiente fuerza para hinchar las velas. María Estuardo estaba entonces en la flor de su belleza, más esplendorosa aún bajo sus ropajes de luto; una belleza indescriptible que desprendía a su alrededor una fascinación a la que no escapó ni uno solo de aquellos a los que quiso gustar y que resultó fatal para casi todos. Por eso, en aquellos años se difundió una canción sobre ella que, según reconocían sus propios rivales, era el fiel reflejo de la verdad. La autoría de la canción había que atribuirla, al parecer, al señor de Maison-Fleur, gentil caballero de las letras y las armas. Decía así: Bajo blancas vestiduras, con hondo duelo y tristeza con frecuencia se ve vagar a la diosa de la belleza. El dardo lleva en la mano de su hijo inhumano, y el amor no vendado, en un confuso revuelo, su cinta ha ocultado bajo un fúnebre velo donde aparece escrito: «Morir o estar enamorado». 13


Y en aquel momento María Estuardo, vestida de riguroso luto blanco, estaba más hermosa que nunca, pues gruesas lágrimas brotaban silenciosas de sus ojos mientras, agi­ tando un pañuelo con la mano, de pie en el alcázar —ella a quien tan gran dolor le causaba partir—, saludaba a aquellos a quienes tan gran dolor les causaba quedarse. Por fin, media hora más tarde, la galera salió del puerto y al poco se adentró en alta mar. De pronto, María oyó fuertes gritos a su espalda. Un navío que navegaba a toda vela, por inexperiencia del piloto, había chocado contra un escollo y se había partido en dos, y, después de temblar y gemir como un hombre herido, comenzó a irse a pique entre los alaridos de toda la tripulación. María, espantada, pálida, muda e inmóvil, miró cómo se hundía gradualmente en el mar mientras los desdichados marineros, a medida que el casco desaparecía, trepaban a las vergas y los obenques a fin de retrasar unos minutos su agonía. Finalmente, casco, vergas, mástiles, todo fue engullido por las fauces abiertas del océano. Se vieron aún sobre la superficie algunos puntos negros que a su vez fueron desapareciendo uno tras otro; después todo fue agua, y los espectadores de este horrible drama, al ver el mar desierto y en calma como si nada hubiera pasado, se preguntaron si no habría sido una visión que había aparecido ante sus ojos para desvanecerse de inmediato. —¡Ay! —exclamó María mientras se sentaba dejándose caer y apoyando ambos brazos en la popa de la na­ ve—. ¡Qué triste presagio para tan triste viaje! —Miró de nuevo hacia el puerto, que ya quedaba lejos, y sus ojos, endurecidos un instante por el terror, volvieron a humedecerse—. Adiós, Francia —murmuró—. Adiós, Francia. —Y así continuó durante cinco horas, llorando y murmurando—: ¡Adiós, Francia! ¡Adiós, Francia! 14


Cuando cayó la noche aún seguía lamentándose. Y mientras todo desaparecía bajo la oscuridad, la llamaron para cenar: —Ahora, mi querida Francia —dijo, levantándose—, es cuando os pierdo de verdad, pues la celosa noche cubre de luto mi luto extendiendo un velo negro ante mis ojos. Adiós por última vez, mi querida Francia, porque no os veré nunca más. Tras estas palabras, bajó, y dijo que, contrariamente a Dido, quien tras la partida de Eneas no había hecho otra cosa que mirar el mar, ella, María, no podía apartar la vista de la tierra. Entonces todos la rodearon para intentar distraerla y consolarla. Pero ella, cada vez más triste, sin poder hablar porque las lágrimas le sofocaban la voz, apenas probó bocado. Pidió que le prepararan una cama en la popa y llamó al timonel para ordenarle que, si al clarear aún veía tierra, la despertara de inmediato. María se vio favorecida por la suerte, pues, como el viento había amainado, cuando despuntó el alba, Francia estaba todavía a la vista. Fue una alegría inmensa para María cuando, al despertarla el timonel, que no había olvidado la orden recibida, se levantó de la cama y, a través de la ventana que mandó abrir, vio una vez más la amada orilla. Pero, hacia las cinco de la mañana, el viento empezó a soplar y la galera se alejó rápidamente, de modo que la tierra no tardó en desaparecer por completo. María se dejó caer en la cama, pálida como si estuviera muerta, y murmuró otra vez: —¡Adiós, Francia! No volveré a verte. Ciertamente, en esa Francia que ella tanto añoraba era donde habían transcurrido los años más felices de su vida. Nacida en medio de los primeros conflictos religiosos junto al lecho de su padre moribundo, el luto se prolongaría para ella desde la cuna hasta la tumba, y su breve estancia en Francia había sido un rayo de sol en la noche. La calumnia 15


la persiguió desde la más tierna edad: se había extendido tanto el rumor de que padecía alguna malformación y no viviría mucho que, un día, su madre, María de Guisa, harta de aquellas falsedades, le quitó los pañales y la mostró desnuda ante el embajador de Inglaterra, que había ido a pedirla en matrimonio, de parte de Enrique VIII, para el príncipe de Gales, entonces un niño de cinco años. Inmediatamente después de que a los nueve meses el cardenal Beaton, arzobispo de San Andrés, la coronara, su madre, que temía alguna iniquidad contra ella por parte del rey de Inglaterra, la encerró en el castillo de Stirling. Dos años después, considerando que esta fortaleza no ofrecía suficiente seguridad, la trasladó a una isla en medio del lago Menteith, donde un monasterio, la única construcción en aquel lugar, sirvió de asilo a la niña real y a otras cuatro pequeñas de su misma edad que, como ella, llevaban el dulce nombre que es el anagrama del verbo aimer y a las que, como no la abandonarían ni en la fortuna ni en la adversidad, llamaban las Marías de la reina. Eran Mary Livingston, Mary Fleming, Mary Seton y Mary Beaton. La niña permaneció en ese monasterio hasta que el Parlamento aprobó su matrimonio con el delfín de Francia, hijo de Enrique II, y fue conducida al castillo de Dumbarton en espera de que llegase el día de su partida. Allí fue entregada al señor de Brézé, que había ido a buscarla en nombre de Enrique II. Partieron en las galeras francesas que se hallaban fondeadas en la desembocadura del río Clyde, en cuya persecución salió rápidamente la flota inglesa, y entraron en el puerto de Brest el 15 de agosto de 1548, un año después de la muerte de Francisco I. Además de las cuatro Marías de la reina, las naves también llevaban a Francia a tres de sus hermanos naturales, entre los que se contaba el prior de San Andrés, Jacobo Estuardo, que más tarde abjuraría de la fe católica, y, con el cargo de regen­ te del reino y el título de conde de Murray, tan funesto iba a 16


ser para la pobre María. Desde Brest, María fue a Saint-Germain-en-Laye, donde Enrique II, que acababa de ascender al trono, la colmó de atenciones y la envió a un convento donde educaban a las herederas de las más nobles casas de Francia. Allí se desarrollaron plenamente las buenas cualidades de María. Nacida con el corazón de una mujer y la cabeza de un hombre, no sólo aprendió las artes que exige la educación de una futura reina, sino que adquirió también los conocimientos científicos que complementan las de un experto doctor. A los catorce años, en una sala del Louvre, ante Enrique II, Catalina de Médici y toda la corte, pronunció un discurso en latín escrito por ella misma en el que defendía que es conveniente para las mujeres cultivar las letras, y que relegar a las jóvenes a los cuidados del hogar es una injusticia y una tiranía comparable a arrebatarles a las flores su propio perfume. Cabe imaginar cómo debieron de acoger a una futura reina que defendía semejante tesis en la corte más erudita y vanidosa de Europa. Entre la literatura de Rabelais y de Marot, ya en declive, y la de Ronsard y Montaigne, que se encaminaban a su apogeo, María se convirtió en reina de la poesía, y le habría hecho feliz no llevar otra corona más que la que Ronsard, Du Bellay, Maison-Fleur y Brantôme ponían todos los días sobre su cabeza. Pero estaba predestinada. Entre las fiestas que la caballería moribunda intentaba resucitar, se celebró aquel trágico torneo de los Tournelles: Enrique II, herido por una lanza que penetró a través de la ranura de su visera, se marchó para yacer prematuramente junto a sus antepasados, y María Estuardo subió al trono de Francia, donde pasó de llevar luto por Enrique II a llevarlo por su madre, y de llevar luto por su madre a llevarlo por su esposo.

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