Skip to main content

22935c

Page 1

El corazón verdadero

sylvia townsend warner

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

gatopardo ediciones


Título original: The True Heart Copyright © Sylvia Townsend Warner, 1927 First published in the United Kingdom in the English Language en 1929 by Chatto and & Windus. Published by Virago in 1978. © de la traducción: Benito Gómez Ibáñez, 2020 © de esta edición: Gatopardo ediciones, S.L.U., 2020 Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª 08008 Barcelona (España) info@gatopardoediciones.es www.gatopardoediciones.es Primera edición: septiembre de 2020 Diseño de la colección y cubierta: Rosa Lladó Imagen de la cubierta: Woman on a path by a cottage (1882), John Atkinson Grimshaw Imagen de interior: Frankfort Manor, en Norfolk, la casa donde vivieron Sylvia Townsend Warner y Valentine Ackland (1933-1934) Imagen de la solapa: Sylvia Townsend Warner (1934), Howard Coster © National Portrait Gallery, Londres ISBN: 978-84-121414-2-9 Depósito legal: B-12606-2020 Impresión: Reinbook serveis gràfics S.L. Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


Old Hall Sloley, Frankfort Manor, en Norfolk, la casa donde vivieron Sylvia Townsend Warner y Valentine Ackland en 1933 y 1934.


A mi madre, que fue la primera en contarme una historia


el corazón verdadero


prefacio

En julio de 1922, en el departamento de papelería de Whiteley, vi varios mapas del servicio nacional de cartografía y compré uno de Essex porque ni conocía ese condado ni sabía siquiera dónde estaba. Me gustó el verde de la marisma en el mapa, los arroyos azules y el nombre de los marjales. El lunes festivo de agosto me dirigí a Southend, donde cogí un autobús hacia un lugar del mapa donde pasé una larga jornada deambulando sin prisas. Llegué a un riachuelo de aguas perezosas y, más allá, a una isla con una casa blanca y varias dependencias agrícolas. Esa fue la génesis de El corazón verdadero. Poco después, aquel mismo verano fui a Drinkwater St. Lawrence, también con el mapa, y me alojé en una pequeña granja, donde me quedé un mes entre aquellos marjales, andando y explorando los alrededores. Todo el paisaje de El corazón verdadero proviene de aquellas caminatas. Dos años más tarde (para entonces ya había empezado Lolly Willowes) empecé a pensar en escribir lo bastante en serio para decirle a Bea Howe que sería un buen ejercicio elegir una canción popular o un cuento de hadas y relatarlo de nuevo. Aquello constituyó la base de «Eleanor Barley» (una canción popular) y de la recreación de la historia 13


de Apuleyo sobre Cupido y Psique en El corazón verdadero. Apliqué grandes dosis de inventiva en las versiones victorianas de esos personajes divinos, disfrazando sus nombres y cualidades. La señora Seaborn era Venus, nacida del mar (sea-born); la señora Oxey, Juno, patrona del matrimonio (en aquella época era un axioma que solo mediante una cantidad suficiente de burdeles podían las mujeres modestas conservar la virtud); la mujer de las manzanas y la señora Disbrowe representan a Deméter. La reina Victoria es Perséfone. Tales disfraces resultaron tan eficaces que ningún crítico se percató de lo que me traía entre manos. Solo mi madre reconoció la esencia de la historia. Sylvia Townsend Warner, Dorset, 1978

14


primera parte


Era el 27 de julio de 1873, día de entrega de premios en el orfanato femenino Warburton Memorial. El señor Warburton, el hijo de la fundadora, había acudido a entregarlos. Estaba sentado a la sombra de un pino frente a una mesa cubierta con un paño carmesí, y a medida que se iban presentando las chicas se ponía en pie y cogía el premio que le indicaba la señorita Pocock, la gobernanta. Sosteniéndolo en sus largas y blancas manos de caballero, manifestaba el honor que le cabía al recompensar las conductas merecedoras de alabanzas y dar aliento a una institución que tanto interés suscitaba en su familia; luego, con una ligera inclinación, entregaba el premio a la niña, que se retiraba haciendo una reverencia, mientras él volvía a sentarse entre los aplausos de las benefactoras y de las huérfanas que estaban agrupadas a su alrededor; las benefactoras a la sombra y las huérfanas al sol. Hacía mucho calor. Las benefactoras se desabrochaban los guantes de cabritilla y empezaban a abanicarse, y a medida que una niña sucedía a otra, las elogiosas palabras del señor Warburton se iban haciendo cada vez más fragmentarias, y el gesto con el que otorgaba el galardón más bien sugería la liberación de una carga que la concesión de un premio. Esas cosas no se le daban bien, pero las hacía para honrar la memoria de su madre, y cuando hablaba de méritos y de aplicación, no dejaba de pensar que en cues17


tión de quince días estaría cazando en un coto escocés, preguntándose si haría tanto calor como allí y si habría urogallos en abundancia. Desde luego era imposible que hiciese más calor. Solo la señorita Pocock soportaba el calor sin pestañear. Vivía para el esplendor de aquel día, cuando todos los premios redundaban en su honor, pues, si bien exteriormente se desviaban hacia una u otra de sus pupilas, en realidad se los ofrecían a ella. Se había levantado a las cuatro de la madrugada para dar los últimos toques a los preparativos del orfanato. Ahora, con su nuevo corpiño morado y su aire ceremonial, ostentaba una expresión que nunca variaba, como si tuviera el semblante encerrado en un invisible corsé. Por quinta vez se acercó a la mesa la misma chica, y el aplauso de las damas benefactoras se intensificó hasta parecer el repiqueteo de un chaparrón. Sukey Bond había ganado tres premios y dos diplomas: era el orgullo de la institución. —Se otorga el premio por buena conducta —leyó en voz alta el señor Warburton— a Sukey Bond. Un ejemplar de La guerra santa, de Bunyan. Con ilustraciones, según veo. Sukey Bond, tengo el gran placer de concederte el premio por buena conducta. Humm..., la buena conducta lo es todo. La chica cogió el premio e hizo una reverencia. El señor Warburton apenas le veía la coronilla, pero aun así algo le resultaba familiar. —¿No te he visto antes? —inquirió. Aquel tono coloquial detuvo todos los abanicos. La señorita Pocock se inclinó hacia delante y musitó algo. —¡Cinco premios! —masculló él—. ¡Menuda joya tenemos aquí, bien lo sabe Dios! La cabeza y los hombros de la chica habían asomado de nuevo por encima de la mesa, y el señor Warburton contempló el prodigio con interés. 18


¡Vaya cría de urraca!», dijo para sus adentros. Todo ojos y huesos. Su madre, una bailarina de ballet francesa. Menuda pandilla de bichos raros tienen aquí. A un gesto de la señorita Pocock, Sukey permaneció donde estaba, en la postura en que se había quedado después de hacer la reverencia. El señor Warburton volvió a asumir su divino papel. —Es muy grato saber que has aprovechado tan bien tus oportunidades. La juventud es la estación en que es preciso..., humm..., recordar al Creador y prepararse para ser un miembro útil de la sociedad. Espero que sigas así. Toda huérfana sensible apreciaba a Sukey Bond, de modo que el hecho de salir allí de nuevo a que encomiaran sus cualidades significaba que tenía que volver a hacer la reverencia. Hasta la señorita Pocock le dirigió una prolongada sonrisa. Pero Sukey, asaltada por una sensación de fatalidad, estaba demasiado nerviosa para sentirse cohibida, y mientras se llevaba el premio por buena conducta y lo dejaba junto al vestido largo de algodón marrón y el dedal de marfil, sus movimientos eran lentos y precisos, y su rostro traslucía una expresión de inquietud. Una cierta solemnidad la aislaba de su entorno, y la carga de responsabilidades desconocidas confería dignidad a sus pasos; porque aquel día resplandeciente era el último que pasaba en el orfanato femenino Warburton; al día siguiente se iría a servir. Le habían encontrado un empleo en una granja de Essex. Su salario ascendería a diez libras anuales, y no se le requería más que honradez, diligencia, pulcritud, sobriedad, obediencia, puntualidad, modestia, los principios de la Iglesia anglicana, buena salud y unos conocimientos generales de las tareas domésticas, además de los propios de una granja lechera, lavar, remendar y cocinar con sencillez. Todo lo había organizado la señora Seaborn, la esposa del rector de Southend, y al día siguiente iba a emprender el viaje al cuidado de esa dama. 19


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
22935c by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu