La casa intacta
willem frederik hermans Epílogo de Cees Nooteboom
Traducción de Catalina Ginard Féron
gatopardo ediciones
Título original: Het behouden huis Copyright © 1951 Willem Frederik Hermans Originally published with De Bezige Bij, Amsterdam © de la traducción: Catalina Ginard Féron, 2019 © del epílogo Cees Nooteboom © de esta edición: Gatopardo ediciones, S.L.U., 2019 Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª 08008 Barcelona (España) info@gatopardoediciones.es www.gatopardoediciones.es
Esta novela ha recibido la ayuda a la traducción de la Dutch Foundation for Literature. Primera edición: octubre de 2019 Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó Imagen de la cubierta: Soldado americano durmiendo en la cama de Göring (1945) © Bettmann Imagen de la solapa: Willem Frederik Hermans (1986); fotografía de Rob Bogaerts ISBN: 978-84-17109-71-4 Depósito legal: B-18695-2019 Impresión: Reinbook serveis gràfics S.L. Impreso en España
Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
la casa intacta
La gran rama, casi la copa entera, apareció de pronto al pie del árbol, sin que yo hubiese oído ningún crujido. Había quedado ahogado por el estallido, no lejos de allí, de un efímero arbusto de terrones. Le siguieron otras explosiones cuyos efectos no pude ver. No volví la vista atrás. Delante de mí no tenía a nadie. Tal vez fuera el primero. Había pocos árboles y yo debía de ser un blanco fácil, sin embargo, ellos parecían disparar al azar. A cada paso, me torcía los tobillos sobre los duros terrones. La pendiente era larga y empinada. Los alemanes estaban al otro lado de la colina y yo esperaba que nos salieran al encuentro. Deseaba ponerme a cubierto y buscar refugio sin hacer ruido. Tenía tanta sed que apenas podía seguir avanzando. Mi cantimplora estaba vacía. Me volví hacia los demás, pero ninguno de ellos estaba lo suficientemente cerca como para poder pedirle agua. Entonces, el sargento tocó el silbato. Nos agrupamos junto a un camino excavado y nos tumbamos para descansar. Yo sostuve en alto mi cantimplora vacía, pero los que la vieron negaron con la cabeza. De todos modos, casi nadie prestaba atención. El sargento, que estaba tumbado más cerca de mí, se había cubierto la cara con el casco para protegerse de la luz y del calor, y así, con las manos cru-
9
zadas sobre el pecho, parecía estar durmiendo. El sol brillaba con intensidad y hacía días que no llovía. La tierra estaba tan seca que el polvo que levantaban las granadas al explotar ya no se asentaba en ella. Eché un vistazo a mi reloj. Era la una y media. Se hizo un profundo silencio. Todos los que participaban en la contienda parecían tomárselo con calma, como si la guerra fuera un gran cuerpo enfermo al que hubiesen administrado una inyección de morfina. Lo único que sucedía era un combate a gran altura entre tres cazas. Yo los observaba con una brizna de hierba seca entre los dientes. Trazaban un motivo de bucles blancos sobre el azul del cielo, como esas avionetas que escriben mensajes publicitarios. Parecía que lo hicieran para entretenernos, y no por ningún otro motivo. No intentes leer lo que escriben, de lo contrario te volverás loco. Coca-Cola. Necesitan ambas manos, pensé, aunque puede que tengan un tubo de goma en la boca que les permita succionar las bebidas. Los proyectiles de sus ametralladoras perforaban el suelo junto a mí. Ahora mismo podrían dar en el blanco, pensé, y yo sentado aquí tranquilamente, sin hacer nada. Tengo sed. Podrían alcanzarme ahora, como si estar aquí sentado se castigara con la pena de muerte. Sin embargo, aunque no hubiera nunca guerras, todo el mundo acaba muriendo. ¿Qué diferencia supone la guerra? Basta con imaginarse a alguien que no tenga memoria, que no pueda pensar en otra cosa más que en lo que ve, oye y siente..., para él la guerra no existe. Ve esta colina, el cielo, siente cómo se encogen las membranas secas de su garganta, oye las explosiones de..., necesitaría tener una memoria para saber
10
de qué. Oye explosiones, ve personas esparcidas por el suelo, hace calor, el sol brilla, tres aviones se ejercitan dibujando mensajes publicitarios. No pasa nada. La guerra no existe. Me acordé de un español que aquella mañana me había pedido una cerilla y que sabía unas palabras de francés. En la tropa, formada por partisanos búlgaros, checos, húngaros y rumanos, no había nadie a quien yo entendiera. Cuánto hace ya que salí de Holanda, pensé, todo este tiempo he estado en países extranjeros; de noche, siempre he encontrado la misma oscuridad en las ciudades, hasta que al final me he quedado sin nadie con quien hablar. En Alemania, al menos podía escuchar las conversaciones de otras personas. En cambio, ahora, lo único que oigo son sonidos. Rumor de motores, detonaciones, zumbido de proyectiles, aullidos de animales, crujidos, chasquidos, traqueteos y ladridos. Incluso los humanos no emiten más que ruidos. ¡Proletarios de todos los países, uníos! Pero son incapaces de intercambiar una sola palabra. A veces, yo ni siquiera comprendía las órdenes. Aunque eso les traía sin cuidado a los oficiales. Tres días antes, nuestro pelotón había sufrido el ataque de fuego amigo. Después se presentó una unidad especial del ejército ruso que seleccionó a cinco hombres y los fusiló detrás del cobertizo donde nos habíamos guarecido. Uno de ellos intentó huir. Al día siguiente yacía boca arriba en medio del camino. Nadie se atrevió a apartarlo cuando emprendimos la marcha. Le pasamos por encima, hundiendo los pies en su cuerpo para no perder el paso. Yo era de los últimos de la fila. Cuando llegué a la altura del muerto, tenía ya la
11
cara aplastada y había quedado irreconocible. No logré averiguar quién era. Y, aunque debí de verlo a diario durante tres meses, no habría sabido decir cómo se llamaba. Mientras uno de los cazas empezaba a perder altitud, pensé en el español que hablaba francés. Me hubiera gustado poder conversar con él. El avión se convirtió en un cometa de hollín, e impactó contra el suelo en algún punto detrás de mí. La explosión que se oyó fue como el ruido que haría el mundo al tragar, amplificado un millón de veces. Era un sonido que denotaba satisfacción, como si el planeta hubiera acechado al avión al igual que una rana que está pendiente de una mosca. Entonces, una nube de humo negro comenzó lentamente a cubrir el camino. De pronto, a través del humo, vi al español que venía hacia mí con la cabeza descubierta. Como si el avión abatido lo hubiese llevado hasta aquí, como si emergiera sano y salvo de entre los restos del aparato. Hubiese querido gritarle algo; hubiese querido decirle: ¡Justo ahora estaba pensando en ti! Pero en aquel momento no encontré palabras para formular la frase. Tal vez había olvidado por completo cómo hablar. Por ello, ni siquiera me tomé la molestia de levantar el brazo para saludarlo. Sin embargo, él me había reconocido. Se acercó a mí y se puso en cuclillas. Se cubrió una rodilla con el casco que hasta entonces había sostenido en la mano, como si se tratara de un cubo. —¿De dónde? —me preguntó. —¡De Holanda! ¡Cuatro años fuera ya! ¡Noviembre de 1940!
12
—¡Ah! ¡No es nada! ¡Yo ocho años! —Mató un tábano estampándoselo en la mejilla—. ¡Ocho años! —repitió alzando ocho dedos. Los disparos habían cesado por completo. Lo único que se oía era el crepitar del avión que ardía a nuestras espaldas. —Yo espía —le dije—, un poco... Con las manos le indiqué lo poquito que había espiado, mientras reflexionaba sobre la siguiente frase. —Capturado por los alemanes. Cárcel. Condenado. Tres años. Campo de trabajo. Escapé camino de otra cárcel. Me cogieron. Campo de concentración. Strellwitz. ¿Conoces Strellwitz? Seis meses. Escapé otra vez. Me apresaron cerca de la frontera suiza. En Sajonia salté del tren. Caminé y caminé hacia el este. Yo lo miraba sin advertir nada. Ahora ni siquiera sabría decir de qué color eran sus ojos. Lo miraba como suelo mirar a otros: sin saber realmente nada de ellos, obligado a suponer, por falta de pruebas, que son más o menos como yo. Las palabras son como las corrientes de aire en un cuarto herméticamente cerrado: no cambian nada sustancial y se limitan a restaurar una y otra vez equilibrios que nunca han alterado. —Yo salí de España durante la guerra civil —me dijo él—, yo comunista. Capturado por franceses. En un campo. Luego escapé. En un barco. Turquía. Rusia. Una vez llegado a ese punto, empezó a hablar más rápido y a utilizar cada vez más palabras españolas. Comprendí que en Rusia no lo había tenido fácil. Fue por ello
13
por lo que, por primera vez desde que me encontraba fuera de la esfera de influencia alemana, dije: —¡Yo no comunista! Él se echó a reír. —Merde! Tout ça, merde! —¡Camarada! ¡Dame un cigarrillo! —Hablar me había dado aún más sed. Él tampoco llevaba cantimplora. Partió su último cigarrillo en dos y se tumbó apoyándose sobre un codo. —¿Qué haces? —me preguntó, dejándome claro que quería saber a lo que me dedicaba tiempo atrás, antes de la guerra. —Escuela —le dije—, escuela técnica. —Yo yesero1 —me contestó él—, moi yesero! Al ver que me encogía de hombros, repitió varias veces la palabra en español, como si a fuerza de repetirla pudiera adquirir significado para mí: un concepto que definía lo que él era, igual que un caballo es un caballo y no un tigre. ¡Yesero! Nuestra conversación debió de acabar más o menos ahí, recuerdo muy bien que no mencionamos nuestros nombres. Más tarde, cuando pensaba en él, lo recordaba como «el yesero». Ahora lo he buscado en un diccionario de español y sé que significa quemador de yeso. Un oficio que jamás hubiese imaginado que pudiera existir, y que no se sabe muy bien en qué consiste. Uno de nuestros tanques se acercó subiendo por la pendiente, así que nos levantamos y, con el fusil bajo el brazo, lo seguimos a pie hasta la cima de la colina. Desde 1. En español en el original. (N. de la T.)
14
allí divisé un pequeño valle surcado por un río, en cuya orilla yacía una de esas pequeñas ciudades que se anuncian en carteles publicitarios en las salas de espera de las estaciones. Nunca hubiese pensado que llegaría a ver una en tales circunstancias. Los alemanes nos disparaban desde todas las direcciones. Para entonces, yo ya había perdido de vista al yesero. Poco a poco, fui descendiendo a través de un viñedo casi maduro. Caminaba lentamente, saltando para esquivar a los soldados caídos. Y si bien tres de nuestros tanques habían alcanzado ya la cima de la colina, todavía quedaban muchos alemanes vivos. No sabía de dónde venían todos aquellos proyectiles. Parecía que no había nada que hacer. Me arrodillé y avancé a rastras, agarrándome al emparrado de las vides para no rodar colina abajo con mi pesado equipo. Y por si fuera poco, tenía que disparar. De vez en cuando me olvidaba de todo y me llenaba la boca de uvas ácidas. A última hora de la tarde, mientras caminaba por una carretera que bordeaba el río, nos dispararon desde una casa construida en una curva, al pie de la ladera. Me tumbé boca abajo, cerca de la orilla, y apoyé el fusil sobre el asfalto de la calzada. El sargento y otros dos se arrastraron entre los matorrales que crecían en la ladera con la intención de abrirse camino y situarse en un lugar más alto que la casa. Esperé. En la carretera no había nadie más, salvo yo. La casa no tenía nada de especial. Los alemanes habían dejado de disparar porque no me veían. En la pared lateral de la casa había una gran pipa pintada. Todo estaba en silencio. Yo no me movía, y, sin embargo,
15
lo vivía todo cien veces más rápido que de costumbre. Entonces oí tres estallidos. El tejado saltó por los aires como un enjambre de tejas negras. Las ventanas empezaron a escupir humo a un ritmo muy distinto al mío. Un alemán salió corriendo hacia la carretera. Lo abatí. Hice otro tanto con un segundo, un tercero y un cuarto. Los veía doblarse como cuando se clava un alfiler en una mariposa, yo los hería de muerte atravesándolos con un alfiler de doscientos metros de longitud. No logré alcanzar al quinto antes de que saltara al río. Inserté un nuevo cargador en el fusil y cuando lo hube vaciado pensé que ya no veía la cabeza del alemán sobresaliendo del agua. Me levanté y eché a correr, mientras todo tipo de cosas se me pasaban por la cabeza. Cabía la posibilidad de que uno de los alemanes no estuviera muerto. Podría dispararme con su pistola. O bien que hubiera habido más en el interior de la casa, tal vez quedaran unos cuantos dentro. O que hubieran salido por la parte trasera, mientras yo apuntaba al nadador y se hubieran escondido entre los matorrales que crecían en la ladera. Era imposible que erraran el tiro cuando yo pasara por delante. Aun así, no se me ocurría otra cosa que hacer salvo correr. Todo acabaría, por fin acabaría todo. Eché la cabeza hacia atrás muerto de miedo. Así salté por encima de los cuerpos que había tendidos en medio de la carretera, sin mirarlos más de lo necesario para no tropezar con ellos. Pero no sucedió nada. Empezaron a aparecer casas entre el río y yo. Los clavos de mis suelas arañaban los adoquines redondos, la callejuela subía serpenteando hacia una pequeña plaza en la que estaba esperando nuestro tanque.
16