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Primera edición: febrero de 2021 Segunda impresión: octubre de 2021 Título original: Anna and the French Kiss Diseño de cubierta: Ariadna Oliver Maquetación: Argos GP © 2010 Stephanie Perkins, por el texto Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción de una parte o la totalidad de la obra, en cualquier forma. © 2012 Mar Mañes Bordes, por la traducción © 2021 LA Galera SAU Editorial, por esta edición Dirección editorial: Pema Maymó La Galera es un sello de Grup Enciclopèdia Josep Pla, 95 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com Impreso en Promotion Digital Talk, SL Depósito legal: B-12.464-2020 ISBN: 978-84-246-6837-2 Impreso en la UE Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.
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STEPHAN I E PERKI NS Traducción de Mar Mañes Bordes
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Para Jarrod, mi mejor amigo y mi verdadero amor
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Capítulo uno
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sto es todo lo que conozco de Francia: Madeline y Amélie y Moulin Rouge. El Arc de Triomphe y la torre Eiffel, aunque no tengo ni idea de cuál es su función. Napoleón, María Antonieta y muchos reyes que se llamaban Luis. Tampoco sé exactamente lo que hicieron, aunque creo que tiene algo que ver con la Revolución francesa, que a su vez tiene algo que ver con la Fiesta Nacional de Francia. El museo de arte se llama Louvre y tiene forma de pirámide, y la Mona Lisa vive allí junto a esa estatua de la mujer sin brazos. Y hay un café o bistro o como se llame en cada esquina. Y mimos. Y se supone que la comida es buena y que la gente bebe mucho vino y fuma sin parar. También me han dicho que no les gustan los norteamericanos ni las deportivas blancas. Hace unos meses, mi padre me matriculó en un internado. Por teléfono me aseguró, como si citara un panfleto publicitario, que vivir en el extranjero sería una «gran experiencia educativa» y un «souvenir que 7
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tendría para siempre». Sí, un souvenir. Lo hubiese corregido si el pánico no se hubiera apoderado de mí. Desde entonces, he gritado, rogado, suplicado y llorado, pero nada le ha hecho cambiar de opinión, así que ahora tengo un pasaporte y un visado de estudiante nuevos. Ambos documentos declaran que soy Anna Oliphant, ciudadana de Estados Unidos de América. Y aquí estoy, la chica nueva del último curso de la School of America de París, deshaciendo las maletas con mis padres en una habitación que parece una caja de cerillas. No es que sea una desagradecida. Al fin y al cabo, es París. ¡La Ciudad de la Luz! ¡La ciudad más romántica del mundo! Soy consciente de ello. Es solo que todo este rollo del internado internacional es más algo para él que para mí. Desde que vendió su alma por dinero y empezó a escribir libros patéticos, que se han convertido en películas todavía más patéticas, intenta impresionar a sus amigos importantes de Nueva York con su gran nivel cultural y su riqueza. Mi padre no es culto, pero sí rico. No siempre fue así. Cuando mis padres todavía estaban casados, éramos gente de clase media-baja. Fue por la época en que se divorciaron cuando todo rastro de decencia se esfumó y su sueño de ser el Gran Escritor Sureño se redujo al deseo de simplemente ver su obra publicada. Entonces empezó a escribir novelas que transcurren en cualquier pueblucho de Georgia y hablan sobre personas con buenos valores americanos, que se enamoran y luego mueren a causa de enfermedades terminales. Lo digo en serio. A mí esas historias me deprimen, pero las señoras las devoran. Les encantan los libros de mi padre y adoran sus jerséis de punto y su sonrisa blanqueada y su bronceado artificial. Y eso lo ha convertido en un bestseller y en un capullo integral. 8
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Un beso en París Ya han hecho adaptaciones cinematográficas de dos de sus obras y tres más están en producción, y de aquí viene la pasta: de Hollywood. De alguna manera, todo el dinero y pseudoprestigio que ha ganado han afectado a su cerebro y ahora cree que yo debo vivir en Francia. Durante todo un año. Sola. Y no entiendo por qué no podía enviarme a Australia o a Irlanda o a cualquier otro país donde el inglés sea la lengua oficial. La única palabra que sé en francés es oui, que significa «sí» y que hasta hace poco no sabía que se escribe «o-u-i» y no «g-ü-í». Por lo menos la gente de mi nueva escuela habla mi idioma. La School of America de París fue fundada para norteamericanos prepotentes a los que no les gusta tener cerca a sus propios hijos. Vamos, porque, si no, ¿para qué enviarían a sus hijos a un internado? Es como Hogwarts, pero sin magos guapos ni caramelos mágicos ni clases de vuelo. En su lugar, estoy atrapada junto a otros noventa y nueve alumnos. En mi curso somos solo veinticinco, casi nada en comparación con los seiscientos de mi instituto de Atlanta. En París estudiaré lo mismo que en el Clairemont High y, además, Francés para Principiantes. Oh, sí. Francés para Principiantes. Con los de primero, sin duda. Qué guay. Mamá dice que tengo que dejar de amargarme, y pronto, pero ella no es la que deja atrás a una fantástica mejor amiga, Bridgette. Ni un fantástico trabajo en los multicines Royal Midtown 14 Multiplex. Ni a Toph, el fantástico chico de los multicines Royal Midtown 14 Multiplex. Y todavía no puedo creer que me separen de mi hermano, Sean, que solo tiene siete años y es demasiado pequeño para que lo dejen solo en casa después del colegio. Sin mí, probablemente lo secuestrará ese tío raro del final de la calle que cuelga toallas de Coca-Cola sucias 9
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en la ventana. O Seany comerá por error algo que contenga colorante Rojo Allura y se le hinchará la garganta y no habrá nadie que lo lleve al hospital. Incluso podría morir, y seguro que entonces no me dejarían volver a casa para asistir a su funeral, y tendría que ir sola al cementerio al año siguiente, y papá haría poner una escultura horrorosa de un querubín de granito junto a su tumba. Y ojalá no esperen que luego solicite plaza en alguna universidad de Rusia o Rumanía. Mi sueño es estudiar Teoría del Cine en California. Quiero convertirme en la primera mujer crítica de cine influyente de Estados Unidos. Algún día me invitarán a todos los festivales y tendré mi propia columna de opinión en un periódico y un programa de televisión y una web increíblemente popular. De momento solo tengo la web, y no es especialmente popular. Todavía. Necesito más tiempo para trabajar en ella, eso es todo. —Anna, ha llegado el momento. —¿Qué? Levanto la vista de mis camisas perfectamente dobladas. Mamá está mirándome y juguetea con su colgante con forma de tortuga. Mi padre, engalanado con un polo de color melocotón y náuticos blancos, mira por la ventana de mi habitación. Es tarde, pero al otro lado de la calle una mujer canta a grito pelado algo que parece ópera. Mis padres tienen que volver a sus respectivos hoteles. Ambos vuelan mañana temprano. —Oh. Aprieto con fuerza la camisa que tengo entre las manos. Papá se aleja de la ventana y me desconcierta descubrir que tiene los ojos húmedos. Me estremece ver a mi padre —aunque sea mi padre— a punto de llorar. —Bueno, hija, supongo que ahora ya eres toda una mujer. Papá da un abrazo de oso a mi cuerpo paralizado. 10
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Un beso en París —Cuídate. Estudia mucho y haz amigos. Y ojo con los carteristas —añade—. A veces van de dos en dos. Asiento con la cabeza, que tengo apoyada en su hombro, y me suelta. Y se va. Mi madre todavía está aquí. —Será un año maravilloso para ti —dice—. Estoy segura. Me muerdo el labio para que deje de temblar y ella me rodea con los brazos. Intento respirar. Inspirar. Contar hasta tres. Espirar. Su piel huele a crema corporal de uva. —Te llamaré en cuanto llegue a casa —dice. A casa. Atlanta ya no es mi casa. —Te quiero, Anna. Ahora sí estoy llorando. —Yo también te quiero. Cuida a Seany por mí. —Por supuesto. —Y a Capitán Jack —digo—. Asegúrate de que Sean le da de comer y le cambia la cama y le llena la botella de agua. Y vigila que no le dé demasiados dulces, porque engorda y entonces no puede salir del iglú. Pero que no se olvide de darle algunos, porque necesita vitamina C y cuando le pongo las vitaminas en el agua no se la bebe, y… Mamá me abraza otra vez y me coloca mi mechón teñido detrás de la oreja. —Te quiero —vuelve a decirme. Y en ese momento mi madre hace algo que, incluso después de todo el papeleo, los billetes de avión y las presentaciones, no había previsto. Algo que no tendría que haber pasado hasta dentro de un año, cuando me fuera de casa para empezar la universidad; algo para lo que no estoy preparada, aunque lo haya esperado durante días y meses y años. Mi madre se va. Y yo estoy sola.
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Capítulo dos
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o veo venir y no puedo pararlo. PÁNICO. Me han dejado. Mis padres me han dejado de verdad. ¡EN FRANCIA! Mientras tanto, París está extrañamente silenciosa. Incluso la cantante de ópera ha cerrado el chiringuito. No puedo perder la compostura. Las paredes son más finas que las tiritas; si me pongo a llorar, mis vecinos —mis futuros compañeros de clase— van a oírme. Me estoy poniendo enferma. Voy a vomitar el tapenade de berenjena que he cenado y todos van a enterarse y nadie me invitará a ver cómo los mimos escapan de sus cajas invisibles, o lo que sea que la gente de aquí hace en su tiempo libre. Voy corriendo hasta el lavamanos para echarme un poco de agua fría en la cara, pero el chorro sale con tanta presión que me empapa la camiseta. Y ahora estoy llorando todavía más porque no he sacado las toallas de las maletas y la ropa mojada me recuerda a esas estúpidas atracciones acuáticas a las que siempre me arrastraban 13
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Bridgette y Matt en el parque de atracciones de Six Flags, donde el agua tiene un color raro y huele a pintura y está cargada de bacterias. Dios mío. ¿Y si hay bacterias en el agua? ¿Es seguro beber agua del grifo en Francia? Esto es patético. Soy patética. ¡Cuántas chicas de diecisiete años matarían por irse de casa! Mis vecinos no están pasando por una crisis emocional. Nadie solloza al otro lado de las paredes. Cojo una camisa de la cama para secarme y entonces encuentro la solución: mi almohada. La utilizo como barrera de sonido y rompo a llorar y llorar y llorar. Alguien llama a mi puerta. No, no puede ser mi puerta… ¡Vuelven a llamar! —¿Hola? —dice una chica desde el pasillo—. ¿Hola? ¿Estás bien? No, no estoy bien. VETE. Pero ella sigue golpeando la puerta y me siento obligada a levantarme de la cama para abrir. Cuando abro me encuentro a una chica de pelo rubio y rizos firmes. Es alta, pero no de una forma exagerada. Más o menos como una jugadora de voleibol. Lleva un piercing en la nariz, que brilla con la luz del pasillo. —¿Estás bien? —Su voz es amable—. Soy Meredith, mi habitación está al lado de la tuya. ¿Los que acaban de irse son tus padres? Solo necesita fijarse en lo hinchados que tengo los ojos para adivinar la respuesta. —Yo también lloré la primera noche. —Ladea la cabeza como si estuviera pensando y al cabo de unos segundos hace un gesto afirmativo—. Ven. Chocolat chaud. —¿Chocolate Show? ¿Qué espectáculo es ese? ¿Para qué quiero ir a un show con chocolate de por medio? Mi madre acaba de abandonarme y tengo miedo de salir de mi habitación y… 14
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Un beso en París —No —sonríe ella—. Chaud, caliente. Chocolate a la taza. Puedo hacerlo en mi habitación. Oh. A pesar de todo, la sigo. Meredith me hace una señal con la mano para que me detenga, como si fuera una agente de tráfico. Lleva anillos en todos los dedos. —No olvides tu llave. Las puertas se cierran automáticamente. —Lo sé. Y le enseño el colgante que llevo debajo de la blusa para demostrarlo. Decidí guardar mi llave ahí después del Seminario de Supervivencia para nuevos alumnos, cuando nos contaron los inconvenientes de olvidarse la llave dentro de la habitación. Entramos en su dormitorio. Alucino. Es del mismo tamaño microscópico que el mío, dos por tres metros, y tiene el mismo miniescritorio, el miniarmario, la minicama, la mininevera, el minilavamanos y la miniducha. (No tenemos minibaño dentro del cuarto: está al fondo del pasillo y es de uso compartido.) Pero, al contrario que en mi jaula, aquí no hay un solo centímetro de pared o de techo que no esté cubierto de pósteres y fotos y papel de regalo brillante y anuncios de colores chillones escritos en francés. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunto. Meredith me da un pañuelo y me sueno la nariz, provocando un sonido horrible parecido a un claxon o un graznido, pero ella no rechista ni pone mala cara. —Llegué ayer. Es mi cuarto año en este instituto, por eso no tuve que ir a los seminarios. Vine sola, así que he estado dando vueltas por ahí mientras espero a que vuelvan mis amigos. Con las manos en las caderas echa un vistazo a su alrededor, admirando su propia obra. Veo que hay un montón de revistas, unas tijeras y cinta adhesiva en el suelo e intuyo que es el nuevo proyecto en el que está trabajando. 15
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—No está mal, ¿eh? Las paredes blancas no son para mí. Doy una vuelta por su habitación, estudiando cada detalle. No tardo en descubrir que la mayoría de las caras pertenecen a las mismas cinco personas: John, Paul, George, Ringo y un tío que juega al fútbol que no logro reconocer. —Solo escucho a los Beatles. A mis amigos les gusta meterse conmigo por eso, pero… —¿Quién es ese? —pregunto señalando al Tío del Fútbol. Va de rojo y blanco y tiene las cejas y el pelo muy oscuros. En realidad, no está nada mal. —Cesc Fàbregas. Dios, es el mejor dando pases. Juega en el Arsenal. Un club inglés, ¿sabes? Niego con la cabeza. No estoy muy al día en el tema deportes. Tal vez debería planteármelo. —Pero tiene buenas piernas. —¿Verdad que sí? Con esos muslos podría romper ladrillos. Mientras Meredith prepara el chocolat chaud en una placa eléctrica, me cuenta que también está en el último curso y que solo juega al fútbol en verano, porque en nuestra escuela no tienen equipo. Antes competía en los All-State, en Massachusetts, que es de donde viene. Es de Boston. Parece que no le importa que la acribille a preguntas o que manosee sus cosas. Su habitación es una pasada. Además de toda la parafernalia de las paredes, tiene una docena de tazas de porcelana llenas de anillos de plástico con purpurina, anillos de plata con piedras de ámbar incrustadas y anillos de vidrio con flores secas. Parece como si llevara aquí toda la vida. Me pruebo un anillo de dinosaurio. El tiranosaurio emite luces rojas, amarillas y azules si lo aprietas. —Ojalá mi cuarto fuera así. Aunque me encanta la habitación de Meredith, soy una maniática del orden y creo que no podría decorar la mía de esta 16
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Un beso en París manera. Necesito tener las paredes y el escritorio libres y todo en su sitio. Parece que a Meredith le ha gustado el cumplido. —¿Estos son tus amigos? Devuelvo el dinosaurio a su taza y señalo una foto que hay en su espejo. Es gris y oscura, y está impresa en un papel grueso y brillante. Evidentemente, es el resultado de una clase de fotografía de la escuela. En la imagen hay cuatro personas que posan delante de un cubo gigante. Observo sus ropas oscuras y elegantes y sus cabellos despeinados a conciencia, y me doy cuenta de que Meredith pertenece al grupito de los artistas. Por algún motivo, eso me sorprende. Ha decorado su habitación artísticamente y tiene todos esos anillos en las tazas y el piercing en la nariz, pero por lo demás es una chica normal: jersey lila, tejanos…, voz suave. Y aunque dice que juega al fútbol, no parece una marimacho. Me dedica una amplia sonrisa y el movimiento hace que el brillante de su nariz refleje la luz. —Sí, Ellie sacó esa foto en La Défense. Esos son Josh y St. Clair y yo y Rashmi. Mañana los conocerás a la hora del desayuno. Bueno, excepto a Ellie. Se graduó el año pasado. Se me empieza a desatar el nudo del estómago. ¿Ha sido eso una invitación para sentarme con ella? —Pero seguro que la conocerás pronto, porque sale con St. Clair. Ahora estudia fotografía en Parsons. Nunca había oído hablar de ese sitio, pero asiento con la cabeza como si me hubiera planteado ir en el futuro. —Tiene mucho talento —dice, aunque algo en el tono de su voz me hace pensar lo contrario, pero prefiero no insistir—. Josh y Rashmi también salen juntos —añade. Ah. Meredith debe de estar soltera. Por desgracia, me siento identificada. En Atlanta salí cinco meses con mi amigo Matt. Es tirando a alto, más o menos gracioso, y 17
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tiene un pelo aceptable. Fue una situación de esas de «Como nadie más interesante me hace caso, ¿quieres que nos liemos?». Todo lo que hicimos fue besarnos, y tampoco estuvo tan bien. Demasiada saliva. Siempre tenía que limpiarme la barbilla. Rompimos cuando me dijeron que me iba a Francia, pero no me afectó. No lloré ni le envié e-mails deprimentes ni rayé el coche de su madre con una llave. Ahora sale con Cherrie Milliken, que canta en el coro y tiene el pelo brillante como en un anuncio de champú. No me molesta en absoluto. Para nada. De hecho, romper con él me dio vía libre para fantasear con Toph, el impresionante tío bueno que trabajaba conmigo en el cine. No es que no lo hiciera mientras estaba con Matt, pero entonces me sentía culpable. Y al final del verano empezó a surgir algo con Toph. En realidad, Matt es el único chico con el que he salido, y esa relación apenas cuenta. Una vez le conté que había estado con un tipo llamado Stuart Thistleback en un campamento de verano. Stuart Thistleback tenía el pelo castaño y tocaba el contrabajo y estábamos superenamorados, pero él vivía en Chattanooga y ni él ni yo teníamos carné de conducir. Mala suerte. Matt sabía que me lo había inventado, pero tuvo el detalle de no decírmelo. Justo cuando voy a preguntarle a Meredith en qué clases está matriculada, su móvil suena al son de Strawberry Fields Forever. Pone los ojos en blanco y contesta. —Mamá, aquí es medianoche. Hay una diferencia horaria de seis horas, ¿recuerdas? Echo un vistazo a su despertador, que tiene forma de submarino amarillo, y me sorprende descubrir que tiene razón. Dejo mi taza de chocolat chaud, que lleva un buen rato vacía, encima del tocador. —Me voy —murmuro—. Perdona que me haya quedado tanto rato. 18
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Un beso en París —Espera un segundo. —Meredith tapa el móvil con la mano—. Ha sido un placer conocerte. ¿Nos vemos durante el desayuno? —Sí, nos vemos. Intento que suene despreocupado, pero estoy tan emocionada que salgo de la habitación de un brinco y choco contra una pared. Ups. No es una pared: es un chico. —Uf. —Se echa para atrás. —¡Perdón! Lo siento, no sabía que estabas ahí. Sacude la cabeza, un poco sorprendido. Su pelo es lo primero en lo que me fijo —siempre es lo primero que miro en una persona—. Es castaño oscuro, de alguna manera parece largo y corto al mismo tiempo, y lo lleva despeinado. Me hace pensar en los Beatles, porque acabo de verlos en la habitación de Meredith. Es un pelo de artista. De músico. Un pelo que dice «hago-como-que-no-me-importa-pero-en-realidad-sí». Un pelo bonito. —No pasa nada, yo tampoco te he visto. ¿Estás bien? Oh, Dios mío. Es inglés. —Eh… ¿Esta es la habitación de Mer? Lo digo en serio, no conozco a ninguna chica norteamericana capaz de resistirse al acento británico. El chico se aclara la garganta. —¿Meredith Chevalier? ¿Una chica alta? ¿Pelo largo y rizado? Y luego me mira como si estuviera loca o medio sorda como mi abuela por parte de los Oliphant. Mi yaya siempre sonríe y niega con la cabeza cuando le pregunto qué quiere que ponga en la ensalada o dónde ha dejado la dentadura postiza del abuelo. —Lo siento. —Se aparta ligeramente de mí—. Ya te ibas a la cama. —¡Sí! Meredith vive aquí. Acabo de pasar dos horas con ella —anuncio con el mismo orgullo que mi hermano, Seany, cuando encuentra algo asqueroso en el jardín—. ¡Soy Anna! ¡Soy nueva! 19
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Por Dios. ¿Qué diablos me pasa con este entusiasmo desmesurado? Noto cómo mis mejillas enrojecen. Esto es tan vergonzoso… El chico me dedica una sonrisa. Tiene unos dientes preciosos: rectos en la mandíbula superior, un poco torcidos en la inferior. Y en sus labios hay marcas de suaves mordeduras. Me pierden las sonrisas como esa, precisamente porque mi dentadura no es ninguna maravilla. Tengo un espacio del tamaño de una pasa entre los incisivos. —Étienne —dice—. Vivo en el piso de arriba. —Yo vivo aquí. —Señalo la puerta de mi habitación como una tonta mientras mi cabeza asimila la información: nombre francés, acento británico, escuela norteamericana, Anna confundida. Étienne golpea dos veces la puerta de Meredith. —Bueno, pues nos vemos por aquí, Anna. «Eh-tyén» pronuncia mi nombre así: «Ah-na». Mi corazón late a toda velocidad. Meredith abre la puerta. —¡St. Clair! —grita. Todavía habla por teléfono. Ríen y se abrazan y hablan a la vez—. ¡Entra, entra! ¿Cómo ha ido el vuelo? ¿Cuándo has llegado? ¿Ya has visto a Josh? Mamá, tengo que colgar. Meredith cierra simultáneamente la tapa del móvil y la puerta de su habitación. Jugueteo con la llave de mi collar. Dos chicas que llevan albornoces rosas idénticos pasan detrás de mí mientras se cuentan cotilleos y ríen tontamente. Un grupo de chicos está de juerga al otro lado del pasillo. Las finísimas paredes me revelan que Meredith y su amigo se lo están pasando bomba. Se me encoge el corazón y se me vuelve a hacer un nudo en el estómago. Todavía soy la chica nueva. Todavía estoy sola.
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