Un preludio Las Vegas, julio de 2017
La sala es un mar de gente. Cabezas inclinadas, caras pensativas, algunas de ellas escondidas tras gafas de sol, sombreros, capuchas, auriculares enormes. Resulta difícil discernir dónde acaban los cuerpos y dónde empieza el tapete verde de las mesas. Miles de cuerpos sentados en aparente desorden en sillas extraídas de un catálogo de muebles de comedor de los años setenta: tapizadas con cenefas de color naranja y mostaza, patas doradas y respaldo vagamente cuadrado. Las chillonas luces de neón suspendidas en vigas improvisadas le dan al lugar el aire de un hospital que intenta a duras penas parecer un entorno festivo. Todo está un poco gastado, un poco pasado de moda, un poco raído. El único indicio de un propósito más profundo son los números de colores que cuelgan de cables desde el techo. Está el grupo naranja, el grupo amarillo, el grupo blanco. Cada cartel tiene un número y, justo debajo, la imagen de una única ficha de póquer. El olor a casino rancio lo impregna todo: moqueta vieja, polvo, un ligero aroma a perfume dulzón mezclado con fritanga fría y cerveza sin gas y el inevitable olor fuerte y metálico que producen varios miles de cuerpos agotados que han estado compartiendo el mismo espacio desde la mañana. En medio de ese ataque a los sentidos, resulta difícil señalar a simple vista qué es lo que parece estar fuera de lugar. Y, de
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repente, lo entiendes: el silencio es inquietante. Si esto fuese una fiesta de verdad, cabría esperar el estruendo de incontables voces, del arrastrar de sillas, el eco de los pasos. Pero lo único que hay es una energía nerviosa. Puedes oler, oír y saborear la tensión. Es posible incluso sentir cómo se instala en tu estómago. Tan solo queda un único ruido en la sala, que recuerda al intenso cortejo ritual de las cigarras en verano. Es el sonido de las fichas de póquer. Es el primer día del mayor torneo de póquer del año, el Evento Principal de la World Series of Poker, la Serie Mundial de Póquer. Es la Copa del Mundo, el Masters, la Super Bowl; aunque aquí no tienes que ser un superhéroe atlético para competir. Este campeonato es para cualquiera. Si se dispone de 10.000 dólares, cualquier hijo de vecino puede entrar y probar suerte en busca de la gloria del póquer: el título de campeón del mundo y un premio que suele superar los nueve millones de dólares. Si resulta que eres británico o australiano, incluso te librarás de los impuestos. Tanto para profesionales del póquer como para aficionados, se trata del momento cumbre. Si eres capaz de ganar aquí, tienes garantizado un lugar en la historia del póquer. Siéntate junto a los mejores y aprovecha tu oportunidad en el torneo más prestigioso y mejor dotado en el mundo del póquer. Algunas personas llevan años ahorrando para poder participar siquiera una vez. La jornada está a punto de acabar. De los varios miles de personas que entraron en el grupo de inicio de hoy —son tantos los que quieren jugar esos primeros días que tienen que organizarlos por grupos para acomodarlos a todos; el sueño es caro, pero es tremendamente seductor—, muchos ya están fuera, han sido eliminados. Los que quedan están concentrados intentando llegar a la segunda jornada. No quieres pasarte el día jugando para marcharte a pocos minutos del final y sin nada que mostrar. Todos andan como locos tras la bolsa mágica, una maravillosa bolsita de plástico con autocierre donde aquellos que han
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tenido la suerte de llegar a la jornada siguiente en un torneo de varios días pueden guardar sus fichas. Escribes en el exterior tu nombre, tu país de origen, el número de fichas en números bien grandes antes de engancharle la poco fiable tira adhesiva que sella la bolsita de marras. Entonces te haces la foto de rigor para las redes sociales con el número de fichas de rigor y añades el hashtag #WSOP. Y entonces te derrumbas, completamente agotado, en una anónima cama de hotel. Pero todavía no hemos llegado al momento de la bolsa y la etiqueta. Para eso faltan un par de horas. Dos larguísimas horas. Y pueden pasar un montón de cosas en dos horas. Por eso precisamente una de las mesas destaca por encima de las demás. Ocho jugadores están sentados como suelen hacerlo los jugadores, recibiendo sus cartas y haciendo las cosas que hacen los jugadores con ellas. Pero una de las sillas en mitad de la mesa, el asiento número seis, está vacío. Eso no llamaría la atención en absoluto en circunstancias normales: una silla vacía es lo que vemos cuando un jugador se queda sin fichas y todavía no ha llegado un jugador nuevo para ocupar su lugar. Pero en este caso, nadie ha sido eliminado. En la franja de tapete verde que se extiende frente a la silla vacía pueden verse varias pilas de fichas muy bien ordenadas de mayor a menor valor, siguiendo un código de colores de izquierda a derecha. En cada una de las manos, el crupier estira el brazo para hacerse con el correspondiente ante —la cantidad obligatoria que todos los jugadores deben dejar sobre la mesa para ver las cartas— y luego depositar dos cartas, sin ceremonia ninguna, sobre la pila de descartes, pues nadie va a jugar con ellas. Con cada ronda que pasa, la ordenada pila de fichas va descendiendo poco a poco. Pero la silla sigue vacía. ¿Qué clase de idiota paga diez mil dólares para participar en el torneo de póquer más prestigioso del mundo y después no aparece para jugar? ¿Qué clase de zoquete hay que ser para dedicarte a perder las ciegas (es decir, ir perdiendo fichas por no jugar ninguna mano) en mitad del Evento Principal?
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El genio en cuestión, lamento deciros, era la autora de este libro. Mientras todo el mundo en la mesa especulaba distraídamente sobre mi probable destino, yo estaba acurrucada en posición fetal en el suelo del lavabo del Rio Hotel y Casino y, a falta de un término más refinado, echaba la pota. ¿Se debía a algún tipo de intoxicación alimentaria provocada por el guacamole que sabía que no tendría que haberme comido durante la pausa para la cena en el local mexicano que había en el pasillo? ¿Una mala reacción debido al estrés? ¿Espasmos causados por una gripe estomacal? A saber. Pero mi primera opción era la migraña. Me había preparado a conciencia. Había anticipado todas las posibles contingencias; incluida, claro está, la migraña. Llevo sufriéndola toda la vida y no tenía pensado dejar nada al azar. Tomé Advil de manera preventiva. Practiqué yoga por la mañana para relajarme. Medité. Dormí nueve horas. Incluso comí algo durante la pausa para cenar, a pesar de que mis nervios me decían que evitase ingerir cualquier clase de sustancia. Y sin embargo, allí estaba. Así es como funciona la vida: puedes esforzarte al máximo pero, en última instancia, hay cosas que se empeñan en escapar a tu control. No es posible calcular por anticipado la mala suerte. Como suele decirse, el hombre propone y Dios dispone. Podía imaginarme la cara de Dios al conocer mis planes. Una de las razones por las que me metí en el mundo del póquer fue entender mejor cuál era la línea que separaba la suerte de la habilidad, aprender qué se puede controlar y qué no, y yo estaba experimentando en mis carnes toda una lección en ese sentido: no puedes colarle un farol al azar. Al póquer le importaban bien poco los motivos por los cuales estaba en el suelo del lavabo. No había nadie a quien pudiese quejarme, a quien lloriquear diciéndole: «¡Es que es el Evento Principal!». Las razones no importaban. Ya fuesen los nervios o el estrés, migraña o intoxicación alimentaria, iban a seguir repartiendo las cartas.
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El mensaje estaba bien claro. Podía hacer cuantos planes quisiese, pero el azar siempre podría conmigo. El resultado sería el que tuviera que ser. Lo único que podía hacer era controlar lo mejor que pudiese todo lo que estuviera en mi mano; el resto, bueno, el resto no dependía de mí. Mientras me planteaba las ventajas de morir allí mismo frente a la posibilidad de aunar la energía suficiente como para sobornar a alguien que pudiese meter en una bolsa las fichas de póquer que todavía me quedasen, antes de arrastrarme para morir en un lugar menos pringoso y maloliente que aquel lavabo, oí la alerta de mi teléfono móvil. Era mi entrenador, Erik Seidel. «¿Cómo va?», decía el mensaje. Sencillo. Quería comprobar cómo le estaban yendo las cosas a su alumna en su mayor aventura. Dios, en lo alto, debía de estar pasándoselo bomba. Hice acopio de la fuerza de voluntad que me quedaba para enviarle un mensaje de vuelta. «Bien. Un poco por debajo de la media de fichas.» Lo cual era cierto, hasta donde yo sabía. «Resistiendo.» No tan cierto, pero, eh, siempre he sido optimista. «k, buena suerte», fue su respuesta. Oh, Erik, no tienes ni idea de hasta qué punto lo necesito. Un buen golpe de suerte, a la vieja usanza.
Subir la apuesta Nueva York, finales del verano de 2016
Pero en relación a la opulencia y los peligros, no resulta posible encontrar una mejor educación para la vida entre los hombres que la mesa de juego; especialmente la de póquer. Clemens France, The Gambling Impulse, 1902
Al otro lado de la sala, veo la gorra de béisbol que distingue a Erik Seidel en la banqueta que tiene a su lado. Sé que es su gorra porque vengo estudiándolo desde hace tiempo. He hecho un perfil de su personalidad —o, como mínimo, lo que parece ser su personalidad— mirándolo desde la distancia. No es como la mayoría de profesionales, que buscan ser el centro de atención, esos jugadores a los que les encantan las cámaras, adoran al público, les gusta montar el numerito, ya sean rabietas temperamentales, agresiones fuera de tono o parloteo incesante en la mesa. Es callado. Reservado. Centra su atención por completo. Juega de un modo concienzudo y con precisión. Y es un ganador: ha conseguido varias pulseras de la Serie Mundial de Póquer, el título del World Poker Tour, decenas de millones en premios. Lo he elegido con todo el cuidado del mundo. Después de todo, voy a pedirle que pase un año de su vida conmigo; una propuesta matrimonial, si se quiere así, justo en la primera cita. Era fundamental escoger bien. Por primera vez en mucho tiempo, estoy nerviosa, muy nerviosa. He elegido mi vestuario con cuidado: sofisticado pero no excesivamente conservador, serio pero no demasiado. El tipo de persona en la que puedes confiar y apoyarte, pero que también
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puede ser lo bastante divertida como para salir a tomar una copa. Va a ser un proceso de seducción complicado. Quedamos en una versión hollywoodiense de lo que debía parecerse a una cafetería francesa. Llego pronto, pero él ha llegado incluso un poco antes. Allí está, en la esquina más apartada de la sala, encorvado sobre una mesa que parece demasiado pequeña para sus larguiruchos brazos y su tamaño al completo; mide casi dos metros de altura. Lleva una camiseta oscura que contrasta con la palidez de su cara de gesto resuelto y está leyendo una revista. Para mi alivio, parece tratarse del New Yorker, la edición del mes de agosto, la de la acuarela marina de tonos apagados de Sempé. Un jugador de póquer que lee el New Yorker es, sin lugar a dudas, mi tipo preferido de jugador de póquer. Con cautela, como un sabueso siguiendo un rastro, temiendo asustar a la presa si llega a verme, me aproximo a su mesa.
Erik Seidel es muy probablemente el campeón de póquer más discreto del mundo. Más allá de los premios que ha ganado, destaca entre el resto de jugadores por su longevidad: sigue peleando por conseguir el número uno, como viene haciendo desde que empezó su carrera, a finales de los años ochenta. Eso requiere un esfuerzo: el juego ha cambiado mucho en los últimos treinta años. Como ha sucedido con muchas otras facetas de la vida moderna, los elementos cualitativos del póquer han cedido su lugar a los elementos cuantitativos. Los cálculos están por encima de la intuición. Las estadísticas por encima de la observación. La teoría del juego por encima del «instinto». Hemos visto cómo esa tendencia se desarrollaba en campos tan alejados del póquer como la psicología —la psicología social ha dado paso a la neurociencia— o la música, donde algoritmos y expertos cuantifican no solo qué escuchamos, sino cómo tiene que estructurarse una canción, hasta la última fracción de segundo, para que sea el mayor bombazo. El póquer no es diferente. Doctores
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del Instituto Tecnológico de California alinean las mesas. Pueden verse tablas de estadísticas por todas partes. Difícilmente tardarás mucho en escuchar en una conversación, como quien no quiera la cosa, el término GTO («game theory optimal», «juego teóricamente óptimo») o +EV («positive expected value», «valor positivo esperado»). Hablar de frecuencia de triunfos, hablar de sensaciones. Pero a pesar de que las predicciones sobre su estilo de juego —más bien psicológico, basado menos en los resultados matemáticos y más en la comprensión de los elementos humanos— indicaban que se convertiría en un dinosaurio, Erik sigue en lo más alto. En el grandilocuente, malhablado, egótico y testosterónico mundo del póquer profesional, Erik es atípico más allá de sus modestas maneras. Seguramente es el único jugador de póquer profesional que puede presumir de pertenecer a la Academia de Música de Brooklyn, de tener el ánimo suficiente como para cruzar el país solo para ver una actuación de Dave Chappelle o de disponer de un conocimiento enciclopédico sobre las últimas novedades en el mundillo culinario desde Los Ángeles a Manila. De lo que no cabe duda es de que se trata del único profesional que prefiere Nueva York a Las Vegas: reside parcialmente en el Upper West Side de Manhattan, la misma zona en la que creció; no es de esos que se pasan la vida en Las Vegas. Su curiosidad es auténtica y no tiene límites, su entusiasmo por la vida es absolutamente contagioso. —¿Conoces a Julia y Angus Stone? —me pregunta de improviso la primera vez que nos vemos. ¿A quién? No tengo ni idea de dónde ha sacado esos nombres. ¿Escritores de los que no he oído hablar? ¿Actores que, tristemente, no conozco? ¿Neoyorquinos que Erik supone que debería conocer? Resultan ser músicos. Espero que no esté perdiendo interés en mi persona, que crea que soy lo bastante sofisticada para superar su prueba de fuego. Tengo los nervios de punta. —Es algo especial. Un dúo de hermanos australianos. Los he oído tocar muchas veces.
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«Algo especial» es una frase a la que me acostumbraré. Birbigs: algo especial. La nueva producción de Otelo: algo especial. Un diminuto restaurante de sushi poco convencional, escondido, lejos del Strip, donde vamos a cenar durante mi primer viaje a la ciudad del pecado: algo especial. Un jugador de póquer profesional llamado LuckyChewy: algo especial. Soy un cuarto de siglo más joven que él, pero hablando con él me doy cuenta de que había olvidado lo que supone disfrutar de nuevas experiencias. Me he vuelto perezosa. Estoy hastiada. Prefiero apoltronarme en casa en lugar de ir a ver la última charla en el 92Y o a un desconocido músico canadiense actuando en Joe’s Pub. (Erik me arrastra a los dos y en ambas ocasiones acierta. A lo largo de los meses siguientes, cambiaré mi lista de reproducción por sus recomendaciones, mis monologuistas preferidos, mi selección de Netflix y las obras de teatro que «no me puedo perder» y que, obviamente, me perderé. Él es uno de esos hombres que se patea la ciudad.) Mi tarde ideal: cena en casa, un poco de vino, una taza de té, un libro o una película en la cama. Su propuesta: estás en Nueva York, ¡la mejor ciudad del mundo! Mira todo lo que te estás perdiendo. Entiende el póquer con la misma pasión y la misma curiosidad incansable. Le gusta estar al día de las idas y venidas de los jugadores, conoce las últimas apps y programas informáticos, jamás da por hecho que ha aprendido todo lo que hay que aprender. Se niega a estancarse. Si tuviese que asignarle un lema, probablemente sería este: la vida es demasiado corta para ser complaciente. De hecho, cuando inevitablemente le pregunto lo que más le han preguntado —¿qué les recomendaría a aquellos que aspiran a ser jugadores de póquer profesionales?—, responde con tan solo dos palabras: prestad atención. Dos sencillas palabras que solemos ignorar de manera casi sistemática. Estar presente es mucho más difícil que tomar el camino de menor resistencia. Supe de la existencia de Erik como supongo que lo habrán
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conocido la mayoría de novatos en el mundo del póquer: lo vi en la película Rounders, de 1998. En muchos sentidos, Rounders acercó el póquer a las masas. Es la historia de un brillante estudiante de Derecho (Matt Damon) que se paga la universidad jugando al póquer, hasta que finalmente llega a dejar la carrera para jugar a tiempo completo. Y la partida que más forja el carácter de Damon, que se va desarrollando a modo de trasfondo y analizándose ad infinitum a lo largo de la película, es la partida final de la Serie Mundial de Póquer de 1988 entre Erik Seidel y Johnny Chan. El puto Johnny Chan, el maestro, repiten una y otra vez los comentaristas. Y Erik Seidel… el chico no sabe la que le va a caer encima. La más famosa partida de póquer entre los que no se dedican al póquer. Las reinas de Seidel cayendo frente a la escalera de Chan, una trampa de experto para una víctima desprevenida. Chan reinaba como campeón del mundo. Seidel se presentaba a su primer gran torneo. Había tenido que ganar a 165 participantes para llegar allí, a la última mesa, el último hombre en pie a excepción de otro más. Fue una hazaña increíble, el inicio de una carrera increíble. La película fue todo un éxito en los campus universitarios. Se estrenó a finales de los años noventa y, en muy poco tiempo, todos los chicos se imaginaban financiando su paso por la universidad a base de partidas de póquer. Por aquel entonces, no me interesaba el póquer; no tenía ni idea de lo que era una escalera, ni de por qué Chan había «atrapado» a Seidel ni nada de todas esas cosas. Para mí era un idioma desconocido y no me interesaba aprenderlo. Pero cuando por fin vi la película, años más tarde, una de las líneas de diálogo que Matt Damon dice mientras observa la partida entre Seidel y Chan se me quedó grabada: No se trata de jugar con las cartas. Se trata de jugar con el hombre. Un cliché, es cierto, pero igualmente llamó profundamente mi atención, pues resumía en buena medida lo que pensaba sobre el mundo. Psicología. Autocontrol. Estar dis-
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puesto a mantener tu escalera hasta el final, como hizo Chan. Aferrarte a la mejor mano posible con tanta fuerza que logres engañar a tus oponentes haciéndoles pensar que van ganando cuando tú les estás ganando desde el principio. No es necesario saber qué es una escalera para entender lo atractivo del asunto, la belleza estratégica. Y ahí estaba el hombre en persona: el chico convertido en un maestro. Una de las leyendas vivas del mundo del póquer. Y yo estaba ahí para convencerle de que me tomase como alumna de póquer durante el siguiente año de su vida; a pesar de que, por lo que yo sabía, nunca había tenido alumno alguno y yo nunca había jugado una partida de póquer. Quería que Erik me enseñase, me formase para el campeonato de póquer definitivo, la Serie Mundial de Póquer, la wsop. El campeonato que, hacía ya muchos años, lo había convertido en una repentina leyenda del póquer. A lo largo de ese viaje, esperaba aprender cómo tomar las mejores decisiones posibles, no solo sobre el tapete sino en el mundo. A través del póquer, quería domar a la suerte, aprender a cambiar las cosas incluso cuando la baraja pareciese estar en mi contra.
Se suponía que iba a ser cosa de un año. Ordenado. Controlable. Digerible. Tenía un plan. Me acercaría a Erik, formaríamos un equipo, participaría en el Evento Principal de la Serie Mundial de Póquer. Y viviría para contar la historia. Proponer un límite de tiempo fue lo más sencillo. Un año es definible. Es finito. Tiene gancho: todo el mundo puede imaginarse haciendo algo durante un año. Mi año de esto, mi año de lo otro, mi año de intentar desempeñar un nuevo papel tenía fecha de caducidad. Nadie quiere oír hablar de mis tres años y medio de casi-lograr-lo-que-me-propuse. ¿Quién tiene tanto tiempo? Un año es factible, es bonito. Un año es un antídoto concreto a los desórdenes de la vida.
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Pero la vida tenía otras ideas. Un plan alternativo. El marco desapareció y fue reemplazado por algo imprevisto. El hombre propone y Dios dispone, en efecto. Cuanto más pienso en Dios, más creo en la arbitrariedad. Al ruido del universo que se escucha por todas partes poco le importamos nosotros, nuestros planes, nuestros deseos, nuestras motivaciones, nuestros actos. El ruido seguirá ahí tanto si elegimos actuar como si no. Variabilidad. Azar. Lo que no podemos controlar por mucho que nos esforcemos. Pero ¿alguien podría culparnos por intentarlo? a Llevo muchos años esforzándome por establecer un equilibrio entre la suerte y el control de la vida que llevamos, de las decisiones que tomamos. Siendo niña, tuve muchísima suerte: mis padres se marcharon de la Unión Soviética, abrieron para mí un mundo de oportunidades que, de no haber sido así, nunca habría conocido. Siendo adolescente, puse en práctica todas mis habilidades para sobresalir académicamente y convertirme en la primera generación de mi familia en estudiar en una universidad de Estados Unidos. Siendo adulta, me he esforzado para desentrañar qué parte de mis logros ha sido cosa mía como algo opuesto a los giros del destino; como muchas otras personas antes que yo, quise saber qué parte de mi vida había sido responsabilidad mía y qué parte había sido tan solo pura suerte. En Final de cuentas, Simone de Beauvoir dice de su vida que «la penetración de aquel óvulo en particular por parte de aquel espermatozoide en particular, con la implicación de que mis padres se conociesen y, aun antes, de sus propios nacimientos y de los nacimientos de todos sus antepasados, no tenía ni una sola oportunidad entre cientos de millones de que saliese adelante». Ese es el papel que el azar había tenido en toda la trayectoria de su existencia. «Y fue el azar, un azar impredecible según el estado actual de la ciencia, lo que hizo que naciese mujer. A partir de
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ahí, me da la impresión de que podrían haber surgido miles de futuros diferentes de cada pequeño movimiento en mi pasado: podría haber enfermado y haber interrumpido mis estudios; podría no haber conocido a Sartre; podría haber pasado cualquier cosa.» ¿Cómo es posible que hayamos deseado separar alguna vez lo casual de lo intencionado? Básicamente, se trata de una búsqueda filosófica. Y yo intenté llevarla a cabo del mejor modo que se me ocurrió. Estudié un posgrado. Planteé la pregunta. Llevé a cabo ciertos estudios. ¿Con qué frecuencia tenemos realmente el control? ¿Y hasta qué punto tenemos la percepción de tener el control de las situaciones cuando en realidad es la suerte la que toma las decisiones? ¿Cómo responden las personas cuando se las coloca en situaciones de incertidumbre, disponiendo de información incompleta? A lo largo de cinco años, como parte de mi investigación de doctorado en Columbia, le pedí a miles de personas que jugasen a un juego que imitaba el mercado de valores y que daba poco tiempo para la toma de decisiones. Tenían que «invertir» una cantidad concreta de su dinero —dinero auténtico; el modo en que actuasen se transformaría directamente en cuánto se les pagaba, y el rango de ganancias era amplio: de un dólar a setenta y cinco— en dos tipos de acciones o en un bono, y tenían que hacerlo a lo largo de centenares de pruebas. El bono siempre era seguro y siempre comportaba un pequeño beneficio; un dólar, para ser exactos. Las acciones, sin embargo, se comportaban del mismo modo que las acciones reales en el mercado. Podías conseguir mucho más dinero: más de diez dólares por jugada. Pero también podías perder y te desaparecían diez dólares de tus ganancias con el clic del ratón. En cada ronda del juego, las dos acciones (llamadas, con gran creatividad, «A» y «B») eran aleatoriamente calificadas como «buenas» o «malas». Si elegías la acción buena, tenías un 50% de posibilidades de ganar diez dólares, un 25% de no ganar nada y otro 25% de perder diez dólares. Si escogías la acción
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mala, tus posibilidades de ganar descendían al 25%, en tanto que tus posibilidades de perder ascendían al 50%. Yo estaba interesada en lo siguiente: ¿qué estrategia elegiría la gente y cuánto tardarían en darse cuenta de cuál era la acción buena? (La estrategia de inversión óptima hubiera sido gravitar enseguida sobre la acción buena, pues los ingresos ascenderían a pesar de las pérdidas intermitentes.) Lo que descubrí fue algo completamente inesperado. Una y otra vez, los participantes sobreestimaban el grado de control que tenían sobre los acontecimientos; y eran personas inteligentes, personas sobresalientes en muchos aspectos, personas que tendrían que haberlo sabido. No solo decidían por adelantado cómo iban a dividir sus inversiones, sino que decidían, basándose en una cantidad increíblemente limitada de información, qué acción era la «buena» y se mantenían en sus trece, a pesar de haber empezado a perder dinero. Cuanto más sobreestimaban sus habilidades en relación a la suerte, menos aprendían de lo que la situación intentaba decirles y peores decisiones tomaban: los participantes elegían con mucha menos frecuencia la acción ganadora y, en lugar de eso, doblaban las pérdidas o gravitaban por completo hacia los bonos. Como creían saber más de lo que sabían, ignoraban cualquier indicio que apuntase en la dirección contraria; especialmente cuando, con la misma inevitabilidad que tiene lugar en los auténticos mercados, los ganadores se convierten en perdedores y viceversa. En otras palabras, la ilusión de control es lo que evita que se tenga un control real de lo que ocurre en el juego; y poco después, la calidad de las decisiones se va deteriorando. Hacían lo que les había funcionado en el pasado o lo que habían decidido que funcionaba y se equivocaban al no entender que las circunstancias habían cambiado y que lo que había sido una estrategia exitosa había dejado de serlo. La gente se equivocaba al no entender qué les estaba diciendo el mundo si el mensaje no era el que querían oír. Les gustaba controlar lo que les rodeaba. Si el entorno sabía
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más que ellos… eso no era nada bueno. Esta es la cruda verdad: nosotros, los seres humanos, creemos con demasiada frecuencia que tenemos el control cuando, en realidad, jugamos según las reglas que marca el azar. No había resuelto el problema. Pero ¿cuál era la solución? ¿Cómo podías utilizar el conocimiento teórico para tomar mejores decisiones en la práctica? Es una pregunta difícil, básicamente por una razón: equilibrar la suerte y la habilidad es, en el fondo, algo que tiene que ver con la probabilidad. Y un defecto esencial de nuestro cableado neuronal es que no podemos entender del todo las probabilidades. Las estadísticas funcionan de un modo opuesto a la intuición: nuestro cerebro no está preparado, a nivel evolutivo, para entender esa incertidumbre inherente. No había números o cálculos en nuestro entorno primitivo, tan solo experiencia personal y anécdotas. No aprendimos a gestionar información presentada de forma abstracta, mensajes del tipo: «los tigres son una rareza en esta parte del país, tienes un 2% de posibilidades de cruzarte con uno e incluso un porcentaje menor de que te ataque». Aprendimos a gestionar emociones en bruto, palabras como: «anoche había un tigre por aquí y daba mucho miedo». Milenios más tarde, el defecto persiste. Se conoce como la brecha descripción-experiencia. Estudio tras estudio, la gente sigue siendo incapaz de interiorizar las reglas numéricas y toma decisiones basándose en «corazonadas», «la intuición» o «lo que parece correcto», en lugar de basarse en los datos que le muestran. Tenemos que entrenarnos para ver el mundo bajo la luz de las probabilidades; aun así, a menudo ignoramos los números y optamos por basarnos en nuestra experiencia. Creemos en aquello que queremos ver, no lo que pone de manifiesto la investigación. Pensemos en algo que está muy presente en los últimos tiempos: la preparación para la catástrofe. ¿Qué puedes hacer para prepararte para fenómenos climáticos extremos —huracanes, inun-
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daciones, terremotos— cada vez más frecuentes a medida que el planeta se calienta? ¿Y qué pasa con la guerra nuclear o los ataques terroristas, tenemos que preocuparnos por eso? Disponemos de estadísticas que nos ayudan a encontrar una respuesta, a saber si tienes que contratar un seguro especial para el hogar o si vale la pena comprar una casa en ciertas zonas, así como hay gráficas de probabilidades que nos informan del riesgo de ser víctimas del terrorismo frente al de, digamos, resbalar en la ducha y sufrir una caída fatal. Pero los psicólogos se han topado una y otra vez con lo mismo: puedes mostrarle a la gente todas las gráficas que quieras pero no lograrás cambiar su percepción del riesgo o influir en su toma de decisiones. ¿Qué es lo que hace que uno cambie su manera de pensar? Pasar por esas cosas en persona o conocer a alguien que lo ha vivido. Si estuviste en Nueva York durante el huracán Sandy, por ejemplo, tienes más probabilidades de contratar un seguro para inundaciones. Si no estuviste, es posible que inviertas tu dinero en una casa junto al mar en Malibú, a pesar de que los números indican que tu playa no tardará en desaparecer y tu casa con ella. Si viviste el 11 de septiembre de 2001, tendrás un miedo exagerado al terrorismo. En todos los casos, las reacciones no apuntan en la misma línea que las estadísticas. No todas las casas de Nueva York requieren de un seguro contra inundaciones; estás exagerando porque tuviste una mala experiencia. Las casas frente al mar son una inversión nefasta a largo plazo; estás subestimando la amenaza porque las estadísticas nunca te han afectado a un nivel personal. La probabilidad de que resbales en la ducha es mucho mayor que la de que sufras un ataque terrorista; pero intenta convencer a cualquiera de eso, especialmente si conocía a alguien que murió en las Torres Gemelas. Nuestras experiencias se imponen a todo lo demás, pero lo más curioso es que esas experiencias están increíblemente sesgadas: nos enseñan, pero no nos enseñan bien. Por eso resulta tan complicado separar el azar de nuestras habilidades en las
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decisiones que tomamos a diario: se trata de una tarea estadística y no estamos preparados para afrontarla como tal. Lo cual me lleva al póquer: usada del modo adecuado, la experiencia puede ser un poderoso aliado a la hora de ayudar a entender escenarios basados en las probabilidades. La experiencia no puede ser simplemente la excepción, algo aleatorio. Tiene que ser un proceso sistemático de aprendizaje; en gran medida, como el ambiente que te encuentras en una mesa. Y un adecuado proceso de aprendizaje sistemático puede ayudar a desligar el azar de todos los demás elementos de un modo en que ni la acumulación de números ni las teorías podrán hacer nunca. Años después de abandonar la vida académica, el problema de la habilidad frente al azar se convirtió en algo personal. 2015 no fue un buen año para el clan Konnikova. La primera semana de enero, mi madre —mi modelo en prácticamente todos los sentidos— perdió su empleo, en el que había trabajado durante veinte años, tras ser despedida de pronto cuando un fondo de inversión privado compró la empresa. Sus compañeros lloraron. Su jefe lloró. Pidieron que se la volviese a contratar. Era buena en lo que hacía: programación informática. Yo estaba convencida de que se recuperaría casi al instante. En lugar de eso, se topó con la cruda realidad de Silicon Valley: la discriminación por edad sigue viva y coleando, especialmente para las mujeres. Había superado los cincuenta: demasiado vieja para formar parte de un equipo joven y no lo bastante mayor como para jubilarse. Un año después, seguía sin trabajo. «Qué injusta es la vida», fue lo primero que pensé. Pero si algo me había enseñado mi madre es que la vida no conoce el concepto de justicia. Mala suerte, eso fue todo. Había que sobrellevarlo. Pocos meses después, mi vivaracha, sana e independiente abuela resbaló en mitad de la noche. El borde metálico de la cama. El duro suelo de linóleo. Sin otro par de orejas cerca para oír que algo pasaba. Los vecinos la encontraron por la mañana, alertados por una luz que debería estar apagada. Dos días
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después, había muerto. No pudimos despedirnos. Ni siquiera recuerdo nuestra última conversación; seguramente fue banal, con las mismas frases, la misma entonación, no, no tengo nada nuevo que contarte a ambos extremos de la línea. Es posible que me preguntase cuándo estarían listos los primeros ejemplares de mi nuevo libro. No lo podía leer —iba a tener que esperar a la traducción rusa—, pero estaba deseando tenerlo en las manos. Lo que está claro es que me hizo la misma pregunta. Me lo preguntaba cada vez que hablábamos. Y en todas esas ocasiones, la regañaba: deja de preguntar. Te lo contaré cuando pase. Mi frustración iba en aumento. Ella alzaba la voz y me decía que nunca volvería a preguntarme nada sobre ninguna cuestión. Tendría que haber sido más amable con ella. Pero a toro pasado siempre se ven las cosas más claras. Al final, siempre acababa sus mensajes de voz con una frase breve: «Soy la abuela». Como si pudiese existir alguna duda. Y al final yo no devolvía las llamadas con suficiente rapidez. Había vivido la segunda guerra mundial, sobrevivido a Stalin, Jruschov, Gorbachov y acabó venciéndola un suelo resbaladizo y un pie mal colocado. Injusto. O mejor dicho, mala suerte. Si hubiese apoyado bien el pie, seguiría aquí. Lo siguiente fue que mi marido perdió su trabajo. La startup en la que había empezado a trabajar no acabó de arrancar como habían planeado y, debido a ello, me encontré momentáneamente en una situación en la que hacía años que no había estado: manteniendo a mi familia con mis ingresos de escritora autónoma. Tuvimos que dejar nuestro bonito apartamento en el West Village. Cambiamos de hábitos. Hicimos todo lo que pudimos para ajustarnos el cinturón. Y para colmo descubrí que mi salud, de repente, no funcionaba como cabía esperar. Recientemente me habían diagnosticado una extraña enfermedad autoinmune. Nadie sabía muy bien de qué se trataba, pero mis niveles hormonales se habían vuelto locos y, de repente, como por arte de magia, era alérgica a prácticamente todo. A veces,
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MARIA KONNIKOVA
ni siquiera podía salir del apartamento: me salían brotes de urticaria en la piel cuando tocaba cualquier cosa, y por entonces era invierno. Me sentaba acurrucada con mi portátil, envuelta en una vieja camiseta ancha, esperando que todo fuese bien. Pasé de un experto a otro, de un régimen de esteroides a otro, pero en todos lados me decían lo mismo: idiopática. Jerga de doctores para decir: «No tenemos ni la más remota idea». Esa idiopatía (que tiene la misma raíz que idiotez) era cara. Injusto. Mala suerte. Pero ¿lo era? Tal vez había sido culpa mía por no haber escuchado a mi madre y haber salido a jugar al balcón hacía ya un montón de años. Nací en Rusia, después de todo, y había pasado lo de Chernóbil; que me obligase a quedarme dentro tenía una razón de ser. A lo mejor la culpa era de mi yo de dos años. Me sentaba a leer a James Salter —«No podemos imaginar esas enfermedades, las llaman idiopáticas, de origen espontáneo, pero sabemos instintivamente que tiene que haber algo más, algún tipo de debilidad invisible de la que se están aprovechando. Es imposible pensar que aparecen por azar, resulta insoportable pensarlo»— y asentía reconociéndolo. Ya fuese cosa del azar o no, era una mierda. Es un patrón de pensamiento que resulta familiar. La suerte nos rodea, está en todas partes: desde un contexto tan prosaico como ir caminando al trabajo y llegar sano y salvo a tu destino, como sobrevivir a una guerra o a un atentado terrorista cuando otros, a escasos centímetros, no tuvieron esa suerte. Pero solo somos conscientes de ello cuando las cosas no salen como queríamos. No solemos preguntarnos por el papel que desempeña el azar en los momentos en que nos sentimos protegidos de otros y de nosotros mismos. Cuando la suerte está de nuestro lado, la ignoramos: es invisible. Pero cuando se vuelve contra nosotros, somos conscientes de su poder. Empezamos a preguntarnos el porqué y el cómo. Algunos de nosotros encontramos consuelo en los números. Lo llamamos por su nombre: pura y simple cuestión de proba-
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bilidades matemáticas de instituto. Tal como dijo Sir Ronald Aylmer Fisher, estadista y genetista del siglo xx, en 1966: «Esa “una posibilidad entre un millón” tendrá lugar, inevitablemente, con, ni más ni menos, la frecuencia que le corresponde, sin embargo nos sorprenderá que nos pase a nosotros». Si pensamos en los 7.500 millones de habitantes que en la actualidad tiene el planeta, podemos estar seguros de que lo altamente improbable pasa con una frecuencia regular. Ese «una oportunidad entre un millón» ocurre cada segundo. Alguien cercano morirá en un accidente extraño. Alguien perderá el trabajo. Alguien contraerá una extraña enfermedad. A alguien le tocará la lotería. Se trata de probabilidades, pura estadística, y es parte de la vida, tanto en el buen sentido como en el malo. Si las extrañas coincidencias y las excepciones no tuviesen lugar… Bueno, eso sí resultaría verdaderamente destacable. Algunos de nosotros impregnamos las probabilidades de emoción. Se convierten en suerte: el azar adquiere, como por ensalmo, un valor, positivo o negativo, fortuito o desafortunado. Buena o mala suerte. Una buena o mala racha. Algunos de nosotros le damos sentido, dirección e intencionalidad a la suerte. Se convierte así en destino, karma: el azar respondiendo a un orden. Estaba destinado a ser así y cualquier sensación de control o de libre albedrío que tengamos no es más que pura ilusión. ¿Y dónde encaja el póquer en todo esto? Hasta que dio comienzo este viaje, nunca había jugado a las cartas. No había jugado a póquer en mi vida. Nunca había visto una partida de verdad. En mi mente, el póquer no tenía entidad. Pero al tener que afrontar cómo una cosa tras otra en mi vida apuntaba en la dirección equivocada, hice lo que siempre hago cuando quiero entender algo. Leí. Cualquier cosa que pudiese verter algo de luz en lo que estaba ocurriendo, que me ayudase a recuperar cierta apariencia de control. Y en mi frenesí lector, llegué al libro de John von Neumann La teoría de juegos y el comportamiento económico.