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Perdiendo el Edén lucy jones

Traducción de María Antonia de Miquel

gatopardo ensayo


Título original: Losing Eden: Why Our Minds Need the Wild © Lucy Jones, 2020 Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte

MINISTERIO DE CULTURA Y DEPORTE

DIRECCIÓN GENERAL DEL LIBRO Y FOMENTO DE LA LECTURA

© de la traducción: María Antonia de Miquel, 2020 © de esta edición: Gatopardo ediciones S.L.U., 2021 Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª 08008 Barcelona (España) info@gatopardoediciones.es www.gatopardoediciones.es Primera edición: marzo de 2021 Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó Imagen de la cubierta: © Terry Whittaker ISBN: 978-84-121414-9-8 Depósito legal: B-2018-2021 Impresión: Reinbook serveis gràfics S.L. Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


prólogo

Xena enfiló la calle que llevaba a casa de su abuela. El día era abrasador, pero no había olvidado ponerse el sombrero, el respirador, ni las gafas de protección solar. Caminó tan deprisa como le fue posible por el asfalto, luego atravesó el túnel de cemento y subió por la escalera cubierta para escapar del ardiente sol. Mientras andaba, llegaba a sus oídos el estruendo del tren de alta velocidad en el distrito vecino. Cruzó la calle con la intención de acercarse al área verde efímera —de césped artificial—, pero se lo pensó mejor: hacía poco, esta se había recalentado tanto que se derritió bajo las sandalias de su amiga. Xena optó por el camino más largo. Ni siquiera los árboles artificiales protegían del calor aquel día. A lo lejos, el humo de los incendios ocultaba las montañas casi por completo, y apenas podía distinguir nada a veinte metros de distancia. Todo era gris. Pasó un autobús que anunciaba un nuevo programa de telejardinería, previsto para 2102. Uno se podía conectar a él mediante su implante cerebral y sembrar y regar semillas virtuales para verlas crecer. Tomó nota para mencionárselo a su abuela. Ahora la abuela ya no podía salir de casa a menudo, de modo que Xena debía ir a verla, pero no le importaba. La abuela tenía una escena holográfica de naturaleza (EHN) en su salón y Xena siempre se sentía más feliz y me7


nos tensa después de visitarla. En la EHN que más le gus­ taba aparecían árboles de verdad en un lado, de un color marrón verdoso. En el centro de la pantalla había un lago, y a veces podía ver un pez saltando fuera del agua. El lago estaba limpio, no como los sucios y apestosos charcos y arroyos cercanos a la casa de Xena. Lo que más le atraía de la EHN era el sonido. Era un tipo de música que no había oído nunca antes: el canto de los pájaros, el croar de las ranas, el ladrido de algún animal. Había visto pájaros en el museo de la localidad y su escuela a veces hacía sonar sus trinos en las aulas, pero nunca había visto uno en la vida real. Se preguntaba si su abuela habría llegado a verlo. Cuando llegó, Xena pulsó el timbre. Empezaba a recuperar el aliento, aunque todavía persistía un ligero carraspeo, y se secó el sudor de la frente. Al cabo de un minuto, la abuela abrió la puerta y la invitó a pasar. Le acarició la cabeza, le apretó la mano y la condujo adentro. Xena sintió alivio al ver que la EHN estaba en marcha y se arrellanó en el sofá, acurrucándose en él. —Tengo una nueva para ti, cariño —dijo la abuela. Trazó una letra H sobre su implante y el holograma se encendió. Al principio la escena estaba neblinosa y era difícil distinguir nada, pero cuando se disipó la niebla Xena vio un grupo de árboles muy altos con todo tipo de articulaciones y piezas que salían de ellos. Luego reparó en una cosa pequeña y de color verde brillante. De repente, esta dio un gran salto y desapareció. —¿Qué era eso, abuela? —Oh, eso era… una rana de los árboles. Es una selva tropical. —Selva tropical —repitió Xena lentamente. Tres pájaros —bueno, ella supuso que eran pájaros— atravesaron la escena volando. Tenían una especie de largas narices color naranja y cuerpos blancos y negros. Le 8


parecía imposible que pudieran sostenerse en el aire con esas narices tan largas. Siguió a los pájaros y sus ojos se posaron en una pequeña criatura con grandes ojos amarillos que estaba acurrucada sobre una rama. —¿Qué es eso, abuela? —gritó. —Una lechuza, cariño, tal vez una cría de lechuza. —Esta es la mejor EHN que he visto nunca, abuela —dijo ella. —Me gustaría que la hubieses visto en la vida real. —¿Pájaros en la vida real, cada día? —Sí, y otros animales también. —¿Por ahí sueltos? ¿No en un zoo? —A veces. E insectos. ¿Qué sabes de las mariposas? —En el colegio nos hablaron de ellas. —En Inglaterra las había en abundancia. En verano podías sentarte en un jardín o en un parque y observar muchas especies diferentes. —¿Qué se sentía, abuela? —Oh, era… La abuela se detuvo. Xena la miró. Alarmada, vio que parecía que su abuela estaba llorando. —¡Abuela! La abuela carraspeó. —¿Era como esto, pero en la vida real? —dijo señalando los hologramas. —Bueno, sí, si uno estaba en la selva tropical —dijo la abuela—. En Inglaterra, en mi jardín, había unas pequeñas criaturas llamadas abejorros, que son como ositos, negros y amarillos. En los meses cálidos se podía oír el zumbido de los insectos que buscaban néctar. Mi mariposa preferida tenía rayas negras en sus alas naranjas, de modo que parecía un tigre volador. Había unos árboles llamados encinas, que vivían cientos de años. El jardín era distinto cada año. —¿Los árboles se podían tocar, abuela? 9


—Oh, sí. Se podían tocar las hojas, y las plantas y las flores. —¿Y qué sensación producían? —Eran suaves, supongo, pero cada una era diferente. Los dientes de león se consideraban malas hierbas, pero a principios de verano se convertían en esos globos bulbosos perfectos que podías soplar y entonces todas las semillas con sus cabezas peludas salían volando. —¿Como si fuese magia? —Sí, en cierto modo. Las llamábamos «pelusillas». Y los olores eran buenísimos. Cada flor tenía un aroma distinto. Me gustaba el olor de las rosas, de las campanillas, de los pinos… Oh, ¿sabes lo que son las castañas pilongas? —No, ¿qué es eso? —En primavera, que era la estación en que todo florecía, el castaño de Indias sacaba unas flores que parecían cucuruchos de helado. Más tarde, la planta producía unas bolas de color verde brillante cubiertas de pinchos. Cuando estas caían del árbol, abríamos las cáscaras para sacar lo que llamábamos castañas pilongas. Eran marrones y brillantes e indicaban que el otoño —que era otra estación— había llegado y que pronto las hojas cambiarían de color, de verde a rojo, naranja o amarillo. —¡Me estás tomando el pelo, abuela! La abuela negó con la cabeza. —¿Y eso lo veías cada día si querías? —Sí, preciosa. —¿Y cómo era? —Era… maravilloso. —¿Por qué se acabó la naturaleza, abuela? La abuela suspiró. —Porque no la amábamos lo suficiente —dijo—. Y olvidamos que podía proporcionarnos paz.

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primera parte Brote


introducción el bebé en la tierra

¿No ves que tanto los arbustos como las avecillas, las hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al orden del mundo? Marco Aurelio, Meditaciones

Cada hoja me habla de felicidad. Emily Brontë, «Caed, hojas, caed»

El estrépito del polvoriento mundo y las cerradas moradas de los hombres son lo que la naturaleza humana suele aborrecer; mientras que, por el contrario, la niebla, el rocío y los espíritus que pueblan las montañas son lo que la naturaleza humana busca y sin embargo rara vez encuentra. Guo Xi, siglo xi

Una tarde de finales de verano, me encontraba en mi jardín sentada junto a un parterre de flores silvestres con mi hija de pocos meses, que manoseaba las flores y buscaba gusanos en la tierra. Por todo el jardín habían aparecido en sus telas las arañas de color melaza, que con sus grupas en forma de barquilla relucían como joyas al sol. Aunque era agosto, en el sur de Inglaterra ya se podía sentir el otoño. Las manzanas y ciruelas ya habían caído de los árboles, el suelo estaba pringoso de fruta estropeada y tachonado de 13


avispas. Mientras le mostraba a mi hija por dónde salía el erizo por las noches en busca de escarabajos y orugas, la miré y sentí un escalofrío. En los periódicos no se hablaba más que de sequías, inundaciones, sucesos meteorológi­­cos extremos y temperaturas altísimas, a veces incluso más elevadas de lo que los científicos habían pronosticado. ¿Qué les esperaba a ella y a su generación? El caos climático se estaba acelerando. El hielo se estaba derritiendo más rápido de lo previsto. Se diría que el mundo ardía. En nuestro entorno más inmediato, las estaciones se estaban desplazando: otoño en agos­to, pleno invierno en marzo. Cada día nos informaban del declive de una especie más. Los vencejos, 1 las golondrinas,2 los erizos,3 todos se encontraban en vías de extinción. ¿Que­­daría algún bosque4 o alguna vieja encina5 a la que pu­diese trepar y contemplar con admiración? ¿Cuántas especies más de aves se unirían al guacamayo de Spix, el po'ou­li, el mochuelo pernambuca­no y el ticotico críptico6 y se extinguirían durante este siglo? Ahora que el 80 por ciento de Europa y de Estados Unidos habían perdido sus cielos oscuros a causa de la contaminación lumínica, ¿lograría ella divisar la Vía Láctea alguna vez? Y ¿cuál sería el efecto de esta «aniquilación biológica»,7 tal como la denominan los científicos, sobre su mente y su espíritu, suponiendo que consiguiera sobrevivir? Más o menos por aquella época, leí acerca de un deprimente concepto, acuñado por el escritor, ecologista y lepidopterólogo estadounidense Robert Pyle: la «extinción de la experiencia».8 Según él, si el número de niños que en­ tra en contacto con la naturaleza es cada vez menor, cuando estos se conviertan a su vez en padres, la conexión de sus hijos con el mundo natural se irá debilitando progresivamente. «Según esta hipótesis, se trataría de un ciclo de de­ safección y pérdida que comienza con la extinción de espe14


cies, sucesos y sabores hasta ahora comunes en nuestro entorno más cercano; esta pérdida lleva primero a ignorar la variedad y el matiz, luego le siguen la alienación, la apatía, la ausencia de preocupación, y todo esto conduce a que se acelere la extinción.»9 Se trataba de un patrón que podía observar en mi propia familia. Mis abuelas manejaban un amplio vocabulario del mundo natural y conocían bien su comportamiento. Mis padres podían identificar pájaros, flores y plantas; nombres, ritmos y comportamientos. Yo sé algo, tal vez un 5 o un 10 por ciento de lo que ellos sabían, y eso que me intereso más por la vida silvestre que la mayoría de mis amigos. En consecuencia, la conexión de mi hija con el mundo natural sería aún más remota que la mía. ¿Llegaría ella a ser capaz de nombrar —y con esto me refiero a identificar— alguna cosa? ¿O estaría tan insensibilizada que la relación con la naturaleza tendría escaso valor, tal vez ninguno? Como dice Pyle: «¿Qué le importa la extinción del cón­dor a un niño que no sabe lo que es una golondrina?». Nunca antes habíamos alcanzado tal grado de desconexión con el resto de la naturaleza. En Gran Bretaña, la mitad de nuestros bosques ha desaparecido en los últimos ochenta años.10 A lo largo del siglo xx, se perdieron el 97 por ciento de los prados en las tierras bajas y el 90 por ciento de los sotos de Inglaterra y Gales, junto con las comunidades de animales y plantas que los poblaban. En la actualidad, algo más de una de cada diez especies se hallan en peligro de extinción en el Reino Unido.11 Solo en los últimos cincuenta años la población de mamíferos, aves, reptiles y peces del mundo entero ha disminuido un 60 por ciento.12 Nuestro comportamiento ha ido cambiando a medida que el paisaje sufría limitaciones. Por así decirlo, nos hemos replegado en el interior. Ahora nos pasamos la vida metidos en cubículos, coches y bloques de pisos, mientras que solo 15


entre el 1 y el 5 por ciento de nuestras jornadas transcurre al aire libre.13 Nos hemos acostumbrado a sobrevivir alejados de los ritmos del mundo natural. Nuestras necesidades, oportunidades y deseos de interactuar con el resto de la naturaleza han disminuido drásticamente. En 2005, el influyente autor estadounidense Richard Louv acuñó la expresión «desorden de déficit de naturaleza» para denominar el efecto que tiene la desconexión de la naturaleza sobre la salud de las personas. «Describe el coste humano que conlleva el estar alienado de la naturaleza, como puede ser: menos utilización de los sentidos, dificultades de atención y mayores porcentajes de enfermedades tanto físicas como emocionales», escribió.14 Desde entonces, el concepto de desconexión está empezando a imponerse en nuestro lenguaje. En esa misma década, el filósofo australiano Glenn Albrecht, frustrado porque en la lengua inglesa existían muy pocos conceptos que ayudasen a entender la relación entre los seres humanos, el entorno construido, el entorno natural y nuestro estado psicológico, inventó el término «psicoterrática», que describe las emociones, sentimientos y condiciones que se refieren tanto a la tierra ( terra) como a la mente ( psyche).15 Las enfermedades psicoterráticas, por ejemplo, son problemas de salud mental relacionados con la tierra, como la ecoansiedad y la angustia global. La «solastalgia» —una amalgama de solaz, nostalgia y destrucción— describe un sentimiento de nostalgia e impotencia hacia un lugar que anteriormente nos proporcionaba placer y que ha sido destruido. Otro término nuevo es «soledad de especie», para indicar la tristeza y ansiedad colectivas que produce nuestra desconexión respecto de otras especies. La escritora ambientalista Robin Wall Kimmerer la describe como «una profunda soledad sin nombre que deriva del extrañamiento respecto al resto de la creación, de la pérdida de relación».16 16


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