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Historia contemporánea de América Latina

TURNER NOEMA


Historia contemporánea de América Latina MASSIMO DE GIUSEPPE GIANNI LA BELLA


Título: Historia contemporánea de América Latina © Massimo de Giuseppe y Gianni La Bella, 2022 Edición original: Storia dell’America Latina contemporanea, Il Mulino, 2019 De esta edición: © Editorial Turner de México S.A. de C.V., 2022 Carlos B. Zetina, 10 A Col. Hipódromo Condesa Alcaldía Cuauhtémoc 06170 Ciudad de México www.turnerlibros.com Primera edición: enero de 2022 De la traducción: Massimo de Giuseppe y Gianni La Bella, 2021 Diseño de la colección: Enric Satué Ilustración de cubierta: Diseño TURNER Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. ISBN: 978-607-7711-52-0 Impreso en México La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com


ÍNDICE

Introducción. Qué se entiende por América Latina en la época contemporánea i ii iii iv v

Entre revoluciones y mercados globales: América Latina en la época del imperialismo El periodo de los populismos y los modelos nacionales (1920-1954) Una guerra fría latinoamericana (1954-1973) Dictaduras y derechos humanos (1973-1992) Las democratizaciones difíciles (1992-2019)

Apéndice bibliográfico Notas

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19 87 155 247 315 399 405


introducción QUÉ SE ENTIENDE POR AMÉRICA LATINA EN LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA

A

lo largo del tiempo, América Latina ha sido una idea, un espacio geográfico, un proyecto político, un mito marcado por violentas turbulencias, pero también por ininterrumpidos encuentros, a veces terriblemente reales, otras, sugestivamente simbólicos. Como en un juego de cajas chinas, América Latina contiene dentro de sí una inmensidad de nombres y definiciones que se han acumulado con el tiempo y han aprendido a convivir entre sí: Iberoamérica, Hispanoamérica, Indoamérica, Afroamérica, por citar solo algunos de los “cien nombres” referidos por el escritor chileno Miguel Rojas.1 Al mismo tiempo, en la cultura occidental, América Latina contemporánea ha sido identificada con una serie de categorías específicas, a veces basadas en estereotipos esquemáticos, como tierra de caudillos, dictadores y revolucionarios, populismos y cuarteles, dependencia y explotación, peones, bandoleros, cangaceiros y gauchos, niños de la calle y chamanes, narcos y bailarinas, capaces de transitar desde el bolero de comienzos del siglo xx al reguetón de principios del xxi. Esta amplia región a menudo ha sido definida, a nivel simbólico, por su valor exótico o evocativo, desde el realismo mágico al tropicalismo, relacionado con la imagen (primero literaria y fotográfica, luego cinematográfica y musical) de mestizajes multiformes, así como con las herencias de un misticismo indígena aparentemente puro e inmutable. Un área marcada durante un largo periodo por el trauma sin resolver de la conquista ibérica y de la evangelización cristiana, por la experiencia de la piratería del norte de Europa y por la trata de esclavos africanos, por los sincretismos religiosos y culturales y por el mito de la modernidad que ha acompañado las revoluciones de los siglos xix y xx. Una idea a menudo asociada a la dimensión melodramática que ha caracterizado los imaginarios contemporáneos, superando desde 7


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los géneros y los esquemas de los artículos de las revistas sobre Evita Perón al redescubrimiento pop mediático-comercial de una artista íntima como Frida Kahlo. La América Latina contemporánea, en el fondo, es extremadamente fotogénica, como lo demuestran los colores de sus pueblos, las publicidades turísticas de sus mares, selvas y pirámides surcadas por cielos de un azul intenso, pero también las impresionantes fotografías en blanco y negro de rostros, animales y territorios, desde las “soldaderas” fotografiadas por los hermanos Casasola durante la Revolución Mexicana hasta las miradas llenas de orgullo o sorprendidas retratadas en la dimensión de la cultura popular, de las telenovelas a los grafitis callejeros representando a jugadores convertidos en mitos, como Pelé o Maradona. Si al final de la Segunda Guerra Mundial Walt Disney se congraciaba con la naciente clase media latinoamericana, colocando junto al Pato Donald un gallito mexicano y un loro brasilero (Los tres caballeros, primera proyección en Ciudad de México, en la Navidad de 1944) como compañeros de diversión, hoy América Latina a menudo es representada como un mundo cercano y, al mismo tiempo, distinto respecto al mundo occidental; mientras, por un lado, continúa la estandarización de la violencia (el latino armado y sanguinario del cine de Tarantino o Rodríguez), por el otro surgen (sobre todo gracias a documentales y reportajes) otras experiencias: las de las madres solteras, las niñas desaparecidas, los indígenas ambientalistas asesinados, indicadores de una tormenta colectiva, sin resolver y para nada estática, que sigue arreciando sobre países tendencialmente jóvenes y con enormes potencialidades. Una complejidad de relaciones (que cuestiona también a América del Norte, Europa y Asia) que se transmite a través de las imágenes televisivas de los incendios en el Amazonas o en las caravanas de migrantes que desde Honduras cruzan Guatemala y México con la esperanza de traspasar la línea (the Border), esa frontera con Estados Unidos que Donald Trump quiso sellar con una muralla imaginaria. En la era de los social network, los drones que vuelan sobre las favelas de Río, que entran en las villas miseria de Buenos Aires, que filman a indígenas huyendo de los mineros, altarcitos de la Virgen de Gua­‑ 8


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dalupe en una parada de autobuses, ascensores, infinitos campos de soya, o que graban el silencio de las tierras desoladas de la Patagonia, sacudidas por el viento de una Antártida agotada por el cambio climático, nos devuelven imágenes realistas que conviven con los informes sobre las tensiones en Venezuela o las publicidades de los barrios residenciales protegidos y extremadamente lujosos. Aunque mediáticamente América Latina ya no tiene el espacio del que gozaba en los años sesenta o setenta del siglo xx, este amplio territorio, complejo, que comienza en el fin del mundo (por citar al papa Francisco, el primer pontífice no europeo desde la edad antigua), rico de biodiversidad y de una increíble variedad humana, cargado de memorias personales y colectivas, sigue siendo una idea viva y permanente que representa una encrucijada sensible de los mercados globales. En 1990, en las postrimerías del siglo xx, el periodista Maurizio Chierici, en esa época reportero de guerra del Corriere della Sera, desde hacía tiempo corresponsal del periódico milanés en América Latina, publicaba un libro con un título expresamente provocador: Per fortuna sono bianco (Por suerte soy blanco), con un subtítulo de sorprendente actualidad: Da quale paura scappano (De qué miedo huyen).2 Detrás de ese título se escondía una burla a los primeros signos de un creciente racismo, pero también el intento de volver a leer la relación de los occidentales, específicamente de los europeos e italianos, con los problemas latinoamericanos (y de Medio Oriente), tratando de colocarlos en un escenario global, de desmontar las barreras artificiales y de reducir las distancias simbólicas. El momento era particularmente interesante porque, ante el crepúsculo de la Guerra Fría, América Latina parecía haber emprendido un proceso de gradual “normalización” según los estándares internacionales. El periodo de las revoluciones, desde la mexicana a comienzos de siglo hasta la sandinista de 1979, pasando por la cubana de 1959, parecía haber sido definitivamente superado. Incluso la larga etapa de las dictaduras militares resultaba anacrónica, después de su caída en Argentina y el plebiscito chileno que desde hacía poco había arrinconado el régimen de Pinochet. Dos años después, el descubrimiento de los archivos de la Operación Cóndor, por parte de un juez paraguayo, quitaría definitivamente el velo sobre las 9


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violaciones de los derechos humanos vinculadas con las operaciones de contrainsurgencia en los países sudamericanos. Es verdad que en esa etapa todavía había enfrentamientos armados en Colombia, marcada por una interminable guerra civil, y en Perú, que todavía, durante algunos años, iba a experimentar un choque totalizador entre militares y paramilitares de Fujimori y los terroristas filomaoístas de Sendero Luminoso; pero el clima estaba cambiando. Incluso en América Central, devastada por la violencia que durante todos los años ochenta había afectado especialmente a las clases sociales más humildes, las negociaciones estaban empezando a dar sus frutos (en 1992 para El Salvador y en 1996 para Guatemala). Por lo tanto, esta tendencia generalizada parecería darle la razón a todos aquellos que han visto en el regreso de las democracias en América Latina, a finales del siglo xx, la glosa de un periodo de emergencia que había colocado esta región del mundo en el centro de los imaginarios colectivos occidentales, y no solo eso: en la línea de algunos mitos como el del Che Guevara, paladín del internacionalismo revolucionario, de la música de Inti-Illimani que reinterpretaba el folclor andino en clave de denuncia política, de las madres de Plaza de Mayo con su resistencia contra la “desaparición de personas”, o el poder atractivo de la teología de la liberación, la inquietante iconografía militar de las dictaduras, el impacto de muertes simbólicas como las del colombiano Camilo Torres, del salvadoreño Óscar Romero, del brasileño Chico Mendes. A pesar de los límites de la “década perdida” (los difíciles años ochenta marcados por repetidas crisis económicas y financieras), las democratizaciones se iban a consolidar en la región durante los años noventa, ratificando el pleno regreso de los países latinoamericanos al sistema internacional, acompañado por un nuevo espíritu multilateral y empresarial, pero también por un renovado activismo social. Los procesos hacia el liberalismo económico y financiero emprendidos en la línea del TLCAN y del Mercosur, el impacto de la Ronda de Uruguay, incluso la institucionalización de los indigenismos (con la asignación del premio Nobel de la Paz 1992 a la maya quiché Rigoberta Menchú Tum, al cumplirse los quinientos años del “descubrimiento” de Cristóbal Colón) parecían contribuir en pos de una plena normalización de América Latina. 10


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Sin embargo, a comienzos de la última década del siglo xx, un reportero sensible como Chierici ya comenzaba a leer los signos incipientes de un mundo heterogéneo y articulado que, aun después de la Guerra Fría, iba a seguir siendo un laboratorio de experimentaciones en el extremo Occidente, anticipando una serie de cuestiones globales de total actualidad. La crisis ecológica (dos años antes de la Conferencia sobre la Tierra de Río de Janeiro), la crisis del campo (el abandono de la agricultura tradicional vinculado a las nuevas situaciones de pobreza) y del trabajo (el modelo “maquiladora, tax free” y bajo costo de la mano de obra no sindicalizada), la globalización de la violencia criminal (pocos meses antes de la “rendición” de Pablo Escobar ante las autoridades colombianas), los racismos mutantes pero perdurables y, a menudo, escondidos o negados. Aún más, las desigualdades profundas que minaban desde su interior a los recuperados Estados de derecho, las mutaciones de los fenómenos religiosos con el comienzo del avance protestante en un subcontinente de claro predominio católico, la complejidad huidiza de los llamados “populismos” (capaces de convivir perfectamente con modelos tecnocráticos), el mimetismo de las viejas estructuras oligárquicas. Aun frente a una inédita participación política, todos estos elementos habrían marcado una redefinición de la relación entre espacios locales y dinámicas globales, anticipando cuestiones y temas que treinta años después –increíblemente– vuelven a salir a la luz. Entre ellos, el periodista identificaba uno como decisivo: los nuevos procesos migratorios, en ese momento incipientes, en una América Latina que, viceversa, había sido marcada en su propia historia por poderosas dinámicas inmigratorias (que culminaron con el gran desplazamiento masivo de europeos entre finales del siglo xix y comienzos del xx); un elemento que iba a connotar la política y las relaciones con los territorios, de allí en más, de forma cada vez más determinante. También señalaba otro tema, pero ahora enfocándose en el corazón de la comunicación occidental: la ambigüedad de los medios para hablar de esos mundos, entre reticencias, banalizaciones, pasiones e imprevistas distracciones. He aquí cómo, a lo largo de este complejo entramado de cuestiones, surgen con fuerza dos dimensiones: el tiempo y el espacio, que nos 11


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ayudan a redefinir el sentido profundo de lo que identificamos como América Latina. Dentro del aspecto temporal, el concepto de América Latina es claramente decimonónico, producto del siglo xix, de la caída de las dos grandes monarquías ibéricas, la española y la portuguesa, después de más de tres siglos de dominación orgánica en tierras americanas. Es una categoría intrínsecamente relacionada con los procesos de globalización iniciados por las revoluciones atlánticas y la Revolución Industrial, de orígenes aún indefinidos pero que, seguramente, se remonta a la necesidad de marcar una alteridad respecto a la América anglosajona surgida de la consolidación de un gran actor político como Estados Unidos. En estos términos, aun con acepciones distintas entre sí, comprendieron la originalidad de los espacios latinoamericanos, entre los años treinta y cincuenta del siglo xix, el ingeniero francés Michel Chevalier,3 el escritor chileno Francisco Bilbao Barquín4 y el poeta colombiano José María Torres Caicedo.5 Esto se dio en una época que marcaba el culmen de la disputa posindependentista entre centralistas y federalistas y entre liberales y conservadores, con el trasfondo de la contraposición entre Estados Unidos y las grandes potencias europeas, para consolidar presencia y modelos en las repúblicas americanas nacidas de las cenizas de las monarquías ibéricas. Por lo tanto, esa idea de América Latina en gestación incluía una tensión entre modelos europeos (la “latinidad” que sustituía a la vieja categoría de “hispanidad”) e ideales nacionalistas locales, de matriz criolla, entre proyectos de potencia (la audaz operación político-militar francesa en México (de Napoleón III) y el acceso a las materias primas, entre inversiones y articulaciones comerciales. Sin embargo, en la consolidación de esa idea, también iban a tener un rol decisivo, hacia finales de siglo, otros dos factores: por un lado, la recepción de la idea en las elites políticas estadounidenses, como lo planteó recientemente Mauricio Tenorio;6 por el otro, el peso cultural, religioso y diplomático de la Santa Sede que, con el cambio de siglo, iba a reivindicar la catolicidad del subcontinente y a institucionalizar la categoría, convocando (en Roma) el primer Concilio Plenario Latinoamericano (1899). 12


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Por lo tanto, la periodización es importante para entender los orígenes y desarrollos de la idea de América Latina, una categoría que se ha ido reforzando y transformando a lo largo del siglo xx, aun incluyendo en sí territorios que tenían muy poco de latino en sus experiencias históricas (las posesiones británicas en el Caribe, como Jamaica y Belice, el Surinam holandés, algunos espacios jamás explorados de la región amazónica o remotos enclaves indígenas andinos o patagónicos, etcétera). Pero los ritmos del largo siglo xx nos ayudan a entender la original cadencia de la contemporaneidad en los diferentes territorios que integran América Latina. Por último, el tiempo nos ofrece una ulterior clave de lectura para la comprensión de las dinámicas latinoamericanas que se remontan a la particular relación entre pasado y presente, entre experiencia y utopía, como ha escrito el exdirector de las ediciones literarias de la UNESCO, el hispano-uruguayo Fernando Aínsa.7 Una relación que incumbe lo religioso, lo social, la historia de las mentalidades, incluso la política y la cultura y que a menudo representa una anomalía aparente en el actual mundo digitalizado, en el que un indígena de la Sierra Mixe de Oaxaca o un ranquel de la Pampa puede construir una radio comunitaria con un celular económico. Tal vez es esta peculiar concepción del tiempo y de sus persistencias el elemento que más descolocaba a Samuel P. Huntington cuando excluía a América Latina de Occidente (que, por el contrario, Alfred Sauvy había incluido en otra macro categoría del siglo xx, la de “tercer mundo”), preocupado por una relación anómala con la idea de progreso y de civilización contemporánea.8 El tema no resuelto de la modernización se remonta, en el fondo, a la época de la conquista y la evangelización, al debate entre Las Casas, Sepúlveda y De Vitoria sobre los derechos de los indígenas, y que parece continuar hasta hoy, reapareciendo en las discusiones sobre la privatización del agua y en las lógicas que están en la base de los préstamos concedidos por el Banco Interamericano de Desarrollo. Desde las guerras de Pedro de Alvarado y Francisco Pizarro hasta las luchas entre los cárteles del narcotráfico, la historia latinoamericana ha hecho reverberar una particular tensión, interna y externa, entre herencias del pasado e incógnitas del presente, transformándose en un 13


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singular laboratorio, a menudo trágico, pero al mismo tiempo vivo, de las utopías de Occidente. Mas no siempre es fácil identificar, como en un cronopio de Cortázar, cuál es su lugar real en el horizonte occidental, si bien este tema ha apasionado a lo largo del tiempo a atentos estudiosos de temas latinoamericanos, incluso europeos como Serge Gruzinski, Marcello Carmagnani o Loris Zanatta.9 También el espacio nos ayuda naturalmente a definir en qué categoría ubicar a América Latina. En los libros de texto de los años sesenta del siglo xx se tendía a identificar a América del Norte con Estados Unidos y Canadá, colocando a México (cruzado por el trópico de Cáncer, que delimita el hemisferio boreal) junto a los países centroamericanos y del Caribe y, más abajo, el grupo de estados sudamericanos: partiendo desde Colombia y Venezuela hasta alcanzar, bajo el trópico de Capricornio, Argentina y Chile que, con Uruguay, ocupan el hemisferio austral. Hoy, por el contrario, en los informes de las Naciones Unidas y del Banco Mundial, México ha pasado a América del Norte, separado de Centroamérica y el Caribe y, aparentemente, alejado de América del Sur. Todo esto parecería marcar una distancia simbólica que, a pesar de la acumulación de estructuras multilaterales (UNASUR, CELAC, etcétera) y la presencia de tres países latinoamericanos en el G20 (Brasil, México y Argentina), parece ser más amplia que nunca. Sin embargo, la categoría de América Latina sigue sobreviviendo, sosteniéndose y funcionando, precisamente gracias a su enorme amplitud y a la posibilidad de seguir proponiendo en términos dialécticos el problema del otro, que un estudioso sensible como Tzvetan Todorov remonta a la herencia suprema de la experiencia detonante de la conquista (si bien podría incluso anticiparse a la época prehispánica).10 De aquí surge la exigencia permanente de mediar con lo plural y con una idea de mestizaje que, a pesar de las migraciones y los globalismos, permanece lejana del melting pot estadounidense. De hecho, este proceso sigue funcionando, aun cuando mexicanos, salvadoreños, cubanos y bolivianos sean encasillados, como sucede en Estados Unidos, en la única categoría de “latinos” que, sin embargo, no logra reducir del todo su pluralidad. Por otra parte, en la comple­‑ 14


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jidad espacial de América Latina hay que incluir una geografía potente y definitoria, una relación entre montañas y costas, desiertos y áreas tropicales, ciudades y campos, que no ha dejado de modificar territorios, grupos humanos e instituciones, incluso durante todo el siglo xx, influyendo en la construcción de la política y en la creación de redes (materiales y culturales) transnacionales. Como nos lo recuerda una intensa película del chileno Patricio Guzmán, El botón de nácar, los mapas de esta cambiante América Latina, que han visto superponerse y entrelazarse a lo largo del tiempo los caminos de una tan variada humanidad, son testimonios de una permanente redefinición de la relación entre local y global, que ha traspasado los límites de naciones a menudo frágiles, más allá de los nacionalismos oficiales, y de estados y clases dirigentes no siempre capaces de crear eficaces mecanismos de conexión (especialmente en los ámbitos fiscal y social) en la relación centro-periferias. Por último, a nivel espacial, no hay que olvidar otro elemento que solo en tiempos recientes la historiografía está tratando de recuperar: América Latina no es solo el producto de una historia atlántica que la ha vinculado a Europa y África, sino también el fruto de una vocación del Pacífico que, desde la conquista española de las Filipinas hasta el Open Door Policy estadounidense, desde la amenaza japonesa en la Segunda Guerra Mundial hasta el avance comercial chino de comienzos del siglo xxi, ha contribuido en la conformación de historias, experiencias y redes. En el fondo, si el siglo xx ha sido el siglo estadounidense, como muchos historiadores aman llamarlo, el canal de Panamá ha desempeñado un rol para nada indiferente en ese juego. Por lo tanto, este volumen tiene como objetivo ofrecer una reconstrucción sintética de América Latina en la época contemporánea, concentrándonos en aquellas articulaciones y elementos que han caracterizado el largo siglo xx. Ya existen diversos libros y manuales que se ocupan de esta historia con competencia y sólidas bases interpretativas. La ambición de esta obra es simplemente ofrecer al lector y a los estudiantes un panorama crítico que permita recuperar algunas claves de lectura a veces olvidadas o simplemente dejadas en el fondo de los hechos (el peso de lo religioso, la articulación de la categoría 15


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“populismos”, la violencia, la relación con la historia global, algunas dinámicas sociales y tendencias a largo plazo) de la historia latinoamericana, resaltando la importancia de la dimensión transnacional como un instrumento de lectura de realidades a menudo identificadas con nacionalismos marcados y poco predispuestos al diálogo. Por eso, se quiere ofrecer una mirada de conjunto, que no aplane la complejidad de los escenarios, para colocar a América latina entre los grandes actores de la era contemporánea. En el fondo, impresiona pensar cuánto la experiencia latinoamericana es aún desconocida para muchos historiadores europeos, descalificada como algo exótico o marginal. Un pequeño ejemplo: ¿cuánto espacio se dedica en los manuales universitarios italianos de historia contemporánea a la empresa de Napoleón III en México durante la guerra civil estadounidense, que incluso iba a resultar crucial en la caída del segundo imperio? O bien, ¿qué atención se le presta a la Revolución Mexicana, que tuvo gran importancia en las decisiones políticas de la administración Wilson durante la Primera Guerra Mundial? El de las remociones es un tema que incumbe también a la edad moderna, a los “silencios y las disputas” de la historia hispanoamericana, reconsideradas en un volumen reciente por Antonio Annino.11 Se trata de una tendencia a la remoción que, lamentablemente, se vuelve a encontrar también en las lecturas de este primer tramo del siglo xxi, allí donde el narcotráfico es limitado a una cuestión, casi étnica, de bandas latinoamericanas, violentas por “naturaleza”, liberando a Occidente de sus responsabilidades al fomentar (y en gran parte regular) un mercado global cada vez más floreciente de consumo y explotación de territorios y personas. Bajo esta óptica, entonces, la historia latinoamericana puede decirnos mucho sobre nuestra contemporaneidad, sobre nosotros y nuestras experiencias como occidentales, europeos, italianos y ciudadanos de un mundo cada vez más “glocal”. Por eso, la invitación es a que prestemos una atención particular a las interrelaciones, los nexos, las conexiones, los confines visibles y los invisibles. Precisamente por esto, inspirándonos en un hermoso libro de Guido Formigoni sobre la historia internacional,12 las notas (incluida la nota bibliográfica final) han sido concebidas no como un modelo de erudición sino como un 16


introducción

soporte (inevitablemente parcial y muy limitado), con el fin de poner en marcha caminos de profundización y conocimiento (incluso gracias a obras extranjeras de fácil acceso en el sistema OPAC SBN o en versión digital) de algunas de las muchas cuestiones que integran la trama de este volumen. Este libro es también un experimento de colaboración entre dos autores que, como especialistas de historia contemporánea, han dedicado mucho espacio en sus investigaciones (personales y colectivas) a América Latina y sus conexiones inter y transnacionales, uno concentrándose más en el área septentrional, el otro en la meridional de este singular subcontinente. Seguramente encontrarán vacíos y ausencias, pero este es el recorrido que hemos intentado trazar, entrelazando puntos de vista y experiencias. Por último, quisiéramos agradecer a algunos investigadores que nos han ayudado en este camino, ofreciéndonos claves de lectura muy valiosas para intentar leer la historia latinoamericana (con un recuerdo especial hacia dos amigos que nos han dejado recientemente: Ralph Sprenkels y María Isabel Campos Goenaga). Son muchos, pero nos limitaremos a citar a aquellos con quienes hemos tenido un intercambio de ideas más intenso, como Jean Meyer, Alan Knight, Hilda Iparraguirre, Sergio Raúl Arroyo, Guido Formigoni, Javier Garciadiego, Antonio Annino, Clementina Battcock, Berenise Bravo, Miranda Lida, Maria Benzoni, Maria Rosaria Stabili, Eduardo Rey, Benedetta Calandra, Ana González, Raffaele Nocera, Manuel Ceballos, Gabriella Chiaramonti, Dolores Lorenzo, Emilia Perassi, Keiko Teranishi, Vanni Pettinà, Clara García, Dorothée Cohuitem, Veronica Ronchi, Tiziana Bertaccini, Eric Zolov, Gennaro Carotenuto, Claudio Rolle, Silvia Núñez, pero también a las muchas personas –líderes comunitarios, vendedoras ambulantes, animadores de museos comunitarios, campesinos, religiosos, maestras, milperos, conductores de metro, de autobuses, camioncitos, “pochi-móviles” y muchos más– sin los cuales no se podría conocer América Latina en su riqueza más profunda, fuera de los espacios limitados de las academias y los centros de investigación. Agradecemos también al editor y en particular a Ugo Berti por su confianza. Por último, un enésimo abrazo, por la paciencia y 17


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el valioso apoyo, a nuestras familias: de parte de Massimo a María del Carmen, Laura, Gabriela y Priscila; de parte de Gianni a Silvia y a Graziano, cuya desaparición prematura no le ha permitido visitar estas fascinantes tierras. Si bien esta obra es el fruto de permanentes intercambios y diálogos, los capítulos 1, 3 y 5 (párrafos 1 y 6-10) fueron escritos por Massimo De Giuseppe; los capítulos 2, 4 y 5 (párrafos 2-5) por Gianni La Bella.

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singularidades de cada país sin perder la mirada de conjunto y desenreda los problemas comunes que esconden los relatos localistas de fuerte raigambre nacionalista. Una historia sin concesiones, alejada de los tópicos con que los europeos suelen interpretar Hispanoamérica, que desvela el motor de su historia. De Giuseppe busca entender la relación difícil, y no pocas veces violenta, entre las élites gobernantes y los pueblos indígenas y negros, entre las clases populares mestizas y los constructores criollos del relato nacional. Precisamente es en estas fisuras y desacuerdos

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Massimo de Giuseppe Doctor en Historia, académico con larga trayectoria como profesor e investigador en Italia (Universidad IULM de Milán) y México (miembro de la Academia Mexicana de la Historia). Autor de Messico 1900-1930. Stato, Chiesa e Popoli indigeni y La rivoluzione messicana. Gianni La Bella

MASSIMO DE GIUSEPPE GIANNI LA BELLA

Profesor de Historia contemporánea en las universidades de Módena y Reggio Emilia, Italia. Ha estudiado el fenómeno religioso en Europa y el cristianismo latinoamericano en la época contemporánea. Es autor de Perù. Il tempo TURNER NOEMA

della vergogna.


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