El joven Nathaniel Hathorne Colección Relámpago (3)
Primer premio en el concurso de narrativa breve Ciutat d’Amposta: Concurso de narrativa breve Ciutat d’Amposta Primera edición: octubre 2012 Título original: El jove Nathaniel Hathorne Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Se permite compartir la obra en parte o en su totalidad bajo las siguientes condiciones: Atribución – No Comercial – Distribuir Igual Víctor Sabaté C/o Rayo Verde Editorial, S.L. www.rayoverdeeditorial.com Producción editorial: Alberto Sotelo Ilustración: Nicolás Milano Diseño editorial: Noemí Giner Corrector: Óscar Mora Publicado por Rayo Verde Editorial S.L. Comte Borrell 115, ático 2ª Barcelona 08015 rayoverde@rayoverde.es www.rayoverdeeditorial.com BIC: FA Depósito legal: b-25945-2012 ISBN: 978-84-15539-24-7 Impresión: El Tinter Este libro se ha realizado con tintas compuestas con aceites vegetales y con planchas que reducen el consumo de tinta. El plastificado de la cubierta se ha llevado a cabo con un polipropileno reciclable al agua y que aumenta la durabilidad del libro. El transporte y embalaje de estos libros se ha efectuado con cajas de cartón corrugado 100% reciclado. Se ha evitado el uso de envoltorios plásticos. Una vez leído el libro, si no lo quieres conservar, lo puedes dejar al acceso de otros, pasárselo a un compañero de trabajo o un amigo que le pueda interesar. En el caso de querer tirarlo (algo impensable), hazlo siempre en el contenedor azul de reciclaje de papel.
Impreso en España - Printed in Spain La editorial expresa el derecho del lector a la reproducción total o parcial de esta obra para uso personal.
El joven Nathaniel Hathorne Víctor Sabaté
A Carmela
Round and round the shutter’d Square I stroll’d with the Devil’s arm in mine. Not sound but the scrape of his hoot was there And the ring of his laughter and mine.
«Nocturne», Enoch Soames
El joven del gabán
Estoy seguro de que no creeréis mi historia, y quizá sos pechéis que ni siquiera yo debo de creer en ella. Sois, por supuesto, libres de hacerlo. También yo he pensado que lo que me ha sucedido, este plagio inverosímil del que creo haber sido víctima, es algo imposible, y que, en consecuen cia, el hecho de escribir un libro a partir de ello bordeará la extravagancia o la ridiculez. Pero también me parece que es justamente su imposibilidad la que lo convierte en un robo perfecto: un robo en el que ni siquiera la víctima pue de permitirse creer. Cierta o no, fruto de mis delirios o no, me parece que la historia merece ser escrita. No conozco a nadie que haya contado nunca algo así, aunque sospecho que mi experiencia no ha sido única; tal vez lo sea el deseo de hablar de ella, y tal vez este deseo me permita, de aquí a un tiempo, resolver o demostrar ciertas cuestiones. Antes de empezar, sin embargo, antes de la narración de los hechos y de las hipótesis que he imaginado para justificarlos, deberé detenerme en las circunstancias que los rodean. Puede que ésta os parezca una rememoración
11
innecesaria, torpe y narcisista. Es posible que tengáis ra zón en lo segundo; a fin de cuentas, estas vacilantes pági nas suponen mi reencuentro con la escritura después de muchos años. Es posible también que tengáis razón en lo tercero: nunca me he distinguido por la discreción o la humildad, al menos mientras escribía (y, sin embargo, aún es fuerte la tentación de publicar este libro bajo seu dónimo, como sucederá con la primera versión del tex to*). En ningún caso tendréis razón si pensáis que se trata de una rememoración innecesaria. Es cierto que el objeti vo de estas páginas no es la exposición de mis ilusiones de juventud, ni de mis ambiciones frustradas, ni de las tris tezas que inevitablemente nos asolan de vez en cuando. Soy consciente de que todo eso carecerá de interés para vosotros, como carecen de interés las vidas comunes de los hombres comunes, y sé que este libro sólo se justifica por la parte insólita de la narración. Pero, debo insistir, estas divagaciones que la anteceden (que ya la están an tecediendo) son un incómodo pero necesario contexto; sin ellas, la historia que me propongo contar carecería de sentido; sin ellas, no estaría completa. Permitidme, en tonces, que empiece hablando de mí. Hace diez años me encontraba a las puertas de la li cenciatura en Derecho. Era un joven inexperto, huraño, * Nota del editor. Mientras se prepara la publicación de esta novela, una versión en inglés del tercer capítulo acaba de ser publicada de forma autónoma y acompañada de un breve exordio en el octavo número de la revista Dissonances de la Universidad de Bowdoin, con el título «Young Nathaniel Hathorne» y firmada con el seudónimo I. A. Ireland.
12
indolente, tímido, y tenía un sueño desesperado y persis tente que arrastraba desde la adolescencia: convertirme en escritor. Tenía medio año por delante para alcanzar ese sueño: una estancia en Bowdoin como profesor asistente, para completar las prácticas de fin de carrera; seis meses que representaban mi última oportunidad antes de que el engranaje de rutinas y obligaciones de la vida adulta pusiera en peligro mi pasión por la escritura. Ya desde la adolescencia me había creído destinado a la literatura, pero lo cierto es que aquella convicción no había sido demasiado favorable: era tan fuerte, y me sen tía yo tan ligado a aquel destino, que había desarrollado una preocupante tendencia a la postergación: dado que lo natural es que las determinaciones se cumplan, no pare cía haber ninguna prisa en alcanzar la mía. Tampoco me había servido para evitar errores: al terminar el instituto cometí la imprudencia de basarme en aquella convicción literaria para elegir carrera. Las dos únicas opciones que consideré fueron Periodismo, que en mi candidez post adolescente imaginaba más cercano a la vida, a la calle, y Filología, que con igual candidez me parecía una opción casi monacal, un retiro de las cosas mundanas, una tópica torre de marfil. Como mi inclinación natural me condu cía (y aún me conduce) precisamente hacia la soledad y el alejamiento de las actividades sociales, me decidí, a modo de mecanismo compensatorio, por la opción vital que re presentaba el periodismo. Entonces fue cuando topé con el sistema universitario: la amarga certidumbre de que el periodismo, o al menos la licenciatura en Periodismo, o al menos la licenciatura
13
en Periodismo en una universidad española, es el peor camino para quien quiera escribir ficción. Pocas semanas después de empezar ya supe que desertaría: me pasé el año entero entre la cafetería y la biblioteca, leyendo, fumando y escribiendo parodias de obras clásicas protagonizadas por los profesores de la facultad: Paco Veiga en Colonos; Don Ramón Sala de la Mancha; La tragedia de Joan B. Culla, príncipe de Dinamarca… Antes de terminar el curso hablé con mis padres y les conté que había decidido abandonar la carrera. Mis pa dres, procedentes de aquella generación para la que los estudios universitarios de sus hijos son una cuestión de honor, una especie de desagravio por la falta de oportuni dades educativas que ellos mismos padecieron, recibieron la noticia con decepción, y no sin reproches. Aceptaron seguir pagando mis estudios, pero habría dos condiciones: no se admitirían más deserciones, y esta vez ellos elegi rían la nueva carrera: Derecho. Por mi propio bien. Por mi propio futuro. No pude oponerme; el año perdido, el gasto inútil, y, sobre todo, aquellas miradas paternas, cargadas de resig nación ante la expectativa no satisfecha, me hicieron sentir demasiado culpable para ello. Por supuesto, la perspecti va de una licenciatura en Derecho me parecía desoladora, pero no me faltaban consuelos: era imposible que Derecho fuera peor que Periodismo, y tendría unos cinco años para consagrarlos a la escritura de al menos un libro que me abriera camino en el mundo de las letras, sin más distrac ción que unos molestos pero simples ejercicios memorísti cos en forma de exámenes trimestrales.
14
Pero, ay, la pereza, las novelas de los demás, la confian za en que mi talento me permitiría salir adelante tan pronto como me lo propusiera, los manuales de derecho mercan til, civil y penal, los leves desamores, las vagas borracheras; todo conspiraba contra mis buenas intenciones, y al llegar al último año apenas había escrito unos cuantos relatos breves y un par de esbozos y primeros capítulos de nove las que no terminaría nunca, porque el talento me había permitido superar aquellas etapas de mi aprendizaje lite rario sin la enojosa exigencia de completarlas. De forma que afronté el último curso como una cuen ta atrás, una carrera de escritura contrarreloj: había que terminar un libro, el libro que me permitiría no tener que ejercer jamás la abogacía y que supondría mi entrada por la puerta grande en las letras españolas. Me propuse una am biciosa novela que divagaría largamente sobre otro libro, aún inexistente, pero tan puro, tan bello y tan verdadero que, cuando algún escritor finalmente lo escribiera, cuan do alguien lograra poner sobre el papel la combinación de letras que lo conformaban o que podían conformarlo (y a lo largo de la historia algunos hombres —Homero, Dante, Rimbaud, Proust, Borges— se habían acercado mucho), en el momento en que eso ocurriera, el universo se disol vería, porque, como dijo Mallarmé, el universo existe para llegar a un libro, el universo habría existido para llegar a ese libro, y su existencia no tendría sentido cuando aquel libro prodigioso y heroico ya hubiera sido escrito. A pesar de mi ambición, el resultado de mis esfuer zos fue mucho más prosaico: el borrador de un relato con aquel argumento y el aprobado en todas las asignaturas
15
del último curso. Ya casi podía considerarme licenciado. Sólo un prácticum de fin de carrera me separaba del abis mo de la pasantía y de una vida laboral completamente alejada de la literatura. Una vez más, me refugié en la esperanza de un nuevo aplazamiento: el prácticum aún podía salvarme. El pre texto del perfeccionamiento de mi inglés, otra de las obse siones para la generación de mis padres, funcionó: los convencí de que lo mejor era una estancia en el extranje ro. Mi tutor en la facultad me consiguió un puesto como asistente en prácticas de un amigo suyo, un profesor de Derecho Internacional en la universidad norteamericana de Bowdoin. Así fue cómo, hace diez años, Nueva Inglaterra, un te rritorio propicio para la literatura, en el que los escritores parecen proliferar mágicamente, se convirtió también en el territorio en el que se decidiría el éxito o el fracaso de mi vocación. Llegué a Bowdoin a principios de verano, con la idea de pasar allí unos meses antes del inicio del año académi co. Por las mañanas asistía a unos cursos de inglés para estudiantes y becarios extranjeros que ofrecía la universi dad, en el college. Una vez terminadas las clases, después de un temprano almuerzo, me quedaba toda la tarde, has ta la hora del cierre, en la HawthorneLongfellow Library. Acostumbrado a la furtiva biblioteca subterránea de mi universidad en Barcelona, la HawthorneLongfellow me pareció deslumbrante, como una gigantesca caja de vidrio en mitad del frondoso campus. Un gran bloque acrista lado enmarcaba la entrada a la biblioteca en la fachada
16
principal. Flanqueaban el bloque de vidrio unos paneles estrechos de ladrillo rojo que se alternaban con columnas de piedra blanca y con otras columnas de vidrio, en un diáfano equilibrio de líneas verticales y horizontales. En las fachadas norte y sur, a los costados de la biblioteca, tres amplios ventanales en forma de arco, coronados por vise ras de piedra y rodeados de vegetación, prometían horas de lectura feliz y luminosa. Dos cuadros presidían el hall de entrada, en honor de los dos célebres compañeros del curso de 1825 que daban nombre a la biblioteca: a un lado, un maduro Nathaniel Hawthorne, con mostacho adusto y expresión casi malhumorada; al otro, Henry Wadsworth Longfellow, entrañable y santacláusico. Yo repetía la misma rutina todos los días: llegaba a la biblioteca después del almuerzo, me sentaba siempre en la misma mesa, en un rincón, cerca de los ventanales de la fachada norte, sacaba el ordenador portátil de mi bolsa e intentaba adentrarme en mi novela. Pensaba que la mo notonía me haría bien, que necesitaba una vida exterior sin acontecimientos, centrada en mi propio mundo, y que con ello propiciaría el surgimiento de otros mundos, los mundos que poblarían mi libro. Pero, por desgracia, mi capacidad de distracción siempre encontraba un resquicio por el que abrirse paso para destruir mi bienintencionada pero débil disposición de trabajo. Cualquier pretexto ser vía para abandonar o postergar la redacción de la novela: en ocasiones un afán de perfeccionismo en los ejercicios de inglés de las clases de las mañanas; a menudo, el pe rentorio deseo de leer algunos de los miles de libros que tenía a mi alcance, tanto en el edificio de la Hawthorne
17
Longfellow como en el bloque anexo, el Hubbard Hall, donde se encontraba la sección de literatura; otras veces, la consulta de algún dato por internet que súbitamente me parecía imprescindible para seguir avanzando en mi libro. Pero también bastaba para distraerme la hipnótica y modesta contemplación, a través de los ventanales, del tránsito de estudiantes por los senderos que rodeaban la biblioteca. Ya he dicho que era verano: los pocos alumnos que ron daban por el campus preferían aprovechar el buen tiempo para leer en los jardines, sentados en pequeños grupos sobre el césped. La biblioteca, y en concreto la parte de la biblioteca en la que me había instalado, solía estar casi desierta. De vez en cuando algún bibliotecario se acerca ba con el carrito para devolver los libros a los estantes, o algún alumno, casi siempre extranjero, ojeaba la sección de revistas y periódicos o utilizaba los ordenadores de uso público para acceder a internet. A veces, algunos de estos alumnos eran compañeros de mis clases de inglés. Al re conocerme, me saludaban e inexplicablemente trataban de darme conversación (supongo que siempre es menos intimidatorio practicar el idioma que uno intenta apren der con otro extranjero que con un nativo). Mis respues tas monosilábicas no tardaban en ahuyentarlos; no tenía ningún interés en socializar. Había, sin embargo, un peligro: alguien que no se hu biera detenido ante eso, alguien que hubiera insistido, con consecuencias catastróficas para mi concentración: una chica francesa, rubia, de nariz achatada, casi porcina, so bre la cual parecía inconcebible que pudieran sostenerse
18
sus gafas funámbulas. Había venido, como yo, para ha cer unas prácticas a partir de septiembre, y también es taba dedicando el verano a mejorar su inglés. Desde que el primer día de clase le resolví una duda sobre tiempos verbales se sentaba siempre a mi lado y, en los minutos de espera antes de que llegara el profesor, no dejaba de interesarse, con su acento apocalíptico, sobre qué hacía yo por las tardes. ¿Dónde me escondía? No me había vis to por ningún lugar en el campus, y eso que le gustaba pasear por él, hasta el punto de que ya lo conocía como la palma de su mano. Yo sonreía, y desviaba la mirada hacia la puerta, como si algo me hubiera hecho presentir que ya iba a entrar el profesor, y entonces ella me expli caba lo que había hecho el día anterior, y lo que planeaba hacer aquella tarde, y al día siguiente, con la esperanza, imagino, de que alguna vez sus planes me resultaran tan atractivos que no pudiera evitar suplicarle que me dejara acompañarla. Y es cierto que alguna vez el pequeño demonio de la perversidad que saboteaba mi escritura me había tenta do; ¿qué había de malo en ceder a aquel asedio y relajarme un poco, aunque fuera por una sola tarde? Pero yo sabía que las cosas no serían tan simples, que la voluntad es una construcción imprevisible, tan fuerte como la más débil de sus partes, y que un solo día sin acudir a la biblioteca con la intención de trabajar en mi novela podría poner en peligro mi determinación. Era cierto que aquella determi nación se desmoronaba todas las tardes con distracciones ridículas, pero también lo era que cada noche era prome teicamente reconstruida, y que si seguía pasando las tardes
19
en la biblioteca mi libro podría tener alguna posibilidad de éxito; en cambio, si cedía al asedio francés, abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis. De modo que, un poco para evitar procurarme una nueva coartada que me alejara de la novela, pero también un poco por mi incapacidad para manejarme en esas situa ciones de flirteo, había ignorado a mi entusiasta francesa. Confesaré, sin embargo, que si el asedio hubiera prove nido de la chica ucraniana que solía sentarse dos filas por delante habría sido más difícil resistirse. El peligro se presentó una tarde en la biblioteca. Yo me encontraba en mi lugar habitual, donde acostumbraba a sentarme siempre, dándole los últimos retoques al primer borrador a mano de un pequeño cuento que pensaba en tregar como ejercicio para mi clase de inglés. El cuento trataba sobre un comerciante de tabaco que, de manera inverosímil, conseguía resolver un crimen antes de que se produjera. Ingenuamente, lo había ambientado en la estepa rusa, con la esperanza de llamar la atención de la otra chica, que en aquel momento suponía rusa y no ucraniana. Entonces, desde mi mesa vi pasar a mi com pañera francesa, caminando al otro lado de los ventana les. Giré la cabeza de inmediato; mi gesto fue tan súbito que es probable que llamara más la atención debido a él. No sabía si me había reconocido, y girarme de nuevo para comprobarlo era un riesgo que no podía correr. Preferí, entonces, ponerme en el peor de los casos y suponer que sí, que me había visto, y que en esos mismos momentos estaba dirigiéndose a la entrada de la biblioteca, para ve nir a saludarme y a tentarme. Había que tomar una deci
20
sión rápida. A toda prisa, guardé el ordenador en la bolsa, recogí los folios en los que estaba escribiendo el relato, mi diccionario y el par de libros que me acompañaban, me levanté, y me oculté en el laberinto de estanterías. Pero ningún rincón me parecía lo suficientemente seguro; con cautela, me encaminé hacia las escaleras que conducían al sótano, y recorrí el pasadizo subterráneo que unía la HawthorneLongfellow con el edificio anexo. El Hubbard Hall era la antigua biblioteca de la uni versidad. Había sido construido a principios del siglo XX y, a pesar de que unas décadas después la Hawthorne Longfellow lo había sustituido como biblioteca principal de Bowdoin, aún conservaba las secciones correspon dientes a algunas materias, entre ellas las de literatura. La sección de literatura norteamericana, que ya había visitado con asiduidad durante aquellas semanas, sería un buen lugar en el que guarecerme. Dejé mi maletín, mis libros y los folios manuscritos en una de las peque ñas mesas de consulta. Estaba demasiado alterado para seguir escribiendo mi ejercicio. ¿Sería el peligro francés lo suficientemente perspicaz para sospechar mi huida y para adivinar, a partir de mi fervor por la literatura, que el Hubbard Hall era el escondite más probable? Pensé que, si me encontraba allí, la evidencia de mi fuga sería doblemente vergonzosa, y me haría más vulnerable a sus proposiciones. Tal vez si me refugiaba entre los estantes para seleccionar algunos libros alejaría aquellos pensa mientos paranoicos que me asaltaban. Pero no conseguí dominar mi inquietud: cada pocos segundos levantaba la cabeza y miraba a lado y lado de los pasillos, y cambiaba
21
continuamente de sección. Todo estaba tranquilo. Tal vez el peligro había quedado atrás. Tal vez mi estrategia de ocultación había funcionado. Al levantar la mirada hacia uno de los extremos del pa sillo en el que me encontraba, sin embargo, sorprendí una mirada familiar: la de mi compañera de clase ucraniana. Traté de disimular y tomé el primer libro que mi mano temblorosa pudo alcanzar, un tratado sobre literatura fan tástica norteamericana. Lo abrí, sin dejar de mirar al sesgo a la ucraniana. Ella hizo un gesto, como pidiendo a alguien que se acercara. Me temí un complot femenino; la ucra niana se habría hecho amiga de mi perseguidora, y ahora le estaba ayudando a encontrarme. En unos segundos, el peligro francés se asomaría por el pasillo y me invitaría a pasear por el campus, tomar un helado, ir al cine, besarnos entre los arbustos, cenar una pizza mientras me cuenta su vida en Toulouse y su novio francés y su perro, y mi pro yecto de novela quedaría fulminado. Pero las cosas no sucedieron de ese modo. Quienes se asomaron a petición de la ucraniana fueron dos de las chicas que solían sentarse con ella en las clases de inglés. Las tres se quedaron mirando y rieron en silencio, con una risa de hospital. Comentaron algo entre ellas mientras aún sonreían y luego desaparecieron. Me quedé consternado. Siempre me he sentido humillado en las situaciones en las que soy el centro de atención e ignoro por qué. Mi prin cipal consuelo en esos casos es que muchas veces termino por darme cuenta de que creía ser el centro de atención, pero en realidad seguía siendo tan invisible como de cos tumbre, lo que no sé si debería afligirme aún más. Tam
22
bién fue así en esta ocasión. Al voltear hacia el otro lado para asegurarme de que seguía lejos del peligro, vi a un joven apenas un metro y medio por detrás de mí. ¿Cómo había conseguido deslizarse hasta allí tan silenciosamente, sin que yo me diera cuenta? En cualquier caso, era imposi ble que yo hubiera llamado la atención de nadie teniéndo lo al lado. Alto, atractivo, de piel limpia y rosada y labios muy finos, unas entradas rudimentarias preludiaban su melena encrespada y brillante, como de genio perplejo. Vestía de un modo excéntrico: camisa anticuada, blanca, con el cuello levantado hasta casi cubrir la parte inferior de las mejillas; un chaleco negro; un insospechado gabán también negro. Con una mano sostenía un libro, con la otra abría y hojeaba otro, los apilaba en el suelo, los sope saba, los volvía a tomar y los descartaba como un tahúr en plena partida. De repente centró su atención en un grueso volumen que sobresalía de uno de los estantes inferiores. Se arrodilló y lo cogió, esta vez con las dos manos. Pasó páginas febrilmente; de vez en cuando se detenía y reco rría las líneas con la mirada y sacudía la cabeza. Me quedé mirando el espectáculo durante uno o dos minutos, sin que en ningún momento el joven levantara la vista para protestar por mi impertinencia. Al fin, me di cuenta de que mi actitud podría incomodarle, y decidí que ya era el momento de regresar a la HawthorneLongfellow. Bajé las escaleras y poco antes de llegar al sótano me detuve en el lavabo y en las máquinas expendedoras. Cuando ya estaba a punto de enfilar el pasillo que comunicaba los dos edificios advertí que había olvidado mis cosas en la sección de literatura norteamericana. Al volver a pasar,
23
ahora por el otro lado, por la sección en la que había visto al joven del gabán, desvié la vista para comprobar si toda vía se encontraba allí. No había nadie. Cuatro cerros en el suelo era todo lo que quedaba de él. Me acerqué para curiosear qué libros había estado consultando con tanta atención. Había un poco de todo: algún clásico, algu nos autores desconocidos, algunas historias de literatura norteamericana del XIX, y el grueso volumen que tanto había captado su atención: una enciclopedia de autores norteamericanos, que devolví a su lugar en el estante. Al regresar a mi mesa comprobé con desconcierto que los fo lios en los que había escrito el cuento que pensaba entre gar como ejercicio al día siguiente habían desaparecido. Algún gracioso, quién sabe si la misma falsa rusa a la que habría querido impresionar, había aprovechado mi larga ausencia para birlármelos. No me importó. Resentido de manera absurda pero irrevocable por las risas que pri mero había creído dirigidas a mí, ya había decidido que no iba a continuarlo y que, así de temible era mi rencor, escribiría una variación del mismo argumento, pero no ambientada en Rusia. De manera que recogí mis cosas, regresé a la HawthorneLongfellow y dediqué el resto de la tarde a escribir una nueva versión del cuento. Las cosas siguieron igual durante las siguientes se manas. Mantuve mi rutina con grandes esfuerzos, y sólo una súbita y fuerte fiebre me apartó de la biblioteca y de las clases de inglés durante unos pocos días; mantuve sin mayores esfuerzos mi fracaso en la redacción de la novela, que apenas avanzaba; mejoré lentamente mi inglés; seguí leyendo clásicos de literatura norteamericana que aún no
24
conocía; mi peligro francés cada vez me parecía menos un peligro que una tentación, y seguía ofreciéndose día tras día (si bien es cierto que cada vez con menos convicción), y mi tentación rusa o ucraniana seguía manteniéndose fuera de mi alcance, mientras el verano se derramaba calmada mente sobre el campus, sin gloria ni derrota. También vi un par de veces más al joven del gabán, ya sin gabán ni chaleco y con un peinado menos llamativo, siempre oculto entre los corredores de la sección de literatura norteameri cana del Hubbard Hall, rodeado de libros, entregado a la ascética y apresurada lectura de un libro tras otro, con la enciclopedia de autores siempre cerca. A finales de agosto comprendí que no iba a conseguir acabar mi novela. Había reescrito ocho veces el primer capítulo, sin obtener resultados satisfactorios en ninguna de las versiones. Estaba cansado, y la obcecación con la literatura empezó a parecerme absurda; lo cierto es que cuando se escribe una novela siempre se está corriendo al borde del abismo, y la habilidad del escritor consiste en acercarse a él tanto como sea posible, sin precipitarse. Pero yo me había despeñado, había caído rodando sobre mí mismo, golpeándome una y otra vez contra las rocas, me había desgarrado la ropa, me había partido todos y cada uno de los huesos, y ahora yacía, con el orgullo des trozado, retorcido como un muñeco entre los arbustos, en el fondo del precipicio. Tenía que asumir que mis sueños literarios terminaban allí. Si durante todo el verano, con la única ocupación de un insípido curso de inglés, había sido incapaz de escribir la novela que debía impulsarme a la celebridad, tampoco iba a ser capaz de hacerlo en los
25
tres meses siguientes, con la ajetreada vida que me espe raba como profesor ayudante, y aún menos después, al regresar a Barcelona, con la pasantía, y el trabajo en algún bufete: la vida burguesa, el dinero, la falta de tiempo, el ocio fácil que ese dinero permite comprar para rellenar nuestro escaso tiempo libre, el trabajo dispuesto a sor ber hasta la última gota de creatividad de mi cerebro. No había esperanza para la literatura. Aquello ya no era una coartada, era una realidad. De modo que guardé el ordenador en mi maletín, or dené mis esquemas y anotaciones, los introduje en una carpeta y me dispuse a olvidarme de la novela y a disfru tar lo que la vida en Bowdoin pudiera ofrecerme durante las pocas semanas que faltaban antes de empezar mi pe ríodo de prácticas. Dejé de resistirme a las propuestas de la francesa, que ya no representaban ningún peligro para mí. Casi todos las días la acompañaba a donde quisiera llevarme: paseamos por el campus, fuimos al cine, nos encerramos en su cuarto en pudorosas tardes de amor, hicimos algunas excursiones a Portland, a Boston, a Sa lem, y al Sebago Lake y a otros de los muchos lagos que salpican el estado de Maine; escuché historias sobre la nostalgia de la mantequilla y los quesos, sobre el carácter de los norteamericanos, sobre un perro y un exnovio en Toulouse. Y lo cierto es que me sentí mejor. Y la conse cuencia natural de mi mejora fue una reconstrucción len ta pero imparable de mis ambiciones literarias. Siempre hay lugar para las excusas, pero también para la esperan za. Ahora, podía asumir que no iba a ser la joven promesa que irrumpiría en la literatura española como un meteoro.
26
No iba a golpear por sorpresa ni a abrir un boquete en ese suelo árido. Ninguna multitud se apiñaría a mi alrededor y preguntaría: «¿De dónde viene?»; «¿Cuál es su nom bre?»; «¿Cuál es su propósito?». Nada de eso sucedería. Podía asumirlo; ahora podía asumirlo. De todos modos ya estaba viejo para ser un Rimbaud. Y había otros cami nos. Podía seguir fraguando mi obra lentamente. Nada impedía que la irrupción estelar que había imaginado no pudiera producirse a los treinta o a los cuarenta o a los cincuenta años en lugar de a los veintitrés. La carpeta con las notas y borradores de mi novela permanecería cerra da, en el fondo de mi maleta. No la tocaría. Terminaría mi prácticum y me licenciaría, y luego seguiría, con apa rente docilidad, el camino que otros habían trazado para mí: la abogacía. Pero no apagaría esa llama. Algún día, tal vez cinco años más tarde, tal vez treinta, pero algún día, recuperaría esa carpeta y terminaría lo que había empezado. El sueño de fama imperecedera, que, sueño como es, resulta más poderoso que mil realidades, segui ría aguardándome. Pero todo eso que imaginaba en los lagos de Maine jun to a mi tentación francesa y que seguí imaginando durante los meses siguientes, mientras trabajaba como un esclavo a cambio de la convalidación del prácticum por parte de un miserable profesor de Derecho Internacional, se disol vió lentamente en el tiempo.
27