Una mañana de mediados de septiembre mi madre me telefoneó para avisarme de que al cabo de unos días comenzarían las obras en el tejado de nuestra casa. Eso dijo: nuestra. Pero desde hacía tiempo yo tenía otra casa de la que ocuparme en otra ciudad, una casa que alquilaba con otra persona; ya no existía una casa a la que habría calificado de nuestra, esa etiqueta se había despegado al marcharme y en los años siguientes me había encargado de limpiar su recuerdo con esmerada violencia. Sí, sabía que el tejado se estaba cayendo —llevaba cayéndose desde mi nacimiento, no había hecho más que desmoronarse y llover en forma de polvo y cascotes durante toda la vida que había vivido ahí dentro—, pero yo no era en modo alguno responsable, porque no se es culpable de las cosas que no queremos heredar y que ya hemos repudiado. Escribía para la radio historias verdaderas ficticias que habían tenido una popularidad inesperada, tenía un marido, un trabajo, una ciudad distinta, nuevas noches y otro tiempo. Mi madre dijo que siempre se había tenido que ocupar sola de todos los problemas, que la casa pesaba sobre
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sus hombros, que ya estaba cansada; arreglar el tejado, plano y embaldosado y que servía también de terraza, sería su último gesto de generosidad porque, claro, no podía poner a la venta la casa así, agujereada, para comprarse otra más pequeña y más sólida. Dijo que una empresa repararía los agujeros excavados por el mal tiempo, el aislamiento deficiente y las antiguas obras de los vecinos, mientras en nuestra casa —repitió: nuestra— bajo el tejado, bajo los pies y el trabajo de los albañiles, ella y yo nos dedicaríamos a cribar muebles, utensilios y libros para empezar a vaciarla: no quería que un día le echase en cara el haber regalado mis cosas, era necesario que yo regresara y eligiera de qué había que desprenderse. Pensé que sería fácil, porque aparte de una caja roja de hierro guardada en el fondo de un cajón, lo demás no me importaba. Preparé una maleta con unas pocas prendas y algo de ropa interior y compré en internet un billete de tren para el día siguiente: miraría por la ventanilla durante el largo tramo del ferrocarril calabrés que discurre junto al mar hasta Villa San Giovanni y desde allí tomaría el transbordador a Mesina para reunirme con mi madre y ayudarla como pedía. Esa noche soñé que me ahogaba. Calentaba la cama el pie de mi marido apoyado sobre mi tobillo y, en un momento dado, de la tibieza bajo la sábana pasaba a meterme en el agua. Caminaba como si supiese adónde iba y el agua me refrescaba los tobillos, las pantorrillas, las rodillas y después las nalgas, las caderas, la barriga, el pecho y los hombros, y luego la barbilla y la boca hasta que, en
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cuanto intentaba hablar, una ola me tragaba y desaparecía. Un momento antes caminaba, un momento después me ahogaba: no se me nublaba la vista y no perdía fuerzas, solo ocurría eso, que en un instante me adentraba en el mar y mi cuerpo ya no existía. Me desperté y me incorporé. En voz baja llamé a Pietro, mi marido, no porque lo necesitara, sino porque no quería excluirlo del hecho de que me estaba muriendo. Me parecía importante morir y quería que él fuese testigo. Tenía los brazos y las axilas sudadas, sudor en la frente y en los hombros; él me agarró del codo y con esfuerzo abrió los ojos y se sentó a mi lado. No había nada que pudiéramos decirnos para que me llegara el consuelo y sentí que de mi sueño no podía compartir ni el agobio ni el miedo. Una vez, hacía más de diez años, cuando llevábamos juntos apenas unos meses, le había reprochado que se interesara poco por mis pesadillas; de niña mi abuela paterna me animaba a contárselas, si no las cuentas no te liberas, decía, y ahora que ella ya no estaba, si él no preguntaba yo no podía contarle y no me liberaría de nada. Y así, por las noches Pietro había tomado la costumbre de preguntarme cómo estaba cuando me despertaba sobresaltada, y también por la mañana, antes de ir a trabajar: cuéntame qué has soñado, insistía e insistía, y yo intentaba contestar, pero no funcionaba, las cosas nunca funcionan cuando se trasladan de una época a otra, están bien donde están y siempre hay un motivo por el que los recuerdos deben permanecer en los recuerdos y no ir a molestar en el presente. Me había equivocado al hablarle de mi abuela: con ella, en la cama matrimonial perfumada por sábanas antiguas, el relato
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fluía de forma natural, mientras que abrirme con él me costaba trabajo. Esa noche fue igual, ninguno de los dos tenía ganas de palabras y aquel acuerdo entre nosotros quedaba lejos, como lejos quedaba la época en que respondíamos al miedo con el deseo, a las pesadillas con el sexo. Cogí la botella de agua de la mesilla y bebí largos sorbos. Mi marido me rozó la espalda con el amor que nos teníamos entonces, un amor cansado, hecho de manos no demasiado íntimas que acariciaban la barriga a la altura del ombligo, manos desesperadas aferradas al borde de una camiseta, al elástico de las bragas, un amor que rara vez se convertía en otra cosa e iba más allá, un amor que, estático, se quedaba dando vueltas en el afecto, se partía en dos y tras una breve ilusión se retraía para que volviéramos a ser dos entidades bien separadas. Yo bebía y tragaba y Pietro me agarraba un brazo, yo me tumbaba y él también se tumbaba, me volvía de lado y él se volvía primero hacia mí, haciendo cuchara, y luego del lado opuesto, y por último nos restregábamos espalda contra espalda para acunarnos tratando de volver a dormirnos. Seguirme con esfuerzo, medio adormilado, era su manera de amarme, la manera en que las personas pueden seguir amándose al cabo de diez años; en un momento dado nuestros cuerpos habían dejado de funcionar juntos, de ensamblarse en el sueño y en la vigilia que lo precede, nos repelíamos. El sexo es un lenguaje, y entre Pietro y yo había habido muchas palabras pronunciadas durante la primera época de nuestra relación, cuando yo me escapaba de Sicilia y de una familia incompleta y llena de silencios y él me recibía en Roma haciendo las veces de compañero,
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padre, hermano. Entonces, además de la ciudad había encontrado mi nuevo yo, y él estaba ahí, siempre ahí, con una disponibilidad que me conmovía. En aquellos primeros meses nos desnudábamos en cuanto podíamos y después de habernos deseado hasta la extenuación éramos felices, aunque un detalle habría podido advertirnos de que aquello no duraría: nunca hacíamos el amor dos veces, la primera nos colmaba y enseguida comenzábamos a apartarnos y a vestirnos. Conseguíamos darnos cuanto buscábamos en un tiempo mínimo que no se ampliaba nunca, tras el cual restablecíamos nuestra irreductibilidad, aquella extrañeza que había sido también nuestra norma de atracción. Pero pronto, demasiado pronto para una historia que pretendía ser la historia de la vida, aquella extrañeza se había vuelto nuestra enemiga. El cuerpo había dejado de ser el lugar de la comunicación. La dulzura se concentraba en las ceremonias cotidianas, en los diálogos y las atenciones, y durante el día, aunque nos peleáramos, nunca nos hacíamos daño de verdad: vivíamos el uno a la sombra del otro, cuidándonos con un mimo para mí desconocido; durante un tiempo, al terminar el deseo, habíamos practicado un ritual propio para darnos placer; después ese intercambio también se volvió inutilizable como un viejo diccionario. La culpa, ya lo sabía, la tenía yo. Debí de ser yo la primera en cerrarme, no estaba acostumbrada a la apertura, a la comunión. Pero a Pietro, solo a él, le había contado la historia de mi padre, y no había puesto ninguna objeción, había aceptado la anomalía. Nos habíamos conocido tres semanas antes, los dos teníamos poco más de veinte años
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y en nuestra primera cita de verdad se había presentado con un paquete: dentro había una camiseta azul de patinadora y un diario de tapas duras. En aquel momento vi en él al hombre que esperaba. No sabía que de niña había patinado mucho, no sabía que se lo contaba todo sobre mí a unos diarios ocultos en unos cajones. Sin embargo, lo sabía. Así que le confesé que mi padre había desaparecido cuando yo tenía trece años. No se había muerto, simplemente se había esfumado en la nada, había aclarado yo esperando la temida pregunta: ¿tu madre y tú no hicisteis nada para retenerlo? Pietro no me hizo esa pregunta. No me preguntó nada, escuchó con atención las pocas frases que quise concederle: mi padre, profesor de instituto, había salido de casa una mañana para no volver nunca más. Entonces él cambió de tema. Me dijo que el trabajo que yo buscaba en la escuela secundaria no sería adecuado para mí: las vidas de los otros, de alumnos, padres y colegas, me habrían aplastado y al cabo de poco tiempo me habría sentido sometida e infeliz. No dijo que las vidas no se repiten y que no tenía sentido seguir los pasos de mi padre convirtiéndome en profesora como él: puso el acento en otra cosa. El gentío en las aulas y en los zaguanes no me daría tregua, lo que debía hacer era empezar a escribir y volcar en mis historias el dolor que no sabía quedarse en otra parte. Hasta aquel momento Pietro y yo siempre nos habíamos visto en situaciones alegres; descubrí así que llevaba aquel dolor reflejado en mis ojos y me convencí de que su capacidad de leerlo era algo fuera de lo normal. Sobre esa convicción había fundado nuestra vida. Día tras día
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me había puesto en sus manos, su seriedad era una roca y como todas las rocas tenía unas paredes que podían resultar hostiles y difíciles de escalar. A veces me decía que nunca más sabría pedir cita en el dentista yo sola y que no pagaría las facturas y los impuestos si no archivaba los recibos en las carpetas que él había preparado para la casa que alquilamos; estar juntos a diario, tomar juntos todas las decisiones, conocer de memoria el olor, el sexo, el carácter del otro: eso era el matrimonio. Lo demás era un mar tormentoso y desconocido que no valía la pena surcar. Noté que mi marido se restregaba contra mi espalda durante cinco o diez minutos y después volvía a dormirse, mientras yo me quedaba acurrucada de cara a la pared con la esperanza de no tener que enfrentarme otra vez al agua; la noche ocultaba armas para defenderse, pero las había agotado todas. Me estaba volviendo invisible, pero si me hubiese ahogado, si me hubiese muerto, habría querido que Pietro me viese. El contrapeso del más negro de los miedos es siempre una ligereza inesperada, por eso me dieron ganas de hacer el amor como si hubiésemos podido devorarnos, como en los primeros tiempos: me di media vuelta y empecé a acariciarlo con ímpetu, pero soltó un grito que interrumpió el ritmo de su respiración mientras su cuerpo se contraía a la defensiva. Podíamos rozarnos y acunarnos, pero la posibilidad de hacer el amor nos impulsaba a apartarnos como animales aterrorizados: no hubiera supuesto tener más confianza sino menos, perder ese poco de intimidad corporal que con trabajo habíamos adquirido. Nos conocíamos demasiado bien para desafiar el pudor de vernos desnudos, una vista a
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la que ninguno de los dos habría podido abandonarse, no porque no nos pareciera bello y atractivo el cuerpo del otro, sino porque no habríamos sabido qué decirnos ni cómo decírnoslo ahora que entre los dos dormía aquel diccionario inutilizado. Yo también me aparté, me volví del otro lado y le di otra vez la espalda. Le aferré la mano y la puse sobre la mía a la altura del ombligo, mientras cavilaba con los ojos abiertos. Pensé que le estaba agradecida por aquel consejo de hacía diez años. En mis historias verdaderas ficticias ponía parte de mi dolor y del agua que se desbordaba del pasado, y esperaba que la escritura fuera suficiente para salvarme, pero después llegaba un murmullo, la interferencia de una voz que me sugería que la gratitud no basta para evitar que un matrimonio se ahogue. Así, en el insomnio interminable, entre mi sudor, la respiración regular de Pietro y el miedo a un naufragio, esperé el alba que no había manera de que llegara. Pero tarde o temprano todo llega para destruir a las personas que hemos sido o creemos ser: con la primera luz del sol me levanté en silencio, lo besé en los labios y me fui a la estación dejándolo dormido.
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Primera parte
El nombre
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Solo se anida donde está sucio
Empujada por la multitud que desembarcaba del vientre del transbordador, superé los tornos de aquel Caronte y encontré a mi madre. Llevaba un vestido claro y corto por la rodilla, se había dejado el pelo largo por debajo de los hombros; la cara, pese a los sesenta y ocho años que deberían haberla marcado, incomodaba como la de una jovencita; su cuerpo delgado se interpuso entre la isla y yo franqueándome el paso a la ciudad. Noté que al crecer —al envejecer— había empezado a parecerse a mí, ni que ella fuera la hija; me sonrió con una ingenuidad que antaño había sido mía: descubrí entonces que no la había perdido, sino que se la había dejado a ella en herencia. Me preguntó qué tal había ido el viaje y por qué había preferido el tren al avión, pero para mí era normal subirme a un vagón en Roma, esperar a que por la ventanilla se viera el mar, bajarme en la estación de Villa San Giovanni para cortar en dos el estrecho bajo la luz de septiembre, disfrutar de las crestas de las olas agitadas por el siroco, ovillarme en el puente entre los desconocidos que fumaban asomados a la borda, elegir un punto entre Escila y Caribdis y hacerlo mío con los
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ojos durante toda la travesía. La travesía: un motivo por el que valía la pena regresar. El sol iluminó el rótulo de plástico de un supermercado abandonado: «Bienvenidos a Sicilia»; me recibieron unas luces apagadas desde hacía diez años y, deprisa y en silencio, salimos de la zona portuaria. En medio de las calles dedicadas a los mitos del mar, via Colapesce y via Fata Morgana, nos esperaba la casa. No era más que un feo sotabanco añadido tardíamente en lo alto de un palacete de época, una corona de plástico puesta a una reina de verdad; hablaban de su decadencia los restos de los frisos en los balcones inferiores, un león de melena ondulada y desmoronada, símbolos nobiliarios desteñidos y desvaídos, persianas de madera verde hechas pedazos. Allí habíamos vivido juntas más de veinte años, desde mi nacimiento hasta el día en que me marché a Roma. La infancia y la adolescencia se habían quedado velando la casa como las golondrinas, a las que oí batir las alas fuera de temporada mientras mi madre hurgaba en el bolso en busca de las llaves. Todas las primaveras anidaban en la fachada del edificio de enfrente; cuando era pequeña, por las tardes espiaba desde detrás de las persianas aquel cúmulo de hilos negros; por la mañana, en cuanto salía para el colegio, enseguida me ponía a buscar uno igual debajo de mi balcón. Con el instinto feroz de los niños, sentía que la primavera era la estación de la muerte y de la tierra marcescente bajo la celebración de las flores, pero deseaba participar de aquel engaño y sus perfumes, y rogaba por que una golondrina eligiera mi casa para fijar en ella su particular lugar de tránsito. ¿Por qué no se quedaban también en nuestra casa?, protestaba al subirme al
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coche, y mi madre, distraída, más ocupada en la marcha atrás que en tranquilizarme: mejor así, solo se anida donde está sucio. Volví a mirarla y encontró las llaves. —¿En qué piensas? —preguntó. —¿Te acuerdas del muñecote? —me vino a la cabeza, y ella se rio. Llamábamos así al vecino de enfrente, un hombre que se pasaba las tardes asomado a su balcón, encima del nido que los pájaros estaban construyendo, un nido del que él no sabía nada. Transcurría el día ajeno a las aves que se afanaban bajo sus pies, un hombre con una cara redonda y apacible como la de una muñeca. Entonces mi madre y yo abrimos la casa con él, éramos tres: se había colado entre nosotras la antigua complicidad de uno de nuestros apodos, una criatura que solo ella y yo veíamos. Al entrar noté el olor a humedad de las paredes mezclado con el del polvo. Pensé en mi marido y me aferré a su imagen: seguía en el trabajo, cansado de todo el día, tendría que enviarle un mensaje para avisarle de que había llegado. Enseguida la casa volvió a reclamar mi atención. La habitación donde había dormido, jugado y estudiado había permanecido congelada en el tiempo; el suelo y las paredes estaban ocupados por el amasijo de objetos desterrados del cuartito de la terraza, que mi madre había vaciado antes de mi llegada. Una habitación muerta, invadida por el oleaje de los recuerdos. —No había sitio ni en el despacho ni en la sala, están llenos de cascotes —se justificó mi madre con el tono imperativo de las personas que no quieren estar equivocadas.
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En efecto, en las otras habitaciones, sobre los sofás, las sillas y las estanterías se había depositado un diluvio de estuco blanco. En cambio en la mía, tendida sobre los muebles y el suelo, estaba la vida que habíamos acumulado juntas. Solo se anida donde está sucio. Estornudé. —El polvo siempre te ha molestado —observó mi madre. —No es cierto, me he vuelto alérgica al alejarme del mar. Cuando me marché de Sicilia, en primer lugar me cambió la nariz, se me tapó cada vez más, con hostilidad y desprecio por el escaso oxígeno impregnado de cemento y contaminación de la capital; después me cambió la piel por culpa del agua calcárea que salía de los grifos y del escape de los coches; por último me cambió la espalda, se me encorvó de un modo artificial de subir y bajar de los autobuses y los tranvías. Así, de mesinesa pasé a ser romana, y de muchacha pasé a ser adulta y esposa. —Cuando vivía aquí respiraba bien —insistí. En los ojos de mi madre asomó una sombría satisfacción; mientras tanto mi cansancio se había transformado en sueño, de modo que le pedí que adelantara la cena y después, por fin, me encerré sola en mi habitación. Cada uno de mis movimientos levantaba polvillo de las estanterías de madera clara repletas de libros cuyos lomos rozaba, de la almohada y de las láminas enmarcadas por las que pasaba el dedo, del cubrecama de paño rosa que aparté para acostarme: el colchón se había vuelto demasiado pequeño, para caber en él tendría que haberme cortado los pies a la altura de los tobillos. La idea me hizo sonreír, me acosté, eché a un lado las almo-
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hadas y las sábanas. De muchas de las edades que me rodeaban no debía haber conservado ningún recuerdo; en cambio, conocía la historia de la cesta de mimbre en la que me habían traído desde el hospital cuando nací, así como la leyenda de la manta de lana azul, regalo de una prima que mi madre despreciaba porque tenía un novio insulso y fornido de piernas cortas y gruesas que —repetía a menudo con un gesto de asco— había ido al hospital con una cazadora de piel y a ella, que acababa de parir, aquel olor vulgar de prenda usada le había dado náuseas. Mi madre veneraba la cesta y detestaba la manta, acostumbrada a proyectar sobre los objetos lo que pensaba de quien los había tocado; entre la primera, depositada en el suelo, y la segunda, en la cómoda, tendría que buscar mi lugar para pasar la noche. En los cajones seguía mi vieja ropa interior, saqué una camiseta y cerré los ojos para no sentir la llamada de todas las cosas.
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Primer nocturno
Me despierto con ácaros en los pulmones. Sea ansiedad o asma, no debería haber aceptado dormir aquí, volver siempre es un error. Sea el polvo o el aire de mar, no respiro bien, me dormí demasiado pronto. Soy una mujer adulta clavada a la oscuridad por las muñecas de su infancia. Las demás familias habrían conservado como mucho una, la mía ha decidido guardarlas todas. La que está sentada en la cesta en lugar de yo misma recién nacida pestañea en la oscuridad. Las casas de mis compañeros de clase eran tan ligeras que cuando entraba en ellas tenía la sensación de que levantaban vuelo; sus propietarios eran libres de dejarlas en cualquier momento, mientras que mi madre y yo, dentro de la nuestra, caminábamos a duras penas, encadenadas a los objetos que no tirábamos. Lo guardábamos todo, no para celebrar el pasado, sino para propiciar el futuro: lo que había servido una vez podía volver a ser útil, había que tener fe en los objetos y no cometer nunca el descuido de tirarlos. Nosotras no conservábamos para recordar, sino para esperar; todos los objetos desempeñaban un papel y ponían en
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PRIMER NOCTURNO
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marcha un chantaje; ahora me rodean y me miran. El mono a rayas satinado de cuando tenía tres años guardado para los hijos que no he tenido. El ajuar y la plata ennegrecida y las lámparas de techo envueltas en paños blancos, para la vida matrimonial y la nueva casa en Roma que no me compré. Los guantes de boxeo femenino, que duró unas pocas clases jadeantes en un gimnasio con el suelo de goma, hasta que comprendí que me prepararía para todo menos para defenderme: como mucho aprendería a no sufrir por ser la más enclenque. Y decenas, centenares de objetos de las formas y dimensiones más variadas, muñecos, libros, juguetes de plástico de colores, peines de madera, cajas con ropa: conservaba y me sometía a la voluntad de conservar, esperaba y me sometía a la voluntad de esperar. Ahora la habitación está saturada de esperanza inutilizada. Por las persianas se cuela una ráfaga de viento, el siroco ha rozado las hojas secas del áloe muerto de calor en el balcón. Si cierro los ojos, en ese balcón comienzan a escenificarse los recuerdos. Uno. El pis entre las plantas, una noche que regresé a casa borracha después de hacer una hoguera en la playa con mis amigos, porque no me veía con fuerzas de recorrer el pasillo hasta el baño. Dos. Al amanecer oía el ruido de caballos en la calle, creía soñar que pasaba un carro o una carroza, al despertarme se lo contaba a mi madre y ella asentía sin creerme. Tal como descubrí una noche al asomarme, los ruidos procedían de las carreras clandestinas: los delincuentes del barrio de al lado bloqueaban las calles y las transformaban en competiciones mafiosas, la gente se
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arremolinaba y apostaba por jinetes menores de edad y equinos moribundos. Mi barrio, dócil, encajado entre los edificios burgueses del centro y las viviendas populares de la colina, nacido y criado disculpándose por el anonimato, era invadido alternativamente por unos y otros. Cierro los ojos con más fuerza, es un horrible cuento de hadas. Tres. El susto. Una noche, cuando ya había decidido marcharme y me faltaba poco para hacer definitivamente las maletas, salí a fumar al balcón. Unos pasos en la calle me obligaron a bajar la vista: un chico encapuchado, con chándal y las manos ocultas en los bolsillos se detuvo, miró a la derecha y a la izquierda, se agachó de golpe para dejar algo debajo de un coche y salió corriendo. En aquella época el barrio había sido colonizado por pequeños traficantes que aprovechaban las aceras oscuras por culpa de las farolas siempre rotas. Entré, cerré las persianas, las ventanas, los postigos, exagerando el miedo: si aquel chico hubiese alzado la vista y me hubiese visto en mi balcón como mínimo me habría matado, temí, y para consolarme me repetí que me marcharía, me marcharía, me marcharía. Cuatro. Tiene que haber un cuarto recuerdo, aunque sea pequeño. No hay manera. La noche convoca los recuerdos urticantes, el insomnio y la desesperación. Pensar en el sexo podría ayudar si lograra concentrarme. El sueño regresa junto con las recomendaciones de mi madre. No te asomes al balcón, se puede venir abajo, pronto habrá que ocuparse de rehacer también la fachada. Como has decidido vender, le contesté esquivando su futuro, ya no es problema tuyo.
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