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Primera edición: febrero de 2021 Diseño de la portada: Helen Crawford-White Adaptación de la portada: Endoradisseny Maquetación: Endoradisseny sobre un diseño de la Galera Título original inglés: The Marvellous Land of Snergs (publicado en 2020 por Chicken House, 2 Palmer Street, Frome, Somerset, BA11 1DS) Dirección editorial: Ester Pujol © 2020, Veronica Cossanteli (texto) Basada en la novela del mismo título de E. A. Wyke-Smith, publicada por Ernest Benn en 1927. Agradecimientos a la memoria del autor y a la familia Wyke-Smith © 2020, Melissa Castrillón (ilustraciones) © 2021, Milo J. Krmpotić (traducción) © 2021, La Galera, SAU Editorial (edición) Josep Pla, 95. 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com twitter.com/editorialgalera Impreso en Egedsa Depósito legal: B.54-2021 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6955-3 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas.


VERONICA COSSANTELI Basada en la novela de E.

A. WYKE-SMITH

Melissa Castrillón Traducción de Milo J. Krmpotić Ilustrada por


A Xander, para agradecerle que me haya hecho reír tanto por el camino, y por todos los paseos que hemos dado juntos. Y una disculpa hacia todos aquellos que conocieron y amaron este libro en su versión anterior. He hecho todo lo posible por mantener el espíritu del original, pero las historias son criaturas vivas y esta demostró ser más bulliciosa que la mayoría. En cuanto se liberó de sus tapas, se comportó de forma bastante parecida al cachorro Tigre: salió disparada sin avisar en las direcciones más inesperadas. Yo tuve que limitarme a seguirla. Perdonadme. Veronica Cossanteli


PRIMERA PARTE

E

n la que se infringen las normas y la señorita Watkyns se siente disgustada. El ensayo de la banda del capitán Vanderdecken se ve perturbado, una extraña llega a Bahía Soleada y dos niños atraviesan una puerta junto a un cachorro y se encuentran en Otro Lugar.


CAPÍTULO 1

—

L

os niños y las niñas necesitan normas —afirmó la señorita Watkyns—. Y las normas hay que obedecerlas. Era la señorita Watkyns una mujer construida a partir de ángulos y líneas rectas, pulcra y exacta desde las horquillas que llevaba en el pelo hasta el dobladillo de sus largas faldas de color negro, que creía en los buenos modales y en el juego limpio, que los niños en edad de crecimiento necesitaban un montón de aire fresco… y en las normas. Estaba sentada, con la espalda recta y rígida, ante un amplio escritorio en el que no se permitía que nada estuviera fuera de su sitio. Incluso el pececillo dorado nadaba dentro de su pecera redonda de cristal dando metódicos círculos que seguían el sentido de las manecillas del reloj. A su espal9


da, la ventana abierta dejaba entrar la salobre luz del sol, los gritos y chillidos de los niños que habían salido a jugar y el graznido de las gaviotas. Frente a ella estaban los tres infractores: una chica, un chico y una personita que ya no era un niño y que debería haber demostrado mayor sensatez. Flora permanecía quieta y callada, medio oculta detrás de una nube de cabello rubio. Había en ella algo distante, la expresión de alguien que se guardaba sus ideas y sentimientos para sí. A su lado, el muchacho delgado de las rodillas despellejadas se movía nervioso, balanceaba las piernas y sus brillantes ojos oscuros se mantenían vigilantes. Pip se había vuelto precavido: ante la primera señal de que hubiera algún problema, estaba preparado para esquivarlo y salir corriendo. El banco en el que estaban sentados Pip y Flora pertenecía al Hogar Bahía Soleada para Niños Superfluos y Huérfanos por Accidente, y tenía nombre. Era conocido como el banco de las reprimendas, y su madera se había vuelto lisa y gastada por el roce de muchísimos traseros culpables. Flora y Pip conocían bien ese banco… pero, de momento, la reprimenda se la estaba llevando otra persona. —Los niños de Bahía Soleada no se mueren de hambre, señor Gorbo —informó la señorita Watkyns a la persona bajita y redondeada que tenía plantada ante ella. Pese a que 10


ya no iba a crecer más, era escasa la parte de su cuerpo que sobresalía por encima del escritorio—. Se les da una dieta cuidadosamente equilibrada, con una ración extra de natillas los domingos y muchísimas ciruelas pasas. Un estómago bien regulado se traduce en una mente bien regulada. Así que ¿puede explicarme por qué he encontrado a estos dos —dijo lanzando una mirada a Pip y a Flora— en un lugar en el que no debían estar, a una hora a la que no debían estar, cubiertos de migas y mermelada? Gorbo lanzó un suspiro racheado. —Unas tartas de mermelada sin duda no le hacen daño a nadie… Un pequeño banquete de madrugada… Como solía decir mi madre: «La tarta es un broche para pasar mejor la noche». —Se infringieron varias normas. Y eso siempre representa un daño. —La señorita Watkyns se mostró firme—. A estos niños los encontraron dentro del armario de la ropa blanca, lo cual no está permitido, comiendo entre horas, lo cual no está permitido. Como tampoco está permitido aceptar comida de desconocidos… —Gorbo no es ningún desconocido —objetó Pip—. Es nuestro amigo. —…y levantarse de la cama después de la hora a la que se apagan las luces —prosiguió la señorita Watkyns, ignorando la interrupción— está estrictamente prohibido. No pue11


de ser que los niños se paseen por ahí a oscuras. Les podrían ocurrir todo tipo de cosas desagradables, desde clavarse una astilla hasta morir de manera prematura. Gorbo bajó la cabeza, avergonzado. —Quizá el señor Gorbo no ha leído las normas —sugirió la señora Scadging, la enfermera, una mujer con forma de almohadón mullido y ojos chispeantes que en su día fue también uno de los huérfanos de Bahía Soleada, y que ya nunca más abandonó aquel lugar. La señora Scadging se acordaba de los viejos y oscuros tiempos, antes de que la señorita Wat­ kyns se hiciera cargo de todo—. ¿Sabe usted leer, señor Gorbo? —No sé lo que no sé leer, con exactitud. —Gorbo frunció la nariz al mirar la larga lista de normas y reglamentaciones que colgaban de la pared de la señorita Watkyns—. Depende del tipo de texto y del tipo de palabras, y de si las letras se comportan como deben. Algunas se enroscan demasiado. Funciona mejor si hago esto. —Bajó la cabeza y, tras ponerla entre las piernas, miró las normas del revés—. Así, toda la inteligencia se derrama sobre mis partes pensadoras. Pip soltó una risita. —Nada de risas, por favor. —La señorita Watkyns le dirigió una mirada de reproche—. Los actos de crueldad van contra las normas de Bahía Soleada. —No estaba siendo cruel. —Pip le devolvió la mirada, 12


aunque sin reproche—. ¿A quién le importa que Gorbo no sepa leer? La verdad era que Pip tampoco sabía leer. Había comenzado su vida en un circo, como el miembro más joven de la Fabulosa y Fantástica Familia Frangipani. Lo único que necesitaba saber era cómo columpiarse en el trapecio. Nadie se molestó en enseñarle otras cosas. Cuando el destino lo condujo hasta Bahía Soleada, le dieron un escritorio en el aula junto al resto de los niños, pero la educación parecía rebotar en él como las gotas de lluvia sobre un pato. La señorita Watkyns devolvió su atención a Gorbo. —La cocinera está muy enojada —le informó—. Esas tartas de mermelada eran para la merienda de cumpleaños de la señora Scadging. —Siento mucho aprecio por la mermelada de fresa —admitió la señora Scadging. —No lo sabía. —Gorbo desplegó el cuerpo con aspecto de sentirse muy culpable—. Muy feliz no-sé-cuántos-quizámuchos cumpleaños, señora Scratching, y por miles de años más. —No-sé-cuántos-no-tantos, si no le importa —replicó la señora Scadging—. Tengo cuarenta y tres. —¡Apenas un poco más que un niño! Y aquí estoy yo, con doscientos y diecidós la última vez que alguien los contó, ¿y llegaré a crecer para comportarme como una persona sensi13


ble? —Gorbo se golpeó la frente con la palma de la mano y se dejó caer de rodillas—. ¡Oh, eres un raterillo reprochablemente rufianesco, Gorbo! —Menos dramatismo, por favor. —La señorita Watkyns se mantenía imperturbable y fría como el hielo—. Y póngase en pie, señor Gorbo. Tenemos que mantener una pequeña charla. Han pasado varias semanas desde que llegó a Bahía Soleada buscando trabajo. «Cualquier trabajo esporádico», dijo usted. Que podía echar una mano con lo que fuera, dijo usted. He estado repasando sus logros desde entonces. —¿Ah, sí? —preguntó Gorbo, incómodo. La señorita Watkyns se puso las gafas y consultó una lista que había sobre su escritorio. —Había la cuestión de la gotera en el techo del desván… —Reparé el agujero —le aseguró Gorbo—. Lo rellené bien rellenado. No pasó ni una gota de lluvia… hasta que salió el sol y el tofe se derritió. —Me dijo —prosiguió la señorita Watkyns— que podría arreglar mi reloj. Todos miraron el reloj de caoba que había en la repisa de la chimenea. Su tictac era alegre, pero las tres manecillas se desplazaban hacia atrás. —El tiempo avanza hacia adelante, señor Gorbo —señaló la señorita Watkyns—. Ese es el motivo por el que el mundo continúa funcionando. —Repasó la lista—. No tengo inten14


ción de decir gran cosa acerca de los estantes que colocó en el dormitorio de los niños… aunque es una lástima que el pequeño Humphrey estuviera debajo de ellos cuando se cayeron. No hay nada por lo que preocuparse; dejó de llorar al cabo de una hora o dos, y me atrevería a decir que los daños no serán permanentes. —Ya ha dejado de sangrar —confirmó la señora Scadging—, y el chichón es cada vez más pequeño. Gorbo se hundió en el asiento. —Le podé el seto, señora —dijo con una vocecilla. —Sí —aceptó la señorita Watkyns, de manera sombría—. Así es. La mujer se puso en pie, fue hasta la ventana y miró hacia fuera. Al otro lado del muro del orfanato, el acantilado caía sobre la bahía, en la que la luz del sol resplandecía sobre el mar y las olas lamían la arena pálida, que parecía estar hecha de migas de galleta. Más allá, la vista de la isla Puffin era hermosa, pero la señorita Watkyns mantuvo la mirada puesta en su jardín. A lado y lado de la elevada puerta de hierro crecían los serbales. Los niños jugaban entre pequeños setos de romero y lavanda. Aquí y allí, estos habían adoptado formas muy peculiares a machetazos. —Es usted todo un artista, señor Gorbo. No lo decía en serio, por supuesto, pero a Gorbo se le ilu15


minó la cara, dio un saltito y fue a plantarse al lado de la señorita Watkyns. —Esa es mi tía Flumper, y lleva puesto su mejor sombrero —explicó, sacudiendo la mano en dirección a un arbusto que había sido mutilado hasta convertirse en algo parecido a una enorme seta venenosa—. Ese es una tetera. Y ese de ahí —añadió, haciendo una pequeña reverencia en dirección a la señorita Watkyns— tenía que ser usted. Pero no me salió del todo bien, me temo. Al final se parece más a una bruja. —¿Una bruja malvada? —preguntó Pip desde el banco. —De lo más malvada —coincidió Gorbo—. Se puede saber por su nariz puntiaguda. Igual que la que está en… —En los cuentos —dijo la señorita Watkyns—. Las brujas solo existen en los cuentos. Y en ningún lugar más que en los cuentos. Creo que todos somos conscientes de ello. Gorbo le dirigió una mirada dubitativa mientras toqueteaba la bellota de la suerte que llevaba atada alrededor del cuello con una cuerda. —Por el mismo precio podría decir que no existen los duendes, ni los picotudos, ni los chillastrujones, ni los gusanos narinos, ni… —¿Qué es un picotudo? —preguntó Pip. Incluso Flora se removio, mostrando interés tras el cabello que le tapaba la cara. —No existe tal cosa —dijo la señorita Watkyns con brus16


quedad—. Señor Gorbo, le ruego que se abstenga de llenar las cabezas de los niños con ese tipo de tonterías que no harán más que provocarles pesadillas. —A mí no me da miedo ninguna vieja bruja —dijo Pip, desdeñoso. A su lado, la luz del sol cayó sobre Flora. Sentada tan quieta y callada, sin que sus ojos azules traslucieran nada, parecía una cría que no hubiera hecho o pensado nada malo en toda su vida. «Si conociera a una bruja la obligaría a enseñarme a convertir a la gente en rana, como en los cuentos de hadas. Muchos —pensó Flora— se lo tendrían merecido…». Flora llevaba tres años sin decir nada en voz alta. Sus pensamientos revoloteaban como mariposas, atrapados en el interior de su cabeza. A la señorita Watkyns se le había acabado la paciencia. —Puedo disculpar lo del techo y lo del reloj y lo de los estantes y lo de la cabeza del pobre Humphrey —le dijo a Gorbo—. Y mi jardín volverá a crecer, con el tiempo. Pero ha animado a estos niños a infringir las normas, y eso no lo puedo permitir. Lo siento, señor Gorbo, pero ha llegado la hora de que nos digamos adiós. Ya no es bienvenido en Bahía Soleada. A continuación se produjo un silencio desagradable, interrumpido solo por el graznido de las gaviotas y los gritos 17


de los niños que jugaban. Gorbo dejó caer los hombros. Pip frunció el ceño. Flora se mordió el labio. «No es justo». —No es justo —dijo Pip, hablando por ella—. Gorbo solo cogió las tartas porque se lo pedimos. Quiso ser amable con nosotros. —Me alegra ver que estás dispuesto a reconocer tu culpa, Pip —dijo la señorita Watkyns—, pero eso no cambia nada. El señor Gorbo tomó una decisión imprudente, y ahora debe hacer frente a sus consecuencias. Estoy convencida de que él también lo entiende así. —Debería entenderlo —dijo Gorbo con un suspiro—. Suena usted exactamente igual que mi tía Flumper. La señorita Watkyns abrió un cajón, extrajo un saquito de tela y lo empujó por encima del escritorio. —Su salario, señor Gorbo. Gorbo pareció sorprenderse. Aflojó el cordón y le dio la vuelta para vaciarlo. Varias monedas rodaron sobre el escritorio. Él cogió una y la levantó para mirarla a la luz del sol. —Son muy brillantes —dijo con educación—. ¿Quién es el barbudo? La señora Scadging pareció conmocionada. —¡Es Su Majestad, el Rey! —Cogeré una en la que salga —decidió Gorbo—, para pegarla en la pared. —Se quitó la gorra en forma de platillo y le dedicó primero una reverencia a la señora Scadging y lue18


go otra, con la coronilla casi tocando el suelo, a la señorita Watkyns. Volviéndose hacia los niños, escarbó en su bolsillo y extrajo algunos cabos sueltos de cuerda. —Adiós, jóvenes medio fideos —les dijo, dándoles un trozo de cuerda a cada uno—. Hacedle un nudo, para que os acordéis de mí. Así es como nos despedimos en el lugar del que provengo. Que la corteza de vuestras tartas quede siempre dorada, que vuestra cuerda nunca se deshilache. Prestadle atención a la señorita Watkyns, pues sabe lo que es y lo que no es, y así creceréis sagaces y sensibles… No como el pobre y viejo Gorbo, ¡el peorísimo de los snergs!

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