Carlos Pardo
LEJOS DE KAKANIA
EDIT ORIAL PERIFÉRI CA
primera edición :
octubre de 2019 Julián Rodríguez maquetación : N. M.
diseño de colección :
Proyecto realizado con la Beca Leonardo a Investigadores y Creadores Culturales 2016 de la Fundación BBVA.
© Carlos Pardo, 2019 © de esta edición, Editorial Periférica, 2019 Apartado de Correos 293. Cáceres 10001 info@editorialperiferica.com www.editorialperiferica.com isbn:
978-84-16291-93-9
d e p ó s i t o l e g a l : c c -2 9 2 - 2 0 1 9 impresión : impreso en españa
Kadmos – printed
in spain
El editor autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
Para Julián Rodríguez, por regalarnos tu amistad y tu sabiduría.
Esto es una obra de ficción. No obstante, el autor ha modificado algunos nombres por respeto a quien no querría reconocerse en la impudicia de un personaje literario.
… dice a su juventud, a su divino tesoro dícele: sólo espero que pases para servirme de ti. carlos martínez rivas
Amistades de las que hay que respetar las cenizas. joubert
… siempre llego demasiado tarde a mí misma. judith butler
prólogo l a e x t r e m a d a b o n d a d d e l o s poetas
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Anoche hubo tormenta eléctrica. Pongamos que estoy en el año 2006, aunque puede ser 2005 o 2007, a finales de agosto, en la línea 1 de metro después de haber dormido en casa de mi madre. En el patio no llovió, pero escuchamos truenos. ¡Dale, ahí va otro!, repetía mamá. –A mí me viene mejor salir temprano de aquí para coger el tren en Chamartín. MJ se queda en Madrid, pintando –dije, pero no era verdad. Es decir, he madrugado porque el tren sale a las nueve menos cinco, pero de Atocha, no de Chamartín. Es la primera vez que Virgilio me deja ir a su pueblo, y éste es el motivo de que haya discutido con MJ. Si racionalizo con unas palabras en las que no me reconozco (y que, no obstante, son exactamente las que definen el problema), la situación es muy sencilla. Me he aburrido de mi amigo. Y necesito aclarar: a) Si es mi culpa. b) Si es una pérdida importante o un inevitable cambio de vida. c) Si de verdad es aburrimiento. d) Cómo superar el dolor. 15
Virgilio y yo mantenemos una nueva distancia antinatural. Está a la defensiva, pero asustado de estar a la defensiva; y yo a la expectativa y temeroso de estarlo. De ahí los silencios. También hemos perdido la capacidad de bromear en términos comunes. Vive a cien metros de la casa de sus padres. Después de mucho insistirle he conseguido que me invite, pero a mí solo, y MJ no puede creer que Virgilio sea, además de machista, tan traidor a nuestra amistad, porque invitarme solo supone negar una parte de mi vida, que es ella. Además, siempre parece que él cede un paso y ahí estoy yo como un idiota para ayudarlo. También yo soy un traidor por viajar sin ella. Pero el resentimiento de MJ es más general: le aburre nuestra vida. Ayer sólo dijo tres frases: «No sé con qué dinero vamos a arreglar el calentador», «Desde luego tenemos gustos diferentes». Y, la última, antes de que me escapara a casa de mi madre: «Me amargan tus horarios». Mis horarios: diez horas al día, dos semanas seguidas sin un domingo de descanso. Luego tres días libres en los que leo y estudio las asignaturas que he dejado para septiembre (volví a matricularme). Estoy a punto de terminar mi libro de poemas. Así que después de una siesta traumática junto a la respiración distendida de MJ, y luego su silencio, me fui a Las Vistillas, donde las parejas siguen tumbándose a cualquier hora, y yo también me tumbé, con un libro, temiendo una sórdida discusión si regresaba a casa. En la sierra, al fondo, seguía la calima. Pero no abrí el libro, intranquilo, como si me hubieran defecado en la cabeza, dice Bernhard en Maestros antiguos (y ahora lo intento con Corrección), y pienso que hay un motivo añadido al asunto Virgilio y la tensión doméstica 16
con MJ, un matiz de asco respecto a mi propia vida, ahora que he dejado de ser un poeta desconocido y han empezado a invitarme a lecturas en pequeñas ciudades de provincia (con la consiguiente burla de MJ). Anoche mamá veía una serie de detectives sin dejar de adivinar la trama de un capítulo que, por lo demás, ya habíamos visto juntos. Cenamos en el salón una especie de butifarra que había en la nevera. Luego saqué de la cómoda varios cuadernos de mis diarios. Los guardo dentro de una bolsa de gamuza de unas desaparecidas botas de mi madre. Mamá me interrumpía la lectura: –¿Por qué vas a casa de ese capullo? –Ha vivido en Valencia y ahora ha tenido que volver a su pueblo. –Ése se ha echado novia y ya no quiere saber nada de nosotros. –El pobre está sin trabajo y sin novia. –Dile que es un traidor. –Ay, mamá. –Estoy muy decepcionada. En mi habitación seguí leyendo los diarios hasta las tres de la mañana. Apenas he dormido con los truenos. Y he leído en el desayuno. Mamá tiene la misma cafetera rota de la que escribo. El diario está lleno de observaciones de ese tipo. Ahora he perdido la capacidad de observación. Aplico mi inteligencia a un montón de saberes inútiles que no dejan resquicio. En un blog que sigo, el otro día, se formaron dos bandos. Para uno la realidad no existe; para el otro, la realidad tampoco existe pero, si te lanzan un cuchillo, te apartas. Más de doscientos mensajes en los que todos hemos opinado sobre lo óntico y lo ontológico. Y a MJ le decepciona que pase tantas horas de mi última semana de 17
vacaciones delante del ordenador. Nunca salimos juntos. No vamos a la sierra donde, de todas maneras, hace demasiado calor para caminar. Pero también discutimos cuando paseamos juntos: en Roma, durante el corto viaje de la semana pasada. Por cualquier tontería, aunque luego nos reconciliábamos. Cada vez estamos más solos, solos los dos juntos y sola ella cuando llega del trabajo o descansa los fines de semana y yo aún sigo en la librería. Y también sola ahora que la dejo en Madrid, nuestra última semana de vacaciones, acudiendo al rescate de mi amigo Virgilio, que no la ha invitado a ella pero yo sé que ni siquiera tenía ganas de invitarme a mí. Además del libro de Bernhard, llevo tres cuadernos de diarios en la mochila. El tren llega a Cerrillo pasadas las tres y media. Hago cola delante de unos actores y dos probables andaluzas con botas camperas. Subo al tren a las nueve menos cinco.
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Mira que es fea la salida de Madrid. El polvo almidonado, las carreteras y naves y casas de ladrillo visto. Y aun así, en este anticlímax (hangares y polígonos), cuando me imagino ya a la altura de Toledo (y es Fuenlabrada), fantaseo con la idea de una nueva vida donde nadie me conozca. Si yo saliera a caminar hacia el oeste, como sugería Thoreau, esto es lo que encontraría: naves, carreteras con manchas de aceite, pequeñas aceras valladas y matojos. A esta ficción en la que me voy a vivir a cualquier sitio, a un pueblo extremeño donde no trabajo diez horas seguidas todos los días (durante dos semanas, sin descanso el domingo) no le permito la impertinencia del excesivo realismo ni la fidelidad al recuerdo de lo que ha sido cada vez comenzar de nuevo en alguna ciudad donde el romanticismo no compensaba el aburrimiento, sino que le sumo un aliciente literario: la nueva civilización nacerá en aquellas tierras despobladas, Extremadura, Go west! Y visto así, mi amigo no es desafortunado, de nuevo en su pueblo, Cerrillo. Hay algo catártico en recomenzar protegido por la potencialidad del nicho familiar. Casi lo envidio. 19
Pero Virgilio tiene treinta y tres años y una costumbre de fracaso vital. Hace poco salió otra crítica de su libro. Le afeaban a mi amigo su «presencia socioliteraria», algo que cualquiera que lo conozca sabe que no es verdad: Virgilio ha decidido desaparecer del mundo literario. Eso dice y, en cierto sentido, también lo hace. Pero yo, que lo conozco mejor que nadie, yo, que sé de verdad cómo es mi amigo, ¿no pienso que, aun quejándose, es ciertamente una «presencia socioliteraria», que incluso se ha aprovechado del medio literario, para el que ha trabajado y sigue trabajando (ahora desde Cerrillo, redactando informes para una editorial), si bien quejándose y haciéndose la víctima? Virgilio dice que no soporta el mundo literario, y parece que por mundo literario entendiera lo que yo represento. En la estación de Talavera sube un vendedor con patatas y dulces. Todavía no son las diez. El tren vuelve a ponerse en marcha y una familia, padre, madre y niña, en diagonal desde mi asiento, comenta con otro pasajero (una coronilla calvirrubia) el previsible retraso. Nunca funciona el aire acondicionado, añade la madre con acento extremeño. Papá hace ruiditos con la lengua y el paladar. Y aunque esta noche no he dormido apenas y me siento propenso al mal humor, de repente me da un subidón, casi una epifanía. ¡Es la provincia! ¡Es la provincia, con sus tipos y caracteres y sus modelos de escritura! ¡Un mundo lento con relieve! Hace unos días tuve con mi amigo un sueño significativo, porque en mi sueño Virgilio no era exactamente él, aunque el personaje encarnaba las funciones de Virgilio hasta que me desperté. Pero era otro Virgilio, un lechuguino vestido de otra manera e incluso con un tono de voz distinto, alelado, muy buena persona y omnicomprensivo. No sé qué consejos me estaba dando sobre mi vida, todos 20
pertinentes. Y me disculpaba de algo que yo había hecho sin querer y podía ser malinterpretado. Ojalá pudiera recordar exactamente de qué hablamos mi amigo y yo en el sueño. El caso es que no era él, y yo pensaba: ¡pues sí que ha cambiado Virgilio! Mi amigo es del tipo labriego: manos grandes y rostro romantizado por una estirpe de ancestros espirituales, quizá gitanos. La mística de la tierra y de la pequeñez ante el paisaje, nunca llamado paisaje sino acequia, robledal, regato. La ornitología y el sehnsucht de la berrea. Además, mi amigo tiene los hombros graves, espalda encorvada y una mente que no ha sucumbido a los nichos del saber. Todo en los genes de mis compañeros de viaje, la familia de mi diagonal, la ascensión cónica de la coronilla calva, el choro del extremo del vagón, todo me recuerda a mi amigo. Mientras la madre observa (ahora sí) el erial toledano, papá pasa las páginas del periódico con golpes secos y ese tic de perdiz en la boca. La hija come un bollo de crema con intimidad. Aunque todo es amenazante, todo promete candidez. Abro Corrección. Otra de las digresiones del narrador. Lo cierro. Recibo un SMS: mi amigo quiere saber si he subido al tren de las nueve menos cinco que para en Cerrillo. Si es así, me recogerá en la estación.
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La máquina se bloquea con los céntimos. No hay vagón restaurante. Alguien dice: Mañero, no molestes. Mañero es una especie de niño oligofrénico que lleva un rato mirando cómo se me caen las monedas, pero no le da tiempo a decir nada. Por fin sale la chocolatina, y me voy al pasillo a comerla, entre dos vagones. Viajo en tren y sin ganas de leer. Hacía meses que no tenía tanto tiempo para mirar sin otra intención que la estética, pero al seco paisaje extremeño no le encuentro la gracia. Quizá vivo una existencia intelectualizada. Ni la butifarra de ayer me supo a butifarra. Es un ardor de hoy, pienso. El chocolate, en cambio, deja en las manos restos de azúcares procesados que limpio con el chorrito del único baño del tren. Cuando vuelvo a mi vagón, una mujer ocupa mi sitio junto a la ventana, y yo me siento a su lado, donde está mi mochila. Calza castellanos con calcetines azules, viste pantalón gris, jersey azul de algodón y una camisa blanca, como una alumna de colegio, pero no debe de ser más joven que yo. A pesar de las marcas de acné, reconozco en ella los rasgos de mi amigo: una piel morena, casi verdosa. 22
También recuerdo el olor de mi amigo. En Budapest lo acompañé a un mercadillo subterráneo a comprar un deso dorante que no oliera a macho. De aquel viaje nos quedan los motes que utilizamos cuando queremos ser cariñosos: él me llama Takarito; yo a él, Raktar. Aquellas dos palabras figuraban en el cuarto de limpieza de un hotel. Pensamos que significan Recogedor (Takarito) y Escobón (Raktar), significantes que se adecúan a nuestras características espirituales: pedestre e indiscriminado yo, como un recogedor; y con algo vertical y trascendente mi amigo, como un escobón. Sigo con Bernhard. Corrección es especialmente tedioso: el protagonista ha viajado hasta el Cono, una casa siniestra en medio de la ruidosa garganta de un río. Allí vivió su amigo antes de suicidarse, su amigo Roithamer, una especie de genio wittgensteniano que le ha legado el manuscrito de su gran obra inacabada. El narrador, con sus habituales digresiones, pero ni pizca de humor esta vez, se ha obsesionado con el manuscrito (que no ha abierto) y con sus caseros, los Höller, anfitriones también de Roithamer. Los Höller encarnan a la típica familia burguesa artística que tanto juego le da a Bernhard en otras novelas, pero que aquí mata de aburrimiento. En un momento dado contengo un ataque de risa y mi mirada se cruza con la de mi compañera de asiento. ¿Eres maestro?, me pregunta. No, soy librero. Y nos ponemos a hablar. Me dice que nació en un pueblo de Guadalajara, México (soy un gran genetista). No lee literatura, pero sí libros de historia y derecho. Es seglar, dice, profesora de un colegio religioso desde hace menos de un año. En Cáceres, como antes en Tlaquepaque, su lugar de nacimiento, imparte clases en un colegio de monjas franciscanas. Ha venido gracias a una especie de intercambio. Sus monjas cuidan a las 23
madres solteras, las niñas madres, un problema en México. El próximo año regresará a Tlaquepaque y se casará con su novio, que estudia una maestría para abogado. Por su discurso pensaría que es una persona de izquierdas. Si le da el sol, se vuelve más morena. No suda a pesar del jersey. –Mi mujer estudió Derecho, pero es artista –digo–. También me caso el año próximo, porque mi mujer no quiere casarse conmigo hasta que no me saque el carné de conducir. Y de repente estoy hablándole de mi familia, de mi madre y de Javier: acabo de prestarle a mi hermano doscientos euros sin que MJ se haya enterado, y eso que mi hermano trabaja en un pub y en una pizzería, turno de noche y turno de mediodía, y pronto comenzará a trabajar en un hotel por las noches. Mi hermano se castiga y se aísla y no le da el dinero y así no se puede vivir, le digo a mi acompañante seglar. Me da la mano al despedirse en Cáceres, la mano de mi amigo.
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Hace dos años fuimos invitados a un encuentro de poetas en Santander. Por circunstancias del carácter propio de los poetas, Virgilio y yo nos sentíamos solos en el mundo de la lírica. Yo había preparado un texto en el que criticaba a los dos antólogos de poesía joven, un crítico de Oviedo y mi amigo Luis Antonio de Villena, también invitados al encuentro. Eran los dos peces gordos en la administración del canon poético. Se les rendía tributo y se les nombraba con prevención, con la esperanza de que en algún momento lanzaran al joven candidato al rutilante cielo del relevo generacional. Pero, por lo común, tendían a rebajarnos en prólogos y reseñas. No había ningún poeta en nuestra generación, una generación inexistente, debíamos demasiado a nuestros mayores, etc. El palo y la zanahoria. Por lo demás, ambos críticos y antólogos eran muy diferentes entre sí: Luis Antonio, un dandi grande, algo gordo y charlatán, el pelo teñido de rubio; el crítico de Oviedo, sonriente, menudo y con astigmatismo, parecía un jesuita. Virgilio y yo acabábamos de publicar el primer número de una revista anónima. Nadie, excepto la editorial, 25
firmaba: ni los directores ni los colaboradores. Cada texto se justificaría por su calidad, pensábamos Virgilio y yo, y no por esa antipática figura: el autor como promotor de sí mismo. Mi amigo y yo fantaseábamos a menudo con la obra como trascendencia en un proyecto colectivo. En el futuro nadie recordaría nuestros nombres, pero quizá sí algún verso remanente, como los del Cancionero, pensábamos Virgilio y yo, ingenuos. El crítico de Oviedo resolvió el crucigrama de nuestra revista anónima en una reseña anónima en su propia revista, Clarín: el poeta de la página trece es el salmantino JPB, el de la veintiséis, JPC, sobrio poeta afincado en Madrid. Pero los textos anónimos pertenecían a nuestros poetas preferidos, todos latinoamericanos. ¿Podía un crítico que desconociera nuestras influencias juzgarnos según un modelo español que, por lo demás, ni conocíamos ni nos interesaba? Eso preguntaba yo en mi texto, que leería de buena mañana al día siguiente, justo antes de las conferencias del crítico de Oviedo y Luis Antonio. ¿Y Virgilio qué decía en el suyo, en su texto? No decía nada. No lo había escrito. Mi amigo pasaba una de sus épocas melancólicas. Esa noche tendría que prepararse algo, por eso se angustiaba, y mientras los poetas jóvenes jugaban al bingo con Luis Antonio, Virgilio y yo, que compartíamos habitación en un hotel modesto, frente al mar, cenábamos una hamburguesa con un poeta vasco, o bien bebíamos un mini de cerveza, nerviosos, y no sé de dónde sacamos las pastillas ni por qué acabamos tomándolas Virgilio y yo, Harkaitz se abstuvo, aunque teníamos la obligación de yo qué sé… Ah, sí, Virgilio tenía que escribir su texto. Y nos pegó un subidón tan apoteósico que unas horas después, en nuestra habitación de hotel, fumando y bebiendo, con un disco de fondo que nos recordaba 26
a nuestros años discotequeros, preparábamos la charla de Virgilio. Virgilio seguía bloqueado, pero le dicté dos folios en un empático ejercicio de ventriloquía. Era el texto que mi amigo hubiera podido escribir si se hubiera relajado. Acceder a su voz era mi manera de demostrarle todo lo que había aprendido de él, sus peculiaridades expresivas, nuestro idioma común. Y no recuerdo nada más, nos ganó la solemnidad y al día siguiente, de bajón, un enorme bajón de MDMA, muy temprano, leímos nuestros textos. Hubo guerra. Mi discusión con el crítico de Oviedo fue casi sórdida y, con sorpresa, fui apoyado por los demás poetas invitados al encuentro, mis supuestos compañeros de una generación inexistente, a quienes unas horas antes yo aún consideraba cómplices del convencionalismo y, por lo tanto, endecasilabistas, como los dos críticos, pero ahora sutiles e inteligentes y más educados que yo. Hasta Martín López-Vega, mi nuevo amigo en la librería, cuestionó con una dureza especial las pullas del crítico de Oviedo, su mentor. Martín era entonces mi compañía más frecuente en el mundo de la poesía. Planeábamos una antología de poesía española actual. Por entonces, yo acababa de entrar a trabajar en la sede madrileña de una librería catalana, y recomendé a Martín. Durante el mes que pasamos en Barcelona, organizando las secciones de literatura de la nueva librería madrileña, hablábamos día y noche de la antología; y en Madrid, de regreso, cada vez que él subía a mi planta o yo bajaba a la suya, repartíamos bulas y condenas entre nuestros compañeros de generación. Lo pasábamos genial. Nos volvimos locos con la antología. No sólo Martín y yo, creo que fue un delirio en masa, en la pequeña masa de unos pocos poetas de nuestra edad. 27
Estaba el engorroso tema de incluirnos nosotros mismos como poetas, por aquello de Gerardo Diego, que había sido tan ridículo como para aparecer dos veces en la cubierta de su antología, como antólogo y como autor. ¿Sacrificaríamos Martín y yo nuestra posteridad como poetas por el futuro del grupo? Sí, todo por la poesía. O quizá no, también por la poesía. Y así unos días éramos antólogos y otros antólogos poetas y otros sólo poetas y fantaseábamos con la posibilidad de que otro antólogo se sacrificara por nosotros. En Madrid, en la librería catalana, a mí me mandaron a la tercera planta, la de filosofía, y a Martín le dejaron la sección de literatura de la segunda, que yo había organizado desde Barcelona. Podía ser un castigo. Y cuando Martín empezó a creerse responsable de literatura, lo mandaron a Barcelona y a mí volvieron a darme las secciones de la segunda planta. Pero no nos importaba. Incluso en la distancia, por la intranet de la librería, la única preocupación era nuestra antología. Qué bien lo pasamos, incluso cuando Martín vetaba a mis favoritos, o viceversa, o cuando algún poeta que se consideraba incluido (a veces sin estarlo) nos agradecía el atrevernos a decir por fin lo que es bueno y lo que es malo, dando por supuesto que no antologábamos a Fulanito (que sí estaba incluido). Han pasado dos años desde entonces. La antología naufraga, el trabajo me deprime. Virgilio ha publicado su primer libro y es un poeta reconocido. Viví la publicación de la obra maestra de mi amigo con emoción. En ese libro desembocaban nuestras experiencias, la vida madrileña juntos, el episodio cordobés, el viaje a Centroeuropa. El título: Adiós a la época de los grandes caracteres. «Takarito, por estos años de crecer conjunto que son lo más cerca de lo real que me he sentido nunca. Y 28
de la poesía. Contra la seriedad, el aburrimiento, la mezquindad y los legisladores. Anda, que no nos queda…», me escribió en la dedicatoria. Conocernos nos había facilitado un lenguaje común y, en un sentido más amplio, un interior compartido donde nadie nos juzgaba. Formábamos una sociedad secreta de dos miembros. Su libro era casi un éxito de mi amor propio. Vivíamos nuestro mejor momento poético. Sólo que nuestros amigos entusiastas formaron dos bandos. Para unos, Virgilio era el verdadero poeta de los dos; para otros, Virgilio me copiaba. Nuestros amigos atentaban contra nuestra amistad exclusiva, pues cada elogio tendía a vernos enfrentados. Empezamos a mirarnos con suspicacia. Me sentía dolido y no podía ocultarme una envidia que racionalizaba con ejercicios de empatía forzosa: tenía que ayudarle y evitar que él mismo cayera en la rivalidad. Pero Virgilio se había hartado de mis intromisiones. Dejó de llamarme. Yo excusaba cada llamada que le hacía con una burlesca petición de auxilio por una discusión con MJ, a veces inventada; y él no podía hablar entonces o ya me mandaría un mensaje. Y ahora no quiero decir más. Y con este ánimo amargo viajo a su pueblo.
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La Garrovilla. De nuevo el vagón vacío con la excepción de la familia y de mí. Mirabel, Catas de Millán, Cañaveral, Río Tajo… En cada parada, el mismo paisaje aburrido. En un lago verde bajaron los niños con las bicis: Mañero me saludó desde el andén con el gesto de chupar una chocolatina. La familia sacó un táper y el vagón se atufó de avecrem frío. Al terminar de comer, el padre habló por teléfono de esa manera insolente que quiere decir: tú a mí no me pillas. A buen volumen, paseándose por el vagón y a veces deteniéndose a mi altura. Esto, en vez de enfadarme, me dio una alegría inesperada: en este tren cada uno conserva su propia especificidad, pensé, defendida contra las circunstancias. Y aunque estas especificidades tienen mucho que ver con la falta de modales, son una escuela de atención. Ahora duermen. Yo no he podido leer a Bernhard ni he sacado ninguno de los diarios por no deprimirme. He escrito este desahogo pensando en Virgilio: 30
También nos hemos aburrido juntos otras veces. Una amistad a punto de apostasía, no dramática pero fea. El agua en el desagüe se pierde sin remordimiento. Te haces mayor como alguien se hace el mayor y yo no te voy a la zaga. Nos aburrimos mucho juntos, como dos religiosos. Si el tedio es la apertura a lo real, en términos heideggerianos, quiero volver a casa pronto. Cuando le enseño un poema a Virgilio no es capaz de decirme si es bueno o malo. Tampoco: quita esto, aquí hay una rima interna. Se queda en silencio. O bien levanta la mano y dice, con aire solemne, ahí habrá un poema. Aunque el poema ya esté terminado y corregido. Además, noto que le desagradan mis chistes filosóficos. A su lado me siento un impostor. Parece que la cosa se torció del todo cuando mi amigo se fue a vivir a Valencia. MJ y yo nos habíamos quedado sin trabajo en Córdoba y nuestros amigos editores me recomendaron para un empleo provisional en una pequeña librería de Madrid, el primer paso hacia Valencia. Yo acababa de trabajar para ellos en la caseta de su editorial en la 31
Feria del Libro de Madrid, vivíamos el mejor momento de nuestra amistad, incluso me presentaban como su «chico». Por eso había que preparar con calma mi desembarco en Valencia. Nada importante (repetían nuestros amigos editores con una sabiduría lenitiva), nada importante requiere urgencia. Fue una época bonita en Madrid, aquel otoño, aunque de nuevo vivía con mi madre y a menudo discutíamos. Y también discutía con MJ, que esperaba noticias desde Córdoba, cierta estabilidad para nuestra recién comenzada vida juntos. ¡Qué haré yo en Madrid!, protestaba ella, por teléfono. No tengas miedo, no pienses como un cordobés, me animaba Virgilio desde su pueblo, también por teléfono. Una tarde, después de una discusión con mi madre, me encerré en la habitación del fondo, la antigua habitación de mi hermano Javier. Pegué un puñetazo en la pared. Me rompí el meñique. Pero estaba feliz de regreso a mi ciudad, sin la gravedad de la gente cordobesa, feliz en mi mundo paródico, como de prestadillo, tan diferente al Madrid de mi regreso de Granada algunos años antes, con el rabo entre las piernas. Disfrutaba, también, la distancia de MJ: el recuerdo de nuestros sentimientos románticos sin los inconvenientes de nuestras discusiones cotidianas por los cimientos desde los que construiríamos nuestra relación me sumía en una hermosa nostalgia. Aunque de nuevo sentía la inadecuación de mi vida con sus circunstancias exteriores, esta vez no era un sentimiento desagradable, como digo, sino salvífico, casi adolescente. Leía mucha filosofía posmoderna y me identificaba con casi todos sus clichés: la levedad, el nomadismo, la ironía… ¿Qué más me daba que mi vida fuera de una manera o de otra, si todo contribuía a una especie de laboratorio teórico? 32
Durante aquellas primeras semanas madrileñas tuve una iluminación con el filósofo Richard Rorty. Estaba en la FNAC, sujetaba Contingencia, ironía y solidaridad con la mano escayolada. Mi amigo, al otro lado del teléfono, en Cerrillo. Le leí: «Todos los seres humanos llevan consigo un conjunto de palabras que emplean para justificar sus acciones, sus creencias y sus vidas. Son ésas las palabras con las cuales formulamos la alabanza de nuestros amigos y el desdén por nuestros enemigos, nuestros proyectos a largo plazo, nuestras dudas más profundas acerca de nosotros mismos, y nuestras esperanzas más elevadas. Son las palabras con las cuales narramos, a veces prospectivamente y a veces retrospectivamente, la historia de nuestra vida. Llamaré a esas palabras el «léxico último» de una persona. Es «último» en el sentido de que si se proyecta una duda acerca de la importancia de esas palabras, el usuario de éstas no dispone de recursos argumentativos que no sean circulares. Esas palabras representan el punto más alejado al que podemos ir con el lenguaje. Llamaré «ironista» a la persona que reúna estas condiciones: 1) tenga dudas radicales y permanentes acerca del léxico último que utiliza habitualmente; 2) advierta que un argumento formulado con su léxico actual no puede ni consolidar ni eliminar esas dudas.» ¡Aquellos éramos nosotros, Virgilio y yo, dos ironistas! ¡La verdad del mundo como ficción poética! ¡Aquélla sería mi filosofía! Y entonces mi amigo me pidió ayuda para encontrar un trabajo en Valencia, adonde quería mudarse, y a mí se me ocurrió recomendarlo en la editorial de nuestros amigos. Y Virgilio entró en la editorial y ocupó el puesto para el que yo me preparaba en Madrid, lentamente. Y pronto 33
nuestros amigos editores empatizaron con sus problemas y lo prefirieron a él y se dejó de hablar de mi traslado. Y en poco tiempo mi amigo empezó a exagerar lo mal que lo estaba pasando en Valencia, sobreexpuesto al mundo litera rio, y yo me pasé varios meses animándolo, asumiendo que mi amigo me echara la culpa por llevar esa vida que no era la suya. Y no podía dejar de pensar que había entrado en la editorial adelantándose unos meses a mi previsible llegada, recomendándolo yo, que luego me vi en pelotas, sin un duro y sin trabajo, y después trabajando dos semanas seguidas sin descanso el domingo en la sede madrileña de una librería catalana donde me tratan con desdén, y luego él volvió a su pueblo sintiéndose culpable por usurpar mi sitio y culpándome por no haberlo comprendido, a su pueblo, Cerrillo, donde ahora vive, quizá sacrificando su trabajo por nuestra amistad, adonde voy en tren, en un tren sin comida, con esta amargura.
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