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Días de luz y esplendor Traducción de Patricia Antón
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Libros del Asteroide
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Para Anne
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Cada matrimonio posee una cultura propia, pero, incluso en su seno, el misterio lo envuelve todo. Richard Hell
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Hubo un tiempo, no hace tanto, en que los jóvenes acudían a la ciudad porque amaban los libros, porque querían escribir novelas o relatos cortos —o incluso poemas, nada menos—, o porque querían participar en la producción y distribución de dichos artefactos y estar en contacto con la gente que los creaba. Para aquellos que frecuentaban bibliotecas de las afueras y librerías provincianas, Manhattan era la reluciente isla de las letras. New York, New York. Estaba ahí mismo, en la página de créditos: era el lugar del que emanaban libros y revistas, hogar de todos los editores, sede del New Yorker y de la Paris Review, donde Hemingway le dio un puñetazo a O’Hara y Ginsberg sedujo a Kerouac, donde Hellman demandó a McCarthy y Mailer la emprendió a golpes con todo el mundo, y donde (o eso imaginaban ellos) los asistentes editoriales concienzudos y los aspirantes a novelistas fumaban pitillos en los cafés mientras recitaban a Dylan Thomas, quien había exhalado su último aliento en el hospital St. Vincent después de tomarse diecisiete whiskies en la White Horse Tavern, que aún servía copas a los turistas y a los jóvenes literatos que acudían en manada a brindar en recuerdo del bardo galés. Esos soñadores eran el Pueblo del Libro; adoraban los textos sagrados de Nueva York: La casa de la alegría, El gran Gatsby, Desayuno en Tiffany’s et al., pero también toda la marginalia: el romanti-
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cismo y la mitología correspondientes, las aventuras amorosas y las adicciones, las enemistades y las peleas a puñetazos. Como el resto de alumnos de su instituto de segunda fila, todos habían leído El guardián entre el centeno, pero a diferencia del resto, a ellos les había llegado de verdad al corazón: les hablaba en su misma lengua y les inspiraba la secreta ambición de mudarse a Nueva York algún día y de escribir una novela titulada El vuelo de los patos en invierno, o quizá sencillamente Patos en invierno. Russell Calloway había sido uno de estos jóvenes. Oriundo del Michigan provinciano, había tenido una revelación después de que su profesor de tercero de secundaria eligiera el poema Fern Hill de Thomas como lectura en clase de Lengua y Literatura Inglesas y, acto seguido, había jurado dedicar su vida a la poesía, hasta que Retrato del artista adolescente transmutó su fe e hizo de la ficción su única religión. Entonces se mudó a la costa este y se matriculó en la Universidad de Brown, resuelto a hacerse con las herramientas necesarias para escribir la gran novela americana, pero tras haber leído Ulises (que pareció convertir en anticlimático todo cuanto vino después) y haber comparado sus propios relatos de novato con los que escribía su compañero de clase Jeff Pierce, decidió que le iba a resultar más plausible convertirse en un Maxwell Perkins que en un Fitzgerald o un Hemingway. Tras un curso de posgrado en Oxford se mudó a la ciudad y consiguió un codiciado puesto junto al legendario editor Harold Stone, abriéndole el correo y contestando al teléfono, mientras sus horas libres las dedicaba a merodear por las librerías de viejo de la Cuarta Avenida, en el Village, y a rondar por las barras del Lion’s Head y el Elaine’s para entrever a los canosos leones literarios que ocupaban las mesas centrales. Y si la realidad de la vida urbana y el negocio de la edición habían magullado a ratos su sensibilidad romántica, nunca renunció a su visión de Manhattan como la meca de la literatura estadounidense, ni de sí mismo como un acólito, incluso un sacerdote, de la palabra escrita. Una noche delirante, varios meses después
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de su llegada a la ciudad, asistió como acompañante a una fiesta de la revista Paris Review celebrada en casa de George Plimpton, donde jugó al billar con Mailer y rechazó las ceceantes insinuaciones de Truman Capote después de haber esnifado unas rayas de coca con él en el baño. Aunque tres décadas después la ciudad parecía haberse reducido en muchos sentidos en comparación con la capital de su juventud, Russell Calloway no se había desenamorado del todo de ella, ni de la sensación de que allí tenía su sitio. El telón de fondo de Manhattan, creía él, proporcionaba a cualquier gesto una grandeza añadida, cierta dignidad metropolitana. No mucho después de convertirse en editor, había publicado el primer libro de su mejor amigo Jeff Pierce, un libro de relatos; y más tarde, tras la muerte de Jeff, su novela, dos de cuyos personajes principales se inspiraban —no podía negarse— en el propio Russell y su mujer, Corrine. Se trataba de un manuscrito inconcluso y, por tanto, publicarlo habría sido de por sí bastante complicado, aunque no hubiera tratado de un triángulo amoroso formado por una pareja casada y su más íntimo amigo, pero Russell se sentía orgulloso de la profesionalidad escrupulosa, y hasta dolorosa, con la que había tratado de materializar las intenciones de Jeff. La novela, Juventud y belleza, recibió generosas alabanzas de los críticos —incluidas las de varios que no habían sido amables con su debut—, como suele pasar con los libros de autores recientemente fallecidos, en especial si han muerto jóvenes y en circunstancias que vengan a confirmar el mito del artista como genio autodestructivo. Incluso antes de que el libro se publicara hubo una enérgica puja por los derechos cinematográficos. Se vendió bien en tapa dura, y de nuevo, un año más tarde, en bolsillo, pero luego las ventas cayeron durante unos años hasta verse reducidas a las dos cifras, y su autor pasó a convertirse en poco más que un nombre asociado a la época de las melenas de león y las grandes hombreras, una víctima más de la gran epidemia que tantas vidas segó en la
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comunidad artística, pese a que, dada su condición de heterosexual, Jeff no acababa de encajar en el perfil y su ficción tenía más en común con la de James Gould Cozzens o la de John O’Hara que con la prosa reluciente y bien alimentada de coca de sus famosos contemporáneos. Con el tiempo, su reputación fue palideciendo como las Polaroid de su época en Brown. Y después, de modo gradual y casi inexplicable, el libro y su autor habían resucitado. Russell había reparado por primera vez en dicho fenómeno después de que su director de relaciones públicas, Jonathan Tashjian, le mostrara un largo artículo publicado en el primer número de una revista llamada The Believer, en el que el autor afirmaba formar parte de una creciente legión de admiradores de Jeff Pierce y citaba una página web: Lovejeffpierce.com. Justo cuando Russell empezaba a sospechar que a los jóvenes serios les importaba mucho menos la literatura que a los de su propia generación, surgía una nueva oleada de lectores dispuestos a adoptar a Jeff. El interés por su obra venía alimentado en parte por su oscuridad, y también por lo complicado que resultaba conseguir ejemplares de sus libros, que habían dejado de imprimirse, a lo que había que sumar el repentino interés que suscitaban los años ochenta entre aquellos que eran demasiado jóvenes para haber vivido esa década. No mucho después de ponerse al frente de su propia editorial, Russell adquirió de nuevo los derechos de ambos libros y se apresuró a reimprimirlos. Las cifras de ventas, de momento, no reflejaban un interés tan intenso como el que había suscitado en los primeros lectores, y solo podía suponer que esos verdaderos creyentes dejarían de valorar los libros si se volvían populares otra vez. Aun así, el interés de la segunda generación había llamado la atención de una productora, que había adquirido los derechos cinematográficos vencidos, y Russell, en su calidad de representante literario, había vinculado a Corrine al proyecto como guionista; su adaptación de El revés de la trama de Graham Greene, estrenada el
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año anterior en seis o siete cines de todo el mundo antes de pasar a vídeo, le había reportado la credibilidad suficiente como para merecer una primera oportunidad con el guion. Después de dos borradores, la productora había querido contratar a un nuevo guionista, pero Russell había insistido en que Corrine siguiera al frente. Aunque no habían tenido noticias de los potenciales productores en casi un año, los derechos habían vuelto a prorrogarse hacía solo unas semanas. Entretanto, Russell había accedido a comer con la fundadora de otra página web dedicada a Jeff Pierce, una tal Astrid Kladstrup. A diferencia de otros colegas, Russell creía en la potencial importancia de internet y la blogosfera, un entorno en el que, sin embargo, se movía con ciertas dificultades, razón por la cual había contratado a Jonathan, que vivía inmerso en ese mundo. También por ese motivo había accedido a hablar con aquella joven, aunque en la decisión bien podía haber influido la foto de la reciente admiradora de Jeff que aparecía colgada en la página web. Cuando Astrid Kladstrup se materializó en el umbral de su despacho, escoltada por su secretaria, Gita, a Russell le pareció que era aún más joven y que estaba aún más buena que en la foto, tanto que sintió una punzada de culpabilidad por haberla invitado a comer. Era menuda y voluptuosa, y llevaba un vestido retro de una tela color rojo brillante que realzaba su figura, con la cintura muy marcada y la falda con mucho vuelo. Tenía una boquita de piñón de labios rojos, una melenita castaña corta y lisa y llevaba unas gafas de pasta negra que de algún modo parecían darle un toque irónico, y de pronto Russell se sintió como el puto Humbert Humbert de Lolita. Se levantó y rodeó el escritorio para saludarla. —¿Astrid? —Encantada de conocerle, señor Calloway. —Por favor, no me hables de usted, y llámame Russell. Y estuvo a punto de añadir: «El señor Calloway es mi padre»,
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pero comprendió que, además de malo, era un chiste viejísimo que lo haría parecer viejísimo a él; claro que era posible que aquella chica tan joven no lo hubiera oído nunca. —Siéntate. —Es curioso —dijo ella ladeando la cabeza, primero hacia un hombro y luego hacia el otro, como un loro, mientras lo estudiaba—. Tengo la sensación de que ya te conozco. —Si me estás imaginando como el personaje del libro de Jeff… —Lo siento, supongo que hacer eso es bastante patético. —Jeff habría sido el primero en insistir en la autonomía de sus personajes. —Como no quería parecer pedante, añadió—: Cuando publicó un capítulo de la novela en Granta, allá por el 87, negó categóricamente que tuvieran algo que ver con nosotros. —Contigo y con Corrine. Al oír el nombre de su mujer pronunciado por aquellos labios llenos y brillantes de color fresa, Russell sintió una punzada de… ¿qué? Asintió con la cabeza. —Sí. Insistió en que no tenían nada que ver con nosotros. —¿Y le creíste? En su momento, a Russell lo había puesto furioso que en los primeros borradores los personajes fueran tan reconocibles. —Bueno, digamos que no quedé del todo satisfecho con ese capítulo. Ella asintió con un gesto adorable. —Aun así, tienes exactamente el aspecto que imaginaba. —Solo que más viejo —repuso él, en un intento de conservar un atisbo de cordura y decoro. —Y este sitio —añadió ella haciendo un gesto con la mano— es como debería ser el despacho de un editor. —Gracias. Una de las ventajas de adquirir una venerable editorial con respiración asistida fue el edificio del siglo xix que traía consigo. Russell tendía a hablar de sí mismo como el propietario de la
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editorial, aunque de hecho su capital social era considerablemente menor que el de sus inversores y, si las ventas de otoño no empezaban a mejorar, acabaría por reducirse aún más. La primavera anterior había tenido que alquilar el último piso del edificio a una web de alta costura, nada menos, y meter con calzador a dos asistentes de derechos subsidiarios en el despacho de Jonathan. El suyo ocupaba la parte posterior de la primera planta y daba al patio y al descuidado jardín que había más allá, de aspecto mucho más exuberante en los meses de floración. Las paredes laterales estaban tapizadas de libros del suelo al techo, de unos tres metros de alto. —¿Así que no siempre has estado aquí? —En los tiempos de Jeff, no. En esa época trabajaba para Corbin, Dern. Me puse al frente de McCane, Slade en 2002. —Es un sitio increíble… un poco destartalado y polvoriento, con su toque dickensiano. Y perdona, no pretendo que suene a insulto. Astrid se levantó, se acercó a un estante lleno de fotografías y miró con atención una de Jeff apoyado con desgana contra la puerta de su piso del East Village. —Esa foto se tomó en 1986. —Caray, ¿crees que podríamos colgar una copia en la web? —Estoy seguro de que podemos arreglarlo, sí. —Esta es genial —comentó, y señaló la imagen de Jack Nicholson en un cartel publicitario de El resplandor—. ¿Qué pone ahí? —Pone: «Para Russ, que hace buenos libros». Hace años publiqué la edición de bolsillo con el cartel de la película en la cubierta, y Stephen King hizo que me lo firmara. No sé por qué lo conservo todavía. Y ese es John Berryman, uno de mis poetas favoritos de todos los tiempos. Deberías leer sus Canciones del sueño, si aún no lo has hecho. —¿Es el que se tiró de un puente? —Bueno, pues sí… —A Russell le gustaba constatar que el
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nombre de Berryman seguía siendo conocido, pero detestaba verlo reducido a un titular de la prensa amarilla. —¿Y ese quién es? —preguntó Astrid, indicando con la cabeza una fotografía de Keith Richards tomada por Lynn Goldsmith. —¿Lo dices en broma? Astrid se encogió de hombros. —Es Keith Richards, de los Rolling Stones. —¿Lo has publicado o algo así? Russell negó con la cabeza. —Por desgracia, no. De hecho, el más descarnado de los Glimmer Twins había firmado un contrato con Little, Brown para publicar sus memorias, con un anticipo tan impresionante que Russell en ningún momento se había planteado entrar en la puja. —¿Y qué importancia tiene entonces? —¡Es el puto Keith Richards, joder!
Tras asegurarse de que no fuera vegetariana, como parecían serlo tantos jóvenes en los últimos tiempos, y en cuyo caso el sitio elegido no habría sido lo suyo, recorrió con ella cinco manzanas hacia el sur, desde sus oficinas en el West Village hasta el Fatted Calf, un autoproclamado «gastropub» inspirado en las últimas tendencias de la siempre moderna Londres. Aunque había abierto hacía menos de dos años, el local parecía llevar allí desde la época de la ley seca, con sus mesas y sillas chirriantes y desparejadas, y las paredes adornadas con láminas enmarcadas de las zonas de despiece de la carne de vacuno con el nombre de cada corte escrito debajo. El maître —si podía llamarse así a un tipo con gorro andino y mosca— los condujo hasta una de las desvencijadas mesas del fondo, de superficie rugosa y manchada. Russell había descubierto aquel sitio muy al principio, por recomendación de un autor inglés al que publicaba, y había empezado a frecuentarlo antes de que se convirtiera en uno de los lugares
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más solicitados de la ciudad. Conseguir mesa para cenar allí era cada vez más complicado, pero a mediodía el local estaba más despejado: en el barrio no había edificios de oficinas y, de hecho, el personal siempre parecía sorprenderse de que alguien estuviera en posición vertical a aquella hora tan indecorosa. —Se come de maravilla —dijo Russell—. Por las noches está a reventar, te pasas dos horas esperando. Se supone que no admiten reservas, pero si eres una celebridad o amigo de la casa, hay un número de teléfono. Astrid observó a su alrededor con renovado interés. —Supongo que tú tienes ese número. Él se encogió de hombros. —Vengo mucho. —Bueno, ¿y qué me recomiendas? —preguntó, inclinándose para mirarlo como si estuviera dispuesta a acatar cualquier directriz que él quisiera darle. Russell se preguntó si era así como vivían los profesores universitarios, envueltos en la admiración de los jóvenes, y de ser así, cómo se las apañaban. En otra época había acariciado la posibilidad de una vida académica, y hasta había solicitado un puesto en varias escuelas que impartían cursos de posgrado, pero después había desechado la idea. Ahora, por cautivado que estuviera, tenía la certeza de poder mantener la mente clara durante un par de horas, pero le daba la sensación de que, si tuviera que lidiar con aquella chica durante, digamos, un semestre entero, acabaría hecho un flan. —El chef se las ha apañado para convencer a un montón de sibaritas neoyorquinos de que un sándwich de lengua de buey es el no va más, por no mencionar los callos fritos —comentó Russell con un tono ligeramente pedagógico, algo que, por lo visto, no podía evitar—. Pero yo sigo siendo agnóstico con esas cosas, por no decir escéptico. Te recomendaría una hamburguesa: las hacen con una mezcla especial de distintos cortes de carne de buey que les prepara un carnicero del Meatpacking District,
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que, de hecho, es el dueño de la última carnicería que queda en el barrio. Todas las demás han tenido que cerrar y ceder sus locales, demasiado caros, a clubes nocturnos y restaurantes de moda que a su vez no tardarán en cerrar para convertirse en restaurantes y clubes más de moda todavía. —¿Te molesta? —preguntó Astrid sosteniendo en alto una pequeña grabadora digital. —No estoy seguro de tener nada tan interesante que decir. —¿Les traigo algo de beber? —intervino la camarera, una morena con mechas rojas y varios piercings en la nariz. Astrid lo miró en busca de consejo. Aunque en las comidas Russell solía tomar un cóctel o una copa de vino, pidió un té helado. En algún momento tenía que averiguar la edad de aquella chica. —Para mí un bloody mary de vodka Belvedere —dijo Astrid. —De hecho, la especialidad de la casa es el bloody bull, con un caldo de buey que nos traen a diario. —Vale, pues voy a probarlo. Pero con Belvedere, y que sea doble. —¿Me permiten que les ofrezca nuestra especialidad del día? Esperaron mientras la camarera echaba un vistazo al restaurante y luego se inclinaba y apoyaba una palma sobre la mesa. Parecía sopesar si era aconsejable compartir esa información. —Somos todo oídos —dijo Russell. —El chef las llama «pelotas crujientes». —Joder, ¿en serio? Quedó claro que Astrid no estaba familiarizada con el plato en cuestión, pero se inclinó sobre la mesa, cual alumna interesada. —Son testículos —informó Russell—. Huevos de toro fritos, imagino. —Vaya, pues… —Aquí en Estados Unidos las llaman «las ostras de la pradera». Astrid se había mostrado bien dispuesta a probar el bloody
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mary con caldo casero, pero estaba claro que aquello ya era demasiado para ella. Dirigió una mirada a la camarera con la que pareció implorarle que desmintiera la descripción de Russell, pero la mujer se limitó a encogerse de hombros, ciñéndose al guion. —¿De verdad? —La joven Astrid no andaba corta de confianza en sí misma, ni de espíritu aventurero, ni de la voluntad de parecer más sofisticada de lo que sabía que era, pero cuando aquella mañana había salido de Middletown, Connecticut, lo último que esperaba era que la invitaran a comer testículos de toro, fritos o como fueran. —Creo que tomaremos dos hamburguesas —concluyó Russell—. Al punto. —Lo siento —dijo Astrid cuando la camarera se hubo alejado. —No pasa nada. Incluso a mí me parece un poco surrealista, y llevo veinticinco años viviendo aquí. Bueno, ¿así que estudias en Wesleyan? —Y vosotros fuisteis a Brown, ¿no? ¿Jeff, Corrine y tú? —Promoción del 79. —Bien, la verdad es que es la primera vez que hago esto, así que mejor empezar por el principio… ¿Cómo conociste a Jeff? —La gente siempre andaba diciendo que nos llevaríamos de maravilla: ambos éramos escritores y estudiantes de Lengua Inglesa. Así que, cómo no, yo le odiaba. No nos conocimos oficialmente hasta el segundo curso. —¿Os enzarzasteis en una pelea a puñetazos por una chica? —Estás haciendo una extrapolación de la novela. —¿O sea que eso no pasó? —No exactamente. La verdad es que a veces me cuesta un poco separar los hechos de la ficción. La versión de Jeff puede resultar muy convincente. Era un buen escritor, muy bueno. Así que a estas alturas no siempre es fácil recordar si algo pasó de verdad o si él lo reinventó. Hubo un intento de puñetazo, de eso sí me acuerdo. Estábamos en una fiesta y él me tiró una colilla en
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la cerveza. Y yo le salté encima y traté de pegarle, pero diría que me esquivó. Esa noche está envuelta en una bruma de alcohol. Y lo siguiente que recuerdo es que andábamos prestándonos libros y hablando hasta las tantas, con un Jack Daniel’s delante y fumando Gauloises, sobre la Escuela de Fráncfort y Exile on Main Street y las modalidades narrativas en el Ulises. —¿Y qué libros os prestabais? Russell lo pensó un momento. —Céline, Nathanael West, Paul Bowles, Hunter Thompson, Raymond Carver. El primer libro de relatos de Carver fue importantísimo para ambos. —¿Y cuándo conociste a Corrine? —De eso sí me acuerdo con claridad. La vi por primera vez en la fiesta de un club universitario, cuando yo era alumno de primero. Ella estaba en lo alto de unas escaleras, y esa es la primera imagen que tengo de ella, vista desde abajo: una rubia preciosa que fumaba un pitillo. No sé si ese día habría reunido el valor suficiente para hablarle, pero mientras la observaba apareció su novio por detrás, y ella se volvió para mirarlo y él acercó una mano para acariciarle la mejilla. No tenía ni idea de que salieran juntos, pero sí sabía quién era él: estaba en el equipo de baloncesto y era un tipo importante en el campus. Así que allí estaban ellos dos, en el monte Olimpo, y yo allá abajo con los pazguatos y los borrachos. El semestre siguiente ella estaba en mi clase de poesía romántica, y yo no paraba de hacerme notar. Jeff también asistía a esa clase, pero nunca hablé con él. Competíamos entre nosotros. —¿Por la atención de Corrine? —Por la de todo el mundo, aunque supongo que yo trataba de impresionarla especialmente a ella. Y al profesor, por supuesto. Llegó la camarera con la bebida de Astrid, servida en un vaso de cristal grueso y con una ramita de apio sobresaliendo entre los cubitos de hielo. —¿Sabe qué? Tráigame uno a mí también.
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—¿Con Belvedere y caldo? —Caray, ¿por qué no? —Venga, anímate —dijo Astrid. —En eso estoy, aunque pongo seriamente en duda que cualquiera de los dos sea capaz de distinguir entre un vodka de calidad como se supone que es este y un chorro del pozo; de hecho, sé a ciencia cierta que no podemos. El pozo, por si quieres saberlo, es ese hueco debajo la barra donde esconden el alcohol barato; lo sé porque trabajé de barman cuando estudiaba en Brown, y la mera idea de que sea posible distinguir entre el Belvedere y el brebaje que toman los borrachines cuando viene mezclado con zumo de tomate, tabasco y rábano picante es ridícula. De hecho, dudo que los distinguieras puros. Si algo caracteriza al vodka es precisamente que no tiene sabor: es alcohol con agua y punto; fin de la historia. El culto a estas marcas tan caras es absurdo, un chanchullo de marketing que empezó en la época en que yo cumplí los veintiuno y tuve edad legal de beber. Allá por 1981, Jeff y yo nos creíamos el no va más pidiendo Absolut en el Surf Club... Sí, menudos entendidos estábamos hechos. Ahora hay que pedir Ketel One, Belvedere o Grey Goose, pero no se trata de lo que contenga la botella: es una cuestión de marketing, de si a un puto famoso lo ven tomando uno u otro. —¿Y por qué has pedido Belvedere? —Porque no quería parecer cutre. —¿He dicho algo que te ha hecho enfadar? —No, claro que no. Perdona, no pretendía ponerme a despotricar así. —Parece que tienes problemas serios con Jeff. —Ay, por favor, no me vengas con esas chorradas. Es probable que ni hubieras nacido cuando él murió, y yo he tenido décadas para pensar en la cuestión. El único problema que tengo con Jeff es que está muerto, joder. Eso y que fuera un yonqui. —Vaya, pues son problemas de peso. —Lo siento, no pretendía ponerme como una moto. —En ese
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momento, la camarera, cual ángel misericordioso, apareció con su copa, y tras beberse un tercio de un trago, Russell añadió—: Madre mía, qué bueno está. A ver… ¿por dónde íbamos? —Te estabas quejando sobre el vodka. —Acabo de entender de dónde sale esa cantinela. —¿Qué cantinela? —Toda esa diatriba sobre el vodka. En realidad, era cosa de Jeff… solía burlarse de que yo solo tomara Absolut. Él siempre se aseguraba de pedir Smirnoff o el más barato que tuvieran. Cuando murió, dejé de tomar vodka bueno durante años, como una especie de tributo a Jeff. —Oh, vaya, pues qué detalle más genial. —Querrás decir que te parece genial ahora que sabes que la cosa tenía que ver con Jeff. —Bueno, estoy escribiendo sobre él. —Y te lo agradezco, de verdad. Hace unos años, me entristecía pensar que ya nadie lo leía, que solo lo recordábamos unos cuantos. —Pero os tenía que resultar raro el hecho de que escribiera sobre vosotros, sobre Corrine y tú y él… ya sé que no hacía eso exactamente, pero aun así… —Un poco extraño era, sí. —O sea, lo que todo el mundo quiere saber, supongo, es cómo editaste Juventud y belleza. —De la misma manera que edito todos los libros: frase a frase, leyendo con atención, haciendo preguntas. —Pero Jeff no estaba ahí para contestarlas. —Así que las contesté yo como me pareció que lo habría hecho él. —Me refiero a si corregiste el libro de forma que os hiciera parecer… ¿mejores? A ti y a Corrine. Supongo que la cuestión es si… perdona, pero circula por internet y todo… ¿dejaste fuera algún material que no resultara halagador? —Esa es una pregunta capciosa.
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—Bueno, tuvo que ser tentador. ¿Nunca se te ocurrió la posibilidad de darle el manuscrito a otra persona? ¿Cómo ibas a ser objetivo? La camarera llegó con las hamburguesas, una interrupción que permitió a Russell atenuar y, en última instancia, disipar su indignación. —¿Les traigo algo más? ¿Mostaza? ¿Kétchup? —Kétchup —contestó Russell. —Y yo me tomaré otro bloody bull. Russell consideró sus opciones. —Qué demonios, tráigame una copa de zinfandel de Rafanelli. —Yo también tomaré una. —¿Quiere el bloody bull y el zinfandel? —preguntó la camarera. —¿Por qué no? Ya casi es fin de semana. Russell quedó ligeramente impresionado. —Una de las cosas que me encantan de este sitio —dijo— es que, a diferencia de cualquier otro restaurante de Nueva York que no se considere una cafetería, no tienen problema en traerte un bote de kétchup a la mesa. —¿Sería adecuado ponerles kétchup a los huevos de toro? —preguntó Astrid, y luego soltó una atractiva risita. —Sería casi obligatorio, creo. Daño no haría, desde luego. Cuando la camarera les hubo traído el kétchup, se dedicaron a sus hamburguesas: Russell puso un cuidadoso chorrito de salsa en cada cara del panecillo, y un montón de cebolla frita sobre la carne; Astrid también estaba absorta en su propio ritual. La camarera volvió con las bebidas, y se marchó de nuevo. —Estamos a punto de alcanzar un nuevo nivel de intimidad —comentó Russell cuando hubo recompuesto su plato. —No me digas, ¿aquí mismo, en la mesa? —Comerte una hamburguesa delante de otra persona supone despojarte de varias capas de formalidad y dignidad. —En especial si le chupas los dedos a esa otra persona.
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—No es algo que se me haya pasado por la cabeza. —Deberías intentarlo —repuso Astrid, y levantó el dedo índice, brillante de grasa, para acercarlo a los labios de Russell. A este, horrorizado y agradecido a un tiempo porque estuviera flirteando tan descaradamente con él, le pareció que sería poco caballeroso avergonzarla y rechazar lo que, al fin y al cabo, era un gesto relativamente adorable e inofensivo. Se inclinó hacia ella, abrió la boca y le chupó el dedo. —¿Qué tal está? —Le falta un poco de sal —¿De verdad le estaba tirando los tejos o solo le tomaba el pelo? La conversación cesó durante un rato, y ambos se refugiaron en la comida. —Bueno, según cierta corriente de pensamiento, tú censuraste el libro de Jeff. —¿«Cierta corriente de pensamiento»? Madre mía, ¿de qué va esto? ¿Harold Bloom ha opinado sobre el tema o estamos hablando de simples provocadores puestos hasta las cejas de Red Bull que navegan por internet de madrugada? —Sencillamente, el tema ha sido el hilo de muchas conversaciones en la red. —¿El hilo? —Ya sabes, el hilo conductor sobre un tema determinado en una página o un foro. Tampoco es que esté diciendo que hayas hecho nada malo; solo quería poner las cosas en su sitio. Además, tengo curiosidad por saber qué se siente al editar un libro que se basa parcialmente en ti y en tu experiencia. ¿No tuviste ni siquiera la tentación de reescribir algunas cosas? ¿De maquillarlas? —Claro que la tuve. Y a ratos me enfadé con Jeff o me sentí dolido. Pero era mi amigo y muy buen escritor, quizá incluso uno de los grandes, en potencia, y me debía sobre todo a él y a su libro. Sí recordaba que había deseado poder cambiar los sucesos del
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pasado con la misma facilidad con la que podría haber alterado los matices y hasta los hechos en la novela de Jeff. Siempre se decía que se trataba de una obra de ficción, incluso cuando era amargamente consciente de lo mucho que le debía a los hechos reales. Pero le enorgullecía haber mejorado la novela, aunque no estuviera dispuesto a alardear de ello. —Pero tuviste que cambiar ciertas cosas. —Muchas menos de las que habría cambiado si Jeff hubiera seguido vivo. Me dejé las uñas para no hacer lo que tú sugieres. Es una de las intervenciones más someras que he hecho en mi vida, y no corregí nada que afectara al tono o a la trama. Tú has leído la novela, es evidente, y no se puede decir que el personaje inspirado en Russell sea ningún santo. Unas veces es tan creído que casi da risa, y otras no tiene ni idea de nada. Además —hizo una pausa, pero luego pensó que ya daba igual y añadió—: le ponen los cuernos. —Lo que yo decía, exactamente. Russell contestó con un «gracias», aunque aquello no cuadraba del todo con el comentario de Astrid. —¿Qué pasó con el manuscrito? —Lo tengo en algún sitio. —De hecho, sabía exactamente dónde estaba: en un archivador en su casa. —¿Considerarías alguna vez… no sé, enseñárselo a alguien? —¿Piensas en alguien en concreto? —Bueno, es evidente que a mí me encantaría verlo… Bueno, algún día. Hubo otro momento de silencio durante el que volvieron a concentrarse en sus platos, un trance de calórica abundancia templado por la luz del sol que bañaba la mesa y se derramaba en el suelo del local. —¿Pondrías reparos a que lo viera? —Lo consideraría una falta de confianza —repuso él—. La mano del editor debería ser invisible. —Este vino está buenísimo —comentó ella.
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—El vino perfecto para una hamburguesa. —¿Te parecería muy decadente por mi parte que pidiera otra copa? —Como caballero que soy, probablemente tendría que acompañarte para no hacerte sentir cohibida. Russell le preguntó por la facultad, por las clases y por sus lecturas. Astrid le hizo preguntas sobre Nueva York, sobre el negocio de la edición y los años ochenta. Él no pudo evitar que le cayera bien aquella joven tan guapa y con tanto interés en él y en las cosas que él adoraba, tan hasta arriba de vino y vodka y de admiración por sus logros y su sofisticación como para dar la sensación de que, de hecho, lo encontraba sexualmente atractivo. Una vez fuera del restaurante, Astrid lo asió del brazo y soltó: —Cojamos una habitación en el Chelsea Hotel. Russell la miró, perplejo; la expresión pícara de Astrid le pareció desafiante, audaz. Le dio vueltas al asunto durante unos instantes. La tentación era casi irresistible. —No puedo decirte cuánto significa para mí que hayas sugerido eso, aunque sé que en realidad no va en serio. —Pues sí, de hecho va en serio —dijo ella, y se inclinó para besarlo en los labios. —Esto me dará para ir tirando el resto del año. —Ya me dirás qué decides con respecto al manuscrito —zanjó Astrid.
Después, mientras volvía andando a la oficina tras haberla metido en un taxi, Russell se asombró por lo sensato que había sido; se sentía orgulloso de sí mismo, pero también un poco triste al pensar que tal vez no volvería a experimentar nunca la emoción incomparable de explorar un cuerpo ajeno. Aquella sensación de posibilidad erótica le duró toda la jor-
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nada, y por la noche, cuando se metió en la cama tras haberse tomado casi una botella entera de pinot noir durante la cena, el impulso lo llevó a abordar a su mujer. Mientras ella leía, tendida a su lado, empezó a besarla en el cuello y a acariciarle los pechos. Al principio Corrine lo ignoró, pero luego sucumbió gradualmente. Russell ni siquiera recordaba cuándo habían hecho el amor por última vez, pero ahora, por primera vez en meses, estaba excitado, y se movió hasta ponerse encima de ella. —Espera —dijo Corrine, y tendió una mano hacia el cajón de la mesita de noche. Sacó alguna clase de lubricante, que se aplicó mientras él notaba cómo aflojaba su erección, y luego lo guio con la mano para penetrarla. Acometieron un ritmo acompasado, y Russell se rindió a aquel placer lento y creciente. La sensación se iba volviendo mejor y más insistente por momentos. Por lo visto había tomado la dosis precisa de vino para liberarse de sus inhibiciones y de la ansiedad cotidiana sin llegar al impedimento físico. Habían adoptado una cadencia mutuamente satisfactoria que se iba acelerando poco a poco. De repente, Russell sintió que le faltaba el aliento y temió desmayarse, o algo peor. Empezó a jadear para recuperar el aire, pero eso no impidió que siguiera arremetiendo con las caderas; le vino a la cabeza el término «estertores». Iba a morir en plena faena, como Nelson Rockefeller. «Pensó que estaba llegando, pero se estaba yendo.» Con el corazón desbocado y una creciente sensación de desesperación, luchó por llenar de aire sus pulmones. Lo abrumaba el miedo a su propio fin. Eso es lo que sentiría cuando perdiera el contacto con el mundo de los vivos, ese pavor sin aliento. Aunque consiguiera escapar esta vez, no tardaría en volver a por él. Era así como acababa el mundo: no con una explosión, sino siendo privado de la gloria de un último orgasmo… Trató de decirle a Corrine que se encontraba mal, pero era incapaz de hablar, de despedirse del amor de su vida; y entonces,
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justo cuando se había convencido de que iba a morir encima de ella, empezó a recobrar el aliento y su pánico fue remitiendo poco a poco. Fingió un orgasmo con varias arremetidas violentas acompañadas de una serie de gemidos, y luego rodó de costado para apartarse de ella, con la angustia disminuyendo a un nivel casi soportable, hasta que lo único que quedó fue un residuo de temor y un sentimiento de alivio empañado por la irremediable sensación de haber vislumbrado su propia caída en el olvido.
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