quisiera quedarme quieta
LILIÁN LÓPEZ CAMBEROS dharma books
Me miraba con ternura, queriéndome consolar. Extraños, sin palabras. La mirada es lo más profundo que hay. Inés Arredondo, “Año nuevo”, Río subterráneo
No estoy lejos de creer que la fuerza de su transformación consistió en no ser ya el hijo de nadie. (Esta es, en definitiva, la fuerza de todos los jóvenes que se van.) Rainer Maria Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge
acapulco
Era domingo de puente, Marcela manejaba. Estábamos en silencio, pero una idea que tuvimos flotaba. El sueño es la vigilia. Una pared de montaña guerrerense, otra de cantera rebanada. La vigilia es el sueño. El paisaje no cambió durante mucho tiempo sino que nos tragó, se instaló con pequeñas variaciones, rodeándonos de un verde húmedo que daba tristeza. Pero mantenía el ensueño. El humo de los escapes, los espectaculares de la carretera, la respiración de Lluvia que dormía en el asiento de atrás, el calor, siempre el calor. Todo me parecía distinto, irreconocible. Aquellas horas bajo el sol de Acapulco, en su playa de agua tibia, nos habían mostrado el reverso de las cosas. Cómo volver a lo demás, burdamente y sin misterio, después de vivir el mismo sueño. ¿Sonaría mi teléfono? No lo escuché, procuré no escucharlo, porque entonces habitaba dentro del sueño y otras veces la llamada, en su amenaza, traía consigo una responsabilidad, 7
una decisión o –quizá, era posible– una noticia fatal, que yo postergaba. Desde hacía algún tiempo, Marcela y yo hablábamos de nuestros sueños. De lo que soñábamos, que es distinto de lo que esperábamos. Sabíamos medir los significados, a veces tan transparentes que preferíamos callarlos y mantenerlos secretos, como la noche antes de salir a Acapulco, cuando soñé que un bebé muy pequeño, rosado, de cabeza deforme, se me caía una y otra vez de los brazos. Lluvia, la prima de Marcela, dormía a pierna suelta en una de las camas, a la que se había arrojado la noche anterior sin preguntar si nos molestaba compartir la sobrante. El calor no me dejó dormir. Media hora más tarde me levanté y me asomé por el balcón. La única virtud del ruinoso hotel al que llegamos era la vista a la playa de la Condesa. Se llamaba Panoramic, fue el más barato que encontramos. En su página de internet, obsoleta, se anunciaba como un clásico del Acapulco dorado, vestigio del glamour de los años cincuenta. Desde entonces no se había restaurado. Para llegar a él había que subir por unas calles empinadas y llenas de curvas, el pavimento reventado, los hoteles casi abandonados, las tienditas con las cortinas a medio cerrar. Acapulco era bello, antes. Una claridad de sol y humedad bajaba desde el mar por la Costera, surcada de palmeras tropicales, y a ella no se le resistían los colores falsos: rosa pastel y amarillo y verde neón. El oleaje eterno, tan azul. En aquel puerto nadie dormía, las luces no se apagaban nunca, había una calma tensa, plateada, trabajada hasta la extenuación. El barrio de la Condesa, antiguo epicentro de la vida nocturna, estaba desértico a esa hora. Pero dentro de la discoteca con motivos bucaneros operaba, todavía, un bungee con servicio hasta la madrugada. Los gritos de la gente al 8
arrojarse no eran silenciosos, como los otros. Nos dijeron que no fuéramos a Acapulco, a Narcapulco. El saldo de aquel fin de semana, busqué la nota días después, fue de ocho personas ejecutadas: un taxista asesinado a tiros dentro de su unidad, cerca del mirador de Las Brisas; dos hombres levantados afuera del Baby’O, uno de ellos mutilado de brazos y rodillas; al segundo lo colgaron de un puente peatonal, pero la cuerda no soportó su peso y el cuerpo cayó sobre la cinta de asfalto. Una patrulla con cinco policías municipales acribillada con cuernos de chivo a la salida del puerto, en una de las carreteras que van a la Costa Chica. Una muchacha, de entre catorce y dieciocho años, violada, apuñalada nueve veces y degollada, su cuerpo abandonado a la intemperie en la colonia Mangos. El mar era una pared negra. Las nubes corrían veloces, sin luna. Pero alcancé a distinguir, cerca de la orilla, la piedra o islote al que llaman El Morro, que sobresale del agua como una yema. Busqué la pipa, tiré la ceniza golpeándola contra la baranda, la rellené con la marihuana que llevábamos. Prendí un cerillo que me quemó los dedos, aspiré fuerte, hasta quedarme sin aire, me tragué el humo y, sin soltarlo, me senté sobre la toalla que se secaba en una silla. Como el terreno de la ciudad está en desnivel, desde nuestra terraza eran visibles las azoteas y jardines interiores de los hoteles que descienden hasta el mar. La avenida Costera Miguel Alemán solía dividir el turismo que visitaba Acapulco: en la línea de playa se ubicaban los hoteles cinco estrellas todo incluido; y sobre la colina, los de mediana categoría que, conforme se alejaban del mar, se iban abaratando. La clase media que antes abarrotaba el puerto se había desplazado, en menor medida, hacia los edificios que 9
antes eran incosteables. Solo la gente como nosotras –con sueldos miserables, sin miedo o prudencia, del D.F. y estados aledaños– poblaba la zona hotelera degradada. En el hotel vecino había una alberca en forma de círculo perfecto, de un azul vivo. Me recordó algo, pero no supe qué. Estuve mirándola largo rato, pensando en esa imagen que se me representaba clara, por instantes, y luego pura bruma. Alguien se lanzó del bungee y el grito desesperado me sorprendió, llevó mi reflexión a otra parte. Me sentí triste, otra vez. El teléfono estaba apagado. Lluvia roncaba, con ronquidos que eran los de alguien muy cansado y que duerme profundamente. Marcela estaba acostada con la cara hacia la pared. Entré de nuevo y me puse el traje de baño, todavía mojado. En el pasillo había unas personas sentadas en sillas de plástico afuera de su cuarto, bebiendo tequila con refresco de toronja en vasos desechables y conversando en voz baja. Al pasar junto a ellas vi, por la puerta entreabierta, a dos niños que dormían en una de las camas, las matas de pelo iluminadas por el resplandor de la televisión. La alberca estaba vacía. Metí los pies poco a poco y a la altura de la rodilla me zambullí con un golpe de cloro en la nariz. Floté de muertito, mirando las estrellas. Estuve segundos o minutos, hasta que un chapuzón me hizo perder el equilibrio y me hundí tragando agua. Era Marcela. Nos reímos soltando groserías. Hicimos carreritas hasta lo hondo de la alberca, pero al llegar a la parte donde nuestros pies no tocaban el fondo, Marcela braceó torpemente hacia la orilla y se agarró del borde. Quise preguntarle si no sabía nadar, pero me quedé callada. Aparecieron dos señores, empleados del hotel, nos dijeron que acababan de echarle los químicos a la alberca, 10
que ya era muy tarde y que nos saliéramos. Entre risas les dijimos que ahorita, que ya casi, que una vueltita más, hasta que se cansaron y se fueron, mentándonos la madre. El elevador tenía pegada una hoja de cuaderno que decía “fuera de serbicio” con pluma azul. Subimos siete pisos de escaleras. Cada escalón era un dolor diferente, el esfuerzo nos empapó de sudor. Pasamos otra vez por la fiesta improvisada en medio del pasillo, dijimos con permiso y ellos levantaron los pies. Vi que eran dos parejas, tal vez primos o cuñados; escuché un pedazo de conversación que me pareció aburrido, deprimente, preferible ignorarlo. Entramos al cuarto. Lluvia dormía y roncaba con la cabeza apuntando a la lámpara del buró. Me bañé y me puse ropa interior limpia. Al salir de la regadera vi a Marcela dormida sobre una toalla en la cama, el brazo colgándole por un lado como si tocara tierra. Me acomodé despacio, sin rozarla. El murmullo de las olas entraba por la ventana. Después una sirena de policía, música distante. Tardé mucho en dormirme. Soñé con el camino hacia Acapulco de madrugada, pisando el pedal hasta el fondo, tratando de alcanzar el amanecer frente al mar, sin conseguirlo: nos encontró en una gasolinera de Iguala, afuera de unos baños públicos. Acapulco no se parece al que conocí de niña. Si había dinero íbamos en las vacaciones de verano, a veces en las de diciembre. El día que salíamos nos levantaban a las cuatro de la mañana, nos daban de desayunar huevos tibios con limón y Chocomilk, y luego, envueltos en cobijas, nos acomodaban en la Wagon café. Tomábamos la salida a Cuernavaca todavía de noche y siempre, antes de Chilpancingo, yo despertaba y ya no lograba dormirme hasta que, después de varias montañas y puentes iguales, el mar aparecía detrás de una 11
curva. Entonces bajaba el vidrio. La brisa me rasguñaba las orejas, traía olor a sal. Despertaba a gritos a Cristina y a Luis, que volvían del sueño como de un lugar remoto, y los dos brincoteaban, gritaban también; creo que éramos felices, que la felicidad estaba ahí, en la promesa. Ahora todo se encuentra descolorido por el sol, avejentado. La humedad aniquiló las fachadas de los edificios, los anuncios de los restaurantes y bares extintos sobre la Costera son letra muerta. La primera noche que salimos, en una esquina frente a la Diana Cazadora, varias personas sentadas en mesas al aire libre bebían jarras de cerveza mientras miraban un partido de futbol en una pantalla gigante con altavoces. A un lado, una niña con la playera del Señor Frogs bailaba un reguetón que llegaba de la tienda al tiempo que repartía volantes. Los pocos que los aceptaban los tiraban de inmediato, sin verlos. Pero algunos hombres, desde las mesas, le chiflaban. Por la mañana fuimos a la plaza Galerías porque a Lluvia se le había olvidado empacar su traje de baño. Caminé detrás de ellas un rato, aburrida y desganada, pues había juntado dinero para gastar en comida solamente. Merodeé sin rumbo por los pasillos y las tiendas semivacías, transitando de un aire acondicionado a otro, hasta que preferí salir al calor y al ruido de la calle. Crucé la avenida a zancadas, esquivando los coches y camiones que obstaculizaban el paso de cebra. A un costado del hotel Emporio había un caminito de adoquín que conducía a la playa y desembocaba en un charco de aguas renegridas y aceitosas. Los señores del parachute y las motos de agua se paseaban entre las palapas en busca de clientes. Más de uno me ofreció descuentos, me dijo güerita, me persiguió durante un buen tramo. Con las sandalias en la mano caminé sobre la arena quemante, metí los pies en el 12
agua, me detuve a mirar El Morro. Sentí deseos de nadar hasta él, pero el mar me daba miedo. Dejamos de venir a Acapulco, creo, desde la vez que a mi papá le dio un calambre en la playa del Revolcadero. Por la tarde fuimos al súper y compramos cervezas, manzanas, latas de atún y pan Bimbo. Luego caminamos sobre el pavimento ardiente con las bolsas encima, sudando bajo la sombra desigual de los hoteles de la Costera. Me pareció que el mar de la Condesa estaba picado. Las olas verdes se rompían con violencia al tocar la arena. Rentamos unas sillas reclinables, una para cada una. Dejé las bolsas a un lado, sin abrirlas. Entonces Lluvia sacó la cajita. —Les traje unos ajos, chavas. Apareció su risa pendeja, entrecortada, como un hipo. Marcela aplaudió y luego me miró, otra vez la solicitud. Yo solo me reí, le dije que sí, saqué un cigarro y lo prendí, pero lo apagué cuando vi que la mano me temblaba. Lluvia nos dio los pedacitos de papel. Nos dijo que dejáramos que se disolviera en nuestra lengua y que tardaría, máximo, unos cuarenta minutos. Me lo metí, me puse los audífonos, cerré los ojos y sentí, al instante, que no podía someterme a la espera. Recé para que se disolviera rápido. El papel y la angustiosa espera. Abrí mi libro, una novela de terror que no terminaba de imaginarme porque siempre la leía distraída con otra cosa. En la historia había un recién nacido hidrocefálico, vagamente maligno, muchas puertas y pasillos y miradas al ras del suelo, como de gatos que merodean. Aquello marcaba un contraste incómodo con la playa, con sus olores y humedades, con las voces que nos llegaban desde la arena y, apostados en algunos semáforos a lo largo de la avenida, escurriendo sudor por debajo de 13
sus cascos antifragmento, con los soldados federales y sus armas largas. Era fin de semana de puente, pero había pocas familias en el centro de Acapulco. Casi todas estaban en Punta Diamante, del otro lado de la autopista Escénica, en la bahía gemela que, detrás del cerro, quedaba oculta y un tanto inaccesible; la parte que todavía era segura, que no había sido tocada por la herrumbre, en la que aún se podía vacacionar sin peligro: según las estadísticas, según la creencia general, según la terquedad pero también la necesidad (de la playa, del sol, de la distancia) que inspiraba y todavía inspira Acapulco. Leí un rato, sin concentrarme. Levanté la mirada: el mar estaba igual, brillaba bajo el sol, iba y venía con el mismo ritmo. Nada me parecía diferente, al contrario, las cosas permanecían en un estado inalterado que me resultaba sumamente agobiante y que me hizo desear que el papel funcionara ya o que no funcionara nunca. ¿Qué encontraría allá, en la otra orilla? Sentí la boca seca, abrí una cerveza y le di un trago hondo. Bebí hasta que el líquido espumoso me escurrió por la barbilla. Luego me dio una náusea parecida a un cólico y me incliné. Marcela y Lluvia se miraban y empezaban a reírse, esas risas como las primeras veces que fumamos marihuana, cuando íbamos a la escuela, frescas y sin la menor vergüenza. Empecé a reírme también, de nervios, y al instante me invadió una carcajada. La carcajada se volvió maniática, imparable. Me levanté mareada y sentí mucho calor, un calor insoportable, como nunca. Me quité la blusa y caminé hacia el mar. La única solución, al menos la más rápida, era el agua. Me mojé la cara, los brazos, las piernas, sin meterme demasiado. Pero no paraba de reír. La risa me deformaba la cara, me daba una sensación en el abdomen 14
como de intestinos exprimidos. Metía la cabeza al agua y tragaba agua salada y la sal me picaba los ojos, pero no podía dejar de reír. La risa era una prisión. Al volver encontré a Marcela sentada en la arena, con los pies dentro del agua. Tenía los ojos rojos, una sonrisa boba, una vaga expresión de bienestar. Le dije que no sabía si ya estaba y ella me dijo que esperara, con una tranquilidad que no le conocía. Me senté en la silla reclinable y noté que de mis muslos manaba arena como una cascada. Cientos, miles de granos caían por la pendiente entre mi rodilla flexionada y el nacimiento del muslo, una cascada dorada que fluía con movimiento de agua que corre. Pero al tocarla, nada. Deduje que el sol producía un efecto cinético sobre la mezcla de agua y arena. Miré el mar. Pero antes de él encontré otra superficie, un campo de visión más inmediato, como si lo que el ojo registrara estuviera dividido en capas superpuestas al igual que las filminas de un proyector. La fibra más cercana a mí estaba manchada de gusanitos de colores, parecidos a los que se forman sobre un vidrio húmedo atravesado por el sol. Creí entender el mecanismo. Se trataba, sencillamente, de un filtro sobre los ojos. Como el papel de celofán sobre los lentes de las cámaras. Un velo, es decir, un embuste. Para ver todo diferente sin que nada diferente ocurra. Pero: la cascada de arena sobre mi muslo tenía vida auténtica. Era un derrame constante, un verter de arena infinita. Quise comprobar el espejismo. Me puse de rodillas, tomé un puñado de arena y lo dejé escurrir entre mis dedos y entonces vi cada grano, reconocí cada grano y admiré sus dibujos y el mineral y la piedra original. Los cuarzos diminutos, particulares, únicos, palpitaban. Miré los edificios de la 15