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Mínimas despedidas Lorea Canales Primera edición, 2019

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Publicado por Dharma Books + Publishing Colección: El vuelacercas

© 2019, Dharma Books + Publishing Atlixco 104, int. 4, Hipódromo Condesa, 06170. Cuauhtémoc, cdmx. www.dharmabooks.com.mx

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Diseño de portada Alejandro Magallanes

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Diseño editorial Raúl Aguayo Impreso en México Se prohibe la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño tipográfico y de portada, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de la editorial.

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Siendo el jueves 29 de noviembre de 2018, el comité editorial de esta casa seleccionó Mínimas despedidas, de Lorea Canales, como una de las tres obras ganadoras de la Convocatoria 2018 para Narradoras de Habla Hispana. 8

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Hace dos años, mientras comía con una amiga en el Hotel Carlyle, un candil se desplomó sobre mi cabeza. Era una pieza de vidrio veneciano hecha por un escultor célebre. Tenía largos tentáculos de cristal dorado. No recuerdo si me di cuenta que se caía, si logré gritar o si pensé que era un temblor. No recuerdo nada antes del accidente. Quedé inconsciente. Me llevaron de urgencias al Hospital de Lenox Hill. Tuve una reacción adversa a la anestesia y caí en coma. Desperté dos meses después. No tenía memoria, pero sí una nariz nueva, pues mi etmoides se había roto –junto con el tabique– en muchos pedazos. Una astilla de vidrio llegó a estar cerca de mi cerebro y esa fue la cirugía que se complicó. Cuando volví en mí –que no fue volver en mí porque no tuve memoria– pero bueno, digamos, cuando desperté, tanto los médicos protestantes como mi marido judío pensaron que era un milagro. La única que se mantuvo escéptica fue mi suegra. Mi convalecencia fue rápida: aparte de la amnesia, no parecía sufrir ningún 9

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otro trastorno fisiológico; el habla, mis reflejos y movimientos parecían normales. Me recomendaron un terapeuta para el trauma psicológico y me enviaron a casa. Tengo cuatro hijos. No sé por qué tengo cuatro hijos., ni a qué tipo de persona se le ocurre tener tal cantidad de progenie. El más grande es Albert, a quien no parece importarle mucho que no esté en mi memoria. Al más pequeño, Simón, sí le molesta que yo no sea tal como él recuerda. Hay un piano de cola en medio de la sala. Es mío. Dicen que tocaba muy bien. A veces me acerco a él y paso mis manos por sus teclas de marfil. Una noche de insomnio hasta me senté e intenté leer las notas: nada, como si estuvieran en sánscrito. Felipa, la mujer que cuida a mis hijos, me dice que yo era una madre muy acomedida, que pasaba mis días haciéndome cargo de los muchachos, tocando el piano, cocinando y jugando tenis. Ahora no hago nada de eso. Hemos contratado a una chica de limpieza para que Felipa no se queje de la carga del trabajo, y yo le digo: cuídalos como si fueran tuyos. Lo digo en serio. Yo no sé bien qué hacer con ellos. Tienen tantas tareas y actividades extracurriculares que es difícil llevar la cuenta. Albert está a dos años de entrar a la universidad y debe hacer una serie de exámenes. Cree que su futuro depende del resultado. Yo trato de decirle que no es tan importante: —¿Cuál futuro? —le digo—. Mira, yo no recuerdo nada. ¿Cómo vas a preocuparte del futuro si ni siquiera estás seguro de tu pasado? Nada es certero. Él me ve como si estuviera loca. Quiere entrar a una buena universidad y pasa todas las tardes estudiando. Yo, si tuviera sus dieciséis años, me buscaría una novia y trataría de aprender a tocarla como a ella le gusta. 10

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A Gabriel lo entiendo más: está obsesionado con los deportes, juega al tenis y al básquetbol. En eso pasa todo el tiempo. Cuando regresa sudado y de mal humor, abre el refrigerador y la despensa, buscando algo que no está ahí. Yo lo miro y le pregunto: —¿Qué quieres? Pero él siempre me dice que nada y sube a su habitación a bañarse y a hacer los deberes. Me gustaría saber qué es lo que quiere. He ido a comprarle galletas y comida chatarra, que creo puede apetecerle a un muchacho de trece años, pero Felipa las quita de la cocina o él las ve en el estante y las ignora. Miguel y Simón, los dos menores, me parece que ven mucho la televisión y pasan todo el tiempo jugando con sus teléfonos. A veces les pido que dejen de hacerlo y les apago la televisión, pero solo logro que se enojen conmigo. Me dicen que antes yo también me la pasaba con mi teléfono y en la computadora. Olvidé las claves y fue una odisea recuperarlas. Mi marido tuvo que traer a dos tipos de su oficina y tardaron días. Ahora las tengo escritas en un papel pegado a la pared. Pero no las uso. A mi marido le pareció lógico demandar al hotel por mi accidente. —Es un gran hotel, lo cubre el seguro. Nosotros también estábamos asegurados, pero eso no lo detuvo. Necesitaba encontrar a un responsable. Antes de que yo despertara de mi coma –¿mi coma? ¿el coma? ¿fue mío, mi coma?– antes de que despertara, ya habían llegado a un arreglo. Cuando salí del hospital, una pequeña fortuna fue transferida a mi cuenta. Era una cuenta mía, independiente 11

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de la mancomunada. Estipularon que si yo no despertaba lo compensarán a él y a los niños, pero si salía adelante – me gusta esa expresión, salir adelante, no se sale de lado ni para atrás– el dinero sería para mí. Es con ese dinero que le compro comida chatarra a mi hijo. Me alegro de tener esa cuenta, porque mi marido todo el día me monitorea. Me llamaba tres o cuatro veces al día por el celular hasta que decidí dejarlo en casa, lo cual le irrita muchísimo. Pero yo finjo demencia. En las mañanas es él quien me despierta para que vaya a dejar a los chicos al colegio, aunque Felipa puede llevarlos perfectamente. Yo prefiero quedarme en la cama. La primera semana toleró mi pereza, pero el lunes siguiente me insistió con voz firme: —Es tiempo de que retomes tu vida. Tengo un clóset grande con mucha más ropa de la que necesito. Como no recuerdo mis cosas, cada día es como ir a una tienda y elegir ropa nueva. Con la enfermedad bajé algo de peso y todo me queda un poco grande. El primer día elegí unos jeans amarillos y un jersey de cashmere verde con zapatillas rosadas. Mi marido desaprobó mi elección. Toda esa semana usé conjuntos coloridos. Después del tiempo en el hospital me sentía llena de vida, con ganas de celebrar. Era la segunda semana que estaba en casa y hasta entonces mi marido no me había tocado. Una noche, vestida con un camisón púrpura que encontré escondido detrás de otros de colores claros y aburridos, le hablé: —¿Por qué no me haces el amor? Pareciera que le hubiera preguntado por qué no cazaba niños en el desierto subsahariano. Abrió los ojos. 12

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Se le pusieron rojas las orejas. Dejó de mirarme y noté que hacía un gran esfuerzo, respirando más de lo que parecía necesario. Me dio lástima y quise confortarlo: extendí mi mano sobre su hombro, pero cuando lo toqué, saltó. Lo siguiente es interesante, según los doctores forma parte de mi recuperación y ocurrirá más a menudo: recordé en ese momento que de niña vi la película El exorcista y había tenido ese tipo de miedo feroz que ahora sentía mi esposo hacía mí. Nos quedamos cada quien en nuestro lado de la cama y yo tardé un poco en dormir, rememorando la película. Al día siguiente encontré sobre la cama un par de pantalones de lana azul marino, una camisa de seda blanca con un estampado de anclas azul celeste y unos zapatos beige con la punta y el tacón del mismo azul oscuro. Me lo puse para complacerlo. Me sentí incómoda todo el día. Me miré en el espejo; me cuesta trabajo verme, porque la nariz que me han rehecho es fea, delgada y respingada. He visto fotos de mí antes del accidente, tenía un semblante mucho más agradable y una nariz un poco más larga, con personalidad. Yo creo que mi hijo más chico, Simón, la tiene parecida –o la tendrá, la nariz y las orejas siguen creciendo toda la vida–; las uñas y el cabello, hasta después de la muerte. Tres días me puse la ropa que él quería, también en la noche los camisones color crema, pero luego me di cuenta que no hacían ningún efecto. No hablábamos más. Al cuarto día fui a una tienda deportiva y con mi dinero compré unos tenis Nike anaranjados con verde; los únicos tenis que tenía en mi clóset eran blancos. —No vas a poder usarlos en el club —me dijo mi marido cuando los vio. 13

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—¿Qué club? —pregunté. Me miró con cara de desesperación, como si a propósito hubiera olvidado. Ni siquiera esperé que me respondiera. Marqué por teléfono a mi amiga Marcela para preguntarle. Marcela era mi amiga antes y seguía siéndolo; a ella acudo cuando necesito recordar algo. Hemos pasado largas horas charlando. —¿Entonces yo también soy judía? —No. Nunca aceptaste convertirte. —¿Y por qué no? —Decías que él tenía que aceptarte. Que no te podías convertir en algo que no eras. —¿Y él me aceptó? Era curioso, aunque no la recordaba ni un ápice, lograba comunicarme con ella. Hasta imaginaba el momento preciso en el que encogía los hombros. —Aceptaste criar a los niños en el judaísmo. —Pero, ¿no es la madre la que..? —Sí. Aquella tarde tenía puesto todavía uno de los atuendos elegidos por él. Miré mis zapatos de charol negro hechos con piel de lagarto. —¿Y siempre me vestía así? —Sí. La mayor parte del día no sé qué hacer. Me pongo mis tenis anaranjados y salgo a recorrer la ciudad. Me gusta parecer turista, conservo un conocimiento básico de Nueva York, sé de la Estatua de la Libertad y del Empire State Building. Estoy consciente de que Park Avenue es una avenida elegante y puedo extrañamente recordar dónde está la casa de Marcela, a unas cuadras de la mía, 14

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sobre la segunda. Pero cuando desperté no sabía dónde quedaba el consultorio de mi dentista; no tenía memoria de jamás haber cenado en ningún restaurante o de haber entrado en los cafés de mi barrio y nadie parecía reconocerme. Le dije a Felipa que no me esperara y salí a caminar hacia el sur de la ciudad. Caminando sin rumbo, me topé de pronto con el East River, y crucé a un pasaje peatonal al lado del río. Me gustó ver el agua. Seguí hacía el sur cuando de pronto reconocí el club de Tenis. Claro, decía River Tennis Club sobre el toldo; supe que había estado ahí antes. Entré y noté que ellos también sabían quién era yo. La recepcionista titubeó. —Señora Goldsmith —dijo. Asentí. —¿Viene a jugar? Ella miraba con horror mis tenis anaranjados, jeans y sudadera con el logo del colegio de Albert. En el breve espacio de esa conversación, algunas personas salieron del club. Noté que vestían de blanco, exclusivamente. —Olvidé mi número de casillero —le dije—. Olvido muchas cosas últimamente. Puedo comprar en la tienda del club lo que necesito. Pero, ¿hay algún maestro disponible? La recepcionista suspiró, miró con cara de aburrida la agenda y accedió, señalando la boutique. —Carlo la estará esperando en la cancha cinco. Ataviada toda de blanco llegué a la cancha de arcilla. Carlo me saludó con genuina alegría. Le advertí que no estaba segura de mi juego y me aseguró que 15

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