La niña del cuaderno
NEFELIBATA
BART VAN ES
La niña del cuaderno
Traducción de Josep Escarré Reig
Barcelona, 2020
Título original: The Cut Out Girl © 2018, Bart van Es © 2020, de la traducción, de Josep Escarré Reig © 2020, de esta edición, por Antonio Vallardi Editore S.u.r.l., Milán Todos los derechos reservados Primera edición: mayo de 2020 Duomo ediciones es un sello de Antonio Vallardi Editore S.u.r.l. Av. de la Riera de Cassoles, 20. 3.o B. Barcelona 08012 (España) www.duomoediciones.com Gruppo Editoriale Mauri Spagnol S.p.A. www.maurispagnol.it ISBN: 978-84-17761-46-1 Código IBIC: FA DL B 25.717-2019 Diseño de interiores: Agustí Estruga Composición: Grafime www.grafime.com Impresión: Grafica Veneta S.p.A. di Trebaseleghe (PD) Impreso en Italia Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico, telepático o electrónico –incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet– y la distribución de ejemplares de este libro mediante alquiler o préstamos públicos.
Para Charles de Jong y Catharine de Jong-Spiero y Henk van Es y Jannigje van Es-de Jong
Prólogo Diciembre de 2014
–Sin las familias, no tendrías historias. La mujer que me dice esto está preparando café en su apartamento de Ámsterdam. Se llama Hesseline; abreviado, Lien. Tiene más de ochenta años y aún posee una belleza natural: su tez es clara, sin maquillaje; la única joya que luce es un pequeño reloj de plata, y sus uñas, aunque no las lleva pintadas, son brillantes. Su porte es enérgico, pero también un poco bohemio: viste una chaqueta larga de punto de color gris oscuro y un pañuelo de cachemira suelto. Hasta hoy, no recuerdo haberla conocido. No obstante, sé que esta mujer creció con mi padre, que nació en Holanda inmediatamente después de la guerra. Aunque en otros tiempos fue parte de mi familia, ahora ya no es así. Se envió una carta y se rompió la relación. Incluso ahora, casi treinta años después, a Lien aún le duele hablar de eso. Salimos de su cocina americana de color blanco y nos trasladamos al salón; está bañado por la luz del sol invernal, que filtran parcialmente unos artísticos vitrales encajados en los cristales. Esparcidos debajo de una mesita de cristal hay libros, catálogos de museos y revistas culturales. Los muebles, al igual que las fotografías de las paredes, son modernos. Hablamos en holandés. 9
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–En su correo electrónico decía estar interesado en la historia de la familia y en la posibilidad de escribir un libro –dice ella–. Bueno, lo de la familia, realmente, no me interesa. Los Van Es fueron importantes en mi vida hace mucho tiempo, pero no ahora. Dígame, ¿qué es lo que escribe usted? Su tono es afable y formal al mismo tiempo. Le hablo un poco de mi trabajo como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Oxford –escribo libros y artículos sobre Shakespeare y la poesía del Renacimiento–, aunque ella ya lo sabe casi todo gracias a internet. –Dígame, ¿cuál es su motivación? ¿Mi motivación? No estoy seguro. Creo que la suya podría ser una historia interesante y compleja. Dejar constancia de estas cosas es importante, sobre todo ahora, teniendo en cuenta cómo está el mundo, con el extremismo nuevamente en alza. Aquí hay una historia por contar que no quiero perder. En esta luminosa mañana de diciembre hablamos de la situación mundial, de Israel, de política holandesa y de cómo están las cosas en Gran Bretaña, donde el Gobierno de coalición de David Cameron está a punto de cumplir sus cinco años de mandato. Pasamos rápidamente de un tema a otro, casi como si se tratara de una entrevista de trabajo. Tras aproximadamente una hora, ella empuja su taza vacía y, de forma categórica, dice: –Sí, tengo fe en esto. ¿Nos sentamos a la mesa? ¿Tiene un cuaderno y un bolígrafo? No había querido presentarme como un reportero, por lo que me veo obligado a pedirle papel y algo para escribir. En seguida estamos sentados a la mesa del comedor, que es 10
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de madera laminada clara. Puedo preguntarle lo que quiera sobre todo lo que recuerda: lo que decía y hacía la gente, cómo vestía y qué comía ella, las casas en las que vivió y lo que soñaba. Estamos sentados en su cálido y moderno apartamento, y nuestra primera reunión se alarga durante horas. Los documentos –fotografías, cartas, objetos varios– solo van apareciendo de forma gradual, a medida que ella piensa en ellos, pero a media tarde, cuando la luz de la calle ya va desvaneciéndose, la mesa está cubierta de recuerdos. Entre ellos figura una novela infantil con la cubierta de un brillante color amarillo, en la que se ve un barco de vapor, y un azulejo de cerámica con el dibujo de un hombre que se está ahogando. También hay un álbum de fotos con unas tapas rojas de imitación de piel con el lomo muy gastado. En la primera página del álbum aparece una foto de una pareja muy guapa con las palabras «Mamá» y «Papá» escritas al pie en tinta azul. La mujer que está en la parte izquierda de la fotografía es la madre de Lien y su nombre es Catharine de Jong-Spiero. Está sentada en el borde de una silla de mimbre cuyo respaldo curvo la envuelve. El sol le da de lleno en la cara y sonríe con cierta timidez. Su esposo, Charles, el padre de Lien, está sentado en el suelo, delante de ella, en mangas de camisa; sus manos, muy grandes, descansan cómodamente sobre las rodillas. Tiene la cabeza reclinada sobre su esposa, que le apoya una mano en el hombro; él mira hacia arriba, con expresión irónica y confiada. Tiene un aire de despreocupación, divertido por la idea de posar para una fotografía de un modo que a su mujer, con una sonrisa forzada, le parece complicado. 11
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El aire de despreocupación del hombre también se detecta en algunas otras fotografías pegadas en la primera página del álbum. En una de ellas aparece en la parte trasera de un automóvil, rodeado por un grupo de hombres jóvenes muy elegantes. Sin que nadie se dé cuenta, tiene los dedos índice y medio separados, como si fueran las orejas de burro, detrás de la cabeza del amigo que posa delante de él con un par de guantes y un bastón. En otra, con un sombrero en la mano, aparece frente a una enorme puerta negra; empuja hacia delante una pierna, rematada por un brillante zapato. Hay alrededor de una docena de estas fotos antiguas. En la más arrugada de todas –rasgada, doblada, pegada de nuevo con una cola ya amarillenta– se ve a un grupo de unos veinte hombres y mujeres jóvenes en la playa, en bañador, sonriendo y abrazándose. En el centro, una mujer con un traje de baño blanco 12
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sostiene lo que parece un balón de voleibol. «Mamá, papá, la tía Ro, la tía Riek y el tío Manie», reza el texto escrito a mano que aparece debajo de la imagen. Aunque no tengo práctica haciendo entrevistas, nuestra conversación no tarda en coger ritmo. Hago innumerables preguntas, interesándome por algún detalle y tomando notas. –¿Cómo era la habitación? –¿De dónde provenía la luz? –¿Qué ruidos escuchaba? Solo cambiamos de tema cuando se agotan todos los detalles de un episodio y ella no es capaz de añadir nada más. Ya ha anochecido cuando Lien menciona su cuaderno de poesía: es una especie de libro de recortes de poemas que en Holanda solían tener casi todas las niñas. Al principio no es capaz de encontrarlo, pero luego, tras echar un vistazo en otra habitación, me sugiere que me suba a una silla y mire
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en lo alto de la estantería. Y allí está, a salvo del polvo dentro de una bolsita de plástico transparente. Es un cuaderno de tela gris de unos ocho por diez centímetros con un dibujo descolorido de unas flores en la tapa. En su interior, en la primera página impar, hay varias estrofas firmadas «tu padre» y fechadas en «La Haya, 15 de septiembre de 1940». Empiezan así: Este es un librito donde los amigos pueden escribir quien desee para ti un brillante porvenir para mantenerte a lo largo de los años sana y salva con muchas sonrisas y ninguna lágrima.
Me quedo mirando un momento la caligrafía inclinada. En la página opuesta, a la izquierda, hay tres recortables antiguos en tonos pastel: arriba, un cesto de mimbre con flores, y aba-
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jo, dos niñas con sombreros de paja. La de la derecha sonríe y parece feliz, como la madre de Lien en la foto, pero la de la izquierda frunce los labios mientras agarra un ramillete. Mira hacia un lado, como si no fuera capaz de hacer frente a la mirada del espectador.
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Es Hitler quien hace realmente de Lien una niña judía. Sus padres son miembros de un club deportivo judío (hay una foto del equipo que muestra a su padre vestido con unos gruesos calcetines y una camiseta de cuello de pico), aunque, aparte de eso, no son practicantes. Comen matzah durante la Pascua judía y, por influencia de la familia, se casaron en una sinagoga. Sin embargo, a los siete años, Lien piensa más en el equivalente holandés de Papá Noel, San Nicolás, y aún recuerda la rabia que sintió cuando le contaron que, en realidad, no existe. Cree que los adultos la han engañado y, furiosa
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y avergonzada, se esconde en el armario que hay debajo de las escaleras que conducen al apartamento de arriba. Ese armario del número 31 de Pletterijstraat, en La Haya, está al otro lado del pasillo de su habitación, que te encuentras de frente cuando entras por la puerta principal. En su habitación puede verse una fila de cuatro pequeñas ventanas situadas muy cerca del techo; son demasiado altas para poder mirar a través de ellas y filtran una luz bastante tenue. Estas ventanas dan al dormitorio trasero, donde duermen sus padres. La otra habitación, que da a la calle y está conectada con la cocina, la tiene subalquilada la señora Andriessen. Es una anciana, más bien una gran dama, y, como todos los demás, escribe en el cuaderno de poesía de Lien: «Mi pequeña y querida Lien, sigue siendo obediente y buena y todos te amarán, como debe ser», le dice a la niña. Lien presta más atención a los dibujos de flores que ha pegado la señora Andriessen que a ese sabio consejo. El 20 de abril de 1941, cuando la señora Andriessen escribe esto, a los judíos no les resulta fácil ser obedientes en la Holanda ocupada. Los judíos deben llevar encima sus documentos de identidad sellados con una «J»; se les ha prohibido poder ser funcionarios, y también ir a cines, cafés y universidades; el hecho de que un judío tenga un aparato de radio está considerado un delito. Para Lien, sin embargo, las cosas siguen siendo casi normales. Estudia en una escuela mixta y los apellidos de los niños cuidadosamente escritos con plumas estilográficas en su cuaderno son, en su mayor parte, no judíos. «Seamos amigas para siempre, querida Lientje, ¿qué te parece?», escribe Ria. 17
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«Una vida soleada y feliz, que sea tuya para siempre», de «tu amiga, Mary van Stelsen». «¿Te acordarás de mí, aun sin esta página del cuaderno?», le pregunta Harrie Klerks. Esta última entrada provoca cierto malestar a Lien, porque, a pesar de haber prometido que tendría cuidado, Harrie mancha y echa a perder una página del cuaderno, por lo que debe ser recortada con un abrecartas. Aun así, generosamente, Lien le da al muchacho una segunda oportunidad. Si fuera capaz de formularlas, las auténticas preocupaciones de Lien no se referirían a la guerra sino al matrimonio de sus padres. Siendo muy pequeña, cuando tenía tan solo dos años y medio, tuvo que abandonar el apartamento situado encima de una tienda en el que vivían de alquiler para irse a vivir con la tía Fie y el tío Jo y sus dos hijos a otra parte de la ciudad. Sus padres se divorciaron. Su madre iba a visitarla, pero estuvo mucho tiempo sin ver a su padre. Dos años más tarde, haciendo borrón y cuenta nueva, sus padres volvieron a casarse y se instalaron en la casa de Pletterijstraat. Su padre deja de viajar tanto como antes, cuando trabajaba como viajante para su abuelo, y se esfuerza por estar en casa por las noches, haciendo rompecabezas de madera para niños en la mesa de la cocina, bajo una lámpara enorme. Pinta para Lien un pequeño cuadro de Jan Klaassen y Katrijn, la versión holandesa de Punch y Judy, que es su más preciada posesión. Jan Klaassen y Katrijn están sentados al sol, sobre una nube gris que deja caer la lluvia debajo de ellos; sostienen dos paraguas en sus manos mientras sonríen. ¿Es posible que Jan Klaassen y Katrijn sean un poco como sus padres ahora que están a salvo de la lluvia? 18
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Lien tiene unos terribles dolores de barriga y no le gusta comer nada salvo los postres. El doctor le receta medicinas, y en una ocasión en que adelgazó mucho tuvo que permanecer durante seis semanas en una clínica, donde hay que tomar mucha leche y comer gachas. Sería horrible tener que volver allí, por lo que Lien intenta comer todo lo que puede de la col y el puré de patata que su madre le prepara, aunque siempre le lleva mucho tiempo. En su nuevo trabajo, su padre tiene una pequeña fábrica, como la del abuelo, aunque en realidad no es más que un cobertizo al que se accede desde el patio trasero de la casa. Elabora mermeladas y encurtidos en tarros de frutas y verduras y jarras de cristal de varios tamaños. Lien observa a su padre mientras trabaja, aunque no le está permitido ayudar, porque es un trabajo muy delicado que los dedos de los niños podrían echar a perder. Lo que suele hacer, sobre todo, es estar en la calle, cantando canciones infantiles y jugando a juegos como «¿Dónde pongo mi pañuelo?», en el que un grupo de niñas se acurrucan en círculo mientras otra niña da vueltas y más vueltas hasta que encuentra a una a quien entregarle su pañuelo. Entonces, esta debe perseguir a la que se lo ha dado para intentar devolvérselo. A Lien le encantan esta clase de juegos; cuando hace sol, casi siempre está en la calle, y a veces, si hay diversión a la vista, también cuando llueve. Lien también va a clases de ballet, lo cual es muy femenino, y a veces organizan funciones. En el dormitorio de sus padres hay una fotografía suya frente al escenario. Se tomó después de una actuación: lleva su falda negra y su blusa blanca y tiene un títere de guante en el brazo derecho. El títere es más bien tosco, está lleno de bultos y tiene ojos de búho, 19
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aunque se supone que es Mickey Mouse. Aparte del traje de ballet, le encantan sus dos mejores vestidos. Uno es de seda, de color azul grisáceo: se lo compró un día que fue con mamá a la Bonneterie, los enormes grandes almacenes con puertas de cristal y un techo altísimo que las engulló por completo cuando entraron. Los suelos son tan brillantes que puedes verte la cara reflejada en ellos, y cuando miras hacia el vestíbulo desde la terraza interior, las personas parecen hormigas. Su otro vestido favorito es un poco acampanado (conocido como vestido reloj de arena), de satén, con unas enaguas debajo que su madre le confeccionó a mano. El mundo de Lien es un mundo basado en la escuela, los juegos callejeros, las abuelas y los abuelos, las tías y los tíos y los primos. Hay familia por todas partes: al final de cortos paseos por la Pletterijstraat o al final de cortos viajes en tranvía. En verano toman el tranvía a Scheveningen, donde juegan en la playa. A Linda, la perra de la familia, le encanta ese sitio:
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corre tan deprisa como puede por la arena mojada, rozando el agua y dejando una larga línea de cuatro huellas para que el mar las borre. Cuando Lien le lanza una pelota de tenis a Linda, esta se la devuelve unos momentos después, totalmente empapada, pegajosa y cubierta de arena. Sus primos favoritos son Rini y Daafje. Son casi como un hermano y una hermana, porque Lien vivió mucho tiempo con ellos cuando sus padres no se llevaban bien. Uno de los muchos días que pasan juntos, Rini escribe un breve poema con moraleja en el cuaderno de poesía sobre «aceptar a las personas tal como son». El poema no resulta especialmente apropiado, ya que Lien apenas juzga nada ni a nadie, pero a veces es más fácil escribir simplemente algo normal, y eso está bien si la caligrafía y los dibujos que se pegan son bonitos. Así que Lien también escribe algo edificante y con moraleja en el cuaderno de Rini. Y luego están la tía Riek con el primo Bennie y los dos pequeños, Nico y el bebé Robbie, a quienes a veces Lien ayuda
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a cuidar. Hay una foto de la tía Riek y de la madre de Lien apretujadas en una silla de madera, con Bennie (con el dedo pulgar en la boca) y Lien (con un lazo blanco en el pelo) precariamente sentados en sus regazos. La madre de Lien está sentada en uno de los brazos de la silla, abrazando a su hija con la mano izquierda y a Riek con la derecha. La silla parece terriblemente inestable; todo el grupo da la impresión de estar a punto de caerse en cualquier momento, y aunque la madre de Lien sonríe muy seria a la cámara, es evidente que su cuñada se está riendo. Un sitio especial es la ferretería del tío Manie, más próxima al centro de la ciudad. Está llena hasta el techo de estanterías con tornillos, aldabas, martillos y timbres de bicicleta. Allí, en una ocasión, le regalaron a Lien un precioso par de patines: las botas eran de piel blanca y las cuchillas plateadas, 22
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largas y afiladas. Cuando llegue el invierno, Lien podrá probarlos. Ya se ve a sí misma deslizándose sin esfuerzo, dejando atrás a otros niños, avanzando bajo la luz del sol, haciendo piruetas sobre el hielo. La guerra, en mayo de 1940, cuando Holanda es invadida, surge de un cielo azul en la memoria de Lien. De pie, junto a sus padres, ve aviones en las alturas y ellos le dicen: «Esto es la guerra». Aparte de eso, no ocurren demasiadas cosas. Hay soldados alemanes que se sientan a las mesas de las terrazas de los cafés y a veces se pasean por las calles. Son amables. Las cosas empiezan a cambiar, aunque muy lentamente. A partir del otoño de 1941, los nombres del cuaderno de poesía de Lien se vuelven distintos. O, mejor dicho, se vuelven los mismos. Roosje Sanders, Judith Hirch, Ali Rosenthal, Jema Abrahams: los que escriben sus nombres a partir de septiembre de 1941 hasta marzo de 1942 son inequívocamente judíos, y esto se debe a que, ahora, Lien debe ir a una escuela judía. Los poemas que escriben aún tratan sobre amis23
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tad, ángeles y flores, pero los recortables en tonos pastel de ramilletes y niñas con miriñaques que aparecían pegados en las primeras páginas ahora son poco frecuentes. El 15 de septiembre de 1941 aparecen nuevos carteles en bibliotecas, mercados, parques, museos y piscinas: «Prohibida la entrada a los judíos».
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