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Antes de subir me lo explicaron bien. Nada de familiaridad. Nada de tutearlos. Les hablas de usted y te diriges a ellos como señor y señora seguido del apellido. Ya lo verás, está apuntado en su caja de pastis. Apellido, nombre, número de habitación y otros datos más técnicos para el personal sanitario, pero de esos no te preocupes. Desde que, hace un mes, trabajo en la cocina, es mi primer servicio personal. 11.17 horas. Habitación 28. Joël Picquier. Residencia Les Bleuets. Segunda planta de un edificio que se extiende a la orilla del canal. La puerta está cerrada. Una inscripción. Letra cursiva. Escrita a mano. Pauca meæ. No sé lo que quiere decir. Aparco el carrito junto a la pared y piso los dos frenos. Llamo a la puerta. Tres golpes. Muy nítidos. Enseguida una voz, cascada pero llena de sorpresa, casi vivaracha: –¿Ah, ya? Un momento, por favor. Espero unos segundos. Cuatro bandejas de comida, en el carrito, también esperan. Un vaho ligero se forma en cada campana transparente que cubre los platos calientes. Aguzando el oído, oigo ruido de papeles ordenados apresuradamente. –¡Ya está! ¡Ya está! ¡Ya está! ¡Ya está! ¡Ya está! Entra… Abro la puerta. Cuando me ve entorna los ojos, vacila, y luego, al asegurarse de que no soy la cuidadora habitual: 11


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–¡Ah, un chico nuevo! ¿Béatrice está enferma? –No, pero tengo entendido que su niña no se encuentra bien. Se ha cogido el día libre. Encantado de conocerle, señor Picquier. Me llamo Grégoire. –Bueno, pon eso allí –me dice señalándome la esquina de una mesa llena de libros y papeles–. No te sorprendas si te tuteo, aquí tuteo a todo el mundo. –No me molesta. Y diciendo esto, bandeja en mano, entro en la habitación. Una caja. Un antro. Cuatro paredes cubiertas de libros de arriba abajo. Ocho metros cuadrados en el suelo. Entre la mesa, la cama, la silla, la butaca, la cómoda, el perchero empotrado y la mesilla de noche, un solo pasillo para moverse, muy estrecho, de la anchura de dos bastones ortopédicos de tres patas. Junto a la entrada, ahora detrás de mí, una silla de ruedas, plegada y arrimada a la pared justo al lado de una puerta plegable que da al baño (plato de ducha, lavabo e inodoro). La ventana, medio tapada con pósits y recortes de periódico que no puedo leer desde donde estoy, deja pasar a cuentagotas la luz del jardín que bordea el canal. Un amago de ataúd para ese hombre viejo, de pie delante de mí, como hecho a la medida de ese espacio. Un señor en medio de sus posesiones, vestido de un modo impecable. Ni suficiencia ni presunción, «simplemente dignidad con uno mismo», les dice a los que se sorprenden. En los pies lleva unos calcetines finos de algodón oscuro y unos mocasines de piel negra. Prefiere los zapatos de lazada, pero sus manos ya no pueden hacerla. Los compañeros ya me habían avisado, pero aun así no salgo de mi asombro. Confuso, lo sigo. Todo está limpio, en orden, nada que objetar, pero me ahogo. El olor a detergen12


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te, a papel viejo, la calefacción, yo qué sé. Me ahogo. Al viejo le hace gracia. –Es sorprendente, ¿verdad? Tómate tu tiempo, míralo todo, no te cortes –y, acercándose a su bandeja, levantando apenas la campana isotérmica, echa un vistazo a su plato caliente–. Veamos qué nos ha guisado el Gran Jefe –dice con guasa al ver sus dos tajadas de pierna de cordero medio cubiertas de puré. El olor que desprende el plato me recuerda las otras tres bandejas que esperan en el pasillo. –Buen provecho, señor Picquier, en cuanto termine volveré a verle. –¡No te fíes de las gallinas viejas! Temen al zorro pero les gustan los pelirrojillos. Esa carita tuya seguro que les encanta. Suelto una risita de circunstancias. –¡Tendrás que acostumbrarte al humor del viejo! El humor del viejo, sí, me he acostumbrado. Aunque de cara a la galería debamos llamar a cada cual por su apellido, entre nosotros siempre estamos de broma. No podían faltar los motes, algunos poco halagadores, pero a veces de una ternura delicada y no carente de poesía para destacar una cualidad o un defecto de alguien. Al señor Picquier todos le llaman el Viejo Librero, con ese extraño respeto que inspiran las personas cuya valía se les supone sin que se sepa muy bien de dónde ha salido, como una leyenda que se transmite de un auxiliar a otro. El señor Picquier, el Viejo Librero. Hace siete años lo vendió todo. La librería L’Ittéraire Bis pasó a ser un restaurante de comida rápida. Yo, personalmente, no guardo ningún recuerdo de ella. 13


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Acabo de cumplir dieciocho años. Del colegio al instituto y de allí, al mundo del trabajo, de cabeza. Me la pegué. Es sencillo: según las cifras, al ochenta por ciento de los candidatos les aprueban la sele. Yo, sin prisas, me quedé en el otro veinte por ciento. Ni siquiera está claro que aparezca en sus estadísticas: los profesores ni se enteraron. Cualquiera que fuese la asignatura, ¿Grégoire Gélin? ¡De presente a ausente! Un perfecto fantasma. Desde mis primeras entrevistas de orientación, con trece años, sentí pánico. Todos esos oficios para los que se necesitaban años y más años de estudios superiores…, y qué sé yo, para mí solo eran una larga serie de puertas en las narices. Se lo comenté a mi madre: –¡El orientador no se entera! Le dije que me gustaban los árboles y me habló de Recursos Hídricos y Bosques: bachillerato científico. Las matemáticas se me dan fatal, ¿qué puedo hacer? Y mi madre, siempre tan pragmática: –¡Te pondrás a trabajar como hice yo a tu edad! Como en el ayuntamiento faltaban manos, acabé en Conservación de Zonas Verdes. La verdad es que podría haber estado a gusto –el aire libre es lo mío–, pero mi trabajo consistía en pasar todo el día cortando el césped y soplando las 15


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hojas secas; y cuando terminaba, recogía las cacas de los perros con una pala y los cascos de botellas rotas las mañanas de partido. Me harté enseguida. Mi madre conocía al señor Théron, el concejal de Asuntos Sociales, y movió algunos hilos. Me mandaron a Les Bleuets. Oficialmente en mi nómina pone ASH, agente de servicio hospitalario. Treinta y cinco horas semanales. La señora Masson, la directora, decidió personalmente mi sueldo. Un poquito menos que el salario mínimo, para remarcar mi condición de aprendiz. De todos modos, no tuve elección. Mi madre me dijo: –¡Por fin voy a respirar tranquila! Participo en los gastos de casa con mi paga. Eso, oficialmente. Porque a un trabajo así yo lo llamo ASTPT , aprendiz sin técnica para todo. El Viejo Librero lo llama «factótum». Al final, le he encontrado su gracia. Me puse el gorro de cocinero un primero de febrero. Había un hueco en la cocina, y fui para allá. Fuera hacía un frío que pelaba. Tres o cuatro grados, como mucho. Dentro era como una sauna, veintisiete y hasta treinta antes de la hora de comer, cuando Jean-Mi, el jefe de cocina, dio el toque final al menú del día. Al cabo de un mes de trabajar allí comprendí que las cocinas son cualquier cosa menos un chollo. Sesenta cubiertos, mañana y tarde. Cuarenta en el comedor y veinte servidos en la habitación. Dos mujeres ayudan al jefe de cocina, Marie-Odile y Chantal, y yo les facilito las cosas como puedo, sudando a mares mientras corro del almacén a sus puestos de trabajo. Me gusta. Pelo patatas, lavo la lechuga. Oímos la radio a un volumen verbenero. Nos reímos, pero a veces las chicas se quejan: 16


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–¡Tendríamos que ser cuatro! Siempre reduciendo personal, nos revientan a trabajar. Y claro, como soy el nuevo, pues claro, me toman como testigo. Es verdad que dos personas, o incluso una más, aliviarían nuestra carga de trabajo. Sobre todo después de servir, cuando hay que fregarlo todo y colocarlo perfectamente en el ruido y el vapor de los lavavajillas. Es agotador. Cuando terminas estás empapado y con una peste que da ganas de vomitar. En el comedor son siete, cuatro mujeres y tres hombres, que se reparten según la jerarquía de sus dependencias. He contado a cuatro personas a las que hay que dar de comer con cucharilla. Algunas se las arreglan como pueden. El final de las comidas, ¿cómo explicarlo?, me recuerda al comedor escolar y al jaleo que montábamos los días que había guisantes. Después, cuando se curra allí, también entra en juego el cerebro. Cuando el anciano no quiere saber nada, se atraganta, se queja de todo; si eres propenso a hacer el payaso, a ser amable pase lo que pase, perfecto. Pero si no, por impaciencia, enseguida te vuelves un borde, o incluso un maltratador, como lo llaman. Malo no, sino amargado, por tener que controlar todo el tiempo la suavidad de nuestros gestos y el tono de nuestra voz. En el peor de los casos, si la cosa se pone fea llamas a un colega para que te sustituya, fumas un pitillo o te tomas un café. Porque si no hay solidaridad, el ambiente pronto se vuelve malsano. Con los jefes encima de nosotros repitiéndonos todo el tiempo: –¡No olvidéis que estáis al servicio de personas! –¡No olvidéis que nosotros también somos personas! –les replican algunas, agotadas. 17


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Para las comidas en la habitación, son cinco. Cuatro residentes para cada una. Un calvario. Porque en este caso ya no es la cuchara sino incluso el embudo. El señor Picquier es de los que comen en planta. Podría bajar al comedor, pero su avanzada enfermedad de Parkinson complica sus desplazamientos. Y, sobre todo, desea comer solo. El restaurante de los mugidos, como él lo llama, le deprime. Quiere dejar claro que no es por esnobismo ni por condescendencia hacia nadie, sino porque moralmente es algo superior a sus fuerzas: –Cuando uno está en pleno declive, como me pasa a mí –dice–, y se mantiene lúcido, como me pasa a mí, sufre menos estando solo. El espectáculo de los demás te recuerda inevitablemente tu propia decadencia. Hace ocho años, cuando el médico de familia diagnosticó su enfermedad, se negó a creerlo en un principio. Luego los síntomas se fueron acumulando y once meses después no tuvo más remedio que tomar la decisión que le aconsejaba su médico. Casa, coche y librería: vendió todos sus bienes para hacer frente a lo que paga hoy a la residencia: 2.500 euros mensuales con gastos incluidos. Pero de todo eso, lo que más le duele es haber tenido que separarse de sus miles de libros. Cuando vuelvo a su habitación, después de haber cumplido con las vecinas, me habla de su biblioteca como si hablara de un ser querido muerto hace poco. Con un ademán circular de su brazo derecho me muestra las paredes de su habitación. Con voz triste y desolada, me explica el letrero de su puerta: –Pauca meæ es latín. Quiere decir ‘lo poco que me queda’. Lo que ves aquí es la décima parte de lo que más quería en el mundo. ¡Ay, qué doloroso fue tener que escoger estos 18


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tres mil y en detrimento de los otros! Una tortura que comparo con la que experimentan los amputados. ¿Conoces el síndrome? –… –El síndrome del miembro fantasma. Sí, a veces el miembro amputado te pica y no puedes rascarte, y eso se convierte en una pesadilla. ¡Imagínate! Veintisiete mil libros que no puedo hojear. ¿Cómo iba a imaginarlo? No puedo decirle: «¡En mi casa los libros ni los olemos!». Sin pensármelo, le doy el pésame: –Me habla de ellos como si fueran su familia o sus amigos. –¡Tú lo has dicho! –Señor Picquier, páseme la bandeja, tengo que irme. Las chicas me han dicho que no me entretenga. –Sí, tienes razón, pero vuelve cuando quieras. Yo de aquí no me muevo. Siempre que puedo paso a verle. No me entretengo mucho, después del trabajo estoy reventado. Pero el Viejo Librero confinado en su habitación me atrae como un imán. Es muy curioso, una vez al día tengo que ir. Salvo el pequeño círculo en el que me muevo, mi trabajo en Les Bleuets o en casa con mi madre, soy consciente de que no conozco nada. Él es una cabeza, una vida, llena de libros, una suma inagotable de experiencias. En el fondo, ¿qué es lo que busco? ¿Qué hago allí en compañía de ese viejo rodeado de sus libros? Por otro lado, me cuido mucho de tocarlos o abrirlos. ¿A qué le tengo miedo? No lo sé. El trauma del colegio, seguramente. El Viejo Librero hace como si no se diera cuenta. Pero no me engaña, lo veo venir. Esa cubierta dejada a la vista. Ese título, en vez de otro, que puede captar mi aten19


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ción. Es un juego entre nosotros: yo, le hago creer que la lectura, no gracias; él, que tiene cosas más importantes en la cabeza que tratar de convencerme. Muy torpe tiene que ser la enseñanza para que, dos años después de dejar de estudiar, todavía esté rechazando lo que mejor la simboliza, esos libros que me fascinan a la vez que la idea de hojear uno me parece repugnante. Al señor Picquier le encantaría, estoy seguro. Pero por ahora me mantengo firme; nuestro juego es tácito, este statu quo nos conviene y durará varias semanas, hasta la siguiente frase pronunciada en tono seco y pretencioso. –Señor Picquier, usted siempre dice que un día sin lectura no vale nada, pero desde que le conozco nunca le he visto leer. –… Parece que he dicho una estupidez. Su silencio dura por lo menos treinta segundos. No me atrevo ni a mirarle. –No te apures, tu observación no es muy delicada, pero no deja de ser atinada. Si no leo es, sencillamente, porque ya no puedo hacerlo. Mira mis manos, mira cómo tiemblan. Sí, ya sé lo que estás pensando, podría sujetar el libro en un atril, pero mis ojos me han abandonado. El glaucoma ha ganado. Ya no sirven de nada ni las gotas ni el láser, ni siquiera un libro electrónico con letras grandes. Lo he intentado, no creas. Se acabó la lectura. Me queda la música. Incapaz de decir o hacer nada, me quedo quieto, me encojo todo lo que puedo. El señor Picquier acerca la mano derecha al lector de CD que ha hecho instalar al lado de su silla de ruedas, pulsa la tecla play –CD 1– y sube el volumen. La pantallita se enciende. De derecha a izquierda van pasando, 20


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en verde fluorescente, Mahler, Sinfonía n.o 5, Adagietto. La muerte. Para echarse a llorar. ¿Por qué digo esto? Si no sé nada. En fin, una paliza de música. Una cosa viejuna. Pero, curiosamente, tengo un nudo en la garganta. El corazón encogido. Y sobre todo siento vergüenza. –¿Grégoire? –El señor Picquier se fija en mi cara de perro triste–. Grégoire, dime una cosa: ¿sabes leer? –… –Cuando vuelvas, hablamos. Ahora déjame solo.

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