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Las mujeres de Winchester

NEFELIBATA


Tr acy Chevalier

Las mujeres de Winchester Traducción de Catalina Ginard Féron

Barcelona, 2020


Para Morag


PL A NO DE L A C ATEDR A L DE WINCHESTER

Cripta Reformas de Walkenin Torres del campanario y reconstrucción Reformas de DeLucy Columnas decoradas del presbiterio Reformas de Edington Reformas de Wykeham y posteriores

PRESBITERIO

Retablo

CORO

ÁREA DEL CLAUSTRO

NAVE

Escala (en pies)


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C

hisss! Violet Speedwell frunció el ceño. No necesitaba que la mandaran callar, puesto que ella no había dicho nada. La que había exigido silencio, una metomentodo de pelo gris y lacio, se había plantado en medio del pasaje abovedado que conducía al coro, la parte de la catedral de Winchester que más le gustaba a Violet. El coro se encontraba justo en el centro del edificio, encajado a lo largo entre la nave central por un lado y el presbiterio y el trascoro por otro, y a lo ancho entre los brazos cortos de los transeptos norte y sur que se abrían a cada lado para completar la cruz de toda la estructura. Las otras partes de la catedral tenían sus inconvenientes: la nave central era enorme, las naves laterales eran ventosas, los transeptos oscuros, las capillas demasiado reverenciales y el trascoro solitario. En cambio, el coro tenía un techo bajo y una sillería de madera tallada que otorgaban al espacio una escala más humana. El conjunto resultaba lujoso, sin llegar a ser excesivo. Violet miró por encima del hombro de la acomodadora. Su intención era entrar un momentito para echar un vistazo. La sillería del coro y los asientos del presbiterio adyacente parecían estar ocupados en su mayoría por mujeres, muchas más de las que cabría esperar un jueves por la tarde. Debía 9


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de celebrarse algún servicio especial. Era el día 19 de mayo de 1932; festividad de san Dunstán, patrón de los orfebres, célebre por haberse defendido del demonio con unas tenazas. Pero era poco probable que ese fuera el motivo por el que se habían reunido aquí tantas mujeres de Winchester. Violet escrutó a las que podía ver desde allí. Las mujeres siempre se inspeccionaban unas a otras, y lo hacían con un espíritu mucho más crítico del que los hombres podrían tener jamás. Ellos no advertían nunca la carrera que atravesaba sus medias, el carmín que les manchaba los dientes, el corte de pelo pasado de moda, la falda que remarcaba las cartucheras o los pendientes que eran un pelín demasiado llamativos. Mientras registraba cada una de las imperfecciones, Violet era consciente de todas las que otras detectaban en ella. Ella misma podía enumerarlas: el pelo sin cuerpo y sin un color definido; unos hombros inclinados que ya no estaban de moda desde la época victoriana; los ojos tan hundidos que apenas se podía apreciar que eran azules; la nariz con tendencia a enrojecer si tenía demasiado calor o si se había tomado un sorbito de jerez. No necesitaba a nadie, ni mujer ni hombre, para que le señalara sus defectos. Al igual que la acomodadora, las mujeres que ocupaban el coro y el presbiterio eran en su mayoría más viejas que Violet. Casi todas llevaban sombrero y muchas se habían echado el abrigo sobre los hombros. Aunque hacía un día razonablemente bueno, en el interior de la catedral el ambiente era fresco, como parecía suceder siempre, incluso en verano, en las iglesias y catedrales. Tanta piedra impedía que entrase el calor y mantenía a los fieles bien despiertos y un poco incómodos, como si no conviniera que se relajaran 10


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demasiado durante la importante tarea de venerar a Dios. «Si Dios fuera un arquitecto –se preguntó Violet–, ¿sería arquitecto del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento? ¿Preferiría las losas o las tapicerías?». Ahora entonaban el cántico Todos los que buscáis el descanso celestial como si fueran un ejército, un regimiento, con un claro sentido de la importancia del grupo, pues no cabía la menor duda de que eran un grupo; Violet lo percibía. Entre las mujeres se extendía una telaraña invisible que las ataba a su causa común, fuera la que fuese. Asimismo parecía haber una línea de mando: dos de las mujeres que estaban sentadas en los asientos delanteros del coro eran claramente las cabecillas. Una sonreía, mientras la otra ponía cara larga y miraba alrededor, entre un verso del himno y el siguiente, como si estuviera pasando lista mentalmente para comprobar quién estaba presente y quién no, quién cantaba con fuerza y quién con voz débil, quién necesitaría ser amonestada después por no haber prestado suficiente atención y quién sería merecedora de elogio de una manera indirecta y condescendiente. Era como volver a encontrarse en la reunión escolar con los profesores. –Quiénes son… –¡Chisss! –La acomodadora frunció aún más el ceño–. Tendrá que esperar. Su voz sonó mucho más fuerte que la suave pregunta de Violet y unas cuantas mujeres en los asientos más próximos volvieron la cabeza. Aquello indignó todavía más a la mujer. –Es la Presentación de los Bordados –dijo entre dientes–. No se permite la entrada a los turistas. Violet conocía a ese tipo de mujeres que vigilaban las 11


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puertas con una ferocidad que superaba con creces lo que exigía el cargo. Seguro que esta mujer sonreía a los deanes y obispos, y trataba como pordioseros a todos los demás. Ambas dejaron su rifirrafe cuando vieron a un hombre mayor que se acercaba por la nave lateral, desde el trascoro vacío en el extremo este de la catedral. Violet se volvió para mirarlo, agradecida por la interrupción. Observó su pelo y su bigote blancos, y su paso, que, pese a ser decidido, carecía del vigor de la juventud. En aquel instante, Violet se dio cuenta de que estaba realizando el cálculo que hacía con la mayoría de los hombres. Este debía de rondar los sesenta años. Restando los dieciocho años que habían transcurrido desde 1914, seguramente tendría unos cuarenta cuando empezó la Gran Guerra. Lo más probable es que no hubiese combatido o, al menos, no hasta una fase avanzada de la contienda, cuando empezaban a escasear los reclutas jóvenes. Tal vez tuviera un hijo que había combatido en la guerra. A medida que se acercaba, la acomodadora endurecía el gesto, lista para defender su territorio de un nuevo invasor. Sin embargo, el hombre pasó de largo sin apenas mirarlas y se fue escaleras abajo hacia el transepto sur. ¿Estaría saliendo de la catedral o se metería en la pequeña capilla de los Pescadores, donde estaba enterrado Izaak Walton? Era precisamente allí adonde se dirigía Violet antes de desviarse debido a su curiosidad por el servicio especial. La acomodadora se apartó por un momento del pasaje abovedado para ver adónde iba el hombre. Violet aprovechó la oportunidad para colarse y sentarse en el asiento vacío más cercano, justo cuando el deán se subía al púlpito en medio del pasillo del coro a su izquierda y anunciaba: 12


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–El Señor esté con vosotros. –Y con tu espíritu –respondieron las mujeres que la rodeaban con la cadencia tan familiar de los oficios eclesiásticos. –Oremos. Mientras Violet agachaba la cabeza al igual que las otras mujeres, notó que un dedo le golpeaba en el hombro. Lo ignoró, segura de que la acomodadora no se atrevería a in­ terrumpir una oración. –Dios todopoderoso, que en el pasado ordenaste que Tu santuario se adornara con trabajos artesanales, bellos e ingeniosos, para santificar Tu nombre y reconfortar el alma de los hombres, acepta, Señor, te lo rogamos, estas ofrendas, y haz que podamos consagrarnos siempre a Tu servicio; por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Violet miró a su alrededor. Los asientos del presbiterio, al igual que los del coro, se encaraban unos a otros, en lugar de mirar al altar mayor. Frente a ella había hileras de mujeres en asientos opuestos y, detrás de ellas, una celosía de piedra decorada con tracería en forma de arcos y florituras. En la parte superior de la celosía se hallaban los cofres mortuorios de piedra que contenían los restos de obispos, reyes y reinas; por desgracia, los huesos acabaron mezclados durante la Guerra Civil, al parecer cuando los hombres de Cromwell abrieron los cofres y se dedicaron a juguetear con ellos. Durante la visita de rigor que Violet realizó a la catedral después de mudarse a Winchester, el guía le explicó que los soldados lanzaron fémures contra la gran ventana del oeste y destruyeron los vitrales. Tras la restauración de Carlos II en el trono, en 1660, también se procedió a restau13


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rar el vitral con las esquirlas de cristal que se habían guardado, pero se hizo sin orden ni concierto, y sin intentar recrear las escenas bíblicas representadas originalmente. A pesar de ello, el vitral ofrecía un aspecto ordenado, al igual que los cofres mortuorios, colocados en lo alto, sobre su cabeza, tan pulcros y seguros como si siempre hubiesen estado allí y siempre fueran a quedarse. Sin embargo, pese al aspecto inmutable de la catedral, algunas de sus partes se habían separado y vuelto a montar muchas veces. Ahora costaba imaginarse que un edificio tan sólido, en el que unas mujeres recitaban obedientemente el padrenuestro, hubiese sido testigo de conductas tan reprobables. Sin embargo, en aquellos tiempos pasados, nadie habría podido imaginar tampoco que la vieja Gran Bretaña entablaría una guerra contra Alemania y enviaría a tantos hombres a la muerte. Después, el país había sido recompuesto como la gran ventana del oeste: lo habían reparado de forma atrevida y superficial, pero el daño ya estaba hecho. –En la fe de Jesucristo dedicamos estos obsequios a la gloria de Dios. Mientras hablaba, el deán hizo un gesto señalando el altar mayor en el extremo más alejado del presbiterio. Violet estiró el cuello para ver a qué obsequios se refería y luego contuvo la risa. Colocados en filas solemnes y uniformes sobre los peldaños delante del altar había docenas de cojines reclinatorios bordados. Sabía que no debía reírse, pues los reclinatorios eran un asunto serio. Violet siempre había estado agradecida por los reclinatorios rectangulares de cuero del tamaño de un libro ilustrado que había en la iglesia de San Miguel, a la que iban 14


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los Speedwell en Southampton. A pesar de estar desgastados y compactados, hasta el punto de haberse convertido en unas tablas rígidas y duras después de años aguantando las rodillas de los fieles, al menos no eran tan fríos como el suelo de piedra. Pero Violet nunca hubiese imaginado que necesitaran ser bendecidos. Y, no obstante, esa parecía ser la finalidad de aquella ceremonia. Echó un vistazo a su reloj: había salido de la oficina a fin de comprar cinta para la máquina de escribir, con el acuerdo tácito de que podía parar a tomarse un café. En vez de esto, Violet ya tenía previsto visitar la capilla de los Pescadores de la catedral. Su difunto padre era un entusiasta pescador y en su mesilla de noche tenía una copia de El perfecto pescador de caña de Izaak Walton, aunque ella no lo hubiera visto nunca leyendo el libro. Pero ahora se preguntaba si merecía la pena llegar tarde por unos simples reclinatorios. Una vez acabada la oración, volvió a sentir un golpe seco en el hombro. El servicio podía durar más que un café o una peregrinación a la capilla de Walton, pero no podía soportar que la intimidara aquella mujer. –Me he apuntado al servicio –murmuró antes de que la acomodadora pudiera abrir la boca. La mujer frunció el ceño. –¿Es usted una brosladora? Nunca la he visto en las reu­ niones. Violet no había oído nunca aquella palabra y no estaba del todo segura de lo que significaba. –Soy nueva –improvisó. –Pero este es un servicio para las que ya han contribuido. Tendrá que esperar al que se celebrará en octubre, cuando 15


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ya haya participado plenamente y haya realizado alguna labor. Si la acomodadora no hubiese bajado la vista para mirar la mano izquierda de Violet, ella podría haber aceptado que el servicio no era asunto suyo y haberse marchado. Debería irse de todos modos, debería ir a comprar la cinta para la máquina de escribir y volver a tiempo a la oficina. Además, los servicios eran a menudo aburridos, incluso en una catedral tan hermosa como la de Winchester. Pero odiaba que aquella mujer la estuviera juzgando por no llevar alianza. No pudo evitarlo: ella también miró la mano izquierda de la otra. Por supuesto, tenía un anillo de boda. Respiró hondo para infundirse valor. –Me dijeron que podía venir. El corazón le latía con fuerza, como le pasaba cuando se rebelaba contra algo, daba igual si era importante o no. Por ejemplo, seis meses antes, cuando le contó a su madre que se mudaba a Winchester, el corazón le palpitaba con tal fuerza y a tal velocidad que pensó que le perforaría el pecho. «Treinta y ocho años y sigo teniendo miedo», pensó. La acomodadora frunció aún más el ceño. –¿Quién le dijo eso? Violet señaló a una de las mujeres con abrigo de piel que estaba en los asientos delanteros del coro. –¿La señora Biggins le dijo que viniera? Por primera vez, la mujer titubeó. –¡Mabel, chisss! Ahora la estaban mandando callar a ella y se puso colorada. Después de ponerle mala cara por última vez a Violet, regresó a su puesto de vigilante junto al pasaje abovedado. 16


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El deán estaba en la mitad de su discurso. –A lo largo de los siglos, esta magnífica catedral ha sido bendecida con muchos ornamentos –decía–, tanto de piedra como de madera, metal o vidrio. El efecto ha sido levantar el ánimo de aquellos que vienen a rezar, y recordarles la gloria de Dios aquí en la tierra como en el cielo. A esta abundancia, ahora podemos añadir los reclinatorios que veis ante el altar; se trata del inicio de un ambicioso proyecto para aportar color al templo y comodidad a los que asisten a los oficios en el coro y el presbiterio. El grupo de brosladoras de la catedral de Winchester fue creado el año pasado por la señorita Louisa Pesel a invitación mía. La palabra «brosladora» ha sido tomada de la Devota Compañía de Brosladoras, un gremio de bordadoras que se fundó en la época medieval. Este nuevo grupo de brosladoras de la catedral refleja la noble historia de este oficio y ha sido creado por la señorita Pesel con el ánimo de unir pasado y presente. Muchas de las mujeres que lo forman han acudido a este servicio. Es evidente que habéis estado muy ocupadas con las agujas bordando estos espléndidos reclinatorios para el presbiterio, y sé que pronto empezaréis a confeccionar cojines para los asientos y los bancos del coro. Los reclinatorios, con sus espléndidos colores y patrones, no solo animarán la madera y la piedra, sino que también protegerán las rodillas de los fieles mientras rezan. –Hizo una pausa y esbozó una sonrisa que indicaba que estaba a punto de hacer uno de sus típicos chistes–. Y no olvidemos que los reclinatorios incluso pueden hacer más soportables mis sermones. Se oyó una risita colectiva. Mientras el deán proseguía, Violet observaba a la mujer 17


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sentada a su lado, que había reído de forma más abierta. Tenía un rostro delgado y angular, como si se hubiese desplegado un largo triángulo isósceles entre las sienes y la barbilla, y llevaba el cabello castaño cortado a lo garçon en otro triángulo cuyas puntas le llegaban hasta las mejillas. Se volvió hacia Violet mostrando unos ojos oscuros que denotaban impaciencia, como si su mirada fuera la invitación que había estado esperando. –No te he visto antes –susurró–. ¿Eres del grupo de los lunes? ¿Hay alguno tuyo aquí? –Eh… no. –¿Todavía no lo has hecho? Yo conseguí acabar el mío la semana pasada, justo antes de que se acabara el plazo. Tuve que cruzar la ciudad corriendo para llevárselo. La señorita Pesel y la señora Biggins fueron muy estrictas al respecto. Se lo entregué directamente a la señorita Pesel. Una mujer que ocupaba el asiento de delante volvió la cabeza como si escuchara, y la vecina de Violet se calló. Un minuto más tarde empezó a hablar de nuevo, esta vez en voz más baja. –¿Estás haciendo un reclinatorio? Violet negó con la cabeza. –¿Por qué, tus puntadas no eran lo bastante buenas? –preguntó con expresión solidaria–. ¡A mí me devolvieron el mío tres veces antes de quedar satisfechas! ¿Te han puesto a hacer madejas? ¿O a ordenar los armarios? Los armarios siempre necesitan que se les ponga orden, pero es un trabajo terriblemente aburrido. O puede que les lleves la contabilidad. Apuesto a que es eso. Miró las manos de Violet como si buscara signos revela18


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dores de tinta en los dedos. Por supuesto, también buscaría un anillo, igual que Violet ya había advertido que ella no llevaba ninguno. –Yo me negué enseguida a llevar la contabilidad. Bastante me ocupo ya de eso el resto de la semana. La mujer sentada delante de ellas se volvió. –¡Chisss! Violet y su vecina se sonrieron. Se sentía bien teniendo una cómplice, aunque esta fuera un poco ansiosa. Cuando el servicio empezó a llegar lentamente a su fin –el deán completaba su discurso, otro himno (Oh, santo Señor, accede a morar), y más bendiciones–, ya era muy tarde y Violet tuvo que irse corriendo. Entonces oyó que la mujer del rostro delgado le decía a gritos cómo se llamaba: –¡Gilda Hill! Cruzó corriendo el jardín exterior, una zona verde que rodeaba la catedral, y después enfiló la High Street hasta la papelería Warren y desde allí se apresuró a regresar con la cinta negra a la compañía Southern Counties Insurance, donde llegó acalorada y sin aliento. No tendría por qué haberse dado tanta prisa, puesto que la oficina que compartía con otras dos del equipo de mecanógrafas estaba vacía. En la oficina más grande que la empresa tenía en Southampton, donde Violet trabajaba antes de mudarse a Winchester, el director era mucho más estricto sobre las idas y venidas de los empleados. Y hubiera sido de esperar que en esta oficina, mucho más pequeña y más expuesta, la ausencia de Violet llamara la atención. Pero no. Aunque no quería que la reprendieran, sintió una leve decepción de que nadie se hubiese percatado de que su silla 19


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estaba vacía y de lo quietas que estaban las teclas beis de su máquina de escribir Imperial de color negro. Echó un vistazo a las mesas vacías de sus compañeras de oficina. Olive y Maureen –que se hacían llamar O y Mo y se reían a carcajadas por sus apodos aunque nadie más lo hiciera– debían de estar tomando el té en la cocina al final del pasillo. Violet deseaba desesperadamente beberse una taza de té y tomarse una galleta para llenar el agujero que sentía en el estómago. En el almuerzo solo había comido los sándwiches de Marmite y margarina que había preparado en casa. Nunca eran suficientes: a media tarde siempre volvía a estar hambrienta y tenía que llenarse a base de más té. La señora Speedwell se escandalizaría si supiera que Violet solo tomaba un almuerzo caliente a la semana. Pero ella no podía permitirse más, aunque nunca se lo confesaría a su madre. Por un momento consideró la posibilidad de unirse a sus colegas en la cocina. O y Mo eran dos lugareñas de unos veinte años y, si bien eran bastante amables con Violet, procedían de entornos muy distintos al suyo y la trataban como a una violeta africana o a una aspidistra: una de esas plantas de interior que tienen las solteronas. Ambas vivían con sus padres y era evidente que por ello carecían de problemas de dinero, como tampoco los tenía antes Violet. Una era sexi, la otra más bien del montón, estrenaban vestido siempre que podían y vivían para los bailes, las citas en el cine y un desfile de hombres entre los que elegir. Había muchos hombres de su edad; ellas no corrían el riesgo, como le había sucedido varias veces a Violet después de la guerra, de entrar en un salón de baile y tener que elegir entre parejas de baile 20


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lo bastante mayores como para ser su abuelo, o demasiado jóvenes, o bien hombres irremediablemente dañados a los que Violet sabía que no podría ayudar. O encontrarse con que, simplemente, no había hombres, por lo que las mujeres tenían que bailar unas con otras para llenar la ausencia. Mientras mecanografiaban, sus compañeras de oficina charlaban y reían sobre los hombres que habían conocido, como si se diera por sentado que siempre los habría disponibles. Las dos habían tenido varios novios en los seis meses que Violet había trabajado con ellas, aunque desde hacía poco, ambas se habían vuelto más serias sobre sus actuales pretendientes. En ocasiones, su entusiasmo y sus suposiciones empujaban a Violet a irse a la cocina a hervir agua aunque no quisiera té, hasta haberse calmado lo suficiente como para volver y seguir tecleando deprisa. Era una mecanógrafa mucho más eficiente que sus compañeras, cosa que a ellas parecía hacerles gracia. Solo una vez Mo le había preguntado si «antes» tenía chico. «Sí», se había limitado a contestar Violet, negándose a convertir a Laurence en una anécdota. Esa semana había sido peor. Ni siquiera la perspectiva de tomar té con una galleta conseguía compensar el temor que sentía Violet al tener que observar a la pequeña y rolliza Olive estirar sus dedos por enésima vez delante de su cara para admirar su anillo de compromiso. El lunes había entrado en la oficina con un andar distinto, echando los hombros hacia atrás con orgullo y levantando sus apretados rizos rubios. Había intercambiado una sonrisa pícara y engreída con Mo, que ya estaba instalada delante de su máquina de escribir, y, mientras se quitaba el fular y colgaba el abrigo, anunció: 21


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–Acabo de hablar con el señor Waterman. Se quitó los guantes y Violet no pudo evitar buscar el destello de luz en el dedo anular de O. El diamante era diminuto, pero incluso un minúsculo resplandor es un resplandor. Mientras O correteaba por el pasillo sobre unos tacones más altos que los escarpines que calzaba Violet, a Mo –que era más lista que su amiga, pero menos atractiva desde el punto de vista convencional, con el pelo descolorido, la cara larga y tendencia a fruncir el ceño– se le desvanecía la sonrisa. Si se hubiese sentido amable en aquel momento, Violet le habría asegurado a Mo que su actual novio –un reservado empleado de banco que había pasado una o dos veces por la oficina– sin duda no tardaría en proponerle matrimonio. Pero no le apetecía ser amable, al menos no sobre este tema; así que permaneció en silencio mientras Mo se cocía en su sufrimiento. Desde el día en que O exhibiera triunfante su anillo, las chicas no hacían más que hablar de eso: de cómo Joe se había declarado (en un pub, ofreciéndole el anillo dentro de su copa de oporto con limón), cuánto tendrían que esperar hasta reunir suficiente dinero para pagar una ceremonia como era debido (dos años), dónde tendría lugar la fiesta (en el mismo pub), qué vestido se pondría ella (blanco mejor que marfil; Violet sabía que era un error, puesto que el blanco resultaría demasiado duro para el tono de piel de Olive), dónde vivirían (con su familia hasta que pudieran permitirse una vivienda propia). Todo resultaba tan banal y repetitivo, sin revelaciones, sueños o deseos interesantes o sorprendentes, que Violet pensó que se volvería loca si tenía que seguir escuchándolo durante dos años. 22


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Encendió un cigarrillo para distraerse y suprimir su apetito. Luego introdujo una hoja de papel en los rodillos de la máquina de escribir y empezó a mecanografiar ininterrumpidamente una carta del señor Richard Turner de Basingstoke, que solicitaba un seguro de hogar que garantizara el pago en caso de que la vivienda y su contenido se perdieran debido a un incendio, una inundación u otra acción divina. Violet se percató de que no se incluía la «guerra». Se preguntó si el señor Turner comprendía que no todas las pérdidas podían reemplazarse. No obstante, por lo general, Violet tecleaba sin pensar. Había mecanografiado tantas de esas solicitudes para asegurar una vida, una casa, un automóvil o un barco, que casi nunca se paraba a pensar en el significado de las palabras. Para ella, escribir a máquina era un acto repetitivo y carente de significado que se convertía en una relajante meditación que la llevaba a un estado en el que no necesitaba pensar, sino solo ser. O y Mo no tardaron en volver, su parloteo las precedió en el pasillo interrumpiendo la paz de Violet. –Usted primero, señora Hill –dijo Mo apartándose y mostrándole la puerta a Olive para que entrara. Ambas llevaban vestidos veraniegos estampados de flores, O vestía uno de color melocotón y Mo uno de color marrón, lo que recordó a Violet que su sencillo vestido de lino azul con la anticuada cintura baja tenía ya tres años. Pero era complicado modificar una cintura baja. –Bueno, no me importa hacerlo, señorita Webster, que pronto será señora Livingstone, estoy segura. –Oh, no lo sé –contestó Mo, aunque parecía ilusionada. 23


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Olive dejó bruscamente su taza junto a la máquina de escribir, derramando parte del té en el plato. –¡Pues claro que sí! Podrías acabar casándote antes que yo. ¡Y podrías ser mi madrina de boda en lugar de mi dama de honor! –Levantó la mano una vez más para admirar su anillo. Violet hizo una pausa. Señora Hill. Era un apellido bastante común. Aun así… –¿Tu novio tiene una hermana? –le preguntó a Olive. –¿Te refieres a Gilda? ¿Qué le pasa? No es más que una vieja solter… Olive pareció recordar con quién estaba hablando y se tragó sus palabras con una risa, pero no antes de que Violet advirtiera su tono incisivo. En ese momento decidió que Gilda Hill le iba a caer bien.

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iolet vivía a quince minutos de la oficina, en Soke, una zona que antiguamente era una jurisdicción independiente en la parte oriental de Winchester, al otro lado del río Itchen. Con su sueldo de mecanógrafa no podía permitirse vivir en uno de los barrios más lujosos de la parte occidental que tenía mansiones con grandes jardines, calles limpias y automóviles bien cuidados. Las casas de su barrio eran más pequeñas y estaban más pobladas. Se veían menos coches y las tiendas tenían escaparates más polvorientos y vendían artículos más baratos. Ella compartía la vivienda con otras dos mujeres, además de la casera, que ocupaba la planta baja. Por supuesto, allí no había hombres y la señora Harvey desalentaba las visitas de varones que no fueran de la familia en la planta baja y las prohibía rotundamente en la de arriba. Y, en las escasas ocasiones en que había hombres en la sala de estar, la casera no paraba de entrar y salir: para buscar el ejemplar del Southern Daily Echo que se había olvidado o sus gafas de leer, o para dar de comer a los periquitos que tenía en una jaula o para atizar el fuego pese a que nadie se había quejado del frío, o para recordar a los varones que debían marcharse a tiempo de coger el tren. Violet no tenía visitantes masculinos aparte de su hermano Tom; sin embargo, la se25


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ñora Harvey le concedió a su hermano el tratamiento reservado a los extraños hasta que Violet le mostró una foto de familia como prueba de su parentesco. Ni siquiera entonces los dejaba solos por mucho tiempo, sino que asomaba la cabeza por la puerta para recordar a Tom que las gasolineras cerraban pronto los sábados. A su hermano le hacía gracia. –Me da la sensación de estar en una obra de teatro en la que ella va a anunciar que han encontrado un cadáver con el cráneo hundido en la recocina –observó con regocijo. Para él era fácil divertirse con la señora Harvey como si fuera un espectáculo, puesto que no tenía que vivir con ella. A veces, Violet se preguntaba si al mudarse a Winchester no había hecho más que cambiar a su madre por otra que era igual de quisquillosa. No obstante, aquí podía subir a su cuarto y cerrarle la puerta a todo, cosa que era más difícil de hacer en casa de su madre. La señora Harvey respetaba una puerta cerrada, siempre y cuando no hubiese un hombre detrás; mientras que en Southampton, su madre se había colado algunas veces en su dormitorio como si no hubiera puerta alguna. Cuando volvió del trabajo, Violet rechazó el té que le ofrecía su casera, pero se llevó un poco de leche arriba y puso agua a hervir en su cuarto. Pese a haber pasado parte de la tarde en la catedral, esta era la séptima taza del día. Las tazas de té eran como puntos que le servían para marcar los momentos, establecían una separación entre el antes y el después: entre dormir y despertar, entre caminar hasta la oficina y sentarse a trabajar, entre almorzar y volver a mecanografiar, entre acabar un contrato complicado y empezar otro, entre el final del trabajo y el inicio de la noche. 26


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A veces utilizaba los cigarrillos como signos de puntuación, pero la mareaban en lugar de calmarla como hacía el té. Y además eran más caros. Sentada con su taza en un sillón junto a la chimenea apagada –no hacía suficiente frío como para justificar el gasto de carbón–, Violet miró su pequeña habitación. No se oía nada aparte del tictac de un reloj de madera que había comprado unas semanas antes en una tienda de objetos usados. El pálido sol se colaba a través de los visillos e iluminaba la alfombra de espirales rojas, amarillas y marrones. Su padre la habría llamado una «alfombra de truenos y relámpagos». Unas medias de color beis se estaban secando en una percha. En el rincón, un maltrecho ropero con una puerta que no se cerraba debidamente mostraba el escaso surtido de vestidos, blusas y faldas que se había traído con ella de Southampton. Violet suspiró. «Esta vida en Winchester no es lo que yo me esperaba», pensó.

El traslado a Winchester el pasado mes de noviembre había sido repentino. Tras la muerte de su padre, Violet había aguantado un año y medio viviendo sola con su madre. Lo que se esperaba de las mujeres como ella –solteras y con pocas posibilidades de casarse– es que cuidaran de sus padres. Ella consideraba que había hecho todo lo que podía. Pero la señora Speedwell era insoportable; siempre lo había sido, incluso antes de perder a su primogénito George en la guerra. Procedía de una época en que las hijas eran obedientes y respetuosas con sus madres, al menos hasta que se 27


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casaban y eran entregadas a sus maridos, aunque la señora Speedwell no se había entregado mucho al suyo. De niños, Violet y sus hermanos habían evitado llamar la atención de su madre, jugando como una pandilla muy unida y dirigida con relajada autoridad por George. La señora Speedwell regañaba a menudo a su hija por no ser suficientemente femenina. «Nunca conseguirás un marido con las rodillas peladas, el pelo lacio y esa pasión por los libros que tienes», le decía. Lo que menos se imaginaba ella es que la guerra traería cosas peores que los libros y las rodillas peladas para impedir que Violet encontrara un esposo. De adulta, Violet había aguantado mientras vivía su padre, que conseguía suavizar el ambiente y absorber los excesos de su mujer enarcando las cejas a su espalda y sonriendo a su hija, y bromeando siempre que podía. Sin embargo, cuando este murió y la señora Speedwell se quedó sin nadie más a quien controlar aparte de Violet –puesto que el menor de sus hijos, Tom, se había casado y había escapado años antes–, ella tuvo que soportar todo el peso de su atención. Una noche, después de haber estado sentadas junto al fuego, Violet empezó a enumerar mentalmente las quejas de su madre: «La luz es demasiado tenue. La radio no está lo bastante alta. ¿Por qué se ríen si no tiene gracia? La salsa para ensaladas de la cena estaba rancia, estoy segura. Tienes el pelo espantoso, ¿has intentado ondulártelo tú sola? ¿Has engordado? No estoy del todo segura de que Tom y Evelyn deban matricular a Marjory en esa escuela. ¿Qué pensaría Geoffrey? ¡Oh, no, otra vez está lloviendo! El pasillo se está llenando de humedad». 28


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«Ocho seguidas», pensó Violet. Lo que la deprimía aún más que las quejas en sí era haberlas contado. Exhaló un suspiro. –Suspirar te desfigura la cara, Violet –la reprendió su madre–. No te favorece. Al día siguiente, en el trabajo, vio en el tablón de anuncios un puesto de mecanógrafa en la oficina regional de Winchester, que prosperaba pese a la maltrecha economía. Violet agarró la taza de té y cerró los ojos. «No suspires», pensó. Cuando los abrió, fue a ver al director. El cambio fue más sencillo de lo que esperaba, al menos al principio. El director de Southern Counties Insurance aceptó el traslado, Tom le ofreció su apoyo («¡Ya era hora!»), y a Violet no le costó demasiado encontrar una habitación en casa de la señora Harvey. En un primer momento, cuando Violet anunció con suma cautela a su madre que se mudaba a Winchester, la sorprendió la impasibilidad con la que esta se limitó a decir: –Deberías irte a Canadá. Allí es donde están los maridos. Sin embargo, el lluvioso sábado de noviembre en que Tom vino con Evelyn y los niños y empezó a cargar las escasas posesiones de Violet en su Austin, la señora Speedwell no se movió de la butaca de la sala de estar. Se quedó allí, sin tocar la taza de té frío mientras alisaba con dedos temblorosos los tapetes que cubrían los brazos de la butaca. No se dignó mirar a Violet cuando esta fue a despedirse de ella. –Cuando nos arrebataron a George no me imaginé que pasaría otra vez por el calvario de perder a un hijo –declaró, como si le hablara al salón. Marjory y Edward estaban haciendo un rompecabezas 29


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delante del fuego de carbón; la sobrina de Violet alzó la vista hacia su abuela y observó con sus grandes ojos castaños las manos agitadas de la señora Speedwell, que no dejaban de acariciar los tapetes. –Madre, no me estás perdiendo. ¡Me mudo a menos de veinte kilómetros de aquí! Sin embargo, mientras lo decía, Violet sabía que en cierto sentido su madre tenía razón. –Y pensar que ha sido mi propia hija la que ha elegido que la perdiera –siguió lamentándose la señora Speedwell como si Violet no hubiese hablado y ni siquiera estuviera en la estancia–. Imperdonable. Al menos, el pobre George no tuvo elección; fue la guerra, él lo hizo por su país. ¡Pero esto es una traición! –Por el amor de Dios, mamá, Violet no está muerta –exclamó Tom cuando pasó por allí con una caja llena de platos, tazas y cubiertos de la cocina que Violet esperaba que su madre no echara en falta. –Bueno, ahora está en sus manos. Si una mañana no me despierto y tardan días en descubrir que estoy muerta en la cama, ¡entonces se arrepentirá! O tal vez no. Tal vez siga como si nada. –Mamá, ¿la abuela se va a morir? –preguntó Edward, mientras sostenía en el aire una pieza del rompecabezas. No daba la impresión de que esa idea lo preocupara; solo parecía sentir curiosidad. –Ya basta de hablar de eso –replicó Evelyn. La esposa de Tom era una mujer morena y enérgica acostumbrada a la señora Speedwell, y Violet admiraba la eficacia con la que había aprendido a hacer callar a su suegra. 30


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Siempre era más fácil cuando no había relación de parentesco. También había puesto en su lugar a Tom después de la guerra. Violet apreciaba a su cuñada, pero esta la intimidaba demasiado como para que llegaran a ser verdaderas amigas. –Venga, dale un beso de despedida a tu tía Violet. Después nos iremos a comprar mientras papá la lleva en coche a Winchester. Marjory y Edward se pusieron en pie y, obedientes, estamparon unos besos rápidos en las mejillas de Violet que la hicieron sonreír. –¿Por qué no podemos ir con ellos a Winchester? –preguntó Edward–. Quiero ir en el coche de papá. –Ya te lo hemos explicado, Eddie. La tía Violet tiene que trasladar sus cosas y no queda suficiente espacio para nosotros. En realidad, la tía Violet no tenía tantas cosas que trasladar. Estaba sorprendida de que su vida cupiera en tan pocas maletas y cajas. En el asiento trasero todavía quedaba sitio para un pasajero y a ella le hubiese gustado que Edward fuera con ellos. Era un niño lleno de energía que la ponía de buen humor con sus incongruencias y su descarado solipsismo. Si se veía obligada a concentrarse en el mundo de su sobrino, no tendría que pensar en el suyo propio. Sin embargo, Violet sabía que no podía pedirle que los acompañara sin incluir a Marjory o a Evelyn, y por eso no dijo nada mientras empezaban a ponerse los zapatos y los abrigos antes de abrirse camino bajo la lluvia. Cuando se hizo evidente que la señora Speedwell no iba a despedirse de ella como solía hacer, mirando desde la 31


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puerta de entrada hasta que los visitantes desaparecieran de la vista, Violet se acercó a ella y la besó en la frente. –Adiós, madre –murmuró–. Hasta el domingo que viene. La señora Speedwell se sorbió la nariz. –No te molestes. Puede que ya esté muerta. Una de las mejores cualidades de Tom era que sabía cuándo callarse. De camino a Winchester dejó que Violet llorara sin hacer comentarios. Rodeada de cristales empañados y envuelta por el olor del cuero y del petróleo caliente, ella se reclinó en su asiento y lloró. Sin embargo, cerca de Twyford, sus sollozos disminuyeron hasta apagarse por completo. Siempre le había gustado viajar en el bonito automóvil marrón y negro de Tom, maravillándose de cómo aquel espacio la apartaba del mundo y, al mismo tiempo, la llevaba con eficacia de un lugar a otro. –Puede que me compre un coche –declaró secándose los ojos con un pañuelo con bordado de violetas, uno de esos regalos prácticos que solía hacerle Evelyn por Navidad. En el momento mismo de decirlo supo que no podría permitirse tal lujo: iba a ser pobre como las ratas, aunque ahora mismo aquello le pareciera un juego. –¿Me enseñarás a conducir? –preguntó, mientras encendía un cigarrillo y abría la ventanilla. –¡Así me gusta, hermanita! –le contestó Tom al tiempo que cambiaba de marcha para subir una colina. Su carácter afable había ayudado a Violet a hacer frente a su madre a lo largo de los años, así como a la guerra y sus efectos. Tom había cumplido los dieciocho poco después de que les llegara la noticia de la muerte de su hermano, y se 32


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alistó en el ejército sin vacilación ni aspavientos. Nunca hablaba de sus experiencias en Francia; la muerte de su hermano las relegó a un segundo plano, tal como había sucedido con el fallecimiento del prometido de Violet. Ella sabía que no valoraba lo suficiente a Tom, como siempre hacen los mayores con sus hermanos pequeños. Ambos admiraban a George, de niños seguían su ejemplo en sus juegos. Cuando desapareció se sintieron perdidos. ¿Se suponía que Violet tendría que haber asumido el papel del primogénito, que debería haber tomado el mando y darle ejemplo a Tom? De ser así, había hecho un pésimo trabajo. Ella era mecanógrafa en una compañía de seguros; no se había casado ni había creado una familia. Tom se le había adelantado sin hacer ruido, aunque nunca presumía ni se disculpaba por ello. Ni falta que hacía: él era un hombre y se esperaba que tuviera éxito. Cuando acabaron de descargar las cosas de Violet, bajo la atenta mirada de la señora Harvey, él se llevó a su hermana a comer pescado con patatas fritas. –Mamá es un roble –le dijo para tranquilizarla durante la comida–. Ha superado la muerte de George, y también la de papá. Sobrevivirá a esto. Y tú también. Solo te pido que no te quedes siempre encerrada en tu cuarto. No vaya a ser que te dé una cuartitis, ¿no es así como lo llaman? Sal con gente. Quería decir: sal con hombres. Tom era más sutil que su madre sobre este tema, pero ella sabía que también él quería que encontrara milagrosamente a un hombre con el que casarse, incluso a esa edad. Un viudo, quizá, con hijos mayores. O un hombre que necesitara ayuda con sus heri33


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das. Aunque la guerra hubiese acabado trece años antes, las heridas eran de por vida. Cuando Violet se casara, Tom ya no tendría que cuidar de ella: una molesta carga de la que ya no debería preocuparse más. De lo contrario, llegaría un día en que, quizá, Violet tuviera que irse a vivir con su hermano, pues eso era lo que hacían a menudo las solteronas. Sin embargo, no era sencillo encontrar marido, porque había dos millones menos de hombres que de mujeres. Violet había leído muchos artículos en los periódicos sobre estas «mujeres sobrantes» –esa era la etiqueta que les habían puesto–, que se quedaban solteras debido a la guerra y que difícilmente se casarían, algo que se consideraba una tragedia, una amenaza, en una sociedad preparada para el matrimonio. Los periodistas parecían disfrutar de la etiqueta, que colgaban como quien clava un broche con un alfiler en la piel. Molestaba, sin duda; pero en ocasiones, el alfiler penetraba en las capas protectoras y hacía que sangrara. Ella había supuesto que a medida que envejeciera dolería menos y se sorprendía al descubrir que incluso con treinta y ocho años –de mediana edad– las etiquetas seguían doliendo. Sin embargo, la habían llamado cosas peores: marimacho, arpía, odia-hombres. Violet no odiaba a los hombres y no se había pasado la vida entera sin ellos. Dos o tres veces al año, se ponía su mejor vestido –el de lamé color cobre con estampado de festones–, se iba sola al bar de un hotel de Southampton y se sentaba con un jerez y un cigarrillo en la mano hasta que alguien se interesaba por ella. Los llamaba sus jerezanos. A veces acababan en una callejuela o en un automóvil o en un parque; nunca en el cuarto de él y nunca en la casa de 34


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los padres de ella. Agradecía sentirse deseada, aunque aquellos encuentros jamás le produjeron el intenso placer que sintió en una ocasión con Laurence durante la lluvia de estrellas de las Perseidas. Todos los meses de agosto, Violet observaba junto a su padre y sus hermanos las lágrimas de san Lorenzo. Aunque Violet nunca le había dicho nada a su padre, a ella no le gustaba demasiado mirar las estrellas durante aquellas noches en el jardín, buscando estelas en el cielo. Nunca eran suficientemente espectaculares como para superar las molestias que suponían el frío –incluso en agosto–, el rocío y la tortícolis. Hubiera sido una pésima astrónoma, puesto que prefería estar calentita. La lluvia de estrellas que mejor recordaba era la de agosto de 1916, cuando Laurence estaba de permiso y había ido a verla. Fueron en tren hasta Romsey, cenaron en un pub, después se pasearon por el campo y se tumbaron sobre una manta. Si alguien los descubría, Laurence podría darle una miniconferencia sobre las Perseidas, sobre cómo, en su órbita, la Tierra atravesaba los restos de un cometa todos los meses de agosto creando espectaculares lluvias de meteoros. Ellos dos habían ido al campo para observarlos, solo eso. Y los observaron durante un rato, tumbados boca arriba, cogidos de la mano. Después de ver algunos meteoros cruzar el cielo, Violet se puso de lado para mirar a Laurence –una piedra debajo de la manta se le clavaba en el hueso de la cadera– y le dijo: «Sí». A pesar de que él no había formulado la pregunta en voz alta, había un interrogante flotando entre ellos desde que se habían comprometido el año anterior. 35


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Aunque la oscuridad le impidiera ver la cara de Laurence, ella sabía que él sonreía. Él se volvió hacia ella. Después de un rato, Violet dejó de tener frío y de preocuparse por los movimientos de las estrellas en el cielo, y solo pensaba en los movimientos del cuerpo de Laurence contra el suyo. Dicen que la primera vez es dolorosa y sangrienta para una mujer, una conmoción a la que hay que acostumbrarse. No fue en absoluto así en el caso de Violet. Ella explotó, más fuerte que cualquiera de las Perseidas, y Laurence estaba encantado. Se quedaron tanto rato en el campo que perdieron cualquier oportunidad de conseguir un tren de vuelta y tuvieron que caminar once kilómetros, hasta que un veterano de las guerras de los Bóeres los adelantó con su automóvil, reconoció los andares de soldado de Laurence y se detuvo para llevarlos, sonriendo al ver las briznas de hierba en el pelo de Violet y su sobresaltada cara de felicidad. Apenas una semana más tarde recibieron un telegrama que les anunciaba la muerte de George en Delville Wood. Y un año más tarde, Laurence fallecía en Passchendaele. Él y Violet no tuvieron más ocasiones para estar a solas, en el campo o en la habitación de un hotel. Ni siquiera en una callejuela. Cada pérdida hundió a Violet en un pozo oscuro, un vacío que se abrió en su interior y ante el cual se sintió indefensa, sumida en la desesperación. Su hermano se había ido, su prometido se había ido, Dios se había ido. El agujero tardó mucho tiempo en cerrarse, si es que llegó a cerrarse realmente. Unos años más tarde, cuando logró enfrentarse a ello, intentó volver a experimentar lo que había sentido con Laurence aquella noche, esta vez con un viejo amigo de George 36


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que había salido físicamente ileso de la guerra. Pero entonces no había Perseidas y Violet era tan consciente de cada movimiento, que no fue capaz de sentir placer y solo consiguió odiar aquellos labios gelatinosos que la besaban. Sospechaba que nunca llegaría a sentir placer con sus jerezanos. Durante un tiempo se había reído de ellos con sus escandalizadas amigas, hasta que unas consiguieron casarse con los pocos hombres disponibles y otras se retiraron a una vida sin sexo y ya no querían que Violet les siguiera contando sus hazañas. El matrimonio en particular produjo muchos cambios en sus amigas, y uno de ellos fue darles una capa de conservadurismo que hacía que se sintieran fácilmente alarmadas y amenazadas. Al fin y al cabo, algunos de los jerezanos podían ser sus maridos. Así pues, Violet empezó a callarse las cosas que hacía durante aquellos pocos días al año. Las amigas se fueron distanciando lentamente, a medida que los maridos y los hijos ocuparon sus vidas, y se acabaron los partidos de tenis, las sesiones de cine y las visitas al salón de baile. Cuando Violet abandonó Southampton, ya no le quedaba nadie a quien echar de menos con su partida o a quien darle su dirección o invitar a un té.

–Violet, ¿se puede saber dónde estás? –le preguntó Tom mientras la observaba sobre los restos de patatas fritas que le quedaban en el plato. Violet sacudió la cabeza. –Lo siento… es que, bueno, ya sabes. Su hermano se levantó, se acercó a ella y le dio un abrazo; fue una sorpresa puesto que ellos no eran de esos her37


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manos que se abrazan. Volvieron caminando hasta la casa de la señora Harvey, donde él había aparcado el coche. Violet se quedó en la puerta contemplando cómo el Austin se alejaba por la calle mojada y luego subió a su cuarto. Creía que se echaría a llorar una vez que estuviera sola, en su desangelada habitación, con una puerta que podía cerrar al mundo. Pero ya había derramado todas sus lágrimas durante el trayecto desde Southampton. En lugar de llorar, contempló los escasos muebles que tenía a su alrededor, asintió con la cabeza y puso agua a hervir.

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