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JAMES

PATTERSON Traducción de Josep Escarré

Barcelona, 2019


Prólogo

MUERTE EN ROCK CREEK


UNO

CAMBIABA DE IDENTIDAD, como muchos guerreros antes de la batalla. En noches como esa, se llamaba a sí mismo Mercury. Vestido de negro desde el casco con visera hasta las botas con punta de acero, Mercury avanzó con la moto hasta un enorme rododendro por Rock Creek Parkway, al sur de la calle Calver. Sentado a horcajadas en la moto parada, sacó un minirradar láser portátil del Ejército de los Estados Unidos. Lo usó con todos los vehículos que pasaban, comprobando su velocidad. Setenta y dos kilómetros y medio por hora exactamente. Setenta y uno. Sesenta y siete y medio. Pura rutina. Cifras legales. Aburridas. Mercury esperaba ver una cifra más inusual y excesiva en la pantalla. Tenía buenas razones para creer que aparecería una exorbitada antes de que terminara esa noche. Sin duda alguna, estaba en el lugar correcto para registrarla. Construida en la década de 1920, Rock Creek Park­­way había sido diseñada para conservar la pintoresca belleza natural de la zona. La sinuosa carretera de cuatro carriles iba desde el Lincoln Memorial, en el norte, atravesando parques, jardines y bosques. Tenía cuatro kilóme9


tros doscientos metros y se dividía en Northwest D. C.: Beach Drive, la bifurcación de la derecha, en dirección noreste, se adentraba en el parque, mientras la vía principal continuaba por la izquierda y recuperaba la dirección noroeste hasta llegar al cruce con la calle Calver. Sesenta y nueve kilómetros por hora, según la pantalla del radar. Setenta y cinco y medio. Setenta y dos y medio. Estas cifras no eran sorprendentes. La carretera figuraba en el Registro Nacional de Lugares Históricos de los Estados Unidos, y el Servicio de Parques Nacionales se ocupaba de su mantenimiento; tenía un límite de velocidad de setenta y dos kilómetros y medio por hora. Sin embargo, su serpenteante trazado era lo más parecido a un circuito de un Grand Prix que se podía encontrar en el distrito de Columbia y alrededores. Largas curvas en forma de S, chicanes, algunos cambios de altitud, rectas que discurrían junto al cauce del arroyo… Tenía de todo, y casi el doble de longitud que el circuito del mítico Grand Prix de Watkins Glen, en Nueva York. «Solo eso ya la convierte en un objetivo −pensó Mercury−. Solo por eso, alguien lo intentará. Si no esta noche, mañana, o pasado mañana». Había leído un artículo en el Washington Post según el cual cualquier noche había muchas posibilidades de que algún niño rico o algún capullo ya entrado en años que chupaba de la teta federal sacara su Porsche nuevo o su potente BMW y tomara Rock Creek. O quizás algún joven de las afueras que le había birlado el Audi a su viejo o incluso alguna madre de familia de mediana edad. 10


Parecía haber todo tipo de gente obsesionada con esa carretera. «Un intento cada tres noches», pensó Mercury. Pero esa noche las posibilidades eran incluso superiores a la media. Unos días atrás, una crisis presupuestaria había bloqueado al Gobierno de los Estados Unidos. Todos los fondos para la aplicación de la Ley de Parques habían sido congelados. No se pagaban los salarios. Los guardabosques habían sido enviados a sus casas por razones de seguridad. Nadie vigilaba salvo él. Pasaron las horas. Aunque el tráfico se había reducido a un goteo, Mercury apuntó con el radar, consultó el veredicto y esperó. A las tres menos cuarto de la madrugada, medio dormido, estaba pensando que debía dejarlo cuando oyó el rugido de un motor doblando por Beach Drive. Accionada por ese ruido, su mano derecha puso en marcha la moto. Con la izquierda, apuntó con el radar en dirección al rugido, que se convirtió en un lastimero zumbido de furia que avanzaba directamente hacia él. En el instante en que vio los faros, pulsó el botón. Ciento dieciséis kilómetros por hora. Tiró el radar sobre el rododendro. Ya volvería más tarde a recogerlo. El Maserati pasó a toda velocidad junto a él. Mercury dio gas y soltó el embrague. Dejó atrás el rododendro, salió a toda velocidad del terraplén y se incorporó con un humeante chillido a la calzada, a menos de cien metros del deportivo italiano.

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DOS

EL MASERATI ERA NUEVO, elegante, de color negro; «un Quattroporte», pensó Mercury a juzgar por lo que había visto del coche cuando pasó rugiendo junto a él, y probablemente un S Q4. Mercury estudiaba los vehículos lujosos como ese. Un Maserati Quattroporte S Q4 tiene un motor turbo de inyección de seis cilindros que alcanza los doscientos ochenta kilómetros por hora y cuenta con una transmisión, una suspensión y un sistema de dirección extraordinarios. En general, el Maserati era un contrincante digno, adecuado para los retos de esa carretera. Cualquier hombre o mujer que se sentara al volante de un coche así pensaría que era imposible que lo alcanzaran en una persecución tan desafiante, y menos en una moto. Pero ese hombre o esa mujer se equivocaban. La moto de Mercury era una bestia que, a toda velocidad, podía superar los trescientos kilómetros por hora sin derrapar en las curvas, los tirabuzones ni en todos los demás giros y cambios de rasante que pudiera encontrar en el camino. Sobre todo, si se sabía manejar una moto tan rápida como esa, y Mercury sabía hacerlo. Llevaba toda su vida conduciendo motos de gama 12


alta y se sentía especialmente preparado para que alcanzara su máxima velocidad. Ciento treinta kilómetros por hora; ciento cuarenta y cinco. Las luces de freno del Maserati brillaron delante de él cuando la carretera lo puso a prueba con la pronunciada curva en dirección este. Sin embargo, el conductor del deportivo italiano no estaba preparado para el segundo desafío de una curva muy cerrada en forma de S. Mercury aprovechó el error del novato; se agachó, aceleró y la tomó a toda velocidad, tranquilo y con decisión. Cuando salió de la curva, estaba pegado al parachoques trasero del Maserati, a más de ciento diez kilómetros por hora. Desde allí la carretera discurría en dirección sur durante más de un kilómetro y medio; el deportivo italiano intentó acelerar más para dejar atrás a Mercury en la recta. Pero el Maserati no era rival para la moto personalizada de Mercury. Se colocó a la derecha, justo detrás del deportivo, soltó el manillar izquierdo y agarró la pistola Remington 1911 que llevaba pegada con velcro al depósito de gasolina. Ciento cuarenta y tres. Ciento cuarenta y cinco. Frente a él, la carretera avanzaba hacia una curva larga y cerrada a la izquierda. El Maserati tendría que frenar. Mercury redujo la velocidad, se rezagó y esperó. En cuanto se encendieron las luces de freno del deportivo italiano, el motorista aceleró e hizo un movimiento increíblemente rápido que lo situó justo al lado 13


de la ventanilla del acompañante del Maserati. Nadie ocupaba el asiento. Mercury solo atisbó la silueta del conductor antes de dispararle dos veces. La ventanilla se hizo añicos. Las balas impactaron con toda su potencia. El Maserati viró a la izquierda, chocó contra el guardarraíl y volvió al carril interior justo cuando la moto de Mercury llegaba intentando sortear el peligro. Mercury disminuyó la marcha y frenó preparándose para tomar la siguiente curva a la izquierda. Por el espejo retrovisor, Mercury vio cómo el Maserati se salía de la calzada, chocaba contra unos árboles y ardía en llamas. Mercury no sintió piedad ni compasión por el conductor. Aquel hijo de puta debería haber sabido que la velocidad mata.

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Primera parte

ASESINATO DE UN POLICÍA


CAPÍTULO

1

CUANDO DEJÓ ATRÁS EL PASILLO de los productos sin gluten de Whole Foods, Tom McGrath estaba pensando que la mujer alta y ágil de las mallas de color verde azulado y sudadera a juego que estaba delante de él tenía el porte de una bailarina. De unos treinta y poco años, pómulos marcados, ojos en forma de almendra y pelo negro azabache recogido en una cola de caballo, tenía un aspecto encantador, incluso exótico. Ella pareció darse cuenta de su interés y le devolvió la mirada. Con un leve acento de Europa del Este, dijo: −Te mueves como un vejestorio, Tom. −Así es como me siento, Edita −contestó McGrath, que tenía cuarenta y pocos años y parecía un corpulento catcher ligeramente venido a menos−. Noto una rigidez y un dolor donde jamás hubiera pensado que los notaría. −Demasiados años levantando pesas y sin hacer estiramientos −dijo Edita metiendo dos botellas de té kombucha en el carro que empujaba McGrath. −Siempre hago estiramientos. Pero no así. Nunca. Y mucho menos a las cinco de la mañana. En alguna de 17


las posturas me dio la sensación de que mi cabeza se estaba hinchando como la de una garrapata. Edita se paró delante de los productos orgánicos, empezó a coger los ingredientes para preparar una ensalada y preguntó: −¿Qué es una garrapata? −Ya sabes, ese bichito que causa la enfermedad de Lyme. Ella resopló. −¿No hay nada que te haya gustado en tu primera clase de yoga? −Debo admitir que me encantó estar en la parte de atrás de la sala haciendo la cobra mientras todas vosotras, las bellas damas de yoga, estabais delante de mí haciendo el perro boca abajo. Edita le dio un cariñoso golpecito en el brazo y dijo: −No es verdad. −Perdí el ritmo y descubrí que me gustaba no estar sincronizado. Ella sacudió la cabeza. −¿Qué os pasa a los hombres? Aún seguís siendo un misterio para mí. McGrath se puso serio. −Con respecto a esto último, ¿ha habido suerte con lo que te pedí el otro día? Edita se puso rígida. −Ya te dije que no es fácil, Tom. −Tú hazlo y acaba con ellos. Ella no lo miró. −¿Y la universidad? ¿Y mi coche? ¿Y mi apartamento? −Te dije que te ayudaría. 18


Indecisa, Edita contestó: −A ellos les importa una mierda, Tom. Ellos… −No te preocupes. Tienes al guerrero McGrath de tu parte. −No tienes remedio −dijo ella ablandándose y acariciándole la mejilla. −Solo cuando se trata de ti −dijo él. Edita vaciló y finalmente le lanzó un beso antes de dirigirse juntos hacia la cola de la caja. McGrath la ayudó a vaciar el carro. −¿Por qué pareces un perrito abandonado? −le preguntó Edita cuando empezó a sonar el verificador de precios. −Porque estoy acostumbrado a un carro de la compra con un pequeño vicio. Cerveza como mínimo. Ella señaló una botella que había en la cinta transportadora. −Esto te sentará mejor. −¿Cliffton Dry? −Imagínate que es champán que no se elabora con uvas sino con manzanas orgánicas. −Si tú lo dices −contestó McGrath con escepticismo. Mientras él metía la comida en bolsas de tela, Edita pagó con dinero en efectivo que sacó de una pequeña riñonera que llevaba sujeta a la cintura. McGrath se preguntó qué pensarían sus amigos de la infancia de que estuviera saliendo con una mujer que compraba Cliffton Dry en vez de un pack de seis cervezas Bud. Se burlarían de él despiadadamente. Pero si las manzanas con burbujas era lo que le iba a Edita, les daría una oportunidad. 19


Aunque sabía que su relación era extraña, había decidido recientemente que Edita, en casi todo, era buena para él. Lo hacía feliz. Y lo hacía sentirse joven y pensar como un hombre joven, algo que también era bueno. Agarraron las bolsas de la compra. En la calle, la siguió bajo una cálida llovizna que hacía brillar la acera. Incluso a esa temprana hora de la mañana, había mucho tráfico en el carril de la avenida Wisconsin que se dirigía hacia el sur; sin embargo, por el que iba hacia el norte aún no circulaban demasiados coches. Giraron para dirigirse hacia el sur. Edita iba uno o dos pasos por delante de él. Un segundo después, por el rabillo del ojo, McGrath vio unas luces rojas, oyó el estruendo del fuego racheado de una pistola y sintió las balas impactando contra su cuerpo, una de ellas en el pecho. Entonces se desplomó en el suelo. Edita se puso a gritar, pero recibió las dos balas siguientes y cayó al lado de McGrath. Los productos orgánicos se desparramaron por la acera manchada de sangre. Para McGrath todo se volvió lejano, moviéndose a cámara lenta. Hacía esfuerzos por respirar. Sentía como si lo hubieran golpeado en las costillas con un mazo. Sin pensar, buscó a tientas el móvil en el bolsillo de sus pantalones de deporte. Marcó el 911 y, sin decir nada, vio cómo la botella de Cliffton Dry, intacta, se alejaba rodando por la acera. Un operador contestó: −Distrito 911, ¿en qué puedo ayudarlo? 20


−Policía herido −dijo McGrath−. En el 3200 de la avenida Wisconsin. Repito, policía… Sintió que se desvanecía y que empezaba a perder la conciencia. Soltó el teléfono haciendo un esfuerzo por mirar a Edita. No se movía; tenía el rostro blanco y carente de expresión. Antes de morir, McGrath le susurró: −Lo siento, Ed. Por todo.

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