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Prólogo

Anochece y la niña tiene frío. El día había sido tan agradable... Las luces y los trajes y los fuegos artificiales que parecían una lluvia de estrellas... Había sido mágico, como un cuento, pero ahora todo se ha torcido, todo se ha estropeado. Alza la vista y mira a través de los árboles, y las ramas dan la sensación de cernerse sobre su cabeza. Pero no como en Blancanieves o en La bella durmiente. Aquí no hay príncipe azul a lomos de un caballo blanco, tan solo un cielo oscuro y monstruos entre las sombras. La niña oye ruidos en el sotobosque, los crujidos de pequeños animales y un ruido más intenso, un movimiento que se acerca sin detenerse, paso a paso. Se seca la mejilla cubierta todavía de lágrimas y desea con todas sus fuerzas ser como la princesa de Brave. En ese caso no le daría miedo estar sola en el bosque. Pero Daisy tiene miedo. De hecho, Daisy tiene mucho miedo. –¿Daisy? –dice una voz–. ¿Dónde estás? Más pasos, esta vez más cerca, y la voz suena enfadada. –No puedes esconderte de mí. Te encontraré. Lo sabes, ¿verdad, Daisy? Te encontraré. 9


Lo diré ya, antes de empezar. No les gustará, créanme. He hecho esto más veces de las que estoy dispuesto a castigarme recordando. En un caso como este –un niño–, nueve de cada diez veces el responsable es alguien del círculo más cercano. Un familiar, un amigo, un vecino, alguien de la comunidad. No lo olviden. Por afligidos que los vea, por poco probable que parezca, ellos saben quién ha sido. Tal vez no de manera consciente y tal vez no todavía. Pero lo saben. Lo saben. *** 20 de julio de 2016, 2:05 Urbanización Canal Manor, Oxford Dicen que un comprador toma su decisión respecto a una casa en los treinta primeros segundos después de entrar en ella. Bueno, háganme caso, cualquier agente de policía tarda menos de diez segundos. Solo que lo que juzga son personas, no una propiedad. Así que cuando nos detenemos frente al número 5 de Barge Close, me hago una idea bastante clara de qué podemos esperar. Es lo que antes se llamaba un «chalet». Quizás aún los 11


llamen así, no lo sé. Esta gente tiene dinero pero no tanto como le gustaría, si no se habrían comprado una auténtica casa victoriana y no esta reproducción en un terreno nuevecito ubicado en el lado equivocado del canal. Sí, tiene los mismos ladrillos rojos, las mismas ventanas en voladizo, pero los jardines son pequeños y los garajes enormes; no es tanto una imitación como una clara falsificación. El agente uniformado apostado en la puerta principal me indica que la familia ya ha realizado la búsqueda obligada por la casa y el jardín. Les sorprendería la cantidad de veces que encontramos a un niño debajo de la cama o metido en un armario. No se han perdido, tan solo se han escondido. Y la mayoría de estas historias tampoco tienen un final feliz. Pero por lo visto no es a eso a lo que nos enfrentamos. Como me ha dicho el inspector de guardia hace una hora, al despertarme: –Sé que no es habitual que le llamemos tan pronto, pero a estas horas de la noche y con una niña tan pequeña... Da muy mala espina. Y la familia estaba celebrando una fiesta, así que todo el mundo ha empezado a buscarla mucho antes de llamarnos. He decidido que cabrearle era la menor de nuestras preocupaciones. En realidad no lo estoy. Cabreado, quiero decir. Y para ser sincero, yo habría hecho lo mismo. –En la parte de atrás parece que haya estallado una bomba, me temo –observa el agente de la puerta–. Deben de haberse pasado la noche yendo de un lado a otro. Hay restos de fuegos artificiales por todas partes. Y niños. No creo que el equipo forense pueda sacar mucho en claro, señor. 12


Genial, pienso. Una condenada maravilla. Gislingham llama al timbre y nos quedamos esperando frente a la puerta. Está nervioso y pasa el peso de un pie a otro. No importa cuántas veces lo hagas, lo cierto es que nunca te acostumbras. Y si lo haces, es el momento de jubilarse. Le doy unas últimas caladas al cigarrillo y echo un vistazo a los alrededores. A pesar de que son las dos de la madrugada, casi todas las casas están iluminadas y hay gente en varias ventanas de los pisos superiores. También hay dos coches patrulla con las luces estroboscópicas encendidas aparcados enfrente de la casa, sobre la hierba cubierta de maleza y con roderas de bicicleta, y dos agentes tratan de mantener a los curiosos a una distancia prudencial. Hay otra media docena de agentes en los escalones de entrada de algunas casas, hablando con los vecinos. En ese momento se abre la puerta principal y me doy la vuelta. –¿Señora Mason? Es más rolliza de lo que esperaba. Se le ve una papada incipiente y no puede tener más de... ¿qué? ¿treinta y pico? Lleva una rebeca sobre un vestido de noche con cuello halter y estampado de leopardo de un color anaranjado apagado que no le pega con el pelo. Mira hacia la calle y se ciñe la rebeca. Pero la verdad es que no hace frío. Hoy la temperatura máxima ha sido de veintiún grados. –Soy el inspector Adam Fawley, señora Mason. ¿Podemos pasar? –¿Podrían quitarse los zapatos? Acaban de limpiar la moqueta. 13


Nunca he entendido por qué la gente compra moqueta color crema, sobre todo si tienen hijos, pero no parece el momento apropiado para discutir. Así que nos agachamos como un par de escolares y nos desatamos los cordones. Gislingham me lanza una mirada: junto a la puerta hay una serie de colgadores, cada uno con una etiqueta con los nombres de la familia, y sus zapatos están alineados sobre un felpudo. Por tamaño. Y por color. Madre mía. Es curioso, sin embargo, lo que te provoca mentalmente el hecho de ir descalzo. Andar con calcetines me hace sentir como un aficionado. No es un buen comienzo. En el salón hay un arco que da paso a una cocina con barra americana. Allí hay varias mujeres que hablan en susurros y se afanan alrededor de una tetera; el maquillaje de fiesta resulta desolador bajo la luz inclemente del fluorescente. La familia está sentada en el borde de un sofá demasiado grande para la estancia. Barry Mason, Sharon y el chico, Leo. Este último mira hacia el suelo, Sharon me mira a mí y Barry pasea la mirada por todo el cuarto. Va vestido como el retrato robot de un padre hípster: pantalones cargo, el pelo un poco demasiado de punta y una camisa de flores un poco demasiado chillona por fuera del pantalón. Pero aunque por su aspecto parece anclado en los treinta y cinco, lleva el pelo oscuro teñido y sospecho que es unos diez años mayor que su mujer. Quien no cabe duda de que lleva los pantalones en esta casa. Cuando desaparece un niño, uno experimenta todo tipo de emociones. Enfado, pánico, negación, culpa. 14


Las he visto todas, aisladas y combinadas. Pero en el rostro de Barry Mason hay una expresión que no había visto nunca. Una expresión que no puedo definir. En cuanto a Sharon, aprieta los puños con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos. Me siento. Gislingham, no. Creo que le preocupa que los muebles no soporten su peso. Se tira del cuello de la camisa esperando que nadie se dé cuenta. –Señora Mason, señor Mason –empiezo–, comprendo que es un momento difícil, pero es de vital importancia que recopilemos tanta información como sea posible. Estoy seguro de que ya lo saben: las primeras horas son verdaderamente cruciales; cuanto más sepamos, más posibilidades hay de que encontremos a Daisy sana y salva. Sharon Mason tira de una hebra suelta de su rebeca. –No sé muy bien qué más podemos decirles... Ya hemos hablado con el otro agente... –Lo sé, pero tal vez puedan volver a contármelo todo desde el principio. Han dicho que Daisy ha ido a la escuela como cada día y que después ha estado aquí en casa hasta que ha comenzado la fiesta. ¿No ha salido a jugar? –No. Estaba en su habitación, arriba. –Y la fiesta... ¿Pueden decirme quién ha venido? Sharon mira a su marido y luego a mí. –Gente de nuestra calle. Los compañeros de clase de los niños. Sus padres. Así pues, los amigos de sus hijos. No los de ella. O los de ellos. –¿Cuántos serían? ¿Unos cuarenta? 15


Ella frunce el ceño. –No tantos. Tengo una lista. –Eso nos sería de gran ayuda; si pudiera dársela al agente Gislingham... Este levanta la vista por un momento de su bloc de notas. –¿Cuándo han visto a Daisy por última vez, exactamente? Barry Mason aún no ha abierto la boca. Ni siquiera estoy seguro de que me haya oído. Me vuelvo hacia él. Tiene un perro de juguete en las manos y no para de darle vueltas. Está angustiado, lo sé, pero da la desconcertante sensación de estar retorciéndole el pescuezo. –¿Señor Mason? Este parpadea. –No lo sé –contesta débilmente–. ¿Hacia las once, quizá? Había bastante confusión. Mucha gente, ya sabe. –Pero era ya medianoche cuando se han dado cuenta de que no estaba. –Hemos decidido que era hora de que los niños se acostaran. La gente comenzaba a marcharse. Sin embargo, no hemos conseguido encontrarla. Hemos mirado por todas partes. Hemos llamado a todos los que se nos han ocurrido. Mi pequeña... Mi preciosa pequeña... Se echa a llorar. Es algo que aún me cuesta manejar, incluso a estas alturas. Que un hombre llore. Me dirijo a Sharon. –¿Señora Mason? ¿Qué me dice de usted? ¿Cuándo ha sido la última vez que ha visto a su hija? ¿Antes o después de los fuegos artificiales? 16


De pronto, Sharon se estremece. –Antes, creo. –¿Y cuándo han empezado los fuegos artificiales? –A las diez, en cuanto se ha hecho de noche. No queríamos lanzarlos demasiado tarde. Puedes buscarte un problema; igual te denuncian al ayuntamiento. –Así que la última vez que ha visto a Daisy ha sido antes de los fuegos. ¿Estaba en el jardín o en la casa? Ella vacila, con el ceño fruncido. –En el jardín. Se ha pasado toda la noche corriendo de aquí para allá. Como si fuera la reina del baile. Me pregunto cuánto hace que no oigo a alguien usar esta expresión. –Así pues, Daisy estaba de buen humor; ¿no había nada que la preocupara, que ustedes sepan? –No, nada. Se lo estaba pasando de miedo. Reía, bailaba con la música. Lo que hacen las niñas. Miro a su hermano, interesado en su reacción. Pero no hay ninguna. Permanece sentado extraordinariamente quieto. Teniendo en cuenta las circunstancias. –¿Cuándo has visto a Daisy por última vez, Leo? Se encoge de hombros. No lo sabe. –Yo estaba mirando los fuegos artificiales. Le sonrío. –¿Te gustan? Él asiente sin levantar la cabeza. –¿Sabes qué? A mí también. Alza la vista y por un momento parece que se establece un canal de comunicación entre nosotros, aunque enseguida vuelve a agachar la cabeza y se pone a deslizar un pie por la alfombra de pelo largo dibujando 17


círculos. Sharon alarga la mano y le da un golpecito en la pierna, cosa que hace que él pare. Me vuelvo de nuevo hacia Barry. –Por lo visto, la puerta lateral del jardín estaba abierta. De pronto, Barry Mason se reclina en actitud defensiva. Aspira aire aparatosamente y se pasa la mano por la nariz para secársela. –Bueno, no se puede estar subiendo y bajando cada cinco minutos para abrir la puerta, ¿no cree? Era más fácil que la gente entrara por ahí. Menos desbarajuste en la casa. –Echa una mirada a su esposa. Asiento. –Claro. Veo que por detrás el jardín da al canal. ¿Hay una verja para el camino de sirga? Barry Mason niega con la cabeza. –Ni soñarlo. El ayuntamiento no lo permite. Pero es imposible que él entrara por ahí. –¿Él? Vuelve a apartar la mirada. –Quienquiera que haya sido. El cabrón que se la ha llevado. El cabrón que se ha llevado a mi Daisy. Apunto «mi» en el bloc de notas y añado un interrogante. –Pero en realidad no ha visto usted a un hombre, ¿no? Él inspira hondo y su respiración se convierte en un sollozo; aparta la mirada mientras sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas. –No, no he visto a nadie. Rebusco entre mis papeles. 18


–Tengo la foto de Daisy que le han entregado al sargento Davies. ¿Pueden decirme qué llevaba puesto? Se hace una pausa. –Era una fiesta de disfraces –contesta Sharon al fin–. Para los niños. Pensamos que sería divertido. Daisy iba disfrazada de su nombre en inglés. –Lo siento, no la sigo... –De margarita. Iba vestida de margarita. Percibo la reacción de Gislingham, aunque no me permito mirarlo. –Ya veo. Entonces llevaba... –Una falda verde, un panti y unos zapatos verdes. Y un tocado para la cabeza con pétalos blancos y el centro amarillo. Lo encontramos en esa tienda de Fontover Street. Nos costó una fortuna, aunque solo fuera de alquiler. Y tuvimos que dejar un depósito. La voz se le rompe. Suelta un gemido y luego cierra la mano en un puño y se lo aprieta contra la boca con los hombros temblorosos. Barry Mason extiende el brazo y rodea a su mujer. Ella gimotea y se balancea de atrás adelante, diciéndole que no es culpa suya, que ella no lo sabía, y él se pone a acariciarle el pelo. Se hace otro silencio y entonces, de pronto, Leo se echa hacia delante y se levanta del borde del sofá. Toda su ropa parece un poco demasiado grande para él; apenas se le ven las manos por debajo de las mangas. Se acerca a mí y me tiende su móvil. En la pantalla se ve el fotograma de un vídeo. Un fotograma de Daisy con su falda verde. Es una niña preciosa, de eso no hay duda. Le doy al play y la veo bailar para la cámara durante unos quince segundos. Rebosa confianza y exu19


berancia; emanan de ella incluso a través de una pantalla de dos pulgadas. Al terminar el vídeo cotejo la fecha: es de hace tan solo tres días. Nuestro primer golpe de suerte. No siempre conseguimos algo tan actualizado. –Gracias, Leo. –Miro a Sharon Mason, que se está sonando–. Señora Mason, si le doy mi número de teléfono, ¿podría mandarme esto? Ella hace un gesto de impotencia con las manos. –Oh, soy un desastre con estas cosas. Leo puede hacerlo. Lo miro y él asiente. Lleva el flequillo demasiado largo, aunque no parece que le moleste en los ojos. Son oscuros, sus ojos. Como su pelo. –Gracias, Leo. Se te deben de dar bien los móviles para tu edad. ¿Cuántos años tienes? Se ruboriza, solo un poco. –Diez. Me vuelvo hacia Barry Mason. –¿Daisy tenía un ordenador propio? –Ni hablar. Con la de cosas que se oyen sobre los niños que se meten en internet hoy en día... A veces le dejaba usar el mío, siempre que yo estuviera en la habitación. –Entonces, ¿no disponía de correo electrónico? –No. –¿Y de móvil? Esta vez es Sharon quien contesta. –Nos parecía que era demasiado pequeña. Le dije que podría tener uno en navidades. Para entonces tendrá nueve años. 20


Una posibilidad menos de rastrearla. Aunque no digo nada al respecto. –¿Has visto a alguien con Daisy esta noche, Leo? Él va a decir algo, pero al final niega con la cabeza. –O igual antes. ¿Estaba con alguien? ¿Has visto a alguien al ir o al volver de la escuela? –Los llevo yo en coche –interviene Sharon con brusquedad. Como si no hubiera nada más que decir. Y entonces suena el timbre. Gislingham cierra el bloc de notas. –Serán los analistas de la científica. O como se llamen ahora. Sharon mira a su marido desconcertada. –Se refiere a los forenses –le aclara él. Ella se dirige de nuevo a mí: –¿A qué vienen? Nosotros no hemos hecho nada. –Lo sé, señora Mason. Por favor, no se alarme. Es el procedimiento habitual en un..., cuando desaparece un niño. Gislingham abre la puerta principal y los deja pasar. Enseguida reconozco a Alan Challow. Entró a trabajar pocos meses después que yo. No ha envejecido muy bien. Demasiado poco en lo alto de la cabeza, demasiado alrededor de la cintura. Sin embargo, es bueno. Me saluda con un movimiento de la cabeza. No nos hacen falta cumplidos. –Holroyd está cogiendo el equipo del coche –me informa en tono enérgico. El traje de papel que lleva cruje al andar. Va a ser un infierno estar ahí metido cuando salga el sol. 21


–Primero iremos al piso de arriba –dice al tiempo que se pone los guantes–. Empezaremos fuera en cuanto haya luz. Por lo que veo, la prensa aún no ha llegado. Alabado sea el Señor por sus pequeños favores. Sharon Mason se ha puesto en pie, aunque le cuesta mantener el equilibrio. –No quiero que hurguen en su cuarto..., que toquen sus cosas..., nos tratan como si fuéramos criminales... –No es un análisis forense completo, señora Mason; no lo dejaremos todo patas arriba. Ni siquiera nos hace falta entrar en su cuarto; tan solo necesitamos su cepillo de dientes. Porque esa es la mejor fuente de ADN. Porque es posible que nos haga falta para identificar su cuerpo. Aunque una vez más no digo nada al respecto. –En el jardín realizaremos una búsqueda más exhaustiva, por si el secuestrador ha dejado alguna prueba física que nos ayude a identificarlo. Confío en que nos den su autorización... Barry Mason asiente y luego alza un poco la mano y toca a su mujer en el codo. –Será mejor que les dejemos hacer su trabajo, ¿vale? –Y lo organizaremos todo para que un oficial de enlace familiar acuda lo antes posible. Sharon se vuelve hacia mí. –¿Qué quiere decir con eso de que «acuda»? –Se quedará aquí para asegurarnos de que los mantenga informados en cuanto tengamos alguna novedad, y para que esté a su disposición por si necesitan cualquier cosa. Sharon frunce el ceño. 22


–¿Cómo?, ¿aquí? ¿En la casa? –Sí, si les parece bien. Está plenamente capacitado, no tiene de qué preocuparse, no les molestará para nada... Pero ella ya está negando con la cabeza. –No. No quiero a nadie aquí. No quiero que vengan a espiarnos. ¿Ha quedado claro? Miro de reojo a Gislingham, que se encoge de hombros de manera casi imperceptible. Respiro hondo. –Por supuesto, está en su derecho. Designaremos a un miembro de nuestro equipo para que sea su interlocutor, y si cambian de opinión... –No –se apresura a decir ella–. No cambiaremos de opinión. *** Oxford’s News @OxfordNewsOnline 2:45 ÚLTIMA HORA Nos llegan noticias de una considerable presencia policial en la urbanización de Canal Manor; todavía no disponemos de más detalles... Julie Hill @JulieHillinOxford 2:49 @OxfordNewsOnline Yo vivo en Canal Manor. Esta noche ha habido una fiesta y ahora la policía está aquí haciendo preguntas a los vecinos Julie Hill @JulieHillinOxford 2:49 @OxfordNewsOnline Parece que nadie sabe lo que pasa. Hay unos 15 coches de policía

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Angela Betterton @AngelaGBetterton 2:52 @JulieHillinOxford @OxfordNewsOnline Yo he estado en la fiesta. Es la hija; por lo visto ha desaparecido. Va a clase con mi hijo Julie Hill @JulieHillinOxford 2:53 @AngelaGBetterton Vaya, qué horror. Creía que sería por un tema de drogas o algo así @OxfordNewsOnline Oxford’s News @OxfordNewsOnline 2:54 @AngelaGBetterton ¿Cómo se llama la niña y cuántos años tiene? Angela Betterton @AngelaGBetterton 2:55 @OxfordNewsOnline Daisy Mason. Debe de tener 8 o 9 años Oxford’s News @OxfordNewsOnline 2:58 ÚLTIMA HORA Nos llegan noticias del posible #secuestro de una niña en la urbanización de Canal Manor. Las fuentes afirman que una niña de 8 años ha desaparecido de su casa Oxford’s News @OxfordNewsOnline 3:01 Si se enteran de alguna cosa acerca del #secuestro en Oxford mándenos un tuit a esta cuenta. Les mantendremos informados sobre las noticias locales de Oxford a lo largo de la noche

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Justo después de las tres, el equipo de prensa me llama para decirme que la noticia está en la calle y que ya puestos podríamos aprovecharlo. Al cabo de veinte minutos llega la primera unidad móvil. Yo estoy en la cocina; la familia sigue en el salón. Barry Mason está apoyado en un reposabrazos con los ojos cerrados, aunque no duerme. Al oír el sonido de un vehículo que se acerca no se mueve, mientras que Sharon Mason se levanta del sofá y mira por la ventana. Ve salir al reportero y tras él a un hombre con chaqueta de cuero que lleva un micro y una cámara. Se los queda mirando un momento y luego se contempla en el espejo y se lleva una mano a la cabeza para atusarse el pelo. –¿Inspector Fawley? Es uno de los miembros del equipo de Challow, que está a mitad de la escalera. Una chica, aunque debe de ser nueva porque no reconozco su voz. Con la capucha y la máscara tampoco puedo verle la cara. Al contrario de lo que nos hacen creer en la tele, la indumentaria de los forenses hace que se parezcan más a un pollo envasado que a los personajes de CSI. Es algo que me pone de los nervios, esas puñeteras series: lo último que haría un forense de verdad sería contaminar un escenario del crimen meneando sus malditas extensiones de pelo. La chica me llama por señas y yo la sigo hasta el descansillo. En la puerta que queda frente a nosotros hay una pulcra placa que anuncia: 

 Cuarto de Daisy

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Encima hay un trozo de papel pegado con Blu-Tack que dice en letras mayúsculas mal escritas: ¡¡PROHIBIDO ENTRAR!!

–Tenemos lo que necesitamos –me informa–. Pero he pensado que le gustaría ver la habitación. Aunque no entremos. En cuanto abre la puerta entiendo a qué se refiere. Ninguna habitación infantil tiene este aspecto, salvo las que salen en las series de comedia. No hay nada en el suelo ni sobre las superficies, nada embutido debajo de la cama. El peine está colocado exactamente en paralelo al cepillo. Hay unos peluches sentados en fila que nos miran con sus ojitos brillantes. El efecto resulta más que desconcertante. Sobre todo porque la niña bulliciosa y llena de vida que he visto en el vídeo no encaja con una habitación ordenada de una manera tan antinatural como esta. Hay habitaciones vacías en las que resuena el eco de las personas que un día las ocuparon. Pero aquí hay un vacío de ausencia, no de presencia. La única señal de que Daisy ha estado alguna vez en este cuarto es un póster de Disney en la pared más alejada. La princesa de Brave, sola en el bosque con su desafiante cabellera rojo brillante, y en la parte de abajo una leyenda en grandes letras naranjas: cambia tu destino. A Jake también le encantó esa película; lo llevamos dos veces a verla. Transmitía un buen mensaje para los niños: que está bien ser uno mismo; tan solo hace falta valor para ser quien realmente eres. 26


–Da grima, ¿verdad? –dice la chica a mi lado, colándose en mis pensamientos. Al menos muestra el tacto suficiente para hablar en voz baja. –¿Tú crees? Se ha quitado la máscara y veo cómo arruga la nariz. –Exagerado es poco. Es que..., mire, ¿absolutamente todo a juego? A nadie le gusta tanto su nombre, créame. Y ahora que lo comenta, me doy cuenta. Está todo lleno de margaritas. Hasta en el último puñetero rincón. El papel de pared, la colcha, las cortinas, los cojines. Son distintas, pero todas son margaritas. Las hay de plástico en un tarro verde, y una diadema de margaritas amarillo intenso cuelga del espejo del tocador. Brillantes pasadores de pelo de margaritas, una pantalla de lámpara de margaritas y un móvil de margaritas que cuelga del techo. Más que una habitación parece un parque temático. –A lo mejor a ella le gustaba así, ¿no? –Aunque nada más decirlo me doy cuenta de que no me lo trago. La chica se encoge de hombros. –Quizá. ¡Qué voy a saber yo! No tengo hijos. ¿Usted sí? No lo sabe. Nadie se lo ha contado. –No –contesto. Ya no. ***

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