Parecía amor. Sabía a amor. Pero esta no es una historia de amor.
Los lugares que me han visto llorar es una obra de ficción, pero trata problemas reales como las conductas abusivas y los abusos sexuales. Al final del libro hay varios enlaces a plataformas de ayuda y apoyo.
Primera edición: febrero de 2020 Adaptación de cubierta: Book & Look Maquetación: Endoradisseny Título original en inglés: The Places I’ve Cried in Public © 2019 Holly Bourne (texto) © 2019 Jan Bielecki (imagen de cubierta e ilustraciones del interior), Usborne Publishing © 2019 Laura Obradors Noguera y Alicia Bueno Belloso (traducción) © 2020 La Galera (por esta edición) Dirección editorial: Ester Pujol Edición: Anna López La Galera es un sello de Grup Enciclopèdia Josep Pla, 95 08019 Barcelona Impreso en Liberdúplex Depósito legal: B-6-2020 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6598-2
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Traducción de Alicia Bueno y Laura Obradors
¿Ves a la chica que está llorando? No siempre es fácil percatarse de que está. A veces es una figura cabizbaja que finge estar mirando el móvil y usa el pelo para esconder los ojos hinchados y las mejillas manchadas de lágrimas. Otras veces, tiene la cabeza apoyada en la ventana del bus y mira hacia fuera para que no la veas llorar. Lo quiere esconder, pero hay detalles que la delatan: un sollozo ahogado, una ligera sacudida de la espalda o una mano que pasa por debajo de los ojos, limpiando unas lágrimas que enjugará en el vestido rápidamente para que nadie se dé cuenta. Hay chicas que lloran sentadas en un banco del parque. Chicas que lloran en el vestíbulo de la estación de tren. Otras lloran en medio de una discoteca, o en una parada de bus. Hay chicas que lloran al final de la clase. Chicas que se sientan en la acera, se agarran fuerte los pies y derraman lágrimas que caen en el hormigón frío a altas horas de la madrugada. Chicas que lloran en los baños del colegio, en puentes o en medio de una fiesta. Esta es la historia de una de ellas. ¿Por qué no para de llorar? O tal vez deberíamos preguntarnos: ¿por quién llora?
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El banco sobre las vías del tren Es la una y media de la madrugada y aquí estoy, donde todo empezó. Claro, por supuesto que hace frío. Es la una y media de una madrugada de mediados de febrero y no llevo la ropa apropiada. Tan solo llevo la chaqueta por encima del pijama y he salido con las zapatillas de andar por casa. Y aquí estoy: sentada en este banco, tiritando de frío, enfundada en una chaqueta de piel sintética que no calienta y sin saber muy bien qué estoy haciendo aquí. La cosa es que estaba tumbada en la cama en uno de esos momentos tan habituales de no-dormir y de intentar-entender-qué-demonios-pasó y de pensar-que-todo-ha-sido-mi-culpa y hacerme-un-ovillo-y-desaparecer cuando, de repente, hace exactamente treinta minutos, he tenido una revelación. Tenía que venir aquí. Tengo la respiración entrecortada y de mi boca salen nubecitas de niebla cristalizada que se alejan flotando hasta las vías del tren. 7
Este callejón es tan tranquilo. Es como si el mundo entero estuviese dormido…, salvo yo y mi corazón roto. Por ti he llorado lo que no está escrito, pero es inútil, no logro superarlo. Y aquí estoy, sentada en medio de esta noche helada, con los dientes castañeteando e intentando entender. Tan solo entender. Este banco no parece nada del otro mundo. Le falta un tablón, tiene una pátina musgosa y está lleno de grafitis horrendos. Sin embargo, este banco anodino sí es relevante porque es, precisamente, el primer sitio en el que lloré. No fue la primera vez que lloré en mi vida, claro que no, pero sí fueron las primeras lágrimas que puedo relacionar contigo. Con nuestra historia. Aunque, por aquel entonces, éramos más bien un mero garabato. Tal vez si logro desenmarañar el lío de tinta de todo este relato y llegar a ese garabato inicial, pueda entender, al fin, qué pasó. Este banco es el punto de partida. Y aquí estoy. Me acurruco dentro de la chaqueta y cierro los ojos, dispuesta a evocar el recuerdo.
—No te preocupes —dijo mamá mientras me miraba comer los cereales—, todo el mundo será nuevo. Me sonrió de esa manera. Una sonrisa suplicante que me rogaba que no la hiciera sentir culpable. —Todos van a conocer como mínimo a una persona. Yo, literalmente a nadie. —Bueno, pero por la tarde ya sí.
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No me terminé los cereales y tuve que sacar los restos blandurrios con los dedos antes de tirar el resto de la leche por el fregadero. —Espero que sí —dije, antes de volver a una habitación que no sentía mía en absoluto. Además, todavía no había desempaquetado las cajas, lo cual no ayudaba mucho. Mi vida estaba metida en cajas amontonadas que esperaban que yo admitiera por fin que ahora mi situación era esta y me decidiera a abrirlas. Hasta entonces, me había limitado a sacar la ropa, el tocadiscos, los vinilos y mi guitarra, mi querida guitarra. No tenía tiempo de tocar, pero la cogí, me pasé la correa por encima de los hombros y me senté en el borde de la cama. Rasgué un acorde y sentí que me relajaba. Me puse a cantar flojito. —Vamos, Amelie. Vamos a llegar tarde —dijo mamá desde el final del pasillo. Qué raro era que toda la casa estuviese repartida en un solo piso. A regañadientes, volví a colocar la guitarra donde estaba. —Ya voy. El coche estaba ardiendo cuando me dejé caer en el asiento delantero. Sentí como si me hundiera en un abrazo incómodo. Me sudaban las piernas. Parecía que el verano no se quería ir, a pesar de que ya era septiembre. Salimos del parking comunitario y subí el volumen de la radio, pero mamá lo bajó de nuevo. —¿Seguro que quieres volver andando a casa? Llámame si te pierdes. —Mamá, tengo lo que se llama un móvil. Con mapa y todo. —Bueno, pero puedes llamarme. Pasamos por calles desconocidas, giramos en esquinas desconocidas, vimos a estudiantes desconocidos que iban andando hacia
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el mismo instituto que yo, un instituto desconocido. Caminaban en grupos y yo me hundía en el asiento. Quedamos atrapadas en un atasco de coches que intentaban encontrar aparcamiento. Los gases de los tubos de escape entraron por el aire acondicionado de nuestro coche y acabamos sumidas en una nube que apestaba a contaminación. —Creo que será mejor que bajes aquí —dijo mamá—. ¿Seguro que estarás bien? Asentí, pero no era la verdad. Y nada de esto era culpa de mamá, ni tampoco era culpa de papá. Me había visto obligada a abandonar mi vida anterior y no poder culpar a nadie de ello era lo peor de aquella situación. —Espera. —Metió el coche en un aparcamiento libre. Cuando fui a abrir la puerta, mentalizada para aventurarme hacia lo desconocido, mamá me puso una mano en el hombro—. ¿De verdad que estarás bien? —preguntó por tercera vez con su acento pijo que había dejado de ser un acento desde que vivíamos aquí—. Siento mucho todo esto, Amelie. Sé que no es lo que querías. Sonreí y asentí. Lo hice por ella. —Estaré bien. Me dejó en la acera, envuelta en una nube de gases de los tubos de escape y vi como se alejaba en medio de aquel enjambre de coches. No tenía muy claro hacia dónde tenía que ir, así que me limité a seguir a la gente de mi edad, que caminaban todos en la misma dirección. De repente, me abrumó la timidez, siempre acompañada del picor del sarpullido del pecho. Estupendo, justo lo que necesitaba en el primer día en un nuevo instituto en una nueva parte del país: ser la friki del sarpullido. Me puse detrás de dos chicas y me abotoné la cazadora vaquera
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a pesar del calor que hacía. Al menos así escondía un poco la rojez del pecho. El picor aumentó cuando me imaginé el horror que me esperaba ese primer día. • Tener que ir por ahí suplicando con la mirada a la gente para que hablara conmigo. • Tener que ir por ahí sin saber a dónde ir ni qué hacer, y sentirme insegura por ser una inútil en las funciones sociales más básicas. • Ser un imán para algún friki raruno que sería el único que me hablaría y luego tener que pasar el resto de mi vida siendo su amiga por obligación moral. • No saber dónde sentarme durante la hora de comer y terminar sola en un rincón, viendo como el resto del mundo es tan simpático y extrovertido como a mí me gustaría ser. • Tener que presentarme y que se me trabase la lengua y que me saliese la voz ronca y que mi sarpullido se pusiera como un tomate y que todos pensaran que soy un bicho raro. Las chicas que caminaban delante de mí charlaban animadas y pude oír algunas frases sueltas de lo que decían. —¿Viste a Laura el día de las notas? Ahora es más gótica que una gárgola. ¿Crees que su novio nuevo sabe que le encanta Taylor Swift? Tal vez se lo deberíamos decir. —Se rieron y se me contrajo el estómago. Realmente las chicas podían llegar a ser perversas. En Sheffield vivía en mi burbuja de buenos amigos a los que quería y en los que confiaba. Había tardado dieciséis años en encontrar a personas con las que congeniaba. Tener que volver a empezar de cero era una pesadilla.
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Las chicas giraron a la izquierda y las seguí. Y ahí estaba, mi nuevo instituto, acabado de pintar para estrenar el curso académico. Los estudiantes se dirigían hacia las diferentes entradas como hormigas y parecía que todo el mundo ya conocía como mínimo a una persona. Se saludaban con abrazos y se preguntaban qué tal había ido el verano. Se reían y hablaban muy alto y muy emocionados, todos esforzándose por mostrar lo mejor de sí mismos en ese primer día, en ese nuevo comienzo. A fin de cuentas, la ciudad era pequeña. Lo máximo a lo que podían aspirar era a renovar un poco su imagen durante los meses de verano. Yo y mis botas de piel marrón estilo cowboy, en cambio, éramos del todo nuevas. Todos y cada uno de los rostros de esta muchedumbre eran totalmente nuevos para mí. En el fondo, podía haber sido un pensamiento liberador, ¿no? Tener la oportunidad de empezar de cero. Pero es que yo no quería empezar de cero. Yo quería volver a Sheffield, con Jessa y Alfie. Alfie… Casi me saltaron las lágrimas, allí, en medio de la gente, antes de empezar mi primer día. Sentí que se acumulaban detrás de los párpados y que me ahogaba la tristeza. Entonces, precisamente porque me conocía, me conocía bien y me quería tanto y tan bien, Alfie sintió mi desazón. Noté que el móvil vibraba. Alfie: Muchísima suerte hoy. Sé tú misma. Con sarpullido y todo. Estoy seguro de que vas a hacer amigos. Y recuerda: dos años :* :*
Me hice a un lado y esbocé una sonrisa, pero era una sonrisa agridulce.
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Amelie: ¡¿CÓMO SABÍAS LO DEL SARPULLIDO?! :* En aquel momento, sonó una campana y miré la hora en la pantalla del móvil: las ocho menos cinco. Tenía cinco minutos para encontrar el aula D24 y conocer a mis compañeros de clase. Rebusqué por el bolso y saqué un mapa del campus. Al ubicar la cafetería justo delante, me percaté de que me temblaban las manos. Afortunadamente, parecía que el aula D24 estaba en el edificio de audiovisuales, justo a la derecha de la cafetería. «Ves», pensé. «No es tan terrible: sobrevives». El móvil vibró de nuevo. Alfie: Echo de menos tu sarpullido. Hoy irá todo genial, ya lo verás :* :*
Cerré los ojos con fuerza. Sintiendo el sol en los párpados, casi podía ver cada curva, cada detalle de la cara de Alfie. A mi alrededor, los últimos estudiantes correteaban para no llegar tarde. Veía la peca que tenía justo al lado del ojo izquierdo, los mechones de su pelo rebelde. Mis dedos escribieron un mensaje instintivamente: Amelie: Te quiero. Me quedé mirando la pantalla, viendo como el cursor parpadeaba, expectante, al lado de la «o». Me invadió una ola de sentimientos y emociones y borré el mensaje. Miré como cada letra desaparecía de la pantalla, como se desvanecía la verdad. Volvió a sonar la campana: iba a llegar tarde el primer día de esa nueva vida que me había tocado vivir.
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Amelie: Te echo de menos. Este fue el mensaje que le mandé. No era mentira, pero tampoco era toda la verdad.
Aquí, sentada en este banco a las tres de la madrugada, niego con la cabeza. No respiro. Jadeo, más bien. Tengo tanto frío que no puedo concebir volver a sentir calor. No hace tanto tiempo de ese día caluroso. Sin embargo, sentada aquí a estas horas intempestivas, parece que hayan pasado mil años. ¿Y si hubiese mandado ese mensaje? Este es uno de los grandes interrogantes de mi vida y no he dejado de pensar en ello. ¿Qué habría pasado si le hubiese dicho a Alfie que lo quería? Si no hubiese borrado la verdad. ¿Qué habría pasado si hubiese seguido mi instinto, esa parte de mí que había escrito «Te quiero»… a pesar de que teníamos ese estúpido acuerdo entre nosotros? Si hubiese mandado ese primer mensaje, ¿habría ocurrido todo lo que vino después? Nunca lo sabré. La cuestión es que nunca le dije a Alfie que lo quería. Me quedé en un «te echo de menos». Mandé el mensaje, esperé para ver como aparecía el doble tic, metí el móvil en la bolsa y fui pitando a clase.
Cuando una es tímida, lo peor que le puede pasar es llegar tarde a clase. Abrí la puerta del aula D24 hecha un manojo de nervios sudado
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y vi como todas las cabezas se giraban hacia mí, cual suricatas. Me enderecé la cazadora para esconder el maldito sarpullido, que no paraba de expandirse. —Siento el retraso —murmuré al tutor. —No te preocupes. No eres la última en llegar. Muchos se pierden en su primer día. —Gesticuló en dirección a una silla vacía del circulo. Me dejé caer en ella y evité todo contacto visual con quienes estaban sentados justo en frente de mí. —Como decía —siguió el profesor—, me llamo Alistair y voy a ser vuestro tutor durante los próximos dos años. —Parecía joven, era pelirrojo y llevaba una camisa rosa—. Sois muy afortunados porque soy un gran profe. Se oyó un murmullo de risitas tímidas entre los estudiantes y levanté la mirada para observar a mis nuevos compañeros. Era evidente que se habían pasado la vida escogiendo el atuendo perfecto para hoy, para demostrar quiénes eran. Eran un gran quiero-y-no-puedo. Delante de mí estaba sentado un chico que llevaba una camiseta con un eslogan político estampado en el pecho y una libreta con tapas de cuero para que supiésemos todos que era un activista cultureta. A su lado había una chica con el pelo rosa acabado de teñir que llevaba unos cascos alrededor del cuello y un pichi de tela vaquera y medias amarillas. Yo, precisamente, no estaba en posición de juzgar a nadie. Me había costado horrores elegir qué vestido de abuela quería llevar y no me entraba en la cabeza que hacía demasiado calor para ponerme uno de mis jerséis de punto habituales. Ya lo había dicho Alfie una vez: «No te quitarías tus jerséis enormes ni para ir a la guerra». Luego me había quitado el jersey y se había quedado observando mis hombros como si fuesen los más bonitos de la Tierra. Mi estilo se puede resumir así: si alguna abuela de por ahí acaba de morir en
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un vestido, ese es el que me quiero poner. Ni siquiera tengo un par de vaqueros. De repente, la puerta se abrió de par en par y una chica con el pelo rojo y un flequillo perfecto apareció en el umbral. —¿Esta es la D24? —preguntó. No parecía que le importara lo más mínimo que todos se hubiesen girado para mirarla. —En efecto —respondió Alistair—. Pasa, siéntate. La chica entró con toda la pachorra, me dedicó una sonrisa y se sentó a mi lado. —Hola —me susurró, así, sin más—. Me llamo Hannah. —Hola —logré decir a pesar de que se me había hecho un nudo en la garganta. Alistair nos pidió esperar cinco minutos más al único que faltaba, pero no apareció, así que nos dio la bienvenida al instituto y se puso a explicarnos por qué estar allí iba a ser diferente de cómo había sido hasta entonces. En el instituto ya no había uniforme ni tampoco nos castigarían. Ni siquiera era obligatorio ir a clase, pero nos expulsarían si no llegábamos al ochenta por ciento de asistencia. Las clases del primer día iban a ser introductorias y a partir del día siguiente la cosa ya iría en serio. —Os han dividido en grupos en función de las asignaturas que habéis elegido, y todos vosotros tenéis en vuestra combinación algún curso de artes escénicas —explicó—. Yo soy el coordinador de las asignaturas de artes escénicas y por este motivo soy vuestro tutor. De repente, saltó encima de la mesa y se puso a bailar, moviendo los pies al estilo cancán y las manos como si bailara jazz. El aula entera estalló en risas y cruzamos miradas medio desconcertadas. —Así que espero que todos y cada uno de vosotros participe en el festival del trimestre —canturreó como si imitara a Frank Sinatra.
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Luego hizo una pirueta y bajó de la mesa pegando un brinco—. Estupendo, vamos a conocernos un poco. La siguiente hora fue un auténtico infierno. Y creo que me quedo corta. Alistair quería que nos pusiéramos de pie y contáramos tres cosas sobre nosotros mismos. Encima, las teníamos que cantar. Me revolví en la silla, sentía como el maldito sarpullido se esparcía y todo me picaba porque nadie más parecía estar tan incómodo como yo. Supongo que los estudiantes de artes escénicas no son individuos de naturaleza introvertida. De hecho, soy la única cantante que conozco con cierto grado de ansiedad social. —Me llamo Darla —canturreó la chica con el pelo rosa—. Me encanta escribir canciones, hacer fotos de puestas de sol y vivir cada día como si fuese el último. —Hola, Darla —teníamos que contestar, cantando. Luego fue el turno del chico de la libreta de cuero, que estaba claramente contrariado. —Me llamo George —dijo con una voz ronca—. Me gusta leer, el fútbol y la política, y sospecho que este no es mi grupo porque yo no hago nada de artes escénicas. Alistair soltó una carcajada. —¡Oh, George, no! —cantó con tono dramático, como si estuviese en medio de un musical—. Es muy probable que no sea tu grupo. Vamos a ver la lista. —Hizo otra pirueta y echó un vistazo a sus papeles—. En efecto, tu nombre no está en la lista —cantó de nuevo—. Lo siento de corazón, pero este no es lugar para tiiii. —Mierda —contestó George. Alistair ignoró su comentario y se fijó en la hoja de bienvenida del joven.
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—Tu aula es la B24, no la D24 —entonó con voz potente. —No jodas. —Palabrotas no, por favoooor… George recogió sus cosas, agarrando la libreta de cuero todavía con fuerza. —Vamos a despedirlo como se merece —dijo Alistair, y se puso a cantar «Adiós», de Sonrisas y lágrimas. El resto del grupo se unió a la canción, como si fuese la cosa más normal del mundo. Todos excepto Hannah, que me miró, puso los ojos en blanco e hizo como si se pegara un tiro en la sien. Cuando le tocó a ella, se puso de pie y dijo: —Yo soy de teatro, no de música, así que no voy a cantar. —Como quieras —canturreó el profesor. —Me llamo Hannah —tenía una voz que se hacía escuchar, calmada, pero contundente— y me gusta el teatro, pero no aguanto los musicales y esto… —Hizo una pausa dramática—. Esto es una auténtica pesadilla. El grupo ahogó un grito, pero Alistair quedó totalmente impasible ante la crítica. —No me puedo creer que alguien de mi grupo diga que no le gustan los musicales —murmuró—. Debe de haber alguna equivocación. Hannah se encogió de hombros y se sentó de nuevo. La siguiente era yo. El resto de compañeros se giraron hacia mí y noté que se me encogía el pecho y los pulmones quedaban aprisionados entre las costillas. Como si fuese un concierto, un concierto nada más, me decía a mí misma mientras me levantaba. ¿Pero cómo demonios voy a cantar si no tengo aire ni para respirar? Venga, va, como si fuese un concierto. Ya llevo varios y siempre he sobrevivido. Respira, respira a fondo…
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—Me llamo Amelie —noté que se me quebraba la voz, pero cantar me hizo reponerme—. Acabo de mudarme desde Sheffield. Me gusta escribir canciones, cantar y tocar la guitarra. Y como también ocurría en los conciertos, seguía viva. Vi que los demás tenían una sonrisita en la cara, una expresión bastante indiferente. Alistair me sonrió cuando me senté. —Tienes una voz muy bonita, Amelie —comentó, y todas las cabezas se giraron hacia mí de nuevo y me convertí en un sarpullido con patas. Durante unos instantes, y a pesar de que era un comentario positivo, lo detesté con todas mis fuerzas por haberme hecho destacar, por haberme convertido en el centro de atención. Me hundí en la silla y escondí la cara detrás de la melena hasta que todos se hubieron presentado. Claro que aquello eran los Juegos Olímpicos de la Humillación Pública y la cosa fue de mal en peor. Alistair quiso hacer unos ejercicios «divertidísimos» para romper el hielo. En uno de ellos, teníamos que pasarnos una «esfera de energía» de unos a otros acompañando el gesto de unos ruidos y unos aspavientos completamente ridículos. Yo me limité a pasar la «esfera» de izquierda a derecha diciendo «zip». Hannah tampoco dijo nada más que un simple «zip». —Tierra, trágame, por favor —murmuró una vez hubo pasado la esfera energética. Le sonreí con vehemencia, como intentándole mostrar que éramos iguales y que podíamos ser amigas. Luego, Alistair nos dio unas tarjetas donde había cosas escritas como «Color preferido: rosa» o «Le gusta correr» escritas en una de las caras. El objetivo era encontrar a las personas que encajaran con estas características. En ese momento me pasó por la cabeza salir por la puerta y abandonar los estudios. A
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papá y a mamá les diría que no estaba hecha para esto. Sin embargo, en una de las tarjetas decía «Viene de otro lugar» y todo el mundo vino en bandada hacia mí, así que no tuve que acercarme a nadie y me pude limitar a contestar: «Sí, de Sheffield». Una vez todos me hubieron marcado en esa tarjeta, se pusieron a hablar entre ellos como si fuese lo más fácil del mundo. Yo me quedé al margen, con las tarjetas en la mano, las axilas como aspersores y sintiendo una profunda nostalgia por mi vida anterior, por mis amigos. En ese momento, oí la voz de Hannah a mi espalda. —¿Puedes fingir que te gusta el rosa, por favor? —preguntó. Me giré y le dediqué una gran sonrisa. —Por supuesto. Si es mi color preferido desde que era pequeña —contesté. —Oh, qué bien. Qué casualidad. —Lo apuntó en la hoja—. ¿Y tienes mascota? —Sí —asentí con la cabeza—, un unicornio. —Anda, ¡yo también! Sonreímos todavía más y apunté su nombre en la casilla. —Hannah, ¿verdad? —Sí. Y si quieres puedo decir que tengo un hueso roto. —Excelente. ¿Cuál? —Todos —contestó encogiéndose de hombros—. Me tiré por el hueco del ascensor en protesta por tener que jugar a esta cosa. Todos y cada uno de mis huesos están rotos. Soy un verdadero milagro de la ciencia. Soltamos una risita y seguimos haciendo migas. —¿Tienes el pelo rizado? —le pregunté. —Bueno, cuando me lo rizo. Sí, entonces sí. —¿Eres zurda?
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—A veces tengo que mirarme la mano izquierda para distinguirla de la derecha. ¿Eso vale? —Por supuesto. —Vale, ahora me toca a mí. ¿Has vivido en el extranjero? —Vivía en Sheffield —respondí. —Clarísimamente en el extranjero. Darla nos interrumpió al grito de «¡BINGO!». Todos aplaudimos y ella pronunció un discurso como si estuviese recibiendo un Óscar. Alistair nos explicó cómo era el campus y cómo funcionaba el horario, y dijo que podíamos acudir a él siempre que lo necesitáramos. A pesar de ser tan extrovertido, me cayó bien. Sin duda, la hora de tutoría nunca iba a ser aburrida. Al final, nos dejó ir y todo el mundo salió del aula charlando como si fuesen amigos de toda la vida. Yo me entretuve un poco con la mochila y tardé más tiempo en meter la libreta dentro. Hannah estaba todavía metiendo cosas en la suya y yo estaba deseosa de que habláramos un poco más. Al final, cerró la cremallera y levantó la mirada. —Sobrevivimos. ¿Ya te sientes parte de la secta? —Siento que voy a necesitar terapia hasta el último de mis días. —¿Ahora qué tienes? —preguntó, riéndose. Nos pusimos a caminar, salimos del edificio de audiovisuales y fuera brillaba el sol. Cientos de estudiantes correteaban de un lado a otro, parándose de vez en cuando para echar un vistazo al mapa para ver si iban en la buena dirección. —Lengua —contesté. Hannah se puso unas gafas de sol de aviador. —Lástima, yo tengo Literatura. Qué pena, habríamos estado en la misma clase. Pero bueno, estamos en el mismo edificio. ¿Tienes el mapa?
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Caminamos juntas hasta mi aula. Me contó que, en vez de quedarse en su antiguo colegio, había decidido cambiar de instituto. —Era un cole religioso y llegaron a prohibir las camisetas de tirantes a las alumnas de bachillerato incluso en verano. Ni de coña me quedo en un sitio así. Ella era una de los cinco únicos estudiantes que habían dejado el colegio para hacer el bachillerato, aquí. Entonces, llegamos a mi aula y me cercioré de que realmente fuese la correcta. —Luego vamos a encontrarnos unos cuantos para tomar un café —comentó Hannah mientras se ajustaba la correa de la mochila—. Iremos al centro, a un café llamado BoJangles. ¿Por qué no te pasas a eso de la hora de comer? Casi le salto al cuello para abrazarla. Si hubiese tenido que dar yo el primer paso, no habría mencionado vernos de nuevo a pesar de que lo deseaba con toda mi alma. Emití un «sí» que sonó como un balido de oveja y pregunté dónde estaba el sitio en cuestión. Hannah me lo enseñó en el móvil. —Claro, todavía no conoces esta miniciudad. Qué mona —dijo—. No te preocupes, le pillarás el truco en nada. Bueno —Se quitó las gafas y dijo adiós con la mano—, nos vemos luego. —Hasta luego —contesté, y me quedé mirando como su pelo, de un rojo intenso, se perdía entre la muchedumbre—. Gracias —añadí en un susurro, casi para mis adentros.
Hace tanto, tanto frío. Creo que voy a tener que irme pronto. Encima de la superficie del banco se está formando una delgada capa 22
de hielo que avanza amenazadoramente hacia mi trasero. Inclino la cabeza hacia delante, pongo los pies encima del banco y hundo los ojos en las rodillas. Hannah y yo ya no somos amigas. A decir verdad, ya no tengo amigos.
El resto de ese primer día fue tan bien como podía ir. Encontré todas las aulas y conocí a todos mis profesores, que insistieron en que esa última etapa de la secundaria iba a ser mucho más dura que la anterior. La profesora de Música era la señora Clarke y parecía bastante guay. Además, era la más importante. Luego fui al BoJangles y estuve sentada y callada mientras Hannah me presentaba a Jack y a Liv. Estuvimos hablando sobre las diferencias entre el norte y el sur de Inglaterra. —Bueno, vosotros abrís las vocales así como más. —¿Qué dices? ¿Cómo que ponéis salsa de carne en las patatas fritas? Por dios, qué asco. —Oye, pero exactamente, ¿Sheffield dónde está? Ah, ¿aquí? Entonces, ¿dónde están las Midlands si esto ya es el norte? Yo pensaba que Sheffield estaba más arriba. —¿Tocas la guitarra? —me preguntaron cuando ya no quedaban más palabras en el diccionario que pronunciáramos diferente—. ¿Compones todas tus canciones? ¡Uau! Para ser el primer día, no fue mal. Entre ellos se conocían mejor de lo que me conocían a mí, pero habían cambiado de instituto precisamente para conocer a gente nueva y yo era una persona nueva. Era evidente que Hannah era la líder de este grupito de desertores
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que habían huido del colegio religioso. También era evidente que a Jack le gustaba Hannah. La miraba con ojitos de cachorro mientras ella despotricaba de lo anticuado que era el teatro de su antiguo colegio. —¿Por qué te has mudado desde Sheffield? —preguntó Hannah mientras comprobaba en un espejito que su flequillo perfecto siguiese en su sitio. —Echaron a mi padre del trabajo y no encontraba nada allí, en el norte. Hannah guardó el espejito y me miró con compasión. —Vaya mierda —afirmó. Y los demás hicieron gestos de aprobación mientras sorbían la espuma del café. —No pasa nada —mentí—. Mi madre creció cerca de aquí, así que ya había estado por esta zona varias veces. —Bueno —siguió Hannah—, pero por si no lo sabías, aquí ponemos kétchup en las patatas. Nada de esa salsa vuestra. —Blasfemia. Y sonreímos. Una sonrisa que indicaba el nacimiento de una nueva amistad.
Por aquel entonces todavía no te había conocido. Ese día todavía pertenece al «Antes». Aunque quizás ese primer día, mientras caminaba bajo el sol hacia una casa que todavía no era mi hogar, ya tuve un presentimiento. Lo único que recuerdo es que incluso casi me sentía bien volviendo al piso nuevo. El mapa del móvil me llevó por este callejón a modo de atajo, por la parte trasera de los jardines de las casas. 24
Me quedaban dos horas para tocar la guitarra antes de que volviesen mis padres y, caminando bajo el sol, unos versos me vinieron a la mente. El callejón giró hacia la izquierda y salí a un puente medio desvencijado que cruzaba las vías del tren. El móvil me indicaba que lo atravesase y así lo hice. Sin embargo, en medio del puente me paré y miré como los raíles se perdían en el horizonte. Mi mente quedó casi en blanco y unos versos se colaron en mi subconsciente. Veo un horizonte a ambos lados… Siento tu amor en lo más profundo de mi ser… Quiero deshacer el camino, pero la senda se ha desvanecido… Al instante, supe que lo tenía que apuntar. Estaba naciendo una canción. La escribí en el móvil inmediatamente para no olvidarme, para que no desapareciera en la nada. Y justo cuando acababa de escribir la última palabra, el móvil se puso a vibrar. Cuando me lo puse en la oreja para contestar, me dio un vuelco el corazón. —¿Hola? —dije, aunque cada fibra de mi ser era muy consciente de quién me llamaba. —¡Ammy! ¿Qué tal te ha ido? La voz de Alfie me envolvió en una nube de seguridad y confianza. Su voz era la voz de mi hogar. Y, sin embargo, se sentía tan, tan lejos de ese puente sobre las vías del tren. Hice de tripas corazón para ignorar el nudo que se había formado en mi estómago. —No fue mal del todo. He conocido a una chica, Hannah, que
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hace teatro. Es agradable y simpática. Y las tablas de mezclas del estudio de música no están nada mal. Se rio y lo vi riéndose en mi cabeza: con la mano levantada, delante de la barbilla, y un ojo un poco más entrecerrado que el otro. —Eso es lo más importante —contestó—. Me alegro de que no todas las princesitas del sur sean terribles. Aguantando el móvil entre la oreja y el hombro, me puse a caminar lentamente hacia el banco que había al otro lado del puente y me senté en el mismo punto en el que estoy sentada ahora mismo. —Dudo que alguien quiera ser mi amigo si les llamo «princesitas del sur». —Tienes razón —volvió a reírse—, pero siempre puedes pensarlo por dentro. De hecho, si no lo piensas no te dejaremos volver a Yorkshire. —Más os vale dejarme volver. Se oyeron risas de fondo, luego una especie de pelea, Alfie gritó «¡Eh!» y, acto seguido, la voz de Jessa. —¡¡Amelie!! ¡Te echamos de menoooos! ¡Vuelve aquí arriba, coño! —Yo también os echo de menos —respondí con una media sonrisa. La cara, descompuesta. —Ha sido muy raro ir al cole y que no estuvieras —continuó Jessa—. Fíjate que se me pasó por la cabeza coger un gran globo y ponerle un jersey de punto alrededor para fingir que eras tú. —Pues ahora mismo no llevo ningún jersey —repliqué—, porque hace demasiado calor. —¡Mirad lo que dice! —bramó en otra dirección—. ¡Dice que hace tanto calor que ni siquiera lleva jersey! Oí expresiones de incredulidad.
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—¡Que mande una foto! Si no, no nos lo vamos a creer —gritó Kimmy. Más griterío y más risas, y yo me incliné hacia delante con una mano apretándome la tripa. —Oye, Jessa, devuélveme el móvil, vamos —decía Alfie—. Te daré una patata, sí. Vale, tres. Oye, ¡esto no son tres! Vamos… A ver… Ammy, ¿sigues ahí? —Sigo aquí. —Espera, voy a dejar que se alejen un poco y así podemos hablar. Oí que caminaba por encima de gravilla. —¿Dónde estáis? —le pregunté, haciendo esfuerzos para no gimotear. —Oh, en el jardín botánico, como siempre. Me los podía imaginar perfectamente. Sabía dónde habían ido a comprar patatas y sabía en qué banco se iban a sentar. —¿Qué te has puesto en las patatas? —lo pregunté aun sabiendo la respuesta. —Oh, salsa de carne, queso y mayonesa: el ingrediente secreto. —La mayonesa lo estropea todo, ya lo sabes. —Soy un visionario, Ammy —hizo una breve pausa—. Te echo de menos —dijo, al final—. En el cole ha sido horrible. Era todo muy raro. Tragué saliva y parpadeé mirando al cielo, de un azul intenso. —Dos años pasan rápido —dije. —Eso espero —se hizo otra pausa—, ¿pero tú estás bien? He estado pensando en ti todo el día. Te he mandado buenas vibraciones. ¿Las has recibido? Se me escapó una lágrima furtiva. La primera de muchas. La recogí con la punta de un dedo. —Sí. Gracias.
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Suspiramos, pero no pronunciamos las palabras. Nos lo habíamos dicho todo antes de que me fuera. —¿Qué tal te fue la primera clase de Química de bachillerato? —cambié de tema hacia algo un poco más animado—. ¿Te dejaron usar el mechero Bunsen? —Ah, ¡cuántas veces te tengo que decir que la química es mucho más que mecheros Bunsen! —Sucumbe a la verdad: sabes que los mecheros Bunsen son la razón por la que te gustan las ciencias. Alfie se rio, pero era una risa triste. Oí que Kimmy y Jessa discutían a lo lejos. —Creo que será mejor que vaya para allá —dijo Alfie, al final—. No me van a dejar ni una sola patata. No quería que colgara. No quería dejar de escuchar su voz, pero habíamos acordado seguir adelante con nuestras vidas, aceptar esa situación de mierda. Habíamos acordado criogenizar temporalmente nuestra relación. —Dos años, solo dos años —había dicho Alfie la noche antes de irnos, acariciándome las mejillas en medio de cajas en las que había metido los dieciséis años de mi vida—. Luego entraremos en Manchester y podremos volver a estar juntos. —¿Y si no puedes esperar tanto? —Claro que podré. —No quiero que te sientas ahogado por mí y estés resentido conmigo —había dicho yo, llorando, sin estar convencida de lo que decía. —Eso no va a ocurrir. Y tú tampoco te vas a sentir ahogada. Recuerda lo que hemos acordado: somos libres de hacer lo que queramos, pero nada de enamorarnos. —No me puedo enamorar de alguien que no seas tú.
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Cuando lo dije, lo pensaba de verdad. Nos besamos, lloramos e hicimos el amor por octava vez seguida. Fue agridulce, torpe, algo mocoso, pero hermoso a pesar de todo. Después, nos quedamos despiertos toda la noche, susurrando lo maravilloso que iba a ser Manchester. Dos semanas más tarde, cada centímetro que nos separaba era como un puñal que se clavaba en mis adentros. —De acuerdo —le dije a Alfie por teléfono—. Gracias por llamar. Gracias de verdad. Otra lágrima furtiva, que cayó en el vestido antes de que pudiera atraparla. —Me alegro mucho de que tu primer día haya ido bien. —Yo también… Gracias de nuevo. Alfie colgó y yo me quedé un buen rato mirando la pantalla mientras sentía como me envolvía un dolor profundo. Me empezaron a temblar las manos, y el teléfono, y me cayó otra lágrima, esta encima de la pantalla. Y no aguanté más. Esa lágrima fue la confirmación oficial de mi tristeza. En ese banco, este mismo banco, cuando meses atrás hacía sol y todavía no te había conocido, dejé caer la cabeza hacia delante y lloré desconsoladamente. Cualquiera podía pasar por allí y verme en ese estado, pero el dolor que sentía era tan intenso que me daba todo igual. Mi espalda se estremecía con cada sollozo y mi vestido quedó lleno de lágrimas y de mocos.
Ahora mismo vuelvo a estar sentada en este banco, con el trasero entumecido por el frío. Estoy sentada en el mismo punto y me encantaría poder abrir un agujero de gusano en el espacio y consolar 29
a mi yo de aquel día, aunque solo fuese darme unos golpecitos en la espalda. Extiendo una mano hacia delante, como si pudiera tocar a aquella pobre chica. Como si pudiera secarle las lágrimas, apartarle el pelo de la oreja y susurrarle al oído que no hiciera todas las cosas que estaba a punto de hacer. Esas cosas que me han llevado a estar sentada aquí, ahora. A ser esta cáscara de lo que un día fui, hueca y confundida. Todo empezó aquí. Todavía no entiendo muy bien qué pasó, pero sé que empezó aquí. Tal vez, solo tal vez, si logro unir todos los puntos de esta madeja de acontecimientos, pueda comenzar a entender. Porque entender, no entiendo nada. Nada de lo que ha ocurrido durante los últimos seis meses tiene sentido alguno. Ni mi actitud, ni lo que perdí, ni el dolor que me causa. Es un caos terriblemente caótico. Este banco es el punto número uno, el primer lugar que me ha visto llorar. Cierro los ojos en el frío de la noche. Siento que mi yo del pasado se levanta, como si estuviese sentada sobre mi propio fantasma. Siento las lágrimas resbalándole por la mejilla, la espalda sacudiéndose. Y en la distancia temporal le susurro: —Amelie, la cosa no ha hecho más que empezar. Mis palabras se convierten en vapor helado, en una nubecita que se aleja flotando hacia las vías del tren.
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