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Vivir es avanzar, o el sentido de la vida es el crecimiento La vida es siempre avanzar. Avance: asimilar tiempo en el sentido del crecimiento, del desarrollo. Si uno no avanza pierde el sentido. No deja de vivir, pero empieza a sentir que su vida está vacía, o que no es plena ni satisfactoria. O adopta filosofías cínicas o escépticas. A muchos les pasa eso: proyectan como visión del mundo algo que es en principio una incapacidad personal. El avance, de todas formas, puede ser raro. A veces uno está avanzando aunque crea estar quieto, porque algo se está cocinando en su sensibilidad, un salto, un cambio, un movimiento que todavía no se entiende o ni se percibe pero que se está preparando adentro de uno. Hay también avances que parecen retrocesos, y retrocesos que parecen avances. ¿Que es imposible darse cuenta de cuál es cuál? ¿Que es todo tan relativo que no tenemos que confiar en saber identificarlos? Creo que no es así, que hay una dirección en la vida. Que hay cosas que son avances y cosas que son retrocesos. Tal vez lo que pasa es que existen ambos aspectos en cada movimiento, que algo que parece un avance puede ser al mismo tiempo un retroceso en otro sentido. Ejemplo: Un chico se va a vivir solo. Como está trabajando ha ahorrado un poco de dinero y alquila un apartamento para dar lugar a su independencia. Avance total. ¿Por? Porque se fortalece, logra autonomía, tiene una base propia para hacer su exploración de la vida. Pero también podría ser un retroceso. ¿De qué forma? Supongamos que en realidad no está del todo preparado, que lo hace porque no puede responder a lo que se espera de él en la casa familiar, porque en vez de dejar de sentir que tiene que contentar a los padres elige mostrarles que puede hacer lo que en realidad no quiere poder. O porque realiza el ideal de independencia de unos padres poco conectados afectivamente, siendo él en realidad más capaz emotivamente. Tampoco es mala la situación: desde esa posición activa puede hacerse 15


fuerte. Pero también puede llegar a sentir que fracasa, que no es tan capaz como para soportar su soledad y entramparse más en una vida oscurecida por la exigencia y el deber ser. Puede que irse a vivir solo sea un retroceso en su camino de crecimiento porque hace que refuerce actitudes inauténticas. De todas maneras, las dificultades que le aporta su soledad son nuevas pruebas, oportunidades, y es posible que salga fortalecido de todas formas. Cada uno es un mundo. ¿Entonces qué? Entonces no es que el avance no exista, sino que no surge a simple vista a través de una observación externa de los hechos. Hay que leer en profundidad. Hay que captar el interior de la experiencia para saber qué sentido tienen las cosas. Pero el criterio para leer la experiencia es, sí, este: ¿avanza o retrocede?, ¿hacia dónde está uno yendo? ¿Uno logra crecer, conocerse más a sí mismo, desplegar su sensibilidad y su deseo? ¿O por el contrario adopta un aire de impostura, finge ser otro del que es y reposa en logros que parecen concluyentes por ser objetivos pero que no aportan satisfacción personal? ¿O elude el despliegue, a veces incluso sustrayéndose a la emoción de sus propios deseos (que es desde donde se nos imponen naturalmente los objetivos con base real)? ¿Desde dónde se traza la línea del avance, que es la línea del querer? Otro ejemplo: Una mujer logra sacar un libro de cuentos. Avance, pensamos. Por fin ha plasmado su arte de manera intercambiable, una que la hace visible y le habilita intercambios y comunicación. Pero también puede ser un retroceso, o un paso de anquilosamiento: la impostura de “hacerse la escritora”, cosa que en realidad tiene por objetivo en su experiencia personal más salvarla de tener que trabajar que permitirle desplegar su mundo interior. Tal vez esta mujer no desplegó nada propio, solo se disimuló en variables de historias estetizadas que no elaboran ni expresan un querer, lo que puede congelarla en un lugar inauténtico y dificultar su verdadero desarrollo.

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Ni los avances ni los retrocesos son definitivos, claro que no. No hay por qué ser severos en este punto. Al contrario, la severidad siempre incentiva lo peor, subraya la impostura y favorece el endurecimiento, factor de muerte. Muchas veces, para lograr un buen avance, uno tiene que retroceder, tiene que gastar falsas opciones, adentrarse en caminos sin salida o con salidas falsas, de esas que no pueden sentirse ni propias ni plenas. Ejemplo: Nadie “pierde” dos años por cambiar de carrera universitaria al tercero. Ese rodeo fue necesario para llegar a una nueva posición. ¿Son rodeos los rodeos o son exploraciones, partes del camino directo recorridas en sentidos parciales, indagaciones complementarias, partes de un armado no visible? ¿Qué es avanzar, entonces? Crecer. Desarrollarse. Desplegarse. Madurar. ¿Y esto qué quiere decir? Poder más cosas, entender más, conocerse más profundamente. Descubrir más mundo. Lograr mayor intimidad con otras personas, comunicarse mejor. Ser más capaz de logro, de trabajo. Sentir la plenitud, la felicidad de estar vivo, poder actuar como uno quiere. Saber que hay cosas que sí y cosas que no, identificarlas. ¿Qué es un logro? Construir algo que sea personalmente significativo, cumplir un deseo superando los problemas que siempre se encuentran en el camino de su cumplimiento. Estamos hablando de la evolución personal. Del proceso de metamorfosis que tiene lugar en la propia experiencia. De algo que le pasa al cuerpo, y que le pasa al que siente que es ese cuerpo. Algunas de estas cosas las retomaremos más adelante, pero aceptemos entonces que hay…

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Dos planes vitales básicos, sobrevivir o crecer Sí, la vida se despliega en el sentido del crecimiento, va para allí –digamos–, pero también es posible adoptar la actitud de un embalse y en vez de dejar que la cosa fluya en uno (por uno, a través de uno) contenerse. Sobrevivir quiere decir tratar de mantener la imposible estabilidad del status quo, evitar la evolución, por considerarla peligrosa o por resultar excesiva para las propias fuerzas, o por no querer dar el brazo a torcer, empecinándose de manera patológica en la forma dada, anulando la metamorfosis natural. Emperrándose en algo que no funciona, por querer tener razón más que vivir. Me ha salido con un poco de bronca esa frase, ¿no?, con cierto resentimiento hacia el estilo que adopta el plan de la supervivencia y anula el avance de la conquista, contra las visiones del mundo achicadas, que se complacen en un “pequeñismo” vital. A veces las broncas son expresiones de una moral de crecimiento. Sí, es cierto que muchos no crecen porque no pueden, pero me resisto a compadecerlos, me sale sostener cierta exigencia. ¿Estará mal? Seguramente. Todos tenemos nuestros bemoles. Sobrevivir o crecer. Sobrevivir es evitar el riesgo, el problema, priorizar la calma –real o ficticia–, atarse a lo dado como a un salvavidas. Muchos dirán que es la opción más conveniente. También podríamos señalar que es la opción imposible. No se puede no crecer. El quieto proyecto de permanecer va contra todo el movimiento de la vida. Obviamente no siempre se ve con claridad cuál es la vía del crecimiento. Y tampoco cuál es la del quietismo, como ya observamos en el punto anterior. Por lo menos podemos bocetar las dos opciones. Sobrevivir o crecer. El plan de la supervivencia es el de la debilidad. No se puede otra cosa, no se puede más, se cree y se dice. El problema es que la opción siempre se presenta, siempre surge algo que funciona como una puerta, una oportunidad, una vía para poder algo que no se podía antes. Quien no puede crecer opta por eludirla y se pone en plan supervivencia, privilegia ante todo la estabilidad, no 18


quiere problemas. Muchas veces esto puede ser una buena decisión, si falta la fuerza para otra cosa, ¿por qué uno tendría que poder lo que no puede? Nadie escapa de tener un límite. Tampoco sería bueno generar una visión idealista de querer siempre algo que no hay y cerrarle las puertas a las posiciones satisfechas, que son también valiosas y consistentes. Sobrevivir o crecer. Creo que mi indignación se origina en que a veces se adopta una posición quietista o defensiva, no por falta de fuerza sino por temor. El miedo juega una función disuasiva y desde él surge una prédica que contagia incapacidad, que pretende incluso que los que podrían crecer harían mejor en descartar esa posibilidad, como si la supervivencia fuera el techo existencial al que todos debiéramos ceñirnos. De acuerdo con cierta visión del mundo la supervivencia es la opción correcta (la única adecuada) y en el camino arrastra esa posición de la realidad entera hacia una versión limitada y corta, que exagera todos los problemas y agiganta los peligros para sostener que nadie debería poder lo que otro alguien no puede. Sobrevivir o crecer, por lo tanto, no son solo dos caminos para las experiencias personales, son dos formas de ver el mundo, dos consideraciones de lo que aparece. En la mirada de la supervivencia prima la visión conservadora y en la mirada del crecimiento la del cambio y la evolución. Ya que estamos, aclaremos que todas estas cosas son cosas del cuerpo, que es lo que somos. O dicho de otra manera…

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Nadie tiene un cuerpo (lo somos) En el momento en que creemos considerar las cosas de modo realista y destacamos el valor del cuerpo, lo hacemos adoptando una posición dualista. “Tengo que darle bola a mi cuerpo” tendría que ser formulado, en realidad, como un simple “quiero estar mejor, quiero mi plenitud”, ¿qué otra cosa además de cuerpo somos? Uno de mis grandes descubrimientos es que la cabeza forma parte del cuerpo. Es un chiste, pero me gusta usarlo como respuesta al tantas veces escuchado dicho según el cual hay que prestar más atención al cuerpo y menos a la cabeza. La prueba que han aportado los científicos que demuestra que “la cabeza” forma parte del cuerpo… es el cuello. No sé si es bueno que el escritor se divierta en el texto y se olvide de lo que iba a decir. Pero bueno, cada uno es cada uno. No hemos venido aquí a mentir. Ni yo ni el lector… (¿No?, qué lástima…). Tal vez se insiste con la idea de que uno está afuera del cuerpo, como si en realidad fuera otra cosa, para poder plantear el tema de la muerte con cierta esperanza. Vanas intenciones. No es que después de morir vayamos a otro lado. Nosotros somos precisamente ese cuerpo que muere. Todavía peor: somos nosotros los que morimos. Los juegos que surgen del doblez son divertidos, por ejemplo: aquí mi cuerpo propone que traigas al tuyo un rato para divertirse un poco… Uno lleva el cuerpo al gimnasio o a yoga, y se tiene que quedar a esperarlo. ¿Vas a tardar mucho? ¿Y yo, qué hago mientras? Mi cuerpo tiene hambre, le voy a preparar la comida. Uy, mi cuerpo se aburre, ¿qué le propongo? Ahora está excitado, ¿qué querrá este cerdo? Como si fuera un hijo. Iluminación: eso es un hijo, un cuerpo surgido del cuerpo de uno mismo. No por afán de amor posesivo, sino:

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1. porque sale de uno (sobre todo de ellas); 2. porque se parece y tiene la misma información genética, el mismo secreto de las formas (una continuidad mezclada con la mujer que a uno le gustó); 3. ¡porque uno está a cargo de él y si no hace nada ese cuerpito hijo no vive! Exactamente como le pasa a uno, o con ese cuerpo al que creemos otro pero no es. También podríamos decir: nuestro cuerpo es nuestro hijo. Pero daría la impresión de que la conciencia inventó el cuerpo, lo que es una falsedad de falsedades, y además erra también en la idea de que la conciencia sea tan decisiva. Es también una opción un poco megalómana y soberbia, dicho sea todo, como si cada uno fuera el creador de sí mismo. No terminamos de entenderlo ni de asimilarlo: incluso nuestro pensamiento sucede mayormente fuera de la conciencia. No pensamos en palabras, dicen los científicos hoy, pensamos en imágenes. Pero estas no son representaciones visuales, sino configuraciones de energía a nivel neuronal. Posiciones magnéticas. Tampoco hacía falta tanto científico para darse cuenta de que el pensamiento es en verdad elaboración y que esta sucede (no guiada por la voluntad) como metamorfosis de intensidades corporales, emotivas, sensibles, o como seamos capaces de llamarles a los hechos de un individuo humano, que no son nunca del todo representables como hechos celulares. Lo mismo, repito para ver si lo digo mejor: el pensamiento no es algo de la conciencia, es el camino de la elaboración. No es algo intencional y libre que nosotros (ya no sé qué queda de nosotros en esta frase) llevamos adelante, sino algo que pasa, que sucede en uno y más allá de uno, conectando con otros. Pensar no es una acción que realizamos, es algo que le pasa al cuerpo. No es intencional, resulta del cóctel. Si el pensamiento no es conciencia ni lo manejamos voluntariamente, ¿para qué leer estas ideas, entonces? ¿Para qué escribirlas? 21


¿Qué sentido tiene pensar, leer un libro, tratar de entender? Uno lo hace porque tiene ganas, en ambos casos, su deseo lo guía. ¿Pero no era además porque pensar resulta útil? Claro, ambas cosas se juntan: uno tiene ganas porque resulta productivo, porque la expresión agrega algo a la elaboración, es uno de sus caminos. Eso son las ganas, la tendencia a hacer aquello que nos produce el placer del crecimiento. Porque se crece en acciones inmediatas, cuentas del collar cotidiano de la vida. Esta idea de un pensamiento que no nos pertenece y que no ocurre principalmente en palabras conscientes también supone que participamos de una experiencia común. Sin siquiera darnos cuenta ni quererlo, somos parte de una cocción colectiva a la que podríamos aludir como pensamiento social. No en el sentido en que la sociedad tiene un pensamiento, porque no hay tal unidad posible (es gracioso cuando periodísticamente se habla de lo que piensa la sociedad como recurso para decir, en realidad, casi cualquier cosa que quien la dice quiera sostener). El conjunto sociedad no puede dar lugar a formulaciones tan directas, suponiendo que sea el agente íntegro de acciones que son verdaderamente imposibles.

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No es imprescindible hacer terapia (pero ¡cómo ayuda!) El principio de sensatez básico nos indica que no todo el mundo tiene que hacer psicoterapia, que el desarrollo de las disciplinas evolutivas no contempla la universalidad de su aplicación. O sea, que antes de que existiera la psicoterapia había personas plenas y felices en el mundo y cabe, por lo tanto, esperar que siga habiéndolas. ¿Por qué entonces a muchas personas les da la sensación de que todo el mundo debería pasar por una experiencia psicoterapéutica? Muchos se defienden de tal imperativo reivindicando la existencia salvaje, es decir, la existencia natural y legítima del que no necesita acudir a este tipo de ayuda para que su vida sea perfecta y completa, al menos en la medida en que una existencia cualquiera pueda serlo. Y esto es legítimo. ¿Cómo hemos llegado al absurdo de tener que argumentar que es posible vivir sin terapia?

Porque la verdad es que, como recurso para el despliegue personal, para el desarrollo, esclarecimiento y contento individual, la psicoterapia es tremendamente poderosa. Entonces es que sí, ¿todos debieran hacer una? No. No es un imperativo, es un recurso. Basta con que una persona sienta que no quiere hacer psicoterapia para que no deba hacerla. Sí, es verdad, ese deseo de no hacer bien podría ser pensado como una resistencia, pero ¿qué hay que hacer entonces: pegarle y llevarlo a un consultorio? ¿Te sientas y te callas? (En realidad, más cabe un te sientas y empiezas a decir bobadas y vamos viendo). El paciente que no quiere, perdón: la persona que no quiere hacer terapia cae en una trampa preparada. El sistema es perfecto para acorralarlo y reducirlo a paciente. Quiero reivindicar el derecho de una persona a arruinarse la vida y…, no, perdón, me equivoqué otra vez: el derecho de una persona a estar cruda y no hacer psicoterapia. ¿Qué es esto de que ahora todos tenemos que ser felices? Sí, cruda, en “estado natural”, es una manera de señalar que el desarrollo que se da en una buena terapia es extremadamente relevante 23


a la hora de producir vida bien vivida, elaborada, lograda, construida a partir de un deseo con la mayor libertad posible. O sea, ordenando: claro que no es una exigencia universal, ni siquiera es una exigencia. De la misma manera una persona puede decidir no tomar antibióticos aunque tenga una infección. Antes de la existencia de los antibióticos muchas personas lograban superar las infecciones. Al menos algunas. Algunas personas y algunas infecciones, digo. No, no hay por qué hacer terapia, y respeto y apoyo al que decida no hacerla. Pero. Si una persona está desencontrada, lo pasa mal, vive en estado de angustia, impotencia, mal humor o pobreza (material, sí, que para eso también sirve la terapia), descontenta, enroscada, incapaz de distinguirse de sus más próximos, con poca autonomía, sin empuje, sin capacidad de concentración y sin posibilidad de creatividad alguna, entonces si tiene –no digamos todas estas prestaciones, sino solo algunas o por lo menos una de ellas–, la psicoterapia es muy recomendable. ¿Toda psicoterapia es buena? De ninguna manera. Hay que tener, además, otras cosas en cuenta. Por ejemplo: en una buena psicoterapia el paciente es activo, es quien hace la parte principal del trabajo. Para eso hablo con un amigo y listo. Nadie me saca la pasta. (Me irrita el argumento de la intención comercial de los psicoterapeutas. Usarlo como barrera para entrar en un proceso de crecimiento terapéutico me parece un síntoma que hace a quien lo emplea digno de terapia, urgido de terapia, mejor dicho). No, hablar con un amigo no es lo mismo que ir a terapia. Un amigo no sabe lo que sabe un terapeuta, no tiene su técnica, su experiencia, su propio proceso evolutivo bien vivido. Un amigo te quiere, cree que te hace bien cuando te sostiene en tus errores para ahorrarte dolor o cuando te mira desde sus propias limitaciones. No está trabajado en sí mismo para llegar a dejar de lado su interés personal en tu situación, se refleja en ti y argumenta según su situación transpuesta a la tuya. En una buena terapia el paciente participa –en primer lugar– eligiendo, otorgando credibilidad y dotando de relevancia al terapeuta. 24


Puede creerse que uno cae fatalmente en manos de alguien y tiene que padecerlo hasta las últimas consecuencias, pero no es necesariamente así. Uno tiene que elegir a su terapeuta. Se hacen unas primeras entrevistas para conocerse mutuamente y ver si se puede trabajar en conjunto. Cualquiera de los dos puede tener buenos motivos para negarse a hacerlo. El paciente puede decir que no le dieron ganas, y punto. Es legítimo, es correcto. Sí, muchos psicoterapeutas harán gala en ese momento de técnicas de control, presentando la situación como si fuera una huida de algo necesario. No hay que caer en esas redes. Los buenos psicoterapeutas aceptan con facilidad que el paciente no quiera seguir con ellos. No son almas desesperadas por poseer a los que caen en sus garras. Hay, en efecto, algunos que pueden comportarse así, en este tanto como en cualquier otro oficio, pero son artimañas. No hay que hacer caso. (Hay también vendedores expertos en el arte de hacerte sentir en falta, como si fueras inepto por no ser capaz de tal compra). También puede pasar que un paciente se niegue, no tanto porque no le sirve ese terapeuta o porque le cayó mal, sino porque tiene demasiado temor o dificultades para acercarse al trabajo por hacer. Pero bueno, eso no es suficiente para encadenarlo, tiene derecho a sus limitaciones. Tal vez con otro terapeuta, más afín a su modo de ser, podría superar esa dificultad. De eso se trata, de encontrar un cómplice, alguien que pueda meterse en el mundo propio con cuidado y respeto y eficacia, y ser capaz de aportar comprensión y ayuda. Sí, el terapeuta no es alguien que convencer o derrotar, es alguien que quiere ayudar, aunque a veces sea de un modo indirecto o raro. Suele decirse que en la Argentina hay mucha psicoterapia, demasiada, y se interpreta esto como prueba de nuestra gran capacidad para la neurosis. Sin negar del todo esa interpretación tan tentadora mi perspectiva es distinta: tenemos en realidad muchas ganas de vivir bien, de buscarle la vuelta a las cosas. Tenemos gran necesidad de intimidad, la valoramos mucho, y las terapias son básicamente un espacio para darle espacio y vivirla bien, para que los dos involucrados (o los muchos más, si la experiencia es de terapia grupal) 25


se acerquen y se comuniquen lo más auténticamente posible, y para que la capacidad de vivir intimidad del paciente con otras personas madure y pueda ocupar espacios. Eso lo dice con claridad Irvin D. Yalom, el psicoterapeuta norteamericano autor de –entre muchos otros libros– la famosísima novela “El día que Nietzsche lloró”. El tipo (del que recomiendo todos sus libros) dice que los pacientes llegan a terapia desesperados y que esa desesperación tiene un único origen, un origen común a todos ellos. ¿Cuál? La incapacidad de vivir relaciones de intimidad satisfactorias. La incapacidad de estar cerca de alguien y lograr contacto, la experiencia de una vida en común. No de una convivencia, sino de un contacto genuino, real y consistente. Es una idea que Yalom aprendió de Rogers, el otro psicoterapeuta americano que ya mencioné. ¿Psicoterapia o psicoanálisis? Exprofeso, o sea, intencionalmente, he eludido la cuestión en este libro. El conjunto más general, difundido y abarcador es la psicoterapia, es decir, los muchos modos en los que un psicólogo puede plantear la experiencia terapéutica. Y dentro de ellos existe uno que es el psicoanálisis, una técnica creada por Freud y luego alterada (para bien en muchos casos y para mal en muchos otros), por una serie de psicoanalistas y escuelas posteriores. Hay un psicoanálisis que se plantea como psicoterapia y hay otro que no, pero no me parece que sea el momento ni el lugar de abundar en esto. El psicoanálisis fue también una especie de multinacional estricta de las terapias que, en otros tiempos, se tomaba muy en serio la tarea de descalificar otros enfoques terapéuticos, y de validar uno más riguroso. Hoy en día la cosa aflojó y lo más corriente es que un psicólogo o psicóloga arme su estilo personal fertilizado por diversas técnicas, enfoques y perspectivas. O sea: terminan siendo personas, como en todas las demás profesiones, y su valor y eficacia derivan de su calidad personal.

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¿Conclusión? Yo la recomiendo, a la psicoterapia, porque a mí me ha ayudado mucho. Sí, claro, yo tuve mucho que ver también y tal vez hubiera llegado a tanto sin ella (o tal vez no), pero lo cierto es que uno habla de los recursos que ha utilizado porque siente que conoce su utilidad, y los recomienda por eso. Para todo esto hay que tomarse muy en cuenta (o en serio) a sí mismo y entender que…

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El egoísmo es una noción mal construida ¿Por qué? Porque proviene de una perspectiva moral poco valiosa. Expliquémonos: los valores son perspectivas, esta es una de las ideas de Nietzsche que el filósofo más apreciaba de entre todo su pensamiento. Lo dice así: no hay hechos morales. Es decir, la moral (o sea la valoración) es siempre la expresión del acto de valorar. Los hechos en sí carecen de valor. Cada vez que el valor aparece es formulado por alguien, por personas que al expresarlo dicen también –de forma indirecta – qué mundo quieren. Qué mundo pueden, aclararía Nietzsche, pero nos referimos a lo mismo. Uno quiere lo que puede querer, lo que su nivel de fuerzas le permite sentir como beneficioso y deseable. Esa antigua noción de egoísmo aparece ahora, evolucionada, en la de autoestima. El egoísmo, es decir, el tenerse en cuenta a sí mismo por encima del imperativo del deber, es hoy considerado positivo, y le damos el nombre de autoestima. ¿Es realmente así? Podríamos pensar también que la idea de egoísmo sigue teniendo vigencia y utilidad para designar actitudes de extremo ensimismamiento, formas de ser en las que una persona arrasa con el mundo sin tener en cuenta nada más que su propio deseo o necesidad. Pero ¿es eso egoísmo? ¿O es más bien un deseo de baja calidad, subdesarrollado y tosco? ¿Es egoísta el que desea un bien tan solitario y primitivo, o es más bien un pobre tipo? Toda afirmación personal, en todos los casos, involucraría algo de egoísmo, es decir, la promoción de sí mismo, una búsqueda de darse gusto, el intento de hacer lo que uno quiere. El problema no es ese, no es que esté mal ocuparse de sí mismo o vivir a partir del propio eje. El problema aparece cuando la sensibilidad que se afirma y se complace al hacerlo es una sensibilidad pobre. Volvemos a Nietzsche. En una frase tal vez chocante observa que el egoísmo vale lo que valga la persona en cuestión. Si una persona es valiosa, si con él o ella la vida da un salto adelante, dice, su 28


egoísmo es valiosísimo. Si una persona es corta, débil, miserable, pobre de vida, su egoísmo no vale nada. Todo para decir: la noción de egoísmo arrastra una mirada moral antigua y poco aconsejable. Los problemas que intentamos plantear a través de ese concepto deben ser pensados con otros términos. Aquí, la idea de autoestima resulta una ayuda porque nos permite entender que la autoafirmación no debe pensarse –ni sentirse– con el matiz negativo de la reprobación moral sino con otra perspectiva. Tomarse en cuenta antes que nada es, más que un error moral, el único camino posible, el que fundamenta además todo paso de crecimiento, propio o ajeno. Sostenerse en sí mismo es el único modo en el que los individuos pueden abrirse a la vida. Y su afirmación no supone negación de otros, sino que es al mismo tiempo la única posibilidad de contacto, el paso previo a todo amor. En el amor se ve claro. Y también es Nietzsche quien señala con claridad la cosa: “Es necesario estar firmemente asentado sobre los propios pies, pues de otro modo, no se puede amar”, dice. Es un contrasentido que el amor sea considerado algo no-egoísta, dice. Pensémoslo y veremos que es cierto. ¿Qué queremos al ser queridos? Por ejemplo, ¿quiero yo que mi mujer esté conmigo de forma no egoísta, abnegada, desinteresada, para hacerme un bien a mí? ¿Que diga (por ejemplo) “uy qué pesado este hombre”, pero permanezca conmigo para que yo no sufra? Espantosa opción. Quiero que ella desee estar conmigo, que quiera tenerme, que no le dé igual estar conmigo que no. Que quiera disfrutarme, que en su egoísmo ella sienta que estar conmigo le produce placer. Que me abrace por su propio placer de sentirme, no que me haga el favor. (Además, la excitación es el reino de los egoísmos conjugados, imprescindible para el encuentro sexual). Queremos que el otro nos quiera porque le gusta querernos, no que lo haga renunciando a sí mismo para concedernos su amor. Esa versión sacrificada del querer es una desgracia, propia de un tiempo 29


o de una mirada triste, constructora de relaciones basadas en el deber y en una moral pobre, desamorada, racional, vacía. La completa superación de lo que clásicamente se llama egoísmo, la posición abnegada, supone también un nivel de racionalidad patológico, un mundo despersonalizado, impersonal, generalmente acompañado por depresión y en donde vive el reproche. Desde esa posición se mira el mundo sin comprenderlo, reprobando su constante cochinada e imperfección. Pasa lo mismo en la relación con los hijos, un ítem básico en la retórica del sacrificio. Se cree que uno se sacrifica por ellos, pero no me parece una forma adecuada de pensarlo. Lo que hacemos por ellos es realizar ciertos esfuerzos, pagar ciertos precios por su bienestar, pero lo hacemos porque básicamente eso satisface nuestra egoísta gana de tenerlos, disfrutarlos y verlos crecer bien. Porque nos gusta y nos hace vivir plenos en la emoción de sentirlos. Es necesario diferenciar entre hacer un esfuerzo (hacer algo que no queremos hacer pero que es necesario para dar pie a algo que queremos o necesitamos profundamente) y sacrificarse, que es hacer lo que uno no quiere hacer y no le va a reportar ningún beneficio posterior. El sacrificio paga en el sentirse meritorio por haber renunciado a cualquier beneficio propio. No sirve. Según esta la visión del sacrificio, el que uno se beneficie de lo que hace resulta una sombra descalificadora. No te estás sacrificando de verdad, es mentira, en el fondo te complace el resultado: ¡egoísta! Esa satisfacción oculta (y si no es oculta, mejor) es lo más valioso que puede pasarnos. Y no implica que uno no sea capaz de hacer nada por el otro. El verdadero sentido del amor no es la renuncia, es la coincidencia. En el amor se da la perfecta unión de los egoísmos cruzados. El egoísmo no debe ser combatido como un error, debe ser comprendido como el adecuado fundamento de todas nuestras acciones valiosas. El egoísmo no separa, une. Es el cemento social, la fuerza que hace posible la sana convivencia.

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Objeción de siempre: ah, entonces, si soy egoísta, agarro un arma y salgo a la calle a matar a cualquiera porque todo lo que yo quiero vale y ya. Pregunto, en ese caso: ¿es ese tu querer? ¿Ese es tu deseo? Si tuvieras que afirmar tus ganas frente al mundo, ¿saldrías a matar gente? Por otra parte, coincidiremos ya con que una pobre prédica moral, con intenciones prescriptivas, no ha podido jamás evitar esto… Sí, estas cosas pasan, pero no precisamente en personas que se basan en un supuesto egoísmo del deseo. Los que se precipitan en el asesinato o la maldad indiscriminada son más bien las personalidades que no han podido elaborar y vivir su deseo “egoísta” con plenitud y legitimidad. No es el egoísmo el que produce las situaciones que no deseamos, a nivel personal o social. Es otra cosa. Pero limpiemos este cúmulo de ideas: para aludir a esa fuerza fundamental de autoafirmación usemos la idea de autoestima, para no tener que referirnos al egoísmo, que arrastra una carga negativa y provoca una incapacidad de pensar con claridad estas cuestiones importantes. Encontrar el egoísmo en el fundamento de las acciones no equivale a hacer un desnudamiento de las intenciones ocultas y negativas. Hacerlo es situar las cosas en su justo punto. Y también es bueno que sepamos, entonces, que…

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