Richard Morgan
Sรณlo el acero
Traducciรณn de Manuel de los Reyes
Este libro es para mi padre John Morgan por ayudarme a cruzar los sargazos
«—Cualquiera diría que a la muerte y a vos os une la amistad —murmuró la mujer—. Extraña compañía para alguien tan joven. —En todo el mundo no hay otra por cuya fidelidad me atrevería a poner la mano en el fuego —fue la amarga respuesta—, pues cabe aseverar sin miedo a equivocarse que permanecerá a nuestro lado hasta el último momento.» Poul Anderson, La espada rota
Capítulo uno Cuando alguien cuya cordura sabes que está fuera de toda duda te cuenta que su difunta madre acaba de intentar encaramarse a la ventana de su dormitorio con la intención de devorarlo, tus opciones se reducen básicamente a dos. Puedes pedirle que te eche el aliento, tomarle el pulso y comprobar sus pupilas para ver si ha ingerido lo que no debía, o puedes creerte sus palabras. Puesto que lo primero era algo que Ringil ya había intentado con Bashka el Maestro, sin éxito, dejó la jarra de cerveza encima de la mesa con un hondo suspiro y se dispuso a coger el espadón. —Espero que no sea la misma historia de siempre —se le oyó refunfuñar mientras se abría paso hacia el fondo de la cantina de los residentes. Ringil había dejado el mandoble, metro y medio de acero kiriath templado, colgado encima de la chimenea dentro de una funda tejida con aleaciones para las que nadie tenía nombre, aunque identificarlas hubiera sido coser y cantar para cualquier párvulo en su tierra de origen. La mencionada espada se había bautizado además en la lengua kiriath, como todas las armas forjadas por ellos, pero su nombre era tan rebuscado que ninguna traducción lograba hacerle justicia. «Bienvenido al hogar de los cuervos y otros animales carroñeros que viajan tras la estela de los guerreros» era la versión más aproximada que Archeth había podido ofrecerle a Ringil, de modo que éste se conformaba con llamarla «Críacuervos». No es que sintiera ninguna predilección especial por el nombre en cuestión, pero tenía ese algo que la gente esperaba encontrar en una espada famosa; tanto era así que el casero de Ringil, un truhán avispado con olfato para los negocios, había cambiado la antigua denominación de su posada por la del arma, zanjando así la cuestión para la posteridad. Un artista de la zona había pintado una imagen pasable de Ringil esgrimiendo la Críacuervos en la Quebrada del Patíbulo, retrato que desde entonces colgaba en la fachada a la vista de todos cuantos pasaran por delante del edificio. A cambio, Ringil recibía una cama en la que dormir y un techo bajo el
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que guarecerse, amén de la inmejorable oportunidad de relatar sus proezas en la cantina de los residentes por aquellas monedas que los espectadores tuvieran a bien depositar en su gorra. He ahí toda mi recompensa, como observara Ringil con ironía en una de sus cartas a Archeth, por no hablar de la vista gorda sobre ciertas costumbres de alcoba que sin duda en Trelayne o Yhelteth le granjearían a quien suscribe una muerte lenta por empalamiento. Resulta evidente que la condición de héroe de Aguas del Patíbulo conlleva una dispensa inimaginable para el ciudadano de a pie en los tiempos de fervor religioso que corren. Cabía suponer además que a nadie le apetece salir a cazar mariquitas cuando precede a su presa la reputación de ser capaz de convertir a espadachines profesionales en alimento para perros en menos de lo que tarda un guantelete en caer al suelo. Al final resulta que la fama, había garabateado Ringil, tiene sus ventajas y todo. Montar la espada encima de la chimenea había resultado ser otra acertada genialidad del espabilado casero, cuyo más reciente empeño consistía en intentar persuadir al más célebre de sus residentes para que impartiera clases de esgrima detrás de la posada, en el patio de los establos. Tres elementales con cuño del Imperio a cambio de medir tu filo con el héroe de la Quebrada del Patíbulo durante media hora. Ringil, sin embargo, se resistía a permitir que la desesperación lo empujara a tales extremos. Sabía lo que la docencia había hecho con Bashka. Fuera como fuese, desenvainó la Críacuervos con un silbido metálico, se la cargó al hombro como si no pesara más que una pluma y salió a la calle, respondiendo con calculada indiferencia a las miradas fijas del público cuyos oídos había estado regalando con historias rebosantes de valentía menos de media hora antes. No era descabellado suponer que los curiosos lo seguirían al menos durante un trecho del camino que conducía a la casa del maestro. Lo que no tendría nada de malo, ni siquiera aunque se confirmaran sus sospechas sobre lo que sucedía, pues lo más probable era que todos pusieran tierra de por medio en cuanto se torciesen las cosas. Nadie se lo reprocharía. Aquellos campesinos y mercaderes no compartían ningún lazo afectivo con él. Al menos uno de cada tres de ellos no lo había visto nunca antes de esa noche. Comentario a la introducción sobre el tratado de guerra de escaramuzas que la Academia Militar de Trelayne educadamente había declinado publicar con su nombre: Si ni siquiera sabes cómo se llaman las personas que están a tu espalda, luego no te extrañes si no te siguen a la batalla. Por otra parte, que no te sorprenda tampoco que lo hagan, ya que los factores en juego son innumerables. El liderazgo es una criatura escurridiza, difícil de rastrear y apresar. Era la pura verdad, aprendida en la sangrienta vanguardia de algunas de las contien-
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das más feroces de las que las ciudades libres tuvieran constancia. También era, no obstante, como el teniente editor de Trelayne había sido tan amable de describir en su respuesta, «demasiado impreciso para que la Academia lo considere viable como material de instrucción. Es esta ambivalencia, entre otras, lo que nos obliga a rechazar su oferta». Tras leer aquella última frase del pergamino, Ringil no había podido menos que sospechar que el redactor tenía mucho en común con él. Hacía frío en la calle. Por encima de la cintura, un jubón de cuero con holgadas mangas de lona era lo único que lo resguardaba del viento helado, impropio de la estación, que descendía por el espinazo del país desde los altiplanos de los majak. La nieve coronaba ya las cumbres montañosas entre las que anidaba la ciudad, y todos los rumores apuntaban a que la Quebrada del Patíbulo se volvería impracticable antes de la víspera de Padrow. El temor a un nuevo «invierno aldraíno» estaba otra vez en boca de todos. Hacía semanas que sólo se hablaba de reses abatidas por los lobos y otros depredadores menos naturales en los pastos más elevados, de espeluznantes encuentros y avistamientos en los pasos más altos. Sería absurdo atribuir todos los casos a meras imaginaciones. De hecho, Ringil sospechaba que ahí podría radicar el problema de Bashka el Maestro, cuya cabaña se levantaba al fondo de una de las calles transversales de la localidad, de espaldas al cementerio de la zona. Bashka, con diferencia la persona más culta de la diminuta población de Aguas del Patíbulo (a excepción hecha de su héroe residente), había sido nombrado oficiante del templo por defecto; la vivienda venía incluida con los hábitos sacerdotales, y cuando la climatología era adversa, los cementerios se transformaban en la despensa predilecta de las alimañas. Serás un gran héroe, había leído en cierta ocasión una adivina de Yhelteth en la saliva de Ringil. Librarás innumerables batallas y una plétora de enemigos caerá derrotada a tus pies. En ninguna parte estaba escrito que terminaría convirtiéndose en el exterminador municipal de un asentamiento fronterizo poco menos modesto que cualquiera de los suburbios del estuario de Trelayne. Las antorchas encajadas en ménsulas alumbraban las avenidas principales y la parte que daba al río de Aguas del Patíbulo, pero el resto de la localidad debía conformarse con la luz anular, la cual escaseaba en noches tan nubladas como ésta. La multitud que seguía a Ringil no lo defraudó y comenzó a mermar en cuanto se adentró en la primera callejuela mal iluminada. Cuando hubo quedado claro adónde se encaminaban sus pasos, el tamaño de la comitiva se redujo a menos de la mitad. Ringil dobló la esquina de la calle de Bashka seguido todavía por unas seis u ocho personas, pero cuando llegó a la altura de
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la cabaña del maestro (cuya puerta seguía estando abierta de par en par, tal y como la había dejado su propietario tras huir cubierto por un simple camisón), estaba solo. Ladeó la cabeza hacia el lugar elegido por los mirones para congregarse, al fondo de la calle. Una sonrisa torcida aleteó en sus labios. —¡No hace falta que os acerquéis tanto! —exclamó. Procedente de entre las tumbas, un lamento gutural y monocorde erizó el vello sobre los brazos de Ringil. Se quitó la Críacuervos del hombro y, sosteniéndola precavido ante él, se asomó a la esquina del edificio. Las hileras de lápidas trepaban por la ladera de la colina contra la que se agotaba la aldea entre escarpadas protuberancias de granito. Aunque se trataba en su mayoría de simples bloques extraídos de la misma roca de la montaña, que reflejaban la flemática actitud de los habitantes de Aguas del Patíbulo frente a la muerte, aquí y allá se erguían también las estructuras de talla más ornamentada que señalaban el lugar de reposo de algún natural de Yhelteth, así como túmulos dispersos bajo los cuales yacían aquellos difuntos procedentes de las regiones más septentrionales, jorobas de tierra cubiertas de talismanes de hierro bendecidos por los chamanes y envueltas en los colores del clan ancestral de su ocupante. Por regla general, Ringil procuraba limitar al máximo sus visitas al camposanto; eran demasiados los nombres grabados en las lápidas que le despertaban algún recuerdo, demasiados los muertos de nombre extranjero a los que aún podía poner cara. Era una banda heterogénea la que había sucumbido a sus órdenes en la Quebrada del Patíbulo aquella abrasadora tarde de verano nueve años antes, y pocas familias extranjeras disponían de los medios económicos necesarios para repatriar a sus hijos y darles sepultura en su hogar. Su solitario testimonio salpicaba todos los cementerios abrazados a las faldas de estas montañas. Ringil se acercó al cementerio midiendo sus pasos, con las rodillas flexionadas. Al abrirse un resquicio entre las nubes sobre su cabeza, el inesperado raudal de luz anular arrancó destellos a la hoja kiriath. El lamento incorpóreo no había vuelto a repetirse, pero se distinguían ahora otros sonidos, más sutiles y furtivos. Sonidos, pensó sin el menor entusiasmo, que podría producir alguien o algo al escarbar en el suelo. Serás un gran héroe. Ya, estupendo. Así las cosas, encontró a la madre de Bashka revolcándose en la tierra removida al pie de una de las lápidas más recientes. Los sucios jirones de la mortaja que la envolvía revelaban una carne podrida cuya pestilencia consiguió llegar hasta Ringil pese a la docena aproximada
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de pasos que los separaban, el viento en contra y el frío. Las uñas de la mujer, que no habían dejado de crecer desde que murió, pugnaban entre repugnantes chirridos con el féretro que ya había logrado medio desenterrar. Ringil arrugó la nariz. En vida, la madre de Bashka nunca le había profesado el menor cariño. Como oficiante del templo y sacerdote, su hijo debería haber despreciado a Ringil por tratarse de un degenerado bueno para nada y un corruptor de menores. En cambio, como maestro de escuela que era, no exento de sus propias inquietudes intelectuales, Bashka resultó ser más culto de lo recomendable. El trato cordial que dispensaba a Ringil y los ocasionales debates filosóficos en los que ambos solían enfrascarse en la taberna hasta altas horas de la madrugada le habían granjeado las vitriólicas reprimendas de los sacerdotes más veteranos que visitaban la localidad. Para colmo de males, la reputación que se había ganado dentro de la jerarquía religiosa por culpa de su falta de afán condenatorio truncaba sin remisión sus aspiraciones de llegar a ser, algún día, algo más que un humilde docente exiliado en una localidad remota. La madre de Bashka, como cabía esperar, culpaba de la falta de perspectivas de futuro de su hijo a la nefasta influencia del pérfido Ringil, quien jamás fue bien recibido en el hogar del maestro mientras a ella le quedaba aliento en el cuerpo. Circunstancia esta última que había tocado a su abrupto fin el mes anterior a causa de una fiebre tan imprevista como fulminante, enviada seguramente por alguna deidad tan distraída que no había tenido en consideración el incomparable fervor religioso de la mujer. Ringil, intentando respirar lo menos posible por la nariz, golpeó la lápida más cercana con el plano de la Críacuervos para llamar la atención de la criatura. Al principio fue como si ésta no hubiera oído nada, pero de improviso giró el torso a una velocidad cegadora y clavó en él unos ojos devorados hacía tiempo por cualesquiera que fuesen las alimañas encargadas de tales menesteres. Su mandíbula colgaba fláccida, la mayor parte de su nariz sólo era un recuerdo, y tenía las mejillas infestadas de manchas y agujeros. Lo más asombroso de todo era que Bashka hubiese conseguido reconocerla. Ringil aprestó la espada y gruñó: —Ven a buscarme. La criatura no se hizo de rogar. Un mortívago de al menos un metro de longitud, sin contar los apéndices como tentáculos de los que se valía para mover las extremidades del cadáver como si de un títere se tratara, surgió de la caja torácica de la difunta con un chasquido pegajoso. Era de color gris, igual que algunos tipos de larvas de piel viscosa, con cuya figura tenía
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mucho en común. Remataban su hocico achatado unas mandíbulas como tenazas de cantos aserrados capaces de triturar cualquier hueso, y Ringil sabía que la punta de la cola era prácticamente idéntica. En lugar de contener ésta un canal excretor, sus heces rezumaban por los poros repartidos a lo largo del cuerpo agusanado, destiladas en una sustancia corrosiva tan letal como su saliva. Nadie sabía de dónde habían salido. Las leyendas populares atribuían su origen a grumosas expectoraciones de brujas inicuas que los habrían escupido y dotado de vida y voracidad por motivos que la mayoría de las historias preferían dejar a la imaginación. Las autoridades religiosas insistían con la misma vehemencia en distintas explicaciones; según algunos se trataba de babosas o lombrices corrientes, poseídas por las almas de los muertos más viles; para otros eran visitantes demoniacos de algún cementerio infernal en cuyas sepulturas se pudrían los indignos de espíritu, condenados a no perder jamás el conocimiento. Archeth había aventurado otra teoría, algo menos descabellada; sostenía que los mortívagos eran una mutación fruto de los experimentos con formas de vida inferiores que los kiriath habían practicado hacía siglos, criaturas diseñadas para eliminar cuerpos sin vida con más eficacia que los carroñeros convencionales. Fuera cual fuese la verdad, nadie sabía con exactitud cuál era el nivel de inteligencia de los mortívagos. Lo cierto era que en algún momento de su evolución, natural o no, habían encontrado toda una serie de nuevas aplicaciones para los cadáveres que les servían de alimento. Los cadáveres se convertían así en cubiles o nidos donde incubar sus huevos; si su estado de descomposición no era demasiado avanzado, también podían valer como medio de locomoción o disfraz y, en el caso de las personas y los lobos, en herramientas de excavación. Los cadáveres humanos animados por ellos desencadenaban una miríada de avistamientos de zombis a lo largo y ancho del noroeste de la región cada vez que arreciaba el invierno. No era la primera vez que Ringil se preguntaba si las espeluznantes actividades de los mortívagos no serían en realidad una especie de juego. La macabra idea era por completo de su cosecha, inspirada tras leer lo que tenían que decir acerca de aquellas criaturas los viajeros que se habían adentrado en los páramos kiriath. Después de todo, razonó en cierta ocasión ante el bibliotecario de su padre, las secreciones de un mortívago eran capaces de disolver un féretro de madera en menos tiempo del que tardaban en abrirse paso a través de él las manos putrefactas de un cadáver, así que, ¿para qué tomarse tantas molestias si no era por diversión? En opinión del bibliotecario, opinión compartida después por su padre, Ringil era un jovencito muy perturbado que haría bien en interesarse, como ya hacían sus hermanos
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mayores, por actividades más naturales como dar paseos a caballo, salir a cazar y acostarse con cuantas más rameras de la zona mejor. Su madre, quien sin duda comenzaba ya a albergar ciertas sospechas, había optado por guardar un prudente silencio. Gracias a un par de encontronazos previos con estos seres, Ringil sabía que también podían ser muy... El mortívago flexionó el cuerpo para zafarse de las costillas rotas que lo oprimían y se abalanzó sobre él. ¡... veloces! Ringil ejecutó un salto lateral despojado de toda posible elegancia y golpeó a la criatura en pleno vuelo, repeliéndola hacia la izquierda y estrellándola contra una de las lápidas, donde se desplomó retorciéndose, prácticamente partida en dos por la estocada. Ringil, con un rictus de repugnancia en los labios, descargó un nuevo tajo y puso fin a su agonía. Cercenadas, las dos mitades de la criatura sufrieron sendas convulsiones y se estremecieron antes de quedarse inmóviles. Los visitantes demoniacos y los espíritus de los muertos más viles, al parecer, no se dignaban reparar ese tipo de heridas. Ringil también sabía que los mortívagos viajaban en manadas. Ya había empezado a girar sobre los talones para encararse con la siguiente criatura cuando la viscosa filigrana de un apéndice tentacular le rozó la mejilla. Las gotas de secreción quemaban, pero no había tiempo para enjugarlas. Divisar al ser enroscado encima de una tumba yhelteth y ensartarlo con la Críacuervos fue todo uno. Los tentáculos se replegaron sobre el cuerpo del mortívago, que murió entre furiosos chasquidos de agonía. En respuesta, un cascabeleo procedente del otro lado de la lápida alertó a Ringil, que detectó movimiento, rodeó con cautela el bloque de piedra labrada y vio dos mortívagos más pequeños que salían arrastrándose entre los restos destrozados de un ataúd podrido y su no menos corroído ocupante. Un solo arco descendente bastó para despanzurrarlos al unísono y practicarles unas heridas que rezumaban hilillos de fluidos corporales como aceite amarillento. Golpeó una vez más, por si las moscas. El quinto mortívago aterrizó encima de su espalda. No se entretuvo con pensamientos inútiles. En retrospectiva, atribuiría el ímpetu de su reacción a la simple repugnancia que lo asaltó. Soltó la espada con un chillido, agarró las hebillas del jubón y las arrancó a tirones. Con el mismo movimiento se desembarazó a medias de la prenda, mientras el mortívago empezaba a darse cuenta de que aquel tejido correoso no era su verdadera piel. El jubón se combó bajo el peso de la criatura y le ayudó a liberarse. Los tentáculos que le rodeaban el talle y los hombros seguían reptando el uno hacia el otro y no tuvieron tiempo de tensarse para entorpecer sus movimientos. Con-
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siguió zafar el brazo izquierdo y describió un giro, como un lanzador de disco, para arrojar por los aires desde la manga derecha el fardo compuesto por el jubón y el mortívago, que aterrizaron a lo lejos entre las lápidas con un golpe seco. Ringil descubriría más tarde los verdugones que le habían dejado los tentáculos en el pecho y en la espalda. Ahora sólo se detuvo a recoger la Críacuervos antes de partir en pos del jubón, atento al menor movimiento o sonido que delatara la presencia de más miembros de la manada. Encontró la prenda, parcialmente disuelta, al pie de un peñasco cubierto de musgo casi al fondo del cementerio. Para no haber tomado carrerilla, el lanzamiento tampoco ha estado tan mal. El mortívago, que aún no había conseguido desembarazarse del cuero, se agitó aturdido mientras Ringil seguía acercándose. De sus mandíbulas desnudas escapaba el siseo que emitiría una espada recién forjada al sumergirse en un cubo de agua fría. —Que sí, que ya te he oído —musitó, y la Críacuervos se abalanzó en picado con la punta por delante, dejando al mortívago empalado en el suelo de tierra. Su muerte le produjo una torva satisfacción—. Me lo había puesto hoy, cabroncete. Se demoró entre las sepulturas el tiempo suficiente como para notar el frío otra vez, mientras se entretenía contemplando con el ceño fruncido la suave pero inconfundible curvatura de la tripa que amenazaba con desbordar su cimbreña cintura. No aparecieron más mortívagos. Usó una tira sin contaminar de su jubón a modo de trapo para secar con esmero los fluidos corporales que impregnaban la superficie azulada de la Críacuervos. Archeth había insistido en que la hoja kiriath era inmune a todos los agentes corrosivos habidos y por haber, pero no sería la primera vez que se equivocaba. Como cuando predijo el resultado de la guerra, sin ir más lejos. Ringil recordó por fin que las criaturas lo habían tocado y, como si fuera la señal que estaban esperando, las ampollas dejadas por los tentáculos eligieron ese momento para encenderse al rojo vivo. Se restregó una que le escocía en la mejilla hasta que reventó, provocándole un alfilerazo de dolor del que extrajo un placer malsano. No era lo que nadie calificaría de heroica herida de guerra, pero los rigores de la jornada no le habían dejado otro recuerdo. Nadie iba a arriesgarse a venir hasta aquí para admirar la escabechina con sus propios ojos mientras no se hiciera de día. En fin, a lo mejor puedes canjear esta historia por un par de jarras de cerveza y un plato de pollo. A lo mejor Bashka te regala un jubón de repuesto en un arrebato de gratitud, si es que puede permitírselo tras pagar el segundo entierro de su madre. A lo mejor ese mozo de cuadra de cabellos pajizos se queda tan embelesado con el relato de tus haza-
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ñas que ni siquiera se fija en esta panza que pareces empeñado en desarrollar. Ya, y a lo mejor tu padre se anima a incluirte otra vez en su testamento. A lo mejor el emperador de Yhelteth es marica. Esto último le arrancó una sonrisa. Ringil Ojos de Ángel, veterano cubierto de cicatrices de la Quebrada del Patíbulo, se rió para sus adentros envuelto en el frío del camposanto y echó un vistazo de reojo a las lápidas mudas, como si quisiera compartir el chiste con unos camaradas a los que había visto por última vez hacía ya mucho tiempo. Ni el silencio ni el frío le respondieron. Los muertos se obstinaron en mantener la pétrea impavidez de la que hacía ya nueve años que no se separaban, y la sonrisa de Ringil no tardó en marchitarse. Un escalofrío recorrió su espalda. Se estremeció. Al cabo, volvió a echarse la Críacuervos al hombro y encaminó sus pasos hacia una camisa limpia, un plato caliente y un público comprensivo.
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Capítulo dos El sol agonizaba entre jirones de nubes del color de las viejas heridas, al fondo de un cielo que parecía no tener fin. Procedente del este, la noche que se cernía sobre los pastos imprimía un filo helado a la brisa insistente. Aquí arriba las noches son un dolor, le había dicho una vez Ringil, poco antes de despedirse. Cada vez que se pone el sol es como si uno hubiera perdido algo. Egar el Matadragones, que nunca había sabido interpretar a su amigo marica cuando se sumía en ese tipo de cavilaciones, seguía sin desentrañar el significado de aquellas palabras ahora, casi diez años más tarde. Tampoco se explicaba por qué diantres había tenido que acordarse de ellas precisamente hoy. Resopló, cambió de postura en la silla y levantó el cuello de su pelliza de piel de carnero. Guiaba sus actos la fuerza de la costumbre más que ninguna otra cosa, pues en realidad la brisa no era molesta. Hacía tiempo que era inmune al frío de la estepa en esa época del año —ya, espera a que llegue de verdad el invierno y no sepas dónde guarecerte—, pero ese gesto artificial formaba parte de toda una colección de manías adquiridas en Yhelteth que no se había molestado en descartar desde que regresara a su tierra natal. No era más que los restos de una resaca obstinada, como los recuerdos del sur que se negaban a desvanecerse, como la vaga sensación de indiferencia que Lara había alegado ante el consejo como razón principal para desear que volvieran a aceptarla en la yurta de su familia. Maldita sea, moza, cuánto te extraño. Se esforzó por imprimir un ápice de genuina melancolía a ese pensamiento, pero su corazón no estaba por la labor. En los últimos seis o siete años debía de haber engendrado cerca de una docena de llorones, desde las puertas de Ishlin-ichan a los puestos de avanzada voronak de la tundra en el noreste, y Lara debía compartir sus afectuosos recuerdos con al menos la mitad de aquellas madres. Todo se reducía a que su matrimonio era una insulsa prolongación de los apa-
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sionados revolcones por la hierba que lo habían motivado el verano anterior. Lo cierto era que el alivio había prevalecido sobre cualquier otra sensación mientras duró la solicitud de separación ante el consejo. Si había expuesto alguna objeción, éstas sólo fueron simbólicas, pensadas para que Lara no se sulfurara todavía más. Había pagado sin rechistar la compensación económica acordada y no había tardado ni una semana en empezar a cepillarse a otra de las numerosas lecheras del campamento skaranak, las cuales prácticamente se le habían arrojado a los pies en cuanto se supo la noticia de su redescubierta soltería. Aun así. Esta vez ha sido muy poco decoroso. Torció el gesto. «Decoroso»; su vocabulario jamás había incluido esa palabra, de ninguna cochina manera, pero allí estaba ahora, incrustada en su cabeza junto a todo lo demás. Lara tenía razón, no debería haber tomado los votos. Lo más probable es que no lo hubiera hecho de no ser por aquellos ojos que lo observaban enmarcados en la hierba iluminada por el crepúsculo mientras Lara se abría ante él, por aquellas deslumbrantes pupilas de jade que lo asaeteaban con recuerdos de Imrana y su dormitorio revestido de muselina. Ya, aquellos ojos y aquellas tetas, hijo. Porque menuda pechuga gastaba la moza, hasta el mismísimo Urann hubiera vendido el alma por ella. Así estaba mejor. Eso sí que era un pensamiento digno de la cabeza de un jinete majak. Me cago en la puta, ¿quieres dejar ya de devanarte tanto los sesos? Da gracias al cielo por las bendiciones que te ha concedido. Egar se rascó el gorro de piel de búfalo con un dedo rematado en una uña dura y contempló las figuras iluminadas por el ocaso de Runi y Klarn mientras conducían el rebaño hacia el campamento. Todos los búfalos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista le pertenecían, por no mencionar la parte que le correspondía de los rebaños ishlinak, al oeste. Los caracteres majak incluidos en los estandartes rojos y grises, los colores de su clan, que ondeaban en lo alto de su lanza y las de sus compañeros contenían su nombre. En la estepa todos conocían su nombre, de uno a otro confín; en todos los campamentos que visitaba, las mujeres lo recibían con los muslos abiertos. Lo único que extrañaba de un tiempo a esta parte era un buen baño caliente y un afeitado decente, algo que para los majak no tenía demasiado valor. Hijo, estas mariconadas tampoco tenían demasiado valor para ti hace un par de décadas. ¿Lo recuerdas? Con toda claridad. Veinte años antes, el aspecto de Egar, si no le fallaba la memoria, no se distinguía en nada del de sus compañeros de
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clan. El agua fría, los baños de vapor en grupo cada pocos días y las mejillas pobladas no tenían nada de malo. No como aquellos putos sureños afeminados, con sus ademanes perfumados y sus tersas pieles de mujer. Ya. Pero es que hace veinte años eras un puto ignorante. Hace veinte años no sabías distinguir tu polla de la empuñadura de una espada. Hace veinte cochinos años... Hace veinte cochinos años, Egar era exactamente igual que cualquier otro pastor de búfalos majak con las mejillas cubiertas apenas de pelusa. Nunca había puesto un pie fuera de las estepas, el hecho de que sus hermanos mayores se lo hubieran llevado a Ishlin-ichan para que perdiera la virginidad con una prostituta le parecía el colmo de la sofisticación, y no podría haberse dejado crecer la barba ni aunque le fuera la vida en ello. Creía a pies juntillas lo que le decían su padre y sus hermanos, y lo que le decían era, básicamente, que sobre la faz de la Tierra no había bebedores ni luchadores más curtidos e imbatibles que los majak, que entre todos los clanes majak el de los skaranak servía de hogar a los tipos más duros, y que ningún hombre de verdad contemplaría siquiera la posibilidad de vivir lejos de los pastos septentrionales. Años después Egar había descubierto que esa filosofía no iba con él, no por completo al menos, en una taberna de Ishlin-ichan la noche en que, mientras intentaba ahogar en alcohol la inesperada muerte de su padre en una estampida, se enzarzó en una discusión infantil con un imperial atezado de ojos serios que resultó ser el guardaespaldas de un mercader de Yhelteth que estaba allí de visita. Egar tuvo toda la culpa; «infantil» fue el adjetivo que utilizó el imperial (refiriéndose tanto a la polémica como a él) antes de proceder a vapulearlo con una técnica de lucha sin armas desconocida, sin desenvainar la espada en ningún momento. La juventud, la rabia y las propiedades anestésicas de la bebida mantuvieron en pie a Egar durante los primeros compases, pero era la primera vez en su vida que se enfrentaba a un soldado profesional, y el resultado estaba escrito de antemano. La tercera vez que mordió el polvo, no volvió a levantarse. Putos sureños afeminados. El recuerdo curvó los labios de Egar en una sonrisa disimulada por la barba. Ya. Los hijos del tabernero lo habían echado a la calle sin contemplaciones. Mientras se despejaba al raso, Egar tuvo la sensatez de reconocer que el torvo guerrero moreno había decidido perdonarle la vida cuando hubiera podido matarlo sin que nadie se lo recriminara. Regresó al interior del local, agachó la cabeza y se disculpó. También era la primera vez en su vida que reflexionaba sobre semejantes cuestiones. El soldado de Yhelteth aceptó sus muestras de arrepentimiento con
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cortés elegancia extranjera, y luego, con la peculiar camaradería que caracteriza a los luchadores que han estado a punto de matarse mutuamente, los dos procedieron a emborracharse juntos. Al enterarse de la pérdida de Egar, el hombre expresó sus condolencias con voz ligeramente pastosa y acto seguido, quizá de forma no del todo altruista, le dio un consejo. Tengo un tío en Yhelteth, comenzó, esmerándose con la pronunciación, que trabaja como reclutador de las levas imperiales. Y las putas levas imperiales, amigo, no podrían estar más desabastecidas de un tiempo a esta parte. Es la verdad. Ahí abajo hay trabajo de sobra para un joven como tú, si el riesgo de recibir algún que otro rasguño no te quita el sueño. La paga es buena, y las fulanas son todavía mejores. Te lo aseguro, su reputación es formidable. En todo el mundo conocido no encontrarás mujeres más hábiles que las de Yhelteth a la hora de complacer a un hombre. Vivirías de maravilla allí abajo, amigo. Luchando, follando, y cobrando por ello. Estas palabras fueron las últimas que se grabaron en el recuerdo de Egar aquella noche. Siete horas más tarde se despertó en el suelo de la taberna, solo, con un dolor de cabeza criminal y un sabor nauseabundo en la boca. Su padre seguía estando muerto. Pocos días después del anecdótico encuentro, el rebaño de la familia fue dividido, como su forastero compañero de copas probablemente sabía que ocurriría. Al tratarse del segundo más joven de cinco hijos, y por tanto penúltimo de la estirpe, Egar se convirtió en el orgulloso propietario de una docena aproximada de bestias escuálidas extraídas del extremo más rezagado del rebaño. Las palabras del guardaespaldas de Yhelteth regresaron flotando a su mente, renovado su poder de seducción. Luchando, follando, y cobrando por ello. Trabajar al servicio de hombres a los que no les importaba meterse en trifulcas, acostarse con rameras cuya reputación daba la vuelta al mundo. O conformarse con una docena de búfalos raquíticos y dejarse mangonear por su familia. La decisión estaba prácticamente tomada de antemano. Egar respetó la tradición hasta el punto de vender su parte del rebaño a uno de sus hermanos mayores, pero luego, en vez de alquilar sus servicios como pastor a sueldo, agarró el petate, la lanza y unas pocas prendas de ropa, compró un caballo nuevo y partió al galope hacia el sur, en dirección a Yhelteth, sin compañía. ¡Yhelteth! Lejos de encontrarse con la guarida de degenerados y mujeres envueltas en sábanas de la cabeza a los pies que auguraban los rumores, la ciudad imperial resultó ser un paraíso terrenal. El compañero de copas de Egar no exageraba cuando le aseguró que podría ganar buenos dineros. El Imperio estaba pertrechándose para realizar una de
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sus habituales incursiones en el territorio comercial de la Liga de Trelayne y había una enorme demanda de espadas de alquiler. Por si fuera poco, la complexión recia de Egar, su cabellera rubia y sus ojos azules al parecer eran irresistibles para las mujeres de este pueblo de tez bronceada y huesos larguiruchos. Además, la reputación de la que gozaban los nómadas de la estepa (en esos términos llegó a referirse a sí mismo con el paso del tiempo) en Yhelteth rivalizaba con la opinión que éstos tenían de sí mismos en casa. Prácticamente todo el mundo los consideraba feroces guerreros, formidables jaraneros y potentes, aunque poco sutiles, amantes. En el plazo de seis meses Egar ganó más monedas, bebió más copas, degustó más manjares y despertó en más camas perfumadas de lo que jamás se hubiera atrevido a soñar aun en sus más disparatadas fantasías de adolescente. Y todo ello sin tan siquiera haber visto una sola batalla, por no hablar de haber participado en alguna. El baño de sangre no estallaría hasta... Lo sacaron de sus recuerdos unos mugidos y un grito. Parpadeó y miró en rededor. En el extremo oriental del rebaño parecía que los animales se habían empeñado en separarse del grupo, y Runi estaba teniendo problemas para impedírselo. Egar aparcó sus cavilaciones y formó una bocina ante los labios con las manos encallecidas. —¡El toro! —bramó, exasperado. ¿Cuántas veces tenía que repetirle a aquel muchacho que todos los rebaños se guiaban por sus líderes? Mantén los toros a raya y el resto los seguirá mansamente—. ¡Deja en paz a las putas vacas y coge a ese to...! —¡Saltanavajas, cuidado! Procedente del flanco contrario, un grito preñado de pánico; el estridente alarido de Klarn condensaba el terror que durante milenios había acosado a los pastores de la estepa. Egar torció el cuello como impulsado por un resorte hacia el sonido y vio el brazo de Klarn extendido, apuntando al este. Entornó los párpados para escudriñar en la dirección indicada y divisó lo que había espantado a las reses que estaban al cuidado de Runi. Unas figuras altas y pálidas, media docena de ellas, quizá más, deslizándose entre la hierba de la estepa que les llegaba hasta el pecho. Saltanavajas. Runi también los había visto y quiso emprender una retirada en diagonal para cubrir la retaguardia del rebaño, pero el olor de los saltanavajas había llegado ya hasta su montura, que no se dejó gobernar. El animal se encabritó y se rebeló contra las riendas, profiriendo relinchos aterrados al viento. No, así no. La muda advertencia resonó lastimera en la mente de Egar, seguida de cerca por la certidumbre de que ni había tiempo de gritarla, ni
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tendría sentido intentarlo. Runi acababa de cumplir los dieciséis, y los gules de la estepa llevaban más de una década sin molestar en serio a los skaranak. El muchacho nunca había estado más cerca de un saltanavajas vivo que cuando el viejo Poltar contaba sus historias de miedo alrededor de la fogata del campamento, a lo sumo cuando algún explorador regresaba al poblado arrastrando un cadáver para impresionar. Nadie le había enseñado lo que Egar aprendió con sangre mucho antes de que Runi hubiera nacido. No se combate a los gules de la estepa quedándose quieto. Klarn, mayor y con más experiencia, se había percatado del error de Runi y espoleaba a su reticente montura para rodear la oscura masa del rebaño de búfalos, desgañitándose. Había cogido el arco que siempre llevaba colgado a la espalda y estaba buscando las flechas. No iba a llegar a tiempo. Egar estaba seguro de ello, lo sabía igual que se sabe cuándo está la maleza lo bastante seca como para que haya peligro de incendio. Los saltanavajas se encontraban a menos de quinientos pasos del rebaño, distancia que cubrirían en menos tiempo del que tarda uno en mear. Klarn llegaría tarde, los caballos no aguantarían, Runi se caería y moriría allí mismo, tendido en la hierba. El Matadragones masculló una maldición, empuñó la lanza e hincó los talones en los ijares del purasangre de Yhelteth para que el corcel se lanzara al galope. Ya casi había llegado a la altura de Runi cuando el primero de los saltanavajas se abalanzó sobre el muchacho, de modo que vio todo lo que ocurrió a continuación. El líder de la manada de gules pasó corriendo junto al relinchante caballo de Runi, pivotó sobre una poderosa pata trasera flexionada y proyectó la otra hacia arriba. Runi intentó girar con el caballo encabritado bajo sus posaderas y lanzó una puñalada inofensiva con su lanza antes de unas garras como hoces tiraran de él hacia atrás y lo arrancaran de la silla. Egar vio cómo se incorporaba tambaleándose, a trompicones, y cómo otros dos saltanavajas se abalanzaban sobre él. Un interminable alarido desgarrador se elevó entre las altas briznas de hierba. Ya a galope tendido, Egar jugó la única carta que le quedaba. Echó la cabeza hacia atrás y aulló, profirió el ululante grito berserker de los majak que había helado la sangre en las venas de los contendientes en mil campos de batalla a lo largo y ancho de todo el mundo conocido. La espantosa llamada de la muerte sin retorno, compañera de los moribundos. Al oírlo, los gules de la estepa levantaron las largas cabezas ahusadas, los hocicos ensangrentados, desconcertados por esta nueva amenaza. Se quedaron unos segundos contemplando boquiabiertos a
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la figura montada que surcaba el pastizal envuelta en una atronadora tormenta de cascos, y antes de que pudieran reaccionar el Matadragones cayó sobre ellos. El primer saltanavajas recibió un lanzazo de lleno en el pecho y salió disparado de espaldas, arrastrado por el ímpetu de la embestida del corcel, agitando las extremidades sin control y escupiendo sangre. Egar tiró con fuerza de las riendas y retorció la lanza antes de retirarla, cuadruplicando así el tamaño de la herida. Una maraña de órganos como cadenas viscosas sobresalía entre los bordes aserrados de la hoja, que continuó estirando, rompiendo y derramando fluidos biliosos a medida que se liberaba. Cuando el segundo gul quiso reaccionar, el Matadragones ya había girado en redondo; su caballo adiestrado para la guerra se alzó dispuesto a reanudar el ataque, esgrimiendo unos gigantescos cascos revestidos de acero. Un gañido escapó del gul cuando vio cómo uno de sus brazos correosos era desviado y aplastado, mientras el corcel avanzaba con un paso de danza que sólo los mejores adiestradores de Yhelteth podrían haberle enseñado; uno de los cascos abrió una brecha letal en el cráneo del saltanavajas. Egar soltó un aullido, apretó los muslos contra los flancos de su montura e imprimió un giro a la lanza con las dos manos. El aire se salpicó de gotas de sangre. De dos metros de longitud, conocida y temida por todos los soldados que alguna vez se hubieran enfrentado a ella, la lanza de los majak se fabricaba tradicionalmente con una larga costilla de búfalo prolongada en ambos extremos con sendas hojas dentadas de doble filo, de treinta centímetros de largo y un palmo de ancho en la base. El hierro empleado para fabricar estas armas no siempre había sido tan fiable como hoy en día: al principio estaba plagado de impurezas y se trabajaba de cualquier manera en pequeñas forjas transportables. Más adelante, cuando ya habían sido contratados como mercenarios al servicio de la Liga de Trelayne, los majak descubrieron la tecnología que por fin les permitiría producir un acero que estuviese a la altura de su ferocidad en el combate, y las astas de las lanzas empezaron a salir de los bosques de Naom, torneada y endurecida su madera con el objetivo específico de no tener nada que envidiar al temple del metal. La primera vez que los ejércitos de Yhelteth avanzaron al norte y al oeste para asaltar las ciudades de la Liga, se estrellaron como una ola contra el muro de nómadas esteparios que los esperaban lanza en ristre. Hacía más de un siglo que el Imperio no sufría un revés militar de semejante magnitud. A la postre, llegó a extenderse el rumor de que incluso los guerreros más curtidos de Yhelteth lamentaban el daño que las armas de los majak habían infligido a sus camaradas. En la batalla del páramo de Mayne, al amparo de la tregua acordada para retirar los cuerpos
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de los combatientes abatidos, una cuarta parte del contingente de reclutas imperiales desertó alegando que los berserkers majak gustaban de arrancar trozos de los cadáveres y devorarlos. Un historiador yhelteth escribiría más tarde, en referencia a la sangrienta batalla del páramo, que «aquellos carroñeros naturales que hicieron acto de presencia parecían nerviosos, como si presintieran que otro depredador más voraz se había ensañado ya con el manto de carne que cubría el suelo y aún pudiera abalanzarse sobre ellos». Un claro ejemplo de imaginación desbordante, pero no por ello menos elocuente. Los soldados de Yhelteth empezaron a referirse a la lanza majak como ashlan mher thelan, el demonio de dos fauces. Los saltanavajas embistieron contra él desde ambos lados. Antes de que su caballo terminara de apoyar las cuatro patas en el suelo, Egar golpeó como si estuviera empuñando una vara alargada, levantando el extremo izquierdo por encima del derecho. La hoja inferior despanzurró al saltanavajas de su derecha, mientras la superior bloqueaba y trituraba la zarpa que pretendía caer sobre él desde la izquierda. El gul profirió un grito de dolor, malherido, y Egar imprimió medio giro a la lanza. La maniobra se cobró un ojo y dejó la cuchilla izquierda cubierta de jirones de cuero cabelludo; al otro lado, el saltanavajas destripado agonizaba en la hierba y se desangraba entre estridentes estertores. El gul tuerto y manco empezó a tambalearse y arañar el aire como un borracho que se hubiera tropezado con las cuerdas de un tendedero. Los demás... Un silbido fugaz con el que Egar estaba familiarizado, seguido de un golpe seco, y la criatura lastimada soltó otro chillido cuando una de las flechas con punta de acero de Klarn le atravesó el pecho de parte a parte. Se palpó la herida con la mano que le quedaba y tironeó de la protuberancia, perplejo; una segunda flecha le traspasó el cráneo. Manoteó la nueva herida durante unos instantes hasta que su cerebro reparó por fin en la magnitud del castigo sufrido, momento en el que el cuerpo pálido y larguirucho de la criatura se desplomó en la hierba junto a su inerte compañero. Egar contó tres gules más, agazapados y titubeantes detrás de Runi, como si no supieran qué paso dar a continuación. Ahora que Klarn se acercaba lentamente a caballo desde el flanco, apuntando con una nueva flecha amartillada, las tornas habían cambiado. Nadie que Egar conociera, ni siquiera Ringil ni Archeth, sabía a ciencia cierta si la raza de los saltanavajas compartía la capacidad de raciocinio de los seres humanos. Pero hacía siglos que hostigaban a los majak y a sus rebaños, y ambas partes se tenían tomada la medida. Egar desmontó en medio del repentino silencio. —Si se mueven... —dijo, dirigiéndose a Klarn.
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Empuñando la lanza con ambas manos, cruzó la hierba en dirección a Runi y las criaturas que lo custodiaban. La impasibilidad de sus facciones disimulaba el inevitable gusano del miedo que anidaba en sus entrañas. Si decidían abalanzarse sobre él ahora, a Klarn le daría tiempo a disparar dos proyectiles a lo sumo, y los saltanavajas podían erguirse hasta los tres metros de altura cuando se lo proponían. Egar acababa de renunciar a la ventaja que tenía sobre ellos. Pero Runi había caído, su sangre empapaba la fría tierra de la estepa, y cada segundo que pasaba allí tendido podía marcar la diferencia entre llegar a tiempo a los curanderos o no. Los gules cambiaron de postura inmersos en el mar de hierba, curvos sus lomos blancos como los de las ballenas que había visto en cierta ocasión frente a las costas de Trelayne. Sus rostros enjutos, cuajados de colmillos, remataban unos cráneos ahusados montados en cuellos musculosos, observándolo con ojos calculadores. Egar no podía descartar que hubiera alguno más emboscado en alguna parte, una estrategia que les había visto emplear a veces en el transcurso de sus cacerías. No recordaba cuántos le había parecido ver de refilón al principio. Sintió de repente como si hubiera arreciado el frío. Frío que lo paralizó cuando llegó por fin a la altura de Runi. El chico tenía el pecho y el vientre desgarrados; desde el rostro mugriento, sus ojos inmóviles contemplaban el firmamento sin verlo. Al menos la muerte le había sobrevenido de inmediato; a su alrededor, la sangre que había abandonado en tromba el cadáver formaba charcos en el suelo. La luz del ocaso los teñía de negro. Egar sintió un martilleo que nació en las plantas de sus pies y se transmitió por todo su cuerpo como el retumbo de un trueno. Apretó los dientes y ensanchó las ventanas de la nariz. El frío fluía y refluía como las mareas en su interior, le constreñía la garganta y provocaba estallidos de chispas detrás de sus ojos. Permaneció inmóvil y en silencio unos instantes, como si sus pies lo anclaran al suelo. Abrió los ojos de pronto y traspasó con la mirada a los tres gules de la estepa que seguían agazapados en la penumbra ante él. Levantó la lanza con una mano temblorosa, echó la cabeza hacia atrás y gritó, aulló como si quisiera hendir el cielo con la voz, como si ésta pudiera llegar hasta el alma de Runi en su camino por la Vía Celeste, destruir el puente que estaba cruzando y devolverlo de golpe a la tierra. El tiempo se detuvo. Ahora sólo existía la muerte. Apenas oyó el silbido de la primera flecha de Klarn que pasó volando junto a su flanco cuando cargó contra el trío de saltanavajas, con el aullido resonando aún en los oídos.
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Serie Fantástica Títulos publicados Andrzej Sapkowski 1. El último deseo (Saga de Geralt de Rivia, Libro I) Traducción de José María Faraldo
Barry Hughart 2. La leyenda de la piedra (Crónicas del maestro Li, Libro II) Traducción de Carlos Gardini
Andrzej Sapkowski 3. La espada del destino (Saga de Geralt de Rivia, Libro II) Traducción de José María Faraldo
Rodolfo Martínez 4. Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos Rodolfo Martínez 5. Sherlock Holmes y el heredero de nadie Andrzej Sapkowski 6. La sangre de los elfos (Saga de Geralt de Rivia, Libro III) Traducción de José María Faraldo
Andrzej Sapkowski 7. Tiempo de odio (Saga de Geralt de Rivia, Libro IV) Traducción de José María Faraldo
Kiril Yeskov 8. El último anillo Traducción de Fernando Otero Macías
Andrzej Sapkowski 9. Bautismo de fuego (Saga de Geralt de Rivia, Libro V) Traducción de José María Faraldo
Isaac Asimov 10. El robot completo Traducción de Manuel de los Reyes, Tina Parcero y Pilar Ramírez Tello
Andrzej Sapkowski 11. La torre de la golondrina (Saga de Geralt de Rivia, Libro VI) Traducción de José María Faraldo
Rafael Marín 12. Mundo de dioses Ellen Kushner 13. A punta de espada Traducción de Manuel de los Reyes
Isaac Asimov 14. Trilogía del Imperio Traducción de Carlos Gardini
Suzy McKee Charnas 15. El tapiz del vampiro Traducción de Albert Solé
Andrzej Sapkowski 16. Narrenturm (Trilogía de las Guerras Husitas, Libro I) Traducción de José María Faraldo
Juan Miguel Aguilera 17. La red de Indra Eduardo Vaquerizo 18. La última noche de Hipatia Chelsea Quinn Yarbro 19. Hôtel Transylvania Traducción de Manuel de los Reyes
Isaac Asimov 20. Relatos completos 1 Traducción de Manuel de los Reyes
Orson Scott Card 21. El cuerpo de la casa Traducción de Rafael Marín
Andrzej Sapkowski 22. La dama del lago 1 (Saga de Geralt de Rivia, Libro VII) Traducción de José María Faraldo
Andrzej Sapkowski 23. El último deseo (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo
Orson Scott Card y Kathryn H. Kidd 24. Lovelock Traducción de Rafael Marín
Paul Kearney 25. El viaje de Hawkwood (Las Monarquías de Dios, Libro I) Traducción de Núria Gres
Kim Newman 26. La era de Drácula Traducción de Jaume de Marcos Andreu
Andrzej Sapkowski 27. La espada del destino (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo
Andrzej Sapkowski 28. La sangre de los elfos (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo
Arthur C. Clarke 29. Las fuentes del paraíso Traducción de Carlos Gardini
Andrzej Sapkowski 30. La dama del lago 2 (Saga de Geralt de Rivia, Libro VII) Traducción de Fernando Otero Macías y José María Faraldo
Paul Kearney 31. Los reyes heréticos (Las Monarquías de Dios, Libro II) Traducción de Núria Gres
Isaac Asimov 32. Relatos completos 2 Traducción de Manuel de los Reyes
Andrzej Sapkowski 33. Camino sin retorno Traducción de José María Faraldo
Andrzej Sapkowski 34. Tiempo de odio (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo
Andrzej Sapkowski 35. Bautismo de fuego (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo
Isaac Asimov 36. Lucky Starr 1 Traducción de Manuel de los Reyes
Andrzej Sapkowski 37. La torre de la golondrina (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo
Arthur C. Clarke 38. Cánticos de la lejana Tierra Traducción de Carlos Gardini
Andrzej Sapkowski 39. El último deseo (edición especial The Witcher 2) Traducción de José María Faraldo
Andrzej Sapkowski 40. La dama del lago (edición coleccionista) Traducción de José María Faraldo y Fernando Otero Macías
Paul Kearney 41. Las guerras de hierro (Las Monarquías de Dios, Libro III) Traducción de Núria Gres
Paul Kearney 42. El segundo imperio (Las Monarquías de Dios, Libro IV) Traducción de Núria Gres
Paul Kearney 43. Naves del oeste (Las Monarquías de Dios, Libro V) Traducción de Núria Gres
Arthur C. Clarke 44. El fantasma del Titanic Traducción de Carlos Gardini
Richard Morgan 45. Sólo el acero Traducción de Manuel de los Reyes
Orson Scott Card 46. Vigilantes del pasado Traducción de Rafael Marín
En preparación Isaac Asimov Trilogía del Imperio (edición coleccionista) Tad Williams Shadowmarch Isaac Asimov Trilogía de Fundación Andrzej Sapkowski Los guerreros de Dios (Trilogía de las Guerras Husitas, Libro II)