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Marcelo E. Mazzanti Ilustrado por: Eloi Matas i Riera


Primera edición: mayo de 2020 Diseño y maquetación: Eloi Matas i Riera Dirección editorial: Ester Pujol © 2020, Marcelo E. Mazzanti (texto) © 2020, Eloi Matas i Riera (ilustraciones) © 2020, La Galera (edición) La Galera SAU Josep Pla, 95 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com Impreso en Egedsa Depósito legal: B-3.175-2020 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6621-7 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que pueda autorizar la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.


Como siempre, a David Mazzanti y Carles Mazzanti. Y a casi toda mi familia.


Como siempre, a David Mazzanti y Carles Mazzanti. Y a casi toda mi familia.


NATALIA: Ser la primera de la clase y la más alta y desgarbada no la ayuda a hacer amigos. Ama la ciencia, los misterios y desenmascarar a los charlatanes.

BETO: El hermano pequeño de Natalia. Es todo lo contrario que ella: gamberrillo, despreocupado y muy gracioso. Nat no lo soporta pero lo quiere con locura.

LUISA: La madre de Nat ha tenido muchos desengaños en la vida, pero nunca ha dejado de luchar por los suyos.

JULIA: Abuela de Nat y madre de Luisa. Vive en un mundo propio, que quizá sea más bonito que el real.

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HÉCTOR: Según un estudio científico elaborado por Nat, está muy bueno. Como un queso rockero.

ELI: La hermana pequeña de Héctor es todo un encanto, y la primera víctima de la casa encantada.

ARBA DA CARBA: Famoso parapsicólogo, mentalista y ufólogo. ¿O era urólogo?

FERNANDO PABLOS: Genera división de opiniones. Él cree que es un genio. El resto de la humanidad cree que es malvado… y un poco bobo.

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DĂ?A UNO

Martes


PROCESIÓN DE MEDIANOCHE

Q

ué raro es el miedo. Si ves lo que te asusta, malo. Y si no lo ves, peor. Algo ha despertado a Eli. Un ruido. No. No es un ruido. Es un montón de ruidos. Tum. Tum. Tum. Son como pasos detrás de la puerta de su habitación. Muchos pasos. La madera del suelo del pasillo cruje. Se decide a abrir los ojos. No le sirve de nada: está todo completamente oscuro, negro. Saca una mano de debajo de la sábana y busca a tientas sus gafas en la mesilla. Por un segundo piensa que no están donde deberían y ya no las va a encontrar nunca. 11


Durante años había dormido con una pequeña luz piloto que se conectaba al enchufe y daba un pequeño brillo. No era suficiente como para ver nada, pero al menos era mejor que estar rodeada por el negro total. Por fin siente el tacto de la pasta de las gafas y los cristales. Las coge, con cuidado de que no se le caigan. Se las pone. ¿Mejor? No. No mucho. Antes estaba todo negro y ahora también. «¿Y qué esperaba? Soy tonta», piensa. Pero ahora no tiene tiempo para esas cosas. Sigue oyendo pasos más allá de la puerta. No es como si hubiera una persona o dos al otro lado. Más bien parece un montón de gente caminando lenta, pesadamente, arrastrando los pies. Como en la calle, un lunes por la mañana, cuando va al cole, piensa. A medida que se va despertando, su oído parece afinarse poco a poco. Además de los pasos, ahora siente, más bajo, lo que parece unos susurros. No entiende lo que dicen, pero sí distingue que son varias voces. Y, desde luego, ninguna de ellas es la de su padre, su madre o su hermano. Eli está cada vez más asustada. Le dan ganas de gritar, pero se lo piensa dos veces: bastante preocupados tuvo a sus padres cuando era más pequeña. Se ve que era muy miedosa, aunque ella no lo recuerda. Podría hacer como en las películas y esconder la cabeza bajo las mantas. Sí, claro. Así, si la ataca alguien, es12


tará superprotegida. O, si no, al menos estará calentita. Pasa un rato y los ruidos no cesan. Entonces decide hacer justo lo contrario: se levantará, abrirá la puerta y mirará. Ya no soporta la tensión y va a hacerlo. Que pase lo que pase. De un salto, sale de la cama y enciende la luz. Avanza muy lentamente hasta la puerta. Por el resquicio de abajo ve una franja negra, la oscuridad del pasillo. Parece reírse de ella, parece decirle «tu luz no va a vencer a mi negrura». Agarra el pomo. Le tiembla la mano. Su padre siempre le dice que la única forma de superar un miedo es enfrentarse a él, porque si no, te persigue siempre. «Pues menos mal que mi miedo no es caerme de un avión», le contesta ella siempre, en broma. La puerta cruje ligeramente mientras Eli la abre. Por mucho que lo hubiese intentado, nunca habría imaginado algo como lo que ve ahora. Un grupo de niños avanza por el pasillo. Son de diferentes edades; el menor parece tener unos cinco años, el mayor unos trece. Todos llevan una especie de camisón blanco y van descalzos. Los chicos tienen el pelo rapado. Caminan muy serios, con la cabeza baja y la mirada en el suelo. Dan pasos lentos, como en una procesión. Vayan a donde vayan, no parece que lo hagan con ganas. Por un segundo, Eli piensa que cómo es posible que los esté viendo, si el pasillo está tan oscuro como su habitación. Observa que los niños tienen un ligero y extraño bri13


llo. No es como si los enfocara una luz lejana; es más bien como si cada uno tuviera una pálida luz, entre blanca y verdosa, en su interior, y esta saliera lo justo como para iluminar sus siluetas y poco más. Los rodea una especie de niebla espesa, blancuzca, casi fosforescente, que se levanta unos centímetros del suelo y parece quedarse flotando en el aire, inmóvil. El aire del pasillo parece cargado de electricidad. Eli nota que se le erizan los pelillos del brazo, se le ha puesto la piel de gallina. Se siente paralizada delante de aquella especie de desfile, de procesión de medianoche. Por suerte, ninguno de los niños se ha fijado en ella. Parecen muy concentrados en lo suyo, caminar mirando al suelo y susurrar palabras que ella no comprende. Siente tan fuertes los latidos de su propio corazón, que por un momento teme que los niños puedan oírlos, que reparen y se fijen en ella, y entonces... Pero ya sabe que eso es imposible. Nadie va a oír lo que palpita en el interior de su cuerpo. Claro que, por desgracia, esa no sería la más imposible de las cosas imposibles que está viviendo esta noche. Tanto, que Eli piensa que nunca en su vida ha estado tan aterrorizada. Que es imposible sentir más miedo que el que siente ella en ese momento. Aunque enseguida ve que eso no es cierto. Porque se asusta aún mucho más cuando uno de los niños fantasmales levanta la vista y la mira fijamente. La señala con el dedo. Y le habla. Parece pedirle algo, aunque ella no puede comprender sus palabras. 15


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