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I ISBN 978-84-24-664855


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Primera edición: noviembre de 2019 Diseño de cubierta: evostudio.com Maquetación: Argos GP Edición: Anna López Dirección editorial: Ester Pujol © 2019, Fernando Alcalá y Geòrgia Costa, por el texto. Autores representados por IMC Agencia Literaria © 2019, Mercedes Palacios, por la ilustración de cubierta © 2019, La Galera SAU Editorial por la edición en lengua castellana Josep Pla, 95. 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com facebook.com/lagalerayoung twitter.com/lagalerayoung instagram.com/lagalerayoung Impreso en Liberdúplex Depósito legal: B-16.6449-2019 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6485-5 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.

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En una ĂŠpoca de engaĂąo universal decir la verdad es un acto revolucionario. George Orwell

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Parte 1

Malpensamiento

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o! ¿Todavía estás así? Josephine March se quema los labios con el té recién hecho y tiene que reprimir una maldición. —¿Ya es la hora? —pregunta girándose hacia su madre, que le responde con una ceja ligeramente arqueada. La señora March, o Marmee, como la llaman sus hijas, una dama de cabello rojizo y facciones amables, posee la habilidad de comunicar mensajes complejos con el mínimo esfuerzo. En esta ocasión, el ángulo minúsculo de su ceja derecha indica que sí, que ya es la hora y que más le vale darse prisa. Josephine March deposita la tacita en el plato de porcelana y echa a correr hacia su habitación escaleras arriba mientras se arremanga la falda para no tropezar. En la habitación que comparten, casi siempre en paz y armonía, su hermana Amy ya está frente al tocador dándose los últimos retoques. Al verla entrar, Amy frunce los labios pero Jo no sabe identificar si lo ha hecho en señal de desaprobación o para aplicarse una sombra de carmín. —Apenas tardaré un minuto —le aclara, porque se teme que la mueca de su hermana tenga más que ver con lo primero que con lo segundo. —Te he dejado el vestido verde sobre la cama. Es el favorito de tía March. —¡El vestido verde es horrible! —se queja Jo de inmediato. 9

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—No, mi nariz es horrible —responde Amy arrugando una nariz que no es ni la mitad de desastrosa de lo que ella misma opina. En realidad, resulta ser una naricita de lo más graciosa: pequeña, salpicada con una constelación de pecas traviesas. Lo que sí ocurre con la nariz de Amy es que carece de la gravitas que alguien tan encantada de conocerse a sí misma como Amelia Curtis March desearía—. El vestido verde no es la última moda, pero a la tía March le gusta y te resalta la figura. De todas formas, Jo, ¡por todas las virtudes!, si tenemos que encontrar un vestido que sea apropiado y de tu gusto llegaremos tarde a la contrición. ¡Así que apresúrate! Amy se vuelve hacia su hermana y, con una sonrisa encantadora, que es el único tipo de sonrisas que ella sabe hacer, se aplica unas gotas de perfume en las muñecas y en el cuello, y abandona la habitación dando pasitos cortos. Del cuarto de enfrente, una voz tan dulce que solo puede pertenecer a su hermana mayor, Meg, añade: —Sé buena chica, Jo, y póntelo. Si quieres, te presto alguno de mis broches para disimularlo un poco. —Tendría que ser un broche enorme… —murmura ella entre dientes mientras pone los ojos en blanco. Por mucho que sea el favorito de su tía March, Jo aborrece con absoluta vehemencia esa pesadilla de tafetán, larga hasta los pies, todo lazos y volantes, sin olvidar esas costuras insoportables. Aun así, comienza a desvestirse. Luego, se detiene. La cámara. Se ha olvidado completamente de la cámara. Mira de soslayo hacia la ventana de la habitación y, después, hacia el poste que se ve a través de los cristales. Allí hay una semiesfera de color negro. La luz parpadeante de un verde intenso y el objetivo cubierto por un cristal oscuro, como el ojo de un animal salvaje, le confieren el aspecto de una cosa casi viva. Sus hermanas nunca le han dado importancia, ni a esa ni al resto de cámaras que hay por toda la ciudad. Al fin y al cabo, están ahí por su bien y por su protección; todo el mundo sabe que el peor enemigo está oculto dentro de cada uno. Josephine camina hacia un rincón del dormitorio, allí donde cree que queda fuera del encuadre de la cámara. En esa zona acaba de ponerse el 10

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horrendo vestido verde mientras, en el piso de abajo, la voz de su madre emite numerosos armónicos de impaciencia. Todavía peleándose con la última horquilla que debe recoger su larga cabellera castaña en un moño prieto, Jo baja al recibidor donde Marmee, Meg y Amy ya están esperándola. Las tres forman una perfecta estampa de compostura con los abrigos bien cepillados y los guantes de encaje blanquísimos. —¿Lo veis? Dije que estaría lista enseguida. No había razones para alterarse tanto. Pero no ha terminado la frase cuando Amy le quita la horquilla rebelde de la mano y, con dedos ágiles, arregla eso que Jo, muy erróneamente, considera un peinado apropiado. Por su parte, Meg, siempre solícita, le tiende un abrigo, porque la noche anterior ha nevado. —No nos alteramos, Jo. Pero debemos irnos ya. Josephine asiente y luego golpea las tablas de madera con fuerza tres veces: una despedida. Un instante después, se detiene en la puerta. —Esperad. ¿Y mi bufanda? —Jo repasa con la mirada el recibidor al tiempo que se abrocha todos los botones del abrigo por el frío y porque, cuanto menos se vea el vestido verde, mejor—. ¿Alguna de vosotras la ha cambiado de sitio? Estoy segura de que ayer la dejé colgada en el perchero. —Jo, por favor, no nos entretengas más —implora Meg, pero no dirigiéndose a su hermana, sino a su madre, porque de ese modo cree que surtirá más efecto. —Por un día que no te la pongas no pasa nada, querida —responde Marmee inmediatamente con el tono de voz que otros usarían para domar fieras, pero que ella siempre reserva para su hija mediana—. Ya la buscaremos después. Sin embargo, Jo ya se abalanza hacia el perchero y empieza a retirar abrigos y sombreros, dejándolos sin ningún cuidado en el suelo. —Será un segundo. Tiene que estar por aquí… —Jo, olvídalo. —Las notas de enfado apenas disimuladas en la voz de Amy indicanque su paciencia no es infinita—. Además, ¿para qué quieres llevar siempre esa bufanda apolillada? No solo no combina en absoluto con tu abrigo, sino que además la gente debe de pensar que nos vestimos con ropa prestada. ¿Por qué no lo dejas estar por una vez? 11

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Jo se vuelve furiosa hacia Amy. De repente, ha nacido en ella la firme sospecha de que su hermana tiene algo que ver con la desaparición. —¿Dónde está? —¿Por qué no puedes ceder ni una sola vez, Jo? —¡Porque es de papá! Y ya que de momento no parece que papá vaya a regresar de la… —«De la maldita guerra. De la maldita maldita maldita guerra», piensa. No lo dice. No podría, no debe. Tampoco se atreve a mirar hacia la cámara que se ve a través de la ventana del recibidor, como si su silencio y la presencia del aparato junto a la puerta no tuvieran ninguna relación. Relaja los músculos de la cara para mostrar una expresión neutra—. Ya la buscaré luego. —Si no nos apresuramos, llegaremos tarde de verdad. La voz serena de su madre por fin zanja la conversación.

El día ha amanecido frío, encapotado. La humedad del ambiente se mezcla con el humo de las factorías de las afueras creando una niebla espesa y grisácea con un ligero hedor a huevos podridos. La familia March camina por unas calles de postal, entre jardines primorosamente cuidados y casitas pintadas de colores alegres. Muchos vecinos que salen en este momento de sus casas se saludan los unos a los otros para después caminar calle abajo con la cabeza gacha y sus mejores galas. «Una ciudad limpia es el reflejo de una sociedad limpia.» —Jo, ¿este eslogan es tuyo? —pregunta Amy leyendo en voz baja el cartel luminoso que preside la siguiente intersección. En esa mañana gris, las luces de las pantallas de información pública iluminan más que nunca. —Creo que no —le responde Josephine. Aun así, la muchacha levanta la mirada hacia el panel que domina el cruce hacia la siguiente calle. —Bueno, sea como sea —responde Meg, poniéndose a su lado—, la frase es inspiradora, ¿verdad, Marmee? —La señora March asiente en silencio—. Es más, ¿no os parece que la ciudad está más sucia de lo habitual? 12

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Jo y Amy se miran antes de levantar la vista hacia las calles tan ordenadas de Concordia sin notar incidencia alguna ni en la limpieza ni en las formas perfectamente rectilíneas de los setos que limitan los jardines. Mientras caminan, el eslogan en las pantallas cambia con un destello. «Todos los ciudadanos están hoy llamados al acto de contrición en la plaza de la Paz. Es una responsabilidad asistir, un deber, una buena acción.» La frase, anunciada a través de la megafonía pública, reverbera por toda la calle. —Quizá tengas razón —murmura Amy al fin, agarrándose del brazo de su hermana mayor. —Y aunque no la tuviera —añade Marmee entonces—, la frase no deja de ser menos cierta. Si es tuya, querida Jo, enhorabuena. Todos tenemos que colaborar con la limpieza y con el orden en nuestra ciudad. Nunca está de más recordarlo. Dicho esto, la familia sigue avanzando. Concordia es una ciudad perfecta. Es una utopía plasmada sobre el mapa. Tiene una forma circular, porque el círculo denota perfección, y su centro geográfico se encuentra en la plaza de la Paz, hacia la que se dirigen Jo y sus hermanas y que, a su llegada, ya está a rebosar de gente. También es circular, flanqueada por edificios de tres plantas unidos por un porticado bajo en el que cobijarse en caso de lluvia o excesivo sol. En uno de los extremos de la plaza, se distingue una tarima de madera. Las pantallas a su alrededor siguen invitando a cada vez más ciudadanos a acercarse. Repartiendo amabilísimos «Disculpe», «Perdone» y algún que otro ligero empujón, Jo y su familia, con Marmee a la cabeza, se encaminan hacia allí. El acto de contrición tendrá lugar en unos pocos minutos y nadie quiere llegar tarde. —¡Cuánto lo siento! ¡Eh! —Jo se vuelve hacia la persona con la que acaba de chocar, que justo en ese momento deja caer una hoja de papel que ella se apresura a recoger—. ¡Eh! ¡Disculpe! ¡Se le ha caído…! Por desgracia, solo alcanza a ver la espalda de un abrigo negro escabulléndose entre la multitud. Tendría que haber dejado el papel en el suelo, piensa después, pero alguien podría acusarla de haberlo tirado ella. Josephine March en su vida ha quebrantado las normas, y no ve ningún contenedor de reciclaje cerca. 13

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Otea nerviosamente a su alrededor hasta localizar el poste de vigilancia más próximo, coronado con un racimo de cámaras negras con sus objetivos apuntando en todas las direcciones. Así pues, dobla cuidadosamente la hoja de papel, la guarda en el bolsillo de su abrigo y luego sonríe visiblemente para que los ojos detrás de las cámaras entiendan que es una buena ciudadana. Su familia la ha dejado atrás. Sin perder el ánimo positivo, Jo sigue avanzando apresuradamente, con empujones menos disimulados y palabras de disculpa más esporádicas. Por fin, encuentra a sus hermanas y a su madre en el graderío que preside la plaza, un lugar de honor, sin duda. Están junto a la tía March, que al verla da unos golpecitos enérgicos en la única silla que queda libre. —Buenos días, tía March —la saluda mientras se sienta a su lado. Después, se vuelve a levantar un segundo, cuando un gesto alarmado de Marmee le indica que se le está arrugando la falda. La tía March la observa con una de sus miradas de legendaria intensidad. Mientras nota que se le seca la garganta, la muchacha se pregunta cuál de los dos ojos de la tía March no es verdadero. Es uno de los secretos mejor guardados de Concordia. —¿Dónde te habías metido, Josephine? —He tropezado, tía March —se justifica ella, ignorando mentalmente el tono con el que siempre la llama «Josephine», que odia casi tanto como el vestido verde—. Siento haberte hecho esperar. Parece que la tía March acepta su disculpa. Aprieta los labios, finísimos, y le dedica a su sobrina una leve inclinación de cabeza. Es una mujer autoritaria, de piel tersa, cabello corto y gris, y con un uniforme impecable que lleva a sus cincuenta y pocos años como quien lleva un trofeo, con orgullo y un punto de desafío. —¡Oh! ¿No opináis que hay mucha más gente que la última vez? —Mientras Amy plantea la pregunta con voz melodiosa, gira su hermosa cabecita coronada por bucles rubios a un lado y a otro sin perder su posición erguida—. ¿Cuándo fue? ¿Hace un mes? ¡Oh! ¡Por las siete virtudes! —Por un momento, su expresión se ilumina, no sin razón: no muy lejos de ellas, en un lugar privilegiado de la tarima puede ver a los Optimates. 14

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Se trata de dos hombres y dos mujeres, los ciudadanos más sabios, más honrados, más rectos de toda Concordia, que son sus guías, sus modelos. Jamás ha tenido la ocasión de verlos tan de cerca. Lo único que empaña el momento para Amy es que el colegio de los Optimates no está al completo, ya que uno de ellos, el venerable Horatio Breda, falleció pocos días atrás. Amy deja escapar un suspiro de pura satisfacción y luego se dirige hacia sus hermanas—: Sí, estoy convencida. ¿No os parece emocionante? —Me parece que sí que hay más gente, querida. —Meg, la hermana mayor, aprovecha para dedicarle una inclinación de cabeza a la tía March—. O quizá es porque desde aquí arriba se ve todo mucho mejor. Muchas gracias otra vez por reservarnos unas localidades tan buenas, tía March. En este preciso instante, mientras la tía March asiente y Meg hace otra reverencia apresurada a su familiar, las sirenas, alarmas de toda Concordia, marcan el cambio de hora. Es la señal para que empiece el acto. Las contriciones siempre son momentos especiales. Mantienen la ciudad limpia, sana; aumentan la cohesión social, y, según dicen los estudios, la felicidad. Como un solo ser, todos los ocupantes de la plaza se ponen en pie. Mientras se despliega la bandera de la paloma de la paz, que cae con un rumor pesado desde todos los balcones y arcadas de la plaza, suena el himno de la ciudad, una marcha majestuosa que la multitud recibe con los corazones inflamados de patriotismo. Luego se hace un minuto de silencio en recuerdo al fallecido Horatio Breda, cuya ausencia entre los Optimates duele todavía como una herida abierta. Cuando, poco a poco, ese silencio comienza a llenarse de pequeños murmullos, toses o incluso del crujido de un caramelo al ser desenvuelto con mucho cuidado, comienza la ceremonia. Desde el fondo de la plaza una pequeña comitiva se abre paso entre la multitud. Se trata de dos grupos de personas. Los primeros llevan el uniforme azul celeste, elegante y tranquilizador, propio de los agentes del Secretariado de Higiene Social. Rodean a un grupo de personas más reducido que lleva ropas dispares, correspondientes a orígenes y clases distintos. Con un chasquido, las pantallas de la plaza comienzan a retransmitir con todo tipo de detalles los rostros sudorosos de los hombres y las mujeres que van a ser sometidos al acto de contrición. Pueden identificarse cada una de las imperfecciones de su piel, los pequeños espasmos 15

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musculares alrededor de los ojos y en las comisuras de los labios. Avanzan rápido porque todo el mundo se apresura a apartarse de ellos. Esta vez, los guardias vestidos de azul no tienen que intervenir, todos se mueven por voluntad propia. Jo fija la mirada hacia un punto lejano. A sus diecisiete años, ya tiene tanta práctica que apenas necesita un pequeño esfuerzo para hacer que sus ojos se relajen, que todo se vuelva borroso y, a pesar de ello, aparentar que sigue el ritual con interés. Por la respiración contenida de su hermana Meg, sabe que los penitentes han subido ya a la tarima. Uno a uno, se acercan a un micrófono que hay sobre la tarima. Algunos hablan con voz clara, otros tienen la garganta seca y sus palabras suenan ahogadas, demasiado agudas o demasiado graves, pero todos, tarde o temprano, acaban explicando sus faltas a la multitud expectante. —He cometido maledicencia —declara un hombre joven—. He mentido y he engañado sobre mi persona y sobre los demás por soberbia. —He cometido malacción —susurra una mujer, una anciana en realidad, de cabello cano, manos tan arrugadas que parece imposible que sean culpables del crimen que está confesando—. La semana pasada, tomando el té con mi buena amiga la señora Farners tuvimos una discusión. Nos peleamos, la empujé y cayó al suelo. Ahora, su dolor es mi dolor. —He malpensado —confiesa entonces otra mujer mucho más joven. Su expresión es fervorosamente devota. Tiene entre las manos un libro. No cualquier libro, desde luego: el Libro. El Libro del Buen Ciudadano—. He despreciado a los que son peores que yo, y he envidiado a los que son mejores. Tengo dudas en mi corazón y eso me hace infeliz —dice ante una multitud silenciosa. Y así, uno a uno, las personas que han llegado custodiadas por los guardias del secretariado confiesan sus faltas. Tiene que ser así, en público. Con un chirrido metálico, una docena de postes emerge del centro de la tarima. De cada uno de ellos, pende una cuerda. Las faltas, después de la confesión, deben ser extirpadas de raíz, como se haría con una enfermedad, con la ciudad como testigo. «La infelicidad es un mal peligroso», reza a diario la información pública en las pantallas de cada 16

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calle y cada plaza, «la infelicidad es contagiosa como la malasangre y solo la contrición es capaz de erradicarla». Ahora sí, ahora Josephine aprieta los dientes. Escucha a sus hermanas moverse, contener el aliento. Los penitentes se adelantan en la tarima, en ese momento, si la joven no se equivoca, se estarán colocando la soga alrededor del cuello. Puede dejar que su vista se ausente, pero no puede evitar que sus oídos capten el restallar de cuerdas tensándose y un sonido débil como el aleteo de un pájaro herido. Luego, el silencio. Transcurren apenas unos segundos en los que le parece que el mundo entero contiene la respiración. O quizá solo la está conteniendo ella. Después, llegan los aplausos, los vítores. El murmullo siempre ordenado de Concordia transformándose en un grito de júbilo al que se unen Marmee, Meg, Amy, incluso Jo, mientras un escalofrío le recorre la espalda. «Esta vez ha sido rápido», piensa con alivio. A veces, los pobres infelices tardan varios minutos en dejar de sacudirse.

El acto todavía dura unas horas más: los cuerpos de los penitentes son descolgados con la mayor de las reverencias. Luego, uno a uno, los miembros del colegio de los Optimates hablan para un pueblo que se bebe sus palabras. Cuando por fin Jo y sus hermanas se despiden de la tía March y abandonan la plaza de la Paz, las pantallas públicas repiten con letras blancas sobre fondo negro los crímenes de los que en este día han purgado todas sus culpas. Por megafonía, una voz femenina, alegre y patriótica, agradece a todo el mundo su asistencia. Ha empezado a nevar cuando la familia March llega a las inmediaciones de su casa. Meg y Amy van charlando alegremente del brazo de su madre. Jo, en cambio, se ha quedado un poco más atrás. Le gusta atrapar copos de nieve y ser testigo de un instante de perfección justo antes de que estos se fundan con el contacto de su piel. De alguna forma, a ella le parece poético 17

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y Jo tiene por costumbre atesorar todas las cosas poéticas que la rodean, que son escasas y a veces no muy legales. Un cristal de hielo se le posa en la mano enguantada. Sin saber por qué, ese pequeño detalle hace que Jo se ría, aunque procura no hacerlo de forma estentórea y se lleva la mano a la boca para lamer la nieve convertida en una gota de agua. Casi puede escuchar a su madre reprendiéndola porque atrapar copos de nieve es algo que podían hacer de niñas, no ahora que ya son unas señoritas. Sin embargo, por si acaso, mira traviesa a su alrededor para asegurarse de que nadie la haya visto. Está todavía lejos del siguiente poste de vigilancia y las casas circundantes no parecen tener cámaras en la fachada. De todos modos, Jo da un respingo al encontrar otra cosa observándola: dos ojos. Ya lo ha visto otras veces: ojos oscuros, cabello ondulado, tez pálida como si no le diera el sol lo suficiente. Se trata del nieto del señor Lawrence, su vecino, que la observa desde una de las ventanas de la vieja mansión. Durante años la casa ha estado habitada solo por el anciano y muy honorable Lawrence. No se trata de un ciudadano cualquiera, sino del secretario de Higiene Social de Concordia. Jo cree haberlo visto pocas horas antes, en el acto de contrición. Sí, siempre lo han visto a él, con unos pocos sirvientes y ayudantes, pero desde hace unas pocas semanas ha llegado un nuevo inquilino. Uno de los mayores entretenimientos de Jo y sus hermanas es imaginar las historias que se ocultan tras las puertas de la mansión Lawrence. Que es un cautivo, ha aventurado Amy alguna vez con voz soñadora. Que su abuelo lo mantiene oculto en la casa por envidia, o venganza, como los héroes trágicos de las novelas que leen por las noches junto al fuego, conjeturó unos días atrás Meg. Jo, para asustarlas, a veces les ha contado que en realidad esa figura en la ventana no es el nieto de nadie sino un fantasma, un alma en pena que deambula por los pasillos polvorientos de la casa. «¿Puede ser cierto?», se pregunta de pronto, aunque ella misma se reprende por tener una imaginación demasiado fértil. Permanece unos segundos quieta, sin saber qué hacer, y luego se marcha apresuradamente hacia su casa. —¡Jo! ¿Qué estabas haciendo ahí afuera? —le pregunta su madre mientras se sacude en la entrada los zapatos cubiertos de nieve—. Acércate, 18

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criatura, o te vas a resfriar. Ha habido otro corte de electricidad y hoy solo tendremos el fuego para calentarnos. Josephine se detiene contrariada. —¿Crees que habrá un bombardeo esta noche? Se gira; está anocheciendo ya, pero las farolas de la calle no se han encendido. Solo hay luz en la mansión Lawrence y en las pantallas de información pública. Tras pensárselo un segundo, su madre niega con la cabeza. —No lo sé, querida. Si se produce un bombardeo, iremos al refugio y no nos pasará nada. Mientras de fondo escucha un lamento de Amy en respuesta a la falta de energía eléctrica, Josephine entra en la casa. —¿Tú crees en fantasmas, Marmee? —La señora March se yergue, pues en ese momento estaba avivando el fuego del salón, y le dirige una mirada extraña a su hija. Los habitantes de Concordia creen en muchas cosas. Por ejemplo, creen en que todo el mundo tiene derecho a la felicidad y que a la felicidad se llega a través de una vida recta, del respeto a las normas. Cree en la infinita benevolencia del Ministerio de Sanidad y de sus respectivos Secretariados. Sin embargo, en el Libro del Buen Ciudadano no se menciona si deberían creer en fantasmas o no—. Perdona, déjalo, no importa. Jo golpea el suelo con los pies de nuevo, aunque ya no haya rastro de nieve en sus zapatos. Se quita los guantes y, luego, con los dedos entumecidos por el frío, comienza a desabrocharse el abrigo. Cuando deja su Libro del Buen Ciudadano sobre la consola que hay en la entrada de la casa, se acuerda del papel que ha recogido del suelo. Todavía se encuentra en su bolsillo, doblado por la mitad, y Jo piensa que este es el momento idóneo para tirarlo si no quiere pasear esa nota por toda Concordia durante semanas. Casi sin pensarlo, tras cogerlo del bolsillo del abrigo, lo lee. No tendría que haberlo hecho. Sabe perfectamente que husmear en las cosas de los demás no está bien. Incluso si se trata de un papel olvidado, es de mala educación. En su defensa, Josephine diría que no lo ha hecho por malicia, sino por pura curiosidad; pero nada más leer las pocas palabras impresas en él siente como si se le desgarrara la boca del estómago. 19

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«La bondad no se encuentra en un libro.» Josephine March arruga el papel apretando la mano con tanta energía que piensa que no podrá abrirla de nuevo jamás. Necesita de todas sus fuerzas para no mirar hacia la cámara que da al vestíbulo. Se encuentra a su espalda. Es imposible que esos ojos que lo vigilan todo hayan leído lo que hay escrito en el papel. «Es imposible», se dice con una voz que querría imitar la de su madre, siempre tan serena. Conteniendo la respiración, con movimientos lentos que, en realidad, tratan de ser naturales, vuelve a introducir el papel arrugado en el bolsillo de su abrigo. Traga saliva y siente la garganta seca. ¿Qué va a hacer? No puede tirar el papel a la basura, se dice. Cualquiera podría encontrarlo, cualquiera podría descubrirlo. Necesita pensar fríamente. Josephine entonces suspira. Mete una mano en el bolsillo de su abrigo, como si estuviera buscando cualquier cosa, y deja el papel definitivamente allí. Después, con infinito esfuerzo, sonríe con inocencia mientras levanta la cabeza. Se da media vuelta. —¿Jo, querida? No percibe cambio alguno en el ritmo desaforado de su corazón al encontrarse de cara con su madre. No hay ya margen para que su ritmo cardíaco se acelere más. Por fortuna, las cámaras no pueden captar sus latidos desbocados. Solo su gesto. Su rostro es ahora sonriente y plácido, una máscara de piel y carne que nota muy tensa, como si llevara el pelo en un recogido demasiado apretado. —Sí, Marmee —responde, las manos contra el regazo, la espalda recta, el tono tan suave que su madre levanta una ceja, un tanto sorprendida. —Compórtate como un ángel y baja al sótano a por más leña. ¿Quieres? Aunque tengas que demorarte un poco. Que su madre le dé permiso para bajar al sótano tendría que haber sido motivo de alegría para Jo. Pero esta vez no es así. Esta vez, bajar al sótano le recuerda demasiado que por mucho que aparenten ser buenas ciudadanas, por mucho que ella, su madre y sus hermanas tengan esa apariencia virtuosa, en el sótano ocultan un crimen. —Podrían… ¿podrían ir Amy o Meg esta vez? La ceja de Marmee March, esa ceja de grandes dotes comunicativas, se levanta un poco más, la sospecha acumulándose justo en su ángulo superior. 20

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—Por supuesto, querida. —Me encuentro algo indispuesta —se excusa Jo bajando la cabeza. Sus propias palabras y su propia decisión le duelen, porque, crimen o no, en el sótano la espera una de las cosas que más quiere en este mundo; pero el miedo se ha convertido en un manto insoportablemente pesado.

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