«Muertes perfectamente evitables es un relato de terror rural, de familia y peligro. Es la novela gótica irlandesa que nos merecemos. Y Deirdre Sullivan es la sucesora natural de Angela Carter.»
Las gemelas Maddy y Catlin acaban de mudarse a Ballyfrann, un pueblo de lo más peculiar, aislado entre las montañas. Un lugar en el que, durante generaciones, han desaparecido varias adolescentes.
SARAH MARIA GRIFFIN
Catlin siempre ha sido la hermana segura de sí misma, y Maddy está acostumbrada a vivir en su sombra. Sin embargo, Ballyfrann amenaza con separar sus caminos, a la vez que Catlin se enamora y Maddy empieza a descubrir unos poderes que nunca hubiera sospechado tener. Maddy tendrá que buscar algo profundamente oculto dentro de sí misma si quiere evitar que su hermana pierda algo más que su corazón en este extraño pueblo.
«Esta novela es lo que el reboot de Sabrina quiso ser y no pudo: una historia emocionante e inquietante sobre el vínculo entre hermanas, el primer amor y la magia negra. Muertes perfectamente evitables te atrapa por su ingenio y su compasión, para golpearte después con su oscuridad, terror, y giros dignos de Stephen King o Shirley Jackson. Nadie escribe sobre adolescentes o brujas como Deirdre Sullivan, y Muertes perfectamente evitables es su mejor novela hasta la fecha.»
D E I R DR E S U L L I VA N
«Sullivan tiene muy buen ojo para lo inquietante, una tendencia a lo macabro, y el don de una prosa llena de belleza.» Louise O’Neill
DEIRDRE SULLIVAN
es una
galardonada escritora de Galway, Irlanda. Quedó finalista en el European Prize for Literature gracias a su novela Primperfect; era la primera vez que una novela juvenil era nominada para el premio. Otra de sus obras, Tangleweed and Brine, fue elegida Mejor Novela Juvenil en los Irish Book Award de 2017. Muertes perfectamente evitables es la pri-
Pero no hay una brújula para el corazón, y lo que ella siente que es correcto podría ser más peligroso de lo que ninguna de las dos sospeche.
mera obra de la autora que se traduce al castellano.
No hay nada seguro en Ballyfrann...
A Deirdre Sullivan le encanta leer, tejer,
DAVE RUDDEN
la autonomía corporal y las cobayas.
ISBN: 978-84-246-6672-9
Huesos en las montañas, magia en la sangre
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Deirdre Sullivan
Traducciรณn de Aida Candelario
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Primera edición: abril de 2020 Adaptación de la cubierta: Ariadna Oliver Maquetación: Argos GP Título original: Perfectly Preventable Deaths © 2020 Deirdre Sullivan (texto) Publicado originalmente en inglés bajo el título Perfectly Preventable Deaths por Hot Key Books, un sello de BonnierBooks UK. © 2020, AnnekaSandher (diseño de cubierta) © 2020, Elsa Klever (ilustración de la cubierta) © 2020, Aida Candelario (traducción) © 2020, La Galera (por esta edición) Dirección editorial: Ester Pujol Edición: Anna López La Galera es un sello de Grup Enciclopèdia Josep Pla, 95 - 08019 Barcelona 08019 Barcelona Impreso en Liberdúplex Depósito Legal: B-37-2020 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6672-9 Cualquier tipo de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta al CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que autorice la fotocopia o el escaneo de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.
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Prólogo
Madreselva (gripe, control de natalidad y veneno)
Nuestro padre murió en medio de las llamas cuando tenía veintiséis años y nosotras, dos. No nos acordamos. Solo nos quedan las historias. Recuerdos sensoriales, la sensación de la tierra blanda. Su nombre sobre una irregular losa de piedra caliza cubierta de liquen. De color naranja y blanco y con arrugas como un papel seco. El olor de la tumba incrustándose en nuestras uñas. Nuestros dedos deslizándose por los contornos de su nombre. Tom Hayes. Querido, te fuiste demasiado pronto. Un grupo de niños que estaban de excursión lo encontraron tirado en el bosque. En un pequeño claro redondo entre los árboles: hayas, robles, majuelos y olmos. Las hojas situadas debajo de su cuerpo ni siquiera estaban quemadas. —Siempre se preocupaba por lo que lo rodeaba —dijo una vez mamá—. Incluso al morir, mantuvo el bosque a salvo. No solemos hablar de ello. 9
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Puede que las imágenes con las que cuento no sean reales. Una voz. Un regazo. Ayudar a plantar las flores en el jardín. Unas manos pequeñas y otras grandes cubiertas de tierra. Los recuerdos son versiones de lo que pasó, historias que nos hemos repetido lo suficiente a nosotros mismos. La ficción se enreda como una hiedra alrededor de la realidad, para sofocar lo malo y fomentar lo bueno. Si no tienes cuidado, la hiedra puede devorar una casa. Hacer que se pudra. A veces, recuerdo cosas sobre plantas. Pequeños detalles que no sé dónde aprendí. Y me pregunto si lo sé porque él me lo contó cuando era muy pequeña. Lo más probable es que se lo oyera a mamá. No llegamos a conocer a papá para poder echarlo de menos. Pero hay algo en mí que piensa en él una y otra vez. Estirado como si estuviera bostezando, con los brazos extendidos y carbonizados. Y, tal vez por eso, Catlin va a misa. O por eso me despierto a veces tensa por el miedo, buscando algo impreciso que me haga sentir segura, o más segura en ese momento. El mundo no es predecible, precisamente. Pero, si se analiza de un modo científico, se puede encontrar una explicación para todas las cosas extrañas. Puede que no ocurra de inmediato ni lo logres tú, pero siempre hay una razón. Las cosas se pueden dividir en verdaderas y falsas, demostradas y sin demostrar. Analizadas, predecibles; aunque no se puedan evitar. De cuanta más información dispones, más puedes hacer para arreglar las cosas. El conocimiento es un poder mágico de la vida real que vas acumulando como hechizos para emplearlo en el momento oportuno. Vinagre, una cerilla. Sal y salvia. Lo tangible siempre resulta reconfortante. Poder rodearte de cosas. Aferrarlas. Todos contamos con pequeños talismanes que valoramos. Haya para la sabiduría. Olmo para la garganta. Aunque las cosas a las que te aferras… no te mantendrán a salvo. Al final, nada puede hacerlo.
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Salvia (parálisis, fiebre, prolongar la vida voluntariamente)
Cuando Drácula vino a Inglaterra, llegó dentro de una caja llena de tierra. Ese es más o menos el aspecto que presenta ahora el maletero de nuestro coche. Nos llevamos la mitad del jardín de papá a Ballyfrann con nosotras. Las plantas de interior, sobre todo, pero también algunos esquejes del jardín. Me entusiasma la idea de empezar a plantar cosas allí. Siempre me ha resultado relajante ayudar a algo a vivir. Brian envió furgones de mudanzas a por nuestras cosas. Grandes vehículos marrones sin logotipos. Los conducían hombres del pueblo, que cargaron y amontonaron nuestras pertenencias. —Los Collins y los Shannon —nos hizo saber Brian. Como si eso aclarara quiénes eran—. En Ballyfrann, siempre nos ayudamos unos a otros —añadió. Y mamá contestó: —Eso suena bien. Una verdadera comunidad. Los hombres continuaron sacando cajas afanosamente, y bebiendo espeso té negro con demasiada leche. Marrón como la tierra. Como hierba cobriza sobre las montañas. Quebradiza y muerta, 11
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aguardando la primavera. Catlin intentó determinar cuántos hijos tenían y lo buenos que estaban, basándose en la genética. No fue sutil. La lujuria nunca lo es. El crujido de los neumáticos sobre la grava. La masa aplastada que en otro tiempo había sido un gato. Una mancha machacada en la que nadie parece fijarse salvo yo. Reina la calma en el coche. Catlin lleva los auriculares puestos. La radio está encendida. Será un largo trayecto. Nos levantamos temprano para cargar las cajas en los furgones. Flanquearon el coche durante los primeros cuarenta minutos, luego nos detuvimos a repostar y siguieron sin nosotros. Brian afirma que saben adónde tienen que ir. Para ellos, es su casa. Nosotras tardaremos algún tiempo en considerarlo así. El pelaje, o lo que quedaba de él, parecía marrón. Trazo un dibujo sobre mis piernas, un pequeño y retorcido trisquel. Llevo un sobrecito de sal en el bolsillo. Como los que te dan en las cafeterías. Cera de vela. Un racimo de bayas. Siempre tengo los bolsillos de la ropa asquerosos. Hago cosas extrañas para repeler las amenazas. Los desechos se acumulan. No es algo muy científico por mi parte. Pero soy rara, y vamos a un sitio nuevo, y lleno de peligros. Veo sus rostros. Todas las chicas de las montañas. Las que murieron. Cuando mamá y Brian nos hablaron por primera vez del lugar en el que él había crecido, no me pareció real. Para ser sincera, sigue sin parecérmelo. Me pregunto si las cosas serán diferentes cuando lo veamos con nuestros propios ojos. Es raro, ¿verdad?, mudarnos a un sitio en el que no hemos estado nunca. Nunca hemos puesto un pie allí. Aunque no está demasiado lejos. En Irlanda, nada lo está. Otra gente vive en ciudades del tamaño de este país. Hemos visto fotos en el móvil de Brian. Y en el de mamá. La llevó allí a pasar algunos fines de semana cuando empezaron a salir. Se comprometieron dentro de los muros del castillo. Nosotras no estábamos presentes. 12
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—Mi padre construyó este castillo —nos contó Brian—. Era un hombre extraño. De ideas muy grandes. Antes aquí había unas ruinas, y compró el terreno con vistas a reconstruir la edificación original, pero luego… se volvió un poco loco. Hay lugares del castillo que ni siquiera yo conozco. Mi viejo tenía muchos secretos. Por lo visto, volverse «un poco loco» tiene un significado diferente cuando eres rico. El padre de Brian construyó un castillo a partir de otros castillos. Robó las partes que le gustaban de los sitios en los que había estado. Hay algunos elementos de Versalles, un poco de Kilkenny, y bastante de ese enorme castillo alemán en el que se basa el logo de Disney, Neuschwanstein. Aunque mamá opina que, por fuera, parece medieval. Me cuesta imaginármelo. En las montañas pega más un grupo de casitas, blancas como huevos, donde la familia Collins vive en su extraña comuna. Brian dice que son «la columna vertebral del pueblo», aunque tengo la sensación de que eso no resulta demasiado complicado en un pueblo de unos cien habitantes, si tu familia es lo bastante numerosa. Todo el mundo tiene un papel. Debe ser así, o las cosas se desmoronarían. Los Collins han formado parte del pueblo desde antes de que llegara el padre de Brian. Por ejemplo, Brian fue al colegio con Ger Collins, Mike Collins, Pat Collins y Tim Collins. Y esos no eran muchos Collins, dadas las circunstancias. —También habrá algunos Collins con vosotras en el colegio —nos informó Brian—. Edward y Charlene. Son buenos chicos. Clavo la mirada en un trozo de barba sin afeitar en su mentón, intentando sentirme interesada. El vello negro y gris se abre paso a través de la piel pálida. Me pregunto qué papel desempeña él en el pueblo. El cerebro, tal vez. No creo que sea el corazón. Desde que descubrió lo de los asesinatos, Catlin llama a la casa de Brian «el palacio de la muerte». Yo procuro ignorarla. Después de todo, no encontraron los cuerpos en el castillo. Pero hay algo en todo aquello que me atenaza las entrañas. Una intensa sensación 13
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de preocupación. Me araño la piel a través de las capas de ropa. Mi hermana me da un codazo en las costillas y alza las cejas. Respondo alzando las mías. Todo irá bien. Estoy segura. Pasamos un letrero verde: «Fáilte go Béal Ifreann - Bienvenidos a Ballyfrann», y Brian se detiene en el pueblo para comprar bolsitas de té y leche. Entramos en la tiendecita detrás de él y observamos las hileras de revistas, todas con rostros de mujeres, mirándonos. —Estas son mis hijas —le cuenta Brian a la mujer con cara de aburrimiento situada detrás del mostrador, que rechaza su cartera. —Considéralo un regalo de bodas, Brian. —Su voz suena animada, pero su semblante carece de emoción—. Encantada de conoceros, chicas. Soy Jacinta. Catlin me mira, como diciendo: «Cómo no». A Catlin no le cae bien nadie que se llame así. Una vez, conoció a una Jacinta que la hartó de algún modo, y le tiene manía a ese nombre desde entonces. Volvemos a subirnos al coche y Brian apaga las luces de emergencia. Al parecer, aquí puedes aparcar en zona prohibida si solo vas a «hacer un recadito rápido». No estoy muy segura de eso. Las normas se establecen por un motivo. Seguimos adelante. Por el camino, me doy cuenta de que estoy buscando algo que no consigo identificar. Una pista, un augurio. La mano de Catlin roza la mía y veo lo mismo que estoy sintiendo reflejado en su cara. Igual a la mía, pero diferente. Helen Groarke también fue como nosotras una vez. Era un ser humano, antes de convertirse en una historia. Una chica que desapareció hace unos cuatro años, cuando tenía más o menos nuestra edad, solo era un poco mayor. Durante el trayecto de quince minutos a pie de su casa al colegio. La encontraron en las montañas seis meses después. Dijeron que no llevaba mucho tiempo muerta. Analizaron las partes que consiguieron localizar. Un brazo, con las uñas pintadas de color morado con purpurina. Varios dientes con 14
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trozos de aparato pegados. Los restos de una caja torácica. Cuando mueres, tu carcasa se convierte en un puzle. Algo que analizar, trozo a trozo. Sin el cuerpo, o sin todo el cuerpo, es difícil establecer cuál fue la causa de la muerte. Pueden hacer pruebas, observar y aventurar suposiciones. Intentar establecer qué partes fueron devoradas y cuáles cortadas. Había marcas de mordiscos, «de un mamífero». Recuerdo haberme preguntado qué clase de animal se comería a una persona. Ya no hay lobos en Irlanda. No hay osos. Así que, ¿tal vez un zorro o un armiño gigante? Catlin enumeraba los nombres de todas las chicas muertas para justificar por qué la ponía nerviosa mudarnos allí. Amanda Shale, Nora Ginn, la pequeña Bridget Hora. Hace quince años. Veinte. Sesenta. Todas eran de nuestra edad, o casi. Los amigos de Catlin buscaron información, leyeron acerca del tema, hablaban de ello de esa forma morbosa como suele hacer la gente. Los detalles truculentos. Trozos de fémur, manchas de sangre en las piedras. Aquí las montañas son más pálidas, desprovistas de color. Hay un tono gris bajo el verde. No es como el sitio del que venimos. Todo lo que crece aquí tiene que esforzarse. No me cuesta imaginarme la muerte a nuestro alrededor. Este sitio tiene un aire hambriento. Dejamos atrás la oficina de correos y la pequeña iglesia. El colegio al que empezaremos a ir el lunes. La gasolinera, con un surtidor de aspecto prehistórico al lado de un enorme cucurucho de helado de plástico. La parte marrón de la barrita de chocolate clavada en el centro del helado se está desconchando. Parece la clase de sitio en el que la fecha de caducidad de todo es muy anterior a que naciéramos. Las colinas están plagadas de ovejas, chatas y sucias, como los restos de algodón que se te quedan pegados después de limpiarte la cara. Nos detenemos en la carretera para dejarlas pasar. Contemplo el paisaje, con los auriculares puestos y escuchando música. Le doy vueltas y más vueltas a nuestro futuro. 15
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Allá en Cork, cuando todavía contábamos con nuestra casa y nuestras cosas, resultaba más fácil pensar que esto sería una aventura. Que todo saldría bien, a pesar de la distancia y mi personalidad. Nos íbamos a mudar a un castillo. Un auténtico y enorme castillo en las montañas. Se me pasó por la cabeza que una construcción que se alza imponente en la ladera de una montaña no suele presagiar nada bueno en libros y películas, a menos que te interese enamorarte de un hombre taciturno con un terrible secreto, como mínimo. Algo que, francamente, suena un tanto agotador. Con suerte, ese no será el caso. —Todo irá bien —recuerdo haberle dicho a Catlin, y también a mí misma en el espejo. Y a nuestros amigos. Y a mamá. Y a las plantas. Pero, mientras lo decía, no dejaba de toquetear el pequeño rectángulo de papel que llevaba en el bolsillo. Los ásperos granitos de su interior. No iba bien. Antes de la mudanza (y, para ser sincera, todos los días desde que nació), la principal preocupación de Catlin consistía en no recibir suficiente atención. Nuestros amigos están obsesionados con ella, y yo soy el acompañamiento. Mi hermana tiene algo especial en los ojos. En la cara. En su forma de ser. Atrae a la gente. La adoran de inmediato. A mí lleva tiempo aprender a apreciarme. Como a las huevas de pescado. Catlin es como las patatas fritas con sabor a trufa, servidas en un cuenco con dibujos cósmicos. Encantadora, y probablemente más guay que tú. —Los sitios captan la energía de las cosas malas, Maddy —me dijo, detrás del salón de actos del colegio, cerca de los contenedores de la basura, donde la gente va a fumar. Hace una semana, cuando esto parecía una historia que nos habían contado, en lugar de algo real que estaba a punto de suceder—. La absorben y se queda ahí. Esperando… La miré. El uniforme se adaptaba a ella con elegancia, de un modo que el mío nunca se molestaba en conseguir. Llevaba el pelo 16
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recogido con un elástico y, de alguna forma, incluso eso le quedaba bien. Como si las gomas para el pelo fueran algo demasiado evidente, demasiado común. Esbocé una amplia sonrisa. —Catlin, tú naciste para vivir en un castillo. Relájate. Mientras el coche sigue avanzando, recuerdo su cara, la sonrisa reprimida, el brillo en sus ojos. Le encanta el drama. Pero las chicas de las montañas… eran personas, no simples detalles para hacer más interesante una historia. Las capas de muerte con las que Catlin ha recubierto este sitio y la casa de Brian me oprimen el pecho. Noto el cuerpo caliente, demasiado caliente. Tengo el estómago revuelto. ¿Cuánto queda?, pienso. Brian encorva los delgados hombros hacia el volante. Este hombre con el que mi madre se casó hace unas semanas siempre parece un poco tenso. Vestidos de azul en el juzgado. Su mano sobre la de ella, su anillo donde antes estaba el de papá. Sostuvimos el anillo en nuestras manos para calentarlo a modo de bendición. Me pareció muy pesado, más pesado que el oro. —Quiero ser un padre para vosotras, chicas —nos dijo la noche antes de mudarnos—. Un buen padre. No como lo fue el mío. Él quería que lo respetara, pero no era algo mutuo. —Cerró los ojos—. Después de que muriera… Mi padre tenía muchos secretos. Y he dedicado bastante tiempo y esfuerzo a resolver sus errores. Aunque él no me lo habría agradecido. —Por lo que parece, era un gilipollas —comentó Catlin, y le di un codazo. Brian nos dirigió una mirada impasible. Tenía la cara muy tersa y muy bien afeitada, salvo por un trocito del color de la aulaga que se le había pasado por alto. Me distraje mirando esa zona. —Puede que tengas razón. Mi padre era muchas cosas, como dicen por ahí. —Suspiró—. Yo quiero ser mejor que él. Pero, cuanto más escarbo, más me doy cuenta de que… es complicado. Temas de impuestos, en su mayor parte. No os aburriré con eso. 17
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Pero me picó la curiosidad. Los campos pasan a toda velocidad al otro lado de la ventanilla. Acercándose. Hay cruces en la carretera. Pequeños y duros objetos blancos como dientes que sobresalen como si fueran artefactos. Las cuento. Diez… Once. Doce. Trece. —Brian, ¿murió alguien aquí? —le pregunto. Él asiente con la cabeza. —Una familia de cerca de Athlone. Iban de paso, camino a otro sitio. Como la mayoría de la gente. El padre sufrió un infarto al volante y se estrelló contra un árbol. —Señala hacia un lado—. Lo talaron. Catlin me mira y articula para que pueda leerle los labios: «El palacio de la muerte». Le doy una patada en la espinilla. —Madeline me está dando patadas —se queja, y mamá pone los ojos en blanco. —Probablemente te lo mereces. Tú y tu «palacio de la muerte» —contesta nuestra madre, con la mano sobre la de Brian, que está apoyada en la palanca de cambios. Está enamorada de él. De este hombre callado cuyo padre construyó un palacio en el quinto pino. —No es un palacio —dice Brian—. Es un castillo. —¿Cuál es la diferencia? —le pregunto. —Un castillo está fortificado —me explica—. Un palacio simplemente es sofisticado. —¿Fortificado en qué sentido? —quiere saber Catlin. Brian nos sonríe. Mamá le pide que espere: —Quiero ver la cara que ponen. El coche se abre camino por el terreno, alejándonos de quienes somos. Noto la desconexión y trago saliva con fuerza. Y entonces llegamos allí. Aquí. Creíamos saber qué esperar. Pero, de pronto, nos vemos recorriendo un amplio y liso camino privado, que atraviesa un bosque, 18
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y, poco a poco, van apareciendo torrecillas, almenas y muros de piedra gris. Una especie de foso lleno de arbustos y plantas en lugar de agua. Hierbas marrones y verdes asomando, denso musgo verde. Grandes cuervos grises y negros se amontonan sobre los toldos. Observándolo todo con aire aburrido. Esta es nuestra casa. Es el lugar en el que vivimos. No puedo enfatizar lo suficiente cuánto se parece a un castillo el castillo de Brian. Tiene torrecillas, por el amor de Dios, jardines amurallados y un guardés. Parece sacado de un cuento de hadas. A medida que nos acercamos, vemos más partes de la construcción. Es una especie de collage. Cuatro minicastillos, unidos alrededor de un patio con un gran huerto y un invernadero de estilo victoriano. Y una fuente. Porque… ¿por qué no iba a haber una fuente? Esto es un castillo. La opulencia va implícita. Una cúpula de cristal se alza más o menos en el centro, como los bulbos de jacinto en la tumba de papá. Las fortificaciones significan que estamos protegidas, pero ¿por qué íbamos a necesitarlo? Solo es para alardear. No hace falta que me hormigueen los dedos. Toqueteo los granitos de sal a través del papel desgastado. Lo he manoseado tanto que está a punto de deshacerse. ¿Qué se puede hacer? Ponemos agua a hervir para preparar té.
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