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colecciรณn noema

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Puerta

Florence Delay

traducciรณn de Manuel Arranz

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de España

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Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte

Título:

Puerta de España © Florence Delay, septiembre de 2017 Edición original en francés: Mon Espagne Or et Ciel, Hermann Éditeurs, 2008. El capítulo “Ramón, momentos de genio” se publicó originalmente en La Séduction Brève, Gallimard, París, 1997, con el título “Moments de Génie. Ramón Gómez de la Serna”.

De esta edición: © Turner Publicaciones S.L., 2017 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com Primera edición: septiembre de 2017 De la traducción del francés: © Manuel Arranz, 2017 Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial. ISBN: 978-84-16714-18-6 Diseño de la colección: Enric Satué Ilustración de cubierta: Diseño TURNER Depósito Legal: M-24090-2017 Impreso en España La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com

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índice

Nota a la presente edición . .......................................................... 9 Con cielo despejado… . ................................................................. 11 Bajo la invocación de Federico ‘El verano de mis quince años…’ .................................................... 1 5 El pastor soldado ............................................................................... 43 Poesía en la guerra ............................................................................ 63 Pasaje Bergamín ‘Otoño de 1962…’ ............................................................................. 83 Círculo Beltenebroso ........................................................................ 99 El arte de abracadabra ..................................................................... 109 En el siglo de oro ‘En un sillón un hombre joven…’ ................................................... El primer caballero ........................................................................... Entremeses cervantinos .................................................................... A la faena, Celestina ......................................................................... ‘Celestina’, versión corta .................................................................. Vidas picarescas ................................................................................ Traducir a Lope es aprender a bailar .............................................. Paseo sonetos ..................................................................................... Calderón, episodios personales ....................................................... Calderón, el Pan y el Vino ...............................................................

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Sueños Ramón, momentos de genio ............................................................ 201 Los sueños no tienen futuro ............................................................. 227 Agradecimientos ............................................................................. 237

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nota a la presente edición

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uando era niña, pasaba todas mis vacaciones en Bayona, donde hay una “calle de España” e, incrustada en las fortificaciones de Vauban, una monumental “Puerta de España” que me hacía soñar. De la Puerta de España partía antiguamente la única carretera que conducía directamente a ella. Mis puertas, en cambio, fueron los libros. Fue primero leyendo y traduciendo como descubrí el país al que tanto debo. Mon Espagne or et ciel en francés, hoy Puerta de España, fue escrito para lectores franceses que, en general, no conocen España ni poco ni mucho. Por eso incluye tantos poemas, tantas citas, que un español conoce seguramente de memoria, así como datos históricos que tampoco necesita. Pero cualquiera sabe. Es posible que el afecto de esta “hispanista” le haga olvidar el poco afecto que le tiene a Francia.

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con cielo despejado…

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on cielo despejado se la veía, se la podía tocar casi entre Saint Pierre de Irube y Hasparren, por los caminos escarpados que las tropas napoleónicas tomaron para invadirla. En la Chambre d’Amour o en la Grande Plage, se tenía la impresión de nadar hacia ella. Una de las puertas de Bayona llevaba su nombre como si se abriera directamente sobre ella. Y la podía ver también desde más lejos, cuando el tiempo era bueno, desde la colina de las Landas donde pasaba parte de mis vacaciones de verano. Aunque de repente ya no la veía porque estaba leyendo. Leyendo el primer libro que me dio el sentimiento de la literatura. Fue una novela francesa, absoluta y magníficamente francesa, la que me produjo, misterio, la sensación de ser española. Como si, obligada como estaba a recurrir febrilmente al diccionario en cada página, estuviera escrita en aquella lengua desconocida que se habla tras los montes, del otro lado de los Pirineos. Juzguen por ustedes mismos: Cinco o seis sillas recubiertas de terciopelo, que había podido ser encarnadino pero que los años y el uso habían vuelto de un rojizo sucio, dejaban escapar la borra por los desgarros del relleno y cojeaban sobre unas patas impares como versos escazón o combatientes lisiados volviendo a casa después de la batalla. En realidad no era el léxico lo que me impresionaba, era la frase. Pero no podía saberlo. No tenía entonces más que trece o catorce años. Aquella novela me parecía muy ligada a mi suerte. Me sentía como el héroe en Chalosse. Si la enorme mansión de mis padres en la colina no se parecía en nada a su castillo en ruinas, el joven barón con el que me identificaba comía como yo jamón de Bayona y disfrutaba de un “vulgar potaje”, sopa de col con tocino y picatostes cocinados 11

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a fuego lento en la grasa de oca que llaman garbure. Además, el carro de Thespis (diccionario: Thespis, poeta griego al que se atribuye la creación de la tragedia, del actor, y de la introducción de la máscara) llegaba al “castillo de la miseria” cargado de comediantes y tirado por bueyes. Ahora bien, no solamente yo presentía que representar obras de teatro es la mejor manera de prolongar indefinidamente los juegos de la infancia, sino que cuando el Citroën de mi madre se averiaba en medio de la cuesta empinada que llevaba a “Miradour”, íbamos a buscar a la granja vecina un par de bueyes con una tiara en la testa para tirar del coche. Resumiendo, el destino me guiñaba el ojo. Partir en aquel carro con los comediantes, el Leandro, el Scapin, el Matamoros, convertirme en actor como el joven Sigognac, aquello era la auténtica vida. Los papeles de las mujeres no me tentaban. Ni la Serafina, ni la graciosa a la que llamaban morena, gitana un poco intrigante, me decían nada… En cambio, tomar el relevo de Matamoros cuando muere y representar el papel del capitán Fracasse me atraía mucho. Me veía saliendo de escena después de mis baladronadas y, con mi traje de calle Luis XIII, ir a batirme en duelo con mi rival Vallombreuse. El bandido maleante, Agustín, calzado con alpargatas y armado con una inmensa navaja de Valencia no me asustaba realmente, y las palabras españolas me hacían estremecer de felicidad. En la hoja del cuchillo caído del bolsillo de Chiquita puede leerse: Cuando esta víbora pica No hay remedio en la botica.* Y envidiaba a Isabel que descubre la amenaza, pues “la joven chapurreaba el castellano refinado como todas las personas algo instruidas en aquella época”. ¡En Francia, en el siglo xvii, éramos muy españoles! Le Capitaine Fracasse de Théophile Gautier entremezclaba mis dos futuras pasiones: el teatro y España.

* En castellano en el original.

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Bajo la invocaciรณn de Federico

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‘El verano de mis quince años…’

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l verano de mis quince años fue el de mi primer viaje. Había repetido el tercer curso y, a mitad del año escolar, la directora del instituto había citado a mi madre: después de recuperar el retraso, iba a perder el tiempo el último trimestre. Así que nos aconsejó vivamente un viaje a los países de las lenguas vivas. Y así es como fui a Inglaterra en primavera y a España en el mes de agosto. Entre ambos viajes tuve en París un encuentro decisivo. Mi hermana me acompañó de Bayona a Irún y me dejó en el tren que iba directo a Barcelona. Una vez se dispersaron los viajeros, dos mujeres que se habían quedado en el andén de la estación se me acercaron. Una era de una belleza sombría, rara, muy diferente a la belleza de mi madre. Irradiaba luz a través de sus rizos, de un negro casi azul, unos ojos de azabache, unos labios rosa carmín dibujados con pincel. Me entró una inquietud: ¿a cuál de aquellas dos mujeres se me encomendaba? Pues había sido la otra, un monumento, la que me había dirigido la palabra en francés con un marcado acento catalán. ¿Con cuál iría a Villafranca del Penedés? ¿Cuál de las dos tenía una hija de mi edad que se llamaba Merced en plural, o Misericordia, y una hermanita llamada Dolores? ¿A cuál de las dos pertenecía el lugar en que pasé mi primera noche entre dos sábanas, sin colcha de tanto calor como hacía? Al día siguiente tuve la respuesta: me fui con la belleza cuyo nombre era Luz, Lucía. Y dio comienzo uno de los meses más hermosos de mi vida. Al final lo convertí en un capítulo de mi primera novela, Minuit sur les jeux: solo una novela puede dar una idea de todo aquello. Respecto al encuentro que tuvo lugar entre Inglaterra y España, en París, en casa de mis padres, fue tan importante que todavía no he olvidado, yo que practico el olvido, cómo mi madre me había arreglado para presentarme a un poeta al que quería y que la quería. Me estoy 15

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viendo todavía, con una falda de tela blanca de cintura ancha muy ajustada, y una parte superior azul marino con rayas blancas, saludar a un hombre inmenso, un metro noventa, más alto que mi padre. Y mamá, entre los dos, presentándome. Más tarde tomaría a menudo el camino de la rue de Chanaleilles donde vivía René Char. Era tan generoso como enorme. Cuando volví de España, dándose cuenta de mi reciente pasión, me regaló un grueso volumen en cuya cubierta de cuero marrón figuraba como si fuera un dibujo una firma en oro: Federico García Lorca. Me regaló sus Obras completas que acababan de salir en Aguilar. Toma, me dijo, y traduce lo que más te guste. Elegí esta cancioncilla: Cancioncilla del primer deseo En la mañana verde, quería ser corazón. Corazón. Y en la tarde madura quería ser ruiseñor. Ruiseñor. (Alma, ponte color de naranja. Alma, ponte color de amor.) En la mañana viva, yo quería ser yo. Corazón. Y en la tarde caída quería ser mi voz. Ruiseñor.

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‘el verano de mis quince años…’

(¡Alma, ponte color naranja! ¡Alma, ponte color de amor!) * Canción Por las ramas del laurel van dos palomas oscuras. La una era el sol, la otra era la luna. ‘Vecinitas’, les dije, ‘¿dónde está mi sepultura?’. ‘En mi cola’, dijo el sol. ‘En mi garganta’, dijo la luna. Y yo que estaba caminando con la tierra a la cintura vi dos águilas de mármol y una muchacha desnuda. La una era la otra Y la muchacha era ninguna. ‘Aguilitas’, le dije, ‘¿dónde está mi sepultura?’. ‘En mi cola’, dijo el sol. ‘En mi garganta’, dijo la luna. Por las ramas del cerezo vi dos palomas desnudas. La una era la otra Y las dos eran ninguna. René Char publicó estas primeras traducciones mías en una revistilla de poesía, de menos de diez páginas, La Carotide, que imprimía en Alès su amigo Pierre André Benoît.* * La Carotide, ii, Alès, 1956; La Carotide, vi, Alès, 1957.

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Primer deseo: ser corazón y ruiseñor, una misma y su voz, mientras que en el sonido de la lengua española entraban el sol y la luna que yo no había notado en francés. La canción de las palomas oscuras me fascinaba y me estremecía al mismo tiempo. En un sueño, uno de los primeros que anoté, yo era la muchacha que no era ninguna. Desnuda, tendida en una cama que puedo ver todavía, sometida a una mano románica amenazante. Esta mano de largas falanges, que se parecía a la mano de Dios en el fresco del maestro de Tahull, tenía el poder de transformarme y hacerme pasar continuamente de una a otra forma. Volviendo a abrir el libro que fue mi Biblia durante años, y que como toda Biblia que se respete está en muy mal estado –tendré que llevarla cuanto antes al encuadernador de la rue Monsieur le Prince que me ha encuadernado ya mi enorme Don Quijote ilustrado por Gustave Doré–, experimento la misma sensación que cuando entro en un mundo recién creado y en el que quiero vivir. He debido de hacerlo mío al aprendérmelo de memoria pues los poemas me vienen a los labios a medida que los recuerdo. Vuelvo a respirar la menta, el jazmín –jazmín de mi primer perfume que se llamaba Joy, como la alegría de los trovadores. Y el basílico, la albahaca,* palabra que por un lado viene del latín y por el otro del árabe. Oigo a los gallos cantar al alba. Oigo a los grillos cantar cuando se apagan las luces y a las flores posarse sobre sus cuerpos. “La rosa azul de tu vientre”, la reconozco, es una mujer. “La oscura magnolia de tu vientre”, la reconozco, es un hombre. O a la inversa, si el uno es la otra. Los ángeles y los arcángeles también tienen cuerpo. Surgen muy diferentes a como yo los imaginaba. San Miguel de Granada “en la alcoba de su torre / con las enaguas cuajadas / de espejitos y entredoses”. San Rafael de Córdoba, “el arcángel aljamiado / de lentejuelas oscuras”. San Gabriel de Sevilla, “un bello niño de junco / anchos hombros, fino talle, / piel de nocturna manzana”. Y como un rezo, la Lola canta. Canta saetas, esas coplas lanzadas como otras tantas flechas amorosas hacia Cristo y su madre, cuando los pasos de las procesiones salen de las iglesias, la noche de viernes santo, sobre carros arrastrados por penitentes * En castellano en el original.

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que las pasean hasta el alba. Como si fueran barcos navegando por las calles. Quisiera estar contigo Como los pies de Jesucristo: El uno encima del otro Y un clavito entre los dos. ¡Cómo no confundir lo profano con lo sagrado! El nuevo mundo que descubro es andaluz. Su heroína es la luna intranquila, inquieta, que abre los brazos para mostrar sus senos de estaño. En su blancura almidonada, desea ser otra cosa. Una rosa, por ejemplo. Y descubre los caminos ignotos del día. Se pensaría de ella que es mortal, mientras que es inmortal. Y como se mueve y danza incluso cuando tiene miedo, la tomo por mi modelo. Sí, quiero como ella crecer hasta sentirme llena, decrecer para volver a empezar y estar otra vez llena. El mes que viene, o mejor aún cada primavera, puesto que resucita en la primavera según su poeta, y yo nací un 19 de marzo. ¡Qué serena parece ahora, redonda en piedra lunar, sobre la empuñadura de mi espada de académica! Antoñito el Camborio se convirtió en mi héroe, rizos azul metálico, piel de jazmín y aceituna, zapatos color corinto. Detenido por la guardia civil en el camino de Sevilla adonde va a ver los toros, y luego apuñalado por sus primos. Justo antes de morir, llama ¡ay Federico García! Como si este último pudiera salvarle. La presencia física del poeta junto a él provoca un sobresalto. ¿No le ha salvado? La imagen de los “gitanos de España”, maltratados y despreciados, cambia cuando uno lee el Romancero gitano: dieciocho romances célebres antes incluso de haber sido publicados, en 1928, pues Federico los recitaba a sus amigos en cualquier parte, como todos sus poemas.* Cuando recitaba, como cuando se ponía al piano o tocaba la guitarra, sus amigos decían que se transfiguraba. La hermana de Salvador * Romancero gitano (1924-1927). Otros poemas del teatro (1924-1935), Madrid, Alianza Editorial, 2015.

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Dalí hablaba de él como de un cisne que fuera del agua es torpe, sin gracia, pero tan bello en cuanto empieza a deslizarse por el agua que embellece todo su entorno. Añadía que era de una gran sencillez y jamás tuvo la enorme pretensión que caracterizaba a su hermano. El éxito del Romancero fue tan grande que le afectó. Federico se rebeló contra su repentina fama. Una de las razones fue que Salvador, seis años menor que él, al que había conocido en la Colina de los Chopos, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, cantado en una Oda que presiente extrañamente la pintura por venir, con quien había dibujado los trajes y los decorados de su primera obra, se mostró bastante reticente, crítico y arbitrario con este libro. Dalí, con otro amigo de la Residencia, Luis Buñuel, pronto haría una película: Un perro andaluz. ¿Ese perro andaluz es una alusión al autor del Romancero gitano? ¡Cuántos malentendidos ha suscitado el gran poema sobre Andalucía! Pero debemos estar agradecidos a la falsa celebridad del poema, pues permitió que Lorca en persona lo retomara, en octubre de 1935, en la Residencia de Estudiantes de Barcelona, donde recitó y comentó su Romancero. Y ahora lo voy a decir. Un libro antipintoresco, antifolklórico, antiflamenco. Donde no hay ni una chaquetilla corta ni un traje de torero, ni un sombrero plano ni una pandereta, donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje, grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena, […] que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia ni con ninguna aflicción o dolencia de ánimo, que es un sentimiento más celeste que terrestre; pena andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y que no puede comprender. Hoy, en que comprendo la pena del “Romance de la pena negra” y la soledad de Soledad, me pregunto si la intolerancia manifiesta por Buñuel y Dalí, fieles a los principios de André Breton, no proviene del rechazo a esos “fondos milenarios” que Lorca reivindica. Pues el 20

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aire que sopla en el Romancero gitano es puramente popular: viene del pueblo y vuelve al pueblo. Populares son el canto y el cuento, pensaba y demostraba Antonio Machado.

romancero

El Romancero a secas, sin ningún calificativo, es una inmensa antología de antiguas poesías anónimas, en octosílabos cuyos versos pares riman en asonante, que provienen sin duda de las canciones de gesta. El Romancero canta y cuenta el pasado, mezcla la leyenda y la historia, del rey visigodo don Rodrigo y los enfrentamientos entre caballeros moros y cristianos en las fronteras de sus respectivos reinos, hasta la caída de Granada. Uno de sus ciclos más conocidos es el del Cid. Sin el Romancero, la atrevida afirmación de Lope de Vega en el siglo de oro: “Historia y poesía pueden ser una misma cosa”, ¿habría sido posible? Lope, capaz de componer toda una obra a partir de algunos versos extraídos de un romance, los escribió, como Góngora. Con el paso del tiempo, los romances de los poetas más conocidos añadiéndose a los anónimos formaron el Romancero general, muy apreciado por los románticos, que no es solo un tesoro nacional, sino universal. Lorca pronto se sintió a gusto con esta forma, cuyo encanto se da cuenta que viene del relato, pues cuando el romance se convierte en lírico, sin el eco de ninguna anécdota, se transforma en canción. Como este viejo romance: Romance del conde Arnaldos ¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del mar, como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan! Con un falcón en la mano la caza iba a cazar, 21

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vio venir una galera que a tierra quiere llegar. Las velas traía de seda, la jarcia de un cendal, marinero que la manda diciendo viene un cantar que la mar facía en calma, los vientos hace amainar, los peces que andan en el hondo arriba los hace andar, las aves que andan volando en el mástil las hace posar. Allí fabló el conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá: ‘Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar’. Tal respuesta le fue a dar: ‘Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va’. Escuchen bien su respuesta: los dos últimos versos transmiten la esperanza de que la canción secreta produzca en nosotros el mismo efecto de arrobamiento que en el mar, los vientos, los peces, los pájaros. En su Romancero gitano, Lorca trata de “fundir el lenguaje narrativo con el lírico, sin que ninguno de ellos pierda su calidad”. Maravillosa unión. Desde los primeros versos del “Romancero sonámbulo” surge una sensación de drama que uno no sabe exactamente de dónde proviene. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña.

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El aire, el agua, la tierra, que atraviesan un viento, un barco, un caballo, dictan la acción. El color viene a continuación –sonámbulo y lírico. Verde que te quiero verde. Verde eres tú, así te quiero, así te amo verde. Amar y querer son un solo y único verbo. El poema entero tiene como clave musical ese verde fantasma, más cercano al blanco mortecino de Zurbarán que a la esperanza. Una gitana en su balcón sueña en el amargo mar mientras espera a aquel que galopa hacia ella en la montaña, y que va a morir. Pero ¿qué es lo que ha pasado? Jacques Roubaud dice siempre: “La poesía dice lo que dice diciéndolo”.

a las cuatro de la tarde

Al final de las Obras completas, están sus dibujos y la música de las canciones populares que ha recogido y a las que ha puesto música para una amiga cuyo verdadero nombre ha olvidado todo el mundo –Encarnación López Salvez– pero no su apodo de Argentinita, diminutivo que la distingue de la otra, la gran Argentina. La pequeña Argentina cantaba, bailaba y vivía un gran amor con el torero Ignacio Sánchez Mejías. Escuchando a la Argentinita, acompañada al piano por Federico en persona, y a Victoria de los Ángeles cantar todos los aires y palabras de las tres hojas, de las morillas de Jaén, de los cuatro muleros, de los mozos de Monleón que van a torear un toro de ocho años (demasiado viejo, demasiado peligroso), y el Zorongo y la Tarara me vienen a la memoria. Yo había descifrado y cantado todo eso acompañándome de la vieja guitarra que hoy se encuentra oculta tras una cortina de mi habitación. Mientras canturreo dos tonos más bajo a Victoria y a la Argentinita cuando cantan El Café de Chinitas –un café de Málaga donde acostumbraban actuar los mejores cantantes de cante jondo– las palabras me producen el mismo extraño efecto. “En el café de Chinitas, dijo Paquiro a su hermano: soy más valiente que tú, más torero y más gitano. En el café de Chinitas dijo Paquito 23

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a Frascuelo: soy más valiente que tú, más gitano y más torero. Sacó Paquito el reló y dijo de esta manera: ‘Este toro ha de morir antes de las cuatro y media’. Al dar las cuatro en la calle se salieron del café y era Paquito en la calle un torero de cartel”. (Digno de figurar en el cartel). Y eso es todo. Sobre el porqué del desafío, sobre el desenlace, silencio. Y mira por dónde una noche, en Belleville, donde se celebraba el cumpleaños de nuestro amigo Francis cantando, un gitano de Montreuil me dijo que el principio no es “dijo Paquiro a su hermano”, sino “dijo Paquiro a un germano”. Misma etimología, salvo que en lenguaje caló el segundo es un rufián. Todo se explica cantando.

a las cinco de la tarde

Lloré la muerte del torero más célebre de la historia de la poesía antes de haber asistido a una corrida de toros y de darme cuenta de qué es lo que pasa en el ruedo. “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, dedicado a la Argentinita, supera las circunstancias y las fronteras. La muerte de una sola persona se convierte en presagio y destino de un mundo que pronto estará vacío. Hay que leer este Llanto –Lágrimas, Lamento– en voz alta, como hay que leer las sublimes “Coplas a la muerte del maestre de Santiago, su padre” de Jorge Manrique de las que Federico toma prestados algunos matices. La cogida y la muerte. La sangre derramada. Cuerpo presente. Alma ausente. Cuatro elegías de las que la primera aparece escandida por la repetición del verso “a las cinco de la tarde”, hora en la que Ignacio entra en el ruedo donde le esperaba la muerte en la cuna de los cuernos. Ignacio se había retirado de los ruedos, escribía para el teatro, y a los cuarenta y tres años había decidido volver. Había firmado cuatro contratos, después de los cuales pensaba retirarse definitivamente. En la víspera del último, aceptó uno más, a regañadientes: sustituiría a Domingo Ortega, herido en Manzanares, un municipio de La Mancha. Fue allí, el 11 de agosto de 1934, donde lo cogió un torito 24

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negro, bravucón y ansioso, nos cuenta José Bergamín, que asistió en primera fila a esta corrida. Bergamín acompañó a su amigo en la enfermería primero, luego en la ambulancia que tuvo una avería en el camino, y finalmente en la habitación sofocante de calor de la clínica madrileña. Cuarenta horas duró la terrible agonía. “Muerte perezosa y larga”. La noticia de la “vuelta” de Ignacio había enloquecido a Lorca. Como si presintiera lo que iba a ocurrir. No se encontraba en Manzanares, pero ya el sábado por la tarde se había enterado de la cogida. Hora a hora siguió la agonía de Ignacio, sin poder decidirse a entrar en la habitación del hospital. Un auténtico grito escande el segundo movimiento del Llanto: ¡Que no quiero verla! Deja Madrid sin haber visto ni velado el cuerpo expuesto en una capilla ardiente. Ese velatorio que en España se llama “cuerpo presente” lo hará lejos de cualquier iglesia en el tercer canto, compuesto en alejandrinos más largos que los nuestros; es el verso más largo de la métrica española. Dejando el cuerpo de Ignacio, el bien nacido, tendido sobre la piedra, observándolo habituarse a la muerte hasta la desaparición del alma, hasta convertirse en nada, “no te conoce el toro ni la higuera, ni caballos ni hormigas de tu casa”. Alma ausente. “Porque te has muerto para siempre”. Ternura punzante de esta certeza. ¡No podía acostumbrarme! Cuerpo y Alma se separaron ahí, delante de mí, por primera vez. Pero yo no entendía el alcance de su separación más que permutando los adjetivos. Si el cuerpo acababa por perderse “en la plaza redonda de la luna”, pensaba yo, él estará ausente para siempre, y el alma presente puesto que ha pasado al canto. ¡Debo mucho a mis contradicciones! Pronto vendría Calderón en mi ayuda y no me quitaría toda la razón. Mientras escribía el Llanto, en Santander, Federico le confiaba a Marcelle Auclair: “Aunque parezca extraño, no me rebelo. La muerte de Ignacio es como mi propia muerte, un aprendizaje para mi propia muerte”.

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