Adolph Knigge
DE CÓMO TRATAR CON LAS PERSONAS Traducción, introducción y selección de textos de José Rafael Hernández Arias
sumario Prólogo de José Rafael Hernández Arias
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Primera Parte Introducción
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Capítulo uno Observaciones y reglas generales sobre el trato entre los seres humanos
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Capítulo dos Sobre el trato con uno mismo
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Capítulo tres Sobre el trato con personas de diferentes temperamentos y disposiciones de ánimo
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segunda Parte Capítulo uno Del trato entre personas de distinta edad
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Capítulo dos Del trato entre padres, hijos y parientes
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Capítulo tres Del trato entre cónyuges
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Capítulo cuarto Del trato con y entre enamorados
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Capítulo seis Sobre el trato entre amigos
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Capítulo ocho Comportamiento con los caseros, los vecinos y otros que viven con nosotros en la misma casa
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Capítulo nueve Sobre la relación entre el anfitrión y el huésped
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Capítulo diez Sobre las relaciones entre los benefactores y aquellos que reciben actos benéficos, así como entre maestros y alumnos, acreedores y deudores
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Capítulo once Sobre el comportamiento con gente en situaciones especiales
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Capítulo doce Sobre el comportamiento en distintas ocasiones de la vida
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tercera Parte Capítulo uno Sobre el trato con los grandes de la tierra, con príncipes, aristócratas y ricos
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Capítulo dos Sobre el trato con las personas humildes
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Capítulo cinco Sobre el trato con académicos y artistas
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Capítulo seis Sobre el trato con personas de diversas profesiones en la vida civil
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Capítulo siete Sobre el trato con personas de toda índole de formas de vida y de oficios
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Capítulo nueve Sobre el modo de tratar a los animales
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Prólogo Con este volumen ponemos en las manos del lector una selección de la célebre obra de Adolph Freiherr Knigge De cómo tratar con las personas, dando preferencia a aquellos pasajes que se han mostrado más resistentes al paso del tiempo y que hoy siguen seduciendo por su discreción, ingenio y sagacidad*. En Alemania, donde transcurrió la vida de su autor entre 1752 y 1796, estas observaciones y razonamientos forman parte del acervo cultural y se los considera el núcleo ético elemental que se requiere para garantizar una convivencia armónica en la sociedad. Por esto mismo no se pueden reducir a un manual al uso de buenos modales, de etiqueta, de protocolo o del arte de conversar, sino que, como especificaba en el mismo título la traducción inglesa, efectuada poco después de su publicación en Alemania, se entendía como una contribución a la filosofía práctica de la vida, a ese género del pensamiento que se ocupa fundamentalmente de los problemas que resultan de la coexistencia humana, y que cuenta con representantes tan prestigiosos como Aristóteles, Ci-
* Esta selección respeta la numeración de los capítulos y epígrafes de la obra completa original.
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cerón, Séneca, Baltasar de Castiglione, Gracián, Lord Chesterfield o Schopenhauer. El barón Von Knigge descendía de un noble linaje cuya historia familiar se puede rastrear sin dificultad hasta el año 1135. Vivió durante su infancia en una gran casa con todas las comodidades de la época para un miembro de la nobleza. Fue testigo, asimismo, de los conciliábulos masónicos en los que participaba su progenitor y probablemente asistiera a sus experimentos alquímicos, tan de moda por aquellos años entre las clases privilegiadas. Nada hacía pensar que tras esa fachada de dignidad señorial se estaba acumulando una montaña de deudas de unas dimensiones difíciles de abarcar. Su madre falleció cuando su hijo contaba once años, su padre cinco años más tarde, y fue entonces cuando salió a la luz la catástrofe financiera de los Knigge. Ingo Hermann, uno de los biógrafos del escritor alemán, ha calculado que esa deuda podría haber equivalido a unos cinco millones de euros actuales. No hace falta decir que, una vez fallecido el padre, los acreedores no perdieron tiempo en lanzarse sobre la herencia, a consecuencia de lo cual se embargaron todas sus propiedades, y aquellas que aún eran rentables se pusieron bajo un administrador. En cualquier caso, Knigge recibió una pequeña asignación decretada por el juez que cubriera sus estudios y sus necesidades existenciales. El 23 de octubre de 1769 Knigge se matriculó en la facultad de Derecho de Gotinga y poco después inició también el estudio de la rama financiero-administrativa. A la sazón, Knigge era un joven emprendedor, alegre e ingenioso, con gran talento para la conversación y para entretener a los demás. Es posible que la decisión de estudiar una carrera universitaria procediera del padre, cuya mentalidad ilustrada influiría en el hijo, pero en cualquier caso la situación financiera desastrosa le obligaba a dar ese paso. Durante la carrera cultivará sus inquietudes intelectuales y encontrará a sus dos autores preferidos, Rousseau, en de-
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trimento de Voltaire, y Laurence Sterne, de quienes encontramos profundas huellas a lo largo de toda su obra. Knigge tenía aspiraciones, era un hombre ambicioso, quería prosperar, ascender en la escala social e influir en su entorno, no tanto por ganas de medrar como por la posibilidad de contribuir al progreso y a la felicidad de sus congéneres. Para lograr esto, se propuso seguir una carrera en la corte. Y gracias a ciertos apoyos consiguió un puesto, incluso antes de terminar la carrera, en la corte de Federico II de Hesse-Kassel, un pequeño soberano que hacía su agosto alquilando soldados allá donde se necesitaran, ya fuera a los ingleses para combatir a los rebeldes independentistas americanos, o a otros soberanos europeos, sin importarle que sus soldados lucharan al mismo tiempo en bandos enfrentados. Así pues, Knigge se sintió afortunado cuando el 19 de marzo de 1771 entró en la corte en calidad de Hofjunker y tres días después se le nombró asesor de la cámara de guerra y dominio público. En la corte, y como noble, no podía aspirar a cobrar un salario; al contrario, el cargo era en esencia honorífico y, al serle inherente la obligación de mantener un nivel de vida elevado, solía terminar costando dinero. Desde un principio Knigge no se sintió a gusto en ese mundo de las apariencias; no obstante, sus ambiciones y esperanzas seguían motivándole y contaba con unas aptitudes muy apropiadas para la corte: tenía ingenio, sabía agradar, era creativo y podía ser muy trabajador. Pero un incidente, fruto de involucrarse en los enredos entre el soberano y su esposa, le hizo perder la confianza del primero y decidió abandonar la corte. Debemos abordar ahora una faceta en la vida de Knigge esencial para comprender su personalidad, nos referimos a su afiliación a la masonería y a su interés por las sociedades secretas. Consciente de que la pertenencia a esa fraternidad era esencial para ascender en la corte, no tardó en hacerse miembro de la logia local. Por aquel entonces la masonería era un fenómeno
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relativamente joven. Es probable que para Knigge estuviera en primer plano la fraternidad entre sus miembros, el apoyo mutuo y la solidaridad, pero tampoco se puede negar que se sentía atraído por el elemento misterioso, por los secretos que supuestamente atesoraba y que, según se decía, habían sido heredados de la Orden de los Templarios. Como él mismo expresó con posterioridad, su entusiasmo por todo lo misterioso no conocía límites, y lo más incomprensible le parecía lo más venerable. En la última fase de su vida hablará de esta obsesión por sociedades y órdenes secretas como de una enfermedad de su época. Knigge no se conformaba con medias tintas, así que se adhirió a una rama, denominada de la estricta observancia, fundada por el Reichsfreiherr von Hund, y que cultivaba con especial unción la parafernalia templaria. Sus aspiraciones, en una persona ambiciosa como él, consistían en ir subiendo los distintos escalafones para poder influir en la orientación de la logia, y tampoco ocultaba sus pensamientos para reformarla. No tardó en recibir un jarro de agua fría. Su deseo de alcanzar los grados superiores de la logia se vio obstaculizado por impedimentos continuos, y cuando dio a entender con toda claridad que no solo ambicionaba esos grados, sino que era su derecho obtenerlos, la respuesta que recibió no dejaba lugar a dudas: los gerifaltes se negaron a admitirle y a revelarle los secretos porque no era ni acaudalado ni influyente. No pudo sentirse más humillado y ofendido. A finales de marzo de 1775 Knigge presentó su dimisión al Landgrave de Hesse-Kassel, y ese mismo verano se retiró con su familia a una propiedad en Nentershausen, perteneciente a su suegra. Allí se dedicó a proseguir sus estudios y a escribir obras de teatro. Pero la necesidad de encontrar una fuente de ingresos se hizo acuciante. Admirador del rey de Prusia, Federico II, de tendencias ilustradas, decidió escribirle solicitando un puesto en su administración. El mismo rey, sin embargo, rechazó la solicitud en una carta de su puño y letra, alegando que tenía que dar prio-
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ridad a sus propios súbditos. Intentó asimismo recuperar las propiedades paternas, que llevaban ya más de nueve años en manos de los acreedores, pero todo fue en vano. A continuación, dirigió sus esperanzas al Ducado de Sajonia-Weimar-Eisenach, que se estaba convirtiendo en un foco cultural y donde residía Goethe, pero salvo un título honorífico no consiguió nada. Así que, frustrado con sus fracasos, volvió a apostar, pese a la decepción previa, por las sociedades secretas, ya que en ellas presuponía a hombres como él, interesados en el progreso y en la Ilustración y dispuestos a trabajar honradamente en pro del género humano. Esta vez se sintió atraído por la Orden de Rosacruz, fraternidad cuyo origen se atribuía a un personaje semilegendario, Christian Rosenkreuz, nacido en 1378, que supuestamente tuvo acceso a una serie de misterios orientales durante su peregrinación a Jerusalén. Lo más extraño es que esta orden contradecía palmariamente los ideales del joven Knigge, ya que se caracterizaba por emplear la magia, por principios teosóficos, y por ser sus miembros decididos enemigos de la Ilustración. Esto indica hasta qué punto estaba ofuscado Knigge por la desesperada búsqueda de saberes secretos y por la revelación de misterios gnósticos. A los treinta años el barón Von Knigge se encontraba en una encrucijada. Por sus experiencias pasadas, y por sus ideales ilustrados, había decidido renunciar a la vida cortesana y a una carrera administrativa, y como no podía encontrar otra opción, resolvió vivir de la pluma como autor libre e independiente, esto es, ganarse la vida, siendo noble, con un oficio burgués, lo cual suponía tácitamente renunciar a todos sus privilegios. Su primera medida fue ofrecer su colaboración a Christoph Friedrich Nicolai, famoso autor y editor en aquellos tiempos, quien le dio el visto bueno para que enviara sus reseñas a la Allgemeinen Deutschen Bibliothek, donde, durante los próximos diecisiete años, aparecerán 1.265 reseñas suyas. El paso que dio Knigge representaba, en cierta manera, un hito sociológico, pues fue uno de los primeros repre-
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sentantes de ese gremio de escritores profesionales que escriben para vivir y que tienen que orientarse por los gustos del público. Su primera obra, titulada Roman meines Lebens [Novela de mi vida], gozó de un éxito considerable y le fortaleció en sus intenciones de seguir ganándose la vida con el oficio de escritor. Pero una vez más se vio dominado por la obsesión de las sociedades secretas. Esta vez se dejó convencer y reclutar por una persona que le visitó, bajo el pseudónimo de Marchese Constanzo, para unirse a la Orden de los Iluminados. Esta orden se había fundado en el año 1776, y se trataba, por lo tanto, de una joven sociedad en la que, si se esforzaba, podía llegar lejos e incluso ocupar algún puesto influyente. La idea de Knigge seguía siendo que solo a través de estas fraternidades secretas se podía reformar la sociedad, y en realidad esas organizaciones eran lo más parecido que podía haber a un partido político; hay historiadores, en efecto, que creen ver en ellas el origen de los partidos políticos actuales, y esta era la única posibilidad de que un hombre como Knigge pudiera influir en la realidad política de su tiempo. La Orden de los Iluminados, sin embargo, estaba lejos de ser un modelo de pensamiento ilustrado. Fundada por Adam Weishaupt, oculto tras el pseudónimo de Spartacus, catedrático de derecho canónico y filosofía práctica en la universidad bávara de Ingolstadt, había desarrollado ya una serie de rituales y ceremonias que sospechosamente recordaban a las liturgias y ejercicios de los jesuitas. Y es que Weishaupt había realizado sus estudios en un colegio de esta orden religiosa, y con posterioridad se había convertido en un enemigo encarnizado de los discípulos de San Ignacio. Así pues, decidió fundar su fraternidad inspirándose en los métodos y estrategias jesuíticos, e incluso creyó poder superarlos en astucia y éxito social. Para ello exigía de todo miembro que jurara obediencia y fidelidad absolutas. Diseñó un sistema de vigilancia que le permitía conocer qué pensaban los
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miembros de la Orden. Impuso un ambiente conspirativo en el que no se podía conocer la identidad de los miembros de la cúpula. Su posición era similar a la de un general de la Orden de los Jesuitas, y su modo de ejercer el poder era decididamente autoritario y despótico. Cegado por las posibilidades que, a su parecer, ofrecía la orden, Knigge se volcó en la organización y fue sumando competencias hasta convertirse en una suerte de gerente para toda Alemania. Su actividad incansable y su compromiso no parecían conocer límites, llegando a poner él mismo dinero de su bolsillo, aun cuando sus dificultades económicas eran notorias. Se dio cuenta de que si seguía ascendiendo en la orden podía llegar a una posición que le permitiera imponer sus propias ideas y metas. Pero Spartacus, aparte de elogiar su entusiasmo y su capacidad, se mostraba reacio a permitirle el acceso a los grados superiores. Para distraerle, le encargó que elaborara un sistema completo para la orden y un plan que permitiera absorber a los distintos grupos masónicos, que por entonces se encontraban en una aguda crisis. Philo, que era el nombre adoptado por Knigge, se puso manos a la obra, mientras Spartacus, receloso ya por la ambición y las aptitudes de su subordinado, comenzaba a hablar mal de él ante terceros y a criticar su labor, sospechando a un rival dentro de su propia orden. No solo eso, terminó por confesar claramente a sus más allegados que había perdido por completo la confianza en su infatigable colaborador. Knigge, consciente de merecer por su trabajo un mejor trato —al fin y a la postre había reclutado a unas quinientas personas—, insistió en conocer la identidad de Spartacus y que se le revelaran los secretos de la orden, sin caer en la cuenta de que no había secreto alguno que revelar. Al menos consiguió la entrevista con el fundador. Pero todo comenzó a complicarse. Una de las personas a las que consiguió convencer para unirse a la orden protagonizó un ascenso fulgurante y su influencia se extendió entre nume-
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rosos miembros. Hablamos de Christ0ph Bode, escritor, traductor, editor y consejero en Weimar, que logró ganar para la orden a personalidades como Goethe, Herder, el príncipe Augusto de Sajonia o el duque Carlos Augusto de Sajonia-Weimar-Eisenach, y que no tardó en alcanzar una notable reputación. Bode también quería reformar las estructuras de la fraternidad, eliminar la obediencia absoluta y los elementos despóticos, pero se encontró con la resistencia tenaz del fundador, quien no estaba dispuesto a ceder ni un ápice de su poder. Ahora bien, cuando la relación entre Knigge y Spartacus se hizo insostenible, Bode se puso de parte del fundador y entre los dos decidieron expulsar a Knigge de la orden, con la excusa de haber actuado este con imprudencia y haber cambiado de mentalidad. Así pues, incapaz de imponer su voluntad, Knigge no tuvo otro remedio que abandonar la Orden de los Iluminados. Esta experiencia le abrió definitivamente los ojos acerca del mundo de las sociedades secretas y quedó escarmentado. Se mudó a Heidelberg, donde se dedicó a seguir escribiendo sus novelas, a componer varias sonatas y sinfonías, e incluso alguna misa para los benedictinos de la ciudad, cuya iglesia, según testimonio de su hija, gustaba de visitar. Entre los años 1783-1785 aparece su novela La historia de Peter Claussen. Con objeto de poder vivir de sus escasos ingresos y de aprovechar el tiempo, entre horas dedicadas al trabajo, a la lectura, a la correspondencia, a su diario y las visitas, se somete a un plan riguroso con una disciplina rayana en la pedantería. Pese a todo, no encontró la seguridad económica que necesitaba, así que decidió trasladarse de nuevo a Hannover para seguir luchando por su herencia. Allí, en 1790, terminará la traducción de las Confesiones de Rousseau y comenzará la obra que le daría la fama inmortal: De cómo tratar con las personas. Pero ni sus esfuerzos lograban algo en el asunto de su herencia, ni su situación se estabilizaba; todo lo contrario, comenzó a empeorar más, si cabe, debido a su frágil salud.
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Conociendo la existencia de una plaza vacante en Bremen, como Oberhauptmann, una suerte de supervisor estatal de los intereses de la ciudad, optó a ella y la obtuvo. Así que el barón, a sus 38 años, ocupó su plaza en la urbe nórdica que al menos le proporcionaba unos ingresos seguros, aunque modestos. Sus últimos años, sin embargo, se iban a ver alterados por el acontecimiento de la Revolución francesa y por su actitud claramente favorable a sus principios, que defenderá en agrias polémicas. Sobre este aspecto en la vida de Knigge se han producido varios malentendidos. Es cierto que Knigge, como muchos otros intelectuales alemanes de su tiempo, recibió con agrado, incluso con entusiasmo, los primeros brotes revolucionarios en el país vecino; la mayoría de dichos intelectuales, sin embargo, se mostraron tanto más críticos con la llegada del Terror. Knigge se mantuvo fiel a los principios revolucionarios hasta el final, lo que le hizo sospechoso de jacobinismo y le puso en el punto de mira de la policía. Ahora bien, la posición diferenciada y moderada de Knigge, en una época marcada por la tensión, el miedo a un contagio revolucionario, y el recelo, difícilmente habría podido evitar ser objeto de una aviesa tergiversación y ser encasillada en los moldes polarizadores de la época. Knigge sostuvo que la Revolución había sido la consecuencia lógica de una serie de fases, predecibles en su causalidad, por las cuales una forma de gobierno se vuelve inservible y ya no es aceptada por el pueblo. Si el gobierno hubiese tomado las medidas adecuadas a tiempo y se hubiese ganado al pueblo para sus reformas, no se habría producido ningún cambio violento de régimen. Las revoluciones son inevitables en aquellos gobiernos que actúan sin principios firmes o según principios inmorales o crueles. Estaba convencido de que en Alemania no había motivos ni para temer ni para desear una revolución, siempre que los distintos gobiernos no impidieran la Ilustración y avanzaran a su paso, y emplearan los medios para mantener el orden en consonancia con el espí-
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ritu del tiempo. En otros textos se declaraba partidario de una monarquía constitucional. En cualquier caso, su actividad política le trajo en sus últimos años sinsabores, polémicas sin cuento e incluso procesos judiciales. Estuvo bajo estrecha vigilancia policial, aunque por su salud, seriamente afectada, poco podía emprender. Falleció en Bremen el 6 de mayo de 1796. Sus restos mortales descansan en la catedral de esta ciudad. Hemos comentado anteriormente que el libro de Knigge pertenece a un género de rancio abolengo, el de la filosofía práctica de la vida o, más acorde con nuestros tiempos, de ética social, y supone en cierta medida el punto culminante de todo un desarrollo histórico por su pericia a la hora de elaborar y sintetizar los distintos estratos de una larga tradición. Uno de los alicientes de la obra del autor alemán es precisamente el de haber logrado asimilar y resumir con un enfoque original y moderno todo ese bagaje intelectual, y no haber caído, como muchos manuales de etiqueta o de cortesía, en el elogio de la moda del momento, por lo cual hoy solo pueden reclamar, a lo sumo, un interés puramente histórico. No cabe duda de que la obra del barón aspiraba a influir en sus coetáneos y de que, por lo tanto, la escribió con un espíritu plenamente moderno. No obstante, los sedimentos que se distinguen en De cómo tratar con las personas se remontan a la Antigüedad griega, a la Ética a Nicómaco de Aristóteles; a las corrientes de pensamiento estoicas y epicúreas. Del mundo romano, se perciben reminiscencias procedentes de las obras de Cicerón y de un tal Catón, que habían ido inspirando los tratados y manuales de este género durante muchos siglos. En la Edad Media se comenzó a elaborar este material heredado y a fundirlo con las virtudes cristianas, lo que dio lugar a los primeros tratados medievales sobre etiqueta de palacio y ceremoniales de la corte. En el siglo XII se llega a un punto de inflexión en Europa, bajo el
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liderazgo de Francia, en el que se seculariza una esfera del trato social, y surgen una serie de reglas caballerescas con aspiración universal, aunque reducidas a un círculo muy restringido. El caballero medieval se convierte en un modelo, pero dentro de un círculo segregado del resto, marcando claramente las diferencias con los demás estamentos sociales. Así, el caballero medieval se exige a sí mismo el cumplimiento de un código de valores estricto y riguroso. Curiosamente, este proceso se vio impulsado por la mujer con la intención de ennoblecer, refinar y suavizar las maneras del guerrero bárbaro y tosco. En la Edad Media la forma y el contenido se condicionan mutuamente, ya que el conocimiento y el saber aún poseen un carácter simbólico. Se necesitaban, en consecuencia, tratados que explicasen los modos de proceder y de actuar en sociedad, coreografías ceremoniales a las que había de someterse, sobre todo porque el individuo tal y como lo conocemos hoy, con sus fines propios, no existía. El caballero tenía que corresponder al ideal, a un código ético, así es como se ganaba el reconocimiento de la sociedad en que vivía, y no destacando por alguna cualidad individual extravagante como la del genio, o desentonando para llamar la atención. A esto se debe la proliferación de tratados en aquella época que contenían innumerables reglas acerca de los aspectos más variados: los modales, la compostura, el empleo de las armas, la equitación, la cetrería, etc. Todo estaba regulado hasta el detalle más nimio. A finales del siglo XIII y comienzos del XIV se inicia la lenta decadencia de la caballería medieval debido a la descomposición de sus valores, ya que, a través de resquicios, propiciados por las flaquezas humanas, se infiltran otros intereses, vicios y méritos procedentes de estamentos inferiores que terminan por resquebrajar sus ideales y códigos de conducta. Se produce una popularización de la cultura, sobre todo en las urbes, y el ascenso de una burguesía aún sin cultivar da prioridad a los goces sensuales, extendién-
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dose los vicios de la gula, del lujo desmesurado o la embriaguez. El lenguaje simbólico anterior pierde su significado o se olvida y el ceremonial cortesano se convierte en un puro formalismo. El Renacimiento es el siglo italiano por antonomasia en lo que se refiere a la vida social. A finales del siglo XIV comienza a producirse una adaptación de las costumbres medievales para ir modificándolas y creando nuevas formas, de modo que en los círculos aristocráticos italianos se produce una reelaboración y ampliación de las normas sociales que no puede sino desembocar en la creación de un nuevo ideal, de un nuevo tipo humano de perfección, el cual, a diferencia de la Edad Media, surge del cultivo de la personalidad y busca alcanzar el grado de una individualidad erigida en obra de arte. Como ha destacado Barbara Zaehle, al hombre social moderno ya no le basta con evitar todo lo escandaloso o indecente, comportarse de la manera menos desagradable posible, sino que aspira a mostrar su personalidad en todo su esplendor mediante el empleo de todas las fuerzas y capacidades del espíritu, del cuerpo y del alma. La obra que mejor quintaesencia esta época en el ámbito que tratamos es Il libro del cortegiano, de Baldessare Castiglione, magistral tratado en forma de diálogo cuya influencia ha gravitado hasta el momento presente, siendo el libro más influyente de la historia en este género literario. El ideal de Castiglione vuelve a recurrir a la virtud aristocrática y a la perfección anímica como factores necesarios para una representación armónica y estética del hombre completo. Una de las cualidades ineludibles para dejar una impresión favorable es la sprezzatura, una desenvoltura y naturalidad consciente de sí misma, en contraste con la attilatura, la artificialidad afectada y la presuntuosa y acentuada ostentación de los méritos y atractivos personales. Para Castiglione, la medida, la mesura, vuelve a formar parte del ideal de la existencia armónica, de ahí que la razón tenga que dominar las pasiones humanas. La mujer también
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vuelve a convertirse en el centro de la vida social, una mujer que al menos en esa esfera actúa con los mismos derechos y al mismo nivel que el hombre, y cuyo trato otorga al cortesano la verdadera perfección. Ahora bien, el hombre dotado de cualidades y facultades propias, con una educación esmerada, es natural que aspire a obtener el reconocimiento de la sociedad en que vive, y para ello tendrá que saber cómo hacerlas valer, cómo imponerse a otros. Así, será necesario en algunos casos ocultar hábilmente aquello que no contribuya a este fin, como nuestros defectos o aspectos desfavorables, y acentuar aquello que agrade más o nos ayude a prosperar en la sociedad. Al ser le es necesario el parecer, la buena cualidad ha de ir acompañada de un efecto visible, y esto se consigue dominando el arte de agradar a los demás. La autoridad de Castiglione fue notable en los siglos sucesivos, pero su obra, dependiendo del momento histórico y de la mentalidad y costumbres vigentes, se interpretó, ya fuera de una manera restrictiva, ciñendo sus conceptos y reglas a una esfera reducida, encorsetándolos dentro de unos límites morales muy definidos, o de una manera extensiva, concibiendo esos conceptos y reglas con cierta ambigüedad y ampliando el radio de acción del cortesano en direcciones amorales o, cuando menos, problemáticas dentro de la moral cristiana. No cabe duda de que el cortesano participaba de los valores primordiales de la sociedad en la que vivía y de la que quería obtener reconocimiento; por una parte, aceptaba las costumbres y las formas que en ella imperaban, y consideraba necesario adaptarse a dichas formas, esto es, se requería cierta flexibilidad con objeto de acomodarse al gusto social, aunque esto implicase tener que vencer alguna resistencia interna; por otra parte, Castiglione pone un límite a esta «elasticidad» social, pues el orgullo y el decoro del cortesano impiden que ponga en juego su honor o sus convicciones más personales. Por este motivo, el perfecto cortesano nunca se dejará arrebatar para cometer una acción deshonrosa, siempre
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permanecerá dueño de su discreción y capacidad de juicio incluso frente a la voluntad del príncipe. La doctrina de Castiglione fructificará en España con una especial originalidad. Por dos razones primordiales: la primera es que Castiglione, que escribió su libro sobre el cortesano tomando como modelo la corte de Urbino, fue enviado como nuncio apostólico a Madrid y murió en Toledo en 1529; la segunda es que su obra fue traducida de manera espléndida por Boscán, lo que repercutió en una acogida muy favorable, sobre todo por parte de dos grandes maestros de la lengua española: Antonio de Guevara y Baltasar Gracián. Pero en España las relaciones sociales no se habían desarrollado como en las cortes Italianas u otros reinos europeos, sino que en ella se habían mantenido tradiciones medievales tanto en la etiqueta como en las costumbres y el ceremonial cortesano, así que el libro de Castiglione sirvió para enriquecer un pensamiento ya de por sí muy particular y que no iba a renunciar al núcleo de sus creencias y de su imagen del mundo, caracterizada por una perspectiva ético-religiosa incardinada en la imaginación católica, y suspicaz frente a otras perspectivas estético-hedonistas, utilitaristas o racionalistas que preponderaban en otros pagos. En España se forjó un ideal, el ideal del caballero cristiano español, que se impuso entre la nobleza durante un periodo de tiempo y que ha dejado su huella en la literatura y en el arte, en esos retratos de caballeros, en palabras de Julián Marías, «orgullosos de su alma», que pueblan los lienzos de los pintores españoles más representativos. Su principal cualidad era la gravedad, una actitud de ponderación y mesura; ahora bien, cuando se trataba de Dios o de cuestiones espirituales, la respuesta era el arrojo y el desprecio a la realidad cotidiana, sin que conociera términos medios; su aceptación de la muerte, de profundas convicciones cristianas con rasgos estoicos, fue proverbial, así como el culto del honor; el filósofo García Morente nos ha dejado en su
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escrito El caballero cristiano una descripción fehaciente de este ideal que, como todos los ideales, sufría a la hora de manifestarse en la sociedad, curiosamente más por exceso que por defecto: la arrogancia, la temeridad, el sentido del honor desmesurado o una impaciencia de ánimo (tacha de los españoles, según Gracián). El franciscano Antonio de Guevara, hombre de confianza de Carlos V, predicador de la Corte y cronista del Emperador, fue nombrado Obispo de Mondoñedo en 1536. Sus obras Libro llamado aviso de privados y doctrina de cortesanos y Menosprecio de corte y alabanza de aldea critican con virulencia los vicios y la corrupción de la corte, pero defienden el ánimo y la resolución (cualidades de las que él mismo estaba perfectamente dotado) para ascender a los puestos más elevados del reino, incluso desde la clase social más baja: «Más debe vanagloriarse un hombre que teniendo un origen oscuro ha sabido elevarse que no el que parte de una posición noble» (Aviso). Su crítica, no obstante, se dirige a una corte inflada por el lujo, cuyo modo de vida exige riquezas y despilfarro, tal vez por influencia extranjera, y que contrasta con la modélica austeridad de una corte como la de los Reyes Católicos. En cualquier caso, el cortesano, hundido en ese mar de corrupción, termina vendiendo su libertad a cambio de una vanidad vacía. Antonio de Guevara logró ascender en la corte, y su conocimiento de los entresijos y enredos cortesanos, por los testimonios que dejó, debieron de ser incomparables. Pero en la última fase de su vida, su ideal será la santidad y el retiro, que considerará el peldaño supremo de la humanidad, condenando la ambición desmesurada. La influencia de Guevara fue extraordinaria en Europa. En Francia influyó decisivamente en Montaigne, como queda plasmado en sus Ensayos, y sus obras se encontraban en la biblioteca de cualquier alemán con inquietudes intelectuales del siglo XVII. En contraste con la doctrina de Guevara podemos mencionar la vertiente utilitarista que se inicia con el inglés Francis Bacon,
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quien en sus Sermones fideles ethici, politici, oeconomici elimina los criterios estéticos, éticos y religiosos de la formación del cortesano y establece unos principios conducentes únicamente a una apariencia que permita obtener ventajas personales. Tanto la vida privada como pública exige una prudencia y una astucia que someta todo a los intereses egoístas del individuo. Para él el honor no es más que un brillo externo o, como lo definiría Hobbes posteriormente en la misma línea, no es más que la opinión del poder de otro; así pues, honrar a otra persona significa meramente reconocer y aprobar su poder. El cortesano, sin embargo, no se pliega a los deseos de los demás o renuncia a sus convicciones por puro servilismo o espíritu adulador, sino por ambición, por estar convencido de que hay que servir al mundo para dominarlo. En cualquier caso, la fachada se ha de salvaguardar, sigue siendo necesaria la experiencia del mundo, la elegancia y un espíritu cultivado. En España, en el siglo XVII, aparece una obra, inspirada en el Cortesano de Castiglione, que ejercerá asimismo una influencia notoria en toda Europa: me refiero al Oráculo manual y arte de prudencia (1667), del jesuita Baltasar Gracián. Al mismo tiempo se trata de una respuesta al maquiavelismo, el cual se había infiltrado en casi todas las cortes europeas y predicaba un amoralismo radical encaminado únicamente al éxito social. Gracián pone coto a esta ambición desenfrenada, pero dando al César lo que es del César, esto es, reconociendo una esfera especial al ámbito político donde la prudencia y la astucia puedan desempeñar un papel, recurriendo en parte a la corriente tacitista española, con representantes como Álamos de Barrientos, pero sin dejar que esa esfera quede completamente al margen de una sustancia moral. Hay que hacer la salvedad, para comprender mejor a qué se hacía referencia con el término «político» en el siglo XVII, que con él se designaba a aquella persona, el urbano o cortesano, que por su experiencia y prudencia sabía hacer su fortuna tanto en la vida
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privada como en la pública. De ahí que a mi modo de ver sea falsa la interpretación que se hace de Gracián definiéndolo como un Maquiavelo de la vida privada. Su pesimismo existencial de raíces teológicas, por lo demás, se lo impide: «Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre». La celebridad de Gracián se debió a una experiencia del mundo y a un conocimiento de la naturaleza humana por entonces sin parangón. Su destinatario era ya el individuo particular al que enseñaba a imponerse y a sobrevivir en un mundo hostil. Su ideal es el «hombre en su punto», el «hombre substancial», el hombre «inapasionable», que nunca se descompone o se desbarata, cuyo deseo de reputación nace de la virtud, y que sabe que solo la verdad puede dar reputación verdadera. Es menester que el hombre se pula y se cultive si quiere perfeccionarse, y que muestre entereza a la hora de defender a la razón, de modo que ni la pasión ni una violencia tirana le aparten de este propósito. El dominio de sí mismo y de las pasiones es una constante en Gracián, rasgos de origen estoico. En suma: «varón desengañado: cristiano sabio, cortesano filósofo», esta podría ser la síntesis del mensaje de Gracián en sus propias palabras. En la Francia del siglo XVII, tras un periodo de degeneración de las costumbres, de lujo desenfrenado y chabacano, la corte se italianiza con la llegada de Catalina de Médicis. Pero a la elevación de la cultura social en Francia contribuiría decisivamente la marquesa de Rambouillet, Catalina de Vivonne, hija del marqués Jean de Vivonne y de la noble italiana Giulia Savelli. Creó el primer salón literario parisino, al no poder acudir a la corte por su constitución enfermiza, y recibió en él a lo más selecto de la sociedad francesa. Mujer de extensa formación, que dominaba varios idiomas, su influencia en la vida social fue inmensa, potenciando el refinamiento y ennoblecimiento de las formas en combinación con una galantería ligera y jovial. En el palacio de Rambouillet se cultivaba el arte de la conversación ingeniosa, y su importancia cultural fue tan esencial como para renovar el
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vocabulario francés. Más adelante Molière ridiculizaría los modales allí practicados en su obra Las preciosas ridículas. Por lo demás, en Francia comenzarían a publicarse numerosos libros sobre el decoro social, influidos por el Cortesano de Castiglione, y que se limitaban a los círculos aristocráticos, dejando de lado la vida privada y doméstica. La obra más conocida en Francia bajo la influencia de Castiglione fue L’honeste Homme, de Faret, del año 1630, en la que se incita al cortesano a ser el dueño de sus pasiones y afectos y a estudiar el mundo a su alrededor para alcanzar la perfección. Pero entre sus principios y los de Castiglione se abre una brecha considerable, ya que Faret sujeta al cortesano, en virtud de una mentalidad absolutista, a la autoridad del príncipe, privándole de toda independencia y de un carácter verdaderamente noble. Su adaptación a las circunstancias y la maleabilidad de sus opiniones no conocen límites, o solo uno: que su falsedad no se note. Puede decirse que durante el siglo XVII en Francia se produce un refinamiento de la cultura, promovido por teóricos como Calliéres, Moncrif o el Abbé de Bellegarde, de corte eminentemente aristocrático y que termina separando la honnêté de la moral para formar una esfera propia regida por la galantería. Esta ya no se reduce a una mera politesse, el arte de agradar requiere algo especial y reacio a cualquier definición, un je ne sais quoi de naturaleza incomprensible e inexplicable. De ahí que haya hombres que reúnan numerosas buenas cualidades y, sin embargo, sean incapaces de agradar a los demás. Así pues, la galantería, entendida como el arte de ganarse los corazones de otros o sus inclinaciones, se enseña como un arte de la seducción. Cerraremos el siglo XVII diciendo que el género de la filosofía práctica o de la ética social, cultivado más o menos de una manera poco diferenciada, comienza a atomizarse en una serie de disciplinas como lo son el arte de conversar, la política, el ceremonial, la etiqueta, la galantería, el decoro, la retórica etc., y
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se trata cada una de ellas con una clara autonomía, desarrollando principios propios que logran que se vaya perdiendo la visión del hombre completo. El siglo XVIII se inaugura con unas tendencias más científicas en el tratamiento de estos asuntos, con la intención de educar a los jóvenes para que adquieran competencia social, sobre todo aquellos destinados a ocupar puestos de responsabilidad en el Estado. Así se deduce de la obra del filósofo alemán Christian Thomasius, quien escribe un manual dirigido a los estudiantes de Derecho, advirtiendo que los conocimientos específicos de la carrera no bastan para llegar a la perfección y a la felicidad, sino que se necesitan claras orientaciones en cuanto a los aspectos formales del comportamiento. Thomasius fue un lector atento de Gracián, y es evidente su influencia, pero entiende que en sus tiempos y en su sociedad la doctrina del jesuita español requiere una adaptación, ya que sus objetivos son distintos. Inspirándose en una teoría ilustrada del derecho natural, no solo se ocupa de la política como un servicio en provecho de la comunidad, sino que extiende las mismas reglas a las relaciones privadas como la del matrimonio y la familia, la existente entre padres e hijos, señores y sirvientes. Todas estas relaciones, al igual que la política («no hay político verdadero que al mismo tiempo no sea un ético»), deben tener una base ética; la persona verdaderamente prudente y discreta es aquella que sabe distinguir entre el honor auténtico y el falso, y el que busca el reconocimiento habrá de recurrir a aquellos que se distinguen por su virtud y su sabiduría. Por lo tanto, se muestra contrario a una galantería hipertrofiada, y critica el servilismo con los poderosos. Además, toma en cuenta el carácter nacional como factor esencial, de ahí su censura a la imitación indiferenciada de las costumbres francesas. En definitiva, con Thomasius se abre paso un nuevo ideal social, ya no constreñido por las reglas artificiales del Barroco y que da al individuo más espacio para su desarrollo personal.
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Christian Wolff, discípulo de Thomasius, continuará su labor a este respecto, será el primero en clasificar con una perspectiva científica los principios comunes a la política y al decoro, y establecerá normas por las cuales el hombre pueda vivir conscientemente al servicio de la vida práctica, siendo útil a los demás y orientándose por la razón, lo que incidirá en su propia felicidad. Su doctrina sobre la política y el decoro resultan asimismo de una moral ilustrada basada en el derecho natural. Uno de los más inmediatos precedentes del barón Von Knigge fue Julius Bernhard von Rohr, el cual, influido asimismo por Gracián, estableció un ideal del cristiano prudente. Para Von Rohr la política tiene su origen en Dios, pues Él quiere que alcancemos la perfección tanto en la vida temporal como en la espiritual. No obstante, en su obra Ceremonialwissenschaft der Privat-Personen sus criterios morales acaban reduciéndose a un puro formalismo, y bajo el pretexto de mantener la virtud cristiana como criterio orientativo, da más importancia al efecto que a los medios y eleva la opinión pública a ley absoluta, a la cual todos se han de someter; para ganarse dicha opinión es incluso preferible la falsedad a la verdad. Pero las mayores innovaciones en lo que se refiere a las reglas de la vida práctica no procederán ni de Alemania ni de Francia, sino de Inglaterra. Si los siglos XV y XVI fueron primordialmente italianos y españoles, y el siglo XVII francés, a lo largo del siglo XVIII se comenzarán a expandir los gustos ingleses. Es en Inglaterra donde en el siglo XVIII se impone decisivamente la cultura burguesa, por más que fuera Lord Chesterfield el último virtuoso de una filosofía de la vida cortesana celebrada en toda Europa. Gentilhombre de cámara del príncipe de Gales, Lord Chesterfield destacó en el Parlamento por su elocuencia y alcanzó grandes triunfos en el servicio diplomático. En las cartas a su hijo natural Philipp Stanhope defiende la cultura galante francesa, pero complementándola con una lectura maquiavélica de la obra de Gracián. Es
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cierto que la virtud y la moral merecen reconocimiento, ahora bien, solo mientras sirvan para lograr éxitos sociales; en cuanto no produzcan este efecto, se puede prescindir de ellas. Para afirmarse y ascender en la sociedad se necesita un profundo conocimiento de los hombres y del mundo, el estudio de los distintos temperamentos, de las pasiones, de las virtudes y flaquezas de la naturaleza humana; así se logrará no ofrecer ningún flanco débil a ataques externos. Además, se requerirá la oportuna flexibilidad: «Un hombre de mundo habrá de ser capaz, como el camaleón, de adoptar cualquier color». Para Lord Chesterfield, un maestro absoluto del disimulo, el proceso que observaba en Inglaterra no podía ser más desconsolador, ya que el burgués, o, según sus palabras, la plebe, se había apoderado del liderazgo cultural en la sociedad. Esto se veía claramente con el triunfo de semanarios como Steeles y Addisons, que reflejaban los valores de la vida burguesa, así como otras publicaciones que incluso se difundieron y tradujeron en otros países europeos. En dichas revistas se criticaban y satirizaban las formas de vida y los ideales aristocráticos por su artificialidad y por su carácter superficial, y se denunciaba la falta de moral en los círculos de la alta nobleza y de los políticos. Así pues, la burguesía inglesa se propuso purificar la sociedad, aportarle valores morales, pero sin renunciar a una vida cuya aspiración fuera la felicidad y el goce de bienes temporales. Se pretendió asimismo que se reconociera la dignidad del hombre con independencia de sus títulos o de su clase social, poniendo en primer plano sus logros y su capacidad, y se quiso revalorizar a la mujer en la sociedad, suprimir los prejuicios que la consideraban incapaz de entender nada serio o de hablar de otra cosa que no fueran bagatelas. Las cualidades que más se van a valorar son, por consiguiente, la sinceridad y la franqueza. Otro aspecto que se va a ensalzar es el de la vida familiar y el matrimonio, lo cual se plasma en publicaciones como Spectator, donde aparecen artículos en defensa
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de esta institución. Ahora bien, todo esto no va a significar que se piense en abolir las diferencias de clase, estas se mantienen, si bien volviéndose más permeables, por lo cual gran parte de la nobleza terminará asumiendo esos mismos ideales burgueses y así, con esta combinación de noble distinción y valores orientados al mérito, el gentleman inglés se convertirá durante el siglo XIX en un modelo que se admirará e imitará en las clases elevadas de gran parte del mundo. El precedente más inmediato de la obra de Knigge bien pudo haber sido el ensayo de Lessing La educación del género humano, de 1780, aunque en él predominen antes que nada las intenciones pedagógicas e incluso teológicas, vistas desde el prisma de una mente ilustrada. No obstante, el hecho de que en el siglo XVIII se diera un interés especial sobre estas cuestiones demuestra que la sociedad pasaba por una crisis que demandaba modelos y normas por las que orientarse. La prueba de ello es que poco después de que se publicase el libro de Knigge apareció el clásico de Schiller Sobre la educación estética del hombre, en el que se pretende revalorizar el arte y el criterio estético con objeto de que sirvan de base a una política dictada por la razón. Esta es a grandes rasgos la tradición que recibió Knigge, y cuyas corrientes principales supo sintetizar y adaptar a los nuevos tiempos en su obra De cómo tratar con las personas. Sin renunciar al bien común, reconoce como el motivo primordial de las acciones humanas la aspiración a la felicidad personal, y establece criterios por los cuales valorar una acción según su utilidad o los perjuicios que pueda ocasionar, en lo que se podría definir como un individualismo ético con inquietudes sociales. En cualquier caso, Knigge adopta una actitud moderada, tanto en lo que concierne al racionalismo como a la religión, y rechaza los rigorismos, cualquiera que sea su procedencia. El lector familiarizado con autores como Castiglione, Gracián, Antonio de Guevara, Lord Chesterfield u otros que hemos
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mencionado a lo largo de esta introducción, reconocerá con frecuencia en la obra de Knigge algunas de sus máximas o de sus consejos, tal vez en otros contextos o adaptados a otras situaciones. Muchos de ellos pertenecen a una larga tradición europea en la que se refleja el esfuerzo por mejorar la coexistencia humana, por darle dignidad, y por intentar evitar aquella degeneración del individuo y del cuerpo social que termina irremisiblemente en la incultura y en el burdo elogio de todo lo que es grosero o soez. No es fácil cabalgar el tigre de una sociedad cínica que ha renunciado al respeto mutuo y que enaltece el mal gusto por norma, solazándose en una suerte de venganza contra todo lo que huela a noble, honrado, culto, o que se remita al pundonor o al decoro. El barón Von Knigge puede ayudarnos a redescubrir las razones de por qué hemos de buscar unos valores que faciliten la comunicación y el respeto entre distintos sectores sociales, a crear un ambiente propicio a la búsqueda de la verdad y a la creación de cultura. De ahí que hagamos nuestra la afirmación de Egon Friedell cuando, en su obra Historia de la cultura contemporánea, nos dice que este libro, el más famoso de la Ilustración alemana, merece, aún hoy, ser citado por todos y no merece en absoluto que se deje de leer. Y por terminar con una cita de Gracián, añadiremos: «Nace bárbaro el hombre, redímese de bestia cultivándose. Hace personas la cultura, y más cuanto mayor…».
primera PARTE
INTRODUCCIÓN Vemos a las personas más prudentes y juiciosas dar pasos en la vida cotidiana que nos asombran; comprobamos una y otra vez que hombres con un conocimiento teórico de la naturaleza humana por encima de lo común, caen víctimas de las estafas más burdas; observamos con frecuencia cómo las personas más experimentadas y hábiles emplean los medios menos indicados en los asuntos más simples y se afanan en vano por influir en los demás; y cómo, pese a su gran superioridad mental, dependen a menudo de las necedades ajenas, de las obsesiones y caprichos de mentes más débiles; vemos cómo se dejan gobernar y maltratar por personas que no poseen ni la mitad de sus habilidades y con las que no se pueden ni comparar; mientras que otras personas, pobres de espíritu y faltas de mérito, logran cosas que el sabio ni siquiera llega a concebir. Vemos cómo más de una persona honrada es ignorada por la mayoría; vemos cómo las mentes más ingeniosas y brillantes desempeñan un papel lamentable en sociedad, mientras todos los ojos se fijan en ellas y los presentes aguardan con impaciencia cada palabra que va a salir de su boca; vemos cómo enmudecen, o dicen las cosas más triviales, mientras que otra persona, de lo más insustancial, sabe combinar y envolver con tal habilidad la pequeña suma de conceptos que
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ha ido picoteando ocasionalmente aquí y allá que concita toda la atención, hasta el punto de que sabios y científicos creen que posee una buena porción de conocimientos y de buen juicio. Vemos, además, cómo las bellezas más espléndidas no siempre son admiradas, mientras que personas dotadas de menos encantos, despiertan un mayor interés. En suma: comprobamos a diario que los hombres más juiciosos y sabios son, si no los más ineptos para los asuntos mundanos, sí, al menos, los más desafortunados por desconocer el arte de presentarse a sí mismos bajo una luz favorable, y la mayoría de las mentes cultivadas, dotadas por naturaleza de todas las perfecciones internas y externas, a menudo son las menos capaces de agradar y de dar una buena impresión. Hay personas que se creen autorizadas, en virtud de poseer grandes cualidades, a descuidar las pequeñas convenciones sociales, las reglas del decoro, de la cortesía o de la prudencia. Pero esta creencia es completamente falsa. Es cierto que nos inclinamos a disculpar grandes faltas compensándolas con grandes logros, puesto que personas de un natural más sensible suelen tener pasiones más violentas; pero en situaciones donde no andan involucradas las pasiones, la persona más educada debería actuar con más prudencia que la vulgar; y nadie que desee vivir y conducirse en sociedad se comportará sabiamente despreciando sus costumbres inocentes. Aquí no me refiero a la renuncia voluntaria del sabio a la admiración del populacho. No deja de ser natural que un hombre de facultades superiores se mantenga en silencio o reservado donde no se le va a comprender; que un hombre que posea un ingenio refinado y un juicio seguro no se rebaje a desempeñar el papel de bromista en un círculo de cabezas de chorlito; es también natural que un hombre dotado de cierta dignidad en el carácter tenga demasiado orgullo como para adaptarse a cualquier grupo de gente indiferente sin importancia para él, o como para adoptar el tono que los jóvenes pisaverdes de su ciudad han
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traído de sus viajes, o para someterse a las modas introducidas por el capricho de turno. Al joven le sienta mejor ser modesto, callado y tímido que arrogante, ruidoso y chismoso, como lo es la mayoría de nuestra juventud actual; el hombre noble, cuanto más prudente es, más modesto; y cuanto más recele de sus propios conocimientos, tanto menos impertinente será; cuanto más consciente sea una persona de los verdaderos valores intrínsecos, tanto menos habrá de preocuparse por resaltar sus facetas más favorables; la verdadera belleza desprecia todos aquellos artificios seductores indignos por los cuales uno intenta llamar la atención. ¡Todo esto es de lo más natural! Y, por lo tanto, no es a esto a lo que me refiero. No aludo tampoco a la vanidad ofendida de un hombre lleno de exigencias, que reclama de continuo que se le halague, adule y prefiera, y que si esto no ocurre, se enoja; ni al orgullo herido de un pedante de mal gusto, que se enfada cuando tiene la desgracia de no ser reconocido como una luminaria de la tierra, y cuando no hay alguien que le preceda con una antorcha proclamando que es la gran maravilla de la Ilustración. Y tampoco nos ocupamos aquí del rígido profesor que, con su libro de texto en la mano, acostumbra a predicar durante horas la suprema sabiduría a un puñado de estudiantes imberbes y boquiabiertos, para ver cómo cada semestre apuntan cuidadosamente sus bromas más insípidas, cómo cada estudiante se quita con sumo respeto el sombrero ante él, y cómo alguno que posteriormente intervendrá en los destinos de la nación le agasaja los domingos vestido de uniforme; es el mismo tipo que frunce el ceño y hasta se encoleriza cuando visita alguna vez la capital u otra ciudad, y la mala suerte quiere que en ella sea un completo desconocido, que pase totalmente desapercibido en una reunión de veinte personas, o que un extranjero le confunda con el mayordomo de la casa y le trate de «tú»; tampoco nos incumbe el erudito de gabinete que, ajeno al mundo y desconociendo la natu-
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raleza humana, por una vez sale de su cueva de libros, y con su figura apocada, llevando un traje anticuado, con una chaqueta que estaba a la moda hace treinta años, permanece sentado sin intervenir en la conversación, sin encontrar oportunidad alguna para sumarse a ella. Y mucho menos me refiero al cínico grosero que, de acuerdo con su sistema de hotentote, desprecia todas las reglas prescritas en la vida social por el consenso general y la cortesía mutua; ni tampoco al pretencioso que cree tener, por la imaginaria superioridad de su genio, un privilegio para situarse por encima de la costumbre, el decoro y la razón. Y cuando afirmamos que también las personas más sabias y juiciosas del mundo a menudo yerran su propósito en la conversación y en la obtención del respeto ajeno, así como en el logro de ventajas sociales y de otra índole, aquí tampoco podemos tener en cuenta los duros golpes que a veces da un destino adverso a las mejores personas, ni que un temperamento desgraciado, apasionado o asocial eclipsa en algunos las cualidades más excelentes y nobles. ¡No! Mis observaciones se refieren a aquellas personas que, combinando lo mejor de su voluntad y una sincera probidad con varias cualidades excelentes y un afán infatigable de salir adelante en este mundo, de hacer su suerte y contribuir a la de los demás, no obstante, son ignoradas, pasan desapercibidas o no llegan a nada. ¿A qué se debe esto? ¿Qué es lo que les falta y que otros tienen, otros que, aun careciendo de méritos verdaderos, ascienden todos los peldaños de la bienaventuranza humana y terrenal? Les falta lo que los franceses llaman el esprit de conduite: el arte de comportarse con la gente, un arte que a menudo el tonto, sin estudiarlo, lo capta antes que el juicioso, el sabio o el ingenioso; es el arte de hacerse notar, de hacerse valer y respetar, sin ser envidiado; de acomodarse a los varios temperamentos, opiniones y pasiones de los hombres, sin caer en la falsedad; de adaptarse fácilmente al tono de cada sociedad sin per-
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der las peculiaridades del propio carácter ni rebajarse a una vil adulación. El hombre al que la naturaleza no le ha dotado con esta feliz disposición, tendrá que adquirir con el estudio de las personas una cierta ductilidad, sociabilidad, moderación, tolerancia, dominio de las pasiones, conocimiento de sí mismo y la serenidad de un ánimo siempre equilibrado; y así se apropiará de este arte. Pero habrá de cuidarse de no confundirlo con esa vil y dañina deferencia del esclavo, que deja que todos abusen de él, que renuncia a su dignidad por un plato de lentejas, que halaga al canalla y que, para procurarse un puesto lucrativo, se calla cuando debería hablar, o que idolatra la estupidez y presta su consentimiento a la estafa. Pues bien, al hablar de ese esprit de conduite por el que nos hemos de guiar en nuestro trato con las personas de cualquier género, no pretendo escribir un libro sobre el arte de hacer cumplidos, sino ofrecer al lector una serie de resultados sacados de la experiencia que yo he acumulado durante una serie de años, durante los cuales he tratado con personas de toda suerte y condición y a las que he observado a menudo en silencio. No presento un sistema completo, sino fragmentos y materiales que tal vez puedan servir para seguir ahondando en este asunto […].