fotoperiodistas de guerra espaĂąoles Rafael Moreno Izquierdo y Alfonso Bauluz de la Iglesia
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edición Ministerio de Defensa de España TURNER www.turnerlibros.com textos e idea original Rafael Moreno Izquierdo Alfonso Bauluz de la Iglesia diseño Studio Fernando Gutiérrez maquetación Amaya Lalanda documentalista Teresa Avellanosa fotomecánica Espiral, Servicios Creativos y Logísticos, S.L. impresión Artes Gráficas Palermo, S.L. encuadernación Ramos © de la edición: Ministerio de Defensa de España / TURNER, 2011 © de los textos: sus autores, 2011 © de las fotografías: sus autores, 2011
créditos fotográficos Agencia AP/Gtres: pp. 103-106, 109-113, 119-127 y cubierta, 148 Archivo AGA: pp. 50-53, 55-59 y contracubierta, 61-67 Archivo EFE: pp. 33-37 Archivo privado José F. Demaría Campúa: pp. 27-31 Banco de imágenes VEGAP: p. 69 Biblioteca Nacional, Madrid: pp. 49, 70-71 Cortesía familia Rodríguez Moreno: p. 147 Cortesía familia Ros Amador: pp. 39-41 España. Ministerio de Cultura. Centro Documental de la Memoria Histórica: pp. 72 (carpeta 43), 73 (carpeta 62, fotos 11 y 14), 74 (carpeta 51, foto 17), 75 (carpeta 9, foto 5), 76 (carpeta 70, foto 28), 77 (carpeta 29, foto 28) ICAS-SAHP, Fototeca Municipal de Sevilla. Fondo Serrano: pp. 43-47 Patrimonio Nacional, Madrid: pp. 15-17, 19-21, 23-25 © Alfonso, Agustí Centelles, VEGAP, Madrid, 2011 Nuestros más sinceros agradecimientos a la familia de Luis Valtueña y a Médicos del Mundo. En su recuerdo y en el de otros compañeros que perdieron su vida en su labor humanitaria, la ONG convoca anualmente el Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña.
ISBN: 978-84-7506-980-7 D.L.: M-20.379-2011 Todos los derechos reservados. Queda prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y trasformación de esta obra sin contar con la previa autorización por escrito de los editores
Distribuido en España por: A. Machado Libros, S.A. C/ Labradores, manzana 15, parcela 3-sector 01 Pol. Ind. Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (Madrid) Les Punxes Distribuidora, S.L. C/ Sardenya, 75-81 08018 Barcelona Distribuido en Latinoamérica por: Oceano Milanesat, 21-23 08017 Barcelona
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La retina del fotógrafo de guerra lleva impresas las imágenes más duras que uno pueda contemplar. Aquellas imágenes que a los demás nos cuesta mirar, ellos las han vivido, y a golpes de obturador, las han fijado. Para que no se pierdan. Para que no olvidemos. Los fotoperiodistas de guerra son los testigos de la peor parte de la historia. Necesitan articular el horror, encuadrarlo, enmarcarlo dentro de unas proporciones, como si de este modo fuera más fácil de entender, o se pudiera controlar. Y también son los abogados de los más desfavorecidos. Su mirada, llena de compasión y de miedo, busca imágenes que construyan relatos que las palabras, muchas veces, no son capaces de nombrar. Son, en suma, los notarios de la destrucción y la voz del pueblo que sufre. Y en ese empeño muchos dejan la vida. Hay quien imagina a estos fotógrafos como personajes endurecidos; nada más lejos de la realidad. Sin amor en la mirada, sin un rastro de inocencia y un mucho de humanidad, es imposible hacer su trabajo. En este libro hay imágenes terribles e imágenes hermosas, imágenes que son a la vez hermosas y terribles; imágenes para que no olvidemos, e imágenes para recordar. Son fotos que hablan de dolor y de angustia, de odio y de solidaridad. Y hay esperanza también. La esperanza de todos los fotógrafos de guerra: que la guerra termine.
Carme Chacón Ministra de Defensa
¡Qué lejos queda aquella época en que las más renombradas publicaciones consagraban páginas al trabajo del fotoperiodista! Y, sin embargo, ¡qué fundamental sigue siendo su tarea para que nada pueda detener la verdad! Con su cámara enfoca realidades ante las que ya no podemos ni apartar los ojos ni pretender simular que no sabemos. Nos recuerdan que no dejar que sepamos es una forma de dominarnos. En este siglo xxi seguimos anteponiendo lo que nos separa a lo que nos une, y vivimos entre enfrentamientos militares y, también, ideológicos, sociales, económicos, culturales. En la guerra y en la paz, los fotoperiodistas nos acercan al «otro», al «diferente». A su dolor y su alegría, a sus maldades y sus bondades y, en suma, a su vivir cada día que, queramos o no, se entrelaza con el nuestro. ¡Tantas veces su tragedia tiene que ver con nuestros privilegios! Reflejando la muerte, reflejan la vida. Caminan por esa fina línea que los separa cuando se instala el caos y el horror. Alfonso Bauluz y Rafael Moreno, apasionada la mirada, desapasionado el relato, dan a los fotoperiodistas de guerra españoles la carta de nobleza que merecen. En más de una ocasión me ha indignado cómo la valía o el sacrificio de compañeros y amigos compatriotas eran ignorados en el exterior. Con precisión, afecto y respeto, este libro nos ofrece la insólita oportunidad de conocer mejor y rendir homenaje a los que son o serán auténticas leyendas en una profesión que es mucho más que eso, porque es una forma de vida y una responsabilidad extraordinaria. Es la posibilidad de unirnos al reconocimiento de esos testigos voluntarios de la violencia que no ceden al miedo, que creen en lo que hacen, que solo temen al error y que exponen su vida para contarnos los injustos mundos de este mundo ante los que, cada vez, somos más indiferentes. A esos hombres y mujeres, pilares imprescindibles del buen periodismo que es, en suma, borrador de la historia y garantía de libertades y derechos. En el que no cabe ni lo fútil, ni lo efímero, ni lo fragmentario… ni la tentación de la gloria banal y de la cuenta corriente sustanciosa. En el que los hechos no se poseen y en el que la cámara los fija, incluso los más furtivos, para preservarlos del desconocimiento y el olvido. A esos sinceros, lúcidos, humanistas y comprometidos profesionales, que dudan y se angustian, cuyas instantáneas plantean preguntas y no sirven a la ilusión aséptica, la manipulación o el «infoentretenimiento» imperantes. Nos regalan fotografías conmovedoras, sensibles, certeras. Expresión justa, tierna, revulsiva, metafórica, que fuerza a recuperar el espíritu crítico perdido en esta sociedad de pasarela y de pensamiento único que no se hace preguntas. Las conciencias de muchos, de demasiados, están anestesiadas. Unos, codiciosos, incapaces de dar; otros, desorientados, incapaces de exigir la información a la que tenemos derecho. Pero, ¡NO!, el fotoperiodismo de guerra no ha muerto y no puede morir. Los fotoperiodistas españoles están donde haya algo que contar todavía, y allí estarán siempre.
Rosa María Calaf
Contenidos
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El fotoperiodista de guerra español: un contador de historias visuales
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Enrique Facio
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Charles Monney
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Manuel Compañy
26
Pepe Campúa
32
José María Díaz Casariego
38
Bartolomé Ros
42
Juan José Serrano
48
Hermanos Mayo
54
Albero y Segovia
60
Alfonso Sánchez Portela
68
Agustí Centelles
78
Enrique Meneses
86
Gervasio Sánchez
96
Javier Bauluz
102
Santiago Lyon
108
Enric Martí
114
Sandra Balsells
118
Emilio Morenatti
128
José Cendón
134
Álvaro Ybarra Zavala
140
Sergio Caro
146
Juantxu Rodríguez / Jordi Pujol / Luis Valtueña
150
Pepe Díaz
154
Mikel Ayestaran
158
Bibliografía
A las mujeres de mi vida Rafael Moreno Izquierdo A Blandine y LoĂŻc Alfonso Bauluz de la Iglesia
El fotoperiodista de guerra español: un contador de historias visuales
L
a guerra puede ser mirada y observada desde muchos ángulos y retratada de muy distintas formas, pero la única visión que realmente interesa al buen fotoperiodismo de hoy y de siempre es aquella que resalta su significado. Solo es válido el relato gráfico que contribuye y ayuda a comprender el porqué de esos salvajes y desgarradores conflictos armados y de lo que les ocurre a sus protagonistas civiles o militares: razones, causas, efectos y, sobre todo, consecuencias. El reto consiste, pues, en ofrecer respuestas a todos esos interrogantes con una sola imagen captada en una décima de segundo en un momento preciso y fugaz pero analizada eternamente. Contemplar una fotografía se convierte en un ejercicio intelectual y, al mismo tiempo, en una experiencia emotiva. En el caso de la periodística, únicamente funciona y tiene sentido si responde a un propósito concreto: aportar la información suficiente para dar sentido al contenido, crear opinión sobre los acontecimientos que refleja y analizar de qué manera nos influyen. Por eso, el trabajo de los verdaderos reporteros gráficos es tan complejo y singular. Irrepetible, nos atreveríamos a afirmar. Una mezcla de conocimientos técnicos y de intuición noticiosa. De criterio y de arte. De espontaneidad y de reflexión. De oportunidad y de profesionalidad. El fotorreportero es uno en dos: debe ser un excelente fotógrafo y, al mismo tiempo, un excepcional informador. O viceversa. Cualidades, estas, recíprocamente dependientes. Por eso son especímenes raros. De personalidad inusual, normalmente prefieren trabajar en solitario, porque al final lo que realmente importa es lo que son capaces de grabar a través del objetivo de su cámara. Y ese es un ejercicio, una decisión, que se realiza y se resuelve individualmente y que después se comparte con los demás. Esto no ha cambiado en los últimos ciento cincuenta años, desde que el francés Joseph-Nicéphore Niépce consiguiera fijar la primera imagen. Quizá, por ello, es tan difícil encontrar a los mejores y, una vez hallados, entenderlos. El periodismo gráfico español no es diferente en este sentido al de otros países, aunque tiene sus propias particularidades. Los trabajos de los fotorreporteros de guerra españoles atesoran un nivel que les equipara, e incluso supera, al de los más laureados. Así que resulta increíble que hasta ahora a nadie se le hubiera ocurrido recopilar su trabajo, mostrarlo y resaltar su verdadera calidad y valor. Sin embargo, sería pretencioso afirmar que existe una manera española de reflejar la guerra, ya que tampoco existe una estadounidense o una francesa, por poner dos ejemplos. Las instantáneas de los reporteros gráficos españoles son universales y su discurso gráfico válido para todas las retinas. Los matices son resultado de su sensibilidad personal y también de su historia y de sus aspiraciones. La prueba
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evidente es que sus trabajos se publican en los más prestigiosos diarios del mundo, independientemente del lugar de edición o del idioma en el que estén escritos. Colaboran con agencias o periódicos tanto españoles como de fuera de nuestras fronteras, aunque en la actualidad la mayoría de los más reconocidos lo hacen para medios de comunicación extranjeros, quizá porque allí han encontrado sus mejores oportunidades y una mayor ambición periodística. El valor del testimonio ético Gran parte de los fotógrafos que aparecen en este libro han destacado por informar desde el frente. Por acercarse lo más posible a los protagonistas de la primera línea de fuego y reflejar sus vivencias en directo. Prescindiendo de cómodas esperas en hoteles aguardando un golpe de suerte. Por eso, sus imágenes de los principales conflictos armados mundiales se han visto y se ven en las primeras páginas de los periódicos. Son reconocidos dentro y fuera de nuestras fronteras. El proceso de selección no ha sido sencillo, y es inevitable que algunos grandes fotógrafos se hayan quedado fuera. Al igual que increíbles fotografías cuya autoría no hemos conservado. No hay ningún criterio infalible que justifique tal circunstancia, más bien se trata de una combinación de muchos factores: técnica, oportunidad, originalidad, dedicación a una historia… No obstante, y por encima de todo, quienes forman parte del libro han conseguido difundir instantáneas que nos han conmovido de algún modo y que se han convertido en iconos de una época o conflicto. Los autores somos conscientes de que todos merecen ser incluidos, pero también de que hay muchos más que pondrían estar y que, sin embargo, no se encuentran aquí recogidos. El libro tampoco persigue convertirse en una historia de la fotografía española, para ello ya contamos con el excelente trabajo de Publio López Mondéjar1, ni tampoco de la fotografía puramente militar, y aquí es imposible obviar la exhaustiva investigación de Juan Pando2. Pretende ser un breve pero representativo recorrido histórico de los mejores reporteros gráficos españoles especializados en la cobertura de guerras y conflictos armados, en clave personal y acompañado con una selección de sus principales imágenes. Se trata de un homenaje al trabajo de casi una treintena de los más destacados de todos los tiempos que, como no podía ser de otra manera, se presentan así mismos con imágenes valientes, provocadoras, duras, hermosas, conmovedoras, a menudo escandalosas y, la mayoría de las veces, inolvidables. Fotografías que nos cuentan una historia, en ocasiones llena de belleza y actos heroicos, y otras repletas de simplicidad, de escenas de la vida cotidiana, o de dolor y muerte. Pero todas ellas comparten el valor del testimonio sin filtros. Quizá no les agrade lo que ven, pero ninguno de ellos lo ignora ni renuncia a su responsabilidad de retratarlo. Su mirada es siempre ética y honrada. Desde su propia decisión, las realidades que han captado representan un poderoso catalizador que despierta nuestro interés, agudiza nuestra inteligencia y, por encima de todo, aviva nuestra conciencia humana. El relato gráfico español de lo bélico El invento de la fotografía llegó a España muy pronto, pero su desarrollo inicial estuvo ligado a su componente económico y de negocio —los retratos— más que a los medios de comunicación. En este contexto, la primera fotografía publicada en un periódico español, un daguerrotipo del profesor Pascual Pérez Rodríguez en El Diario Mercantil valenciano, data de 1852. Sin embargo, habrá que esperar hasta 1859 para conocer al pionero del fotoperiodismo de guerra español: Enrique Facio, que cubre junto al corresponsal y escritor Pedro Antonio de Alarcón las campañas militares contra los rifeños africanos. Es decir, cuatro años después de que el británico Roger Fenton inmortalizara la guerra de Crimea e iniciara una narrativa gráfica moderna de los conflictos armados.
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Nuevo Mundo, Madrid, 29 de julio de 1909 Foto de Pepe Campúa
Crónica, 11 de octubre de 1936 Foto de Agustí Centelles (aunque consta como de Torres)
Se puede afirmar que este retraso se mantuvo por diversas razones hasta, al menos, finales del siglo xix. El pesado y poco flexible equipo, que obligaba a recorrer los frentes con toscos carromatos conocidos como «ambulancias», los largos tiempos de exposición y el escaso interés de la prensa por la fotografía ante el dibujo alegórico, dificultan las coberturas de conflictos como las guerras carlistas o las de las colonias de ultramar. Aun así, en el primer ejemplo destaca un fotógrafo de origen francés afincado en España, Charles Monney, que obtiene unas espectaculares imágenes del asedio carlista a Bilbao en 1874. En el segundo caso, cubriendo las guerras que culminan con la independencia de Cuba y la pérdida del Imperio español, cabe destacar a un puñado de valientes fotógrafos, como, por ejemplo, José Gómez de la Carrera, que muestra su coraje al recorrer los frentes de batalla y retratar por primera vez a heridos y moribundos. La primera edad de oro de la fotografía de guerra española tiene relación con la cobertura de una nueva guerra en África en las primeras décadas del siglo xx. Allí se curte una generación de activos e intuitivos fotógrafos encabezados por Alfonso Sánchez Portela, más conocido como Alfonsito, José María Díaz Casariego y Pepe Campúa, quienes después despuntarán por su labor durante nuestra Guerra Civil. La campaña militar norteafricana, de 1920 a 1923, representa el nacimiento del fotorreportaje de guerra español, y genera instantáneas que conmueven a la ciudadanía y provocan un profundo impacto en la opinión pública. Los cadáveres esparcidos tras el ataque de Monte Arruit o el retrato del principal enemigo, Abd el-Krim, se unen a la memoria colectiva con espíritu de permanencia. A partir de entonces, los fotógrafos españoles ya tienen un punto de referencia para cubrir la guerra, caracterizado por el testimonio fiel, realista y sin ambages. «Edades de oro» del reporterismo gráfico español La Guerra Civil española, a pesar de lo que muchos expertos afirman, representa claramente la segunda edad de oro del periodismo gráfico español. Es cierto que durante esos terribles años sobresalieron muchos extranjeros, pero sería injusto menospreciar el buen hacer de los fotorreporteros españoles y la calidad de sus trabajos. Como afirma David Balsells, «el fotógrafo se incorpora a la guerra en todas sus facetas, sobre todo en las trincheras al lado de los combatientes, como un testigo de excepción»3. Para los españoles, la contienda tiene, como no podía ser de otra manera, un significado especial. Su compromiso personal e ideológico impregna sus imágenes del conflicto de una forma única, ya sea desde el bando sublevado o del leal a la República. La selección en este caso ha resultado muy difícil, ya que la lista y los testimonios de calidad son extensísimos. El catalán Agustí Centelles destaca entre todos por la estética y el dramatismo de sus imágenes, pero, desde el punto de vista periodístico, le acompañan muchos otros de enorme valor, como los Hermanos Mayo, Albero y Segovia, José Serrano y los ya mencionados Alfonsito, Díaz Casariego y Campúa. Se nos antoja inevitable, en este punto, pedir disculpas de antemano por aquellos que se han quedado a las puertas de aparecer en este libro y que desde aquí también queremos reivindicar. La larga dictadura de Franco representa una notable ruptura de esta tendencia hacia un fotoperiodismo de lectura universal y calidad indiscutible. Un largo desierto. La mayoría de los grandes fotorreporteros que trabajaron en el bando republicano son depurados o forzados al exilio y al ostracismo y, excepto contados casos, se verán abocados a abandonar completamente el periodismo. ¡Qué desperdicio de talento! (Centelles, por ejemplo, regresa a España pero se ve obligado a dedicarse a la fotografía industrial, y Díaz Casariego se convierte en funcionario de la Hemeroteca de Madrid.) Pero tampoco tuvieron mucha mejor suerte los del llamado bando
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nacional. La férrea censura y la falta de ambición de los dueños de los medios limitaron la posibilidad de mostrar el talento exhibido durante la Guerra Civil. Esa es la única explicación para el largo silencio gráfico en la cobertura de conflictos armados que se extiende hasta la década de los ochenta, cuando se restablece la democracia y España recupera su aspiración por lo internacional. La fractura es tan acentuada que los españoles no fotografían ninguno de los principales acontecimientos bélicos de gran parte del siglo xx. No los encontramos en las líneas del frente durante la Segunda Guerra Mundial —ni siquiera en el frente ruso junto a la División Azul, cuyas fotos son proporcionadas por los servicios de propaganda militares—, ni más tarde en la guerra de Corea ni en la de Vietnam. ¿Había desaparecido de repente el talento? ¿El retraso crónico español también infectaba a los reporteros gráficos? La respuesta la protagoniza uno de los maestros en este campo: Enrique Meneses. Un verdadero portento en todos los sentidos. Su exclusiva mundial con Fidel Castro en la Sierra Maestra cubana convirtió al oscuro guerrillero en uno de los grandes protagonistas del siglo xx y, gracias a ello, hoy tiene su espacio en los libros de historia. Si Meneses es el eslabón perdido que recupera la mejor tradición gráfica de la Guerra Civil, la siguiente generación de oro del fotoperiodismo de guerra la encarnan dos profesionales extraordinarios: Gervasio Sánchez y Javier Bauluz. Reconocidos dentro y fuera de nuestras fronteras, sus instantáneas han recibido los premios más prestigiosos que se pueden conceder —el Premio Nacional de Fotografía, el primero, y el Pulitzer, el segundo, por mencionar algunos—. Cada uno por su lado, han narrado la historia gráfica de las contiendas más sangrientas de finales de la centuria pasada y de la presente, desde las guerras centroamericanas hasta los dramáticos conflictos de los Balcanes o Ruanda y, por supuesto, Afganistán o las revueltas musulmanas. Sánchez y Bauluz demuestran que el talento mostrado por los Alfonso o Centelles no era una excepción. Y a esta generación le sigue otra más joven de reporteros gráficos igualmente admirable. Como entonces, muchos son los fotorreporteros que brillan, y todos de gran calidad. La nómina, en la que es casi imposible destacar unos sobre otros, la componen nombres tan conocidos como Emilio Morenatti, José Cendón o Santiago Lyon, cuyas instantáneas —más estéticas e impactantes, si cabe— son iconos fijados en la retina de gran parte del mundo. Lo verdaderamente relevante, quizá, es que detrás ya aparecen nuevos talentos que quieren estar —y están de hecho— presentes en los conflictos actuales para trasladarnos su visión e interpretación particulares. Son Álvaro Ybarra, Sergio Caro, Enric Martí, Pepe Díaz, Mikel Ayestaran o Sandra Balcells (¡qué pocas mujeres hay en este campo todavía!), entre otros. Por eso, hemos querido terminar este libro con las fotografías contemporáneas más actuales —el conflicto en Libia—, porque los reporteros gráficos españoles —no necesariamente los medios de comunicación— están determinados a ser testigos en primera línea de esos acontecimientos que afectan a nuestras vidas, y a contar sus historias gráficas en imágenes que recordaremos siempre. El futuro del fotoperiodismo español Como género periodístico, el fotoperiodismo español de guerra tiene sus verdaderas raíces a principios del siglo pasado y alcanzó su madurez durante la Guerra Civil. El final del violento siglo xx sentó las bases de un nuevo relato visual protagonizado por objetivos y cámaras en manos de españoles pero de lectura universal. Sin embargo, la llegada del mundo global y multimedia presenta inquietantes interrogantes. ¿El fotoperiodismo tendrá un papel importante en los próximos años? ¿Los fotorreporteros españoles seguirán en esa primera línea? La respuesta es afirmativa, sin titubeos. A pesar de la supremacía de la televisión como medio de informa-
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Paris Match, 19 de abril de 1958 Foto de Enrique Meneses
La Voz de Galicia
LUNES, 5 DE ENERO DEL 2009
NÚMERO 41.744 :: AÑO CXXVII :: 1,10 € :: D. legal C-2684-03 :: ISSN 1888-5136 :: www.lavozdegalicia.es
9˚ 1˚ EDICIÓN SANTIAGO
Más de 500 muertos en nueve días de bombardeos
Soldados israelíes y milicianos palestinos combaten cuerpo a cuerpo en las calles de Gaza La ofensiva israelí ha causado móvil cuando recibieron el imya más de 500 muertos y cen- pacto del obús de un blindado. tenares de heridos desde que Mientras, en las calles los solcomenzaron los ataques de la dados hebreos y los milicianos aviación. Ayer, fuentes palesti- de Hamás protagonizaban los nas hablaban de al menos 40 fa- combates más cruentos. Israel llecidos, entre ellos una madre ha dividido la franja en dos pay sus cuatro hijos que huían de ra evitar la llegada de suminisla ciudad de Gaza en su auto- tros desde el sur. » 20
La Xunta y Fomento pagarán este año a Audasa al menos 7 millones por retirar los peajes de la AP-9 en Rande y A Barcala
Cendón llega al aeropuerto somalí de Bossaso, tras un viaje de varias horas por carretera | ABDIQANI HASSAN MAHAMUD
Moratinos asegura que España no pagó rescate, pero el jefe del clan de los captores dijo que recibieron 200.000 euros por el santiagués y su compañero Colin Freeman
Liberado el fotógrafo gallego José Cendón tras un acuerdo con los secuestradores somalíes El fotógrafo gallego José Cendón volaba ayer a Kenia tras ser liberado por sus captores somalíes. Atrás quedaban casi 40 días de incertidumbre desde que fue secuestrado junto al periodista Colin Freeman. «Estamos muy bien y encantados de haber salido. No tenemos nin-
gún problema ni físico ni psicológico». Así de animado se mostraba el británico, mientras que el reportero gallego recordaba cómo se apoyaron mutuamente para salir adelante. La hermana de Cendón aseguró que la liberación se produjo tras un acuerdo con los captores. » 2 y 3
«Tuvimos días duros, no nos vamos a engañar», dijo el reportero tras 39 días de cautiverio
Audasa, la concesionaria de la autopista AP-9, recibirá cerca de 7 millones de la Xunta y Fomento por levantar los peajes de A Coruña-A Barcala y O Morrazo-Vigo, a los que sumará 8 millones de Fomento por recortar un 7% las tarifas de cinco recorridos. »6
DE SOL A SOL
Billete de vuelta
H
oy es un día feliz porque, después de 39 días de cautiverio, el fotógrafo gallego José Cendón puede volver a casa. O al trabajo. Pero queda un poso de amargura porque su liberación no será el fin del reinado de piratas y extorsionadores que campan en territorios descuartizados, como Somalia. Otros pagarán un precio alto por el billete de vuelta.
POLÍTICA
Touriño firmará hoy el decreto de disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones para el 1 de marzo » 4 y 5 ESPAÑA
Mayor Oreja será el cabeza de lista del PP para los comicios europeos
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ECONOMÍA
La crisis hace caer las exportaciones de las empresas gallegas por primera vez desde el año 1999
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GALICIA
Pasodobles y fuegos artificiales en el cementerio en una fiesta que dejó pagada un vecino de Palas de Rei »9 para su entierro MARÍTIMA
La angula del Miño se vende a 360 euros el kilo a pie de río, el precio más bajo de los últimos » 26 cinco años
DEPORTES
Carlos Sainz gana la segunda etapa del Dakar en Argentina y se coloca líder Carlos Sainz es el nuevo líder en la categoría de coches del Dakar que se celebra en Argentina y Chile, tras ganar ayer la segunda etapa. El español Marc Coma sigue pri» 48 mero en motos.
Sainz, en la etapa entre Santa Rosa de la Pampa y Puerto Madryn | G. BOUYS
La Voz de Galicia, 5 de enero de 2009 Noticia de la liberación de José Cendón y el británico Colin Freeman tras dos meses de secuestro
ción y de la tecnificación y espectacularidad de las secuencias de vídeo, la fotografía sigue siendo y continuará representando un referente indispensable para explicar hechos, especialmente los de naturaleza violenta. Las instantáneas en la prisión de Abu Ghraib sacadas, por otra parte, por un ciudadano (militar) anónimo —iconos de la guerra de Iraq por encima de cualquier otra imagen— son el recuerdo evidente de que el fotoperiodismo tiene reservado un cometido insustituible como observador y testigo de los conflictos armados presentes y futuros. Cuanto más lejanos —geográfica y culturalmente— más importante será para la comprensión de los hechos, ya que las fotografías de los periodistas son documentos de indiscutible valor y además de gran calidad estética, pero, sobre todo, son noticias visuales imprescindibles para una opinión pública informada y con criterio que defienda sus derechos y libertades. Esta última frase no puede estar sino dedicada al emocionado recuerdo de aquellos que, en el ejercicio de la profesión, perdieron la vida por, diríamos, mala suerte o, para evitar la crítica de Robert Capa, encontrarse demasiado cerca de lo que es la actualidad: Juantxu Rodríguez, Jordi Pujol y Luis Valtueña.
1
López Mondéjar, Publio, Historia de la fotografía en España, Barcelona, Lunwerg, 2005.
2
Pando Despierto, Juan, El mundo militar a través de la fotografía (1840–1927), Madrid, Ministerio de Defensa, 2007.
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Balsells i Solé, David, La Guerra Civil Espanyola. Fotògrafs per a la Història, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya, 2002.
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Enrique Facio El pionero español
E
xiste una cierta polémica alrededor de cuál es la primera fotografía de guerra realizada por un reportero español. Las primeras imágenes de batallas se deben a artistas gráficos que, pincel en mano, retratan en vivo los acontecimientos bélicos a partir de croquis y apuntes al natural. Estos dibujos eran después reelaborados en el gabinete o en las redacciones de los periódicos por ilustradores y, finalmente, llevadas a la plancha por los grabadores. Sin embargo, el precursor del fotoperiodismo español de guerra es Enrique Facio, del que, por otra parte, se conocen muy pocos datos biográficos y se conservan escasos trabajos. Sus instantáneas son todavía estáticas, y le atraen más las formaciones y los grupos de soldados que las acciones de campaña, quizá, entre otros motivos, por los largos periodos de exposición necesarios y por estar obligado a moverse con pesados laboratorios portátiles montados en carromatos y tirados por caballos. Oriundo posiblemente de Málaga, Facio se trasladó a Ceuta y Tetuán para cubrir gráficamente la guerra contra los rifeños (1859–1860) contratado por Pedro Antonio de Alarcón, el más famoso corresponsal de guerra de su tiempo, que lograría celebridad nacional con su Diario de un testigo de la Guerra de África, un best-seller del que se llegó a vender la friolera de cincuenta mil ejemplares. Alarcón afirma que él fue quien propuso a Facio la fotografía para «fijar de una vez en la mente de mis lectores una idea verdadera y exacta de lo que es un ejército en campaña». Ambos, en realidad, formaban parte de la maquinaria propagandística de uno de los líderes militares del momento, el general O’Donnell, que veía en la operación militar una forma de ganar prestigio y progresar en su incipiente carrera política. La fotografía más divulgada de Facio es una vista campamental tomada en 1860 a la que tituló Vista del Serrallo desde Ceuta, y que primero se publicó en el periódico Las Novedades como un grabado realizado a partir de su imagen. La misma fotografía —en el original a la albúmina y que se encuentra en el Archivo del Palacio Real de Madrid— aparece en el libro de Alarcón también como un grabado pero, en este caso, con tantas modificaciones que parece otra imagen. El dibujante que traslada la instantánea, V. Ruiz, como recoge el historiador Juan Pando, no resistió la tentación de «mejorar» la realidad y rellena los espacios vacíos entre las tiendas con ajetreados militares e incorpora una bandera ondeante sobre el minarete de la fortaleza, entre otras cosas. Según algunos expertos, sus fotografías comparten el exotismo de las imágenes del primer fotógrafo de guerra, el británico Roger Fenton, y es imposible menospreciar el valor histórico y único de ese puñado de instantáneas. A partir de entonces, los fotógrafos españoles de guerra tendrán un punto de referencia.
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ENRIQUE FACIO Ceuta, 1860 Vista del campamento del Ejército español instalado en la ladera del fortín de Serrallo.
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ENRIQUE FACIO Tetuán, 1860 Misa de campaña de las tropas españolas en la Plaza de España de Tetuán.
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ENRIQUE FACIO Marruecos, 1860 Grupo de oficiales del Ejército expedicionario desplegado en Marruecos para luchar contra las tropas rifeñas.
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Charles Monney Las primeras fotografías de acciones de guerra reales
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l inicio de las guerras carlistas es coetáneo de la llegada a España de la fotografía, pero pocos se interesaban entonces por mostrar los escenarios de la guerra y sus consecuencias. Todavía dominan los dibujantes gráficos, como el catalán José Luis Pellicer i Fenyé —cuyos croquis, de gran realismo y precisión, son admirados por la prensa española y extranjera—, y los grandes retratistas, principal fuente de ingresos de los profesionales de este gremio. Los más atrevidos deciden salir del estudio para registrar a algunos de los protagonistas como, por ejemplo, el grupo del cura Santa Cruz, uno de los míticos guerrilleros de la última carlistada, en 1873, en una huerta de Vera de Bidasoa, hecha por el polaco Ladislas Konarzewski; o la del Estado Mayor del rey Carlos VII, el pretendiente carlista, en Durango, por el fotógrafo local José Nieto de Lejarreta. De las tomas realizadas en exteriores y escenarios reales, que son las menos, habría que citar principalmente las sacadas por Charles Monney Millet, un fotógrafo francés que vivió más de veinte años en España y que la recorrió de punta a punta: desde Córdoba —en compañía de su compatriota Eduardo Jolivot— hasta Santander, pasando por Sevilla o Madrid, donde falleció el 13 de abril de 1875. A su cámara se debe el primer reportaje gráfico de una acción de guerra real acaecida en España: el bombardeo de Bilbao durante el sitio de la ciudad por parte de las tropas carlistas entre el 28 de diciembre de 1873 y el 2 de mayo del año siguiente. Estéticamente muy cuidadas y trabajadas, las excepcionales fotografías de Monney muestran la preparación militar para la defensa de la ciudad, la protección de sus edificios y de la población local y una excepcional panorámica del momento exacto en que los proyectiles caen sobre la capital vasca durante el primer día de su bombardeo, el 21 de febrero de 1874. No aparecen muertos ni heridos, como ya ocurría en aquel tiempo con las instantáneas de la guerra de secesión norteamericana, pero el álbum fotográfico de Monney es una pieza única de la que solamente existen dos copias. Una dedicada al rey Alfonso XII en el Archivo del Palacio Real, y la otra en los fondos históricos de la Diputación de Vizcaya. Entre las cuarenta y nueve imágenes de la colección que se conservan, destacan especialmente por su dramatismo las que reflejan los últimos preparativos de los defensores del fuerte de San Agustín, los batallones populares formados por las calles bilbaínas y, sobre todo, las de los edificios emblemáticos de la ciudad, como la entonces sede del Banco de Bilbao, en el paseo del Arenal, protegidos por sacos terreros o pieles de vacuno ante el temor y el pánico a las bombas y a la ofensiva carlista.
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CHARLES MONNEY Bilbao, 21 de febrero de 1874 Vista de la ría del Nervión en el primer día del bombardeo durante la segunda guerra carlista.
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Arriba CHARLES MONNEY Bilbao, febrero 1874
Abajo CHARLES MONNEY Bilbao, febrero 1874
La fachada de la sede del Banco Bilbao es protegida con pieles de vacuno durante el asedio de la ciudad.
Una unidad del EjĂŠrcito liberal forma en uno de los bulevares de la ciudad ante la atenta mirada de la poblaciĂłn local.
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Arriba CHARLES MONNEY Bilbao, febrero 1874
Abajo CHARLES MONNEY Bilbao, febrero 1874
Dos oficiales delante de uno de los cañones de la Batería de la Marina que defiende la ciudad.
La dotación de la Batería de Choritoqui formada y preparada para la acción.
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Manuel Compañy La elegancia y la pulcritud como estilo fotográfico
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anuel Compañy y Abad es uno de los principales fotógrafos de finales del siglo xix. La elegancia y pulcritud de sus imágenes, junto a una composición estética muy cuidada, le convirtieron en maestro y referente para una de las mejores generaciones de fotógrafos españoles que encabezaron dos de sus avanzados pupilos: Alfonso Sánchez García y José L. Demaría López «Campúa». De ascendencia catalana, nació en Madrid en 1855, y en seguida se inclinó por la fotografía. En su juventud optó por el reportaje gráfico de cualquier temática —el suceso, la tauromaquia, el acontecimiento social, etc.— y colaboró con las mejores y más prestigiosas revistas gráficas del momento, como Blanco y Negro, Portafolio Fotográfico y España Artística. Al morir, el 12 de enero de 1909, una de las publicaciones de la época reconocía su inestimable contribución a la fotografía española y afirmaba que había retratado a todo Madrid: «desde la encopetada y linajuda dama hasta la humilde criada de servir, desde el prestigioso general hasta el último recluta, desde el gran literato y académico hasta el modesto gacetillero, desde el más elevado gobernante al más obscuro hombre de pueblo». A los treinta y ocho años, en plena madurez profesional, no quiso dejar pasar la oportunidad que se le presentaba con la denominada guerra de Margallo —llamada así por el apellido del entonces gobernador de Melilla—, o primera guerra del Rif (1893–1894). Compañy se movilizó con su «ambulancia fotográfica» —un carromato para desplazar su material— y se trasladó rápidamente al puerto de Málaga para inmortalizar el paso por el Estrecho del Ejército de Andalucía. La primera foto, publicada en Blanco y Negro, del 28 de octubre, muestra la vaina del sable del teniente Antonio Golfín y la bala con que fue herido este «bravo» oficial que falleció defendiendo una posición en Río de Oro. En las sucesivas semanas realizó una «campaña activísima», siguiendo de cerca la evolución del ejército expedicionario. Desde el primer disparo a bordo del cañonero Conde de Venadito, hasta los trabajos de atrincheramiento o la acción de la artillería, así como la llegada de la Cruz Roja, su trabajo fotográfico permite reconocer el patriotismo de aquella segunda llamada de África sin exageraciones propagandísticas ni heroicas. Se trata, dicen, de lo que podría empezarse a llamar fotografía «democrática», en el sentido de pretender ser elitista exclusivamente en el aspecto técnico y en la elegancia estética de sus instantáneas. Pero no en el compromiso con el valor informativo de sus imágenes, que reflejan, por primera vez y sin tapujos, la precariedad de medios en la que tienen que desenvolverse los jóvenes soldados españoles enviados a Melilla o los heridos en maltrechas camillas de campaña.
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MANUEL COMPAÑY Melilla, 1894 Soldados españoles colocan victoriosos la bandera española en lo alto de un cerro recuperado a los rifeños.
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MANUEL COMPAÑY Melilla, 1894 La artillería española abriendo fuego sobre las posiciones enemigas.
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MANUEL COMPAÑY Melilla, 1894 Una columna de soldados transporta a hombros y en camillas a heridos en combate.
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