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Charlotte Delbo

Ninguno de nosotros volverá seguida de Un conocimiento inútil Traducción de Regina López Muñoz

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Libros del Asteroide

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Primera edición, 2020 Título original: Auschwitz et après i, ii: Aucun de nous ne reviendra / Une connaissance inutile. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Copyright Aucun de nous ne reviendra. Auschwitz et après i: © 1970 by Les Éditions de Minuit; Une connaissance inutile. Auschwitz et après ii: © 1970 by Les Éditions de Minuit © de la traducción, Regina López Muñoz, 2020 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U. Imagen de cubierta: Retrato de dos supervivientes tomado el 5 de mayo de 1945 en el campo de concentración de Lenzing (Austria). © United States Holocaust Museum, cortesía de Arnold E. Samuelson Fotografía de la autora: © Eric Schwab

Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Avió Plus Ultra, 23 08017 Barcelona España www.librosdelasteroide.com ISBN: 978-84-17977-13-9 Depósito legal: B.27932-2019 Impreso por Liberdúplex Impreso en España - Printed in Spain Diseño de colección: Enric Jardí Diseño de cubierta: Duró Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos, procedente de bosques correctamente gestionados y con celulosa 100 % libre de cloro, y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 11.

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Ninguno de nosotros volverĂĄ

Un conocimiento inĂştil

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Hoy, no estoy segura de que lo que escribí sea verdad. Estoy segura de que es verídico.

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Calle de la llegada, calle de la partida

Están las personas que llegan. Buscan ojos entre la multitud de quienes esperan a quienes los esperan. Los besan y dicen que están cansados del viaje. Están las personas que se van. Dicen adiós a quienes no se van y besan a los niños. Hay una calle para las personas que llegan y una calle para las personas que se van. Hay un café que se llama «La Llegada» y un café que se llama «La Partida». Hay personas que llegan y hay personas que se van.

Pero existe una estación donde quienes llegan son precisamente los que se van una estación donde quienes llegan nunca llegaron, donde quienes se fueron nunca volvieron. Es la estación más grande del mundo. A esta estación llegan; vienen de cualquier parte. Llegan después de días y después de noches habiendo atravesado países enteros llegan con sus niños, incluso los más pequeños, que no deberían viajar.

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Han llevado a los niños porque uno no se separa de los niños para hacer este viaje. Quienes tenían han llevado el oro porque creían que el oro podría resultar útil. Todos han llevado lo más valioso que poseían porque no hay que dejar atrás las pertenencias más queridas cuando se hace un largo viaje. Todos han llevado su vida, era la vida lo que había que llevar por encima de todo. Y cuando llegan creen que han llegado al infierno quizá. Sin embargo, no lo podían creer. Ignoraban que al infierno pudiera llegarse en tren, pero puesto que allí están se arman de paciencia y se sienten preparados para afrontarlo con los niños las mujeres los padres ancianos con los recuerdos familiares y los papeles familiares. No saben que a esta estación no se llega. Esperan lo peor, no esperan lo inconcebible. Y cuando les gritan que se coloquen en filas de cinco, hombres a un lado, mujeres y niños a otro, en una lengua que no comprenden, comprenden los bastonazos y se colocan en filas de cinco puesto que se esperan cualquier cosa. Las madres aprietan a los niños contra ellas —temblando al pensar que se los puedan quitar— porque los niños tienen hambre y sed y están agotados por el insomnio a través de tantos países. Por fin han llegado, podrán ocuparse de ellos. Y cuando les gritan que dejen los paquetes, los edre-

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dones y los recuerdos en el andén, ellos los dejan porque deben esperarse cualquier cosa y no quieren sorprenderse de nada. Dicen «ya veremos», han visto ya de todo y están cansados del viaje. La estación no es una estación. Es el final de una vía. Observan, y les impresiona la desolación en derredor. Por la mañana la bruma les oculta las ciénagas. Por la tarde los reflectores alumbran las alambradas blancas con una nitidez de fotografía astral. Creen que ahí es donde los llevan y están asustados. Por la noche aguardan que se haga de día; los niños pesan en brazos de sus madres. Aguardan y se hacen preguntas. De día no esperan. Las filas se ponen en marcha enseguida. Las mujeres con los niños primero, son los más agotados. Los hombres después. Ellos también están agotados, pero les tranquiliza que pasen primero sus mujeres y sus niños. Porque hacen pasar primero a las mujeres y los niños. En invierno los sorprende el frío. Sobre todo a quienes llegan de Candía: la nieve es nueva para ellos. En verano el sol los ciega al salir de los vagones oscuros, cerrados a cal y canto en el momento de la partida. La partida de Francia de Ucrania de Albania de Bélgica de Eslovaquia de Italia de Hungría del Peloponeso de Holanda de Macedonia de Austria de Herzegovina de las orillas del mar Negro y de las orillas del Báltico de las orillas del Mediterráneo y de las orillas del Vístula. Les gustaría saber dónde están. No saben que esto es

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el centro de Europa. Buscan la placa de la estación. Es una estación que no tiene nombre. Una estación que para ellos nunca tendrá nombre. Los hay que viajan por primera vez en su vida. Los hay que han viajado por todos los países del mundo, los comerciantes. Todos los paisajes les resultaban familiares, pero este no lo reconocen. Observan. Más adelante sabrán contar cómo era. Todos quieren recordar qué impresión les causó y cómo tuvieron la sensación de que no regresarían. Es una sensación que uno puede haber experimentado ya antes en su vida. Saben que hay que desconfiar de las sensaciones. Están los que llegan de Varsovia con chales grandes y hatillos anudados están los que llegan de Zagreb, las mujeres con pañuelos en la cabeza están los que llegan del Danubio con jerséis de punto tejidos de noche con lanas multicolores están los que llegan de Grecia, han traído aceitunas negras y delicias turcas están los que llegan de Montecarlo estaban en el casino van en frac y el viaje les ha estropeado la pechera tienen tripa y son calvos son grandes banqueros que jugaban a la banca están los recién casados que salían de la sinagoga, la novia de blanco y con el velo todo arrugado de haber dormido en el suelo del vagón el novio de negro y con chistera, los guantes manchados

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los padres y los invitados, las mujeres con bolsos de perlas todos lamentan no haber podido pasar por casa para ponerse algo menos delicado. El rabino camina muy erguido y va el primero. Siempre ha sido un ejemplo para los demás. Están las chiquillas de un internado con sus faldas plisadas todas iguales, sus sombreros con una cinta azul que cuelga. Se estiran bien los calcetines al bajar. Y avanzan amablemente de cinco en cinco como durante el paseo de los jueves, cogidas de la mano y sin saber. ¿Qué pueden hacerles a las niñas pequeñas de un internado que van con su maestra? La maestra les dice: «Portaos bien, niñas». No tienen la menor intención de no portarse bien. Están los ancianos que recibían noticias de sus hijos en América. La idea que tienen del extranjero es la que les daban las postales. Nada se parecía a lo que ven aquí. Los hijos jamás lo creerán. Están los intelectuales. Son médicos o arquitectos, compositores o poetas, se distinguen por los andares y por las gafas. Ellos también han visto mucho a lo largo de su vida. Han estudiado mucho. Algunos incluso han imaginado mucho para escribir sus libros y ninguna de sus ensoñaciones semeja lo que ven aquí. Están todos los peleteros de las grandes ciudades y los sastres de caballeros y de señoras, todos los confeccionistas que habían emigrado a Occidente y que no reconocían aquí la tierra de sus antepasados. Está el pueblo inagotable de las ciudades donde los hombres ocupan cada uno su alveolo y aquí ahora forman filas interminables y una se pregunta cómo cabían todos en los alveolos superpuestos de las ciudades.

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Está la madre que da un tortazo a su hijo de unos cinco años porque él no quiere darle la mano y ella quiere que se quede tranquilo a su vera. Corre el riesgo de perderse y no deben separarse en un lugar desconocido y con tanta gente. Ella abofetea a su hijo y nosotros que sabemos no se lo perdonamos. Lo mismo daría que lo cubriera de besos. Están los que habían viajado dieciocho días y se habían vuelto locos y se habían matado entre ellos en los vagones y los que se habían asfixiado durante el viaje de lo apretujados que iban obviamente esos no bajan. Está la niña pequeña que agarra su muñeca a la altura del corazón, las muñecas también se ahogan. Están las dos hermanas con abrigo blanco que fueron a dar un paseo y que no han vuelto para la cena. Los padres todavía están preocupados.

De cinco en cinco enfilan la calle de la llegada. Es la calle de la partida, ellos no lo saben. Es la calle que solo se enfila una vez. Caminan en orden, que no puedan reprocharles nada. Llegan a un edificio y suspiran. Por fin han llegado. Y cuando a las mujeres les gritan que se desvistan ellas desvisten primero a los niños con cuidado de no despertarlos del todo. Después de varios días y varias noches de viaje están nerviosos y gruñones y empiezan a desvestirse delante de los niños qué le vamos a hacer

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y cuando les dan una toalla a cada una se preocupan estará caliente la ducha porque los niños podrían coger frío y cuando los hombres entran en las duchas por otra puerta desnudos también ellas esconden a los niños contra ellas. Y quizá en ese momento todos comprendan.

Y no sirve de nada que comprendan ahora puesto que no pueden decírselo a quienes esperan en el andén a quienes circulan en los vagones a oscuras a través de todos los países para llegar aquí a quienes están en los campos y recelan de la partida porque temen el clima o el trabajo y dejar sus bienes a quienes se esconden en las montañas y en los bosques y ya no tienen paciencia para seguir escondidos. Pase lo que pase volverán a sus casas. Por qué iban a ir a buscarlos a sus casas si ellos nunca han hecho mal a nadie a quienes no quisieron esconderse porque no se puede abandonar todo a quienes creían haber puesto a los niños a salvo en un internado católico con esas señoritas tan amables.

Una orquesta se vestirá con las faldas plisadas de las chiquillas. El comandante quiere que se toquen valses vieneses los domingos por la mañana. Una jefa de barracón confeccionará cortinas para dar a su ventana un aire de alcoba con la tela sagrada que el rabino llevaba consigo para oficiar la ceremonia

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ocurriera lo que ocurriera dondequiera que se encontrara. Una kapo* se disfrazará con el traje y la chistera del recién casado su amiga con el velo y ambas jugarán a las bodas de noche cuando las demás estén acostadas muertas de cansancio. Las kapos pueden divertirse ellas no están cansadas por las noches. Se repartirán aceitunas negras y delicias turcas entre las alemanas enfermas pero a ellas no les gustan ni las aceitunas de Kalamata ni las aceitunas en general. Y todo el día y toda la noche todos los días y todas las noches las chimeneas humean con el combustible de todos los países de Europa hombres junto a las chimeneas dedican sus días a cribar las cenizas para encontrar el oro fundido de los dientes de oro. Estos judíos tienen todos oro en la boca y hay tantos que reúnen toneladas. Y en primavera hombres y mujeres esparcen las cenizas por las ciénagas resecas por primera vez trabajadas y fertilizan el suelo con fosfato humano. Tienen un zurrón amarrado sobre el vientre y hunden la mano en el polvo de huesos humanos que arrojan al aire con dificultad sobre los surcos y el viento les echa el polvo en la cara y por la noche están blancos, las arrugas marcadas por el sudor que ha chorreado sobre el polvo. Y que nadie tema que falte el fertilizante llegan trenes y trenes llegan todos los días y todas las noches a todas las horas de todos los días y de todas las noches. * Los kapos eran prisioneros que desempeñaban cargos administrativos en los campos de exterminio. Gozaban de no pocos privilegios. (Todas las notas son de la traductora.)

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Es la mayor estación del mundo tanto para las llegadas como para las partidas.

Solo los que entran en el campo saben de inmediato qué ha sido de los otros y lloran por haberlos dejado en la estación porque ese día el oficial ordenaba a los más jóvenes que formasen una fila aparte tiene que haber alguien para secar las ciénagas y esparcir la ceniza de los otros. Y se dicen que habría sido mejor no entrar nunca y no saber nunca.

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Vosotros que habéis llorado dos mil años a uno que agonizó tres días y tres noches qué lágrimas tendréis para quienes agonizaron muchas más de trescientas noches y muchos más de trescientos días cuánto lloraréis a quienes agonizaron tantas agonías y fueron innumerables No creían en la resurrección en la eternidad Y sabían que vosotros no lloraríais.

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Oh, los que sabéis sabíais que el hambre hace brillar los ojos que la sed los destiñe Oh, los que sabéis sabíais que es posible ver a tu madre muerta sin derramar una lágrima Oh, los que sabéis sabíais que por la mañana quieres morir y que por la noche tienes miedo Oh, los que sabéis sabíais que un día dura más que un año un minuto más que una vida Oh, los que sabéis sabíais que las piernas son más vulnerables que los ojos los nervios más duros que los huesos el corazón más sólido que el acero Sabíais que las piedras del camino no lloran que solo existe una palabra para el espanto una sola para la angustia Sabíais que el sufrimiento no tiene límites

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ni el horror fronteras Lo sabíais Vosotros, los que sabéis.

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