GRACE
GRACE MEMORIAS G R AC E C O D D I N G T O N
CON MICHAEL ROBERTS TRADUCCIÓN DE MARÍA SIERRA
Título: Grace. Memorias Copyright © Grace Coddington, 2012 Título original: Grace. A Memoir. Chatto & Windus, 2012 De esta edición: © Turner Publicaciones, SL, 2013 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com Primera edición: marzo de 2013 Primera reimpresión: noviembre de 2019 De la traducción: María Sierra, 2013 Asesor de la traducción: Roberto Enríquez
Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial ISBN: 978-84-17866-24-2 Diseño editorial, dibujos e ilustraciones de Grace Coddington Depósito Legal: M-30979-2019 Impreso en España La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN xxv I ............................................................. CRECER
2
II ........................................................... SER MODELO
38
III ........................................................ LA VIDA DE MODA
70
IV ......................................................... EL ‘VOGUE’ BRITÁNICO
92
V ........................................................... HACER FOTOGRAFÍAS
104
VI ......................................................... PRINCIPIOS Y FINALES
112
VII ...................................................... LA VIDA SOCIAL
126
VIII .................................................... ESTADOS DE GRACIA
146
IX ......................................................... BRUCE
178
X ........................................................... DIDIER
192
XI ......................................................... EL CALVINISMO
198
XII ....................................................... EL ‘VOGUE’ ESTADOUNIDENSE 204 XIII .................................................... LA PERSPECTIVA
222
XIV ..................................................... ANNA
240
XV ....................................................... ABRIRSE PASO
260
XVI ..................................................... LIZ
274
XVII .................................................. LA BELLEZA
290
XVIII ................................................ GATOS
304
XIX ..................................................... ANTES Y AHORA
320
335
Trabajos seleccionados
Información 373 Agradecimientos 379
Pies de ilustración
381
Colaboradores 383
GALERÍA
GALERÍA
Yo, mofletuda futura modelo, con cuatro o cinco años
xi
xii
GR ACE
Uno de mis muchĂsimos peinados, alrededor de 1954
GALERÍA
xiii
Mi primer composite de modelo, con la fotografía que gustó en Vogue, 1959
xiv
GR ACE
Mi famoso peinado de cinco puntas hecho por Vidal Sassoon FotografĂa: David Montgomery, 1964
GALERÍA
Mi look con el maquillaje insignia Fotografía: Jeanloup Sieff, 1966. © Herederos de Jeanloup Sieff
xv
xvi
GR ACE
Como modelo invitada en un desfile de YSL en el club Maunkberry, Londres FotografĂa: Anthony Crickmay, 1970
GALERÍA
xvii
En una sesión de fotos inspirada por Edward Weston, Bellport (Long Island) Fotografía: Bruce Weber, 1982
xviii
GR ACE
GALERÍA
xix
Reunión de fotógrafos para el lanzamiento de mi libro Grace: Thirty Years of Fashion at Vogue. De izquierda a derecha: Mario Testino, Sheila Metzner (recostada), Ellen von Unwerth, Steven Klein, Annie Leibovitz, Alex Chatelain, Herb Ritts (sentado), Bruce Weber, Craig McDean (encima del muro), Arthur Elgort, yo, David Bailey y Peter Lindbergh Fotografía: Annie Leibovitz, 2002
xx
GR ACE
MĂĄs delgada que nunca. Retrato con un gato prestado, para el Vogue italiano FotografĂa: Steven Meisel, 1992
GALERÍA
Oteando el futuro, Londres Fotografía: Willie Christie, 1974
xxi
xxii
GR ACE
Con Didier en una fiesta de Vogue, New York Public Library FotografĂa: Marina Schiamo, 1992
GRACE
INTRODUCCIÓN En el que nuestra heroína encuentra la fama cinematográfica, pero, como Greta Garbo, solo quiere que la dejen en paz
L
a primera vez que oí hablar de The September Is sue (esa película que es la única razón por la que a alguien le pueda sonar mi nombre) fue cuando
Anna Wintour me llamó a su despacho de Vogue para informarme. –Ah, por cierto, he aceptado que venga un equipo de rodaje para hacer un documental sobre nosotros. Se suponía, al principio, que la película iba a ser sobre la organización del baile en el Art’s Costume Institute del Metropolitan Museum, pero la cosa fue creciendo por días. Iban a aparecer de repente para filmar las discusiones, las reuniones, las peleas y las frustraciones que surgen mientras se crea el número más importante del año. Estarían en los despachos y en las salas de reunión. A mí nada podía apetecerme menos. Soy la directora creativa de la revista, tengo por tanto miles de asuntos que resolver, y bastante difícil es ya organizar una sesión de fotos complicada como para tener mirones dando vueltas alrededor. –No cuentes conmigo para salir en esa película –dije, sintiendo que la mirada de Anna pasaba por encima de mí y se perdía por la ventana, a mis espaldas. Anna tiene la capacidad de borrar de su campo visual a quien le esté diciendo algo que no le apetece oír.
xxvi
GR ACE
Yo, lógicamente, reaccioné con horror ante la idea de semejante invasión, porque siempre he pensado que hay que concentrarse en el trabajo y no en toda la tontería esa de “quiero ser famoso” que está tan de moda. Luego me enteré de que a los realizadores les había costado más de un año arrancarle el sí a Anna y estoy segura de que, si al final aceptó, fue solo para mostrar que Vogue es algo más que una pandilla de mentecatos profiriendo bobadas. Por entonces, ya estábamos todos hartos de El diablo viste de Prada, donde la moda resulta tan ridícula. Durante el rodaje, el equipo se me acercó repetidas veces, confiando en que al final conseguirían hacerme cooperar. Ya tenían noticias de que yo podía ser difícil (y tengo fama de no dar entrevistas), pero seguían llamando a mi puerta y pidiéndome que participara. Eran encantadores, pero yo les decía que no me interesaba y que no quería que se me acercaran porque me resultaban demasiado invasivos. Odio tener a gente observándome: me dan ganas de apartarlos a manotazos, como a las moscas. Así que dejé la puerta de mi despacho bien cerrada, le di las contestaciones más groseras al director, R. J. Cutler, y durante unos seis meses conseguí tenerlos a raya cada vez que alguien trataba de apuntarme con una cámara. Los veía grabando entre los colgadores llenos de ropa del pasillo y oía a todos diciendo “Ay, me chifla este vestido rojo” y “Ay, sí, a Anna le va a encantar”, todo tipo de frases tontas y superficiales que a la gente le da por decir delante de una cámara. El equipo de rodaje vino con nosotros a ver las colecciones de París y eso ya fue desesperante: estaban todo el día por el medio o apartándonos a codazos para captar una imagen de Anna. En el desfile de Dior, Bob, el cámara, se puso a filmar a Anna andando hacia atrás y acabó pisándome el dedo gordo. Fue la gota que colmó el vaso; me rendí. –¡Por cierto –dije a voces–, yo también trabajo en Vogue! No se perdían ni un gesto de Anna: la grababan sentada en la primera fila, cómo miraba el desfile, cómo reaccionaba. Me parecía demasiado. Y luego me di cuenta de que hasta le habían puesto un micrófono, lo que por
xxviii
GR ACE
supuesto acababa creando más obstáculos, porque con él puesto Anna ya solo me hablaba como con cautela. Así que al final pensé: “Si no puedes vencerlos, únete a ellos”. Además, uno de esos días Anna me llamó otra vez al despacho y me dijo: –Van a ir a tu sesión de fotos, sí o sí. Van a filmar la reunión previa y esta vez no vas a poder negarte. Fin de la discusión. Ahora sí que tenía la pistola apuntándome a la sien. –Pues si me haces salir en esa película, vas a oír cosas que no te van a gustar –le avisé–. No voy a fingir. Estaré tan centrada en la sesión de fotos que seguramente soltaré lo primero que se me pase por la cabeza. (Pero estaba segura, para mis adentros, de que si decía alguna verdadera barbaridad no la pondrían, y de ahí que se me vea durante todo el documental jurando como un arriero). Ya había participado antes en otros reportajes filmados sobre el sector de la moda, pero mis escenas siempre acababan cortadas en la sala de edición. Cuando vi la película ya editada por primera vez, me quedé en estado de shock: allí yo salía mucho. Tiempo después, un chico del equipo me dijo que la poderosa dinámica entre Anna y yo le daba fuerza a la película. Tuvimos dos pases para la gente de Vogue; creo que Anna no quería verla junto con los demás. Yo asistí a la primera proyección con el equipo de moda, mientras que ella fue a la segunda con los redactores y los intelectuales del grupo, cuya opinión seguramente le interesaba más. Todos teníamos el corazón en un puño, tratando de acordarnos de qué habíamos dicho durante aquellos meses de rodaje, que casi se nos había olvidado, porque el documental tardó cerca de un año en editarse. Ahora puedo reírme cuando veo el resultado final. La verdad es que dije bastantes barbaridades, pero aún me sigue pareciendo que salgo demasiado. Anna nunca me dio su opinión tras ver la versión definitiva. Nunca. Lo único que sé es que no la desaprueba, aunque tampoco la apruebe del
INTRODUCCIÓN
xxix
todo. Se limitó a decir “Que Grace haga la prensa” y pasó a otra cosa. Aunque sí asistió al estreno en el festival de Sundance y participó luego en un coloquio, impasible y enigmática, con sus gafas negras y agarrada a un botellín de agua mientras era R. J. el que lo decía casi todo. Yo asistí a una proyección en Savannah –fue la primera vez que acepté hacer algo de promoción– con el editor general de Vogue, André Leon Talley, y hubo un largo coloquio con toda la sala llena de periodistas que no paraban de decirme: “Ay, nos pareces maravillosa”. Eso llegó a gustarme (lo digo en broma, pero la verdad es que resultaba bastante agradable). Casi todas las preguntas se centraban en averiguar cosas de Anna (todo el mundo quiere averiguar cosas de Anna). André estuvo genial, porque siempre consigue salvar las situaciones incómodas: cada vez que alguien mencionaba a Anna, cambiaba de tema y se ponía a hablar sobre Michelle Obama o sobre Diana Vreeland. No deja de sorprenderme el que tras ver la película la gente tenga una impresión tan positiva de mí. Quizá sea porque en la pantalla se me ve como una persona emocional, casi idealista, mientras que Anna es por naturaleza mucho más decidida y nunca pierde la compostura. O quizá sea porque parezco desbordada. O porque siempre nos cae mejor quien da impresión de espontaneidad, quien se atreve a replicarle a su jefa como nadie lo hace en la revista; yo lo he hecho y probablemente lo haga más veces. Pocas semanas después del estreno de The September Issue, Jay Fielden, que por entonces era el editor jefe de Men’s Vogue, me pidió que diera una charla en la New York Public Library. Allí sí que me puse nerviosa, porque con el rabillo del ojo veía a Anna y a S. I. Newhouse, el dueño de Condé Nast, sentados entre el público. Pero el coloquio no se me hizo tan cuesta arriba a partir de cierto momento: le cogí el ritmo, vi que bastaba con quedarse al margen hasta el último minuto y entonces aparecer de forma muy teatral, mirando a los ojos al interlocutor. Así, un día me di cuenta de que la gente me reconocía. Me encontraba con grupos de personas reunidas en
INTRODUCCIÓN
xxxi
la puerta del edificio donde vivo, en el barrio neoyorquino de Chelsea: fash ion victims, gais, heteros, jóvenes, viejos, de todo; medio barrio me gritaba cosas desde la otra acera, pero siempre de forma agradable. Me sentía como los Beatles; de hecho, mejor que los Beatles, porque a ellos los fans al principio les daban bastantes malos ratos. A mí solo me agobiaron en una ocasión, cuando me dirigía a un cine del barrio para participar en un coloquio. Llegué justo cuando salía el público de la sesión que acababa de terminar y nada más dar la vuelta a la esquina empecé a oír por todas partes: “Grace, Grace. Oh, Dios, es ella”. Y aún me sigue pasando. Quizá sea porque salgo mucho a la calle, porque voy en metro y no escondida discretamente en una limusina, como Anna. Así que empecé a pensar, después de que se me reavivaran todos los recuerdos al cabo de tantas preguntas como me hicieron, que quizá pudiera contar una historia. Y aquí estoy haciendo algo para lo que nunca creí llegar a ser lo bastante vieja o lo bastante interesante: escribir mis memorias. Es otra sorpresa. Poco después de que se estrenara The September Issue, salí una noche a cenar tranquilamente en un restaurante pequeño de la parte baja de Manhattan con Nicolas Ghesquière, el diseñador de Balenciaga, que acababa de llegar de París. –Grace, ¿es verdad que ahora te reconocen en todas partes? –me preguntó de repente. Al acabar la cena, la pedí que me acompañara a casa dando un paseo y, mientras pasábamos delante de los restaurantes llenos de gente, los bares y los clubs gais de mi barrio, no dejaba de asomarse gente que decía: –¡Es Grace! ¡Guau, es Grace... con Nicolas Ghesquière! –entre flashes y clics de teléfonos móviles. Al final, los dos nos echamos a reír... ¡como si fuéramos Paris Hilton!